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Acta literaria

versión On-line ISSN 0717-6848

Acta lit.  n.26 Concepción  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-68482001002600008 

Poe no inventa el cuento y el delito;
al detective tampoco

Nzachée Noumbissi


Université de Dakar

INTRODUCCION

Uno de los géneros literarios más atractivos últimamente pero que más controversias también ha suscitado desde su comienzo hasta hoy es, en nuestra opinión, la novela policiaca. Entre su denominación, que varía de un país a otro, y la imprecisión de la misma, la falta de consensus en medios literarios sobre sus propiedades y la confusión del género en sí con formas literarias parecidas, claro está, pero que no tienen nada que ver la una con la otra, la novela policiaca se ha convertido en algo muy complicado para el común de los mortales. Peor todavía, a nuestro parecer, son las especulaciones, sin fundamento la mayoría de ellas, de algunos estudiosos e incluso especialistas en torno a sus verdaderos orígenes. Hay quienes apoyándose en aspectos concretos como la investigación, entiéndase detección, los remontan al Génesis. Pero no faltan quienes basándose simplemente en su carácter prosaico, o la manera de abordar el delito, refutan categóricamente esta tesis, por no evocar más que una ínfima parte de los numerosos aspectos sobre los que la gente no ha llegado aún a un acuerdo cuando se habla de la novela policiaca.

Dejando para otra ocasión los problemas de definición, denominación, identificación y características arriba evocados, nuestra preocupación a lo largo de estas páginas se reducirá esencialmente a una especie de arbitraje objetivo de las diferentes posturas en torno a los orígenes de la novela policiaca. Para ello, y sin desechar ninguna postura, por muy estúpida que haya parecido a primera vista, hemos juzgado prudente y oportuno aprehender las mismas desde una perspectiva más bien espacio-temporal, es decir, histórica. Opción que nos permite hablar, primero, de los antecedentes de la novela policiaca y, segundo, de sus orígenes dentro de un contexto más obvio, y hasta convincente, diríamos, ya que la mayoría de historiadores de las letras e investigadores coinciden en estos últimos, por lo que nuestra contribución a la aclaración de los orígenes del género en cuestión quedará articulada de la siguiente manera: antecedentes lejanos e inmediatos, fuentes de inspiración y sus verdaderos orígenes. La armonización de opiniones divergentes entre unos y otros estudiosos sobre los diferentes puntos ya evocados para un posible consensus, eso que hemos llamado en otro momento arbitraje, constituirá la última parte de este quehacer nuestro.

ANTECEDENTES LEJANOS DE LA NOVELA POLICIACA

Si tomamos como punto de arranque la opinión mayoritaria según la cual la novela policiaca tiene como caldo de cultivo el crimen, por una parte, y si consideramos, por otra, que por delito hay que entender culpa, crimen, quebrantamiento de la ley, cualquier infringimiento o simple omisión voluntaria castigada por la ley con pena grave, queda obvio que muchas son las obras literarias, no necesariamente las etiquetadas como novelas, que han recogido alguno que otro tipo de delitos o crímenes, no solamente antes del nacimiento del género policiaco, sino a lo largo de la historia de la humanidad también.

Desde esta misma perspectiva histórico-literaria Michel Huet, ya en el siglo XVII, mencionaba la presencia en la literatura escrita y oral de diversos tipos de delitos, antes, durante, e incluso después del siglo IV de nuestra era. En efecto, tras apoyarse en documentos citados a lo largo de su trabajo titulado Traité des origines des romans (S. XVII:10-15)1, este investigador francés comprueba que las primeras novelas persas, sirias, griegas y romanas estaban plagadas de crímenes u otros tipos de delitos.

Siendo estos pueblos orientales los verdaderos inventores y divulgadores de la prosa novelesca ­según afirmaciones de Huet­, en sus fábulas (cuentos orales) y prosa escrita (novelas) pueden apreciarse mentiras, crímenes pasionales y mártires.

No queremos insinuar, ni muchísimo menos, que Huet pretendiera, en el siglo XVII, remontar los orígenes de un género novelesco, el policiaco, nacido en el siglo XIX, dos siglos más o menos después de su muerte. Lo que sí queremos evidenciar, conviene insistir en ello, es la vinculación de delitos como temas literarios, independientemente de las referencias y limitaciones temporales que les impone el investigador Fulano, Mengano o Zutano.

Partiendo justamente de este factor temporal implacable al ser humano y todo cuanto crea, no deja de asombrar el número elevado de doctos investigadores que retrotraen los orígenes del género policiaco al Génesis. Siendo la Biblia su referencia en este caso, se inspiran en ella neófitos, cristianos, paganos, y hasta puede que algunos historiadores de las letras la consideren como única obra en la que aparecen los primeros cuentos con carácter delictivo. Y con razón, en cierta medida, si se considera que el asesinato, la drogadicción bajo todas sus formas y la prostitución, entre muchos otros, son temas frecuentemente manipulados por los especialistas del género policiaco. Como prueba fehaciente de todo cuanto acabamos de afirmar, traemos a la memoria de los incrédulos el asesinato de Abel por su hermano Caín, la borrachera de Noé, la crucifixión de Cristo, la traición a éste por su discípulo Judas y, porqué no, la prostitución de la que fue acusada María Magdalena.

Sin querer desandar el tiempo hasta los años antes de Cristo, Feredoung Hoveyda, según el crítico Salvador Vázquez de Parga (1981:33)2, halla el comienzo del género policiaco en el cuarto siglo de nuestra era. Pues, en su libro titulado Historia de la literatura policial, nuestro crítico, apoyando la tesis de Hoveyda, se inspira en las proezas detectivescas de un detective llamado Juez Ti , héroe a través de quien el diplomático holandés Robert Van Gulick narró sus experiencias inspiradas en los más antiguos cuentos chinos, para corroborar la tesis según la cual el crimen, la detección y la literatura son connaturales a la vida en comunidad.

Contradiciendo algo la tesis de Hoveyda y discípulos está, por otra parte, la de otro chino, Houang Kia Tcheng, puesta de relieve por la pareja de investigadores franceses Jacques Baudou y Michel Lebrun (1983:50)3. Según estos estudiosos, e inspirándose en la tesis de Houang Kia Tcheng, el primer detective mundial fue chino, claro está, pero posterior al Juez Ti de Robert Van Gulick. Apoyándose siempre en las conclusiones de Houang Kia Tcheng, nuestra pareja francesa insiste en que la primera novela policiaca mundial, protagonizada por el detective Pao Kong, se titula Pao Kong An y fue escrita y publicada en tiempos de los Ming (1368-1644). Nuestros investigadores franceses van más allá y precisan que Houang Kia Tcheng acaba su argumentación reconociendo que Pao Kong An, a pesar de su mérito de ser la primera novela policiaca mundial, publicada además en chino y en China, nunca alcanzó la celebridad que adquirió el relato "Yientche" publicado en 1679 en el afamado libro de cuentos Yea Tchai Tche Y (historias extrañas) de Pou Song-Ling, que vivió entre 1630 y 1715.

Junto a los casos ya citados, ora como primer cuento histórico delictuoso, ora como primer relato corto novelado que pone de manifiesto la habilidad detectivesca de un hombre sobre dotado e infalible, etc., se halla el de Edipo, quien asesinó a su padre Layo y tuvo relaciones sexuales con su madre Yocasta. Dos delitos recogidos como orígenes de la novela policiaca por aquellos que, como Regis Messac, sólo han querido limitarse a la antigüedad greco-romana. Según declaraciones de otro investigador francés, Thomas Narcejac (1976:52)4 en este caso, el estudioso Regis Messac, por lo visto, sostuvo afanosamente esta postura en su tesis doctoral sobre la Detective Novel.

Atendiéndonos a la restrictiva realidad que fundamenta la postura de Regis Messac, nos extraña que pudieran olvidársele los múltiples crímenes de Lucio Domicio Enobarbo. Pues, el que este emperador romano ­muy conocido más bien bajo el seudónimo de Nerón­ hiciera envenenar a Británico y asesinar a su madre Agripina por una parte, el que matase él mismo a su segunda esposa Popea por otra, y contribuyera por fin en el incendio que destruyó gran parte de Roma, le hubieran posiblemente llamado la atención.

Tampoco pudiera haber pasado desapercibido por Messac y aliados el caso del físico Arquímedes quien, a requerimiento del rey Hierón, investigó sobre el robo de una parte del oro que había sido entregado al joyero del rey para la confección de la corona ­Libro IX del tratado de arquitectura de Vitrubio­.

En cualquier caso, el estudioso Regis Messac no ha sido el único en fijarse tan sólo en algunos que otros asesinatos o delitos narrados a lo largo de los primeros siglos de la existencia humana, actitud que induce, como era lógico de prever, a una corta vista respecto a los demás elementos imprescindibles a la hora de hablar de un género novelesco tan complejo como puede ser la novela policiaca.

Conviene recordar, por otra parte, que testimonios de este tipo son numerosísimos, siendo uno de ellos el robo protagonizado por Caco ­Libro VIII de la Eneida­, también considerado por muchos investigadores y críticos como origen del género policiaco (Salvador Vázquez de Parga, 1981:34-36)5.

Lo propio confiere a Las mil y una noches, según apreciaciones de unos teóricos, el mérito de ser el punto de partida de la novela policiaca, en cuanto género literario aparte evidentemente. Y es que tras un análisis de las huellas dactilares de los hijos del sultán de Yemen, éstos resultan ser protagonistas del robo de un camello como bien lo indica Salvador Vázquez de Parga (1981:33)6. Este género literario pudo tener su origen en Inglaterra, porqué no. Y no es de extrañar que algún investigador sostenga que el asesinato de Santo Tomás durante el reinado de Enrique II Plantagenet (1133-1189) fuera el comienzo de este género novelesco.

En un artículo periodístico, Guillermo Cabrera Infante (1983:2)7 alude a Howard Haycraft y Ellery Queen, para quienes la primera novela policiaca mundial es una obra del francés François Marie Arouet ­conocido bajo el seudónimo de Voltaire­ titulada Zadig o el destino.

Sin ir más allá de estos cuantos ejemplos, por una parte, y dada nuestra posición neutral respecto a quién puede o no tener razón, por otra, creemos que el atributo policiaco que unos y otros han concedido a todos los relatos con carácter, ora delictivo, ora detectivesca, no es apropiado. Es más, aunque sean obras escritas en prosa, no son novelas en la mayoría de los casos. Pues, si pudiérase considerar novela, y además policiaca, cualquier obra con uno o dos delitos como es el caso en las citadas con antelación, ¿por qué no nos conformamos con decir que el género policiaco es tan antiguo como el mundo, o el mismísimo hecho literario? Además, se puede decir, sin que sea menosprecio ni falta de respeto, que estas obras no son sino fieles y rastreras reproducciones o fotocopias de las realidades sociales de sus respectivas épocas y, por tanto, carecen de ciertas técnicas de la narrativa policiaca, prácticamente inexistentes en aquel entonces de su publicación, lo que les aleja aún más de la compaginación realidad-ficción, y cuando no, del enigma ­como suele decirse­ que parece ser el telón de fondo del género policiaco. Otra cosa sería si las consideráramos como antecedentes de la novela policiaca, en cuyo caso serían, en nuestra opinión, antecedentes lejanos, por oposición a otros más cercanos, temporalmente hablando. Aun así, no todas lo serían, por mucho que estén escritas en prosa. Esta restricción nuestra, por no decir simplemente discriminación, se debe, insistimos en ello, a la carencia, en estos supuestos antecedentes lejanos de la novela policiaca, de ciertos elementos de primerísima importancia, entre los cuales la ficción y, cómo no, la reiterabilidad de determinadas estructuras o propiedades (este aspecto constituirá un trabajo aparte), mediante los cuales se suele identificar, aproximadamente por cierto, la pertenencia de una obra a tal o cual género preciso.

ANTECEDENTES INMEDIATOS Y FUENTES DE INSPIRACION

Si es cierto que no todas las obras literarias denunciantes de crímenes y otros tipos de delitos mayores o menores pueden ser consideradas como antecedentes de la novela policiaca, también es obvio que este género novelesco no nace por generación espontánea. Lo que nos lleva a afirmar, con toda certeza, que la novela policiaca no puede ser sino el resultado de un proceso evolutivo a partir de algo ya existente. Esta opinión, muy compartida por muchos estudiosos, tratadistas, comentaristas, críticos, etc., quedó formulada por el contemporáneo Salvador Vázquez de Parga (1981:17)8 en estos términos: "Es indiscutible que antes de la revolución industrial el crimen ya había entrado en la literatura, pero su unión había sido puramente episódica". Por lo tanto ­continúa nuestro observador­, "es difícil encontrar una obra anterior al siglo XIX que haga del crimen de ficción su contenido primordial". No obstante ­concluye­, "no faltan, desde luego, anécdotas criminales e incluso anécdotas detectivescas en obras anteriores, desde la Biblia hasta Las mil y una noches, desde La Odisea hasta El Quijote, pero todas ellas carecen de la esencialidad necesaria para configurar una novela criminal, y sobre todo les falta el sentido de 'género', que solamente aflorará a partir de los relatos de Edgar Allan Poe con difusos antecedentes en la novela gótica y en los folletines del Romanticismo".

Cabe precisar que a pesar de su rotunda negación de considerar novelas policiacas aquellas obras con algunos casos criminales anteriores al siglo XIX, el crítico anteriormente citado les reserva constancia en cuanto antecedentes se las pueden considerar. Lo que confiere particular relevancia y veracidad a la afirmación del escritor Juan Madrid (1983:IX)9, según la cual: "La captura y engullimiento de fórmulas literarias ajenas es consustancial con el mismo hecho literario" y, por tanto, "es obvio que no existe literatura ­policiaca o no­ en estado puro, y es tan lícito declarar que se utilizan formas prestadas de determinados autores o corrientes literarias...". En definitiva, podemos concluir con el mismo Juan Madrid que "sólo un absurdo e idealista concepto de la literatura hace pensar que cada autor 'inventa' de forma única y genial su propio estilo literario, sin contaminación exterior".

Anterior al punto de vista de Juan Madrid es el de Miguel Angel Garrido Gallardo (1975:59 y 29)10, quien declaró que todo arte consiste en "imitación" y, desde luego, el arte literario también. Dicho en sus propios términos, "... imitación y creación, lejos de ser en literatura términos antagónicos, se complementan". Por lo que la literatura no es sino "una serie de productos concretos agrupables en 'géneros', resultados de una 'imitación' que responden a una tipología de determinadas texturas lingüísticas y que se caracterizan unitariamente en virtud de una función social".

No creemos que esté de sobra reforzar la postura de estos especialistas, Madrid y Garrido Gallardo, con una observación de Frank MacShane (1984:29)11, que apunta en el mismo sentido cuando afirma: "Toute tentative d'écriture commence par l'imitation (...) L'écrivain qui réussit est celui qui choisit un type d'écriture pour le modeler et se l'approprier".

¿Acaso no quería decir lo mismo el escritor Raymond Chandler, uno de los pioneros del género policiaco, en su declaración traducida por MacShane (1984:29)12 y según la cual: "Aucun écrivain n'a jamais écrit exactement ce qu'il désirait écrire, car il n'y a jamais en lui quelque chose de purement individuel qu'il voulait écrire".

De todos modos, más relevante aún es otro testimonio de Guillermo Cabrera Infante (1983:2)13, según el cual la figura emblemática de la novela policiaca, Edgar Allan Poe, confesó que la idea de crear una literatura le vino al leer Barnaby Rudge y al adelantarse a Dickens con la solución del enigma, dando así origen a su método analítico que acabó convirtiéndose en un género literario.

Volviendo sobre los antecedentes cercanos o más inmediatos, para concluir este aspecto de nuestro quehacer, citaremos, a guisa de resumen y salvo algún equívoco, a Caleb Williams or Things as they are de Williams Godwin (1794), Crimen y castigo de Fedor Dostoyevski, la novela de caballería de la segunda mitad del siglo XVIII, autores como Charles Dickens y Barnaby Rudge arriba destacados, así como la novela gótica y los folletines del Romanticismo ya mencionados por Salvador Vázquez de Parga.

Con todo y con eso, se nos hace imperativo plantear y contestar a la inevitable pregunta tan esperada, a saber, ¿quién publicó y cuándo lo hizo, lo que en el contexto actual consideran como primer cuento policiaco? Dicho en otros términos, ¿desde cuándo puede hablarse del género policiaco, tal como lo reconocen más o menos unánimemente nuestros literatos y estudiosos actuales, y de su creador en un contexto más obvio? Estos son el misterio cuyo develamiento constituye las claves de nuestro próximo paso.

VERDADEROS ORIGENES DE LA NOVELA POLICIACA

Como ha quedado claramente expuesto en la parte precedente, el género policiaco no surge ex nihilo tempori, mas brota de las cenizas de las ya existentes formas literarias, o al menos de un par de ellas. Siendo las modificaciones introducidas por un escritor insatisfecho, para diferenciar su creación de éstas lo que constituye su originalidad, como ya lo dejó claramente expuesto en un trabajo Fernando Lázaro Carreter (1976:116)14 y lo confirma, entre muchos otros observadores, Francis Cairn (1972)15: "Every genre can be thougth as having a set of primary or logically necessary elements which, in combination, distinguish that genre from every other".

Ahora, si bien es cierto que la novela policiaca no ha tenido, dentro de un contexto espacio-temporal obvio y palpable, una existencia clínica hasta hace solamente unos 158 años, o casi 159 años ya, remontar sus orígenes requiere al menos de tres factores imprescindibles: su "creador" o "inventor", el año de publicación de la obra referencial del género y el país o continente donde ésta fue publicada.

En lo referente a la dimensión espacio-temporal, Estados Unidos y el siglo XIX son los únicos datos fiables que mencionan unánimemente todos los estudiosos. Estos se están cristalizando en los círculos literarios mundiales, sin segregación ninguna; hasta puede incluso decirse que se están convirtiendo en himnos literarios en determinados sectores. El primero, por haber tenido el privilegio de acoger un género antes inexistente; el segundo, porque impide retrotraer el origen de éste en un lejano pasado como lo han hecho ya un sinnúmero de estudiosos o simples aficionados.

Hablando de su "creador" o "inventor", Edgar Allan Poe es la única y señera figura citada por todos. Basta, entre otros testimonios, esta observación de Sergei Mijailovich Eisenstein (1976:31)16: "En Edgar Allan Poe, que, como se sabe, es el fundador del género policiaco en la literatura, se encuentra una afirmación clásica de tal propósito. Los crímenes de la calle Morgue de Poe es una de las primeras novelas policiacas... Las primeras fórmulas clásicas de la novela policiaca son de Edgar Allan Poe. Todas las demás cosas de este género parten de Poe".

Ante la vaguedad, el tono dudoso y la imprecisión temporal que puede que se reprochen a la declaración de Eisenstein, la de Salvador Vázquez de Parga (1981:36)17 nos parece más contundente y puntualizadora para terminar con las polémicas a este respecto. Según éste, "Los crímenes de la calle Morgue" de Poe, primer cuento policiaco mundial, fue publicado en The Graham's Lady's and Gentleman's Magazine de Filadelfia en 1841, y junto con él, el Caballero August Dupin, "primer detective" mundial que aparecerá sucesivamente en The purloined letter, publicado en The Chamber's Journal de noviembre del mismo año y "The mystery of Marie Roget", publicado en The Lady's Companion de noviembre de 1842.

No creemos que esté de sobra reforzar las informaciones precedentes, las proporcionadas por Vázquez de Parga sobre todo, con una incisión del especialista francés Thomas Narcejac (1976:52)18, según la cual la novela policiaca ha nacido en el siglo XIX y que antes era impensable su aparición, puesto que el gusto por el misterio y el espíritu científico no data de ayer.

Por si no hemos sido lo suficientemente claros, resumiremos este aspecto de nuestro trabajo afirmando que tanto los que se dedican a la novela policiaca como los que cultivan otros subgéneros distintos han acabado sabiendo, bien por mera curiosidad, bien por oír decir, bien porque lo han requerido otras razones, que dicho género nació en 1841 en Estados Unidos gracias a la genuina mente de Edgar Allan Poe. Dicho de otro modo, todos, o casi todos los teóricos, investigadores, comentaristas, especialistas y estudiosos coinciden en que Allan Poe fue quien "descubrió" una perspectiva del crimen, o tratamiento literario del crimen para ser más exacto, completamente original y totalmente distinta de las anteriores. Su arte o acierto consiste, lo reconocen unánimemente, en montar un enigma cuya resolución retarda cuanto puede, rompiendo asimismo con la tradición de la novela de aventuras preexistente, por una parte, y, por otra, con las supuestas formas de detección anteriores, carentes éstas de racionalidad científica y rigor analítico.

Poe parte entonces de dos interesantísimas diversiones muy de moda en su país: el juego de las damas y el ajedrez, como acertadamente lo ha señalado Dieter Wellershoff (1976:99)19. Tras una profunda reflexión sobres los parámetros y procedimientos aplicacionales de los mismos, éste, al confrontarlos, se da cuenta de que los principios y las tácticas del juego de las damas, piedra angular de las novelas de aventuras, además de prestarse a un fácil manejo, son anticuados y rutinarios. Por de pronto, Poe deja de reflexionar sobre una diversión a favor de otra y se da cuenta de que el ajedrez requiere más concentración, más precaución y una capacidad de raciocinio muy elevada. Es más, debió pensar este escritor, ansioso de romper con la tradición cuentística que ya no tenía interés al menos para él, el ajedrez, en detrimento del juego de las damas, deja constancia para la inserción de nuevos elementos sin falsear sus normas básicas, ni tampoco perjudicar el esquema preestablecido. Lo primero que se le ocurre es condensar todas las reglas en un esquema tripartito: un cometido cuyo autor se desconoce, un ajeno que se ocupa del caso y una aclaración de lo sucedido. Superada esta escala de razonamiento, por una parte, y consciente, por otra, de que su sociedad atravesaba una época crucial, marcada por delitos insospechables, Poe se convence de que no siempre es prudente retratar fielmente los sucesos. Hay que desnaturalizarlos, metamorfosearlos, matizarlos y suavizarlos para atenuar el grado de conmoción que pueden suscitar por parte de la masa. Es más, hay que sustituir los protagonistas reales por otros imaginados para evitar potenciales o posibles ajustes de cuentas, dejando el restablecimiento del orden quebrantado a cargo de un superhombre, una especie de justiciero imparcial cuya misión consiste en desentrañar, pase lo que pase, la ambigüedad con la que todos los delitos registrados estuvieran enmascarados. Una vez elaboradas todas estas hipótesis, Poe las reordena ­eliminando por cierto las sobrantes­, las reformula y crea al conspicuo Caballero August Dupin, su detective, para llevar a la realidad dichas teorías en sus cuentos escritos; los cuales, al reflejar sus métodos deductivo y analítico, acabaron dando carta de naturaleza a lo que más tarde se dio por llamar novela policiaca. Denominación de por sí no menos vaga que ambigua e injustificada, surgida de no se sabe donde, pero fuertemente relacionada con el apego de teóricos, estudiosos y otros a determinados elementos y aspectos de los relatos de Edgar Allan Poe; siendo el más privilegiado de tales elementos o aspectos lo que han llamado enigma, misterio o fantasía, desde una perspectiva sinonímica por supuesto.

En segundo lugar, bastó con evidenciar procedimientos policiales en los cuentos de Poe ­entiéndase en los comportamientos del Caballero August Dupin­ para que se parieran, al filo de los años, combinaciones o juxtaposiciones terminológicas de tipos "ficción policiaca", "novela criminal", "novela de detección", "novela de enigma", por citar unos cuantos ejemplos. Dicho en otros términos, estamos, en parte sí y en parte no, a favor de la opinión general sobre varias declaraciones o afirmaciones de este tipo.

Cierto es que no hemos dudado en ningún momento, ni tenemos pruebas materiales fehacientes para hacerlo, de las apreciables aportaciones de Edgar Allan Poe a la hora de hablar de la novela policiaca, en cuanto un género iniciado por él. Trátese de determinadas tácticas o técnicas, de fórmulas o procedimientos que vinieron bien a propósito en el mundo literario de su entorno, Edgar Allan Poe no puede autoexcluirse de su sociedad previamente afectada por una visión diferente o peculiar de las cosas, una especie de "cosmovisión", para hablar como Carlos Bousoño (1981:521)20.

Naturalmente, Poe monta en parte sus historias a base de enigmas complicados. Lo cual no quiere decir que éstas carezcan por completo de realidad. Tampoco pueden negarse posibles imitaciones de estructuras preexistentes por parte de éste, según ya lo hemos evocado más arriba. De modo que más objetivo sería, creemos, observar que se vale del razonamiento, o de su inteligencia, mejor dicho, para combinar lo real y lo imaginativo por una parte, así como echa mano en lo ya existente para crear algo nuevo, por otra. En otros términos, Poe pone de relieve cierta habilidad en cuanto a entroncar adecuadamente la subjetividad y la objetividad se trata. Una especial soltura mental, la de Edgar Allan Poe, que queda formulada por Thomas Narcejac (1976:59)21 en estos términos: "Razonar es entonces, pura y simplemente, colocar de nuevo las piezas en su sitio, restablecer la verdad que es como la cara de Dios".

Tras esta observación de Narcejac, quede clara nuestra opinión según la cual Poe no "inventó" ni el crimen, ni la novela, ni la detección o la investigación, como lo afirman muchos estudiosos, entre ellos Dieter Wellershoff (1976:100)22. Es más, se inventa lo que nunca ha existido, y sabemos que tanto el crimen y la prosa, como la investigación sobre delitos, o la "detección" de los autores de los delitos como lo requieren los amantes de este término, datan desde tiempos inmemoriales.

Empleada erróneamente en el mismo sentido que "inventar" está la palabra "descubrir". Creemos, si se nos permite opinar libremente, que se descubre lo que existe en un estado latente en espera de que por necesidad o por determinada evolución del raciocinio humano un genio llame la atención sobre su existencia. Es decir, algo que ya existía, pero que no había despertado aún la curiosidad de nadie, por decirlo de alguna forma, hasta después de dar con ello un ser lúcido. Descubrir sería entonces el verbo más acorde con los métodos de la novela policiaca desarrollados por Edgar Allan Poe. Mientras valgan las insistencias, recordaremos que Poe nunca "inventó", y ya era tiempo de desmitificarlo, ni la prosa narrativa, ni la temática del crimen, ni muchísimo menos la investigación, llámese criminal o delictuosa simplemente. Todas son, y no hace falta experimentarlo en ningún laboratorio, remotísimas. Prescindiendo de los demás casos criminosos legendarios ya citados en otro momento, traemos a la memoria de los curiosos o incrédulos a Williams Godwin y William Shakespeare, entre otros, quienes se adelantaron a Poe tanto en la prosa como en el tratamiento de casos criminosos.

Volviendo también sobre lo que han tachado de "invención" de ciertas ténicas nada novedosas en la llamada novela policiaca, puede mencionarse, entre otros, al poeta y fabulista francés Jean de la Fontaine para recordar que éste se adelantó a Poe en la crítica social y la desnaturalización o mistificación de hechos concretos, lugares o sitios palpables, así como en lo referente a la sustitución de determinadas personas reales por otras ficticias, es decir, fabricadas por su mente.

En efecto, este genio de la literatura francesa, que vivió y murió en París ciento catorce años antes del advenimiento de Poe, ya sustituía en sus versos y prosas ciudades por selvas y hombres por animales, para criticar la sociedad parisina de su época en particular y la francesa en general. De modo que no cabe duda de que al menos una de estas claves se transparenta con máxima claridad en la novela policiaca, lo cual no impide, no obstante, reconocer que esta comparación es válida sólo en la medida en que nuestros dos genios (Poe y Jean de la Fontaine) manejan con habilidad al hombre, llamándole policía o detective el uno, león o leopardo el otro. Por lo tanto, no es intención nuestra equiparar estructuras poemáticas y fabulísticas, por muy literarias que sean, con estructuras poéticas o novelescas bien determinadas tales como las que ingenió Edgar Allan Poe.

Ahora bien, el que Poe haya iniciado normas a la larga repetidas de modo estereotipado como cánones dominantes en muchas obras posteriores a él es una cosa. El que haya "inventado" la novela policiaca es otra, que sólo puede admitirse en la medida en que su cuento tan citado, Murders in the Rue Morgue, da origen a la configuración y asentamiento de un género híbrido en la república de las letras. Mejor dicho, la genialidad u originalidad de Edgar Allan Poe, desde nuestra óptica, no puede ser sino el fruto de tantos otros factores como pueden ser una mezcla de géneros preexistentes, así como la supresión o mera alteración de ciertas funciones de las fuentes en las que Poe se inspiró. Es más, valga la redundancia, Poe enigmatiza o falsea hechos reales que virtualiza o, mejor dicho, que traslada sagazmente, mediante determinada lógica que brota de su mente, desde un contexto real a otro aparentemente irreal, pero sí real en el fondo como lo hemos hecho constar en el caso de Jean de la Fontaine, entre otros genios que ha registrado la literatura universal desde muchos siglos a esta parte. Nos referimos, en este caso, a la (re)lectura de su sociedad y de sus alteraciones mediante sus prismas objetivo-subjetivos, pero también a la ya insistentemente evocada herencia literaria innegable por parte de cualquier escritor y, por tanto, por parte de Edgar Allan Poe.

En relación con esta innegable herencia e imitación de las que es inevitable acusar tanto a Poe como a todos los escritores sin excepción, sobre todo a los principiantes, Delfín Leocadio Garasa (1969:17)23 observa que existen dos posturas ante los géneros que la tradición ofrece: "La de los imitadores que reproducen dócilmente formas que en su momento constituyeron audaces innovaciones, y la de los que, aun adoptando esas formas, las modifican, les inyectan nueva savia, las amplian o las simplifican a impulsos de nuevas necesidades expresivas", como lo hizo oportunamente Edgar Allan Poe y sus predecesores creadores de nuevas fórmulas o formas literarias, piénsese en Góngora por ejemplo, en el campo de la poesía. Este ejemplo puede extenderse en otros campos: Cervantes, en la novela caballeresca; Mateo Alemán, en la picaresca, etc.

No creemos que esté de sobra añadir a las exigencias expresivas resaltadas por Delfín Leocadio otras necesidades y exigencias literarias tales como la cultural, estética y temática, entre otras, y constantes cambios que se han apreciado y siguen apreciándose también en el género policiaco, los cuales han acabado generando un sinnúmero de subgéneros del género policiaco que últimamente se cobijan todos bajo la misma denominación, creando asimismo una tremenda confusión y múltiples malentendidos, ya no solamente en la mente de los aficionados a esta especial forma de contar los sucesos, sino también, y esto es el colmo, en círculos de los que presumen entender de la novela policiaca, o sea, los llamados especialistas en la materia.

Ahora bien, si del espíritu creativo y reformador de Edgar Allan Poe pudieron originarse esquemas antes inexistentes, apreciados por primera vez tan sólo en Murders in the Rue Morgue, su posterior reiterabilidad por infinidades de escritores es justamente lo que consagra a este escritor como el "padre" de la novela policiaca, que no "inventor" como suele oírse decir, puesto que, de no repetirse en obras posteriores, sus técnicas "novedosas" se hubieran desvanecido, reduciendo por consiguiente sus primeros cuentos "policiacos" a meras narraciones "de entretenimiento", como la gente acostumbra calificar a determinadas obras. Afortunadamente para Poe, tanto sus cuentos en sí como sus métodos hallaron, desde su comienzo, un terreno abonado, por no decir el camino de la eternidad, en gran parte de los países desarrollados o industrializados, reinos por excelencia, en aquel entonces, de crímenes relacionados con el hoy muy agudo afán del ser humano de cualquier parte de amontonar fortunas en detrimento de otros.

Conste, por otra parte, que, con nuestra incisión respecto a la triple aportación autor-obra-imitadores, queremos poner de manifiesto la declaración de Lázaro Carreter (1976:116)24, según la cual: "El género sólo consta muchas veces de una sola obra o, en el mejor de los casos, de esa obra y de sus imitaciones más visibles". Y si no fuera convincente la opinión de Lázaro Carreter, hemos a continuación la de Rosalie Colie (1973:30)25 quien, basándose en factores como el ansia que tiene cualquier escritor de ofrecer algo nuevo, así como en la irremediable imitación a la que no puede escapar, llega a la misma conclusión: "At the time of writing, an author's generic concept is in one sense historical, in that he looks back at the models to imitate and to outdo. The work he writes may alter generic possibilities, almost beyong recognition".

No aprehender entonces el nacimiento y el asentamiento, en la literatura universal, del género policiaco, desde las diferentes perspectivas de herencia, perfeccionamiento y transmisión, es, desde luego, un error. De ahí, y aunque no nos haya gustado entrar en polémicas ni traer juicios de valores, nos vemos algo obligados a considerar como falta de perspicacia el hecho de que al lanzarse a ciegas sobre la novela policiaca, muchos críticos y teóricos han acabado pariendo enormidades que tienden a alzar a Edgar Allan Poe a la cúpula de un mago, y cuando no, a la de un Dios omnisabio. En relación con todo lo precedentemente expuesto pensamos, sinceramente, que Edgar Allan Poe se merece los atributos de escritor genial, astuto, harto de la rutina anterior ­o como lo quieran llamar­, pero no los de creador omnímodo, el "inventor", que parte de la nada para "crear" todo un género literario, la novela policiaca, como se suele pretender. Pues ya lo dijo Miguel Angel Garrido Gallardo (1975:59)26, "De la nada, nada se crea".

Resumiendo, en Estados Unidos, precisamente en el año1841, un periodista, Edgar Allan Poe, revoluciona por completo la República de las Letras; ya no sólo con su cuento con título Murders in the Rue Morgue como lo pretenden la gran mayoría de los especialistas del llamado género policiaco, sino con el protagonista del mismo también: el ya casi "mítico" Caballero August Dupin, reconocido como primer detective mundial de la literatura con métodos de investigación más científicos y racionales, aunque regidos en gran parte por la ficción, y modernos. Han transcurrido casi 159 años desde entonces, pero Poe y sus citados cuento y protagonista siguen alimentando controversias. Para unos, Poe es el inventor-creador omnisciente de la literatura llamada indistintamente criminal o detectivesca y, por tanto, del prototipo del detective. Para otros, la detección y la literatura, llámese criminal o no, preceden a Poe. Para los más moderados y más juiciosos, y formamos parte de estos últimos, Poe no inventó ni la literatura ni el crimen, como tampoco el prototipo del detective, pero sí los remodeló, aportando las nuevas técnicas narrativas arriba evocadas, para hacer más entretenida, amena y menos violenta, al menos moralmente, la pintura en prosa de los crímenes y otros delitos antiguamente chocantes y pavorosos.

TOMA DE POSICION

Tras evidenciar las influencias o herencias literarias de las que todos los escritores, de todos los tiempos y de todas las naciones, han sido y seguirán siendo inevitablemente víctimas, no sería deshonesto ni inoportuno hacer constar que tanto los que atribuyen lejanos orígenes a la novela policiaca, como los que se limitan al pasado siglo XIX, tienen, cada uno por su parte, al menos una ínfima razón que sería injusto denegar: los primeros, en la medida en que investigación y aclaración de delitos anónimos datan desde tiempos inmemoriales, por una parte, y, por otra, porque el mismo fenómeno literario no impone restricciones a quienes quieran escribir. Lo que quiere simplemente decir que un escritor es libre de beber en una fuente lejana o cercana, o en las dos a la vez porqué no, según se le antoje, por no decir según sus gustos literarios, sus preferencias temáticas, sus experiencias vitales, etc., como le apetezca y cuando le dé la gana.

Los segundos, en la medida en que un género literario, antes de ser una prosa, bien novelesca, bien histórica o periodística, para poner sólo unos cuantos ejemplos, es un mundo aparte, a la vez discriminatorio y discriminado. Esto quiere decir que todo género tiene sus propiedades determinadas y distintas de las de los demás. Por consiguiente, creemos que retrotraer los orígenes del género policiaco a siglos anteriores al XVII es verdad equivocada. Es más, nos viene a propósito, para reforzar nuestra humilde opinión, una observación de Fernando Lázaro Carreter (1976:116)27 formulada en estos términos: "El género posee siempre un origen, el de un escritor que ha producido una combinación de rasgos sentida como (re)iterable, es decir, que tiene posibilidad de ser repetida. Caracteriza justamente al escritor genial ­insatisfecho con los géneros recibidos­ la búsqueda de nuevas configuraciones... Se constituye el género como tal cuando toma un autor por modelo de estructura pura del texto que está escribiendo el de una obra anterior. El escritor, pues, al advertir en una obra precedente procedimientos afortunados y reiterables, los mantiene en su creación".

Dado todo lo anteriormente expuesto y la claridad de la síntesis totalizadora de Lázaro Carreter al respecto, podemos afirmar que Poe introdujo en la literatura universal nuevas técnicas detectivescas, así como una nueva forma de entendernos, al mismo tiempo que comprendemos el mundo en el que vivimos. Como escritor no pasó por lo alto todo cuanto habían hecho sus antecesores. Por consiguiente, la novela policiaca es una prosa nueva a partir del momento en el que las aportaciones novedosas de Allan Poe la alejan de los géneros preexistentes. Pierde de hecho su concepción de literatura extraña en la medida en que reconduce temas con los que la humanidad se ha venido familiarizando siglos tras siglos (asesinatos, delincuencia, drogadicción, robo, prostitución, etc.), aunque, eso sí, desde otra perspectiva y conforme todos los cambios traídos por la industrialización y el desarrollo, o lo que es lo mismo, por la civilización simplemente.

CONCLUSION

No podemos pretender que hemos llevado con éxito nuestro arbitraje. Pero como se ha podido apreciar entre estas páginas, la temática de la literatura, del crimen y de la detección son anteriores a Murders in the Rue Morgue. Eso por una parte. Por otra, estos tres temas han sido abordados desde otras perspectivas por Edgar Allan Poe, según ha quedado, creemos, claramente expuesto en este trabajo también. Pues, de la misma manera que Poe no podía haber reivindicado la paternidad de la literatura delictivo-detectivesca, o como quieran que se llame, a nadie que no sea Poe se le puede atribuir el razonamiento científico por él introducido para hacer más entretenida y amena tanto la elaboración como la lectura de cuentos con trasfondos delictivos. Pensamos, conviene recordarlo, en este aliciente entretenedor que unos llaman método deductivo, otros método inductivo, y otros más, método deductivo-inductivo, pero también en las nuevas peripecias innovadas por el Caballero August Dupin, al pertenecer a una sociedad y una época más modernas con nuevas formas delictivas, por no decir con su panoplia de maldades brotadas de los escombros de la industrialización.

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2Vazquez de Parga, Salvador (1981): Los mitos de la novela criminal, Barcelona, Planeta, p. 33.

3Baudou, Jacques y Lebrun, Michel (1983): "Polar des antipodes" Magazine Littéraire N° 194, Paris, Saints-Pères, p. 50.

4Narcejac, Thomas y otros (1976): La novela criminal, Barcelona, Tusquets, p. 52.

5Vázquez de Parga, Salvador: ob. cit.

6Vázquez de Parga, Salvador: ob. cit.

7Cabrera Infante, Guillermo (1983): "La ficción es el crimen que paga Poe" en Los Cuadernos del Norte N° 19, Galicia, p. 2.

8Vázquez de Parga, Salvador: ob. cit.

9Madrid, Juan (1983): "La mejor novela de Montalbán" Diario 16, N° IX, Madrid.

10Garrido Gallardo, Miguel Angel (1975): Introducción a la teoría de la literatura, Madrid, S.G.E.P., pp. 59 y 29.

11MacShane, Frank (1984): "Question de style", Magazine Littéraire, N° 211, Paris, Saints-Pères, p. 29.

12MacShane, Frank: art. cit.

13Cabrera Infante, Guillermo: art. cit.

14Lázaro Carreter, Fernando (1976): Estudios, Madrid, Taurus, p. 116.

15Cairns, Francis (1972): Generic composition of Greek and Roman poetry, Edinburgh.

16Mijailovich Eisenstein, Sergei y otros (1976): La novela criminal, Barcelona, Tusquets, p. 31.

17Vázquez de Parga, Salvador: ob. cit.

18Narcejac, Thomas: ob. cit.

19Wellershoff, Dieter (1976): Literatura y principio del placer, Madrid, Labor, p. 99.

20Bousoño, Carlos (1981): Epocas literarias y evolución, Madrid, Gredos, 1981, p. 521.

21Narcejac, Thomas: ob. cit.

22Wellershoff, Dieter: ob. cit.

23Garasa, Delfín Leocadio (1969): Los géneros literarios , Buenos Aires, Columba, p. 17.

24Lázaro Carreter, Fernando: ob. cit.

25Colie, Rosalie (1973): The resources of kind, Berkeley, Cambridge, p. 30.

26Garrido Gallardo, Miguel Angel: ob. cit.

27Lázaro Carreter, Fernando: ob. cit.

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