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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  no.26 Santiago  2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112012000200006 

Literatura y Lingüística N0 26 ISSN 0716-5811 / pp. 81-100

 

Literatura: artículos y monografías

 

Lo fantástico como recurso a lo real. Lecturas de la literatura antropológica chilena*

The fantastic as a mean to the real. Chilean antropological literature readings

 

Miguel Alvarado Borgoño**

** Antropólogo y Sociólogo, Doctor en Ciencias Humanas, Postdoctorado Universidad de Goettingen Alemania. Profesor Titular Facultad de Filosofía y Educación Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Chile. miguel.alvarado@umce.cl


Resumen

Este artículo vincula el concepto literario de fantasía con la metalengua de la Literatura antropológica chilena, planteando que lo fantástico constituye ante todo una estrategia metodológica, ya que en esta instancia es donde lo real puede ser concretamente expresado desde la concepción psicoanalítica de realidad como la conexión entre lo simbólico y lo imaginario.

Palabras clave: Literatura antropológica, fantasía, metodología etnográfica.


Abstract

This article links the literary concept of fantasy with the meta-language of Chilean anthropological literature, arguing that the fantastic is primarily a methodological strategy, since it is here is where the real can be concretely expressed from the psychoanalytic conception of reality as the connection between the symbolic and the imaginary.

Key words: anthropological literature, fantasy, ethnographic methodology


Ese techo tranquilo -campo de palomas palpita-
entre los pinos y las tumbas.
El meridiano sol hace de fuego el mar, el mar que siempre está empezando...
¡Es recompensa para el pensamiento una larga mirada a la paz de los dioses!

El Cementerio Marino
Paul Valéry

Introducción

La investigación que se lleva a cabo (2010-2012), que trata sobre el vínculo entre literatura y antropología chilena contemporánea, es producto de un prolongado programa de investigación que se ha expresado en estudios y publicaciones desde el año 1998 en adelante, dándose a conocer a través de libros y artículos científicos1.

De las investigaciones realizadas, se ha reconocido que es en la me-talengua de las formas textuales que vinculan ciencia antropológica y creación literaria en nuestro país el lugar en donde podemos dar razón de las características de este nuevo canon textual denominado Literatura antropológica chilena y que ha tenido subsectores como la literatura etnocultural, la antropología poética y la antropología literaria. Esta indagación de corte metalingüístico necesita adentrarse en el examen de textos de forma más detallada. Es por ello que en este artículo revisamos dos libros axiales de la literatura antropológica chilena. Estos son Sueño con menguante de Sonia Montecino y Pueblos de mar de Andrés Recasens.

La base del análisis que acá desarrollamos se sustenta en la hipótesis de que "lo fantástico" constituye una herramienta metatextual que le da identidad a la literatura antropológica de carácter narrativo, contraviniendo el principio de realidad y, por lo tanto, de verosilimitud de las formas de narración científica; la fantasía, lejos de ser una desviación constituye un punto articulatorio para las expresiones narrativas de esta literatura antropológica. Por lo tanto, lejos de desviarla de un canon para ubicarla en una dimensión ambigua, pasa a formar parte de un género textual emergente que hemos estudiado en este programa de investigación, siendo este artículo una expresión del modo en que el análisis de textos puntuales puede demostrar la existencia de la Literatura antropológica chilena, y de esta forma dar cuenta de algunas de sus características fundantes.

Lo fantástico en la literatura antropológica

En este artículo definiremos "lo fantástico" en tanto categoría analítica, como un modo de denominar una estrategia metodológica que ha surgido en las ciencias sociales, particularmente en la antropología, y que, por medio de "experiencias de frontera", une: lo onírico, la intimidad del etnógrafo narrador en su labor de terreno sistematizada en el trabajo posterior de escritorio, el cúmulo de experiencias y de testimonios recolectados por el antropólogo en el trabajo de campo (particularmente por medio de la observación participativa) y el conjunto de valores me-tasociales del cual el etnógrafo narrador es portador, tanto como parte de una comunidad hermenéutica como de un medio sociocultural. En base a lo anterior, nuestra noción de lo fantástico se entronca con el recurso de lo inverosímil con que la literatura se plantea a nivel retórico y pragmático, siendo la literatura fantástica, en su sentido tradicional dentro del canon occidental, un referente y un mecanismo transtextual que da lugar a una nueva dimensión de la metalengua, configurante de aquello que llamaremos aquí "Literatura antropológica".

En el campo literario específicamente, en la metalengua de Julio Cortázar, lo fantástico no es una evasión ni una negación de lo real sino su radicalización; sin un territorio físico referencial y arraigado, donde, a la manera de Los reyes (1996), Ariadna no está enamorada de Teseo, sino del monstruo que habita en el centro del laberinto y el Minotauro resulta un ser juguetón y benévolo, así los arquetipos presocráticos son universales, pero desde una mirada oblicua y por lo tanto que juega dentro y fuera del campo literario: lo fantástico es la repetición del encuentro con una realidad sempiterna, la que solamente puede expresarse en la escritura; en América Latina este fenómeno de semiosis (Eco 1981) presente en la literatura tiene correlato y consecuencia en las formas de escritura de carácter experimental que unen ciencia antropológica y literatura; estas han sido denominadas como: Antropología Poética y Antropología Literaria. En este trabajo optamos por el concepto de Literatura antropológica, ya que es Chile el lugar donde este fenómeno cultural ha tenido un desarrollo más ostensible. Entenderemos por literatura antropológica:

un tipo de género discursivo, y quizás también una tendencia literaria, que aún no ha sido conocido, valorado, leído ni interpretado como tal, es decir, no ha sido canonizado por la institución literaria porque se ha desarrollado básicamente en publicaciones, congresos y diálogos propios de los espacios intelectuales de un sector determinado de las ciencias sociales contemporáneas.

Sus autores son antropólogos profesionales, es decir, personas con estudios universitarios de pre y postgrado, incorporados al campo laboral, académico e investigativo de las disciplinas antropológicas y arqueológicas y participantes en medios de comunicación característicos de los cientistas sociales. No obstante, una parte significativa y decisiva de su trabajo de campo y de oficina está conformado por lo que algunos de ellos han llamado "antropología poética" y otros "antropología literaria" (Carrasco, Alvarado 2010)

Estas formas experimentales se forjaron en proyectos escriturales con orígenes canónicos muy diversos, afincados en las ciencias sociales y la literatura. No obstante, hoy esos proyectos rebasan los límites de los conceptos tradicionales de literatura y de ciencia, hasta constituirse en artefactos culturales que más que admiración generan desconcierto, especialmente en sus propias disciplinas; la ciencia antropológica y en la ciencia literaria.

La necesidad de "otro" lenguaje para dar cuenta de lo que cotidianamente "asombra" se expresa en Latinoamérica desde el cronista Antonio Pigafetta hasta los desarrollos de un "vislumbre" que Néstor García Canclini llamó hace cuarenta años "antropología poética", y también en el desarrollo de un fenómeno verbo-simbólico que hoy vemos como cultural, específicamente literario, y que en la actualidad denominamos como "Literatura antropológica".

La elaboración de una Literatura antropológica2 ha tenido antes y después de García Canclini una importancia cardinal. No obstante, es desde este autor y específicamente en su ensayo Cortázar, una antropología poética (1968) donde se esboza la metalengua (Mignolo 1986). Entendemos por metalengua aquel discurso presente dentro o fuera del texto que le confiere orientación y sentido, por lo cual allí operan principios y normas socializadas (Carrasco 2011), siendo nuestra preocupación en este trabajo el modo ambiguo (Carrasco 2011) en que la Literatura antropológica se posisiona frente a la ficcionalidad, considerando la ficcionalidad como un recurso propio de la literatura en un sentido tradicional dentro del canon literario occidental. Notamos de forma precisa cómo nuestras generalizaciones se ajustan a la literatura antropológica de corte narrativo (o marcadas por su narrativismo), sin que lo aquí caracterizado sea necesariamente extrapolable a la poesía antropológica que, como sub género, posee valor y rasgos autónomos.

Esta Literatura antropológica se hace presente en textos de amplia divulgación creados por autores como Sonia Montecino y Andrés Recasens, quienes constituirán nuestros ejemplos representativos del canon; vemos en ellos consolidarse la Literatura antropológica como una metalengua dinámica y consistente, son ambos autores chilenos canonizados en el campo literario y el científico antropológico; no obstante, estos autores son de nuestro particular interés no solamente por su contemporaneidad e importancia, sino por su influencia, en tanto autores textuales, en el uso narrativo e instrumental de lo fantástico, que sin duda tiene una gran injerencia en autores contemporáneos, especialmente dentro del campo de la ciencia antropológica chilena (Alvarado 2006). Se da cuenta entonces de un canon emergente, pero asociado a un mayor volumen de producción escritural con relación a mucha de la producción científico social disciplinariamente específica del siglo XX y XXI en Latinoamérica. La Literatura antropológica se adentra en la ciencia antropológica para escabullir sus márgenes y transformarse en una forma original de literatura, la que, paradójicamente, no ha sido aún estudiada desde la perspectiva de la ciencia literaria.

En este proceso de innovación, para Recasens y Montecino, como para la mayor parte de la literatura antropológica, lo fantástico es una herramienta metodológica cardinal utilizada en la elaboración del discurso antropológico científico latinoamericano, aun sin la intencionalidad explícita de este discurso; ello, desde la puesta en duda de la premisa de que "lo real sería lo racional y lo racional lo real". Cuando una narración es un artefacto que asume la voz de los actores, pero a la manera de lentes multifocales que ya no se desarrollan en tanto voces que solo responden, sino como voces que devuelven preguntas respecto de lo narrado y de la legitimidad de la propia narración, y estas interrogantes requieren de lo fantástico para ser a lo menos formulables: ¿quién es el que narra cuando se rotula lo narrado como "etnografía"? ¿Cuáles son los valores que como etnógrafo y sujeto occidental porto, desde mi clase (en Recasens) o desde mi género (en Montecino)? ¿Es el narrador etnógrafo un personaje, un instrumento heurístico o es la exteriorización de la intimidad psíquica que se hace ostensible en la soledad del trabajo de campo? Son este tipo de cuestiones las que desde la experiencia misma del trabajo de campo deambulan entre: la visión del actor y la del observador, pero sin dejar de contener la referencia implícita al lector como un tercero ausente significativo3.

En la perspectiva aristotélica, lo fantástico era la radicalización de lo no-real, algo propio de una suerte de "huida del mundo", una manera de crear otros mundos fuera de este. Justamente fenómenos como la fantasía fueron enemigos temibles para el discurso filosófico de la modernidad, y particularmente para las ciencias sociales, lo fantástico pertenecía a "lo no científico, a lo no real", específicamente la fantasía fue una suerte de enemiga en el contexto de los cánones textuales, donde la narración etnográfica o las ambivalencias de la metáfora, incluso las analogías estéticas (por Ej. actor, escenario), analogías biológicas (por Ej., cuerpo social, tejido social, miembros) podían tener un lugar, pero lo fantástico no era considerado un plano legítimo en una narración de lo social sensata y por ello socialmente sostenible, sino un desvarío, algo propio de la ingenuidad y de la desviación del canon científico; algo que estaba más cercano al discurso teológico, pero que carecía de una revelación colectivamente confiable en su fundamento. Faltaba el "aura" a la que Benjamin (1973) hace referencia, que legitimara a lo fantástico en un plano metafísico. Definiremos como lo fantástico aquello que se aleja de la evidencia empírica, del "estar allí" planteado por Malinowski (Geertz 1989) en la antropología tradicional, esgrimido de manera sistemática por el estructural funcionalismo inglés y el funcionalismo norteamericano; ambos en la primera mitad del siglo XX.

Es entonces vital revisar la concepción literaria de lo fantástico que asume como tal a un universo referencial ilusorio donde el norte narrativo consiste justamente en tomar elementos de la realidad para reordenarlos y resignificarlos, generando un orden en donde desaparecen los pilares de lo coherentemente afincado en la evidencia tangible y en el sentido común.

La antropología y literatura en nuestro medio

La aparición de la Literatura Antropológica ha requerido del recurso a lo fantástico para sortear el escollo que, la autorreferencia, la evidencia empírica casuística y la búsqueda de una expresión postcolonial han planteado a la conformación de un discurso antropológico latinoamericano respecto de la diversidad.

Específicamente, la Literatura antropológica tiene sus gérmenes en el ensayo latinoamericano respecto de la diversidad, desarrollado por autores como: Nicolás Palacios, Domingo Faustino Sarmiento, José Vasconcelos, Pedro Henríquez de Ureña, etc. y, se fortalece con la introducción de la Antropología como ciencia y como profesión universitaria; como ciencia en Chile data de principios del siglo XX, y como profesión surge básicamente de los esfuerzos a mediados del siglo XX del antropólogo Carlos Munizaga (1917- 1993) bajo la hégira del poeta y etnólogo belga francés Alfred Metraux. Ello tiene su primera expresión textual en el libro de Munizaga Vida de un Araucano (1960), historia de vida que anticipa las formas de expresión de la literatura antropológica y que simultáneamente constituye la primera obra publicada en Chile por un profesional de la antropología. Desde allí existe una antropología literaturizada con un carácter similar al esbozado en Argentina por García Canclini, un desarrollo que se expresa hoy en obras como Madres y Huachos (1992) de Sonia Montecino y Pueblos de Mar (2006) de Andrés Recasens, ambos cercanos a Carlos Munizaga en la Universidad de Chile, lugar donde se consolida ya un nuevo tipo de género textual que hoy asumimos como literatura antropológica.

Del itinerario que va desde la literatura antropológica, desarrollada en el ámbito de lo literario y lo antropológico científico en la segunda mitad del siglo XX, hasta llegar al reconocimiento preliminar de un canon literario antropológico en el cual la literatura y la antropología se amalgaman, hay un camino que se extiende por el siglo XX y lo que va del XXI en América Latina; los textos hasta ahora estudiados son básicamente de origen chileno (aunque su metalengua no se corresponda con un canon únicamente nacional).

En el plano émico lo fundamental para estos textos consiste en un proceso mediante el cual la literatura tiende a absorber las ciencias humanas, se trata de que la necesidad expresiva en el plano de la producción y la recepción textual han llevado a antropólogos y estudiosos de la cultura (a lo menos probadamente en Chile) a la generación de un canon literario antropológico, cuyo itinerario deseamos de manera sintética y preliminar mostrar en este artículo; se trata del modo concreto en que la racionalidad científica en sus urgencias expresivas ha debido cuestionar categorías como las de objetividad o la de acumulación no-mológica de verdades. Pensamos que esta transformación en el discurso de las ciencias humanas que sienta las bases para la existencia de lo que hoy denominamos como Literatura Antropológica, guarda una directa relación con las transformaciones de la episteme occidental durante el siglo XX (Foucault 1986) y especialmente con las mutaciones de la cultura francesa del siglo XX (expresada en las obras de autores tales como: Michel Leiris, Alfred Metraux, Claude Lévi-Strauss, Marc Augé, entre muchos otros precursores), y es que hubo un tiempo en que todos los caminos conducían a Paris, en la medida en que es la concepción científica francesa del siglo XX la demostración fehaciente de las limitaciones de las visiones matematizantes y nomológicas de la ciencia occidental. Entonces, esta transformación se manifiesta a través de la influencia directa de literatos, filósofos y una especie particular de etnólogo literato (Alvarado 2006), que ya desde la primera mitad del siglo XX definían una perspectiva de cruce transdiciplinario, en la medida que se generaba un nuevo canon, la Literatura antropológica, durante la segunda mitad del pasado siglo en Latinoamérica y en Chile.

Un par de textos antropológicos narrativos de este siglo

El libro Pueblos de Mar, de Andrés Recasens (2003) sigue siendo, a nueve años de su aparición, un libro contingente y significativo, aunque aún no lo suficientemente apreciado a nivel masivo. En este libro, Recasens narra un prolongado trabajo de campo realizado entre los pescadores artesanales del Litoral Central de Chile y el devenir de los estilos de vida en sus asentamientos precarios, cuya función es ser el transitorio hogar de trabajadores artesanales que buscan la pesca y la recolección de productos, que, por razones naturales o legales, no pueden conseguirse todo el año. Surge en este texto, como marca semántica, la interpelación respecto de las posibilidades de acceso del intelectual burgués respecto de esta alteridad inmediata y al mismo tiempo distante:

¿Qué es lo que tendrá que hacer el antropólogo para llegar a constituirse parte de la comunidad intersubjetiva que está estudiando? Lo más recomendable es vivir en ese horizonte el tiempo suficiente para ser aceptado como alguien que puede ser integrado al "nosotros" de ellos en un clima afable y amistoso. (Recasens 2006:78).

La falta de comprensión respecto a esta simple interrogante, pero de respuesta compleja, se explica a nuestro parecer, en parte, por la peque-ñez de los ámbitos literario y antropológico chilenos, pero también por la incapacidad de ambos espacios de instalar un sistema de artefactos críticos para revisar de manera sistemática y honesta sus propias preguntas.

En esta misma incertidumbre se enmarcan estas obras experimentales que no son vistas como literatura, ni como antropología. No hay aún un contexto de recepción, crítico pero probo, ni en Chile ni en el resto de Latinoamérica, que reconozca estos textos, y ello se explica no solamente por incapacidades analíticas humanas, sino porque el canon aún no está siquiera esbozado. Esta incomprensión guarda algo del aire de familia de Oppiano Licario, el sabio de Paradiso en Lezama Lima que se percibe en el autor textual de Pueblos de Mar, y existe simultáneamente algo de Ricardo Reis, el heterónimo de Pessoa que no suplanta, sino que compite noblemente con el autor, dando lugar a otra autoría con caracteres autónomos, todo ello dentro de los intersticios de esta obra donde lo fantástico no rehúye ni al dato empírico ni a la reflexión teórica: en este libro son puntualmente la heteronimia y la sabiduría (asumida esta última como omnisciencia) los modos en que lo fantástico se expresa, ello con el fin de recoger el dato y unirlo sintetizándolo en "cuentos" que son verdaderos en su semántica, pero fantásticos en su construcción:

Gran parte del cúmulo de información se va reuniendo, corrigiendo y tejiendo en el computador a medida que se reconstruye la experiencia asumida en los relatos. Y desaparecen definitivamente algunas cosas que uno borra con las teclas "seleccionar" y "cortar", de manera más fácil y menos emotiva que echar las hojas al fuego. (Recasens 2006:46-48).

El narrador, que, a la manera de Benjamin (1999), es alguien que narra una experiencia y del mismo modo deja un mensaje ético frente a un receptor que es interpelado por lo narrado, es a la vez: autor, etnógrafo, memorioso y capcioso contador de historias, las que sabemos son producto del contacto con los actores y también de la capacidad narrativa del autor. Es lo que en términos de Cortázar sería lo fantástico. Así, a lo narrado no se le puede negar un rango de verosimilitud antropológica y estética: no se trata por tanto de la verdad neopositivista que en el primer Wittgenstein exigía una isomorfía entre lenguaje, pensamiento y realidad, pero tampoco se trata solo de la obra de la fantasía, mimesis aristotélica de un mundo oculto pero verdadero. El mundo del etnógrafo en Pueblos de Mar está a la vista de su narrador-autor; no obstante, él es sabio en la amplitud transcultural de su narración, la que deambula de la cultura de elite a la cultura popular, sin mayor dificultad. No obstante, a la manera de Ricardo Reis, el etnógrafo es un heterónimo muy claro de un Andrés Recasens, personaje, que es irresoluto y dubitativo, ello por su clara conciencia de lo limitada que se vuelve la posibilidad de dar cuenta de la totalidad en un sentido cartesiano:

Engarzando conversaciones. La conversación es como un desplegarse ante el Otro y ante uno mismo. A veces nos vemos hablándonos al mismo tiempo, como si no nos escucháramos, pues estamos esperando impacientes que el Otro termine y así interrumpir con lo que ya se tiene en la punta de la lengua y que ocupa toda la mente. (Recasens 2006:56-57).

El libro de Recasens pasa de un ÉL a un YO: EL como el pescador artesanal, nativo y actor, YO ficción construida en nuestra lectura desde las cavilaciones y autojutificaciones del autor textual y desde la visión del autor modelo y del narrador, así el personaje más complejo es el antropólogo mismo de cara a la entropía del escenario que intenta describir. Frente a esta complejidad de lo real en el trabajo de campo es la ficción un instrumento fundamental, ficción que no es otra cosa que el etnógrafo como estrategia narrativa fundamental, que se fusiona en este Pueblos de Mar con el narrador e invita al lector a completar la interpretación: el etnógrafo es un arquetipo cultural ficticio que supera las dudas del narrador y que se sostiene desde el andamiaje de la tradición científica para que el lector confíe en que dice la verdad, a pesar de las dudas que el YO expresa en la metalengua del texto; su heteronimia y su sabiduría son formas de asumir lo fantástico, entendiendo al etnógrafo (epicentro de lo fantástico) antes que nada como una sumatoria de incertidumbres científicas y de experimentos textuales.

Por su parte, el texto de Sonia Montecino Luna con menguante (1998) representa el primer ejemplo de un texto que a nivel pragmático alcanza al grueso del público chileno. Así, el modo en que la editorial lo presenta, desde su subtítulo en adelante: Biografía de una machi, evidencia un intento de alcanzar a la masa lectora muy distinta de la que recibe y recibió otros textos de la literatura antropológica. En este texto, la autorreferencia aparece como una estrategia narrativa, pero una autorreferencia que, lejos de ser un dato autobiográfico, se interna en los miedos y las esperanzas de una exótica antropóloga dialogando y conviviendo con nativas mapuche, las que más que algo exótico representan una expresión de lo femenino en la cultura mapuche chilena contemporánea, son mujeres con formas culturales mucho más indelebles que las de la propia antropóloga como personaje, con quien comparten una parte de su vida, porque, si en el texto de Recasens la sabiduría la tiene el etnógrafo, aquí la sapiencia la tiene la nativa, la cual, superando el nivel de lo meramente técnico en la narración, da sentido al relato, reconociendo indicios del contexto que a la etnógrafa no le son reconocibles. Para la autora Sonia Montecino, sujeto concreto y autora textual, hablar de Carmela Romero (la nativa mapuche informante) es una excusa para hablar de sí misma, ello permite, como en Pueblos de Mar, construir una textualidad que como género se ubica en lo que llamamos Literatura antropológica chilena.

Para dilucidar este texto debemos asumir la identidad entre los sueños del personaje de la narración con los propios sueños de la autora textual, primero, y empírica posteriormente, donde lo onírico da lugar justamente a lo fantástico. Nada nos es ocultado desde las primeras líneas donde la identidad de la autora textual inunda la narración para definirla con toda honestidad. Sería llamar a un equívoco el pensar que la autorreferencia innegable de este texto está dada desde una suerte de encubrimiento del yo. Muy por el contrario, el yo surge con una identidad muy definida, renunciando a la pretensión de la objetividad, volviéndose incluso menos "etnográficamente científica" que el texto de Recasens: es lo femenino lo que define el relato, sus estrategias, sus miedos, la conciencia de su cuerpo y también sus silencios, ello puede ser leído en distintos niveles, como todos los textos de la Literatura antropológica chilena, el primero de ellos es el del "habitus cultural" (Bourdieu 1998) que el texto denota. Los textos de nuestra autora muestran permanentemente la presencia de este eterno femenino como factor definitorio:

En la memoria y en la tradición de las mujeres que desde el norte al sur de Chile fabrican alfarería, bulle un continente plagado de sentidos. Invitamos a quien lee estas páginas, a entrar en ese mundo-vasija, concavidad, cuerpo de tierra, letra femenina y de arcilla que también nos contiene. (Montecino 1999:21)

Resulta curioso en este sentido constatar el carácter de los textos de la Montecino. Todos ellos deben y pueden ser incluidos dentro de los límites de aquello que aquí hemos denominado como literatura antropológica, estableciéndose, más que en otros casos, una identidad híbrida, por ejemplo en la literaturiedad de la novela La revuelta (1988).

Luna con menguante es el texto de una antropóloga que por añadidura y osadía escribe, un texto que pasa a configurar enunciados posibles de ser analizados desde la perspectiva de la intertextualidad o de los niveles macro y superestructura (Van Dijk, 1989), no obstante, también denota un proceso de constitución de este género híbrido: la literatura antropológica. Así, podemos afirmar: Luna con menguante. Memorias de una machi, no es una novela como La Revuelta, pero tampoco es un texto exclusivamente antropológico, más aún si lo situamos en el plano del mero testimonio, hay demasiada autorreferencia en él, demasiado de un yo, amplio por cierto, pero un yo identificable con la persona concreta y empírica de la autora, que no es solamente una etnógrafa, sino también una mujer. La autorreferencia nos asalta desde el principio:

En ese tiempo algunas de mis amigas habían dejado sus casas y vivían en poblaciones, hacían el amor con muchachos pobres, con obreros y dirigentes vecinales, deseando experimentar en su propio cuerpo la desaparición de las desigualdades, acarreaban en balde el agua de los grifos hasta las mejoras, calentaban la comida en precarias cocinillas, a veces se embarazaban y criaban sus hijos bajo el sol implacable de diciembre en Santiago. (Montecino 1998:15)

Curiosa manera de comenzar a hablar de la vida de una machi, no obstante, ello guarda coherencia tanto con el texto mismo como con su intento de generar un contexto de recepción, hablar de un yo desde un otro, lo cual es en sí una fantasía. Montecino no se engaña en el esfuerzo por la traducción cultural, la machi y la mujer/etnógrafa no se confunden y lo fantástico es justamente cómo la mujer occidental se adentra en un universo simbólico narrando sus intersticios femeninos, sin por ello intentar describir la totalidad de lo femenino en la cultura mapuche: así, este libro es la sumatoria de dos fragmentos vitales que se unen en la incertidumbre de la mujer antropóloga, de una manera que no responde a la lógica del género femenino ni en la cultura mapuche ni en la cultura chilena; se trata de la fantasía de expresar una comunicación intercultural desde el género, concebida como imposible.

Deberemos hablar sin duda del personaje narrador, autor textual, que representa el arquetipo de las elites político-literarias que ya desde Lastarria aparecen y resuenan al interior de la sociedad chilena. Estas elites, representadas por cierto en la propia figura de la autora empírica, dan cuenta de la crisis de la modernización, la ruptura con el sentido histórico que significa el Golpe de Estado de 1973, donde la vida de la nativa se transmuta en la vida de la etnógrafa, y el profundo miedo y desorientación posterior, claves que definen más a la científica que a la mujer mapuche. De allí a la identificación con el otro, lo que en este caso toma por instantes carácter de metamorfosis:

No podía negarme a la transfiguración, a ese cambio de ropajes para ser otra sin serlo realmente, no podía rehusar esa nueva pero vieja identidad que Carmela Romero me ofrecía. (Montecino 1998:45).

Partí de Huillahue con los sentidos desbordados de signos y abrazos, y con el sobrenombre de colilonko, pelo claro, el tren me trasladaría más al sur, un poco antes de que se desmembrara el continente. (Montecino 1998:31).

Esas sucesiones sintagmáticas que van de primera a tercera persona hacen al texto pasar abruptamente, y de manera persistente, desde el testimonio a la narración más impersonal:

Florencia Huenumán era para mí el puente hacia un mundo tapiado. (Montecino 1998:15),

pero pocas líneas después se dice:

Florencia le había enseñado algunas palabras de la lengua de la tierra. (Montecino 1998:16).

El eje paradigmático del texto es por lo tanto el de la introspección más autorreferente: se piensa al otro para pensarse a sí mismo(a), y la comunicación intercultural se nos hace una fantástica imposibilidad.

En Pueblos de Mar y en Luna con menguante observamos que, meta-lingüísticamente, la apelación fundamental de la literatura antropológica está dada por lo que uno de sus autores fundamentales, Juan Carlos Olivares, ha entendido como un "volver al trabajo de campo" (Olivares 1992), ello ha influido en un desinterés manifiesto por las reflexiones teóricas más amplias y en el énfasis en la labor etnográfica, fenómeno también propio de la antropología posmoderna norteamericana.

Una lectura posible

En nuestra opinión, el proceso de literaturización de este segmento de la antropología chilena y que forma parte del canon mayor que denominamos como Literatura antropológica, tiene un punto fundamental de carácter metalingüístico en su afán de constituir un concepto de realidad que se haga vida en una antropología marcadamente "narrativista" -sin que ello quite importancia a la Literatura antropológica con identidad lírica-, en términos de que no se define desde el concepto nomológico tradicional de ciencia. Este esfuerzo define la émica de los textos en el mejor sentido metalingüístico, pero del mismo modo se trata de una búsqueda de coherencia que se aproxima a la visión psicoanalítica de "lo real"; la antropología literaturizada chilena vive este proceso de transformación, desde una émica que se define como la interconexión entre lo imaginario y lo simbólico, donde, a decir de Lacan:

viene su momento para el hombre, donde puede identificar en una sola razón el partido que escoge y el desorden que denuncia, para comprender su coherencia en lo real y adelantarse por su certidumbre respecto de la acción que los pone en equilibrio. (Lacan 4: 1976).

Para Lacan, la ambigüedad de la revelación histórica del pasado (en nuestro caso lo vivido y luego narrado por el etnógrafo), no proviene del titubeo de su contenido entre lo imaginario y lo real, pues se sitúa en lo uno y en lo otro. Lacan nos presenta el nacimiento de la verdad en la palabra, por eso tropezamos con la realidad que no es ni verdadera ni falsa, y esto es lo más turbador, pues la verdad de la revelación es la palabra presente, la que da testimonio (etnográfico) en la realidad actual para el lector, y que se funda en nombre de la realidad objetiva "científica". Entonces, en esta realidad, sólo la palabra da testimonio de esa parte de los poderes del pasado que ha sido apartada en cada encrucijada en que el acontecimiento ha sido escogido. Sin duda, la esfera de lo imaginario responde tanto a un clima de época como a "macroestructuras textuales" (van Dijk) con un marcado tinte generacional, de clase y de género. En esta artículo, deseamos adentrarnos en el proceso de constitución de lo real en su dimensión simbólica hacia lo imaginario, donde se entretejen las formas simbólicas propias del texto literario con las formas simbólicas propias del texto antropológico; por lo tanto, lo fantástico es un modo de construir lo real porque es ahí donde lo imaginario y lo simbólico se fusionan. Como ya planteamos: nos topamos con la realidad de lo que no es ni verdadero ni falso en sí mismo y que se torna en escritura, y, más complejo aún, escritura con un enraizamiento en lo científico.

La antropología de corte literario latinoamericana está marcada por aquello que de alguna manera resulta cíclico bajo la sucesión de empeños que definen lo real como el encuentro entre lo imaginario y lo simbólico. Así vista, la antropología "literaturizada" se sustenta en dos "lugares": por una parte en un sistema simbólico, y por otra en un despliegue de lo imaginario, lo primero se expresa desde una metalengua barroca, coherente con el desarrollo de la literatura y de la cultura latinoamericana, el universo simbólico es por tanto exacerbado y multiforme, pero esta exacerbación de la forma no aparece como un "gótico degradado", sino como un barroco que da cuenta de una racionalidad específicamente latinoamericana. A su vez, este simbolismo barroco se amalgama con un universo de lo imaginario que es la forma específica en que esta antropología asume lo fantástico, lo imaginario es lo fantástico pero asumiéndolo como una esfera del pensamiento y de la escritura originante de lo real; lo fantástico es visto no como aquello que carece de realidad sino aquello que permite, desde la superación de la evidencia empírica, asumir el absurdo y de esta manera no exigir a la realidad que se identifique con lo racional, ya que la racionalidad que subyace no es una racionalidad ilustrada sino una racionalidad barroca, es una perla irregular, como lo metaforizó Severo Sarduy (1999).

¿Acaso toda etnografía, cuando se refiere a un Yo, no es otra cosa que una heteronimia para dar cuenta del etnógrafo, pero de un etnógrafo que es en sí una fantasía metodológicamente necesaria? Es el devenir de sujeto observador que se encuentra: intensado, inquieto, aburrido, deslumbrado, añorante; toda etnografía es eso, el uso semántico de un heterónimo (etnógrafo, científico, observador entrenado, YO, el que devela la verdad de lo sucedido), es decir, un término que recubre a las formas en que la mirada etnográfica se va organizando, ello desde: la teoría, desde la ideología y desde la emocionalidad, en base a las cuales el antropólogo de campo se apertrecha y se limita. Así, pensar en un Fernando Pessoa casi psicótico inventando cientos de heterónimos, es una idea falaz, ilusión del logos que no es capaz de asumir las formas de desdoblamiento de la personalidad que escapan al plano de lo patológico; todo ser humano, según las teorías de la conducta de corte simbolista, necesita representar papeles. Pessoa simplemente los desarrolla y les pone un nombre, cada heterónimo de Pessoa es un autor con identidad creativa propia; así, el etnógrafo es un heterónimo, pero un heterónimo muy amplio. ¿Cuántos heterónimos que salen del lexema etnográfico tendrá el sujeto antropólogo? Todos los que sus estados de ánimo, los vericuetos de su vida y la multiplicidad paradigmática le vayan dictando, y en esa multiplicidad las variables se interconectan: Recasens y Monte-cino autores, narradores y personajes, serán lo que deban ser en la justa conjunción entre teoría, emocionalidad, valores y modos expresivos, así se pasa del científico al poeta: vertiginosamente; son el amigo, el visitante, el caballero o la dama, el colaborador(a), el observador(a), el conversador(a), el aburrido, el intruso, etc.

La decisión de incluir como textos de análisis estos dos libros, al final responde, sin duda, a la consistencia metalingüística, al grado de consolidación que demuestran estos antropólogos chilenos, que sin dejar de ser antropólogos se transforman en literatos(a), y también al modo en que, una pluma ágil como la de estos autores, nos pone en aquel problema medular para la Literatura antropológica nacional, esto es, lo fantástico y la metalengua que lo legitima.

El dar vida a un género textual no es tarea fácil, y como hemos identificado, en este y otro textos, la pragmática define la constitución de un canon incipiente pero interesante, muchas son las dificultades que sorteará todo antropólogo literato, pero la primera y quizás la fundamental es la de la identidad del autor y el receptor. En el encuadre de la antropología tradicional existe un marco extremadamente claro, un marco donde el científico conoce y el sujeto es conocido, y desde allí se acumulan verdades que debieran, en un futuro ideal, constituirse en leyes universalmente aplicables. Ello, sabemos que es una falacia racional ilu-minista, no obstante, queda la pregunta por las identidades, esta pregunta no es nueva y en el cognitivismo y en la perspectiva émica existe también un sello ético y no solamente metodológico (a la manera del narrador artesano de Benjamin) que intenta recuperar la voz del actor nativo, la literatura antropológica se ve en Chile justamente interpelada por los actores, especialmente en la simultaneidad entre literatura antropológica e intelectualidad mapuche y por la demanda creciente de los intelectuales pertenecientes a los movimientos sociales populares, el testigo es capcioso si desea ser un narrador, artesano que recrea la experiencia de la Otredad. Esta interpelación que acusa del robo del habla al antropólogo tiene profundas implicancias para nuestra literatura antropológica, y es clave para la comprensión, probablemente es el nudo macroestructural desde el cual se define y se representa un acto persistente y cauteloso, tanto en Pueblos del mar como en Luna con menguante.

La pregunta por el receptor nativo es insoslayable, pero la pregunta por el autor es, sin duda, la esencia de los trabajos de la antropología postmoderna: la antropología norteamericana ha solucionado aquello desde la apelación a la generación de un surrealismo sin inconsciente (Clifford 1988); toda nuestra investigación ha intentado la búsqueda de los procesos inconscientes que definen a nuestra Literatura antropológica, el tema de la identidad del actor se destaca, ya que no es solo un cuestionamiento ontológico, es una reflexión que debe abarcar desde las técnicas hasta las teorías del conocimiento, ello excede las metas de este ensayo que es en sí un camino para iniciar el diálogo. La floración metalingüística contiene, sin duda, el tema de la identidad de la autora Sonia Montecino o del autor Andrés Recasens, identidad asumida desde su heteronimia, por ejemplo, en la perspectiva de género que da una especial cabida a la substitución y a la fusión de identidades entre la antropóloga y la machi.

Los heterónimos son autores con vida y escritura propia. No son exclusivamente ni personajes ni estrategias narrativas. Son, en el caso de nuestra literatura antropológica, la escena del proceso pragmático de esta escritura. Andrés Recasens y Sonia Montecino, como el resto de los antropólogos literatos, interconectan distintas heteronimias: la de antropólogo, viajero, escritor, extraño, amigo, amante, lector, etc. Enumerar la lista de heteronimias sería un trabajo inmenso y progresivo con las obras futuras, pero lo que buscamos no es solo describir, sino que reconocer la autonomía del fenómeno y su real peso. El antropólogo, al constituirse en escritor de esta literatura antropológica, no se desdobla, sino que mantiene un YO heterogéneo, tremendamente disperso, y esa dispersión está dada por autorías que superan el nivel de las voces, hay un momento para dar una opinión y otro momento para diagnosticar, hay un momento para reflexionar y otro para narrar, y ello puede incluso verse desarrollado en un solo párrafo.

Nuestra intención debe ser reconvertir esos heterónimos, no para anularlos, sino, para potenciarlos. La metalengua de nuestra Literatura antropológica deberá asumir la autonomía de cada identidad escritural en las diversas autorías, con una obra y metalengua poseedora de rasgos autónomos, en cada autor hay muchos autores y, por ej., Recasens demuestra por medio de una pluma ágil cómo desde una etnografía de estilo clásico pero bien escrita, hay varios autores en uno, creando un mismo texto; esto supera el concepto bajtiniano de "voces" (Bajtín 1998) refiriéndose a una heteronimia que da cuenta de la búsqueda de autonomía en la antropología, que le permita mantenerse dentro de los límites de una ciencia-escritura que no es ni postmoderna ni es clásica, pero por sobre todo sigue siendo antropología y literatura.

Conclusiones

El libro Pueblos de Mar desarrolla lo fantástico desde un universo simbólico erudito y multicultural; donde lo imaginario nos remite al diálogo interno del autor: sujeto "pensante" frente a la casuística de la experiencia etnográfica; la cual constituye el espacio específico de lo real que el texto contiene.

Luna con menguante estructura lo fantástico bajo la forma de una despersonificación, donde más que una casuística etnográfica, es la identidad de género de la antropología la que se fusiona con la experiencia vital de la Machi Carmela Romero. El paratexto del subtítulo sería: biografía de una machi, pero indudablemente se trata de una biografía fantástica donde lo real es aquello metodológicamente significativo para la historia de vida de la propia antropóloga, y Carmela Romero es el elemento fundante de esa historia.

Metalingüísticamente, podemos concluir que, en los textos mencionados, lo fantástico es la instancia que permite superar lo circunstancial, y muchas veces esporádico de la experiencia etnográfica. Por lo tanto, lo fundamental aquí no es el hecho objetivo sino el modo "imaginario" en que el evento etnográfico in situ es procesado, convirtiéndose lo simbólico en todo el universo que desde la vida del etnógrafo, sus categorías académicas y valóricas vigentes, y la circunstancial experiencia de contacto con el Otro construyen la realidad del texto: de esta manera, lo real no es otra cosa que la fantasía como deseo de coherencia frente al andamiaje simbólico del investigador, y lo imaginario es un modo exclusivo de dar cuenta de la especificidad de lo empírico, entonces, Pueblos de Mar y Luna con Menguante son textos cualitativamente representativos de la literatura antropológica del siglo XXI. Finalmente podemos afirmar que lo fantástico se ha vuelto aquí un elemento fundamental que sustituye a la casuística empírica como instrumento metodológico. Así la referencia al minotauro se transforma en un utensilio narrativo y analítico que envuelve y subvierte a la racionalidad científica.

 

Notas

* Este trabajo forma parte del proyecto Literatura antropológica en Chile, FONDECYT Regular 2010 N° 1100344.

1 Alvarado (2000,2001, 2002a, 2000b, 2003, 2006 2010, 20012, entre otros), como también en la reciente publicación sobre el concepto de literatura antropológica chilena como categoría aglutinante (Carrasco y Alvarado 2010).

2 La Literatura antropológica en Chile es numerosa y en general poco estudiada, El corpus hasta la fecha reconocido está conformado por: Balada de un niño y el perro y Pueblos de mar. Relatos etnográficos, de Andrés Recasens; Crónicas de la otra ciudad, de Carlos Piña; Diarios de campo/ de viaje, y Etnografías Mínimas, de Daniel Quiroz (ed.); El umbral roto. Escritos en antropología poética, de Juan Carlos Olivares; La revuelta; Luna con Menguante. Biografía de una machi y La olla deleitosa. Cocinas mestizas en Chile, de Sonia Montecino; Karra Mawn y Huekufe en Nueva York, de Clemente Riedemann; Metales pesados y Alto Volta de Yanko González; Registro fotográfico y Etnográfico. Fotografía y Poesía. Atacameños del siglo XX, de Ivonne Valenzuela y Juan Pablo Loo; Gracias por el favor concedido. Las Animitas de Evaristo Montt, Elvira Guillén y Juana Guajardo de Iván Carrasco. Cruzando a través, de Francisco Gallardo; De todo el universo entero, de Claudio Mercado y su informante Luis Galdames; La Imaginación Araucana, de Pedro Mege; Ritos de muerte en la Isla de Lemuy, de Yuri Jeria, entre otros.

3 De esta manera, como plantea Julia Kristeva: la cura sin diván permite una reconstitución de la experiencia imaginaria: la solicitación de la mirada, de la voz, del gesto. Moviliza el afecto que de otra manera permanece negado y segregado de la palabra. Sin embargo se corre el peligro, por la intervención directa del analista, de apuntalar al padre ideal, lo cual exige del analista interiorizar a ese tercero ausente. …lo imaginario como lugar de operación de lo negativo en tanto es en tránsito entre oralidad y analidad, adentro-afuera, semiótico-simbólico, acto-pensamiento, permitirá comprender mejor el estatuto y los riesgos de las curas ‘sin diván’. (Kristeva 1999)

 

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Recibido: 15-03-2012

Aceptado: 20-05-2012