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Literatura y lingüística

 ISSN 0716-5811

     

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112006000100020 

 

Literatura y Lingüítica N° 17, págs: 345-353

Presentaciones y Reseñas

 

Las tablas de lo sagrado: un comentario sobre el libro "Antología crítica de la dramaturgia anarquista en Chile", de Sergio Pereira1

 

Dr. Miguel Alvarado Borgoño
Universidad de Playa Ancha, Chile
alvarado@upa.cl


Resumen:

En este artículo se comenta de manera crítica el libro "Antología crítica de la dramaturgia anarquista en Chile" del estudioso chileno Sergio Pereira. El análisis está centrado en entender, desde la lectura de este libro, al drama anarquista como un rito que se relaciona con un mito cuyo origen y estrategias se vinculan inconscientemente con el barroco hispanoamericano.

Palabras Claves: dramaturgia - anarquismo - Mito - barroco

Summary:

In this I articulate comments of critical way the book "Critical Anthology of the Dramatic art Anarchist in Chile" of the Chilean student Sergio Pereira. The analysis this trim in understanding, from the reading of this book, to the drama anarchist like a rite that is related to a myth whose origin and strategies tie unconsciously with the baroque Hispano-American.

Key words: dramatic play - anarqchism - Mythic - barroque


Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado

Jorge Teillier

 

Lo dicho y lo no-dicho, traspasa nuestra visión actual de la producción verbo-simbólica en Occidente; implicando, particularmente, las formas de enunciación desde el pensamiento postcolonial y periférico. No obstante, lo no-dicho, en términos postestructuralistas, no es ausencia, sino una forma más de la enunciación. Esto se nos presenta de manera caótica en nuestra historiografía literaria, a través de una perspectiva que, si bien busca "eslabones perdidos", adolece de una línea conductora universalmente aceptada. Ello se debe, por una parte, a la desarticulación de los tipos discursivos emanados desde el pensamiento postsocrático, y, por otra, al paralelismo de estas formas de discurso, en donde la semejanza de las formas literarias nos permite desvelar una transformación con representaciones poligenistas, heterogéneas, en resumen, múltiples. El Drama Anarquista en Chile no es un eslabón perdido, sino la relumbrante presencia de la diversidad: una expresión de lo que la división social del trabajo genera en el plano de la cultura inmaterial, convertida ésta en diferenciación socio-estructural; y, por ello mismo, en la expresión de los intereses de segmentos emergentes de clase. Intereses que quedan cristalizados, finalmente, en el texto dramático anarquista como conciencia de sí y para sí.

La Dramaturgia Anarquista Chilena fue un hito soslayado, un punto ciego de nuestras historias de la literatura que, no obstante, logró no sólo existir como producción acabada, ceñida a una estilística, a una poética con una retórica atingente; sino, además, logró procurarse una pragmática, una dialéctica texto-contexto. Quizás, es este el momento para que nuestra democracia lo reconozca; no otro, sino este preciso y especial momento.

El esfuerzo del profesor Sergio Pereira nos remite, por lo tanto, a la recuperación de una voz perdida que invita al encuentro con una suerte de "sujeto olvidado" (sujeto de la acción y sujeto de la enunciación, por tanto, actor del acto de habla), el cual se sintetiza en la identificación y primera caracterización de un corpus; clasificación que opera en este libro y que supera la interpretación tipológica.

El alejamiento de estas obras de la típica obra brechteana, su diferenciación del teatro de agitación marxista tradicional, va aparejado a una crítica ácida del capitalismo; y, por lo tanto, a su denuncia del costo social de los valores. Así, desde una antropología de la literatura, los conceptos de mito y rito se nos hacen pertinentes.

¿Qué es un mito? Es un sistema de explicación del mundo, un detonante de una cosmovisión, es la recuperación cíclica del horizonte que permite a una cultura definir, desde múltiples alternativas, su rumbo. Pero no se trata de una luz tenue, sino de una lámpara precisa, ello en el orden sintagmático de las ideas. La ideología que inquieta como mito, no es en lo más mínimo imprecisa. Es ésta la nueva fosforescencia que nos aporta esta "Antología crítica de la dramaturgia anarquista en Chile": el código mítico desde el cual el texto más abiertamente se define. Lejos de ser una suerte de "lluvia de pulsiones", más bien, el texto Dramático Anarquista, maniobra a partir de ese tipo de intento que se define como profético en la mística judeo-cristiana. Tal como un Isaías declamando, en este libro, el texto de agitación anarquista está lejos de percibirse como el desorden transvertido en dramaturgia; como si fuese una obra "naíf" y, por ello, anecdótica. Más bien, se le puede describir como un texto hijo del rigor, cuyos toques barrocos en la exacerbación de la forma, están recreando miméticamente la violencia del sistema de clases. El drama anarquista en este libro, lejos de ser un ditirambo, es un espejo capcioso, pero nítido respecto de un tiempo que preferimos olvidar, pero que existió. Un tiempo en donde la violencia del capitalismo se expresaba químicamente pura, como un demonio suelto que deambulaba por las calles, y que este texto dramático quiso retratar aun a riesgo del olvido. La dramaturgia anarquista en Chile retrata, y al mismo tiempo narra, tal como le hubiese gustado a Foucault: con mucha pasión y con poca esperanza.

Por momentos nos parecen textos propiamente religiosos, apartados de la historia literaria por un mito de origen; el cual, con el correr del tiempo, se nos hace difuso: se trata de la síntesis, curiosamente sincronizada, entre positivismo, como radicalización de la razón ilustrada, y una estrategia barroca. Como en los Cristos sufrientes del siglo XVII, hay escándalo en estos textos: exacerbación de los códigos expresivos que se mezclan con una marcada intención pedagógica.

Quizás, esta sea una clave para liberarnos de la lectura fácil, de lo secretamente perverso, como dice nuestro Jorge Guzmán. Ser inocentes de la perversión (Guzmán, 1990) de pedir a los textos, de hace casi un siglo, la sofisticación obnubilante de este tiempo, nuestro tiempo; en donde el rito de la escritura debe competir con las formas icónicas más insospechadas. Nada más inapropiado que la comparación descontextualizada, particularmente, hoy en día cuando la palabra escrita y oral queda atrás respecto de muchas otras formas expresivas.

Probablemente, el texto propio de la dramaturgia anarquista parezca simple porque sus macroestructuras textuales son evidentes; tal como lo es, también, el fundamento ideológico desde el cual se escriben. Sin embargo, es otra la sofisticación, entre otras razones porque existen pocos sistemas valóricos más polifónicos que el anarquismo: la complejidad se origina en el nivel pragmático y guarda relación con la dialéctica texto-contexto. Al constituirse en la expresión de una clase en formación, estos textos operan místicamente: son eficientes cuando denuncian; y, efectivamente, al hablar tanto lograban su intención, su designio que fue movilizar. Por ello, si comparamos la dramaturgia anarquista con la dramaturgia burguesa, vemos que aquélla se diferencia de ésta, porque rompe con dos principios del texto "literario" de la cultura occidental; particularmente, con el primado de la racionalidad formal que privilegia la originalidad y con aquel principio de belleza que sobrevalora una concepción específica occidental de lo bello.

Como el mismo profesor Pereira señala, en estos textos no había un intento de tipo estético, en su sentido estricto; más bien, con ellos se deseaba conmover. En este sentido, cabe reflexionar sobre el concepto de belleza y sus implicancias: un Cristo Barroco no es "bello", de acuerdo con los parámetros de nuestra cultura contemporánea; pero, sin duda, conmovió en el proceso evangelizador. Así, el concepto mismo de belleza no puede tener un carácter absoluto, ello significaría etnocentrismo. Más bien, habría que considerar que "algo" es bello cuando una comunidad lo considera como tal en su uso simbólico y, simultáneamente, material: "algo" que sea entendido como "bello" en la vida de los actores sociales y en la dinámica del sentido común. No nos cabe duda de que el obrero semi-analfabeto, que no conoció los medios de comunicación modernos, realizó una mimesis profundamente autorrefetida, viviendo el PLACER con mayúsculas que Barthes (1996) tanto enunciaba. Aquí, los límites del escenario eran la única ambigüedad: entre las tablas y la calle había solamente un paso indeterminado.

En el plano de la originalidad, más allá del argumento evidente de que todo texto es el hipotexto de un hipertexto (Genette, 1981); el experimento, como nos dice el profesor Pereira, no es aquello que daba fundamento al corpus. Más bien, nos atreveríamos a plantear que el concepto de "eficacia simbólica" es el adecuado y, por lo tanto, aplicable a estos textos; tal como ocurre en el machi-ül o canto de machi que no se evalúa por su "originalidad", sino por su capacidad de transformar, revertir, conmover, sanar. Cada uno de estos textos pragmáticos se constituye en el alfabeto de un rito, en donde las coordenadas del fundamento valórico quedan plenamente identificables. Quizás, ese "algo" que los caracteriza es su dolorosa intensidad: su permanente soliloquio de la indignación.

Cuando, en este libro, el profesor Pereira nos dice: "El anarquismo fue la primera orgánica que definió su acción encaminada a disputar el control de los espacios productores y difusores de la cultura controlados por el modelo homogeneizador" (Pereira, 2006:15); se advierte, nítidamente, que hay mucho de audacia en intuir –en el campo cultural– un campo de batalla abierto, un campo en el que se puede intervenir; y, así, aportar estridentemente a la disputa. Si bien, en la lógica de la política de caballeros del siglo XIX, las disputas también eran culturales: por ej. Cementerios laicos, registro civil, etc.; la alegoría, hecha texto dramático, lleva la disputa cultural a sus límites, más allá de la posibilidad de producción y de la recepción de las elites político-literarias. Ni la generación de 1842 logró, como efectivamente lo logran estos textos, la introducción de un tipo de discursividad en donde el conflicto no sea encubierto; sino, por el contrario, ocupe efectivamente la plaza pública, pero también la feria, mezclándose, así, con las demandas sociales y peregrinando desde la cultura de elite a la de masas, aunque ellas estén aún en el proceso de consolidar su conciencia de sí.

De este modo, en estos textos el "don profético", que en su declamación motiva un efecto perlocutivo, es como una característica substancial: al estilo del profeta bíblico, el autor y el actor de esta dramaturgia anarquista, revuelve las esferas; lleva lo público a lo privado y lo privado a lo público; lo político al esparcimiento y la carencia a la esfera de los valores elevados. Entonces, el texto no engaña, justamente desentraña las mil formas del engaño. Principalmente, desentraña y desvela la falsedad instrumental, según la cual la cultura y la política estaban separadas, y por lo mismo, ambas eran un asunto exclusivo de "caballeros".

El Profesor Pereira nos señala luego que: "…La estrategia anarquista para desplazar del centro de la producción, divulgación y legitimación a la ideología capitalista pasa también por la escritura dramática, funcional a los objetivos del movimiento" (Op. Cit. 135). Costaría hoy encontrar una escritura y una representación dramática más disfuncional al capitalismo, una obra más desembarazada del mercado, más refractaria a él; un tipo de obra moralmente admirable que no trepida expresivamente en nada. El don profético y la fragilidad al menos parcial de la ideología, unidos a la audacia misma hecha cotidianidad en el anarquismo universal, hacen de estas obras un desafío constante: no son, solamente, un obstáculo que puede ser funcionarizado. Si la ideología capitalista puede, incluso, convertir a la más extrema disidencia en un artículo de consumo, neutralizándola hasta funcionarizarla, el drama anarquista se libró de ello porque nunca fue mercancía. La riqueza de este libro consiste, por lo tanto, en apreciar un tipo de obra que valora, de manera extrema, la función pragmática y comunicativa; y que, sin embargo, desde la pragmática salta de inmediato a la valoración de la función poética de los textos: un salto que es asalto al "Palacio de Invierno" que el canon dramático burgués se construyera desde el siglo XIX en Occidente.

De este modo, no interesa en la metalengua de esta dramaturgia anarquista hacer un arte legítimo, académicamente hablando, sino generar agitación desde la mimesis directa del receptor inmediato. Pero una agitación que no se agota en el eslogan: no son obras de propaganda en términos de la propaganda que acompaña a la mercancía y a sus añadidos sociales; son obras que crean la ideología anarquista en su dialéctica con el contexto. Son obras que surgen en y desde el contacto con el costo social que denuncian; y en las cuales prima la capacidad de conmover de manera permanente, por sobre el proyecto histórico entendido dentro de los márgenes de la racionalidad ilustrada. En ellas, no se trata de decir lo que todos sabían: que el mundo vivido por el receptor es un mundo injusto o que la vida es un "valle de lágrimas"; se trata, más bien, de decir que existe otra alternativa, distinta de la política tradicional y de la religión del conformismo, algo muy parecido a los discursos mesiánicos de los movimientos como el de los Cristeros Brasileños. En otros términos, podemos decir que en estas obras se trata de expresar la utopía hecha praxis histórica, pero no en su carácter de imposible; sino en su condición de posibilidad que pasa desde la denuncia a la acción inmediata. Difícilmente, el marxismo tradicional significó para el orden burgués de la primera mitad del sigo XX una crítica tan profunda como la implicada en estas obras: se trata de una cirugía sin anestesia de la cotidianidad, de un desgarramiento de lo cotidiano para decir que lo real no es racional; pero que el camino no es el someterse al absurdo, sino que el atreverse a la acción concreta. Por ello, podemos decir que estos textos encarnan una crítica que es una suerte de voluntad-dominio, que no necesita mucho más que una conciencia, pero no una conciencia racional, sino una conciencia definida desde la mimesis; en donde la poética y la praxis son una díada acompasada, un dueto desde el cual se pasa del texto a la vida en tan sólo unos instantes que no son contemplativos: son los instantes del infinito PLACER de la identificación profunda con el texto. Es difícil encontrar en la historia de nuestro país otras obras que conmovieran tanto y por sobre todo suscitaran acción, por microscópica que ésta fuera: de la revuelta circunstancial a la matanza de la Escuela Santa María hay una vía dolorosa que los profetas anunciaron en estos textos disolventes, reveladores, incomodantes.

Así, Don Sergio Pereira nos señala: "La pretensión manifiesta del discurso dramático ácrata de simbolizar la realidad empírica significa una refutación de la opinión general de considerar su dramaturgia como una literatura "panfletaria" alejada de toda ocupación metaforizante. Su escritura actuaba sobre la realidad social pero no para reproducirla, sino para intervenirla, y ello se alcanza por medio de los artificios poéticos, cuya característica era la de adicionar a la realidad ya existente un nuevo nivel en el cual se plasmaran los contenidos del mundo que el pensamiento ácrata proponía en su creación." (Op. Cit. 144). Como vemos, hay en el libro del profesor Pereira Poza un rescate de la poética de estos textos, cuyo examen superficial o la opinión desinformada y fácil sugería y catalogaba como meros textos panfletarios sin valor literario. Actualmente, la crítica contemporánea ha superado, en gran medida, la valoración del carácter de una obra según la forma y el fondo; rescatando poderosamente hoy en día su carácter pragmático y, por ello, comunicativo. La forma poética ya no posee valor por la opinión que de ella se pueda tener un siglo después. Más bien, ella es apreciada por su capacidad efectiva de conmover e, incluso, agitar desde una metaforización que, lejos del rebuscamiento, entiende el valor de la función poética del lenguaje; una función que, tal como ya los estructuralistas remarcaron, posee siempre un destino social. Así, el texto ya no es valorado por su coincidencia con un canon estético determinado, sino por la conmoción que provoca. En el caso de los textos antologados, existe una capacidad de conmover desde un barroquismo esencial, en donde el drama como fuente de catarsis es, también, drama como fuente de movimiento. Antes de que apareciera en nuestras latitudes la estética del realismo socialista o de agitación, que autores como Brecht utilizaran en la obra dramática, esta dramaturgia anarquista genera una poética de la acción, en donde el texto no es un bien, en la autonomía de un sentido privativo patrimonio de iniciados, sino que se presenta como un artefacto dinámico enredado con las prioridades existenciales de los receptores. Quizás solamente Sartre, en obras como Las Moscas, luego de la segunda guerra mundial, haya logrado en Occidente representar la vida para impulsar otra vida. O, quizás, como en el teatro noo japonés, en donde la obra revitalizaba los ciclos naturales y sociales, a través de una dinámica en que la obra no era social, sino sagrada; y, por lo tanto, indispensable. O como en los inicios de la cultura occidental, cuando vemos en la dramaturgia anarquista chilena aquello que Nietzsche descubrió en el drama presocrático: un tipo de obra que quiere inquietar la vida.

Quizás la proyección más profunda de estas obras sea, en el plano de sus textos mismos, la generación de aquello que el Dr. Pereira entiende como "Personajes prototípicos"… "El esquematismo hace que los tipos dramáticos no se revelen como entidades psicológicas sino como sujetos portadores de una filosofía que se mide a través de sus actos y de los discursos que los representan." (Op. Cit. 63) En nuestra opinión, estos intentos de generar clasificaciones del sujeto social-actuando, es decir, convertido en actor de movimientos sociales, tienen un origen mucho más remoto en el desarrollo de la cultura latinoamericana. Su punto de partida se encuentra en lo que nosotros podríamos llamar en términos sumamente amplios: Romanticismo Latinoamericano. Durante el siglo XIX, el romanticismo de nuestro continente generó tipos ideales –estamos pensando en el concepto de tipo ideal tal como lo describió Max Weber (1983)– como modelos analíticos o tipos kantianos que recorren la mente del observador, operando desde la mente hacia el mundo. Sobre la base de esos modelos se intenta comprender, en este caso, el tema de la diversidad étnica (lo indígena) y la diversidad cultural (el sujeto popular). Se trata del mismo proceso que Manfred Frank (1982) describe para el desarrollo del pensamiento social europeo propio del racionalismo, que se origina en las reflexiones de autores como Kant, y que van a generar un concepto muy definido respecto a la diversidad cultural. Se regresa, en algún sentido, a la idea del Buen Salvaje: sobre la base de la data que obtiene de Montaigne o del mismo Bartolomé de las Casas, Rousseau genera un tipo ideal que en Europa va a definir el concepto del otro, de la diversidad cultural. Nos parece, también, que ese concepto de hombre o de persona humana, que para Michel Foucault y para Claude Lévi-Strauss se origina en el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, se puede encontrar, asimismo, en el caso latinoamericano; aun cuando en nuestro contexto sus orígenes se construyen y desarrollan sólo a lo largo del siglo XIX, desde donde se prolongan, veladamente, hasta el siglo XX, alcanzando a nuestro drama anarquista.

Sorprende en estas obras un contexto de reproducción tan predefinido, operante y nítido, que aparece como algo tan contemporáneo: todos estos textos giran sobre una gran macro-estructura textual, punto de partida de todas las enunciaciones: las transformaciones del capitalismo permiten la inversión y la acumulación; no obstante, nunca los beneficios alcanzarán para todos. Es como si cada una de estas obras dijera que el capitalismo solamente crea más capitalismo; por ello el hablante dramático nos es plenamente coetáneo. Chile, cumpliendo cien o doscientos años, se ve atravesado por un dilema con rasgos similares: el dilema de la exclusión versus el acoplamiento al capitalismo internacional. Como dijo Octavio Paz: "los reinos del progreso no son reinos de este mundo". No obstante, enfocados en su época de origen, si hay algo privativo de estos textos, ese algo es la continuidad conciente respecto de la prédica. Al igual que Dantón, parecen decir: ¡Audacia, audacia y más audacia! Fuera de la academia y de los circuitos del espectáculo, estas obras se permitieron la feliz audacia de la memoria; prepotencia tan temida cuando el consenso involucra, necesariamente, conceder el carácter inevitable del costo social. Si el costo social fue introyectado, psicoanalíticamente negado como un trauma infame, estos textos apelan poéticamente a una "plenitud imposible" y, por lo tanto, escatológica; reclamando un reino de justicia distinto del proyecto histórico tradicional convertido en praxis política. Son la impudicia de soñar que los reinos del otro mundo, quizás podrían ser de este.

 

Notas

1 Agradezco la generosa colaboración prestada para la elaboración de estos comentarios a la Dra. Solange Cárcamo L. Por supuesto la responsabilidad de lo aquí escrito es mía, no obstante los aciertos se deberán en gran medida a su afectuosa paciencia.

 

Bibliografía

Fuente primaria

Pereira Poza, Sergio.2005. Antología crítica de la dramaturgia anarquista en Chile. Ediciones de la Universidad de Santiago: Chile.         [ Links ]

Fuentes secundarias

Barthes, Roland. 1996. El Placer del Texto. Editorial Siglo XXI: México.         [ Links ]

Frank, Manfred. 1982. Der kommende Gott. Vorlesungen über die Neue Mythologie. Frankfurt am Main, Suhrkamp.         [ Links ]

Genette, Gerard. 1989. Palimsestos. La literatura en segundo grado. Taurus: Madrid.         [ Links ]

Guzmán, Jorge. 1990. Contra el secreto profesional: Lectura mestiza de César Vallejo. Editorial Universitaria: Santiago         [ Links ]

Weber, Max. "La ciencia como vocación" (1919). En: Weber, Max. El trabajo intelectual como profesión. Bruguera. España. 1983.        [ Links ]

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