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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.12 Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112000001200016 

THOMAS DE QUINCEY Y LOS PARAÍSOS ARTIFICIALES

                                                                                 Mario Valdovinos

Resumen

En este ensayo se da cuenta de la vida y de la producción autobiográfica del excéntrico y multifacético escritor inglés Thomas de Quincey (1785-1859), enfatizando su tortuoso acercamiento a los alucinógenos -en especial al opio- y la visión catártica que imprime a sus confidencias.

El espíritu transgresor y la exploración en los estados alterados de conciencia hicieron de este escritor un autor de culto entre los surrealistas. Sin embargo, el mismo de Quincey -tal vez uno de los precursores en el 'uso intelectual' de los estimulantes- terminó repudiando el opio y el hachís. En efecto, desde su experiencia concluye que estas drogas terminan por anestesiar la voluntad y el impulso creativo. En lo estrictamente artístico, se sitúa su obra autobiográfica en la tradición de purificar las pasiones a través de la representación, al modo de la tragedia griega, al tiempo que su escritura infidente se emparenta con las confesiones de autores tan disímiles como San Agustín, Rousseau y Sartre.

Abstract

Thomas de Quincey and the artificial paradises

The life and autobiographic work of the excentric and many-sided English writer Thomas de Quincey (1785 - 1859 ) is depicted in this article, putting the emphasis on his twisted approach to drugs - particularly opium - and on the cathartic view he impresses to his confidential remarks.

The trespassing spirit and the exploration of the altered states of mind made this writer a worshipped author among surrealists. Although de Quincey himself - maybe one of the forerunners in the "intellectual use" of drugs -ended by rejecting opium and hashish. In fact, from his own experience he concludes that these drugs end by making will and the creative momentum drowsy. Artistically speaking, his authobiographic work is placed in the tradition of purifying passions through representation, like Greek tragedy does, and at the same time his shameless writting becomes related to the confessions of such dissimilar authors like Saint Austin, Rousseau and Sarte.

En desconcertante equilibrio entre la vida disipada de un iniciado que se sumergió a fondo en lo umbrío; el buen esposo, casado con Margaret Simpson, y el padre ejemplar de ocho hijos que pasaba largas jornadas junto a su clan doméstico, jugando y contando historias al calor de la chimenea en los días lluviosos, se sitúa la excéntrica figura del escritor inglés Thomas de Quincey (Manchester 1785, Edimburgo 1859). Vivió 74 años, una vida jalonada de excesos, duelos y quebrantos, pero cumplida con la regularidad y sistematización propias del artista que se autoimpone una disciplina para emprender su particular descenso a los infiernos.

Pertenecía a una familia numerosa y errante en la que el padre, Thomas Quincey (el 'de' se lo agregó el futuro escritor como ornamento), dedicado al comercio, muere víctima de la tuberculosis cuando el niño cuenta con solo siete años. Los constantes cambios de domicilio y de ciudad se deben a las deudas que persiguen a la familia, se prolongan en la existencia del artista y amenazan sus días con el mismo ímpetu que en los años venideros lo acosarán las pestes del opio, verdaderas Euménides que, como a Orestes, no le conceden tregua.

Recalan en Edimburgo, aunque previamente Thomas ha huido del colegio en su ciudad natal (Manchester), agobiado por la mediocridad e hipocresía de sus tutores y preceptores. En este sentido prefigura lo que su compatriota Bernard Shaw anunciaría varias décadas después: para ser culto, es preciso arrancarse a tiempo del colegio. Este impulso migratorio presente en la familia, pasa a constituirse en su propio designio cuando el escritor forma la suya. Ahí comprobó que las Furias de la pobreza, el hambre y las deudas seguían actuando, en especial en lo relativo a los alquileres impagos, acumulados mes a mes, a pesar de la tentación de acudir a los usureros y de mentirle a su mujer e hijos, diciéndoles que todo marchaba bien y que Dios terminaría por proveer. Los ingresos económicos de de Quincey -siempre exiguos e irregulares- provenían de una indigente renta heredada, adelantos por modestos derechos de autor, su trabajo a cargo de la edición de la 'Westmorland Gazette', colaboraciones con notas biográficas para la 'Enciclopedia Británica' y el sorprendente registro de su capacidad como escritor: compuso obras relativas a filosofía, lingüística, astrología, fisiología y la alabanza del asesinato. Caudaloso, original y heterogéneo, abarcó también la glosa, el género testimonial y aun los escritos sobre economía política, pero logró perdurar y ser hoy perfectamente legible a través de dos textos:

Del asesinato considerado como una de las bellas artes y
Confesiones de un inglés comedor de opio

La primera obra mencionada, vio la luz bajo la forma de dos "memorias", la primera en 1827 y la segunda en 1839; constituye una exaltada defensa del arte de eliminar al prójimo en forma impune -que en su tiempo ya habían alcanzado un nivel admirable- y, sobre todo, a través de la ráfaga embriagadora de la belleza: en síntesis, la muerte transformada en una acción estética trascendente. El texto, marcadamente teatral, se ofrece como una conferencia plagada de constantes apelaciones a los asistentes y examina desde el primer crimen filial -Abel abatido por su hermano Caín- hasta el asesinato político, elaborado y premeditado, el magnicidio que pretende impulsar o detener una hecatombe histórica.

Su objetivo es siempre, como en la tragedia griega, la catarsis: purificar las pasiones del corazón por medio de la piedad y el horror. En medio de las citas en latín que avalan su tesis, el conferenciante afirma: "El mundo, señores, está sediento de sangre y todo lo que desea en un crimen es que la efusión de sangre sea copiosa", sin excluir un cáustico humor de muy buena ley que le permite satirizar la política y la coexistencia social de su tiempo. La estructura del texto, veloz, aguda y amena, plantea, al modo del Informe para una academia de Kafka, pero sin la lóbrega temperatura emocional que el habitante de Praga imprimía a sus narraciones, una moral tan satírica como virulenta que los contemporáneos de De Quincey aceptaron en una primera etapa a regañadientes, pero terminaron por consagrar, en especial a propósito de la publicación en 1821 de las célebres Confesiones de un inglés comedor de opio, todo un éxito entre el público.

El escritor inglés fue canonizado en el siglo XX por los surrealistas, debido a su espíritu transgresor y a esa encomiable costumbre de bromear en medio de los dolores. El propio pontífice y gurú inapelable del movimiento, André Breton, escribió un lúcido prólogo que adorna ediciones de la obra, en nuestra lengua, poco numerosas.

Las Confesiones..., escritas como un exorcismo contra los efectos del opio, que atravesaron su existencia durante años, y publicadas en la revista 'London Magazine' el año 1821, aunque ampliadas y corregidas en 1856, siguen la huella de dos célebres delatores de sí mismos: San Agustín y J. J. Rousseau. El santo cristiano (Aurelius Augustinus 354-430), compuso sus confesiones alrededor del año 400 d.C.:esta obra constituye un testimonio sobre su conversión a la fe, el consiguiente conocimiento de Dios y su particular vía de ascenso místico. Las del filósofo francés, publicadas en 1781 y 1788, están motivadas por semejantes impulsos, pero obedecen al signo contrario. En suma, se trata de dos epopeyas: la de un alma religiosa y la de otra laica, inclinada al paganismo. De igual modo, Jean-Paul Sartre, en 1964, publica Las palabras, arrolladora denuncia de su propio ser a través de lo que ha sido su relación con el padre, la literatura, las ideas, los libros, el cuerpo y, por encima de todo, la toma de conciencia frente al material que organiza y constituye los sueños y las emociones: el lenguaje.

San Agustín, Rousseau, De Quincey y Sartre asumen la infidencia como metodología no de autocastigo, sino más bien a la manera de una purificación de los fluidos que, a través de las luchas y las pasiones humanas, enturbian los laberintos del alma.

La extensa narración de De Quincey explica, de acuerdo a la forma decimonónica, es decir, con abundantes digresiones y por medio de una voz narrativa fuertemente personal, el empleo del opio en una primera etapa como fármaco para calmar dolores estomacales provocados por apetitos tan antiguos como persistentes. En este sentido el escritor, sin intentar justificarse ni buscar protección en la acomodaticia moral de la víctima, detalla sus vagabundeos juveniles -a pie- por Gales hasta llegar a un Londres hostil. El opio, de milenario uso en Oriente, había comenzado a llegar a Europa a principios del siglo pasado (provocó la guerra entre China e Inglaterra) y se vendía en las boticas como paliativo contra dolores musculares e incluso, debido al bajo precio, era utilizado por los obreros para soportar las exhaustivas jornadas laborales que un país en la antesala de la revolución industrial imponía a los trabajadores. Nunca una droga fue más democrática. El uso, por así llamarlo, 'intelectual' del opio es parte de los efectos que detectaron en él espíritus como el de De Quincey y, con posterioridad, Baudelaire.

Confesiones preliminares

El tono de la voz narrativa acerca al lector hasta el plano del secreto revelado; el opiómano avanza poco a poco en la maraña del alucinógeno, aunque previamente expondrá, con el detenimiento y detalle habituales, sus interminables desplazamientos por Gales y Londres, acicateado por el hambre, el frío y la búsqueda de un destino. Se constituye en un flâneur, un paseante, un vagabundo miserable provisto de un aire metafísico y de una estampa gótica. Es la antítesis del dandy, un excéntrico en situación desmedrada, por los padecimientos que acarrea su estado, pero a la vez se trata también de un privilegiado porque penetra el devenir con la mirada y atesora en su conciencia un punto de vista sobre lo real.

En ese momento se produce tal vez el episodio más significativo de las Confesiones..., por lo menos el más difundido, en especial por el impacto que provocó en Borges: el encuentro con Ann, la prostituta adolescente.

De Quincey vagaba extremadamente débil por Oxford Street cuando, cerca ya del desvanecimiento, lo auxilia una joven de rostro angélico que ejerce en la vía pública el trato carnal. Acude a un pub y le da de beber un gratificante vaso de oporto aromatizado con especias. El protagonista se cuida de aclarar que, debido al estado de su bolsillo y de su cuerpo: "Mi conexión con estas mujeres no podía haber sido impura". Sin embargo, surge entre los dos la solidaridad de los vencidos, si bien ambos no llegan aún a los veinte años. Poco después la joven se funde con la multitud, la devora la ciudad y no vuelven a encontrarse, excepto en los ensueños del escritor, quien la añora en forma tenaz y exclama:

"Si es que vive, sin duda nos habremos estado buscando mutuamente, al mismo tiempo, por los ingentes laberintos de Londres; quizás hemos llegado a estar a pocos metros el uno del otro. ¡No es más ancha la barrera de una calle londinense, que, a menudo, al cabo puede resultar una separación para toda la eternidad!"                                                      

Borges en el cuento "Delia Elena San Marco", de El hacedor, narra un desencuentro muy semejante en el barrio El Once, al mismo tiempo que especula con la transitoriedad de lo humano y el carácter efímero de los rostros que aparecen y desaparecen entre la multitud: "Un río de vehículos y de gente corría entre nosotros". Para concluir: "Delia: alguna vez anudaremos ¿junto a qué río? este diálogo incierto y nos preguntaremos si alguna vez, en una ciudad que se perdía en una llanura, fuimos Borges y Delia".

Placeres y tormentos del opio

Durante 1804, siendo alumno universitario en Londres, De Quincey solía lavar su cabello con agua helada. Un día despertó con dolores reumáticos en la cabeza y la cara; un compañero de estudios le recomienda el opio para aliviarse y, de esta forma, le abre las puertas de la percepción por donde ingresa con tranco decidido. Se sitúa ante lo que él llama: el secreto de la felicidad y, al compararlo con el vino, éste último: "Desordena las facultades mentales; el opio, por el contrario (si se toma en forma adecuada), hace llegar hasta ellas el orden, el gobierno y la armonía más exquisita". En este sentido, difiere de Baudelaire, lector y admirador de las Confesiones de De Quincey, quien privilegia el alma del vino como entrada a un estado de extrema sensibilidad, atribuyéndole el pasaporte hacia una existencia que debe estar marcada por la embriaguez de vino, de poesía o de lo que sea, estado que no proporciona la borrachera embrutecedora.

En un principio ingiere el opio amasado en pequeñas bolitas, comiéndoselo, después lo diluye en alcohol y lo bebe metamorfoseado en láudano. Las dosis administradas en gotas llegan, cuando los placeres dan paso a la adicción y dependencia más radicales, al tormento de las ¡5.000 a 8.000 gotas diarias! Pero el escritor no se transforma en figura ejemplar de nada ni de nadie, aunque se reconozca como el único Papa de una religión sin dios, su alfa y su omega, es más bien el explorador que desciende al pozo: "¡Ah, justo, sutil y poderoso opio. Bálsamo y alivio de los corazones de los pobres y los ricos por igual, de las heridas sin curación¡", escribirá.

Es curioso comprobar cómo el lenguaje de la voz narrativa no ofrece obstáculos a la expresión de las sensaciones producidas por la droga. Cuestión básica, puesto que toca un mundo inefable y difícil, cuando no imposible, de comunicar. No obstante, y debido más que nada al tono de cercanía y confidencialidad con el lector ("Indulgente lector, pues todos mis lectores han de ser indulgentes"), los límites de la palabra pasan a segundo plano y queda el fruto amargo, pero fruto al fin, de una experiencia tan lúcida como aterradora.

La denominación de 'bálsamo' para el opio no es casual ni antojadiza; en la época de De Quincey se lo recomienda para curar o atenuar neuralgias, jaquecas, cefaleas, dolores de vientre; también se usa morfina, cocaína, quinina, belladona y cloroformo. Todos estos fármacos no están aún satanizados y su administración roza los criterios terapéuticos, hedonistas o artísticos según sea el grupo social que los absorbe.

En la extensa lista de perseguidores de los estimulantes, después de De Quincey, sobresale Charles Baudelaire, quien en Los paraísos artificiales (1860) asume, en una primera instancia, la defensa del vino, al que había ya consagrado en su célebre poema "El alma del vino", incluido en Las flores del mal (1855): mas, cuando llega el turno del elogio del hachís (derivado del cáñamo), tras detectar sus propiedades 'en los espíritus artísticos y filosóficos', señala de modo irónico:

"Yo vi una vez a un respetable magistrado, una persona honorable, como dicen de sí mismos los hombres de mundo, uno de esos individuos cuya seriedad artificial resulta siempre imponente, que, en el momento de comenzar a hacerle efecto el hachís, se puso de pronto a bailar el cancán más indecoroso", para concluir: "Cabe, pues, afirmar que la impersonalidad y la objetividad a las que antes aludía, y que no son sino el desarrollo excesivo del espíritu poético, no se darán jamás en la embriaguez del hachís de este tipo de personas".

De Quincey y Baudelaire terminaron por repudiar el opio y el hachís que apabullan y envilecen la imaginación. Los elixires del placer, si bien posibilitan vivir setenta o cien años en una sola noche, también embotan y anestesian la voluntad y el impulso creativo, hundiéndolos en una cárcel de sueños.

Los ecos de las Confesiones de De Quincey fueron intensos, lejanos y resplandecientes, en no escasa medida por el exotismo y honestidad de sus propuestas. Las aspiraciones del opio inspiraron a Alfred de Musset; Héctor Berlioz y su Sinfonía fantástica; Gerard de Nerval voló más alto con los efluvios opiómanos y Flaubert mencionó a la obra como el espectáculo de 'un alma al desnudo'.

Tras diecisiete años de uso del opio, de Quincey emprende el proceso feroz de desintoxicación: "Me di cuenta de que moriría si seguía consumiendo opio y decidí, por tanto, morir si era preciso en el intento por librarme de él". A pesar de su voluntad, reconoce, en el brillante final de su obra, que: "Mis horas de sueño siguen siendo tumultuosas" y las puertas del paraíso le parecen, de acuerdo al verso de John Milton: "Llenas de rostros terribles y brazos de fuego". Una tercera parte de las Confesiones, prometida por el autor, jamás se publicó, salvo unos Apéndices que resultan fatigosos y algo redundantes, producto de la revisión emprendida el año 1856.

Neruda, en su etapa oriental y residenciaria, incluye en las Memorias un par de páginas dedicadas al opio: "Fumé cuatro pipas y estuve cinco días enfermo, con náuseas que me venían desde la espina dorsal, que me bajaban del cerebro... Y un odio al sol, a la existencia... El castigo del opio...". De Quincey, Baudelaire y Neruda rechazaron el 'veneno sagrado' porque se apodera del ser y, lejos de potenciar su capacidad onírica, termina abatiéndola y transformando a su huésped en un prisionero.

En todo caso, Thomas de Quincey, el autor de Confesiones de un inglés comedor de opio, terminó, no sin pagar un alto precio, alejado de los tentáculos del opio y murió un lluvioso atardecer en Edimburgo, tras una agonía de varias horas. En la pesadilla del desenlace habrá visto la figura de Ann iluminada por los faroles de Oxford Street, buscándolo con el rostro diáfano y una copa de vino en la mano.