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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.12 Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112000001200012 

MANUEL RIVAS, EL LÁPIZ DEL CARPINTERO

 Madrid, Alfaguara, 1998 (trad. por Dolores Vilavedra).

                                                                                 Santiago Quer A.

La Guerra Civil (1936-1939) ha dejado honda huella en la narrativa española contemporánea. Hay obras clásicas sobre el asunto, de Gironella y Carmen Laforet entre muchas, pero pocas veces habíamos sido cautivados -la locución es exacta y no exagerada, ni de circunstancias- por una novela como ésta de Manuel Rivas, destacado escritor gallego (1957) que escribió en ese idioma esta novela.

¿El encanto que produce El lápiz del carpintero se debe a que Manuel Rivas es poeta? Nosotros pensamos que sí. El lenguaje poético influye, creemos que notablemente, cuando los poetas se expresan en prosa, porque hay un manejo del lenguaje y una estructura del estilo que no se da en los prosistas puros y tiene influencia notable cuando el poeta relata, porque su relato contiene detalles que muchas veces pasan inadvertido para el novelista y que no pesan en el desarrollo, como pasa en otros relatos.

Pero tanto o más que eso, lo que hace excepcional la novela de Rivas es no tanto la circunstancia de la novela (relato de la prisión a que son confinados los republicanos de la zona franquista [Galicia] durante la guerra y el macabro paseo al que muchos de los prisioneros son invitados a dar), sino la rica sicología de los personajes: la sencillez, por bondad del alma, del carcelero Herbal, de quien escucha -suponemos que con arrobo- su relato María Visitagao; y las formidables figuras del doctor Daniel da Barca, servidor del prójimo enfermo en la cárcel, hombre cultísimo y de raro ingenio, enamorado de María Mallo, que ilumina las páginas de la novela con su sencilla y aureolada figura. En tomo a estos dos gira todo el asunto novelesco, que se ilumina con el amor de Daniel y María, consumado en su 'noche de bodas' en el tren en que Daniel es transportado a otro presidio, gracias a la vista gorda de los guardias, en quienes gana, por sobre la rigidez militar de los cruzados de la causa -como los llamaría Valle lnclán-, la sencillez de la gente del pueblo. Y en el trasfondo de todo el relato, el pintor fusilado, quien, con el lápiz de carpintero que regaló a Herbal, reproduce de memoria la cara de cada uno de sus compañeros de prisión en el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, cual ángeles, profetas y santos.

Todo el relato, además, salpicado con rasgos de ternura dictados por la sencillez de alma de los guardias y de los prisioneros, estableciéndose entre ellos una sencilla e inexplicable humana relación, que alcanza niveles de gran altura en el encuentro nupcial de Daniel y María, pero también en el ágil y simpático diálogo de Herbal y María Visitagao y de Herbal con el Dr. Da Barca o de éste con la madre lzarre, una monja mercedaria de fuerte personalidad que se encanta en conversaciones con el médico -agnóstico y racionalista total él; católica fervorosa ella- y que, enamorada del doctor (se imagina el lector, pero no lo dice el narrador), facilita el encuentro nupcial del médico con María Mallo.

En fin, una novela que a pesar del tema, por la misma forma en que se desarrolla la armadura de la trama, se lee con deleite hasta la última página, el final, que no dudamos de reputarlo de magistral, digno de un poeta-novelista.