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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.12 Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112000001200011 

JUAN ANTONIO MASSONE, PEDAZOS ENTEROS

       Ediciones Rumbos, 2000, 76 páginas, Santiago.

                                                                               José de la Fuente A.

Después de cinco años, el poeta Juan Antonio Massone nos permite volver la mirada por los meandros de su poesía. Un lustro, para una voz madura, significa agregarle nuevas variaciones a la senda, a veces obsesiva, que todo escritor va acoplando, como buen previsor, en su ejercicio de abrirle el alma al mundo para que éste no devenga tan áspero.

Pedazos enteros es un libro intencionado en dos direcciones: una, en la plasmación de la mesura de un tiempo-trino -pedazos del alba, de la tarde y de la noche-; y la otra, la radicalmente poética, situarse en un cotidiano que da cuenta, con sutiles perífrasis, de esa región abisal, de hombres y mujeres, que trastocan las apariencias establecidas por la razón instrumental que rige los paradigmas de la cultura actual.

Pedazos enteros es un título que nos sitúa en la precariedad de un sujeto lírico que pretende una respuesta compleja a través de elementos y sucesos aparentemente simples. Si algo han constatado los agoreros del fin de la historia y del "último hombre", ese algo es precisamente lo contrario: se olvidaron de que la nuda condición humana se sostiene en emociones y que el corazón del hombre se alimenta contradictoriamente de amores placenteros y de indiferencias que trastocan el fluir de la felicidad; y que el hombre, destruido pero no derrotado, o victorioso pero no soberbio, seguirá dando y dándose sorpresas más allá de cábalas, adivinanzas e ideologías. Estamos hechos de razones y de sueños, de argumentos y de aciertos, desde los cuales imaginación y memoria son marchas similares para direcciones distintas. Una sin la otra no serían; una sin la otra no nos permitirían conciliar espíritus y esperanzas. En este libro se dispensa un ciclo que se abre a su propia sensación de finitud, pero de una finitud que sabe de la posibilidad de trascendencia.

Son 54 poemas reunidos en tres secciones, cuya simetría sugiere el equilibrio de las ocho horas trifásicas de un día. Es el tiempo que agita los cuerpos, que marca estaciones en el calendario, que pinta algunos paisajes para seguir la propia mirada en las huellas de los colores y de la luz. Libro dedicado a Rodrigo, a Carolina y a Francisca. El epígrafe inicial de Luis Felipe Vivanco "Y en vez de tener una existencia brillante, tener un alma", nos evoca la opción que el sujeto lírico, en libros precedentes, manifiesta con una sutil insistencia. El neoliberalismo, a mi modo de ver, la fase promiscua del capitalismo, precisamente se ha empeñado en suplantar -en lenguaje luckasiano- "las almas y las formas": por eso que hoy los técnicos del cibermundo llaman realidad virtual. Hoy en día todo es virtual, decartesianamente simbólico y monstruoso, espacios eléctricos en los cuales cada persona se convierte en antropófago del aciago destino individualista de sí mismo y de los otros. Batahola de intereses fragmentados, en medio de la muchedumbre, como nunca antes alienada a la degradación de la naturaleza y del propio cuerpo que nos duele, que nos disloca, que corta el cordón umbilical de la tierra con el cielo.

Vamos a cada uno de estos pedazos. Los del Alba nos abren los sentidos a la calma, a mirarnos a los ojos, a saludarnos en el ideal comunicativo de las cosas y los hombres:

"Buen día a quienes aceptan medirse
Con la noche, la temerosa de memorias
De nunca acabar o la habitada de ánimas
Olvidando victorias del tiempo."

Es la poesía como la medicina que sana, la que añade gratitud a la esperanza. Lo evanescente se hace tenuemente emotivo, soplo visceral que sólo se aprecia cuando uno suspira. Luego, en el poema Así pasan los años, la existencia se perpetúa en los hábitos de lo que debería ser una nueva ética para convivir en una sociedad del no-trabajo, en la cual cada uno pudiera realizar sus múltiples vocaciones y hacer de cada hora una respuesta feliz como condición a los que somos y a lo que deberíamos hacer. Credo, es el poema-oración que nos recuerda, en cierto modo, a Gabriela Mistral con su Oración de la mañana. Sin embargo, para en el sujeto lírico de estos pedazos, pareciera que la palabra sagrada está llena de pesares, dice: "Creo en el postrer perdón a la mezquina arrogancia".

Los afanes y las cosas que sacan al hombre de sí mismo, hacen sentir la felicidad como una extraña cuando el pragmatismo pretende cobijarse en algún lugar del corazón.

En el poema La Carreta se demuestra que es una falacia afirmar que el hombre esté atravesado por el tiempo (al menos se pone en duda si éste existe); el movimiento no es real, aunque se crea que se va de un lugar a otro como lo hacen los vagabundos sin destino o sin proyecto. Desde el fondo de esta voz, aceptar el riesgo es como perderse en los recuerdos. El tiempo se niega a sí mismo en su viaje detenido en la lentitud que no avanza.

Me parece que hay dos poemas claves en este libro: El poema III y De tanta multitud. La poesía es tan frágil como todo loque existe en nuestro cuerpo y alrededor de él. Cultivarnos en los demás nuestra propia soledad, esa que suele terminar en gonía:

"... y en tanta soledad nos queda el pecho
diciéndose palabras que no saben decirse"
.                                                        

El silencio, sin duda alguna, es el ideal de comunicación que trasunta las palabras; no tiene las trampas de los signos, es de una sola faz; no necesita de significantes, adviene al corazón del hombre como quien tropieza en el destino y cae en la razón de que, al otro lado de su cuerpo etérico, sólo resta la totalidad del ser expuesto a su conciencia.

La segunda parte, Pedazos en la noche, comienza con un pesar que subyace más allá de la memoria y más acá del olvido. El alba ha desaparecido en medio del desconcierto de la noche, de cielo oscuro y de felicidad desperdiciada:

"Día en una muchacha que miro
Encogerse de hombros
Sonriéndole a la calle,
Recluido el viento en su pecho
Y elevándose la distancia"
.

Aquí el sujeto lírico se rinde a la evidencia de los amores que caprichosamente deciden no lisonjearse en los ojos del otro. La vida se transforma en andén, donde los ruidos se van quedando cautivos...

El texto Pedazos enteros, clausura la voz que comenzó sus huidizas ambiciones por aprehender la realidad, en los poemas El poema III y en De tanta multitud.

"Me convierto en adicto a ti
Cuando recala el otoño,
Aunque sé que la dicha
Proviene de más lejos,
Mucho antes de hablarte
En el idioma de la noche.
Y todo esto aún cuando
Uno debe olvidarse de ausencias
Y complacidos recados de la pena.
Entonces ¿por qué no escribir
Unas cuantas palabras
En que el adiós sea bienvenida?"

¿Qué nos sugiere este adiós como bienvenida? ¿La precariedad de nuestra existencia festina la felicidad? Inicio al olvido, el desprendimiento de lo que se busca no alcanza a (en)cubrir el alborozo. El verso final de El adiós seguirá dando que hablar (muertos entierren a sus muertos), nos remite (in)conclusivamente al conjunto de los 54 textos de este libro. Reconocemos que la pérdida comenzó en la promesa incumplida, en el tiempo que corroyó las fibras íntimas del alma en su fugacidad permanente. Aflora, finalmente, el recuerdo, de cuyo destino son las palabras y el poeta sustraído a la noche.

En efecto, siguiendo la línea creativa de Massone, pienso que en Pedazos enteros concluye el libro anterior A raíz de estar despierto. De este modo se cierra el ciclo entre la eternidad, como tiempo circular de la vida permanente, y la fugacidad de la experiencia, como la desolación del principio de realidad. Escaso placer vivido en la utopía con la complicidad de la esperanza.

Alba, Tarde y Noche, expresiones de fe insoslayable sin tropezar en las trampas racionales. Tiempos cruciales marcados por las horas domésticas, como diría Pablo de Rokha, por las cercanías con olor a tumba. El desconcierto se asume con templanza y parsimonia como la sabiduría que, desde hace siglos, ya se distanció de los enojos. El sujeto lírico se construye en las aguas sublimadas de la decepción, pero sin oprobio ni becerros de oro. De este modo subyace el hombre, cuyos atributos se le han fracturado al quedar a merced de los aparentes beneficios de la razón. Aunque no se ha encontrado la arcilla más resistente para moldear el mundo, el búcaro del amor se reconstituye, en último caso, en las ilusiones más allá de la muerte.