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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.12 Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112000001200009 

EL ENSAYO DE FERNANDO DURÁN VILLAREAL

                                                                        Juan Antonio Massone del C.

Resumen

El artículo presenta los rasgos del proceso ideativo en la prosa ensayístico-periodística de Durán. Su mundo está representado en el formato de la prosa que obliga al lector a una reflexión que inspira atributos poéticos y filosóficos. Durán, ve en lo trepidante continuidades y contigüidades inconsútiles de pálpitos, sombras y reflejos. Barthes, Ortega, Montaigne, Cerda, Paz y Skirius, entre otros, se intercomunican en la tradición y en los préstamos de sentido, en las finalidades explícitas y en las pistas que transversalizan la ensayística latinoamericana. Durán se exige en alumbrar la cotidianeidad con lo sagrado.

Abstract

The essay of Fernando Durán Villarroel

This article presents the traits of the process of elaboration of ideas in the essayist- journalistic prose of Durán. His world is represented in the prose format that compels the reader to a reflection that inspires poetical and philosophical attributes. Durán sees in what trembles seamless continuities and contiguities of presentments, shadows and reflections. Barthes, Ortega, Montaigne, Cerda, Paz and Skirius, among others, intercommunicate with each other in the tradition and in the loans of sense, in the explicit aims that cross the Latin American essay from side to side. Durán demands from himself to illuminate daily life with what is sacred.

1. Introducción

El presente escrito tiene por meta mostrar alguno de los rasgos definitorios del género ideativo en vista de la prosa ensayística de Fernando Durán Villarreal1. El modo de exponer su meditar revela una estructuración propia de este tipo de escritos y, juntamente, las disposiciones expresas a través del tiempo en los temas que despertaron su interés. No es indiferente entonces hurgar en los lindes de su ensayismo, ya que el formato de un texto suele manifestar un modo de concebir el mundo.

Literatura de ideas, al ensayo pertenece la formalización más amplia en la que asoman los multívocos enlaces entre ser humano y circunstancias numerosas. Como literatura que es, mantiene en alto la validez de la subjetividad que se abre a lo plural; en tanto ideas, el ensayo es un esfuerzo intelectivo de ver en lo dicho y en el suceso aquellos trasfondos decisivos que animan a uno y a otro como desvaída aunque vigorosa razón causal o razón terminal. Desafiado por antifaces y repliegues, el escrito de ideas se abre a la consonancia y a la complementación, igualmente a la discordia y a la negativa de otras miradas y de otras voces, guiadas como las suyas, por impulsos aclaratorios y recelosos de situar lo vivo otra vez en la corriente inagotable de interacciones y metamorfosis. Para el ensayo es básico su opción por el movimiento de lo creado. Tanto en su actitud como en la forma con que se distingue busca más que todo asimilar latidos. Su aspiración: ver en lo trepidante continuidades y contigüidades inconsútiles de pálpitos, sombras y reflujos que las voces de la calle y el acezar de lo creado vierten en el decurso de las generaciones.

Este modo de entablar una relación dinámica con cualquier materia fue destacada por T. Adorno:

"El ensayo urge, más que el procedimiento definitorio, la interacción de sus conceptos, en el proceso de la experiencia espiritual. En ésta los conceptos no constituyen un continuo operativo, el procedimiento no procede linealmente y en un solo sentido, sino que los momentos se entretejen como los hilos de una tapicería. La fecundidad del pensamiento depende de la densidad de esa intrincación"2.

Pensar a saltos, como regalo de intuiciones, como virtud de ver y de captar en velocidad lo sustantivo, tonifica la interdependencia entre lo expreso y los blancos aparentes en que el escrito parece liberar de pesadumbre excesiva las implicaciones de su decir.

En las páginas que siguen intento exponer ciertas peculiaridades del género en cuestión desde las limitaciones de mi experiencia. Cuando así no sea, quedará debidamente dicho.                                                      

2. La realidad asediada

Corresponde al ensayo una apertura espiritual gobernada por el genuino interés de comprender. O sea, le es propia una forma de intelección amatoria que moviliza al sujeto respecto del mundo, esforzándole a conocer con entusiasmo y profundidad lo real o posible de una o más capas de lo existente. Este género literario indaga por orígenes, principios reguladores e impulsos cardinales, pero también se anima a rastrear tendencias y efectos de hoy en lo futuro. En ese sentido, ejecuta un acto dilucidador a partir de un movimiento de apertura subjetiva hacia la alteridad, con la esperanza de que ésta ceda a su mirada inquisitiva.

Comprender involucra una mirada que se concentra sobre alguien o respecto de algo con ánimo preferencial y, de acuerdo a esa predilección -no siempre racionalmente clarificada-, se desliza un eventual triunfo intelectivo pues, al decir de Hans Georg Gadamer: "sólo tenemos alguna posibilidad de comprender los enunciados que nos preocupan si reconocemos en ellos nuestras propias preguntas" 3. Es decir, cualquier esfuerzo comprensivo porta una razón consistente en una suerte de sintonía comprometida entre el yo y lo otro. En consecuencia, nada aconseja prescindir del sujeto en un trabajo hermenéutico, rasgo por demás típico del ensayo.

A su vez, el esfuerzo de objetividad imprescindible para dar curso a un escrito como el ideativo, plantea de antemano una seria de consecuencias epistemológicas. De una parte, la distinción de la pluralidad en el mundo, lo que viene a trascender de una percatación jerarquizadora de lo existente y, desde luego, desencadenando una infinidad de actos que comprometen ámbitos sociales e íntimos, así emotivos como racionales, estéticos y religiosos, pragmáticos y morales. De hecho, el sujeto forja en su medio una actividad múltiple que habla de su relación con el mundo. Valora, define, clasifica, moteja e interpreta aquello que le viene a sus orillas, formando de ello su repertorio vital.

Cuando aquel cúmulo de entes, útiles y sucederes se le torna excesivo a la vez que insuficiente, se encumbra en la persona aquella potencia que le encamina a distinguir en lo sucesivo, a parar mientes ante lo diverso y a demandar por la mismidad de su esfera única. Entonces aparece en toda su latitud el carácter interrogante, desconfiado, distanciador entre la realidad del sujeto y su comprensión valorativa de lo otro.

El segundo aspecto que asiste aquí es el que dice del vínculo -atracción o repulsa- entre sujeto y objeto. Tal desposorio devela las condiciones más importantes del vivir las circunstancias por parte del sujeto. Énfasis y sesgos revelan algo más importante que sus encuestas y categóricas denotaciones. Trátese de un modo de ser que es un modo de vivir, porque es una existencia encarnada la muy anhelante de cognición para desplegarse sobre alguna certidumbre. Ortega y Gasset aseguraba que "El hombre rinde el máximo de su capacidad cuando adquiere la plena conciencia de sus circunstancias. Por ello comunica al universo"4.

Por último, nada supletoria la confianza que el sujeto deposita en el lenguaje, lenguaje que recoge la prueba de habitar el mundo como relación comprensiva y multifacética, a la vez que instrumento indagador de ese mismo mundo. En el caso del ensayista, el lenguaje adopta las inflexiones de su idiosincrasia espiritual y consiente en colmarse de luces y penumbras con que la vastedad de la creación se muestra y oculta alternadamente.

Con todo, cabe preguntar aún: ¿Qué es o en qué consiste el afán intelectivo del ensayista? ¿Cuál su implícito propósito? Difícil cuando no imposible responder genéricamente. Con todo, es aceptable quizás subrayar el genuino interés por significados que se encaminen hacia la radicalidad de lo oculto que es un orden, razón genésica de una trama que fluye porque vive y viviendo se manifiesta ubicua e inagotable en sus rostros. Llevar lo confuso diverso hasta el perfil más cercano de su unicidad multívoca compromete el esclaramiento de las relaciones sustantivas que preñan la realidad. Ensayar es, sobre todo, querer. Querer humanizar lo creado, tornándolo comprensible en virtud de una ordenación que se propone comunicable, porque responde a la mediación intelectiva de un sujeto social. Así en el ensayo, el universo -amplio o restringido- se hace presente en la criba del lenguaje. En éste conviértese en palabra de diagnosis y de gnosis, pues alguien hay que exige comprenderlo con tal de vivir altura humana. Pero quien examina o interroga la alteridad no se despinta de hacerlo consigo mismo. Preguntar es buscar a qué atenerse. De acuerdo a ello, la interrogación persigue comprender, ese ver lo propio y ajeno desde dentro, sólo que dicho ver lo es en tránsito: un aprehenderse viviendo.

Nos hallamos situados en el quicio más alto y, a la vez, más implicador de toda comprensión: la apetencia natural por saber de que habla Aristóteles en el libro primero de su Metafísica. Dicho apetito de complementación, de representación y de nutrición proviene de una naturaleza insatisfecha por implena y curiosa por anhelante, dotada en su placenta de insuficiencia clamorosa. Por lo mismo, al desear saber el hombre tenderá a relacionarse. Y ambos actos dicen a las claras del ímpetu trascendente que lleva a cada quien a buscar cuanto le es menester y a compartir los desbordes que le hacen jubiloso o zozobrante.

De este modo, en la base del ensayo se alza un respaldo ontológico y existencial. Su movimiento de comprensión porta una razón primera y un destino final: (des)cubrir el logos de la realidad encarada mediante el puente de una intelección comunicable. Por cierto, el logos es palabra originante, razón interna de latidos, por lo mismo, sentido en que deberá culminar lo vivo. Al ensayo corresponde, según Ortega, dicha tarea exploratoria, ya que su afán inquisitivo recae sobre la acción más preclara de lo cultural: la creación, por aquello de que todo acto creador es "aquel en que extraemos el logos de algo que todavía era insignificante" 5, i-lógico.

3. La red viviente del ensayo

Desde Montaigne, el ensayo ha sido un atrevido encarar lo vivo desde una experiencia radical de ser. Su inclinación intelectiva reconoce la concomitancia de ímpetu directo de autognosis si se trata de columbrar el sí propio, tal como lo hiciera el escritor francés; indirecto, si la inmediata atención o interés vuélcanse sobre un sector mediato de la realidad. Aun así las dos preferencias exhiben un compromiso epistemológico, jamás indiferente a la existencia. Mayor relieve adquiere este aserto. Se trata en ese caso de la circunstancia que entorna al yo arrancándole del solipsismo en que podría cosificarse. Sintetizando dichos ámbitos humanos asertó Ortega su famosa definición de persona como yo y circunstancias.

Tal vez si una de las percataciones modernas más fecundas consista en el esfuerzo de asimilar vivamente la simultaneidad de envés y de revés en cuanto constituye proceso vivo, dialéctico e incesante. El pensar de esta centuria ha puesto hincapié en la realidad compleja e inestable que somos. De alguna manera, se es más sensible a las correspondencias e influjos recíprocos del universo. Una vez más, el peligro y la vicisitud han hecho de daimon fecundantes. Las gravísimas secuelas del desequilibrio ecológico, por ejemplo, alcanzan al habitante más corriente de las ciudades y en efecto demostración elocuente se confirma la mutua ingerencia de persona y comunidad. El ejemplo anterior sintetiza la condición errante de una civilización que cada vez aumenta correspondencias y discordias entre lo colectivo y lo singular, todo lo cual ha incentivado el interés y proliferación ensayística.

Sin menoscabar estudios prolijos llevados a cabo por instituciones dotadas de instrumentos modernos de mensura, el ensayista representa la dimensión personal interrogante frente al impetuoso y arrollador acaecer de nuestra época. Cualesquiera sean los factores y temas que le acucien, el ensayista se emplea en un enorme esfuerzo de lucidez. Su imperativo de esclarecimiento lo torna suspicaz y polémico sobre un compartido fondo social de vicisitudes y perspectivas.

La actitud interrogante que cruza el ensayismo contemporáneo patentiza una facultad y una orfandad, pues como escribiera Martín Cerda:

"Preguntar es, pues, buscar esa verdad que no se tiene, pero que precisamos siempre para saber a qué atenernos. Para entender cada 'cosa' que nos ocurre y, a la vez, para entender al mundo en que ocurre cada 'cosa' que nos ocurre. Esto se acusa particularmente en la grandes obras artísticas, conceptuales y, algunas veces, científicas que el ensayista escoge, retiene e interroga"6.

Y ello es así porque el ensayo es menos declaración apodíctica que curiosidad inquieta e inquietante del hombre. Vuelto sobre la trama activa de los sucesos, el ensayo encara con resolución -intenta hacerlo- una labor de filtro para con el mundo. Este urge ser comprendido para ser habitado en una secuencia vital que mantenga en alto la posibilidad de subsistir, al menos. Mueve al ensayo una necesidad de saber existencial, certeza aludida en la cita de Martín de Cerda.

Sin duda, los modos de interrogar manifiestos en el género ideativo varían de acuerdo a énfasis y premuras con que se demande algún aspecto de la realidad. Pero algo más. Inevitablemente, el texto adquiere sello y orla de condición espiritual -convicciones y aspiraciones- de su eventual autor, porque "el enunciante no sólo representa algo, sino que él mismo se enuncia en el proceso de la escritura" 7. En cualquier caso, el ensayo se aboca al examen más problemático de una materia con el deseo de abrir nuevas pistas o indicios en ella. Su finalidad, expresa o implícita, es descubrir en lo actual de una presencia o de un acaecer las razones genésicas operantes y previsibles de lo virtual y aun de lo imposible. En todo eso, existe el ímpetu de unir el suceso del mundo con la representación interiorizada de éste, pues al decir de Montaigne: "Es necesario levantar la máscara tanto a las cosas como a los personajes" 8.

Asimismo, a todo escritor conviene una preocupación central de vivir, advertida tanto en sus predilecciones de vocablos como en las preguntas y atenciones que dirige en torno, y luego ofrece a su conciencia. Propenso a indagar en la connaturalidad de su más honda clave, los escritores destacan un filón entre los muchos que configuran el universo. Como quien habita inquietamente el laberinto de idas y venidas del vivir, echa mano de algún hilo de Ariadna para saberse orientar entre los vericuetos abrumadores de los acontecimientos y de la caducidad. Más que opciones temáticas, lo que hay son rastros imperativos. En consecuencia, habrá que ver en las páginas de alguien cierta inexorabilidad que, al fin y al cabo, ha de singularizarlo.

La escritura es un acto de confianza. Ejercerla supera en mucho los domésticos afanes de nombradía o de algún estipendio seductor. Escribir resulta ser afán de luz, apetito de certidumbre para un interior interpelado y zozobrante. Fuerza es reconocerlo, frecuentemente la escritura ensayística deberá abstenerse de caminos trillados para surcar aires en que sólo la intuición podrá servirle de guía. Sobrepasado o perplejo, el examen prolijo de la lógica puede restar insuficiente y, entonces, acudirá aquel vislumbre grácil y sutil de un repentino ver que hará cumplir lo dicho por José Emilio Osses: "habrá de ser el ensayo el intento de registrar lo que a la razón le es imposible" 9.

Una vez y otra el ensayo labora una imagen hermenéutica que se nutre del desafío venido de la realidad, esforzándose en ser leal a lo más decisivo de su sospecha y, al par, ejecutando perspicazmente la partitura del tema asediado, como diría Paul Ricoeur. En otras palabras, el ensayo relaciona dos urgencias: escudriñar los movimientos del asunto que le compete y congelarlos con tal de exponer la claridad columbrada. De acuerdo a ello, razón tiene Gadamer cuando señala que el ensayo es acción, visión histórica e imaginación. Lo primero porque el escrito vuelca un ordenamiento inédito de la realidad; visión histórica, pues le son perentorios aquellos trazos dominantes y significativos que analiza e impugna; lo último, al no bastarle catalogar repertorios externos y, en cambio, sí necesita proyectarlos, sometiéndolos a los beneficios de la duda y a las incitaciones de lo hipotético.

Por cierto, los tres factores del género se despliegan en un tiempo dominante: el presente. Esto lo hace franqueable a la disputa y a la refutación. El presente ha sido y es factor de las más enconadas y opuestas concepciones. Ellas tienen un común la afición de los extremos. Parménides y Heráclito son paradigmas de lo dicho. Más acá, San Agustín, con su proposición de un presente al que se acogen el pretérito, lo actual y el futuro, dando como resultado un presente del pasado (memoria); un presente (vivencia) y un presente del futuro (expectación). Es decir, un presente continuo que varía según sean las modulaciones que de él se haga. Por fin, la relatividad de Einstein introduce la noción de un tiempo sujeto a convenciones que pautan su concurrencia de un modo condicional.

Como toda escritura, el ensayo destaca otro carácter problemático, a saber: su estructura lineal en colisión con la simultaneidad de los sucesos y la atención del propio escritor. T. S. Eliot cogió en la red de sus versos este desajuste cuando escribiera "lo que es vivir a un tiempo en varios planos, aunque sea imposible hablar con varias voces a la vez".

Quizás si la escritura sea el movimiento de lo vario a partir de los cambiantes gestos de un mismo rostro. El tiempo corre por ella para llegar a tiempo. ¿Puede obtenerse alguna ganancia del tiempo? La literatura y, muy especialmente el ensayo, libra sus combates en el presente en una apuesta de ver, en los entresijos, lo que es y no es, en sus veloces pases de magia incesante. Como quiera se le conciba, el ver que pretende todo escrito literario ansía una mínima fijeza, la justa para descubrir un sentido de lo vivo. Con ese fin reinventa la cotidianeidad pretérita, imagina la futura o propone una nueva actualidad, las que ve en su percatación como fieles o deseables para lo real: emblemas del fragor por más ser latente en lo humano. La escritura dice algo, entrega fisonomías o claves, aventura puertas de ingreso o de salida, mas no se le oculta el epílogo de su esplendoroso fracaso, por ser sólo una realidad de segundo grado. Su concurso no sabe ni puede desplazar la vida que desborda. No le queda más que recomenzar la liturgia inacabada e indigente. Todo punto final la deja a la zaga, porque otro camino empieza, indescifrado y abundante.

Vuelta sobre sí, la palabra es presencia refractada y fuga de lo otro. Lo otro: ese sobreextenderse de lo real que el tiempo inmola sin planificar. Octavio Paz aclara:

"La escritura es una búsqueda del sentido que ella misma expele. Al final de la búsqueda el sentido se disipa y nos revela una realidad propiamente insensata. ¿Qué queda? Queda el doble movimiento de la escritura: camino hacia el sentido, disipación del sentido. Alegoría de la mortalidad: estas frases que escribo, este camino que invento mientras trato de describir aquel camino de Galta, se borran, se deshacen mientras los escribo: nunca llego ni llegaré al fin. No hay fin, todo ha sido un perpetuo recomenzar. Esto que digo es un continuo decir aquello que voy a decir y que nunca acabo de decir: siempre digo otra cosa. Decir que apenas dicho se evapora, decir que nunca dice lo que quiero decir.
Al escribir camino hacia el sentido; al leer lo que escribo, lo borro, disuelvo el camino. Cada tentativa termina en lo mismo: disolución del texto en la lectura, expulsión del sentido por la escritura. La búsqueda del sentido culmina en la aparición de una realidad que está más allá del sentido y que lo disgrega, lo destruye"
10.

Para el autor mexicano la escritura se convierte en un paréntesis entre aglomeraciones innominadas de sucederes. Un luchar con el imposible permanecer, con la vedada culminación de quedarse o de conquistar al fin identidad de palabra y existencia. Fracaso sonado o silencioso, pero inevitable. Sísifo desciende a buscar la esquiva roca otra vez. La escritura es el Absoluto relativo del mundo.

El punto de vista que denuncia la posición de Paz corresponde a quien escribe el quehacer -la escritura- como un fin, modo de expediente poderoso capaz de virtud totalizadora: buscar el sentido y serlo, conjuntamente. Prometeico trabajo cuya desmesura se resiente de insuficiencia. La realidad proclama sus fueros, porque es también más allá.

Sin desconocer cotos y poderes de la palabra, la experiencia de Fernando Durán reveló soportes menos ambiciosos. Fe y razón moderaron ímpetus, pero vigorizaron de otra manera el sentido del escrito. La forma de exposición implícita y expresa de su ensayismo es el tema que desarrollaré en el punto siguiente.                                                    

4. Ensayismo del autor

Para desarrollar este punto nos valdremos, principalmente, del trabajo del profesor Luis Muñoz, quien fuera docente de la Universidad de Concepción, hasta su fallecimiento en 1993. Nos interesa destacar la caracterización que se hace de los niveles del discurso ensayístico, a saber: del enunciado y de la enunciación. Utilizaré en la descripción de los escritos de Fernando Durán algunos términos que desglosa cada uno de esos niveles.

Por encima de énfasis distintos referentes al género de ideas, se admite del ensayo un conjunto de rasgos permanentes. Estos son: un discurso lingüístico en que el pensar argumentado alterna con la intuición que funda una apertura comunicativa entre sujeto y fracción de mundo. En esa concordia de ver y hurgar se explaya una suerte de argumentación en veces fragmentada, repentina y creadora ella misma de un denotar y un connotar que alcanza tanto al sujeto como al objeto del escrito. En este sentido, el ensayo es obra de creación subjetiva y también de preocupación objetivada por un tema.

Además de lo dicho, las pretensiones del ensayo no corresponden a un agotamiento absoluto de una cuestión, sino a exponer incitaciones suficientemente luminosas acerca de algo: obra, suceso, persona, objeto. Lejos del tratado y de la preceptiva; ajeno también a la opinión desaprensiva y arbitraria, sus proposiciones siguen un argumento de lo indispensable, aunque no con la prolijidad de pruebas mensurables o categóricas de por sí. No está ayuno de respaldo, pero éste tiene que ver más con los antecedentes otorgados por un pensar unitario de lo disperso que con el aparato lógico del especialista.

Enfrentado a la cambiante faz del mundo, el ensayo se aficiona a todo, a cualquier fragmento de totalidad, pero dejando a otras obras y esfuerzos la conveniencia de la prueba explícita, como advirtiera Ortega. Para decir lo que dice se vale de repertorios vividos, actualizados en el escritor, acopios éstos desde los que inicia su acto de escritura. Porque así como le es previo un tema, lo mismo puede declararse de las convicciones o supuestos que constituyen las miradas del escritor.

Tenemos, pues, que en el ensayo se unen un qué y un quién en pos de un ver y de un exponer aquella mirada inédita e indicial, referida a una fracción sobresaliente de la realidad que importa a lo humano.

"No es a partir de un punto de vista exterior, desvinculado de la experiencia, sino a partir de una aproximación teórica, que una iluminación radical y una justificación efectiva puedan tener lugar, pero solamente en el esfuerzo mismo de la existencia por retomar activamente, bajo la forma de una instauración auténtica de sí misma, las condiciones a partir de la que puede desplegarse" 11.

Naturalmente, esa 'aproximación teórica' corresponde, en este caso, al cúmulo de conciencia activa habida en el escritor y desde la cual le es lícito pronunciar su examen de lo otro. Para el ensayista queda vedado cualquier tentación de anularse completamente. Con prontitud inesquivable habrá de asumirse como persona encarnada en una tradición biográfica e histórica. El cero absoluto o la nada bajo sus pies le son imposibles. El ensayo explaya la voz de un existente que modula la alteridad porque es un sí propio.

En Durán, argumentos y explanaciones implicaron una visión interiorizada de la existencia. Temas y meditaciones se fundieron en secuencia explicativa y reveladora de la íntima mismidad que concernía tanto a sí como al lector. Sus escritos se transformaron en un ver desde dentro. Más que dedicarse a establecer mecanismos cifrados de su lenguaje como autárquica entidad que se discute y revuelve hasta desmontarse en piezas funcionales de un metalenguaje hecho a la medida personal, privilegió la comunicación como un acontecimiento de primerísima importancia. Labró una hermenéutica de lo humano desde el idioma común, jamás plebeyo, henchido de percepciones y coherencias que quiso patrimonio compartido. La dirección seguida por sus escritores conformó un saber de salvación, según la expresión de Scheler, ya que persiguió como blanco el vivir auténtico del lector, esforzándose en llevarlo hasta los fundamentos más sólidos de la existencia.

Centro de sus reflexiones, la persona humana. En tanto sujeto moral, ella está investida de una tarea misional consigo y con los demás. Trátese de llevar a plenitud la humanidad suspirante que es ella y que, simultáneamente, es atraída hacia la más alta realización. Más, en tanto comparte el don de vivir con lo creado, su tarea debe responder con parejo entusiasmo a su ligazón solidaria. De ese actuar dimana su calidad de co-creadora y de co-responsable del mundo. Las relaciones y conciencias la animan a una labor vivificadora que puede cumplir sobre la base de facultades que la distinguen y que, en gran medida, corresponden a un pertrecho espiritual que prima por encima de condicionamientos adventicios. Así el pensar no es mero solaz egoísta ni está signado de incontinencia palabrera. Más bien, su procedencia arranca de un fondo ontológico que la par es asombro e ímpetu de dilatación. En consecuencia, al ejercer su facultad intelectiva la persona enfrenta la radicalidad de un saber abierto que transita en el misterio de la vida. El profesor Antonio Bentué arroja luz sobre este hecho:

"El hombre debe reflexionar para descubrir, es decir, encontrar la verdad de un ser; con lo cual no hace más que asumir personalmente el ser que él mismo no se ha dado y en el cual se encuentra" 12.

Enaltecedora labor la del pensamiento relativo al complejo de hombre-mundo, ejercicio cumplido a través de la palabra que acrecienta cualitativamente la historia, toda vez que lo hace y refiere desde la expresividad creativa. En el caso de nuestro autor, el ensayo conoció una figurabilidad clarificante que puso a lo real en camino de sentido. En último trámite, en dicho sentido lo humano es vislumbrado como creación y ello exige auscultar en los ocultos resortes de la existencia esa razón gratuita del sobre-estar de la persona, porque dicha virtualidad esencial tiene su origen en Alguien insoslayable frente a quien debe tomarse posición. No será indiferente eso sí el modo de relación que se establezca entre el hombre y Dios. Si se concreta negativamente, lo divino dejará de ser Persona para atribular como un Absoluto vacío; en caso de ser afirmativa, se estará en el ámbito de la Fe, lo cual significa, según escribe Ladriêre, que "reconocer el universo como obra de la Creación es leer la realidad como una indicación que remita más allá de sí misma" 13.

En este punto hallamos la clave de la dimensión simbólica y -agrego- espiritual de Fernando Durán. La fe anima y conduce su pensar ensayístico. Desde ello todo enunciado se fecunda de presencia operante que exige doble esfuerzo: esclarecer la mismidad de cada mundo y vincular el fragmento que representa al total creado. Por eso, aun cuando la escritura ideativa se halle investida de libertad para establecer formas y tonos respecto de su materia; para Durán, la escritura alojaba un impulso y un alcance que comprometía una ontología trascendental. Sus enunciados se concatenaron en pos de una visión integradora de ética y estética consonantes con el afán expresivo desde el cual toda persona afronta su impulso de ilimitación.

El ensayo del escritor chileno se nutrió de una plurivalencia originada en múltiples voces, ya antiguas, ya contemporáneas, de largos siglos de tradición occidental. Permanente ocupación de los ensayos del autor: el destino histórico de nuestra cultura, sobre todo, en esa permanente búsqueda de la razón intuitiva con que el espíritu del lector avisado de propia experiencia, le era dable responder a una palabra que lo iluminaba y que, a su vez, requería de él mismo como agente de diálogo cultural.

Entre los cuatro impulsos del ensayo que explica John Skirius, creo nuestro autor desarrolló como mayor realce dos: persuadir y crear arte. Los restantes: confesarse o informar, cedieron ante la urgencia augural de una época titubeante, amenazada y recorrida de zozobra. Siendo ellos de ese modo, la enunciación de los textos convino en apuntar una relación interpersonal con cada destinatario. Pero algo más, buscó que su discurso fomentara ocasiones de análisis a contar de una genuina percepción de los procesos vividos en nuestra época, así como de verificación existencialmente despierta del hecho artístico. Es aceptable sostener que el indicio de persona en los textos del ensayista chileno consiste en hallar lectores dispuestos a ver permanencias en lo fugaz, no menos que superables circunstancias en las distintas esclerosis en que porfían el error y el horror históricos. Consecuente con lo anterior, la interpelación constante a que sometiera a sus lectores se inclinó hacia una actitud de restitución axiológica fundamentada en la herencia humanista y en la revelación cristiana, en cuyos fueros vio la última coherencia salvífica de la historia y de la existencia.

En cuanto a la relación del sujeto con el discurso, prefirió Durán inclinarse por exposiciones que inició desde un aserto o a partir de algún ejemplo elocuente, para luego someter uno u otro a examen riguroso de causas, efectos y concomitancias susceptibles de patentar en importantes indicios o pistas de su argumentación, seguida con impecable logicidad. En suma, llevó lo singular al máximo posible de relación con la trama de lo vivo: el vivir social y el íntimo, la tradición y la novedad, la filosofía como el arte y la literatura.

Asumió la escritura como vocación de corresponder a aquel hondor del universo que clama desde su misterio audible una actitud comprensiva que sólo reserva el secreto de su clave, a la indagación espiritual que la mística y el arte pueden columbrar y expresar cuando se hacen cargo del infinito alojado en el hombre. Pero mientras la mística es un ver directo apenas reproducible; el arte y la literatura convienen en replica de la Creación, instaurando una verdad capaz de belleza inteligible con que nuestra especie responde a través de sus creadores, a aquella armonía universal de que todo participa.

La escritura ensayística de Fernando Durán está signada por ese asombro de lo finito ante ese más allá misterioso o problemático que pone a la conciencia en trance de convertirse en acción relevadora de una obra. Naturalmente, esa revelación activa del texto es posible en virtud de facultades introspectivas, encarnadoras y vinculantes que asisten a nuestra especie en aquella reserva inagotable de lo humano que es la intimidad, en donde el mundo se transforma en persona y ésta acepta ingresar al orbe de la sociedad, pues como escribiera el pensador argentino Francisco Romero:

"La certidumbre de que el ente humano se constituye y organiza a través de su vida cultural, no se opone a la existencia en él de un principio que posibilita la vida cultural misma, principio exclusivo suyo como lo es exclusiva la cultura; principio que sólo en la vida cultural se actualiza" 14.

Haber mantenido la vigilia sobre ese principio mediante la agitación argumentada de su pertinencia y realidad para el ser y el quehacer humanos, confirió al ensayo de nuestro autor su faceta más exigente: pugnar por los derechos de lo sagrado en la cotidianeidad que veía replegarse en profano suceder. Al insistir sobre ese norte hizo presente consideraciones, hoy por hoy, minoritarias entre escritores e intelectuales, pero quizás si por ello mismo, más urgentes.                                                      

Notas:

1 Escritor Chileno nacido en Quilpué (1908). Público ensayos y numerosos artículos en revistas y en diarios nacionales, tales como: 'La Unión' de Valparaíso, 'El Mercurio' de Santiago y en el del Puerto. Poeta, dejó un libro: Valamón (1950). Posteriormente, aparecieron Poesía y ensayos (1985) y Biblioteca del periodismo chileno (1997), además de un estudio suyo acerca de Pedro Lira Urquieta (1985). Falleció en 1982, en Viña del Mar.

2 Adorno, Theodor, "El ensayo como forma", en Notas de literatura, Barcelona, Ariel, 1962: 23.

3 Gadamer, Hans Georg, "Hermenéutica como filosofía práctica", en La razón en la época de la ciencia, Barcelona, Alfa, 1981: 77.

4 Ortega y Gasset, José, "Lector", en Meditaciones del Quijote, Madrid, Rev. De Occidente, 6ª ed., 1960: 13.

5 Ortega y Gasset, José, ob. cit., pág. 16.

6 Cerda, Martín, Ideas sobre el ensayo, Santiago, DIBAM, Centro de Investigaciones Barros Arana, 1993: 9.

7 Muñoz, Luis, "El ensayo como discurso. Algunos rasgos formales", en Acta Literaria Nº 3-4, Concepción, 1978-79: 85.

8 Gide, André, El pensamiento vivo de Montaigne, Buenos Aires, Losada, 2ª ed., 1944: 15.

9 Osses, José Emilio, "El ensayo: función interpretativa de un género de creación", en Revista Chilena de Literatura N° 25, abril, 1985: 47.

10 Paz Octavio, "El mono gramático", en Poemas, México, Seix Barral, 2ª ed., 1981: 569.

11 Ladriêre, Jean, L'Articulation du sens (2 tomos), París, Editions du Cerf, 1984, (traducción inédita al español por Ricardo Salas A.) .

12 Bentué, Antonio, La Cultura o Dios, Salamanca, Sígueme, 1982: 42.

13 Ladriêre, Jean, op. cit.

14 Romero, Francisco, El hombre y la cultura, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1950: 16.

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