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Literatura y lingüística
versão impressa ISSN 0716-5811
Lit. lingüíst. n.11 Santiago 1998
http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58111998001100002
"NACER ES MORIR Y MORIR ES NACER"
Por esas extrañas circunstancias que no explica el azar ni la ambición, nos encontramos reunidos en esta tarde del 29 de abril, sopretexto de festejar los diez años de vigilancia ininterrumpida de la Literatura y Lingüística, promovida por académicos de la carrera de Pedagogía en Castellano, quienes no han perdido la capacidad de soñar a pesar de los "vientos contrarios", naturales o artificiales, que han soplado en las costas de este "se vende lindo país esquina con vista al mar" llamado Chile, como bien nos asombrara y nos removiera la conciencia, no hace mucho, la compañía ICTUS, desafiando la tormenta que se vivía en otro tiempo en las vigiladas calles de Santiago.
Además, esta fecha nos circunscribe en una década que trata de exorcizar los demonios y fantasmas que han pretendido transformarnos en sujetos extraños de nuestra patria, de nuestros lugares sagrados y profanos; dicho de otro modo, ensimismados y dudosos de nuestras creencias sobre la existencia de la bondad, de la solidaridad y de la posibilidad de vivir en un país que despierte cada día en el respeto mutuo.
Es obvio que en los cumpleaños, los invitados a la fiesta compartan la alegría y le deseen al festejado salud, amistad y compañía. En el caso de una revista es la palabra la que da cuenta de que sin memoria no hay identidad, no hay salud popular, simplemente no se justifica gran parte de los quehaceres de la universidad.
Las fortalezas y debilidades de Literatura y Lingüística están a la vista del atento e irónico lector. Como en toda creación literaria, los buenos textos no necesitan legionarios extranjeros para enfrentar al lector y ganar su cometido; los buenos textos se defienden solos a partir de su armonía entre el pensar, el sentir y el decir. En particular, los estudios del sistema de la lengua y el lenguaje, constituyen un apoyo fundamental a la poética y a la crítica literaria, ayudando a ampliar la mirada comprensiva e interpretativa de curiosos y estudiantes.
Reconociendo la importancia de este esfuerzo editorial para nuestra universidad en crecimiento y consolidación de su Misión, me permitiré con ustedes algunas reflexiones sobre la presencia que tienen los escritores, sus encendidas voces y sus elocuentes silencios en la realidad de todos los tiempos. Y me permito hacerlo desde una perspectiva más personal que conceptual, desde el tinglado de un corazón que ha sabido respetar y compartir el gozo y el sufrimiento, los afanes y las utopías de quienes creen en la Palabra, de quienes han hecho de la literatura un modo de vivir, de quienes jamás han eludido la responsabilidad frente a la belleza, a la búsqueda del bien y de la verdad.
Han transcurrido exactamente dos lustros, desde que zarpara de este puerto, gobernado con marionetas y máscaras, hacia las páginas de otro silabario, el poeta Enrique Lihn (1988). En su poema "Porque escribí" intenta validar la acción del escritor y justificar el valor de una vida dedicada al incomprendido, y a veces maldito oficio del arte de escribir. En el texto aludido dice: "La poesía me sirvió para esto: no pude ser feliz, ello me fue negado, pero escribí Y hacerlo significa trabajar con la muerte codo a codo, robarle unos cuantos secretos porque escribí no estuve en la casa del verdugo, ni acepte que los hombres fueran dioses, ni me lavé ni me ensucié las manos, ni tuve como amigo a un fariseo, porque escribí porque escribí estoy vivo". Es un poema que revela, como el resto de su obra, que la literatura no se hace para cultivar la vanidad ni para conquistar adeptos que abonen con lisonjas la entrada a la eternidad, sino para aguantar y resistir al adocenamiento de la estupidez colectiva que pretenden labrarle al pueblo los temerosos de la libertad. Con Lihn se cierra un ciclo de la poesía y de la literatura chilena, ése que comenzó con Vicente Huidobro, Ángel Cruchaga, Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Neruda y que lo va concluyendo en vida y con fuerza homérica nuestro primer galardonado por la Fundación Octavio Paz, el poeta de Contra la muerte y de La miseria del hombre, el chillanejo Gonzalo Rojas.
Otros creadores que están incorporados a los genes del imaginario latinoamericano y que están anotados en la libreta de familia en calidad de hermanos y buenos amigos, son: el poeta Rolando Cárdenas (fallecido en 1990); el ensayista y crítico Martín Cerda (fallecido en 1991); el poeta y periodista Alfonso Alcalde (fallecido en 1992); los poetas de la vanguardia de los años treinta: Humberto Díaz Casanueva y Eduardo Anguita; el poeta de la Nueva novela, Juan Luis Martínez (fallecido en 1993); la eximia narradora de la novela femenina de los últimos tiempos, Mercedes Valdivieso (fallecida en 1994, el profesor, ensayista y Premio Nacional de Literatura Roque Esteban Scarpa (fallecido en 1995).
El año 1996 fue del obituario que registró el mayor desgarro en la ruta funeraria chilena; entre las secuencias de cada una de esas muertes no había descanso para mitigar el dolor y recuperar el aliento. El 22 de abril fallece el poeta Jorge Tellier; el 22 de julio el andante y el bohemio folclórologo Oreste Plath; el 30 de julio, en su exilio en la ciudad de Berna, el novelista Carlos Droguett; y como si los dioses siguieran probando nuestra capacidad de consternación, el 7 de diciembre fallece el segundo gran novelista en la tradición nacional, José Donoso, cerrándose el ciclo natural y a veces premeditado por la decepción y el desengaño, con el pintor y narrador Adolfo Couve, el 11 de marzo de 1998. Couve eligió el túnel del suicidio el mismo día en que la parafernalia de la felonía elevaba a la condición de "benemérito y senador vitalicio" a uno de los sujetos más ambiciosos de la nación. ¿Qué quiso rubricar Adolfo Couve con su injustificada decisión? ¿Quiso desafiar a los filósofos e intentar desentrañar el único tema digno de filosofar según la experiencia de Albert Camus? En su testimonio registramos Una lección de pintura, El picadero, El tren de cuerda, La comedia del arte, etc. Y cuando ya comenzábamos a retomar la tertulia de la sanación y nos disponíamos a abrir el cuaderno en la página del amanecer de estos luceros, desde México, el domingo 19 de abril, nos llega la noticia del fallecimiento del Nobel Octavio Paz.
Oreste Plath decía que cuando moría un escritor era algo similar al incendio de una biblioteca. Esta comparación no deja de ser simbólica y conmovedora. Por una rara coincidencia a Octavio Paz y a Martín Cerda se les quemó gran parte de sus bibliotecas. Desde las pinturas y dibujos prehistóricos existentes en rocas y cabernas, el hombre ha tratado de resguardar su memoria en alguna parte; sin pasado no somos, porque somos parte de una historia y sin estética nuestra vida no tendría sentido.
Si Octavio Paz en el epílogo de su Laberinto de la soledad nos invita a meditar sobre la vida y la muerte, podemos comprender qué se quiere decir en el verso "Nacer es morir y morir es nacer". Los creadores que recordamos nos enseñan que todo hombre honrado, cualquiera sea su condición, nace dos veces en las vicisitudes de su biología y de su biografía; sin duda que el nacimiento cultural a través de la arquitectura del Arte de la Palabra, es el que determina y justifica el sentido y la permanencia de cada cual en el peregrinar por este mundo.
De Martín Cerda destaco su bonhomía y desprendimiento para prometer a los escritores en ciernes, y no dejo de compartir su admiración por Montaigne. La palabra quebrada y sus Ideas sobre el ensayo son la confirmación de su perspicacia que nadie puede ignorar. De Alfonso Alcalde, quien escribió siempre al borde de la fosa común, guardo en mi memoria sus Variaciones sobre el tema del amor y la muerte. Unos maleantes de la cultura, el 11 de septiembre de 1973, le quemaron su casa con su biblioteca adentro, convirtiendo en cenizas el trabajo de toda una vida. De Roque Esteban Scarpa no puedo dejar de nombrar su ensayo El hombre perdido en el mundo, raíz y tema de la poesía contemporánea, escrito en 1954, del cual se infiere que él auténtico viador de la aventura intelectual y de la literatura no se puede confundir con el drogadicto o con la insuperación del estigma de la maldición como fatalismo que obnubiló la sensibilidad de Baudelaire y Rimbaud.
Nunca han dejado de emocionarme las novelas de Carlos Droguett, escritor que de tanto aislarse en su exilio, una enciclopedia lo dio por muerto en 1992. Poco quería saber de la literatura actual prefabricada por el marketing, porque consideraba que se estaba convirtiendo en mercancía. Por su parte, José Donoso, con novelas como Este domingo, El lugar sin límites, La luna en el espejo, Casa de campo y El obsceno pájaro de la noche, advierte que la palabra de un novelista es el país, el amor, la familia. Para Donoso escribir es narrar lo que se sabe, un proceso de reconocimiento. Y el último de nuestros novelistas físicamente ausente, Adolfo Couve, buscando su perfección en la síntesis de los recursos expresivos, también incluye el tema del deterioro y concibe la literatura cómo búsqueda del amor y la queja. Afirmaba que escribir es vivir dos veces, un terremoto, un cataclismo. Decía que sólo cuando lo escrito y lo vivido tienen la misma intensidad se produce la verdadera obra literaria.
Escuchar a los escritores muertos es verificar que lo inefable irrumpe en un relámpago. Abrir sus libros, más que una necesidad, es no permitir que se nos escape la emoción de lo que nos hermana y queremos. En el acto de leer y declamar nos encontramos inaugurando en porvenir. Cuando lo jóvenes de la década de los sesenta leíamos de Octavio Paz El arco y la lira, Libertad bajo palabra o su poema "Piedra de Sol", yo me instalaba en mi provincia a la orilla del río Aconcagua y desde entonces fui descubriendo que la poesía ayudaba a elevar a la inteligencia de los hombres, a descubrir lo que estaba al otro lado de las máscaras. Con Octavio Paz y sus contemporáneos, he podido mirarme en el "Espejo enterrado" de mi yo latinoamericano, he ido superando el temor de descubrirme y creo haber solidarizado con sor Juana Inés de la Cruz a quien la fe le hizo trampas; he aceptado el origen de mi bastardía, mascado el pan mezquino del lado oscuro de la Colonización y también la riqueza, explosiva y genésica de nuestro Barroco latinoamericano. Después de tantas certezas que se acuñaron sin mirar el horizonte, ya no importa que Colón no descubriera América; son los escritores, desde la "tradición de la ruptura" quienes están respondiendo y recuperando lo que nos pertenece.
JOSÉ ALBERTO DE LA FUENTE A.











