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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.33 Valparaíso  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552011000100051 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos
XXXIII (Valparaíso, Chile, 2011)
[pp. 768 - 771]

BIBLIOGRAFÍA

Rus, Salvador, Tanto Monta… Lecciones históricas de las decisiones de Fernando el Católico (Prólogo de Josep Tapiès, Madrid, LID Editorial Empresarial, 2010), 304 páginas.

 


 

Lo primero que choca de este libro es que se trata de una obra de difícil catalogación genérica. No es, ciertamente, una biografía escrita conforme a estándares científicos, como puede ser la ya clásica de Jaime Vicens Vives (Historia crítica de la vida y reinado de Fernando II de Aragón, Zaragoza, 1962) o las más recientes de Gustavo Villapalos Salas (Fernando V de Castilla, 1474-1516, Palencia, 1998), Ernest Belenguer (Fernando el Católico. Un monarca decisivo en las encrucijadas de su época, Barcelona, 1999) o Luis Suárez (Fernando el Católico, Barcelona, 2004). Tampoco es una novela histórica, en la línea de las magníficas Yo, Claudio, de Robert Graves, o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Y ni siquiera es asimismo un libro de gestión empresarial con motivos históricos o filosóficos, como por imitación del mercado anglosajón viene dándose también en los países de habla hispana en los últimos tiempos, al estilo de libros como los de Alistair McAlpine (El nuevo Maquiavelo: Realpolitik renacentista para ejecutivos modernos, Madrid, 1999), José Luis Sanchís (Maquiavelo y Borgia: teoría y práctica para directivos, Madrid, 2000), Stanley Bing (¿Qué haría Maquiavelo?, Barcelona 2001), Anthony Jay (Maquiavelo: lecciones para ejecutivos, Barcelona, 2002), Donald G. Krause (El Arte de la Guerra para ejecutivos, Madrid, 2006) o Fausto Marsol (Maquiavelo para gestores contemporáneos: cómo llegar a ser príncipe de la gestión, Málaga, 2010). Esta obra que comentamos no responde a ninguno de esos modelos y, a la vez, es todos ellos a un tiempo.

En efecto, formalmente se presenta el libro como una novela histórica, una autobiografía novelada del rey Fernando el Católico en la que se traza un retrato de la época desde los ojos del propio rey, una época decisiva para la historia de España, pero también de Europa y del mundo, en cuanto que en ella se produjo la unión de los reinos peninsulares (con la excepción, siempre lamentada por el rey Católico, de Portugal), la salida del Islam (en tanto que potencia política) de la península Ibérica, la conversión de España en una potencia hegemónica en Europa y, sobre todo, el Descubrimiento de América y el comienzo de la expansión atlántica de las potencias europeas y el inicio de un proceso globalizador cuyas consecuencias aún hoy no han terminado de vislumbrarse. Pero, a pesar de esta apariencia formal, la realidad es que este libro se encuentra muy distante de ser una novela histórica al uso. Hay varias razones que avalan esta afirmación que aquí hacemos.

En primer lugar, la propia personalidad de su autor. Salvador Rus es un académico e intelectual polifacético (Catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad de León, España, Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la misma Universidad y, más recientemente, Coordinador de Investigación del Instituto de Humanidades de la Fundación CEU-San Pablo) de inmensa obra en el campo de la filosofía, la economía y la historia del pensamiento jurídico y político (su opus magnum más reciente en estos campos es su magnífico y eruditísimo estudio sobre los Comentarios a la ‘Política' de Aristóteles en la Europa Medieval y Moderna Siglos XII al XVII, Madrid, 2008, aparte de sus traducciones y estudios de la Ética a Nicómaco y la Política de Aristóteles). A pesar de ser un autor polígrafo que frecuenta también las páginas de la prensa diaria, es simplemente inimaginable que una obra suya no esté siempre marcada por un poso intelectual en que se trasluce su cultura enciclopédica y que la convierten de inmediato en una obra erudita alejada del modelo del novelista al uso (y no digamos del modelo de novela “histórica”, trufada de elementos fantásticos y hasta grotescos, que en los últimos tiempos inunda nuestras librerías, por desgracia con extraordinario éxito de público y, lo que es más grave, en ocasiones también de crítica).

En segundo lugar, en parte a consecuencia de lo dicho anteriormente, encontramos el estilo con que está escrita la obra: no presenta una narración lineal salpicada de anécdotas, con descripción física y caracterización psicológica de los personajes y con chispeantes diálogos a lo largo de sus páginas que pretenden introducir al lector en una cotidianeidad que nunca podría ser la suya. Por el contrario, esta “novela” se asemeja mucho más a un ensayo, un ejercicio de reflexión retrospectiva sobre una época, con unos personajes que representan más a fuerzas enfrentadas que se mueven en un escenario preconfigurado que individuos que se van construyendo a medida que se suceden los acontecimientos. El “artificio” novelesco de que se vale el autor es ingenioso y útil para lograr ese objetivo de trocar un discurso ensayístico en una suerte de literatura de ficción: la presentación formal del texto como un manuscrito entregado por el abad de Yuste al emperador Carlos V a la llegada de este al monasterio para su retiro, en el cual estaría supuestamente contenida una autobiografía de Fernando el Católico, escrita por él mismo en sus últimos días precisamente con la finalidad de que fuera leída por su nieto y le sirviera de orientación en la difícil tarea de gobernar el inmenso territorio que, justo por la hábil política dinástica de su abuelo, le había correspondido. De ahí, por tanto, que solo pueda ser una novela en la medida en que una autobiografía redactada por alguien no experto en el arte de la narración pudiera serlo.

Pero, por fin, en tercer lugar, hay otra razón aún más poderosa por la que difícilmente podría calificarse esta obra de “novela” como tal, y es el hecho de que sus 22 capítulos y un epílogo, en los que se van narrando las vicisitudes vitales y, sobre todo, políticas de Fernando el Católico, vienen siempre cerrados por una páginas (destacadas por su fondo sombreado) donde se contienen una serie de reflexiones, derivadas más o menos inmediatamente de los hechos históricos narrados con anterioridad, dirigidas a los gestores de una empresa familiar y a través de las cuales se trata de extraer “lecciones” (de ahí el subtítulo de la obra) que puedan resultar útiles para la práctica empresarial al día de hoy (que el A. conoce bien, ya que es un asimismo un brillante empresario). Este es el punto que hace más singular a esta obra y la sitúa en relación de parentesco relativamente cercano con esas otras de “Maquiavelo para ejecutivos” mencionadas anteriormente. Y ello no es extraño si tenemos en cuenta que precisamente Fernando el Católico era el modelo de príncipe renacentista para sus contemporáneos (“Del rey débil que era ha venido a ser, en la fama y en la gloria, el primer rey de los cristianos […] Ha hecho y tramado cosas grandes, las cuales siempre han tenido suspensos y admirados los ánimos de sus súbditos” dice de él el genial secretario y político florentino en El Príncipe, seguramente aún impresionado por los éxitos militares del Rey Católico en territorio italiano, gracias, por cierto, al talento táctico y estratégico del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, cuyas hazañas, sin embargo, fueron luego malamente pagadas por el monarca; “gran Maestro del arte de reinar, el Oráculo mayor de la razón de Estado”, lo califica Baltasar Gracián en su opúsculo El Político Don Fernando el Catholico de 1640). En palabras del propio autor, Fernando el Católico construyó algo que es universal, que iba a expandirse y perdurar, como debe ser una empresa, de ahí que sus principios de actuación política presenten evidentes ecos de actualidad, pero no para el campo de la política real (donde la emergencia del paradigma democrático y de los derechos humanos hacen inasumibles muchos de sus criterios de actuación), sino de la práctica empresarial, donde es la competencia, y no la cooperación, la idea que prima. En opinión de Rus, el rey Fernando, en efecto, no vio nunca enemigos, sino competidores, con los que eventualmente se podía entender, se aliaba o rompía las alianzas, nadando siempre entre dos aguas: es decir, una actitud útil y conveniente en el moderno mundo de los negocios (que, por cierto, también comienza a adquirir carta de naturaleza en la época del reinado de don Fernando, algo de lo que el rey fue también consciente, aunque es un aspecto que la obra que comentamos deja un poco de lado). Asimismo, otro elemento significativo de su modo de reinar fue su capacidad de reconocer y aprender de sus errores, así como la extraordinaria capacidad estratégica que lo adornaba, si bien, en cambio, carecía de la visión táctica de su esposa Isabel I. También se destaca la excelente capacidad de comunicación, que el rey demostró a lo largo de todo su reinado, con personajes de muy diversa índole, y en primer lugar con los núcleos dirigentes de los diversos reinos que le tocó gobernar, lo que se considera ahora una habilidad imprescindible para cualquier líder empresarial al día de hoy, en un mundo tan complejo pero extraordinariamente conectado e interrelacionado como es el actual. Y, por fin, un factor no menor en su labor política, que tendría una proyección decisiva en la historia posterior de los reinos de España, pero también del resto del mundo, fue su concepción de la familia y su firme convencimiento de la necesidad de asentar y fortalecer sólidos lazos de parentesco con otras familias gobernantes, pero sin descuidar un ápice la cohesión interna de la propia familia: un rasgo de su personalidad y de su política que está oportunamente destacado en esta obra, como no podía ser menos teniendo en cuenta que se dirigen estas reflexiones principalmente a quienes puedan encontrase en la situación de tener que gestionar una empresa familiar (que, en el límite, somos todos nosotros, puesto que, ¿acaso no toda familia es de algún modo como una pequeña empresa?).

Ahora bien, si en todos estos elementos podemos ver cierto parecido de esta obra, a este respecto, con los libros de gestión empresarial que hemos mencionado anteriormente, la distinguen, en cambio, de ellos ciertos elementos: por un lado, la inmensa cultura que se trasluce de sus páginas (y no un simple aderezo con citas mal sacadas de Nicolás Maquiavelo o del Arte de la guerra de Sun Zu); y, por otro, el contenido moral que está siempre presente en sus reflexiones: no se trata de un mero repertorio de “consejos tácticos” o trucos más o menos tramposos brindados a un tiburón empresarial, pedantemente revestidos del lenguaje de los clásicos y desprovistos de todo fondo filosófico fuera de la pura ‘filosofía' del éxito y la codicia, sino que aquí se presentan una serie de reflexiones de corte predominantemente ético, donde se apela a las virtudes que deben acompañar también al dirigente empresarial, máxime cuando la empresa que ha de gestionar es de tipo familiar; palabras como confianza, colaboración, responsabilidad (también social, algo a lo que los manuales al uso de ‘estrategia' empresarial son alérgicos) o incluso amor están continuamente presentes a la largo de estas páginas, como no podía ser de otro modo viniendo de un consumado conocedor de la obra aristotélica.

Ahora bien, dicho todo esto (que no es más que una pequeña muestra de lo que sugiere la lectura de este curioso libro), la pregunta que podría asaltarnos es: ¿y cuál es la utilidad o la relevancia que esta obra puede presentar para el historiador del Derecho? Pues, aparentemente, bastante poca (salvo que queramos buscarle, quizá, alguna lectura en clave de “análisis económico del Derecho”, pero ello sería, en todo caso, con un pie muy forzado). El libro no es (ni pretende serlo) un nuevo estudio biográfico de la personalidad o la obra de Fernando el Católico (aunque sí posea, obviamente, interpretaciones personales, a veces un tanto arriesgadas, sobre determinados aspectos de la vida del protagonista, a menudo motivados por el propio artificio narrativo y la necesidad de dotar de cierto espesor psicológico al personaje) ni tampoco presta especial atención a los aspectos jurídicos (y cuando lo hace, en ocasiones, incurre en graves anacronismos, como sucede, por ejemplo, en la p. 140, donde se habla del pacto entre los Reyes Católicos y el “rey” –en realidad, emir– Boabdil con vistas a la entrega de Granada, y se dice que “una vez que concluyeran las operaciones contra al-Zagal, él entregaría Granada a cambio de un ducado que sería como una reserva musulmana donde se garantizarían a sus habitantes los derechos esenciales de toda persona: la vida, la libertad y la profesión de sus creencias”: es a todas luces inverosímil que a finales del siglo XV, en plena construcción del que sería, tal vez, el primer “Estado moderno” de la historia, pudiera pensarse en términos de “reservas” de minorías religiosas, o, más aún, de “derechos esenciales de la persona”; es claro que no se trata sino de una concesión al lenguaje del gran público, fin de hacer entender el relato a la mentalidad contemporánea y de edulcorar la imagen del monarca… en definitiva, una “licencia poética” propia de un género que no es, obviamente, la historia científica). ¿Significa eso, en cambio, que carezca de todo interés “científico” para el historiador del Derecho? No lo creemos así. Aparte de otras virtudes que lo adornan (la gran erudición que está en su base, el ágil estilo literario, la sobria pero completa exposición de los principios que deben inspirar a toda empresa familiar, su propia edición, cuidada y atractiva), el libro contiene una aportación, a mi juicio fundamental, para el historiador del Derecho en cuanto científico social y humanista: el hecho de probar que el conocimiento de la historia –pero un conocimiento serio y riguroso y no espurio, como por desgracia se observa en algunos otros libros de gestión de los mencionados con anterioridad– , es capaz de proporcionar conocimientos y habilidades útiles y valiosos para un empresario moderno y es un instrumento válido para analizar con provecho los problemas sociales del presente. Si esto es así para el caso de una disciplina tan aparentemente aséptica y fría como la “business administration”, ¿cuánto más no lo será para una disciplina mucho más valorativa y mucho más ligada a las vicisitudes de la historia como lo es el Derecho? Al fin y al cabo, como sabemos bien al menos desde Savigny, todo Derecho es esencialmente histórico (y, por tanto, toda ciencia jurídica que se precie es, inmediatamente, historia del Derecho). Este libro nos corrobora que la ciencia social moderna no está desligada del conocimiento de la historia, que sigue siendo (como siempre lo fue) magistra vitae, un depósito de valor atesorado a lo largo de los siglos, que ninguna disciplina que pretenda afrontar seriamente los problemas contemporáneos puede preterir. Esta es la gran lección que se obtiene de este libro, cuya lectura, por tanto, será sin duda provechosa para el historiador del Derecho (y no sólo este, naturalmente, sino tanto más el historiador de la economía) a fin de ayudarle a hacerse más consciente de la importancia de su oficio y a perseverar, por tanto, en su cultivo, particularmente en un tiempo sombrío para las humanidades, en general, y para la historia, en particular, un “lujo” del que, como nos ha recordado recientemente Martha Nussbaum (Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, trad. esp., Madrid, 2010), la democracia moderna no puede prescindir, si pretende continuar reconociéndose como tal.

Francisco J. Andrés Santos

Universidad de Valladolid

España