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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.33 Valparaíso  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552011000100022 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos
XXXIII (Valparaíso, Chile, 2011)
[pp. 659 - 665]

BIBLIOGRAFÍA

Aurell, Martin - Tonnerre, Noël-Yves (editores), Plantagenêts et Capétiens: confrontations et héritages (Turnhout, Brepols Publishers, 2006), 524 pp.

 


 

Este libro tiene su germen en el Congreso Internacional celebrado conjuntamente por las Universidades de Poitiers y de Angers (13-15 mayo de 2004) con ocasión del octavo centenario de la muerte de Leonor de Aquitania y de la pérdida de Anjou y Normandía por parte de Juan Sin Tierra. En los últimos años han ido apareciendo una serie de trabajos muy significativos, a la vez que reediciones de clásicos, sobre los aspectos políticos y jurídicos relacionados con la figura de la reina Leonor.

Martin Aurell, catedrático de la Universidad de Poitiers, inicia este Congreso planteándose las causas de la debacle de 1204 (pp. 3-14). Efectivamente, con la muerte de Leonor el 1 de abril de 1204, comenzó un período de reclamación de numerosos territorios. De hecho, Leonor, reina de Francia (1137-1152) y de Inglaterra (1152-1204) se constituyó en el personaje más relevante de estos territorios conocidos como el Imperio Plantagenêt (p. 3). Han sido numerosas las explicaciones que los medievalistas han propuesto para explicar el desmembramiento territorial en ese año. En 1154 Enrique II, marido de Leonor, fue coronado Rey de Inglaterra, y la Bretaña y la parte oriental de Irlanda pasaron a estar bajo el poder de Enrique II. Los autores contemporáneos han reprochado a Leonor el haber antepuesto la política en detrimento de sus dos esposos, con los que tuvo once hijos. De hecho, fomentó una rebelión en 1173 contra su marido, lo que propició treinta años más tarde el desmembramiento del Imperio de la dinastía Plantagenêt, a consecuencia de la disputa familiar (p. 4). El 25 de mayo de 1199, poco después de la muerte de Ricardo Corazón de León, Juan Sin Tierra fue coronado rey de Inglaterra, si bien Arturo de Bretaña respondió a esta sucesión con las armas. Además, surgió una oposición bretona a Juan Sin Tierra, a consecuencia de sus torpezas políticas. Tenemos que señalar que la situación era diferente en Anjou y Aquitania, principados de la dinastía Plantagenêt (p. 7).

Nicholas Vincent reflexiona sobre el patronato, las políticas y las relaciones personales en las cartas manuscritas de Leonor de Aquitania (pp. 17-60). Los momentos más relevantes de la vida de Leonor fueron entre 1154 y 1160, entre 1168 y 1173, desde 1189 a 1194 y en 1199, periodos en los que ejerció una gran influencia política. De la lectura de la correspondencia de Leonor, emergen dos aspectos importantes: en primer lugar, que Leonor fue en muchos puntos una gran dirigente tanto de Francia como de Inglaterra. Vincent reseña que “su patronato religioso no fue especialmente generoso ni particularmente extenso” (p. 25). Es más, mostró una cierta indiferencia en la materia. Por otro lado, en sus cartas también se incluían actos de patronato secular. Tanto Leonor, como su marido Enrique II, emplearon el término “Dei gratia” en la mayoría de sus cartas datadas antes de 1154, al tiempo que utilizaban la primera persona del plural, en imitación del estilo oficial de la Corte. Leonor se relacionó con un gran número de mujeres aristocráticas. Asimismo, Leonor se presentaba como una fémina que adquirió una gran experiencia en campañas militares (p. 50).

Ursula Vones-Liebenstein nos ofrece un análisis también de este entrañable personaje como es Leonor de Aquitania, a la vez que de Enrique el Joven y la revuelta de 1173 (pp. 75-93). De hecho, las tensiones entre los Plantagenêt y los Capetos datan de la noche del 5 al 6 de marzo de 1173, cuando Enrique el Joven huyó de la Corte de su padre Enrique II para ejercer su derecho a la Corte de su padrastro Luis VII. Su hijo mayor, Ricardo, fue decarado duque de Aquitania y su hijo Godofredo, duque de Bretaña. Para comprender la actitud de Leonor en la revuelta es necesario conocer los antecedentes del conflicto y el impacto que el mismo generó entre Enrique II y Tomás Becket. En realidad, el levantamiento de 1173 no fue una simple revuelta nobiliaria como tantas otras, sino el resultado del enfrentamiento entre Enrique II y un anciano canciller (p. 78). En el tratado de Montmirail, celebrado en enero de 1169, Enrique II anunciaba su intención de repartir su imperio entre sus tres hijos mayores. En el plazo de seis semanas Anjou, Bretaña y Aquitania se sublevaron contra el monarca de la dinastía Plantagenêt (p. 86). A primera vista la situación de 1173 parecía esencialmente diferente de la de 1104 en la medida en que Enrique II no estaba separado de la Iglesia, sino reconciliado con ella.

Elisabeth Van Houts se refiere a la figura de la mujer en el reinado Plantagenêt (pp. 95-112). Ciertamente, en esta época existía una especial preocupación respecto a la maternidad y la educación de los hijos (p. 98). Paradigmáticos fueron los casos de las reinas Matilde de Bolonia y Leonor de Aquitania, que tuvieron varios hijos, y en algún supuesto nacieron muertos. Por otro lado, la situación en términos dinásticos fue precaria, en particular a consecuencia del divorcio de Leonor con Luis VII, que en realidad fue producto de que sólo trajeron al mundo dos hijos y a las muertes prematuras de los herederos de los reyes anteriores (p. 99). Elisabeth Van Houts concluye que “en el curso de la primera mitad del siglo XII, los hombres y mujeres de la aristocracia en el suroeste de Francia podían recibir ocasionalmente una educación en común por parte de los profesores que enseñaban conjuntamente a sus hijos e hijas” (p. 104).

Con el título “Leonor de Aquitania y sus hijos: ¿una relación afectiva?” Hanna Vollrath (pp. 113-123) se refiere a la necesidad de conocer la vida afectiva de los hombres de la Edad Media en la medida en que resultaba indispensable para conocer su forma de actuar. En los distintos textos se observaban ciertos prejuicios. Uno de los temas estrellas era la cólera, que adquirió un enorme protagonismo en los textos medievales. En algún texto un personaje de la época consideraba al ser humano como digno de fe cuando confesaba disimular sus pasiones, sus filias y sus fobias, y ser hipócrita. Por otro lado, resulta evidente que la percepción de las emociones se presentaban como una manifestación de las percepciones del autor impregnadas por las concepciones dominantes de su tiempo (p. 116). En realidad, en la época que vivió Leonor se escribieron no sólo textos de historiografía medieval, sino también otros autobiográficos (p. 123).

La influencia y el poder de las mujeres en Poitiers en tiempos de Leonor de Aquitania es analizada por la pluma de Géraldine Damon (pp. 125-141). Las escasas crónicas que nos han llegado del siglo XII son todas androcéntricas y en ellas ha quedado constancia de una degradación global del lugar que ocupaban las mujeres, que estaban relegadas a un segundo plano. A lo largo del siglo en que reinó Leonor se produjeron numerosas transformaciones que sirvieron para mejorar la condición jurídica y la valoración social de las mujeres. En el siglo XI se impuso la degradación y fueron muy pocas las menciones expresas a las mujeres en Poitiers en la segunda decena del s. XI (p. 127). En la sociedad medieval, la familia ofrecía a la fémina y a los demás miembros protección y cierto privilegio. Por otro lado, la voluntad de preservar el patrimonio familiar se verificaba también en la dote matrimonial (p. 134). La época de Leonor fue una fase de transición entre una primera época feudal donde predominaba la actividad militar y donde se le podía atribuir a las mujeres un feudo, y un segundo período en donde se formalizó el elemento personal en las relaciones feudo-vasalláticas a favor del dominio.

Maïté Billore investiga sobre si hubo una opresión de los Plantagenêt sobre la aristocracia en Normandía en vísperas de 1204 (pp. 145-161). Con su llegada al poder en 1154, Enrique II otorgó, como establecía la tradición, una carta a sus “condes, barones y fieles franceses e ingleses” (p. 145). Sin embargo, sugirió un programa político poco ventajoso para la aristocracia. Contrariamente a sus predecesores, Enrique II se atribuyó el título de “rey por la gracia de Dios” y no “rey de Inglaterra, coronado por la misericordia de Dios y por el común consenso de los barones de todo el Reino”. Aunque hubo aspectos sobre los que se ejerció cierto control y hasta determinada represión política en Normandía, también hay que reseñar que en algunas cuestiones no se actuó de forma represiva, como en las alianzas matrimoniales, la exacción de impuestos, etc. Los Plantagenêt intervinieron también en la conclusión de alianzas en la sociedad nobiliaria normanda para evitar los acercamientos que pudieran ser considerados como no deseables (p. 157). La política llevada a cabo por la dinastía Plantagenêt en contra de la aristocracia normanda podía ser considerada claramente de autocrática (p. 160).

A los últimos años del régimen angevino en Normandía se refiere Daniel Power (pp. 163-192). Power afirma que se puede decir que “la caída del régimen ducal en Normandía fue consecuencia del desmoronamiento del poder Plantagenêt en Francia” y una de sus causas fue la división en grupos provinciales (p. 164). Algunos autores han atribuido la decadencia de Normandía como un aspecto del fin de la “edad de los principados” en Francia (p. 166). Por otro lado, D. Power considera muy probable que la experiencia de la justicia ducal suscitase sentimientos que consideraban que los Tribunales ducales tenían que cumplir las leyes entre los normandos que frecuentaban dichas cortes judiciales, si bien no era infrecuente de que surgiese la idea de que no se debía cumplir entre los súbditos ingleses (p. 175).

Una perspectiva marítima sobre el ducado de Bretaña y la política Plantagenêt en los siglos XII y XIII nos la ofrece Judith Everard (pp. 193-210). Enrique II quería controlar y conquistar Bretaña, por motivos de estrategia territorial. En efecto, los Plantagenêt no podían aceptar la presencia de una provincia independiente y hostil; por otro lado, Bretaña presentaba una posición capital en las rutas de la navegación comercial. De hecho, el simple hecho de bordear la costa representaba un serio peligro a consecuencia de los piratas. Efectivamente, desde 1204, las naves normandas, bajo la protección de los Capetos, constituían un peligro añadido. Las divisiones ocasionadas por la sucesión de Ricardo I provocaron dos crisis, en 1195 y en 1199, pero la situación anterior a la misma fue restablecida a finales del año 1199 (p. 203). De hecho, los intereses territoriales de Juan Sin Tierra, que en 1189 fue nombrado conde de Mortain, también se extendieron a las costas del mar de Irlanda. Pero la situación política cambió de forma importante en 1203, cuando los obispos y barones de Bretaña adoptaron decisiones de forma independiente de los Plantagenêt, lo que implicaba la pérdida por parte de los Plantagenêt de la Bretaña.

Noël-Yves Tonnerre nos acerca de forma somera a la figura de Enrique II (1151-1181) el más grande de los Plantagenêts (pp. 211-225). Nació en Mans, el 5 de marzo de 1133. Este monarca de Inglaterra conocido como el “león indomable”, en realidad se presentó como el artífice de un vasto Imperio. Su reconocimiento como conde de Angers marcó su primer acto político, y el 19 de diciembre de 1154, fue coronado rey de Inglaterra. Años más tarde, entre 1163-1165, llevó a cabo largas estancias en Inglaterra. Noël-Yves Tonnerre destaca que su reinado “estuvo marcado por una aceleración de los procesos”, a consecuencia de la revuelta de 1173-1174 (pp. 219-220). Asimismo destaca su sensibilidad por las cuestiones económicas y los problemas financieros.

Una figura importante, sin duda, sería la del señor Juhel de Mayenne (pp. 227-265). Una de las grandes aportaciones de Juhel II de Mayenne fue que se implicó en gran medida en los asuntos de Francia y propició de este modo la unión de territorios limítrofes. Juhel es un nombre de origen bretón, que apareció con Juhel I (fallecido en 1161), abuelo de Juhel II. Los Mayenne se unieron con linajes normandos y franco-anglo-normandos (p. 233). En realidad estas alianzas llevadas a cabo en tiempos de Juhel II respondían a los mismos objetivos. De hecho, los señores de Mayenne mantuvieron un largo contencioso territorial con los normandos que movilizaron rápidamente a todos sus hombres. Pero fue sobre todo bajo Enrique II cuando la actitud de los Mayenne se volvió fluctuante y contradictoria. Con el tiempo se impondría el linaje de los Capetos. Por otra parte, Annie Renoux considera que Juhel participó de forma activa en la revuelta de 1183, ya que su adhesión al movimiento quedaba confirmado en un texto, si bien está fechado por error en 1184 (p. 243), aunque no fue hasta 1199 cuando Juan Sin Tierra fue coronado rey de Inglaterra y duque de Normandía.

Bernard S. Bachrach nos acerca al arte de la guerra angevina (pp. 267-284). Esta cuestión es de gran importancia en la medida en que la innovación tecnológica se presenta como el elemento más importante en la táctica y estrategia de la guerra. Para la comprensión del arte de la guerra angevina es necesario reseñar la tradición medieval occidental, tradición marcada por Enrique II y sus antepasados (p. 269). No menos importante se presenta en esta época, en el ámbito estudiado, la figura de Carlomagno. En los libros sobre campañas militares una figura destacada fue también la del Duque Guillermo el Grande (fallecido en 1301). Es importante señalar que “los condes angevinos cultivaron una relación de simbiosis entre los responsables políticos y los intelectuales” (p. 278). De hecho, los condes angevinos se sirvieron de las ideas de Vegecio, así como de las aportaciones de otros autores de la época romana. La estrategia seguida por los angevinos se basaba en que las batallas potencialmente decisivas debían ser evitadas a toda costa si esto era posible (p. 280).

Frédéric Boutoulle estudia el territorio de Gascuña bajo los primeros Plantagenêts (pp. 285-317). El ducado de Gascuña, junto a otras pertenencias, constituía una parte importante de los territorios de los Plantagenêts (p. 285). Los historiadores se encuentran, sin embargo, con la dificultad añadida de delimitar con precisión en el s. XII el ducado de Gascuña. A pesar de ello, existe constancia de que las primeras apariciones de Enrique II en Gascuña datan de diciembre de 1156. Pero fue, a partir de 1170, cuando Enrique II comenzó a intervenir cada vez más sobre este territorio. Ricardo, duque de Aquitania (1170-1199) delimitó las fronteras de Gascuña. Los esfuerzos de Ricardo en Gascuña supusieron también un refuerzo del señorío ducal (p. 307). Los primeros Plantagenêts también introdujeron una reserva sobre el derecho de guarda de las herencias y bienes de sus nobles fallecidos (p. 310).

Marie-Pierre Baundry analiza los enfrentamientos entre la casa de los Plantagenêts y los Capetos a finales del s. XII (pp. 319-357). Además, la casa se presentaba como una marca esencial de afirmación de la autoridad del Príncipe en sus dominios. A finales de dicho siglo, destacaban los progresos en el arte de la guerra y la evolución del armamento. Una descripción de las principales mansiones se encuentran recogidas en las pp. 322-338, así como los planos y las imágenes en las pp. 342-357. De hecho, la construcción de las casas representaban la afirmación del poder político en la Edad Media.

Kimberly A. LoPrete estudia el conflicto Plantagenêt-Capetos por las fronteras territoriales (pp. 359-375). Como afirmaba Juan de Salisbury en su Historia pontificalis, las crónicas podían ser utilizadas para testimoniar las reivindicaciones sobre las tierras y los derechos que se tenían. El programa político de los condes Teobaldos en el s. XII representaba la consecuencia lógica del seguido por Teobaldo III. Éste y sus sucesores resolvieron cualquier reclamación de intereses territoriales utilizando la vía judicial. Su sucesor, Teobaldo IV, se enfrentó con el conde de Anjou o sus seguidores. En 1120 la paz establecida fue anulada tras la muerte accidental de Guillermo de Inglaterra, también conocido como Guillermo Atheling. Por otro lado, Teobaldo en todo momento prestó apoyo a las pretensiones de su hermano Esteban respecto a la sucesión de Enrique I tanto en Normandía como en Inglaterra, con la intención de reconquistar Tours.

La relación entre los reyes ingleses respecto a los reyes franceses en el s. XII, así como la controversia generada sobre la existencia de algún tipo de homenaje que indicara relación alguna de vasallaje es planteada por Klaus van Eickels (pp. 377-385). En el s. XII, el ducado de Normandía representaba la más importante de las posesiones continentales de los soberanos ingleses. Lot ha determinado la existencia de una relación de vasallaje entre los reyes de Inglaterra y los reyes de Francia en el siglo en cuestión. Klaus van Eickels admite que a fecha de hoy aún desconocemos si los ducados normandos en el s. XI prestaron algún tipo de homenaje a los reyes franceses (p. 380). De ahí la controversia surgida sobre esta cuestión.

William Chester Jordan se refiere a los judíos de la Francia del oeste durante la transición de los angevinos a los Capetos (pp. 387-394). En realidad en este apartado se analizan las conquistas territoriales de Felipe Augusto y la imposición del reino capeto sobre los judíos de los feudos de Normandía, Maine, Anjou y Touraine. Chester Jordan señala que considerados conjuntamente, los judíos del territorio del oeste francés serían entre 4.000 y 5.000, y estarían sometidos al control capeto, y asentados sobre un territorio con unos dos millones de cristianos (pp. 389). Asimismo, Blumenkranz ha estimado que aproximadamente unos 1000 judíos habitaban Anjou en 1269. Por otro lado, analizar el impacto sobre los judíos de los combates hacia 1204 se presenta como una tarea ardua y difícil, según la documentación que nos ha llegado. A finales del verano de 1204, Felipe Augusto reconoció indirectamente el derecho de los judíos en las tierras nuevamente conquistadas siempre que vivieran de acuerdo a las reglas y las costumbres tradicionales.

John Gillingham comenta los acontecimientos acaecidos en la emblemática fecha de 1204, a partir de un obituario de Ricardo Corazón de León y analiza varios textos (pp. 397-411). Poco tiempo después de la muerte de Leonor de Aquitania, un anónimo londinense escribió “regina generosa et domina animosa et locuplex” (p. 397). En las pp. 401-403 se recogen los dos textos comentados en las páginas siguientes: el texto A (Manchester Rylands lat. 155 f. 125) y el B (BL Add. ms. 14252, fols. 86-87). En el pasaje sobre la sepultura de Ricardo (B 21-24) detalla su enterramiento con cierto detalle y precisión que es conveniente tener en consideración. En un pasaje utiliza la llamativa expresión “stupor mundi”.

La figura de Benito de Sainte-Maure y su ideología sobre los Plantagenêt ha ocupado algunas páginas de Peter Damian-Grint (pp. 413-427). Este personaje, originario de la región de Tours, fue un escritor francés del s. XIII. La obra que le confirmó fue su Roman de Troie (1160-1170), dedicada a la guerra de Troya, que estudia la figura de Leonor de Aquitania. Consta de 30.000 versos, mientras que su Chronique des ducs de Normandie de unos 45.000. Esta última obra fue ordenada por el rey Enrique II. En la primera de ellas propone una visión expresamente providencial del mundo (p. 416). Damian-Grint califica a Benito como el historiador “más opaco” de su generación que escribía en lengua vulgar (p. 417).

Scott Waugh ha tratado cuestiones tan diversas como la Historia, la hagiografía y la soberanía ideal en la corte de los Plantagenêt (pp. 429-446). La soberanía ideal y su antítesis -la tiranía- han sido tradicionalmente objeto de examen de la filosofía política y evocadas entre los eruditos del s. XII. Los autores de la época detallaban el modelo de soberanía ideal invariable en todos los Pueblos. Gautier Map diferenciaba a los gobernantes según sus instrucciones morales; de hecho, atribuía al Príncipe los atributos del orden y la justicia, sensible a los consejos. Por el contrario, los tiranos habrían cedido a la cólera, de ahí que sus reinos estuviesen inmersos en la guerra y el desorden. Por otro lado, la hagiografía pretendía mostrar la moral como algo ornado por la divinidad. También analiza el pensamiento de otros historiadores como Wace (pp. 439-441), que elogiaba en su Roman de Rou la figura de Ricardo I, duque de Normandía, como modelo de buen soberano. Para Wace los modelos de tiranía que contrastaron con los duques normandos ideales fueron los reyes franceses y sus aliados, enemigos de los normandos.

Bruno Lemesle hace referencia a la causa del pueblo en la obra Vie de Geoffroy, de Juan de Marmoutier (pp. 447-459), miembro de la familia Plantagenêt, si bien también está dedicada a su hijo Godofredo V de Anjou. Esta obra fue escrita en 1170 o 1180 y la dedicó al obispo de Mans Guillermo de Passavant (1145-1187), administrador de Godofredo. La Vita está compuesta por dos libros, aunque el segundo jamás ha aparecido. Lemesle considera que existió un acuerdo entre el conde Godofredo y el abad Mateo de Saint-Florent de Saumur, entre 1145-1150 (p. 451). Por otro lado, Juan de Marmoutier nos ofrece una visión muy arcaica del modelo político-administrativo del territorio gobernado por Godofredo V de Anjou. Por ello, Marmoutier reclamaba que se pusieran en práctica diversas reformas en el ámbito administrativo y financiero.

A los obispos del Imperio Plantagenêt y a los reyes angevinos se refiere Jörg Peltzer (pp. 461-484). Probablemente también fue en 1204 cuando Juan Bellesmains, anciano arzobispo de Lyon, murió en su retiro de Clairvaux. Nació en Inglaterra y fue nombrado arzobispo de Canterbury (1139-1161). También trabajó estrechamente junto a hombres de la talla de Tomás Becket, futuro sucesor de Teobaldo. Bellesmains poseía un conocimiento profundo de los obispos en todo el Imperio angevino y compartió la política eclesiástica de los reyes angevinos y capetos. Asimismo analiza la vida eclesiástica en Normandía, en el Gran Anjou, en la Bretaña, en la Aquitania, en Inglaterra, en el País de Gales y en Irlanda.

Sobre la figura de Enrique I y los orígenes de la Corte cultural de los Plantagenêts ha escrito Judith Green (pp. 485-495). Enrique II tenía 17 años cuando sucedió a su padre como duque, 19 cuando se casó, y dos años más cuando fue coronado junto a Leonor en Westminster Abbey en diciembre de 1154. Los tres reyes normandos anteriores, y Enrique I en particular, se sirvieron de sus influencias reales para construir Iglesias, sobre las que luego establecerían el derecho de patronato, y aumentar aún más si cabía su influencia. En realidad muchas de las construcciones financiadas por Enrique I fueron eclesiásticas; sin embargo, siguiendo la estela de su abuelo, también levantó hospitales o diversas casas-conventos de agustinos. La corte de Enrique I se ha caracterizado, según los datos que nos han llegado, por sus ostentaciones.

Egbert Türk destaca la figura del intelectual Pierre de Blois, como paradigma del ascenso social (pp. 497-504). Nació entre 1130 y 1135, de una familia perteneciente a la baja nobleza. Estaba considerado también como uno de los cuatro grandes poetas de la época (p. 498) y el autor de Dialogus clerici et laici contra persecutores ecclesiarum. Asimismo Pierre anticipa el mito de la inmortalidad, según los humanistas (p. 499). El propio Pierre se compara a un náufrago al que sólo Enrique II, rex insignis, podría aún salvar (p. 502). Por otro lado, establecía una distinción entre los clerici pontificum y los clerici curiales (p. 503). En realidad, constituyó una excepción bastante notable entre los intelectuales de su época.

Juan de Salisbury, intermediario entre Tomás Becket y la corte de los capetos, ha sido el tema propuesto por Julie Barrau (pp. 505-516). En los primeros días de noviembre de 1164, abandonó el continente cerca de Gravelines, lo que representaba una clara violación de las constituciones de Clarendon, ya que un clérigo no podía abandonar el reino sin el consentimiento del rey. Juan de Salisbury conocía bien Francia, sobre todo París. En la correspondencia mantenida, Juan de Salisbury dejaba constancia de sus contactos con los capetos, incluso en la época en la que se encontraba en el exilio. En dos cartas escritas en julio de 1166 también quedaba constancia del enfrentamiento entre Enrique y Tomás (p. 512).

Martin Aurell, editor de esta obra junto a Noël-Yves Tonnerre, no sólo ocupa plaza como medievalista consagrado en la Universidad de Poitiers, sino que también es miembro senior del Instituto Universitario de Francia, así como director de la revista Cahiers de civilisation médiévale. Además, entre sus múltiples publicaciones, destaca su obra de síntesis La Noblesse en Occident (Ve-XVe siècle).

Guillermo Hierrezuelo Conde

Universidad de Málaga

España