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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.33 Valparaíso  2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552011000100019 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos
XXXIII (Valparaíso, Chile, 2011)
[pp. 641 - 653]

BIBLIOGRAFÍA

AA. VV., Princeses de terres llunyanes. Catalunya i Hongria a l'edat mitjana (Generalitat de Catalunya, Museu d'Història de Catalunya y Oktatási és Kulturális Minisztérium, Barcelona, 2009), 479 pp.

 


 

A modo de introducción, el Primer Asesor en política exterior del Presidente de la República de Hungría, András Gulyás dedica algunos comentarios a estos estudios catalano-húngaros (pp. 19-26). A pesar de la distancia geográfica existente entre ambos territorios, surgieron lazos estrechos entre Hungría y los Estados de la península ibérica durante la Edad media. Según importantes fuentes árabes dignas de crédito, los húngaros del siglo X ya realizaron diversas incursiones en la península, sobre todo en los territorios catalanes (p. 19). También, no podemos olvidar las nupcias de Jaime el Conquistador y Violante de Hungría (1216-1251) en 1235, de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos y seis hijas. Más tarde, después de finalizar la guerra de sucesión, a comienzos del siglo XVIII, los refugiados catalanes fundaron en tierras meridionales de Hungría la ciudad de Nueva Barcelona, la actual Nagybecskerek. Y los catalanes de finales del siglo XIX estudiaron con gran interés la situación de Hungría dentro de la monarquía austrohúngara, surgida del compromiso de 1867. Ambas naciones también compartían una especial veneración de su lengua materna y la nostalgia por la grandeza de su historia. Al preámbulo de Gulyás le preceden unas líneas del Presidente de la República de Hungría Lásszló Sólyom y del entonces Presidente de la Generalitat de Catalunya José Montilla.

Tünde Mikes, principal responsable de esta obra y comisaria de la Exposición llevada a cabo, nos ofrece algunas reflexiones sobre la historia, política y relaciones dinásticas medievales entre Cataluña y Hungría (pp. 27-47). Olivér Brachfeld, historiador, escritor y psicólogo, se ha convertido en un personaje destacado de la vida cultural de la capital catalana de los años 1930 y 1940. Por otro lado, a partir de los años 1970, la cátedra de estudios hispánicos de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest ha ampliado su actividad y enseñanza de la lengua y la cultura catalanas. En la década de 1990 en la misma se impartió un programa completo de Filología catalana de doce asignaturas semestrales. Posteriormente la Universidad de Szeged también ha promovido los estudios de filología catalana. Por el contrario, en Cataluña no hay institución alguna o centro de enseñanza que ofrezca estudios de lengua, historia, derecho o cultura húngaras. En las últimas décadas, la Asociación cultural catalano-húngara, fundada por Péter Brachfeld, ha suplido esta falta de apoyo institucional. Las primeras relaciones entre Hungría y Cataluña fueron violentas, pero llegaron a convertirse en relaciones dinásticas en las centurias medievales y de carácter religioso en los siglos XVII y XVIII. El siglo X representó para los húngaros una época de consolidación de su presencia, tanto en Europa como en territorio interior de la cuenca de los cárpatos. El Pontífice Silvestre II fue nombrado en el año 999 de nuestra cristiandad y fue fiel testimonio de los años más importantes en las relaciones entre Cataluña y Hungría. Inocencio III fue uno de los Pontífices más poderosos de la época medieval, convirtiendo a Roma en centro político de la Europa occidental. Su influencia en el matrimonio entre el rey húngaro Emerico y la princesa catalana Constanza en 1196, nacida en 1179, también adquirió gran relevancia. Este enlace matrimonial fue el primero entre la casa de Árpád y la península Ibérica y uno de los matrimonios occidentales más significativos que la dinastía húngara pudo llevar a cabo. Tras la muerte de su marido en 1204, la situación de Constanza, viuda, no fue nada afortunada, aunque más tarde, contrajo nuevo matrimonio con Federico en verano de 1209. Federico fue coronado rey de los alemanes en 1212 y ambos coronados emperadores en 1220. Constanza falleció dos años más tarde. Las relaciones dinásticas entre Cataluña y Hungría en los siglos XII-XIII y más tarde en el XV dieron testimonio de dos estados especialmente fuertes y vitales, con expansiones territoriales y políticas excepcionales. El matrimonio entre Jaime I, rey de la corona de Aragón y sobrino de Constanza de Aragón, y Violante -que anteriormente había contraído matrimonio con el monarca Emerico de Hungría- de la casa de Árpárd en 1235 también fue fruto de diversos intereses políticos y económicos. Jaime I era el monarca más significativo y poderoso de los territorios occidentales del mediterráneo. En este artículo, la autora también hace un análisis breve de Beatriz de Aragón y de María de Hungría (págs. 40-41). Mikes, vicedecana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Gerona, húngara de nacimiento y de primera formación científica, políglota excepcional entre los historiadores del Derecho, por sus conocimientos y su trayectoria intelectual, es el espíritu que flota detrás de toda esta monumental obra que aquí estamos recensionando.

Ferenc Makk hace un estudio de los tiempos más remotos de los húngaros (pp. 51-71). Es innegable que la lengua húngara pertenece a la familia de los urales, una de las originarias de Eurasia. Desde el año 500 a. C hasta los años treinta del siglo IX d. C “la historia de los húngaros estuvo cubierta de tinieblas” (p. 53). En el año 902 los húngaros ocuparon Moravia, en el oeste de los cárpatos, y en el año 907 derrotaron a los ejércitos franco y bávaro que intentaban reestablecer el poder franco. De esta forma, se hizo efectiva la ocupación húngara en la cuenca de los cárpatos. En 942 los húngaros devastaron los condados catalanes y la marca superior de Al-Ándalus. Poco después de establecerse en la cuenca de los cárpatos, en 899, los húngaros reanudaron la tradición de las incursiones, que comportaban la devastación y el empobrecimiento de las tierras afectadas (pp. 57-58). En el verano de 970 los bizantinos inflingieron una gran derrota al ejército húngaro. La inexistencia de un sistema feudal de tipo occidental evitó la disgregación de las relaciones de vasallaje en Hungría. En esta época el rey no disponía de una sede permanente, sino que era, como los primeros monarcas francos, un rey itinerante. Durante el reinado de Esteban I algunos estudiosos cuestionaron la licitud de denominarlo Estado (p. 69). Tras la muerte de este monarca, una masa de paganos luchó por aniquilar el nuevo Estado, la Iglesia y la religión cristiana, la nueva sociedad y la propiedad privada. Durante algunas décadas, Hungría estuvo obligada a mantener guerras en dos frentes para luchar contra las invasiones occidentales alemanas (1051, 1052, 1074 y 1079) y contra los nómadas del este. A finales del siglo XI y comienzos del XII la estructura de la sociedad húngara sufrió cambios importantes respecto a la época anterior.

Un análisis de la Cataluña condal nos lo ofrece Joseph M. Salrach (pp. 73-87). El territorio de la actual Cataluña fue ocupada por los musulmanes entre los años 713-720. Frente a estas incursiones, los hispanogodos se dividieron: algunos resistieron, otros capitularon, mientras un tercer grupo emigraba. Entre el 752 y el 759 los francos ocuparon las principales ciudades godas de la Septimania, y durante décadas sus habitantes godos se unieron para hacer causa común contra el ejército musulmán. La acción militar más importante de los carolingios fue la conquista de Barcelona, en el 801, a la cual siguieron algunos intentos contra la Tortosa musulmana. El periodo comprendido entre los años 825 al 878 fue decisivo para el futuro de los condados catalanes, en concreto, y de los territorios del dominio carolingio, en general (p. 78). Fueron los años de la división y reparto del Imperio entre los hijos de Luis el Piadoso, que inició un proceso de disociación política que no cesó hasta la creación de los principados territoriales y señoriales. Cataluña pasó de cuatro condados a nueve durante el siglo X. En este proceso de disociación, que no cesará hasta la creación de los señoríos feudales, se produjo un ascenso del linaje de los condes de Barcelona y, en general, una voluntad condal de la reconstrucción política.

Ferenc Makk nos vuelve a ofrecer otro estudio, esta vez referido a la incursión húngara por tierras catalanas (pp. 89-101). En la primavera del 942 un ejército húngaro partió de la cuenca de los cárpatos hasta el norte de Italia. Pero ésta no era la primera empresa militar contra Italia, ya que habían penetrado anteriormente en la primavera del año 899. El objetivo más probable de esta visita era cobrar el tributo anual. La fecha de la incursión húngara en la Península Ibérica ha sido controvertida. Según algunos autores, los húngaros penetraron en el 924, pero esta incursión sólo afectó a un reducido territorio catalán del sur de los Pirineos. Pero a juicio de Makk, el ejército húngaro entró en la Península Ibérica, en territorio catalán, el 10 de junio de 942. Esta campaña, según este mismo autor, se prolongaría un mes y medio. En la segunda etapa de su campaña, los húngaros, después de pasar al norte de Barcelona y al sur de Manresa, penetraron en la marca superior de Al-Ándalus, situada en el norte del río Ebro. A finales de julio o a comienzos de agosto de ese mismo año 942 el ejército catalán va a infligir a los húngaros una gran derrota.

Antoni Pladevall analiza la figura de Gerberto, más conocido como Papa Silvestre II en Cataluña (pp. 103-113). El monje Gerberto permaneció en Cataluña hasta finales del año 970, año en el que viajó a Roma con la comitiva del conde Borrell y el obispo de Vic Atón con la finalidad de restaurar la dignidad metropolitana de Tarragona, la metrópoli cristiana más antigua documentada de la Península Ibérica. Borrell y Atón presentaron al monje Gerberto al Papa, y con toda probabilidad elogiaron su saber. El Papa lo presentó a Otón I, el cual le confió su educación de su hijo a Otón II. Fue además nombrado magister de Reims, cargo que ocupó hasta el año 989, con alguna breve interrupción en el mismo (p. 106). Con el tiempo Gerberto fue adquiriendo fama de hombre mágico, con poderes sobrenaturales. En febrero del año 999 moría el Pontífice Gregorio V, siendo elegido su sucesor en el conclave. Al ser el Papa del año 1000 surgieron fantásticas historias sobre su actuación durante aquel año y sobre su muerte el 12 de mayo de 1003. Murió en Roma en su palacio de Letrán y fue enterrado en el pórtico de la basílica de San Juan. De su papado destacó su participación en la creación de Polonia.

Etele Kiss dedica algunas líneas a las insignias del reino de Hungría en la época de san Esteban (pp. 118-121). La tradición histórica local considera como pertenencias legadas de san Esteban diversas insignias reales actuales, entre ellas la corona y la espada. Desde la Edad media su nombre está unido a la espada de San Esteban, conservada en la catedral de Praga. La corona de san Esteban se perdió en los tiempos de los Árpád, y fue sustituida, en una fecha que desconocemos, por la actual Sacra Corona. Tras la muerte de san Esteban, y como consecuencia de las luchas por el trono, esta insignia llega al Vaticano. En las págs. 119-121 se recogen algunas imágenes de los símbolos e insignias.

La propia Etele Kiss también dedica una página a la Sacra Corona de Hungría (pp. 122-123). Históricamente se ha presentado como el símbolo más significativo de este Reino. Según cuenta la leyenda, el Papa Silvestre II tuvo una iluminación divina y envió a san Esteban para fundar el país. La corona fue objeto de una especial veneración a partir del siglo XII, de forma que una coronación sin corona no tendría a partir de este momento validez ninguna. De esta forma, en la Baja Edad media la Sacra Corona representaba la libertad de los húngaros. Pero la corona actual no es la original de san Esteban, ya que se perdió en la época de los Árpád. El aro de la corona, a pesar de los cambios que se efectuaron posteriormente, está datado entre los años 1060-1070. La parte superior contempla la imagen de los apóstoles. Dos imágenes de la misma pueden observarse en la pág. 123.

Mercè Aventín escribe sobre la Cataluña feudal y la formación de la corona de Aragón en los siglos XI y XII (pp. 127-143). En este periodo se pasó de una larga etapa de transformaciones y resistencias del sistema antiguo a un rápido proceso de cambio, entre el 1040 y el 1060. En Cataluña, como en el resto de la Europa occidental, surgieron enfrentamientos entre los condes, representantes de la autoridad central, y la nobleza. Para la legitimación del poder era necesaria la existencia de una norma y esa no era otra que el Liber Iudicum. Los condes catalanes buscaron en el pasado visigótico una fuente de legitimidad, fundamentado en sus orígenes carolingio y godo. A mediados del siglo XI el poder central ejercido por los condes empezó a tambalearse. Cataluña no tenía autoridad fuerte desde 1017 y no fue hasta 1041 cuando Ramón Berenguer I (1035-1076) conseguiría afirmarse en el poder a cambio de reconocer algunos derechos a la nobleza, entre los cuales la posesión de los castillos (p. 134). Ramón Berenguer I se convirtió también en el señor de los otros condes catalanes, los cuales eran a su vez señores de otros nobles que tenían sus vasallos. Con el tiempo se elaboró un nuevo código denominado Usatges de Barcelona que vino a legalizar el nuevo orden social y algunas prácticas violentas de la aristocracia. No existe unanimidad sobre la fecha de este código, ya que unos autores lo han datado durante el reinado de Ramón Berenguer I, mientras otros en la época de Ramón Berenguer III e, incluso, en algún jurista de la corte de Ramón Berenguer IV. Con todo, las actividades comerciales que se desarrollaron en la franja mediterránea eran muy importantes. A finales del siglo XI los productores directos se integraban en los circuitos comerciales. Durante el reinado de Alfonso el Casto se unió jurídicamente Cataluña, heredada de su padre, y Aragón, de su madre.

Attila Zsoldos escribe sobre la Hungría de los siglos XII y XIII (pp. 145-163). Después de la muerte de Esteban III, dos de sus hermanos se disputaron el trono. Hungría fue invadida por los mongoles, que habían creado el imperio más extenso hasta ese momento en Eurasia y que representaban una temible fuerza militar, atacando el país en tres direcciones diferentes. Bela IV, que destacaría entre los Árpád por su incompetencia militar, fue derrotado en 1241, gracias a la escasa movilización de su ejército. La parte oriental del país fue sometida por los mongoles, pero Bela IV y su familia habían huido. Durante la primavera de 1242, de forma repentina, los mongoles se retiraron del país dejando tras de sí una destrucción masiva de vidas y bienes materiales. La incursión mongol adquirió una importancia fundamental en la historia de los Árpád. Se inició la desarticulación de las estructuras típicas de los dos primeros siglos de la monarquía. El elemento principal de este proceso fue la desarticulación del patrimonio real. Las consecuencias sociales fueron considerables, ya que se inició una transformación radical de las relaciones entre los nobles laicos y el monarca. En estas décadas aparecieron en el país los primeros casos de ciudades con autonomía municipal, que seguían un modelo propio de Europa occidental. El siglo XIII fue uno de los más convulsos de la Hungría medieval, a consecuencia de los cambios fundamentales tanto en las estructuras sociales como en la composición étnica del país. Las consecuencias de los cambios sociales del siglo XIII significaron la transformación del concepto de “nobleza”. En las postrimerías del siglo XIII también se produjeron importantes cambios en la fisonomía étnica del Reino de Hungría.

György Szabados analiza la figura de Constanza de Aragón, reina de Hungría (pp. 165-177). En realidad, la época del rey Emerico (1196-1204) apenas ha sido estudiado por la historiografía. Emerico contrajo matrimonio con Constanza (nacida probablemente entre los años 1170-1180) a mediados de 1196. La particularidad más importante era que la casa de los Árpád estableció por primera vez una relación familiar con una de las dinastías imperantes de la península ibérica (p. 168). Por una parte, con este matrimonio se fortalecía la debilidad del Imperio bizantino y, por otro, para los católicos de la península ibérica resultaba una obligación la expulsión definitiva de los árabes. Con la muerte inesperada del rey Emerico, sobrevenida el 30 de noviembre de 1204, la situación de la reina viuda llegó a ser insostenible a causa del ansia de poder del príncipe Andrés, hermano pequeño de Emerico. A pesar de todo, Constanza no renunció en ningún momento a sus prerrogativas.

La familia aragonesa Nagymartoni en la Hungría de la Edad Media ha sido objeto de análisis de Attila Zsoldos (pp. 178-189). Durante la primavera de 1289, Alberto, cansado ya de los conflictos fronterizos, dirigió una campaña militar contra las oligarquías, y el primer ataque comenzó justamente sobre el castillo de Nagymarton, de Simon y Mihály. El asedio sobre el castillo obligó a los Nagymartoni a retirarse. No obstante, en 1291, las tropas militares de Andrés III de Hungría (1290-1301) comenzaron a reconquistar los territorios húngaros que desde 1289 se encontraban en manos de Alberto. La familia Nagymartoni sufrió duros escarmientos por haber tenido amistad con las oligarquías (p. 184). Pero esta situación cambió a partir de la segunda mitad de la década de 1310. En la segunda mitad del siglo XIV la historia familiar comenzó a mostrar señales inequívocas de decadencia. En primer lugar, aparecieron los problemas económicos y, más tarde, el mantenimiento del estilo de vida que se esperaba de los aristócratas. A finales del siglo XIV, la llegada de la nueva generación de la estirpe conllevó algunos cambios en los destinos de la familia.

Iván Bertényi nos deleita con un estudio sobre heráldica: los escudos de los reinos húngaros de la casa de los Árpád y de los reinos catalano-aragonés (pp. 191-199). Señala Bertényi que no se disponen de fuentes contemporáneas sobre el simbolismo de los leones, por lo que se desconoce el motivo de la inclusión de estas figuras por el rey Emerico. Sin embargo, el león ha sido una de las figuras más utilizadas en la heráldica internacional. En realidad, las creencias medievales relacionadas con los animales medievales se remontan a la Biblia y a los padres de la Iglesia, y eran símbolo de valor y de lucha. En el Imperio romanogermánico de los siglos XII y XIII los partidarios del emperador tenían como símbolo el águila, y sus enemigos el león. En el caso concreto de los reyes de Hungría, la hipótesis más plausible es que los leones aparecían en las figuras heráldicas como alusivas al monarca (p. 192). Los monarcas de los pequeños reinos hispánicos de los siglos XII y XIII (León, Castilla y Aragón) recogieron la figura del león en sus escudos.

El catedrático de Historia medieval y académico José Enrique Ruiz-Domènec hace un estudio histórico de las alianzas matrimoniales entre la casa de Árpád de los reyes de Hungría y la casa de Barcelona de los reyes de Aragón (pp. 201-215). El enlace entre Violante de Hungría con Jaime I fue uno de los acontecimientos más importantes de la Edad media. El linaje de los Árpád se involucró en la disputa entre los caballeros hospitalarios y los caballeros templarios que dominaban el oriente medio a finales del siglo XII, que fue uno de los conflictos políticos más grandes de Europa. En estas fechas la carrera de un hombre estaba determinada por el prestigio de la familia de su mujer. En realidad, Violante formaba parte de unos complejos matrimonios endogámicos realizados por las casas reinantes en Europa para esquivar la prohibición de matrimonio entre consanguíneos.

La figura de Jaime I, nacido el 1 de febrero de 1208, ha sido estudiada por Jaume Sobrequés (pp. 217-233). En los años de la Renaixença y en las décadas posteriores, una buena parte de eminentes poetas de habla catalana honraron la vida y las gestas de Jaime I: Joaquim Rubió i Ors (1818-1899) y Llorenç Riber (1881-1858), entre otros. En realidad, Jaime I no ha sido valorado muy positivamente por la poesía patriótica catalana del romanticismo y de la Renaixença. Este monarca que, con el paso de los siglos, se convirtió en un personaje excepcional, vivió en un momento decisivo para la historia de la reconquista peninsular, que afectó en gran medida a Andalucía y Extremadura, y a los reinos de León y de Castilla, en tiempo de Alfonso IX (1188-1230) y Fernando III, el Santo (1217-1252). A Jaime I le correspondió la conquista de Mallorca. El pretexto sería que la piratería mallorquina causaba problemas a los navegantes catalanes. Las cortes reunidas en Barcelona en 1228 apoyaron la iniciativa real. El 31 de diciembre de 1229, la ciudad de Mallorca fue ocupada por Jaime I. En 1231, Menorca es declarada tributaria de Jaime I y no aceptaba el vasallaje. Tras una vida rica y plena de acontecimientos y triunfos militares falleció en la ciudad de Valencia el 27 de junio de 1276.

Una referencia a las crónicas y trovadores catalano-aragoneses en Hungría ha venido de la mano de László Veszprémy (pp. 233-243). A finales del siglo XIII llegaron trovadores hispánicos a Hungría. De hecho, aparecieron numerosos topónimos procedentes de Hispania y de Cataluña. László Veszprémy cree que el papel de los peregrinos de Compostela también pudo haber ayudado. La labor de los cronistas húngaros alcanzó mayor relevancia en Cataluña seguramente por la referencia a la batalla de las Navas de Tolosa en el año 1212. Por otro lado, en la época de Simón de Kéza se hacen referencia a las conquistas de Mallorca y Menorca. Por otro lado, es evidente que en la comitiva que acompañaba a la princesa Constanza de Aragón en Hungría, ya debían encontrarse algunos de los más ilustres personajes encargados en la época del entretenimiento y, entre ellos, los trovadores (p. 241).

Un aspecto como la llegada de los húngaros del séquito de Violante a la Valencia conquistada nos lo ofrece Szabolcs de Vajay (pp. 245-259). En los siglos pasados los festejos y el banquete de una boda real eran un tema que pervivía durante años. En la Crónica Húngara se habla de la desconfianza hacia quienes proceden de otras culturas. En la Edad media, las afinidades genealógicas no eran gratuitas, sino criterios socialmente conscientes de la pertenencia de una élite. Szabolcs de Vajay recuerda que en la Edad media una boda no representaba sólo un motivo folklórico, un acto político o un instrumento de ambiciones diplomáticas, sino también un importante elemento de la transmisión cultural: migración pacífica de un grupo de élite que ejercía una fecunda influencia sobre la nueva patria, contribuyendo de esta manera a la formación de una única cultura europea (p. 257).

György Rácz comenta algunos documentos del siglo XIII de la corte real húngara (pp. 266-271). Estos documentos reflejan de forma fidedigna las relaciones catalano-húngaras. Reproduce, entre otros, la carta de privilegios de Veszprémvölgy. También es una pieza única el documento de 1299 que incorpora varios sellos. Documentos como este, con varios sellos, reflejan la lucha entre las naciones, reivindicaciones estamentales y la autoridad del soberano.

Un análisis fotográfico y documental sobre la catedral de Eger, dedicada a san Juan Evangelista, lugar de la sepultura del rey Emerico, ha sido realizado por Krisztina Havasi (pp. 272-273). La diócesis de Eger, al noreste de Hungría, según la tradición, fue fundada por san Esteban (1000-1038), y estaba considerada en el siglo XIII como la segunda más rica del país. Los elementos más antiguos de esta catedral pertenecen aproximadamente al año 1000 o al siglo XII. Hacia el 1200 se reformó el sistema de contrafuertes de la catedral, ya que existen influencias del gótico primitivo.

Krisztina Havasi también describe el palacio real de Óbuda en el siglo XIII (pp. 274-277). La villa de Óbuda se encontraba ubicada en el centro del país, y comenzó a tener un papel privilegiado en la vida del reino de Hungría a partir de finales del siglo XII e inicios del XIII. A partir del segundo decenio del siglo XIII, Óbuda era una de las residencias del rey Andrés II (1205-1235). El palacio se encontraba ubicado en un edificio que tenía cuatro alas, y entre ellos, un patio interior de forma cuadrada. La planta baja de la torre constituía el vestíbulo de la capilla del palacio. En la pág. 275 se puede observar un plano de la planta del palacio de Óbuda.

Laurent Deguara escribe sobre el rey Jaime I de Aragón, conde Barcelona y Montpellier, su ciudad natal (pp. 278-281). Las trece pinturas de esta época adquirieron un valor fundamental en Montpellier y las comunidades catalanas y aragoneses. El rey Jaime de Aragón, conde de Barcelona desde finales de diciembre de 1261 hasta finales el 20 de junio de 1262, vivió durante seis meses en Montpellier. En las págs. 279-281 se recogen algunas de estas maravillosas pinturas.

Ramon Sarobe comenta los murales de la antigua calle del Gobernador y actual calle Duran i Bas (pp. 282-285). Estos fragmentos de frescos constituyeron una interesante muestra del primer gótico lineal en Cataluña. El conjunto consta de cinco plafones con número de inventario (55821-55825) y otro sin numerar. Estos murales comparten una idéntica estructura decorativa, dividida horizontalmente en dos registros. En las págs. 283-285 se pueden observar fotografías de estos murales.

Otro elemento como es el tejido de san Eudaldo ha sido comentado de la mano de Rosa M. Martín (pp. 286-287). Está formado por tres partes unidas entre sí con una costura: una central y dos en los extremos de igual tamaño. La parte central es un tejido rallado de seda. En los extremos laterales, cada uno de los dos extremos estaba hecho con un tipo de tejido. La decoración de la franja de tapicería estaba formada por estrellas de pequeño tamaño y con frases hacia la divinidad: “el poder de Dios es la felicidad de Dios y el poder de Dios es grande…”. En la pág. 287 se recogen una serie de fotografías.

Los descendientes de la princesa húngara Santa Isabel en los siglos XIII y XIV han sido comentados por Nicolas Jaspert (pp. 290-305). En el año 1340, Don Juan Manuel (1282-1348), hijo del príncipe Manuel de Castilla (fallecido en 1284) escribió el Libro de las armas. Jaspert señala que, en determinados aspectos, este libro ha sido el primer ejemplo de historia oral en la Edad media, ya que Don Juan Manuel repetía historias que habían sido relatadas anteriormente. Una de ellas relataba la conmovedora historia de Sancha, princesa catalana del siglo XIII prácticamente desconocida y fallecida en 1275. Hija de Jaime I el Conquistador (1213-1276), parece ser que Sancha se negó a casarse para vincular la casa de Barcelona con las principales dinastías de la cristiandad. También señala el autor que es un hecho bien conocido que en la Edad media, la elección de los nombres reales no era fruto del azar, sino que tenía un carácter decididamente programático. Los padres de Sancha, Jaime I el Conquistador y la reina Violante, financiaron una capilla en Tarragona y fundaron un monasterio de clarisas en Valencia consagrado a su nombre. Como ya había hecho la reina Violante, muchos de sus hijos patrocinaron las órdenes mendicantes. Entre ellos destacaba Violante, homónima de su madre y esposa de Alfonso X de Castilla. Un hijo de Jaime II, Felipe de Mallorca, simpatizaba con los reformadores radicales y determinadas órdenes religiosas, y llevó una vida de extrema pobreza. De esta forma, buscaba refugio espiritual con la aprobación del Papa.

Joan Domenge y Anna Molina describen las ofrendas de Isabel de Portugal (pp. 306-323). Isabel, infanta de Aragón y reina de Portugal, nació en Zaragoza en 1270 y falleció en 1336. Hija de Pedro II, el Grande, y de Constancia, de Sicilia. Ha sido conocida como la Reina Santa, vivió una vida envuelta en bellas y suntuosas joyas. Contrajo matrimonio con el rey Dionis de Portugal en 1281, y tuvo un papel fundamental en el mantenimiento del frágil equilibrio entre los reinos ibéricos (Portugal, Castilla y Aragón), con los cuales les unían vínculos parentales directos. La implicación de la corona portuguesa en la política peninsular fue fruto de las numerosas ofrendas que llegaron a la corte lusitana. Los actos diplomáticos de alto nivel eran el escenario de los intercambios de lujosos regalos con los cuales se ponía de relieve la importancia de quienes los donaban y de quienes los recibían. En el año 1325, al enviudar, la reina peregrinó a Compostela y tras oír misa donó una corona de piedras preciosas, ricos tejidos bordados con perlas, entre otros regalos. De hecho, en su último testamento de 1327 mencionaba una serie de objetos de gran valor, como una capa que donaba al monasterio de Santa Clara. También dejaba a su nieta María, hija de Beatriz y Alfonso, una pequeña corona de piedras perforadas.

Edina Zsupán nos relata datos sobre el código de la vida y milagros de santa Isabel, datado entre los siglos XIII-XIV (pp. 332-333). Estaba integrado por dos partes, la primera de las cuales, del siglo XIII, constaba de dos obras. En la primera de ellas recogía una de las dos fuentes más importantes sobre la vida de santa Isabel, el Libellus de dictis quattuor ancillarum sanctae Elisabethae, en su versión original. Le seguía al Libellus un fragmento procedente del Miracula felicis Elyzabet, texto sobre las curaciones milagrosas obradas por santa Isabel. La segunda parte del código, del siglo XIV, contaba la biografía de santa Isabel redactada por Dietrich von Apolda.

El frontal de san Luis de Anjou, obispo de Toulouse, ha sido descrito por Rosa M. Martín (pp. 334-335). Luis de Anjou (1274-1297) era el segundo hijo del rey Carlos II de Nápoles (1285-1309). Renunció a la corona a favor de su segundo hermano, Roberto, e ingresó en la orden franciscana. En 1296 fue nombrado obispo de Toulouse por el Pontífice Bonifacio VIII. El frontal recogía cuatro escenas rectangulares, a la manera de las tablas de un retablo, donde representaba cuatro momentos de su vida. La secuencia, de izquierda a derecha, era la siguiente: la renuncia a la corona, el hábito, la visita de su padre al convento y la predicación. En la página 335 se reproducen estas escenas.

El monumento funerario de Margarita de Árpád ha sido descrito por Pál Lövei (pp. 336-337). Margarita consagró su vida al convento construido para ella en una isla del Danubio. Existen noticias de sus monumentos funerarios en las actas redactadas en 1276 con ocasión del proceso de beatificación, y en la Leyenda de Margarita, en una versión copiada hacia el 1510. En 1510 ya había sobre su tumba un monumento funerario de mármol blanco. El sepulcro barcelonés de santa Eulalia, realizado aproximadamente en la misma época, que representaba un tipo italiano de monumento funerario y de estilo toscano.

Un aspecto como la expansión mediterránea de Cataluña y la crisis de la Baja Edad media ha sido tratado por Maria Teresa Ferrer i Mallol (pp. 340-363). Durante los tiempos de formación de Cataluña entre los siglos IX y XI, el mediterráneo era una frontera peligrosa, más aún cuando la actividad marítima catalana era limitada. Por ello los enlaces matrimoniales de las dinastías soberanas tenían como objetivo la pacificación y las alianzas con otros Estados, así como ambiciones territoriales. Los matrimonios de los condes de Barcelona fueron contraídos generalmente en las áreas de Aragón, Navarra o Castilla. Ramón Berenguer IV participó en la cruzada contra Almería, promovida por el rey de Castilla Alfonso VII en 1147. Al año siguiente, conquistaba Tortosa con la ayuda de la flota genovesa, que bloqueó la ciudad y, sobre todo, aportaría máquinas de guerra, en las que los genoveses eran muy expertos. Y su sucesor, Alfonso I, el Trovador, fue el primero en entrar en contacto con el Imperio bizantino. La actividad mercantil marítima con el exterior estuvo íntimamente ligada a Barcelona, la única ciudad capaz de mantener una actividad intensa en la primera mitad del siglo XII. Pero la gran expansión territorial de la corona catalano-aragonesa tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIII gracias al impulso de Jaime I, el Conquistador. De hecho, llevó a cabo la conquista de Mallorca (1229-1230) y la conquista del País valenciano acaecida el 9 de octubre de 1238. Esta conquista se inició en 1233, y a la que le siguió una segunda etapa (1237-1238). Pero a mediados del siglo XIV se inició una crisis de la economía catalana a consecuencia de las guerras y la peste negra. A lo largo del siglo XV, las guerras incesantes de Alfonso el Magnánimo comportaron problemas para el comercio.

Enikö Csukovits nos describe la Hungría de los siglos XIV y XV (pp. 364-381). En la Edad media fue uno de los países más grandes de Europa, con un territorio que superaba los 300.000 km2 de extensión y que comprendía toda la cuenca de los cárpatos. Los primeros años del siglo XIV comportaron el inicio de una nueva etapa para la vida política del país. El 14 de enero de 1301 con la muerte del rey Andrés III finalizaba el gobierno de tres siglos de casas reales húngaras, la casa de los Árpád. La casa de Anjou gobernó Hungría a lo largo de tres generaciones. Representaba un linaje joven en Europa: Carlos I, el hermano pequeño de san Luis IX, rey de Francia, fue coronado rey de Jerusalén y Sicilia en 1266. Carlos I de Hungría dejó un legado significativo: el trono húngaro fue para su primogénito, Luis I (1342-1382), que en virtud de un pacto de sucesión firmado en 1339 también era heredero al trono polaco. En realidad, los reyes húngaros de los siglos XIV y XV generalmente no reinaron sólo en Hungría, sino también en uno o diversos países más. Pero en estos casos el monarca gobernaba separadamente cada país, conservando sus instituciones propias. A lo largo de los siglos XIV y XV el reino de Hungría mantuvo guerras con todos sus vecinos, pero estos conflictos presentaban causas y características muy diversas.

Ferenc Sebök describe el reinado de Segismundo (pp. 382-391). Futuro rey de Hungría, de Alemania, de Bohemia y emperador romano-germánico, nació el 15 de febrero de 1368. Fue el segundo hijo del emperador Carlos IV (1355-1378). Segismundo se casó con Maria el 1 de noviembre de 1385. Su esposa fue capturada y la madre de ésta muerta, pero en el verano de 1387, gracias a la intervención veneciana Segismundo pudo rescatar a su esposa, si bien años más tarde el 17 de mayo de 1395 su esposa moriría a causa de un accidente hípico. Mientras tanto, en el país se producían cambios de gran envergadura. La mayoría de los nobles eligieron a Segismundo como rey el 31 de marzo de 1387 para poder acabar con las luchas internas que afectaban al país. La labor más importante del nuevo monarca fue la consolidación del poder real. En la primera década de su reinado (1387-1396) el monarca acumulaba en su poder más de trescientos castillos en el país, pero a partir de este momento numerosas posesiones reales pasaron a manos privadas en forma de donaciones perpetuas hereditarias. En 1396 tuvo que resolver la cuestión turca de manera global. El rey organizó una cruzada -evocando la idea del universalismo cristiano- con una amplia cooperación europea, con el objetivo de expulsar a los turcos de Europa y socorrer al Imperio bizantino. Segismundo apareció inesperadamente en Constanza el 27 de enero de 1417. Las discusiones se alargaron para decidir si el concilio había de llevar a término la reforma eclesiástica iniciada, o bien elegir a un Papa legítimo aceptado universalmente. Finalmente, el 11 de noviembre de ese mismo año el concilio eligió como nuevo Papa a Martín V.

Sándor L. Tóth se remonta al peligro turco en las puertas de Europa (pp. 393-407). El Estado otomano se convirtió a comienzos del siglo XVI en una potencia decisiva que se extendía por tres continentes. Uno de los emiratos turcos de religión islámica que se formaron fue el Emirato otomano. Otra potencia de pasado glorioso del área era el Imperio bizantino, que disponía de territorios tanto en Asia como en Europa, y que profesaba la religión ortodoxa griega. A finales del siglo XII los búlgaros, liberados del dominio bizantino, crearon el segundo reino búlgaro. A consecuencia de la decadencia de Bizancio, la Bulgaria expansionista se convirtió en el Estado más fuerte del área balcánica. Como resultado de los ataques turcos, Bulgaria en 1365 se fragmentó en tres Estados. Una de las causas del éxito de las conquistas otomanas fue el vacío del poder en Asia Menor y en los Balcanes, la fragmentación política del área, las rivalidades y las guerras entre los pequeños Estados. La otra causa era la ideología islámica del Imperio otomano, un elemento importante era la guerra santa para propagar el Islam. Hay que distinguir varias etapas: en primer lugar, las primeras conquistas y la época del desmembramiento tuvieron lugar entre 1300-1402; una segunda etapa, que abarcaría hasta 1412, produciéndose una crisis y fragmentación temporal del Estado otomano; y, finalmente, la nueva consolidación del Estado otomano y su conversión en un Imperio (1413-1500/1526).

Otro aspecto estudiado por Gemma T. Colesanti ha sido la época de Alfonso IV y el reino aragonés de Nápoles (pp. 408-421). Con Alfonso IV de Cataluña (V de Aragón, II de Sicilia y I de Nápoles) se produjo la máxima expansión de la corona catalano-aragonesa. Conquistó Nápoles en 1442, después de una guerra que duró unos cuantos años, celebrando la entrada triunfal a la ciudad en febrero de 1443. En el siglo XV, el reino de Nápoles adoptó un papel destacado en los acontecimientos políticos tanto de Italia como del resto de los reinos europeos.

Péter E. Kovács analiza las semblanzas de Matías Hunyadi y Beatriz de Aragón (pp. 423-431). El monarca húngaro Matías (1458-1490) y sus consejeros siguieron un camino diferente al de Segismundo. Se casó con Catalina, hija del rey de Bohemia Jorge de Podiebrad. Con este matrimonio apartó la posibilidad de un ataque desde las fronteras del norte del país, obteniendo a la vez un aliado contra el emperador Federico III. Pero tras la muerte de su esposa en 1464, Matías procuró un matrimonio más ventajoso con Beatriz, hija de Fernando de Aragón. Matías resulto bastante generoso con los preparativos del casamiento. Fernando de Aragón ofreció doscientas mil monedas de oro como regalo de bodas. Este matrimonio por poderes se celebró en Nápoles en septiembre de 1476. Beatriz de Aragón se convirtió en la primera dama de un país muy diferente del que provenía (p. 425). El punto más crítico de la relación entre Matías y Beatriz fue el referente a la sucesión, ya que el rey húngaro ya tenía un hijo natural. Pero la pérdida de su marido influyó significativamente en el destino de Beatriz. Finalmente, al rey le llegó la muerte en Viena en 1490.

La influencia de los catalanes y las guerras turcas en los siglos XVI-XVIII ha sido tratada por Agustí Alcoberro (pp. 433-443). Las relaciones entre Cataluña y Hungría en la Edad media tuvieron como momento más importante en los siglos modernos la presencia de catalanes en tierras húngaras durante las guerras contra el Imperio otomano. Junto con los funcionarios que acompañaban al emperador Carlos V, un nutrido grupo de nobles catalanes se desplazó voluntariamente para participar en la defensa de la ciudad. El asedio de Viena en 1683 y la contraofensiva cristiana, que supuso la recuperación de la mayor parte del reino de Hungría, tuvo un gran impacto en Cataluña (p. 434). Es más, las victorias del ejército imperial fueron celebradas con misas solemnes y fiestas en Barcelona y en otras ciudades catalanas. En julio de 1713, unos 2.500 soldados hispánicos abandonaron Barcelona para llevar a cabo la evacuación ordenada por el emperador Carlos VI. Se indicaba de este modo el último episodio de la guerra de sucesión de la monarquía hispánica, en el que la población catalana emprendió en solitario un combate desigual contra el ejército borbónico de las dos coronas. Las campañas más importantes se llevaron a cabo en el verano de 1716 y 1717.

William M. Voelkle escribe sobre una crónica napolitana (pp. 450-453), cuya propiedad originaria de dicho manuscrito se desconoce, si bien pudo ser propiedad del español Manuel de Pox. Sin duda, tenía un gran interés para el conocimiento de la historia de Nápoles y adquirió una gran relevancia, a consecuencia de lo lujoso del manuscrito. El primer propietario del documento fue Arnold Hermann Ludwig Heeren (1760-1842), que lo donó a Henry Hucks Gibas (1819-1907). La Morgan Library compró el manuscrito el 24 de marzo de 1937. En realidad, este manuscrito es un compendio de tres crónicas medievales tardías. La primera, Fasciculus temporum (folios 1-51v) representaba un resumen de la historia mundial compilada por el monje alemán Werner Rolewinck (1425-1502). La segunda era la Cronaca di Partenope (Crónica de Nápoles) (folios 52-81, 83), que recogía una historia de Nápoles anónima que iba desde comienzos de la Edad media hasta inicios del siglo XV; y, finalmente, una copia única de sin título sobre historia de Nápoles hasta el año 1498 (folios 84-150).

El código de la hermandad de Santa Marta ha sido ilustrado por Gemma T. Colesanti (pp. 454-455), que se encuentra conservado en el Archivo de Estado de Nápoles. Este manuscrito recogía una serie de miniaturas en setenta y dos folios en pergamino, ordenados por categorías en función de los soberanos, príncipes, nobles y dignatarios, con los escudos en miniatura de veintitrés reyes y reinas de Nápoles y de cincuenta personajes miembros de la hermandad de Santa Marta entre finales del siglo XV y comienzos del XVI. Probablemente esta hermandad la fundó en Nápoles en 1400 Margarita de Anjou Durazzo, viuda de Carlos III de Anjou. Esta hermandad se caracterizaba por una presencia mayoritaria de personas del pueblo.

No puede faltar una breve referencia a la localidad de Székesfehérvár, donde se celebró la coronación de Matías Hunyadi (pp. 456-457). El destino del reino medieval de Hungría quedó sellado en 1526, cuando fue derrotado en la batalla de Mohács por las tropas del Imperio otomano. En 1543 Székesfehérvár cayó en manos turcas, localidad que había sido el escenario de la coronación de los reyes de Hungría. En la Iglesia de esta localidad se encuentran enterrados quince soberanos del país, otros mismos de la familia real y grandes señores de la época de la Baja Edad media. Su templo, fundado por san Esteban para ser usado como su capilla particular, fue remodelado en diversas ocasiones a lo largo de la Edad media. Su última gran reforma fue realizada en las últimas décadas del reinado de Matías, casado con Beatriz de Aragón. El deseo de Matías era que el templo sirviera también como panteón familiar.

A continuación, Gabriella Fényes se refiere a los emblemas existentes en los azulejos del palacio del rey Matías en Buda (pp. 458-459). Conforme a la moda italiana, ciertas estancias del palacio del rey Matías estaban revestidas con azulejos decorados con diversos colores. Una parte de los mismos eran octógonos regulares, combinados con piezas cuadradas. La mayoría de las piezas alargadas reproducían emblemas de Matías y de la casa de Aragón. En realidad, seguía el modelo utilizado en los palacios napolitanos de Alfonso el Magnánimo. Estas piezas estaban pintadas sobre todo de amarillo, verde, marrón y lila sobre fondo blanco, y con contornos azules.

William M. Voelkle hace unas breves reflexiones sobre la obra De Spirictu Sancto (pp. 460-461), atribuida a Matías Corvino (1443?-1490). En realidad, se atribuye a Matías Corvino la introducción del humanismo en Hungría. Probablemente su objetivo era que la gran biblioteca de Buda tuviera millares de volúmenes y que fuera la mejor de todas las monarquías. Pero su muerte prematura dejaría sin cumplir este objetivo. Hasta el momento se han identificado 216 códigos de la Biblioteca Corviniana, principalmente manuscritos.

Tampoco deja de hacer referencia Joan E. García a la biblioteca de Beatriz de Aragón (pp. 462-467). Fernando I (1458-1494) abordó la educación de sus hijos con un cuidado especial -entre ellos a Beatriz de Aragón-, otorgando a su formación tanto intelectual como artística una atención y unos medios que muy pocos de sus contemporáneos tuvieron. En sus estudios le otorgaron gran importancia tanto al conocimiento del latín como a los idiomas modernos. También se conoce que Beatriz tuvo bastante afición por la música, si bien no existen indicios suficientes para defender la existencia de una escuela musical en el palacio. Joan E. García señala que “desconocemos qué papel desempeñó la biblioteca familiar en la educación de los hijos de Fernando I”, pero sí afirma con total seguridad que tanto Alfonso, como sus hermanos poseyeron importantes colecciones de libros manuscritos e impresos (p. 462). Pero la invasión francesa de Nápoles, la caída de la dinastía de Aragón y el exilio, con las dificultades aparejadas, conllevaron la desaparición de la colección de libros. Podemos distinguir dos periodos en la formación de la biblioteca de Beatriz: de un lado, desde la infancia hasta la adolescencia transcurrida en Nápoles y, de otra, su presencia en tierras húngaras. En las págs. 464-467 se reproducen algunos de estos manuscritos.

Edina Zsupán nos ofrece un breve relato sobre el codex del historiador bizantino Agathias (536-582/594) (pp. 468-469). Está encuadernado en pergamino blanco en la biblioteca de la corte vienesa en la mitad del siglo XVIII. Se ha conservado la encuadernación original del ejemplar dedicado a Matías. Este codex se encontró en la corte vienesa en 1576, y en la actualidad se conserva en la Biblioteca Nacional Széchényi. En la pág. 469 se pueden observar algunas ilustraciones del mismo. Contiene entre otras cosas una descripción del gobierno de Justiniano entre los años 552 y 558.

El cierre a esta grandiosa obra se produce con un comentario de Joan E. García sobre la biblioteca del cardenal Juan de Aragón (pp. 470-478). Juan de Aragón, el cuarto hijo de Fernando I de Nápoles, nació en el año 1456. Falleció con tan sólo 29 años, desarrollando una carrera eclesiástica. Su condición de príncipe real con cierta experiencia en las artes de gobierno le otorgaba el perfil idóneo para ser mediador entre Nápoles y Roma. Tras la muerte de Sixto IV en 1484, se convocó el cónclave para la elección del nuevo pontífice, por lo que Juan abandonó Hungría y regresó a Roma, adoptando un papel destacado, según algunas fuentes, en la elección de Inocencio VIII. Según algún autor, el infante-cardenal de la casa de los Aragón dedicaba anualmente una cifra no inferior a 6.000 ducados de oro para la adquisición de manuscritos en miniatura y de incunables (p. 471). Adquirió manuscritos de textos clásicos o de la antigüedad, como las obras de santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, ambos estrechamente vinculados con Nápoles. La configuración de esta biblioteca fue fruto de opciones meditadas, coherentes y con el claro objetivo de la exhibición y exaltación del prestigio cultural, aunque también político, en la época de la Italia renacentista. En las págs. 473-478 se reproducen algunas de estas obras con un breve comentario.

Este libro ha sido fruto de una empresa conjunta del Museo de Historia de Cataluña y el Museo Nacional de Hungría. También ha sido importante para que esta obra viera la luz la aportación económica de la Generalitat de Cataluña. Se trata de un libro científico, pero de lujo, que puede servir para regalo, eso sí para personas extremadamente cultas.

Guillermo Hierrezuelo Conde

Universidad de Málaga

España