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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. vol.65 no.215 Santiago jun. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902011000100013 

Revista Musical Chilena, Año LXV, Enero-Junio, 2011, N° 215, pp. 76-77

IN MEMORIAM

 

Henryk Mikolaj Gorecki (1933-2010)

 

Desde los años 40 y 50, es cuando comienza su aventura con una postura anti avant garde. Abandonando las prácticas de los compositores de vanguardia de la época, Gorecki logró conmover a todo el mundo con su obra, aún siendo un hombre de Polonia, cuyo protagonismo había estado marcado en la historia más bien por el constante sufrimiento de su pueblo ante los conquistadores. Este hombre, es quien un día 4 de enero de 2004 me abría la puerta de su casa en las montañas de la región de Silesia, luego de que en Varsovia, a través de la Asociación de Compositores Polacos, me ayudaran a que me aceptara y con ello, lograra trabajar con él durante un tiempo que se extendió por 4 años a lo largo de mis viajes a Polonia y con posterioridad a mis estudios con K. Penderecki. Lo primero que hicimos, seguramente cada uno desde su imaginación, fue asociar rostros y voces con la imagen prefabricada que el tiempo previo había logrado armar uno del otro. El polaco del chileno y viceversa. Efectivamente, había visto sus imágenes en textos de estudio, y al mismo tiempo reconocía en él la imagen del hombre que me había fabricado al principio desde la sola naturaleza de la audición de su música.

Luego, el trabajo hizo que nos fuésemos conociendo con la tranquilidad y la emoción de los que no tienen apuro, sólo el ritual del encuentro bastaba. Nuestro trabajo sería la forma de hablarnos, el espacio común fue la composición sacra de la cual era él el guía. Sin duda, una persona extraña. No era interesante para él lo coloquial de las relaciones. Sostenía su discurso en el trabajo permanente de largo aliento y cada vez-en su obra-más religioso, más profundo, directo y simple. Vivió como un ermitaño, un hombre no dominado por la sociedad y por ello, se le puede ubicar como una parte más de la extensa expresión pura de las montañas de Zakopane. De un misticismo que conservó en cada uno de los gestos de contrastes dinámicos de su obra, como también en lo que se llamó el "acorde de la sacralidad", un signo inequívoco de su esperanza en la redención final. Y es aquí donde nos encontramos con sus primeras y más fuertes manifestaciones del eje de su obra....la resonancia de lo sacro. En aquellas reuniones de trabajo, aprendí de su obra a entender el silencio extremo de uno o más compases, la forma de ubicación de cada sílaba más allá de lo que la gramática exigía, la dinámica extrema no serial, y el espacio resonante sacro, en el que muchas veces me indicó una y otra vez, que su propósito era "la gloria a Dios y con ello, el sacrificio como hombre para sostener la verdad a través de los tiempos".

Una actitud, sin duda, orientada al servicio en términos de vivir en la creencia de una concepción mariana aprendida de su amigo y compañero de vida cardenal Karol Wojtyla (Juan Pablo II) de la ciudad de Cracovia.

Con ello, confirmó su percepción y al mismo tiempo la sensación de condena que sentía en su vocación de compositor de ser instrumento de la verdad, y de no vivir en un oficio para una exultación del carácter técnico del mismo.

Por lo tanto, lo sacro se le manifestó desde un principio en una buena construcción (forma) y timbres de una hermosa música sinfónica. De allí al reconocimiento de la voz como el instrumento para el mensaje pasaría poco tiempo y su arte quedaría impregnado de un elemento no natural, marcado con el sello de la santidad.

No sólo "el arte por el arte". Eso es lo sacro en la música de Górecki, luego la conclusión como una corriente profunda de religiosidad, el sentido de lo sagrado, la universalidad, el poder, el misterio y la inmensidad de Dios, la contemplación, la ascesis, la modestia, el arco, la humildad, el sufrimiento y la desesperación, pero ante todo la esperanza, el sonido sacro, el tiempo sagrado, la frescura del carácter espiritual de su trabajo. Es la creación de una idea y estoy profundamente convencido de que la idea para él era Dios, la creencia en Polonia y sobre todo la verdad como la realidad debida.

Al componer su música, se tiene que escribir la verdad y se debe ser honesto. En una segunda y tercera entrevista de trabajo, me dijo: "un compositor de música sacra es sólo un mediador, un intermediario y un instrumento para comunicar esta verdad. Mi música es un comentario de la obra de la creación".

Allí surge, en su trabajo, la constante repetición de sus pensamientos musicales y las palabras van reteniendo el ritmo de los sucesos, alargando el tiempo, suspendido y contemplado. El tiempo en la música de Górecki es parte de un momento irreal, el tiempo eterno e imperecedero, un tiempo sin principio ni fin, un tiempo esférico. Una vez convertido en el espacio se hace un tiempo sagrado, un momento de euforia mística, un tiempo de oración, un tiempo revelado y de verdad absoluta.

La emoción no contenida por su pueblo polaco, del cual estuvo tan cerca siempre, se desbordó en melodías recopiladas constantemente por Oskar Kolberg en los diferentes tomos que reunían melodías populares escogidas de cada una de las regiones y montañas de Polonia. Y allí, mensajes como aquel del segundo movimiento Lento e Largo de su Sinfonía N°3 en el que atrapa toda el alma del pueblo polaco en las breves líneas extraídas del muro 3, de la celda 3 de la prisión-campo de diversión de la Gestapo alemana, en las montañas de Zakopane. Allí, en el Palacio de Podhale, encuentra un rayado en la pared escrito por una niña de 18 años que firma como Helena Wanda Blazusiakowna, en cautiverio y que decían: "¡Oh Madre!, no llores, Inmaculada Reina de los Cielos que me apoyas siempre. Y por encima de esto, por tu nombre, añadiste a la cruz las palabras Ave María". Desde ese momento, se descubre y se revela que para él, "el sonido no perturba la palabra, la palabra se corresponde con el sonido. El punto es encontrar una palabra apropiada y asociarla de manera apropiada con un sonido".

No es de extrañar esta forma de expresar dolor para los polacos. Penderecki en su pueblo natal de Debica, muy cerca de Oswiecim (el pueblo que los alemanes llamaron Auschwitz), distante 10 o 15 kilómetros de Birkenau, el más grande centro de exterminio de esa ya pasada guerra, también tuvo la necesidad de recordar a los muertos y compatriotas en el prefacio de su Dies irae.

Este es su sentido de profundidad, momento crucial de ese algo que se encuentra bajo una vestimenta sonora en el núcleo de la forma de su obra. También se puede definir como la sensibilidad hacia las cualidades metafísicas de la música, hacia sus conexiones orgánicas con la entidad y el ser. Ya estamos en el Gorecki que todos conocemos, más allá de sus obras de vanguardia, Monologhi, Epitafium, Scontri, Genesis I y II y otras.

En consecuencia, el sabor del misterio de la existencia se hace sentir en el mismo proceso en el que la música se convierte y se produce internamente, en el que el tiempo se llena de música, "la música es un fundamento sensual de este Misterio". "Este mundo necesita de belleza, para que no se hunda en la desesperación" eran sus palabras en cada despedida en que me tocaba regresar a mi hábitat en Cracovia, distante a dos horas de su casa en un viaje silencioso en uno de esos viejos trenes polacos.

Hemos dicho, quienes escuchamos su música, que era noble, sencilla, emotiva, como una oración, que era del alma, seria, mística, propia de un compositor espiritual y es por eso que pudo afectar tanto a la gente. Fue parte del arte inmerso en la humanidad, el arte en el mundo habitado, la luz que ilumina las sombras. Por eso, no le interesó ser testigo del apogeo de la llamada Segunda Vanguardia, con su teatro del absurdo, su literatura nouveau roman, su arte abstracto activo, la arquitectura de Corbusier, con una nueva música, que emplea técnicas espaciales, gráficas, electrónicas, seriales y grupales, con el uso de nuevos instrumentos y nuevas posibilidades que ofrecía el estudio electrónico.

Frente a ello, Gorecki, se mantuvo en sus montañas, alejado de todos y al mismo tiempo cerca, escribiendo lo que su humanismo le indicaba como verdad de Dios. La esencia de lo sacro, se encuentra justo entre los sonidos, en el espacio, reverberación, eco-expansión. Donde comienza el sonido, pero no donde termina. "La seriedad posible o expresión no es transmitida sólo a través del gritar, de vez en cuando también está plena de mutismo". Todo ello fue poco a poco logrando un espacio en la música polaca e internacional a la par con Penderecki, quien tuvo la voluntad de visitarle en el Hospital de Katowice (ciudad del carbón en el sur) para estar junto a el durante los últimos días de este hombre de 76 años de edad.

Boris Alvarado
Compositor
Instituto de Música
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.
borisalvarado@vtr. net