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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.59 n.203 Santiago jun. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902005020300014 

 

Revista Musical Chilena, Año LIX, Enero-Junio, 2005, N° 203, pp. 70-73

OPINIONES

 

Mi experiencia como alumno de Cirilo Vila Castro. Un maestro de la música

 

por Alejandro Guarello

Instituto de Música, Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile


Tuve la suerte de conocer al maestro Cirilo Vila a fines de 1975 gracias a la recomendación que me hiciera, en ese entonces, mi profesora de piano, armonía y contrapunto Lucila Césped. Fue justamente una lamentable enfermedad que la aquejó y que la obligó a no dictar más clases, no sin antes preocuparse por cada uno de sus alumnos. Entonces me dio los datos del maestro Vila y ella misma concertó una reunión en casa del maestro. Cuando fui hasta su dirección, en la calle Almirante Latorre 566, me encontré con un personaje afable, amable y tranquilo. La reunión, a la que también asistió Rolando Cori, significó de inmediato el acuerdo de iniciar sesiones de trabajo retomando el nivel y las actividades que yo estaba desarrollando con Lucila Césped. Sin embargo, todo cambió en cuanto a la exigencia, a la cantidad de trabajo, a la amplitud de actividades y al enfoque que el maestro Vila le dio a cada una de las clases. Cada quince días una sesión de tres, cuatro y a veces más horas de duración, una compenetración absoluta en la música. En realidad, el paso del tiempo desaparecía por completo y cada corrección, cada sugerencia era acompañada de un extensa y completa fundamentación, origen y evolución del problema en cuestión. En verdad, daban ganas de cometer todos los errores posibles para disfrutar y aprender de cada comentario del maestro.

Muy rápidamente se gestó entre nosotros una amistad notable y en mí, un respeto tal, que pese a que él me pedía que lo tratara de tú, para mí era y sigue siendo francamente imposible. Las clases en su casa continuaron por todo el año 76. En lo que respecta a la armonía, el trabajo consistía en analizar corales de Bach y armonizar melodías simples. En cuanto al contrapunto, un completo y exhaustivo recorrido por todas las posibilidades y soluciones que un ejercicio tal o cual podía ofrecer. Cánones de todo tipo, cantus firmus, de Fauré, cantos dados de su propia mano. Todo parecía sencillo y normal visto en el cuaderno. Sin embargo, lo más rico y valioso sucedía en la corrección. Estilo, técnica, historia, toda una carga de información a partir de cada detalle. Debo reconocer que de mi parte, si bien había un gran entusiasmo, no tenía las condiciones musicales que un maestro como él se merecía. Yo venía de un mundo musical ajeno al mundo del conservatorio y la música clásica. En realidad, era un músico de oreja vinculado al rock que quería aprender en serio lo necesario para hacer música. Es posible imaginar, entonces, lo que para mí significaba cada corrección: un verdadero estímulo para descubrir más y más tan fascinante mundo que se me abría y, de este modo, rápidamente me sentí impulsado a crear y componer. Lo hacía fuera de clases, puesto que éstas no eran de composición sino, según lo acordado, de armonía tradicional y contrapunto renacentista. Este impulso a componer se manifestaba naturalmente dado que, y lo vuelvo a destacar, las clases básicas de contrapunto y armonía eran, en realidad, verdaderas clases de composición, y podría decir más, eran fabulosas y completas lecciones de música.

Hacia fines de 1976, él me dijo que sería bueno que yo regularizara mis estudios en la Universidad de Chile y obtuviera una licenciatura o un título correspondiente. Para mí eso era inconcebible, no podía imaginar a un poeta con título y menos a un compositor con un cartón que dijera que tal o cual era verdaderamente un compositor. A esas alturas y con el tiempo de aprendizaje con el maestro, la música y la composición se habían transformado en algo superior, mágico, imposible de atestiguar con un papel. Luego de largas conversaciones y pese a que de alguna manera él estaba de acuerdo con mi posición, me convenció en cuanto a que así era posible continuar estudios en el extranjero y que, en definitiva, el sistema social y educativo así lo había establecido. Fue de este modo como mi relación de maestro-discípulo siguió adelante en el edificio de la Facultad. La mayoría de los ramos que cursé durante mi paso por la universidad los tomé con él: análisis, lectura de partituras, armonía superior, contrapunto, composición. Sólo instrumentación y orquestación, los cursos de historia y lo referente a la electrónica los cursé con otros profesores. De este modo, siempre me sentí alumno sólo de Cirilo Vila y, como lo he dicho en otras oportunidades, es a él a quien le debo el ser compositor.

La clase de composición, esta vez dedicada sólo a la creación, se desarrollaba de una manera muy especial. No se podía hacer lo que se quisiera, había un programa, habían exigencias estilísticas y era absolutamente necesario cumplir con lo establecido. Podría parecer entonces que la relación de libertad que existiera en las clases informales en su casa debería haber desaparecido. Pero no, todo se desarrollaba en plenitud. No importaba que estuviéramos en el quinto piso, en la calle, en su casa, donde fuera; cada proposición, viniera de su parte como de la mía, se conversaba hasta llegar a un acuerdo absoluto y a una convicción total de que era eso lo que se debería hacer. Ahora bien, en el desarrollo mismo de la clase, es decir, en las correcciones de los trabajos, ocurría algo que me ha marcado para siempre. Él pasaba un largo rato observando la partitura. Luego, la leía en el piano y comenzaban las observaciones. Éstas eran precedidas de variadas preguntas y consultas respecto a por qué había yo hecho lo que había hecho, qué pensaba yo de lo que podría suceder más adelante o si había visto, revisado o estudiado tal o cual ejemplo. Todo esto sucedía en un trabajo compositivo en estilo, es decir, una reproducción de Mozart, Beethoven o Schumann. ¡Conjetúrese lo que era cuando trabajábamos sobre una obra propia! Al final de la revisión la partitura se llenaba de signos de interrogación, de exclamación, números en círculos que hacían referencia a otro momento de la pieza, etc., y, para seguir adelante, una exposición de las múltiples soluciones posibles o no, sobre las cuales yo debía decidir sin presión o imposición de ninguna especie. Siempre fue así, todo era comprensión y estimulación para seguir adelante, un verdadero faro o guía que estaba ahí disponible pero que nunca se manifestaba indispensable. Todo era posible y aunque él supiera qué era lo mejor, jamás lo hacía saber hasta que la pieza estuviera terminada. Ese era el momento de la evaluación, el momento de la nota. Y otra vez aquellos signos que de una manera simple y clara dejaban constancia de lo logrado y lo fracasado.

Si quisiera recordar momentos de “discordia”, tal vez en lo único que siempre percibí una cierta presión fue con el tema del canto y el uso de los textos. Eso es algo que para él era y es fundamental: la expresividad y la simplicidad del discurso musical tienen para él su fundamento en el verbo, el canto, la melodía. ¡Basta oír sus composiciones! Cediendo a la presión mencionada e intentando cumplir con el programa establecido en la carrera, no tuve otra salida que componer un lied, en el cual utilicé, finalmente, un texto de Federico García Lorca. La elección del texto fue en sí misma una gran lección de literatura. A través de las conversaciones con el maestro pude descubrir el verdadero sentido de la poesía, la profundidad de las imágenes poéticas y un mundo que, hasta entonces, me era absolutamente distante y poco interesante. Pese a que mi distancia con los textos continuó, y debo reconocer que continúa aún, en el año 1978 escribí otra canción con texto de García Lorca –esta vez fuera de cualquier exigencia académica– dedicada especialmente al maestro Cirilo y a José Quilapi, la que estrenaron en un memorable concierto en el Goethe Institut ese mismo año.

Siguiendo con la problemática de lo que él mismo llama música adjetiva y sustantiva, largas fueron las conversaciones en torno al género operático, campo creativo que, en general, yo desprecio. Sobre todo lo relacionado con la ópera italiana de los siglos XVIII y XIX. El maestro Cirilo, sin dejar de manifestar su sorpresa y cierto irónico escándalo por una actitud como la mía, siempre mantuvo el tema en la mesa de conversación y siempre respetó todos los puntos de vista. Es notable haber aprendido tanto de una persona sin haber tenido que pasar por un conflicto en el intento por defender o mantener puntos de vista a ultranza. El respeto mutuo pudo siempre mantener los desacuerdos como tales, sin transformarlos en conflictivos, muy por el contrario, fueron para mí siempre fuente de riqueza y crecimiento.

Siguiendo, siempre con cierto recelo, la fascinación del maestro con la relación texto-música decidimos abordar, como obra de tesis y culminación de mis estudios en la Facultad, el fenomenal poema de Stéphane Mallarmé Un coup de dés (Un golpe de dados). De esta decisión resultó una sinfonía escrita para cuatro solistas vocales, una orquesta y todos sus integrantes –en pleno– gritando el manifiesto que le da el nombre al poema: “un golpe de dados jamás suprimirá el azar” (Un coup de dès jamais abolira l’hasard). Ese fue un trabajo que nos fascinó a ambos desde el momento de tener que tomar la decisión de trabajar con la lengua original o con la traducción en español, hasta cada uno de los planteamientos que le fui proponiendo para lograr proyectar todo lo que había dentro de ese magnífico poema en una obra musical de formato sinfónico. Recuerdo extensas conversaciones en relación a la traducción que decidí utilizar y que en algunos momentos era puesta en crisis por el maestro. Ahí se me manifestó plenamente el cariño que él tiene por el verbo, el texto, su semántica, su sonoridad o significante y su trascendencia en el sentido global de una obra.

A modo de paréntesis y en lo estrictamente personal, quiero reconocer en mi maestro Cirilo su tremenda capacidad para haberme constituido en mí mismo, haber ayudado a atreverme y saber tomar mis propias decisiones. En definitiva, a administrar mi propia libertad compositiva. Una vez más: ¡Gracias!

Retomando aspectos más generales de su labor docente, las clases con el maestro, como muchos pueden atestiguar, nunca se circunscribieron a los aspectos estrictamente musicales sino, muy por el contrario, se abrían a dominios tan diversos como el cine (memorable fue aquella tarea de establecer la forma musical de Luces de la ciudad, de Charles Chaplin en reexhibición en aquellos años), la literatura y el teatro, sin descuidar o dejar de lado las vicisitudes del diario vivir que, en ese tiempo, daban para hablar en extenso y que, por lo mismo, pasaban a ser el tema recurrente de las largas y conversadas despedidas en las esquinas después de las clases de análisis. Éramos muchos quienes permanecíamos, a veces horas, conversando acerca de diferentes cosas y, cuando parecía que se venía el último “hasta mañana”, el maestro abría una nueva brecha al acordarse de alguna anécdota o hecho relevante que siempre venía al caso. Creo que hubo veces que estas conversaciones al terminar las clases fueron verdaderas lecciones de vida y a muchos de nosotros todavía nos resuenan en nuestras memorias.

Antes de finalizar esta pequeña reseña de mi experiencia con el maestro, hay un aspecto que me parece muy importante y que me gustaría destacar. Esto es, reconocer públicamente el coraje y la determinación de un músico del nivel y reconocimiento internacional que él tenía al haber tomado la decisión de quedarse en Chile, pese a todos los riesgos y problemas que ello le pudiera haber significado, y haber dedicado todo su esfuerzo a una generación de músicos chilenos –intérpretes, teóricos, musicólogos y compositores– que, sin duda, estarán por siempre agradecidos y orgullosos de haber recibido, de parte de una gran persona, tanto conocimiento, tanta experiencia y, además, entregados con tal eficacia, profundidad y cariño.

Sin duda, un gran maestro del que siempre se puede seguir aprendiendo en cada conversación, después de un concierto, en algún encuentro o para aquellos que aún son estudiantes y tienen la suerte de trabajar con él, en sus maravillosas clases magistrales de música, la música toda, sin exclusiones de género, de estilo, de época o de culturas. La plenitud personificada en un músico notable, pero sencillo; un gran personaje, pero siempre accesible; un intérprete de primer orden, pero siempre dispuesto a colaborar con sus alumnos o colegas; un gran pensador, a veces, demasiado reservado.

Tuve la suerte de ser su discípulo, en el sentido más estricto de la palabra, y por eso deseo agradecer a la Revista Musical Chilena esta oportunidad de expresar mi gratitud, que seguramente comparten todos quienes fueron sus alumnos, y mis felicitaciones por su Premio Nacional de Arte en Música. Un reconocimiento que en este caso ha sido concedido a un artista que, sin lugar a la más mínima duda, ha sido un regalo para la cultura musical chilena.