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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.59 n.203 Santiago jun. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902005020300007 

 

Revista Musical Chilena, Año LIX, Enero-Junio, 2005, N° 203, pp. 54-57

OPINIONES

 

Recordando a Cirilo Vila. Exégesis alrededor de un viaje

 

por Agustín Cullell

Director de Orquesta, España


Fue durante el regreso a Santiago desde Viña del Mar con motivo de repetir un concierto en la Quinta Vergara previamente ofrecido en el Goethe Institut. Nos desplazábamos cuatro viejos amigos en el auto de Hanns Stein; junto a él, Jaime de la Jara, Cirilo Vila y quien esto escribe. Habíamos dado a conocer por primera vez en Chile algunos autores cuyas obras fueron proscritas en Alemania durante la época del nazismo, entre éstas las dramáticas Cinco canciones del ghetto, rescatadas y orquestadas por Adolfo Allende Blin, dedicadas a Hanns y que éste había estrenado en Berlín diez años antes.

Por un largo trecho nuestras conversaciones giraron en torno a su desgarrador contenido y las similitudes que de algún modo hallábamos entre aquella tragedia y la ocurrida en Chile. Sólo hacía poco más de un año que había finalizado la dictadura y el país daba sus primeros pasos en el inquietante proceso de una “democracia vigilada”. En cierto momento Cirilo sugirió la necesidad de cambiar de asunto. Según recuerdo, sus palabras apuntaban al hecho de que estimaba demasiado cruel continuar rememorando todas esas amargas experiencias, tan difícilmente superables por la gran mayoría de los chilenos. Aunque sólo fuera por un simple ejercicio de salud mental, era necesario oxigenarse. Estuvimos de acuerdo y nos dedicamos de inmediato a comentar los temas de referencia obligada en cualquiera de nuestros encuentros: la realidad musical del país y sus metáforas, así como la recreación de cantidad de anécdotas vividas en nuestra época de estudiantes y durante la actividad profesional realizada antes de la gran ruptura.

Absortos en la contemplación de aquella apacible noche de octubre y sumido cada cual en sus propias reflexiones, poco a poco nos fuimos quedando en silencio. En lo personal, las mías regresaron al concierto que acabábamos de ofrecer. De todo aquel emotivo programa dos obras en particular habían cautivado mi atención: la Sonata para violín y piano, de Hanns Eisler, interpretada magníficamente por Jaime de la Jara y Cirilo Vila, junto a las ya mencionadas Cinco canciones del ghetto. De pronto mis pensamientos dieron un giro y se centraron en la figura de Cirilo. A diferencia de mis otros dos compañeros de ruta, los contactos personales entre Cirilo y yo habían sufrido largos períodos de distanciamiento, incluido el provocado por los años malditos. A consecuencia de sus becas de estudio en Francia e Italia durante la década de los 60, muy pocas veces hubo la oportunidad de un reencuentro desde su final hasta aquel fatídico 1973. Por otra parte, a su regreso yo desarrollaba mis actividades en la Universidad Austral de Valdivia. Sin embargo, mi memoria recupera el último de aquellos encuentros, ocurrido en 1972 mientras dirigía como invitado la Orquesta Sinfónica de Chile. Nos habíamos reunido con Gustavo Becerra quien se encontraba de paso en Santiago, a fin de acordar el estreno de su Concierto para piano durante la Temporada del 73; pero los terribles acontecimientos que para entonces asolaron el país postergaron sine die aquel proyecto.

Retrocedo a épocas más lejanas aún; al momento en que conocí a Cirilo por primera vez. Creo que fue una mañana de los años 1945 o 1946. Nos encontrábamos mi hermana María Clara y yo en la clase de piano del profesor Roberto Duncker, cuando entró al aula la profesora Cristina Herrera, entonces ayudante de su cátedra. Llevaba de la mano a un niño de aproximadamente unos 8 o 9 años con el propósito de que el maestro lo escuchara. Duncker, quien fallecería poco tiempo después, era de esos magníficos viejos maestros cuya sola presencia infundía temor y respeto, si acaso no pavor. Me fijé en su rostro y me pareció observarlo pálido y amedrentado; pero esta impresión duró tan sólo el tiempo que tardó en colocar sus manos sobre el teclado. Fue algo asombroso. Interpretaba obras muy superiores a las que exigía su nivel de estudios, con musicalidad y técnica fuera de lo común, haciendo gala de raras cualidades que auguraban ya la conquista de un lugar importante entre los buenos pianistas del futuro. A partir de ahí lo recuerdo participando con frecuencia en las presentaciones de alumnos organizadas por la Dirección del Conservatorio, donde poco a poco fue reafirmando su prestigio como músico de singular talento.

Y a pesar del salto en el tiempo, esa imagen de entonces la vuelvo a evocar y se me perfila como la de un chico de apariencia frágil, cabello un poco alborotado, rostro plácido y mirada ausente que ocultaba unos ojos inquisitivos, como si de ellos emanara un perpetuo asombro hacia todo aquello que no tuviera nada que ver con la música. De espíritu inquieto, gran sensibilidad, siempre derrochando sencillez y simpatía en el marco de un carácter sociable; con frecuencia oscilante entre una actitud comunicativa y otra casi ensimismada, a la que tal vez acudía para reencontrarse en ese mundo de riqueza interior que le servía de refugio, donde, imagino, buscaba respuestas a las muchas interrogantes que le planteaban sus grandes inquietudes.

Sigo con mis recuerdos. La memoria me conduce a otras facetas de su personalidad, que se desarrollan al correr de los años. Premunido en su etapa juvenil de un nuevo talante, con el que hace gala, además, de un cierto matiz irónico y burlón, no renuncia a participar activamente en todos los actos festivos que la comunidad musical programa, en particular las farándulas que hasta 1955 organiza cada año el Centro de Alumnos del Conservatorio para despedir el curso académico. Memorable sobre todo la última por una paródica actuación de comicidad esperpéntica, como nunca la hubo antes ni se ha repetido al día de hoy, en la cual Cirilo cumplió un rol preponderante.

 
Cirilo Vila, alumno del Ciclo Medio del Conservatorio Nacional de Música, en 1949 (Archivo de Agustín Cullell).

En algún punto del camino nos detuvimos brevemente para estirar las piernas y tomar un refresco. En ese instante otro asunto de alcance meramente anecdótico vino a mi memoria: el hecho de que ésta era la segunda vez que Cirilo y yo viajábamos juntos. No habría otra.

- ¿Recuerdas, le pregunté, esa gira al sur en octubre del 59 con la Orquesta del Conservatorio, en reemplazo de la Sinfónica a raíz de nuestra huelga por aquel terrible conflicto? Tocabas la parte de piano obligado en el Concerto grosso de Bloch y las partes de bajo continuo en las obras barrocas. Hace más de treinta años de todo aquello.
-
¡Vaya si me acuerdo! Era uno de los que lideraban a los manifestantes del Conservatorio en sus desfiles callejeros en apoyo de ustedes. Fue duro aquel episodio, y dramático... muchos meses.
- Nueve. Casi nos quedamos sin orquesta... y, bueno, todos a la calle. Esa gira al sur resultó un bálsamo.
- Sí, intervino Jaime de la Jara, pero yo no le perdono a Cirilo que casi nos echan del tren cuando regresábamos desde La Unión, en el nocturno, y éste se puso a lanzar petardos en el coche-cama mientras dormíamos.

Hubo risa general y de inmediato surgieron más anécdotas relacionadas con la gira.

Reanudamos el viaje. Por unos momentos Jaime, Cirilo y yo nos dedicamos a recordar una emblemática celebración que tuvo lugar en casa del primero con motivo del viaje a Europa, quizá de las últimas donde se prodigaron al más alto nivel nuestros vínculos de amistad y camaradería, y de la que se hablaría por mucho tiempo a consecuencia de su inusitado final eufórico y desbordante. Eran otros tiempos; tiempos en los que el ingenio con cierto toque de humor insólito constituían un feliz contrapeso a las adversidades de la vida y al rigor exigido por la profesión; tiempos en los que todo parecía posible.

Llegado a este punto la charla derivó hacia nuestra actuación conjunta, efectuada finalmente el año anterior con el estreno en Chile del Concierto Nº 2 para piano y orquesta de Juan Orrego Salas. Habían transcurrido prácticamente veinte años luego de aquel frustrado intento con la obra de Gustavo Becerra. En cuanto a la de Orrego -así lo expresamos en una entrevista- ambos coincidimos en estimarla como una de las mejores obras chilenas escritas para el género, cuyo montaje, por cierto, nos había exigido un arduo trabajo en virtud de las dificultades que plantea tanto la parte solista como el acompañamiento orquestal.

Con antelación a mi partida de Chile, año y medio después de realizado este viaje, Cirilo y yo no volvimos a mantener otro entrañable encuentro. Él se hallaba absorbido por sus múltiples obligaciones docentes como responsable de varias cátedras, cumpliendo a la vez una serie de actividades artísticas; y yo, por mi parte, desempeñaba una compleja labor al frente de la Orquesta Sinfónica. Sólo en mis esporádicas visitas a la Facultad de Artes, y en la tónica de los contactos casuales, tuvimos la oportunidad de cruzar fugazmente algún amistoso saludo junto a uno que otro comentario adicional.

Ya residiendo en España y en mis sucesivos viajes a Chile no le volví a ver. Tal vez el paso del tiempo, las circunstancias vividas junto al efecto de la separación y el entorno de una realidad diferente, van configurando un inevitable distanciamiento en las relaciones humanas... como en el verso aquél: “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. Al menos me queda el recuerdo de una vieja amistad inmersa en el contexto de épocas inolvidables. Ahora, en conocimiento de que ha sido acreedor al Premio Nacional de Arte, desde estas líneas le envío la más calurosa felicitación.