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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.59 n.203 Santiago jun. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902005020300005 

 

Revista Musical Chilena, Año LIX, Enero-Junio, 2005, N° 203, pp. 42-51

HOMENAJE

 

Cirilo Vila: formar en el rigor hacia la libertad del compromiso

 

por Rolando Cori

Facultad de Artes, Universidad de Chile, Chile


En este número de la Revista Musical Chilena, dedicado a Cirilo Vila con motivo del otorgamiento del Premio Nacional de Arte 2004, me ha correspondido el privilegio de contribuir con entrevistas que pongan de relieve la personalidad musical del maestro como formador.

Con el fin de enriquecer los puntos de vista tratamos que la procedencia de los entrevistados, ex discípulos de Cirilo Vila, abarcaran diversas áreas del quehacer musical, tales como la creación en el ámbito académico, popular y comercial, la interpretación y la investigación. En este mismo sentido entrevistamos también a músicos que han hecho carrera profesional en Chile y en el extranjero. Sólo dos de las entrevistas fueron personales, lo que suscitó la aparición de contrapreguntas surgidas del diálogo.

Los entrevistados fueron Patricio Wang1, Eduardo Cáceres2(EC), Fernando Carrasco3(FC), Juan Pablo González4(JPG), Gabriel Matthey5(GM), Rodrigo Díaz6(RD) y José Miguel Tobar7(JMT).

Como obertura a este homenaje a Cirilo Vila conozcamos el testimonio escrito de Patricio Wang.

"A Cirilo Vila lo conocí el año 1970, cuando ingresé a la carrera de composición en el Conservatorio de la Universidad de Chile y se convirtió en mi profesor de taller de composición y de ramos teóricos, como análisis de la música, contrapunto y armonía, es decir, la figura central de ese período de formación. Cirilo es uno de esos personajes providenciales que aparecen, de vez en cuando, en momentos decisivos de la vida. Recién llegado de Francia, venía ya precedido de un prestigio casi legendario, sin duda acentuado por el hecho de haber sido discípulo de Oliver Messiaen, lo que, desde nuestra visión de provincia del mundo, equivalía casi a estar codeándose con el Olimpo de la Música Universal.

Todo en el ambiente contribuía a un estado de excitación permanente: la inminente elección de Salvador Allende y todo lo que aquello significaba como cambio a todo nivel; los resultados de la reforma universitaria, que había permitido y estimulado la apertura de la carrera de composición a músicos tradicionalmente alejados de una formación académica, llegando así al Conservatorio integrantes de grupos de música popular o de raíz folclórica, lo que implicaba colaboraciones intensas e inéditas en nuestro horizonte cultural (el mismo Cirilo, colaboraría con un grupo como Quilapayún); los profundos cambios que venían produciéndose en todo el mundo en los años 60, en los cuales la realidad chilena se insertaba naturalmente. Así, en ese período, me cruzaba en los pasillos del Conservatorio con algunos de mis profesores: Cirilo, Fernando García, Gustavo Becerra, Celso Garrido-Lecca, Eduardo Cortés; condiscípulos como Raúl Alarcón (antes de llamarse Florcita Motuda), algunos de los Blops, Inti-Illimani, Quilapayún, Los Jaivas, personalidades como Víctor Jara, Sergio Ortega pero también bailarines y coreógrafos y hasta algunas bailarinas de Música Libre.

Dentro de ese contexto vertiginoso de los años 70 Cirilo representaba para mí la presencia real de un ideal a alcanzar, pero también un horizonte abierto porque su enseñanza tenía poco de dogmática. La solidez de su conocimiento era inspiradora; me recordaba que, además de correr a diestra y siniestra detrás de todos los estímulos sensoriales e intelectuales de la época, había que encerrarse también para trabajar el exigente y misterioso contrapunto, cuya utilidad no siempre era evidente. Cirilo forma parte de aquellos seres cuya riqueza humana aparece tan por encima de la mediocridad ambiente, que resulta apabullante y estimulante al mismo tiempo. Apabullante, sobre todo, si tomo en cuenta que yo no contaba entonces más que con 17 años y un entusiasmo a toda prueba, es cierto, pero también con una historia musical aún demasiado breve. Ésta sólo consistía en un par de años tocando fanáticamente la guitarra eléctrica con mi grupo del Instituto Nacional y en el año precedente en el Conservatorio, tratando de combinar mis inquietudes científicas y musicales en la carrera de Tecnología de Sonido, la que, aunque abandoné rápidamente por la composición, me permitió avanzar en forma acelerada y concentrada en la teoría de la música y tener acceso a una escucha intensiva de música de todo tipo.

En ese cuadro, encontrar a Cirilo tenía algo de mágico, porque era más grande de lo que yo era capaz de imaginar y sin embargo contaba con el lujo de tenerlo tan cerca. Seguramente que para mi formación de compositor mi encuentro con Cirilo fue un poco prematuro, puesto que la época era demasiado revuelta para un trabajo de concentración como el que supone la composición, el que para mí vino un poco más tarde. En ese momento hubiera necesitado una mano de fierro que me hubiera obligado a poner en segundo plano las distracciones de la época. Pero no es el carácter de Cirilo el de tiranizar a sus alumnos.

Lo que más recuerdo de su enseñanza es el rigor en el análisis y sobre todo la sensación de que todo lo daba como un regalo, pero había que estar atento para poder recibirlo, porque no había obligación de aceptarlo ni presión de ningún tipo. Es decir, que había que asumir una actitud adulta y eso era un desafío no despreciable a una edad aún intermedia. Así, si bien fue un poco prematuro encontrarlo en ese momento con respecto a mis inquietudes de compositor, resultó ser, por el contrario, el momento justo para sentar bases teóricas sólidas, y eso hoy puedo apreciarlo en su justo valor.

Recuerdo aún muy claramente cómo absorbíamos durante sus cursos todo ese caudal de información que nos daba Cirilo. No meros datos, sino información viva, y que nos era entregada con la claridad y sencillez de quien comprende de verdad y no necesita hacer alarde ni recurrir a artificios para simular una cierta sabiduría. Porque además todas las historias de Cirilo venían acompañadas por la ilustración al piano, lo que testimoniaba una memoria más que impresionante y una lectura prodigiosa. Recuerdo, por ejemplo, cómo explicaba el Motete a 40 voces, de Thomas Tallis, mientras iba reduciendo al piano esa partitura monstruosa que casi no cabía en el atril del piano, y que apenas llegábamos a seguir con la vista mientras sus dedos realizaban extrañísimas contorsiones para abarcar todo el material que debía traducirse en sonidos. O cómo de la misma manera me despertaba una curiosidad infinita por ese extraño personaje que fue Gesualdo y sus madrigales, música que sin embargo, e inexplicablemente, nos sonaba más moderna que aquella de compositores muchísimo más cercanos en el tiempo. Y luego la explicación, sin pasiones exacerbadas, que nos hacía entender el porqué de todo eso, como la cosa más natural del mundo, para después correr a la entonces Sala de la Reforma (actualmente Sala Isidora Zegers de la Facultad de Artes), para escuchar las canciones de Brecht/Eisler cantadas por Hanns Stein con Cirilo al piano. Así, cada día en las cercanías de él era un nuevo descubrimiento.

Por suerte vivíamos también cosas más terrenales, como aquella vez en una de las salas del 6º piso del Conservatorio cuando el taburete del piano, sentado sobre el cual Cirilo se esmeraba en anotar correcciones durante un curso de taller de composición, cedió a los balanceos constantes de nuestro querido maestro y se rompió una pata dejándolo caer de espaldas, como en la mejor de las películas de la época del cine mudo. No estaba de más recordarnos que este mensajero de los dioses también formaba parte de una Humanidad expuesta a lo más sublime y también a lo más banal de la existencia.

En todo lo que he podido hacer después, veo siempre muy claramente lo que le debo a ese período de tres años en que estudié con él. Y si siempre que en mi vida ha estado en primer plano la música de mi tiempo ha sido, en gran medida, gracias a la visión inteligente y dinámica que transmite Cirilo.

Después de mi partida de Chile, el año 76, he reencontrado a Cirilo esporádicamente en alguna de mis visitas al país, lo que siempre será uno de los aspectos tristes de la distancia. En todo caso, como siempre, sigo, aunque sea de lejos, el acontecer chileno; regularmente me voy enterando de algunos de sus pasos, como también de los de muchos otros que, como yo, tanto le debemos a Cirilo Vila. Así me enteré, feliz, del Premio Nacional de Arte 2004".

RC.: Cirilo Vila es una persona admirada como músico y como maestro ¿crees tú que todo esto es genuino o puede haber una constelación de situaciones que lleven a una exaltación exagerada de una persona? Por conversaciones con él y según lo que hemos escuchado de otras personas cercanas al maestro, sabemos que, en un comienzo, él mismo dudó -por la modestia que tan marcadamente lo caracteriza- si aceptar el Premio Nacional de Arte 2004.

EC.: Siempre se ha dicho que el hombre no es sólo él sino además sus circunstancias. Creo que Cirilo ha vivido circunstancias ideales para su propia configuración como personaje. No hay que olvidar que Cirilo está ligado como protagonista, al igual que muchos de nosotros, a lo que fue el gobierno de la Unidad Popular, el golpe militar y la vuelta a la democracia. Todo esto ha influido en su vida política y musical, llegando a configurar una personalidad artística y figura cultural.

Tuve la suerte de conocerlo en el Taller 666. Esa institución era un centro cultural combativo que tenía la bandera al tope, donde una serie de situaciones que tenían que ver con la enseñanza del arte sin censura estaban ahí, con Cirilo como un baluarte de esa actividad. Y era lo único que había. Posteriormente, toda la situación que se vivió con la Asociación de Académicos de la Universidad de Chile cuando llegó José Luis Federici [Rector de la Universidad de Chile,1986-1987], Cirilo Vila levantó la voz. Siempre su figura como músico ha estado ligada a los procesos políticos y durante esa época corrió el riesgo de ser expulsado, como casi ocurrió el 87. Nos tomamos la Facultad de Artes porque a Cirilo se le estaba echando. Luego llegó la democracia, el gobierno de la Concertación y se van produciendo lentamente reconocimientos a toda la gente que dio la pelea en esa época, enfrentando la dictadura desde su puesto. Algunos la enfrentaron con armas, otros con arte, con educación. Creo que Cirilo está ahí. Fue una mezcla de músico y político, creador y artista.

Otra cosa es lo que ha sido como compositor. Ese es otro tema. Pero creo que los años nos han ido dejando la enseñanza de que Cirilo toda la vida ha estado comprometido con su momento. Sin dejar de hacer lo que tiene que hacer. Eso posee un gran valor, porque en Chile hemos necesitado gente que diga cosas y esas cosas sean consideradas. No han sido palabras al viento, sino que han dado fruto. Su postura dio fruto. Es como un árbol con una raíz muy fuerte y con ramas hacia todas partes. Es una figura absolutamente histórica y tiene trascendencia para rato.

RC.: ¿Cuál crees tú que era el atractivo de Cirilo Vila?

FC.: El atractivo de Cirilo tenía que ver también con lo que Chile estaba viviendo. Tampoco había mucho donde elegir, pues muchos músicos se habían ido. Cirilo fue de los pocos que se quedó, de manera que había que aferrarse a él. En ese sentido muchos exageraron este seguimiento, dentro de una polarización del país donde todo lo de aquí era bueno y lo de allá malo. Pero tú sabes que para mí también existieron otros maestros y aprendí a apreciar la enseñanza de Juan Lemann y Juan Amenábar. Cuando yo entré era muy inmaduro y las cosas no fueron como yo pensaba.

RC.: ¿En qué sentido?

FC.: Me di cuenta de que este es un camino personal, más bien depende de uno mismo la formación, de encontrar lo que cada uno amorosamente te quiera entregar. A veces, uno puede estudiar con un compañero de curso -como a mí me sucedió- y encontrar en él lo que me faltaba para crecer. Al principio uno piensa que encontrarse con un maestro es la salvación y después te das cuenta que está bien; pero hay muchas otras cosas; tales como abrirse a otras personas.

RC.: El primer contacto con "el Maestro", ¿cómo conociste a Cirilo Vila?

EC.: Yo estudiaba percusión en la Facultad de Artes en 1975 y en ese tiempo Cirilo ya era un personaje conocido como profesor de composición. Sin embargo, lo conocí personalmente el 76 y 77 en el Taller 666, lugar donde yo trabajaba como percusionista de la escuela de ballet de ese taller. En algún momento me puse a componer por mi cuenta y le mostré mis trabajos a Rodolfo Norambuena, que en esa época estudiaba con Cirilo, para que él los viera.

FC.: Lo conocía sólo de nombre, porque cuando entré a estudiar pedagogía en 1972, Cirilo hacía composición. Allí le hacía clases a alguna gente de la música popular, y como yo hacía también eso, había sabido de él, de su forma de trabajar y la manera de entender la música. Me parece recordar, además, que en esa época compuso algo para el Quilapayún8. Cirilo también se acercó a la música popular. Era como una política de los compositores "doctos" de esa época. Becerra, Advis, Ortega; todos hacían música para conjuntos populares "comprometidos".

En ese año se abrieron las puertas de la Facultad para todo el mundo. Una vez adentro se iba a saber si iban a seguir o no. No se pidieron conocimientos previos ni condiciones. Bastaba sólo querer ingresar.

JPG.: Hay algunas personas que uno cree que conoce de siempre. Su prestigio, su aura de sabio y toda la luz que emanaba de su ser eran más fuertes, aun en esa época oscura que vivíamos en Chile a mediados de los años setenta. De modo que Cirilo lo cubría todo, estaba allí desde siempre y era lo único que me mantenía aferrado al Conservatorio.

Lo que sí recuerdo es la primera vez que me acerqué a hablarle, lo encontré bajando la escalera del primer piso y me fui a presentar y a decirle que quería estudiar composición con él en el Taller 666, ya que en la Facultad estaba empezando con la musicología y aún me mantenía fiel a la guitarra. Él asintió con toda su generosa humildad, y allí empezó una relación y un aprendizaje que se prolongó por unos siete años.

GM.: A Cirilo Vila lo conocí cuando ingresé a estudiar Licenciatura en Composición, el año 1980, en el entonces Departamento de Música de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. En el primer año no lo tuve como profesor, de tal manera que mis primeros contactos con él fueron fortuitos, en los pasillos, conciertos, exámenes o en alguna reunión de compositores fuera de la Universidad.

RD.: Siendo alumno de la carrera de Licenciatura en Educación Ritmo-Auditivo, Solfeo y Armonía tuve el privilegio de asistir al curso de análisis de la composición y, posteriormente, participar activamente en varios seminarios de análisis y del curso de audición comentada impartidos por él.

RC.: ¿Qué es lo que aporta la formación recibida por Cirilo Vila en tu quehacer musical actual?

EC.: Cirilo Vila es un formador integral. Esto radica en la utilización de criterios y no en la trasmisión de recetas de composición. Esos criterios tienen que ver con la reflexión que uno hace frente a cada obra nueva, cómo te la planteas, cómo te compenetras en la obra a partir de ella misma, considerando la libertad máxima respecto al lenguaje. Esto es desde el punto de vista creativo. Desde lo composicional Cirilo Vila da la libertad justa para tomar decisiones propias, seguir un camino propio, pero a la vez respetando todo el rigor que una obra musical debiera tener. Estos son criterios más que recetas.

FC.: En el aprendizaje del manejo del lenguaje musical, Cirilo fue fundamental en mí, porque me enseñó a pensar, a entender la música como un proceso articulado. Hay una emoción regida por un pensamiento rector que tiene que estar enraizado en una cuestión comunitaria. Ahí tenía sentido la formación de él. Cirilo pertenecía a una comunidad de compositores y yo de eso me nutrí.

Con Cirilo empecé a entender la música como una coordinación interior. Yo sentía que cuando él analizaba y tocaba había una coordinación perfecta entre su cabeza, su emoción y sus dedos. Uno puede separadamente analizar, tocar y conversar; él podía hacer estas tres cosas al mismo tiempo, y en ese sentido uno percibía que él tenía una preparación integral. Así entendí yo la música como algo integral, bajo un fin común. Es decir, el trabajo del bajo cifrado, en fin, todas las cosas que uno estudia, no tienen un valor en sí mismas, sino un sentido hacia la formación integral. Cirilo, como profesor, era un ejemplo vivo de eso.

Él no componía mucho, nosotros no conocíamos sus obras. Cuando yo llegué a estudiar con él no era por sus obras, sino por esta forma de ver el mundo y la música, y porque él era un abnegado de la pedagogía. En sus clases estaba la interpretación, la composición y la metodología de la enseñanza.

Creo que un hito culminante de su trabajo pedagógico fue cuando dirigió la tesis de Andrés Alcalde y Mario Silva sobre la metodología de la enseñanza del contrapunto. Cuando se leen esas páginas, allí se siente el alma de Cirilo con Andrés traduciendo eso en el escrito. En esa época, Andrés era el más cercano al pensamiento de Cirilo. Estaba Cirilo y después venía Andrés, tal vez sin que cada uno de ellos se lo propusiera. Andrés era muy trabajador, en cambio Cirilo era más bien una persona que fluye con el accionar. Ambos se complementaron y dieron a luz este trabajo, que para mí era una cosa que no se me habría ocurrido nunca.

Yo la he asimilado (esta formación). Él entregaba a todos lo mismo. Yo he hecho una traducción que me ha servido mucho y cada vez me sirve más. Claro, porque yo entiendo que el lenguaje es el mismo cuando las cosas se reflexionan del interior si hay un plano ético; entonces las cosas llegan a parecerse. Bajo este prisma el folclore y la música docta serían casi lo mismo, pues hay una necesidad de comunicación que es común. Quizás la música comercial se diferencia, pues hay otros objetivos.

RD.: Mi formación teórica se vio fuertemente consolidada cuando el maestro Cirilo accedió a la petición realizada por Verónica Sierralta, William Child y yo para que nos dirigiera un seminario de título, destinado a abordar y sistematizar el lenguaje armónico de Claude Debussy. Producto de ese excelente ejercicio de estudio, tuve la oportunidad de recibir una guía cuyo sentido -reflexivo y analítico- me acercó a la fructífera dimensión que puede otorgar el abordaje de un problema, de un cuestionamiento o de algún fenómeno musical poco conocido, con rigor y sentido integrador, además de persistencia y sistematicidad. En el ámbito de mi desarrollo como intérprete musical, si bien todos mis estudios teóricos me nutrían, la visión otorgada por el maestro Vila fortaleció la idea de música como objeto de estudio en permanente cuestionamiento.

JPG.: Yo estudiaba en la Facultad de Artes de fines de los años setenta con tres maestros fundamentales para mi formación como músico y musicólogo: Samuel Claro, María Ester Grebe y Cirilo Vila. De Cirilo aprendí análisis, armonía y contrapunto, formación que preferí realizar desde la perspectiva de la carrera de composición y que me situó con propiedad en el campo de la música clásica. Pero tan importante como eso fue recibir un método de trabajo, una forma de estudiar, una rigurosidad a toda prueba, y una capacidad para relacionar la música con la sociedad, la historia y el ser humano.

JMT.: [Me aportó] la formación de una creciente conciencia acerca de los eventos musicales presentes en una música determinada.

RC.: ¿Qué recuerdas de él como rasgo pedagógico más característico?

EC.: Lo que más recuerdo es el compromiso. Algo así como un compromiso ideológico con cada una de las materias. Si te hablaba de Liszt, él era el genio, si era Beethoven, todo era Beethoven. Había un compromiso emocional tan fuerte con cada una de las cosas que te hablaba. Me acuerdo que a través de Cirilo aprendí a apreciar muchas obras y compositores que para mí eran lejanos. Me transmitía esa fascinación que él sentía. Eso es algo que como pedagogo siento que heredé y si no es así, me gustaría heredarlo. En cada cosa que se dice, en cada cosa que se enseñe, debe estar todo tu ser: convicción y compromiso.

FC.: Para mí era como el puente con una tradición, una tradición que se había roto a través del golpe de Estado. Como yo entendí que en Chile las cosas iban a cambiar radicalmente y que nunca volverían a ser lo que habían sido o pretendido ser, era necesario cobijarse en la Universidad. Esta mantiene la tradición y dentro de ella había herederos de nuestra tradición músical. Entendí que Cirilo era una persona que me vinculaba con mi pasado, con el pasado musical chileno, pues había sido discípulo de Gustavo Becerra, que a su vez fue discípulo de Pedro Humberto Allende.

Además, estaba el hecho de que es un excelente intérprete y también había estudiado dirección de orquesta, todo esto unido a un carácter afable...

GM.: Siempre me llamó la atención su profunda vocación musical, junto a la sabiduría, naturalidad y facilidad con que se relacionaba con la música y, en particular, con el piano. Sus clases eran conversaciones fluidas, aunque las obras de estudio fueran muy complejas. En general él sabía expresarse en un lenguaje sencillo y, cuando hablaba de música, siempre lo hacía en su contexto, relacionándola con las demás artes, la historia, la vida social y cultural en general.

En las clases de composición me llamaba la atención la gran libertad que nos daba. Él no hacía juicios estéticos sobre el trabajo, sino que, simplemente, comentaba las incoherencias que podían tener las propuestas personales dentro del estilo que uno estaba desarrollando. Recuerdo también sus clases de análisis como verdaderas cátedras, donde lograba recrear cada obra acercándose al espíritu del compositor y su época.

Sus clases podían ser dentro o fuera del aula y eran igualmente interesantes y efectivas. Su capacidad de análisis e inteligencia siempre me sorprendían, tanto en materias musicales como en materias culturales en general, razón por la cual con Cirilo nunca dejé de aprender.

RD.: Uno de los aspectos pedagógicos que más me hizo sentido, fue esa capacidad de transformar nuestras apreciaciones erróneas o insustanciales en el camino inductivo y deductivo para convenir y converger en una mirada siempre reflexiva y abierta a futuras agregaciones.

Admiro su persistencia en la valoración, estudio y enseñanza de un pasado musical, con el claro objetivo de conocer aquello que, por falta de conocimiento, puede retrotraernos a viejas fórmulas anquilosantes.

JPG.: Su capacidad para encantarnos con la música, para entusiasmarnos con un repertorio nuevo. Nos preparaba anímica e intelectualmente para el repertorio a estudiar, llegando a la obra luego de un recorrido por otras obras, por la historia y la cultura. En el taller de composición era muy respetuoso de la propuesta del estudiante y sabía sacar lo mejor de él, conduciéndolo hacia el encuentro consigo mismo. Su actitud positiva ante el estudiante era muy importante, especialmente en un medio como el Conservatorio donde, a veces, se tiraban los cuadernos al suelo o los estudiantes salían llorando de las clases.

JMT.: La generosidad para entregar su enorme conocimiento y experiencia con sencillez y sin reservas (y hasta altas horas de la noche si era necesario), teniendo como único límite aquel determinado por las capacidades de sus alumnos.

RC.: ¿Qué es lo más actual o vigente que ves en él?

EC.: Las verdades, cuando lo son, nunca pierden vigencia. A pesar de que yo estudié con él hace un cuarto de siglo, para mí está todo vigente. Yo recuerdo sus clases de composición y principalmente de análisis, en el enfoque que hacía de estos tópicos. Sin ser un proselitista político, había unas componentes sociológicas y filosóficas que están hasta el día de hoy absolutamente vigentes. Tú mismo lo debes recordar. Cirilo no hablaba solamente de la música, ella era un punto de partida para hablar de tantos otros temas. Cada música era una motivación para abrirte hacia otras áreas del pensamiento y disciplinas. Eso debe estar siempre vigente, la música puede descubrir y transmitir al ser humano en su cabalidad.

RD.: Si bien con el maestro Cirilo me ha tocado compartir un espacio relacional derivado del estudio específico musical y de la reflexión más general que emerge del ser músico en Chile, veo como una postura ideológica su inquietud de no dejarse atrapar por un reduccionismo proveniente de la especialización. Tengo la percepción que para el maestro Cirilo, la música necesita, para su significación, de una convergencia epistémica nacida del hombre como humanidad y del mundo como fuente inagotable de logos.

JPG.: Una concepción integral de la música ni excesivamente técnica ni excesivamente culturalista. Su capacidad para situar la música y el músico en el devenir histórico. Su profunda conexión con el tiempo y el lugar en que le toca vivir. Su apertura a toda música. Su extraordinaria memoria musical, capacidad analítica, lectura de partituras y técnica pianística, siempre al servicio de un fin mayor, la obra musical en su contexto.

JMT.: Su disposición siempre abierta a las cosas nuevas (si las hubiera) y el respeto a la diversidad.

RC.: ¿Qué aspectos más críticos recoges del trabajo con él?

EC.: Nunca había pensado en eso. Lo que más me costó fue reproducir estilísticamente obras. Finalmente lo logré, pero sudé la gota gorda con el asunto. Para hacer algo en estilo hay que vibrar con eso. Hacer algo como lo hace otro. En ese sentido yo siempre he sido muy celoso.

RC.: Pero tú dijiste que Cirilo te transmitió este amor por la obra y compositores del pasado, ¿eso no te llevaba a entusiasmarte por imitar su estilo como forma de comprender una forma de escritura?

EC.: No. Me movía a conocerlo, analizarlo, pero no a reproducirlo.

RC.: ¿Tú no estás de acuerdo con una pedagogía así?

EC.: No.

GM.: En mi calidad de estudiante, y como un sentimiento muy personal, lo que más me costó con él fue tener que someterme a un programa de estudios predefinido y limitado a un repertorio eminentemente clásico-romántico europeo, cuestión que en realidad imponía el programa oficial de la carrera. También me costó adaptarme a su libertad en los horarios, pues a veces había que esperarlo horas para poder conseguir una clase; sin embargo las esperas valían la pena pues, en pocos minutos, uno aprendía mucho y se sentía altamente recompensado.

RD.: El rigor para el abordaje de los problemas planteados. Esto que aparece casi de sentido común, en el ámbito del estudio, a veces se mostraba dificultoso cuando se exigía rigurosidad en temas desconocidos o con muy pocos elementos referenciales. Es por tanto un elemento clave y aportativo en mi formación y devenir como profesor universitario.

JPG.: Nada, aunque no participaba del campeonato de ajedrez "Esperando a Cirilo"9, estaba dispuesto a esperarlo una hora para que empezara la clase. Creo que lo habría esperado un día entero.

RC.: En el trato cotidiano, el maestro Vila no es una persona de cercanía inmediata (así como decía Coriún Aharonián en un homenaje en el último festival de música contemporánea en la Universidad de Chile: "vivía a un metro y medio del suelo"). ¿Cómo surge la comunicación personal con él?

EC.: Ahí entramos en un tema más delicado para mí y también más abstracto. Yo siento que mi comunicación con Cirilo es "telepática" [ríe]. No es la comunicación directa a través del lenguaje simple. Nosotros podemos estar callados, sentados en una misma mesa, sin necesidad de hablar y yo encuentro que hay una conexión, una comunicación que va más allá de las palabras. Hay una complicidad con la mirada, con la doble lectura que uno o hace de los hechos, es como leer entre líneas. Esta lectura entre líneas es la que yo siento que me comunica con él, por eso digo que es más "telepática" [ríe nuevamente].

CONCLUSIONES

De las opiniones vertidas, el rasgo que aparece recurrentemente y el que, en definitiva, configura el atractivo fundamental de la personalidad artística de Cirilo Vila, es el de músico integral. ¿Qué significa para nosotros, los que de alguna manera procuramos desempeñar de la mejor forma posible la docencia, la creación, la investigación y la divulgación musical? Músico integral es aquel que hace del arte una forma de vida, de liberación de sí mismo y de otros hacia un auténtico compromiso con la realidad.

Bajo esta perspectiva podemos explicarnos un fenómeno, en cierto sentido paradojal, en la docencia de Cirilo Vila y es que, como profesor de composición y análisis, nos hacía descubrir lo contemporáneo y vigente de la música del pasado. Nunca llegamos a discutir en clase la música propiamente del presente o, al menos, de la segunda mitad del siglo XX. Como estudiantes al comienzo nos costaba entender que, para el "Maestro", siempre había aún aspectos por descubrir en músicas pretéritas todavía imprescindibles para entender las actuales. La omisión del repertorio contemporáneo podría parecer aberrante, si pensamos en la constante exigencia que nos imponen a los formadores los vertiginosos cambios en la cultura actual, en el sentido de estar al día. Sin embargo, como lo atestiguan las entrevistas, el maestro Cirilo no vivía en el pasado ni repetía. Toda su docencia era algo verdaderamente vivo y actual. Cirilo Vila nos quería transmitir que entender la música, significaba entender lo humano, escuchar al hombre en todas sus manifestaciones.

Sin embargo, la pedagogía de Cirilo Vila no se reducía a abrirnos una ventana a la cultura desde la música. Como formador de creadores perseguía, desde las obras del pasado, introducir la polaridad esencial que dinamiza el arte y que es la tensión entre rigor y libertad. Su clase misma era un espacio privilegiado donde se manifestaba esa tensión.

Finalmente, la actitud de descubrir al hombre en el rigor y libertad del arte no significaba un acercamiento abstracto a la humanidad, sino un compromiso vivo y concreto con personas de carne y hueso cerca de él: sus alumnos y la transformación social de su tiempo. Recuerdo que alguna vez en sus clases de análisis, en una discusión sobre el rol del artista en el cambio social, Cirilo Vila pronunció una máxima cuyo autor y versión textual no recuerdo; pero cuyo sentido me parece que quedó como marca indeleble, aunque distinta y personal en cada uno de sus discípulos: que la música no producirá un mundo nuevo, pero cantará su llegada.

 

NOTAS

1Compositor y guitarrista con amplia carrera internacional.

2Compositor y académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.

3Compositor y académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.

4Musicólogo y académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

5Compositor y académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.

6Cellista y académico de la Universidad de La Serena.

7Compositor con abundante música para cine, radio y televisión.

8Según recuerdos del propio Cirilo Vila, se trata de una obra con texto de Isidora Aguirre que quedó inconclusa a raíz de la partida del Quilapayún a Europa, después del golpe militar.

9Campeonato de ajedrez liderado por sus alumnos de la asignatura de análisis, Jorge Hermosilla y Alejandro Guarello, a fines de los 70, en el pasillo frente a la actual sala René Amengual (607-A) de la sede Alfonso Letelier Llona, de la Facultad de Artes, donde ocurría la clase. El título de este torneo aclara su sentido último. Con el acostumbrado atraso, de aproximadamente hora y media, la clase de análisis se extendía hasta que el mayordomo cortaba por un instante el suministro eléctrico del edificio, pasadas las 21:00 horas, como aviso del fin de las actividades docentes diarias. El maestro Cirilo miraba entonces con sorpresa su viejo reloj de cuerda, pronunciando la cándida explicación acostumbrada: "parece que mi reloj tiene un desperfecto".