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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.57 n.199 Santiago ene. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003019900018 

Tomás Lefever Chatterton (1926-2003)1

Estoy aquí en compañía de todos ustedes, para despedir, antes que nada, al gran amigo. Para despedir a un artista chileno, un compositor, que además fue, de hecho, uno de nuestros intelectuales, hombre de letras, de pensamiento filosófico y estético.

Todas esas cosas fue Tomás Lefever, como también fue un ciudadano, un esposo y un padre.

Como pensador, un disidente, que optó finalmente por ser un marginal hasta el punto de no preocuparse más por hacer valer su obra ante sus pares, ni ante las instituciones, ni menos aún, ante el público; porque su incompatibilidad con el mundo actual llegó a ser absoluta.

Nació dotado de una sensibilidad a flor de piel, llevando en su mente y en su corazón todo un universo personal que le disputaba la realidad a la realidad misma...

¿Qué es más real, mi mundo interior o eso que el hombre común llama realidad? La vida de Tomás Lefever transcurrió siempre en medio de ese dilema.

Me siento autorizado para hablar de él, porque fui su fiel amigo desde los diecisiete años de edad hasta las últimas semanas en que anduvo por este mundo que le fue adverso. Me queda la gran satisfacción de que en esas últimas semanas hicimos algo juntos; creamos algo en el mundo del sonido, y esa creación no se perdió, quedó un registro de ella, que será editado. Fue una buena forma de despedida para dos amigos que siempre se encontraron en la música, desde esos lejanos tiempos en que uno y otro se descubrieron, haciendo sonar el piano del viejo colegio de los Padres Franceses de Valparaíso.

Les confesaré que Tomás Lefever, para mí, es uno de los seres más interesantes y fascinantes con que me he encontrado en mi vida, incluida toda mi experiencia en Europa. Un hombre intenso y asediado por problemas metafísicos, cuya experiencia de vida, afortunadamente, quedó para nosotros plasmada en partituras musicales y testimoniada en numerosos y extensos escritos literarios.

Podría pensarse quizás que el pobre escenario de un país pobre del tercer mundo, como fue el que Chile le ofreció, no fue suficiente para su gran talento. Sí, podría pensarse eso, pues son muchos los ejemplos de personajes semejantes a él que en Europa han hecho mucha noticia y han pasado a la historia. Pero, en realidad, lo característico que su talento tuvo, es precisamente eso, de haber sido situado en este mundo chileno de estrechez criolla, de bajo vuelo intelectual y estético, y en una sociedad cuya cultura tradicional se desarticula, entrando en el peligroso síndrome de la pérdida de sus valores fundamentales.

Es probable que si su obra fuese cabalmente conocida en Europa, despertaría el interés de muchos. Pero la verdadera naturaleza de esa obra, en su totalidad músico-literaria, es la de haber germinado aquí , en nuestras pobres calles, en nuestras semidesérticas tierras, en nuestras modestas habitaciones e instituciones; que su música haya sido ejecutada por orquestas, conjuntos y directores que rara vez alcanzaron a entender lo que este artista quería expresar; que sus diálogos con los gestores de la cultura en Chile hayan sido casi siempre un diálogo de sordos, que sus excelentes programas radiales hayan sido suprimidos para "racionalizar" la actividad de la emisora; que las más intensas proyecciones de su espíritu hayan sido confidencias hechas a amigos en diálogos inolvidables en interminables tardes y noches sin horario.

Todo artista, intelectual o escritor chileno, de algún modo conoce algo de esa experiencia, que es, por lo demás, tan chilena... Pero gracias a mi amigo Tomás, yo he llegado hasta encontrarle su encanto a esa precaria realidad en que se desarrolla la actividad cultural del país. Es lo que podríamos decir de los años en que Pablo Neruda vivía en la calle Maruri, o de los años en que Gabriela fue maestra rural. Es lo que podríamos decir de tantos otros escritores, pintores y músicos que vivieron su experiencia de ser tales en un país que difícilmente los tolera y que decididamente no los entiende, y que para subsistir han debido desarrollar su actividad creadora poco menos que en las catacumbas.

En su obra literaria Tomás Lefever ha desglosado hasta el infinito esa experiencia. Y ahí están sus escritos, esperando el ordenamiento y la revisión, para que de algún modo se pueda hacer de ellos una obra organizada y apta que un editor dotado de sensibilidad e inteligencia se interese en publicarla.

Junto a esos escritos suyos está la larga entrevista grabada que el suscrito le hizo durante tres años, la cual incluye toda su vida. El suscrito lo hizo consciente que de ese modo salvaba, por lo menos para sí, un documento viviente de gran valor, porque en verdad uno no se encuentra frecuentemente con personas como Tomás Lefever. Esto ocurrió ya en los años noventa, cuando Tomás comenzaba a marginarse de los espacios de actividad cultural chilenos que antes fueron sus espacios habituales. Y ahí está el texto hablado de su vida, de cuya transcripción y digitación resultaron cuatrocientas páginas, que serán puestas a disposición de sus hijos para que ellos den su opinión ante la posibilidad de una edición, pues un documento de esa naturaleza compromete también la intimidad de terceros. Pero en lo que a pensamiento o reflexión filosófica se refiere, en lo concerniente a juicio estético, cosmovisión y narración, hay pasajes gloriosos que constituyen fragmentos hablados no sólo de la vida de Tomás , sino de la vida del país, entre los años veinte y los ochenta.

Tomás Lefever Chatterton fue discípulo del músico holandés Fré Focke: gracias a este maestro europeo, según su propia confesión, él descubrió la cultura contemporánea, en su totalidad. De la influencia de su maestro resultó para él una adhesión apasionada a la escuela de Viena fundada por Arnold Schoenberg. Su identificación con ese mundo europeo y su comprensión del carácter y espíritu de todo lo que concierne a ese universo estético y psicológico llegó a ser tan genuina, que parece sugerir la existencia de algo así como un nexo "kármico" entre él y esa Viena de Gustav Mahler, de Sigmund Freud, Thomas Mann, de Schoenberg, Berg y Webern. Tomás no sólo analizó las obras musicales de los tres hegemónicos de la dodecafonía vienesa, leyó también su correspondencia, sus escritos teóricos y conferencias, leyó también a Thomas Mann, a Franz Kafka, a Sigmund Freud, a Richard Dehmel, a Hugo von Hofmannsthal, leyó biografías y escritos de Mahler; en suma, se sumergió en la atmósfera en que esa etapa de la cultura europea transcurrió entre 1880 y 1920. Yo le hice notar varias veces lo insólito que resultaba que dos amigos como nosotros llegáramos a identificarnos tan profundamente con esas realidades foráneas y distantes de nuestro mundo real, y que pudiésemos dialogar sobre estas cosas, por ejemplo, en una micro Macul, o en el boliche Las Lanzas de la Plaza Ñuñoa o comiendo chuletas con puré en el antiguo restaurante El Congreso, a pocas cuadras de la Facultad de Ates de la Universidad de Chile. Y en verdad resultaba extraño y curioso todo aquello.

Pero esta etapa enraizada en la tradición musical europea llegó a su fin para que el compositor se abriera a otras corrientes estéticas hasta poder autodefinirse como un músico latinoamericano, aunque cabe hacer notar que lo que quedó atrás fue una obra considerable que abarcó todos los géneros musicales, orquestales y de cámara. La transición fue marcada por una nutrida experiencia con el fenómeno directo de la emisión sonora, independientemente de todo supuesto musical tradicional. Esas experiencias le dieron al compositor una mayor libertad formal, a la par que él siempre se mantuvo muy bien informado de la trayectoria de los compositores extranjeros posteriores a Webern. En esa línea creó Tomás Lefever obras mucho más personales, entre las que destaco la pequeña sinfonía en tres movimientos que le fue solicitada por la Orquesta de la Universidad de Santiago, estrenada hace ya dos años, obra que puedo mencionar entre lo mejor que él compuso. Música de partitura como él la definió, después de la cual iniciamos diálogos dirigidos a la generación de una música de creación espontánea, en la cual pudiesen emplearse algunos instrumentos autóctonos latinoamericanos. Y es como fruto de esas reflexiones que surgió la grabación del CD, antes mencionado, que constituye el último trabajo del maestro con el sonido.

En resumen, Tomás Lefever al despedirse de nosotros nos deja un universo, o mejor dicho la expresión sonora y literaria de lo que fue su inconmensurable universo interior. Es algo admirable, de una incalculable riqueza, que es de esperar, pueda proyectarse debidamente sobre nosotros. Aunque nada podrá superar la rica experiencia del diálogo directo con el autor de esos textos y esas partituras. En ese sentido, el suscrito se considera un privilegiado. Y no fue por mera coincidencia, cabe pensar, que en octubre del año pasado, en un paseo inolvidable al Cajón del Maipo, el último que hicimos, hayamos hecho escala en la casa del escritor Eduardo Barrios, en medio de truenos, relámpagos y cuantiosa lluvia, y que hayamos terminado tomando café con los descendientes del inefable Juan Emar, escritor chileno casi completamente inédito, quien como personalidad era muy semejante a Tomás, y cuya obra recién comienza a editarse. Una extraña ley de analogía, a veces, aparentemente por azar, junta en una misma instancia realidades que, siendo muy distantes unas de otras, se vinculan porque se asemejan. Tal fue el sentido simbólico de ese episodio, poco tiempo antes de su fallecimiento.

Sólo me resta ahora referirme al hombre, más allá de sus talentos específicos para crear obras sonoras o literarias, para atreverme a decir que Tomás Lefever fue un genio, como persona, antes que nada; y diría de él lo mismo aunque no hubiese escrito ni una nota y ninguna línea. No un genio a la manera de Juan Sebastián Bach, claro está, sino a la manera chilena, criolla, bohemia y desamparada.

Hombre poco dotado para la lucha por la vida, pero un superdotado en lo que se refiere a su creatividad como persona, como compositor y escritor. En ese sentido Tomás Lefever configuró ese tipo de artista que, como Modigliani, crean, al parecer, sólo para sí mismos, hasta que la posteridad los saca del olvido. Incapaz de la vanidad que se requiere para hacerse su propia "taquilla", Tomás Lefever es la contraimagen de ese tipo de artista o escritor muy dotado y astuto para promoverse ante el público y las autoridades, pero sin tener gran cosa que dar a conocer. Tomás Lefever, teniendo mucha materia de interés para el público y las autoridades, hizo poco o nada por llamar la atención. Es una forma de destino personal que conlleva una buena carga de sentimiento trágico de la vida.

Dos cosas podrían explicar esa forma de destino personal; por una parte su absoluta incompatibilidad con el Chile actual, en lo cual lo apruebo y lo acompaño con fraternal entusiasmo; y por otra parte, lo que yo llamaría su virtud más relevante como ser humano: quiero decir su autenticidad. Un hombre no sin aspectos conflictivos y difíciles de su carácter, pero tan absolutamente auténtico, que nunca pudo aparentar ser ante nadie algo que él no era. Y todos sabemos que justamente ese tipo de talento simulador es la clave del éxito en este mundo que ha distorsionado todos los valores.

¿Hombre de fe?

Tomás Lefever nunca dejó de mencionar a Dios, pero su relación con la realidad suprema fue semejante a la de Gustav Mahler, quien habiendo sido judío de religión, y habiéndose convertido posteriormente al catolicismo por conveniencia, declaró que su única y verdadera religión era su permanente comunión con el misterio de la vida. Tomás Lefever hizo suya esta posición de Mahler ante el más allá. Eso también forma parte de su autenticidad. A esa forma de culto adhirió él, celebrando su vinculación con lo supremo mediante un permanente rito de sonido y de palabra. En uno de nuestros inolvidables diálogos me dijo: para mí Dios es una fuente inagotable de creatividad. El punto focal del misterio de la vida, al que, pasando la frontera de este mundo, él se ha aproximado ahora, y donde seguramente se sentirá más pleno y a gusto que en este desquiciado mundo actual globalizado.

Gastón Soublette


1Alocución con que el profesor de estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Gastón Soublette, despidió los restos del compositor Tomás Lefever, en la capilla del Campus Oriente de dicha Universidad, en presencia de sus familiares, amigos y numerosos representantes de la Asociación Nacional de Compositores, Chile.