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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.57 n.199 Santiago ene. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003019900005 

Revista Musical Chilena, Año LVII, Enero-Junio, 2003, N° 199, pp. 70-73

 

Cultura en busca de asilo o los caminos
de los exiliados

por
Juan Allende-Blin

Super flumina Babylonis,
illic sedimus et flevimus:
cum recordaremur Sion.

Ningún pueblo conoce mejor la significación de la palabra exilio que el pueblo de Israel. Los salmos son un testimonio poético de la nostalgia de los que se han visto obligados a abandonar su tierra natal. Y en la lejanía, entre extraños es imposible de entonar un canto de alegría -dice el salmista.

La historia se ha ido repitiendo a través de los siglos. Y siempre se han expulsado de preferencia los mejores, los más sensibles, los más inteligentes, los más críticos, los que estorban el buen funcionamiento de los sistemas brutales que torturan no sólo los cuerpos humanos sino también los valores espirituales.

El siglo XX es un ejemplo exuberante de exclusiones raciales, intelectuales, artísticas, ideológicas y aun religiosas. Millones de víctimas: hombres, mujeres y niños, como asimismo una escala completa de profesiones han sido desterradas y siguen siéndolo. Los que huyen no siempre han encontrado un asilo adecuado.

La otra cara del exilio es la exclusión de los que no pueden huir y que son bestialmente tratados hasta su aniquilación en campos de concentración. ¡Qué término más cínico! Su verdadera denominación es: campos de exterminio.

Escribo estas líneas no como alguien que haya sufrido las penurias del exilio, pero sí como un observador que ha sufrido de ver cómo sufren aquellos y aquellas que han perdido sus raíces físicas y espirituales y que a pesar de ello han realizado una vida ejemplar, repartiendo energías creadoras que enriquecen los países donde se han asilado.

Mi gratitud es inmensa hacia tantas personalidades que me han influido en muchos aspectos de mi vida. Porque para mí el dueño de una librería que había abandonado la misteriosa ciudad de Praga para instalarse en Santiago de Chile -evitando así de morir en Auschwitz- adquirió una significación maravillosa, pues allí pude adquirir durante la segunda guerra mundial partituras de Schoenberg, Berg, Webern y Messiaen, como también una gran cantidad de libros de autores alemanes que en su patria habían sido declarados indeseables. Una parte importante de la cultura europea emigraba y debía compartir el exilio con aquellos que la transportaban.

Recuerdo una tarde en la sala de conciertos del viejo Conservatorio de la calle San Diego. Una lámpara con una pantalla de color violeta sobre el escenario. Alice Ehlers, notable clavecinista austríaca, daba un recital y yo escuchaba por primera vez ese venerable instrumento. Alumna de Theodor Leschetitzky (en Viena) y de Wanda Landowska (en Berlín), había sido una de las primeras personalidades que habían resucitado el clavecín con su repertorio prodigioso. ¡Música y músicos en el exilio!

El asesinato de Federico García Lorca había conmovido profundamente a toda mi familia. Augusto d'Halmar, amigo de Federico y de mis padres, nos consolaba recitando:

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.

Para continuar con aquellos versos:

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.

Y la voz de Pablo Neruda que preguntaba:

¿Te acuerdas, Federico, debajo de la tierra?

Óscar Castro declaraba:

No murió como un gitano:
no murió de puñalada.
Cinco fusiles buscaron,
por cinco caminos, su alma.

Así se iban acumulando las tragedias en Europa y sus ecos se percibían claramente en las lejanas tierras chilenas. Exiliados españoles fueron enriqueciendo nuestro saber. Una deliciosa colección de libros: La fuente escondida, nos presentaba en la editorial "Cruz del Sur" autores españoles del siglo XVI, por ejemplo La dulce lira de Luis Barahona de Soto, y uno de sus sonetos parecía describir la situación de aquellos años:

Aquestos vientos ásperos y helados,
de espesas nubes y tinieblas llenos,
de ardientes rayos y terribles truenos,
con súbitos relámpagos rasgados.

En 1940 ya había estallado la guerra en Europa. Un choque inmenso me conmovió al ver La mesa verde presentada por los Ballets Joos en el Teatro Municipal de Santiago.

Kurt Joos había creado una obra maestra que había sido premiada en 1932 durante el Concurso de Coreografía de París. En 1933, al asumir Adolf Hitler el poder en Alemania, Joos fue alertado que la policía tenía orden de detenerlo a él y a los miembros judíos de su conjunto. Entonces los Ballets Joos con todo su personal decidieron emigrar furtivamente aquella misma noche a Inglaterra pasando por los Países Bajos. Un mecenas inglés los acogió en su residencia de Dartington Hall, y de allí partían en tournée -evitando siempre la Alemania nazista- hasta llegar un día de 1940 a Santiago de Chile.

El impacto de los dramas danzados concebidos por Kurt Joos fue inmenso en ese país tan alejado de la Europa en guerra, pero tremendamente consternado por los horrores que ya se manifestaban nítidamente.

Fue una magnífica decisión de Domingo Santa Cruz al contratar a tres miembros eminentes de los Ballets Joos para que fundaran una escuela universitaria de danza moderna. Ernst Uthoff, Lola Botka y Rudi Pescht se instalaron en Santiago y crearon un cuerpo de ballet de una profesionalidad extraordinaria.

Un nuevo aporte de artistas exiliados.

Pero sería injusto olvidarse de los Ballets russes del Colonel de Basil, cuyo repertorio comprendía obras que su antecesor, Serge de Diaghilev, había encargado a coreógrafos, compositores y pintores, entre ellas L'après-midi d'un faune. Entre 1942 y 1944 exhibieron la exuberante belleza de un arte que oscilaba entre la danza clásica y las innovaciones de un Vaslav Nijinsky, con decoraciones y vestuarios realizados por Nataliya Gontscharova, Alexandre Benois, Léon Bakst, Nicolas Roerich. El ballet como cuento de hadas.

Condenados al exilio se encontraban también dos fabulosos cuartetos de cuerdas: el Cuarteto Lener y el Cuarteto Kolisch. El Cuarteto Lener actuó en numerosas temporadas tanto en Santiago como en Viña del Mar; no olvidaré la interpretación del Concierto para cuarteto de cuerdas y orquesta sinfónica de Ludwig Spohr que ejecutaron en el Teatro Municipal de Santiago con Armando Carvajal dirigiendo la Orquesta Sinfónica.

Rudolf Kolisch, el fundador del Cuarteto que recibió su nombre, era discípulo y cuñado de Arnold Schoenberg. Su método de trabajo estaba basado en las enseñanzas de este compositor y amigo, quien insistía que sólo el conocimiento profundo de la partitura era la condición necesaria para una interpretación que reflejara fielmente las intenciones del autor. De allí que el Cuarteto Kolisch ejecutara todas las obras de su repertorio de memoria. Entre ellas todos los cuartetos de Beethoven y los de Schoenberg.

Una profunda impresión me dejaron Erich Kleiber, Fritz Busch, Hermann Scherchen y Jascha Horenstein, todos ellos directores de orquesta exiliados. Al leer los antiguos programas en los cuales, por ejemplo, Erich Kleiber dirige la Sinfonía de cámara de Arnold Schoenberg, me asombro que en las respectivas biografías se eluda declarar francamente la situación de la Alemania nazista que había obligado tanto a Erich Kleiber como a Arnold Schoenberg a abandonar el país. El exilio es tratado como un simple cambio de domicilio. ¿Por qué esa reticencia?

Con especial emoción recuerdo los ensayos de Hermann Scherchen preparando la Ofrenda musical y el Arte de la fuga de J.S. Bach. Scherchen dirigía de memoria también durante los ensayos. Con una increíble intensidad y paciencia, escuchando el más leve error, veo su cara, sus ojos casi hipnotizadores, comunicando con gestos precisos la lógica del discurso musical. El tempo, las articulaciones, las intensidades, la justa entonación iban integrándose, dándole a la música la forma que se desprende de la simple lectura inteligente de cada partitura.

Jamás olvidaré mis conversaciones con Hermann Scherchen en aquel Santiago invernal del año 1948, cuando al escuchar unas canciones mías que le presentara Inés Pinto, me hizo llamar y lapidariamente me preguntó: "¡Qué hace usted aquí, váyase a Europa!". Allí continuaron mis conversaciones con él en Hamburgo, en Colonia. Y continúan aún hoy a través de sus discos y de sus libros.

Estos someros recuerdos desean contribuir a no olvidar las huellas que dejan los exiliados, huellas a veces muy profundas, que han acrecentado nuestra vida espiritual, con sus lecciones de moral, de integridad artística y política, con conocimientos venidos de muy lejos, transportando tradiciones seculares renovadas constantemente por personalidades creadoras.

Vuelvo ahora a la poesía. Inolvidables fueron las tardes pasadas con Pablo de Rokha, con sus versos apocalípticos, con su inflexible voz clamando por un mundo mejor. Allí con Juan de Luigi y con mis padres, Pablo iniciaba la conversación que mezclaba Platón con Sigmund Freud, Hegel con Hoelderlin, Marx con Lautréamont, Cervantes con Dante. Un mundo imaginario se iba constituyendo a la vez que paladeábamos platos deliciosos de mariscos y pescados, sin olvidar el vino. Y en casa leía yo con avidez los recientes poemas de Paul Éluard y de Louis Aragon que llegaban atravesando océanos para informarnos de los horrores de los exterminios. Y Pablo Neruda exclamaba con razón:

Sucede que me canso de ser hombre.