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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.57 n.199 Santiago ene. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902003019900004 

Revista Musical Chilena,Año LVII, Enero-Junio, 2003, N° 199, pp. 66-69

 

Exilio, ¿pérdida o provecho?

Por

Juan Orrego-Salas

Se me ha pedido que contribuya con algunos pensamientos acerca del exilio en el espacio de la música en Chile. Quiero interpretar este concepto no sólo en relación al destierro o alejamiento del país por razones políticas, sino que incluir el éxodo por motivos ajenos a éstas. Definido de esta manera el exilio, tendríamos tal vez que remontarnos a casos anteriores al de Claudio Arrau, que a los ocho años se convirtió en un emigrante, que empezó a formarse en el extranjero hasta alcanzar lo más alto que la música chilena ha tenido en el espacio de nuestro planeta y nunca más regresar a residir en su patria.

Tenemos que preguntarnos: ¿si el niño de Chillán no hubiese tenido la madre que tuvo, la música chilena habría podido gozar del Arrau que todo el mundo aplaudió y que hoy recuerda? Ella descubrió su talento, soñó con su destino, le abrió el camino hacia Martin Krause, el discípulo de Liszt, que fue su maestro en Alemania. De otra manera habría permanecido en el entonces desamparado rincón de la provincia. Con el correr del tiempo, en cualquier sala que actuase no era difícil identificar su procedencia; bastaba verlo entrar al escenario para reconocer al caballero de su tierra, sencillo, amable, bien colocado en sí mismo, pero con un dejo de timidez, agradecido del aplauso que se le prodigaba, aunque escasamente adelantando todo lo magnífico que habría de ofrecerle al público.

Y como él, Alberto García Guerrero -maestro, entre otros, del excéntrico y genial pianista Glenn Gould- también mantuvo el nombre de Chile en alto en el ejercicio de su cátedra en el Royal Conservatory de Toronto.

Pienso en tantos músicos -y muy destacados- que Chile perdió y hoy, aunque llevan el lugar de su nacimiento en el corazón o en las páginas de un pasaporte, viven en la distancia y siempre añoran la montaña que contempla el labrador al amanecer, aquel que inspiró a Víctor Jara, o los espacios que convirtió en música Jorge Peña, dos desterrados brutalmente de este mundo por la dictadura.

Hay aquellos que se han llevado a Chile para seguir expresándolo en el pentagrama en la distancia y otros expatriados que lo siguieron cantando en glosas de sus melodías y ritmos tradicionales en otro hemisferio. A muchos los escuché con emoción en escenarios ajenos a los suyos y me confirmaron que Chile existía en su obra, a pesar de la distancia en que tuvieron que mantenerse. Fueron las voces del Quilapayún, del Inti-Illimani, de Ángel Parra y Osvaldo Rodríguez.

Y como lo he expresado, junto a ellos me he propuesto extender mi comentario a los músicos exiliados por su decisión o necesidad, antes o después del cuartelazo de 1973, que han emigrado de Chile porque encontraron fuera lo que no les ofreció su país para expresar su talento y su deseo, como Arrau lo hizo durante ochenta años de su vida, y a quien después se agregaron varios pianistas chilenos más, como Alfonso Montecino, Mario Miranda, Edith Fischer, Ena Bronstein, Luis Landea y otros. Habría que mencionar también a Ramón Vinay, su coterráneo chillanejo, elevado por Toscanini como el intérprete por excelencia del Otelo de Verdi, y a la pléyade de cantantes chilenas reconocida en los escenarios de ópera del mundo como Verónica Villarroel, Claudia Parada, Victoria Canale, a quienes en Chile no se les ha provisto una posición estable en su especialidad.

Entre mis colegas debo reconocer antes que nadie a Gustavo Becerra, uno de los más destacados compositores chilenos de su generación que no ha vuelto a Chile y que en Alemania, donde vive, y en la Universidad de Oldenburg, donde enseña, y en muchas otras partes del mundo se le reconoce por la audacia y ajustamiento de su estilo, por la solidez de su oficio y su elocuencia como maestro. Otros son Sergio Ortega, que permanece en Francia desempeñándose en una elevada función administrativo-docente y de quien conozco pocas obras, pero muy sólidas; León Schidlowsky, de una producción vasta, atrevida y profunda, cuya misión como creador y maestro la ha realizado desde finales de la década de 1960 en Tel Aviv, y Claudio Spies, a quien la Universidad de Princeton lo ha tenido en la más alta estima por su labor docente y creativa. A ellos habría que agregar a Fernando García, compositor visionario y original, que tuvo que exiliarse durante la dictadura militar y que, afortunadamente para Chile, ha regresado.

Alfonso Montecino abandonó Chile en 1963 con una brillante carrera de pianista a su haber, sin que nunca se le ofreciese una posición docente en su propio país. Después de servir en la Universidad de Indiana, vive su retiro componiendo en Bloomington, oficio que siempre mantuvo en paralelo con su carrera de concertista y profesor. Él y Edith Fischer disfrutaron de la enseñanza de Arrau y han desarrollado sus carreras fuera de su país natal.

Excluir a Aníbal Bañados, Paulina Zamora, Dafna Baremboin, Eduardo Valenzuela, Pablo Mahave y Eduardo Browne sería olvidarse de los talentos jóvenes que se han instalado lejos de Chile, en busca de lo que no encontraron en su propia tierra. Y estos son los que yo conozco. Seguramente hay muchos más con quienes no tuve la fortuna de encontrarme.

Tal vez un caso colectivo muy especial entre quienes emigraron es el del violinista Manuel Díaz, en quien Chile no sólo perdió a un instrumentista de gran oficio, sino que a su lado a una pianista perceptiva como Pauline Jenkins, que en paz descansa. Entre sus muchos talentos, resaltan en Manuel el de instrumentista y luthier. Es un maestro de considerable altura, lo que ha demostrado formando a hijos que hoy son profesionales de las más altas categorías: Roberto, primer viola de la Sinfónica de Filadelfia, Andrés, primer atril de violoncello de la Sinfónica de Boston, y Gabriela, hija de su segundo matrimonio, una violinista que promete una carrera igualmente brillante. No es difícil imaginar cuán necesaria habría sido la presencia de padre e hijos en la docencia y en las orquestas de Chile.

El Cuarteto Latinoamericano, de reconocido prestigio en el mundo, está integrado por tres instrumentistas chilenos, los hermanos Bitrán, agregados a un uruguayo. Viven una parte del año en Ciudad de México, otra parte en giras de conciertos y el resto en Pittsburgh. Con su ausencia de Chile, el país ha perdido la posibilidad de tener un conjunto de primera categoría en residencia, al que habría que agregar en el terreno de los instrumentos de cuerdas a Francisca Mendoza, violinista de gran talento que ha permanecido en Nueva York por más de tres décadas.

En el espacio de la dirección orquestal el caso de Juan Pablo Izquierdo constituye para Chile un alejamiento muy difícil de compensar, puesto que no sólo se trata de una personalidad musical apreciada en Europa, el Medio Oriente y América, donde se desempeña regularmente como director invitado, sino que de un eficaz educador de orquestas, y como director de la Sinfónica del Carnegie-Mellon de Pittsburgh, un excepcional promotor de la música contemporánea en sus conciertos y en grabaciones internacionalmente apreciadas. Las ausencias de Francisco Rettig y Patricio Cobos, en esta misma especialidad, merecen ser consideradas en razón de que, si bien ponen en relieve el nombre de Chile en el exterior, al mismo tiempo lo privan de las que podrían ser valiosas contribuciones a su vida musical. En esta capacidad hay que celebrar el regreso a Chile de Max Valdés y formular deseos de que perdure sirviéndolo.

He ofrecido numerosos ejemplos y posiblemente olvidado otros tantos, lo que me pesa. A los ochenta y cuatro años la memoria se torna frágil. Y aún así recuerdo que debo incluirme entre los que se alejaron de su tierra natal, no por razones políticas -aunque podría haberlo sido tratándose de la dictadura de Pinochet-, sino para realizar una misión que en Chile no se me ofreció: la de promover la música de Latinoamérica y establecer estudios universitarios sobre ésta, junto con enseñar composición. Sin embargo, pertenezco a los que añoran las cumbres nevadas, el "collar altivo de volcanes" que menciona Neruda, el Océano Pacífico, el perfume de los espinos, las hortalizas sabrosas, los ríos apurados, la serenidad de los lagos y la humedad refrescante de los bosques sureños.

El propósito que he tenido de extender la dimensión de la diáspora más allá del solo exilio político es para demostrar que en la música ha sido grande, y que ha privado al país de muchos talentos, cuya actuación allí le habría sido útil, aún considerando que, por otra parte, pueda haber servido para mantener la presencia de Chile en otros lugares del planeta. Tal vez sería necesario reflexionar sobre ello y preguntarse el porqué llegó a adquirir estas proporciones. Una gran parte fue generada por la dictadura, pero me atrevería a pensar también que el exilio anterior a ésta no fue debido a la escasez de fondos, que por costumbre se han asignado en forma muy disminuida a la cultura y las artes. Creo que en el caso de los instrumentistas puede haber sido motivado por los blandos sistemas de renovación interna que imperan en nuestras orquestas, mientras que en el caso de los cantantes por la falta de interés de nuestro teatro de ópera y planteles de enseñanza en crear posiciones estables que les permitan educar y al mismo tiempo actuar dentro y fuera del país. Y también habría que considerar la falta de imaginación con que se ha manejado -por lo menos en el pasado- el extender la actividad musical a lo largo de nuestro territorio, el establecimiento de conjuntos regionales estables, no necesariamente de la nomenclatura de la orquesta clásico-romántica. Las agrupaciones de nueva música o de instrumentos históricos en Estados Unidos y Europa, los cuartetos de cuerda, tríos, quintetos y muchos otros dentro del espacio de la música de cámara, absorben una proporción considerable de ejecutantes especializados.

Es posible que mi ausencia de más de dos años de Chile me mantenga mal informado y que cuanto he señalado ya exista o esté en camino a desarrollarse. He leído con placer las informaciones relacionadas con el establecimiento de orquestas juveniles, puesto que creo que constituye un punto de partida muy valioso para iniciar un cambio.

Para mí, que ya tengo dividido el tiempo de la vida en dos mitades iguales, una en Chile y otra en esta amable Ciudad Universitaria de Bloomington, en Estados Unidos, me siento siempre regresando cada vez que me muevo de un hemisferio al otro, semper reditus (siempre de regreso), como el subtítulo que le he dado a mi Sinfonía N° 6.