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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.56  supl.espec Santiago  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902002005600009 

Revista Musical Chilena, Número Especial 2002, pp. 71-73

A propósito*

por
María Elena Pérez

Si de la danza en Chile se trata, resulta inevitable hablar de Patricio Bunster. Premio Municipal de Arte, su prestigio como maestro y coreógrafo trascienden las fronteras chilenas.

Ante su presencia se percibe al artista, al hombre sensible y de profunda cultura humanista.

Patricio se inició en el mundo de la danza junto a la fundación del Ballet Nacional Chileno y por eso le pedimos que nos contara cómo surgieron y se desarrollaron esta compañía y la Escuela. Atrapados en la magia de su conversación amena, viajamos en el tiempo, conducidos por sus recuerdos.

Por los años 20, comienza a contarnos, se desempeñaba como maestro de Ballet en el Teatro Municipal Jan Kawesky y, un poco más tarde, hacia la década del 30, Ignacio Pedregal, quien había estudiado danza moderna en Europa, ofrecía clases de esa especialidad en el Instituto de Educación Física.

Por su parte, Andrée Haas, con estudios en Alemania dentro de las teorías de Dalcroze había creado en Santiago una escuela de danza moderna. También en esa época habían llegado a Chile los Pikieris.

En los años 40, continúa diciéndonos, tuvieron lugar una serie de acontecimientos, nacionales e internacionales, que sirvieron de marco propicio a la creación del Ballet Nacional Chileno: de una parte, el éxodo de compañías artísticas desde Europa hacia América Latina, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial.

En el plano nacional, el triunfo del Frente Popular, alianza de la clase obrera y de la clase media laica favorecía, junto al desarrollo industrial, un fuerte movimiento intelectual inspirado en la consigna lanzada por el Presidente Pedro Aguirre Cerda: "Gobernar es educar".

Los músicos comenzaron a organizarse. Figuras como Santa Cruz y Carvajal tuvieron un destacado papel dentro de ello. Dentro del movimiento literario se creaba la Alianza de Intelectuales de Chile, fundada por Neruda y con un marcado carácter antifascista. Surgía el teatro universitario en el Pedagógico, luego el teatro Experimental de la Universidad de Chile.

Santa Cruz y Carvajal, prosigue Patricio, impulsaron la ley 6.696, por la cual se creaba en la Universidad de Chile el Instituto de Extensión Musical, cuya obligación era conformar una orquesta sinfónica y un coro, para difundir la música universal y nacional y estimular la creación musical nacional. Igualmente, estipulaba la creación de un cuerpo de baile, precedido de una escuela de danza. En síntesis, señala, se trataba de hacer extensión cultural hacia la población. Todo ese panorama nacional es coincidente con la llegada a Chile de varias compañías y artistas extranjeros: el director de orquesta alemán Erich Kleiber, quien ayudó a formar la Orquesta Sinfónica de Chile; la actriz española Margarita Xirgu, quien dio a conocer el repertorio de García Lorca; la compañía del Ballet Ruso del Coronel de Basil; Clotilde y Alexandre Sakarov, etc. También el Ballet de Jooss que causó un gran impacto en el país.

Fue Andrée Haas, nos dice Patricio, quien sugirió que se contratara a miembros del Ballet Jooss, para fundar la escuela estipulada por la ley 6.696 y eso determinó que Chile tuviera un desarrollo danzario diferente al resto de América. Es así como Ernst Uthoff, primer asistente y solista de Kurt Jooss, junto a Lola Botka y Rudolf Perscht emprenden la labor de organizar la escuela.

En un gesto inolvidable, Andrée Haas puso a disposición de la naciente escuela a sus alumnos Alfonso Unanue, Luis Cáceres, Blanchette Hermannsen, Virginia Roncal, Malucha Solari, Yerka Luksic, Irma Valencia, Carmen Maira y otros, los primeros bailarines del futuro Ballet Nacional Chileno. Ella misma se integró también a la escuela como profesora de Rítmica.

Estudiante de arquitectura en esa época, Patricio descubre con la compañía de Jooss su vocación por la danza y no vacila en ser uno de los primeros alumnos de la escuela y de los bailarines que integraron el primer cuerpo de baile. Este, nos dice, dependía del Instituto de Extensión Musical y la Escuela formaba parte del Conservatorio de Música.

El estreno de Coppelia (1945), en versión de Uthoff, fue el acontecimiento que marcó el debut de la compañía profesional, que igualmente servía las necesidades de la ópera desde 1942. Después de Coppelia, sigue diciéndonos, vinieron Drosselbart, con música de Mozart y La Leyenda de José de R. Strauss.

Invitado por Uthoff, Jooss trabajó en 1948 con el Ballet Nacional durante ocho meses, en los cuales montó La Gran Ciudad, Pavana, Baile en la Antigua Viena y La Mesa Verde. Para la compañía creó el ballet Juventud, con música de Händel.

A su vez, Uthoff realizaba sus propias coreografías: Czardas en la Noche y Don Juan, con música de Kodaly y Gluck, respectivamente. Más tarde estrenaba Petroushka, Carmina Burana, Alotria, etc.

En 1951 Patricio forma parte como solista del Ballet de Jooss en Essenwerden (Folkwanschule) y baila en las giras por Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza y las Islas Británicas. Regresa en 1954 y asume la subdirección del Ballet Nacional, realizando, además, importantes aportes coreográficos: Bastián y Bastiana, Calaucán, Surazo, Capicúa 7/4, Amatorias, Uka Ara, La Silla Vacía, Catrala Desciende, Los Siete Estados (inconcluso); Aurora, Las Tres Caras de la Luna, Vindicación de la Primavera.

En 1959 Sigurd Leeder es invitado a reestructurar el programa de la Escuela y es contratado como director de ella, función que ejerció por dos años. A su partida, provocada por contradicciones internas, diferentes profesores ocuparon la dirección de la escuela.

Entre los maestros de ese período, Patricio menciona a Helena Poliakova, contratada por Uthoff como maestra de Ballet, algo después de su llegada a Chile en 1949. Poliakova había estudiado en la Escuela Imperial de San Petersburgo y había formado parte de los ballets de Diaguilev, junto a Nijinsky y Karsavina.

También el Ballet Nacional tuvo, por los años 60, varios directores: Charles Dixon, Denis Carey, Virginia Roncal.

La Reforma Universitaria de finales de la década del 60 otorgó nuevo impulso a los proyectos de la escuela, basados en un espíritu de democratización. Con Patricio elegido como jefe de él, el Departamento de Danza abordó la defensa de las funciones de formación, investigación, creación y extensión universitaria. En lo docente, continuaron con el proyecto de Leeder. También surgieron escuelas comunales (con aproximadamente 500 niños), en un afán de poner la Universidad al servicio del país. Con ese mismo propósito se proyectaba traer estudiantes de otras provincias, que serían incorporados al plan de formación de instructores para trabajar en organizaciones de base.

Este plan de estudios comprendía una etapa preparatoria en la comuna, seguida de una etapa básica común de tres años en la escuela y, finalmente, una especialización, con una duración de entre uno y tres años, al término de los cuales se accedía al título de instructor, profesor, bailarín, coreógrafo o especialista en notación.

Asimismo, la organización del taller coreográfico permitía un mayor desarrollo de la creación nacional, en tanto que las giras artísticas a lo largo del país favorecían la extensión cultural inserta en la vocación universitaria. Allí crearon sus primeras obras Hilda Riveros, Rob Struyf, Joachim Frowin, Femando Beltramí y Elena Gutiérrez, entre otros.

Por ese camino marchaba el Departamento de Danza en 1973, hasta que se produjo el golpe militar.

La remembranza de ese hecho ensombrece la mirada de Patricio y termina de esa forma nuestro recorrido por el pasado.

Colmado por su trabajo en el Espiral, su carrera de Danza en la Universidad de Humanismo Cristiano y muchos otros proyectos a los que dedica todo su aliento creador, Patricio Bunster ha estado alejado del Departamento de Danza de la Universidad de Chile. Pero no se han borrado sus huellas en él...


*Artículo publicado en Chile-Danza, N° 1, 1997, pp. 4-6.         [ Links ]