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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.56  supl.espec Santiago  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902002005600007 

Revista Musical Chilena, Número Especial 2002, pp. 65-67

Perspectivas de un ballet americano*

por
Patricio Bunster

Durante la última gira del Ballet Nacional Chileno a Buenos Aires, me entrevistaron en la Radio Municipal. La pregunta básica se refería a las posibilidades de un futuro ballet de inspiración americana.

El solo hecho de que se formule esta pregunta revela, por una parte, que la creación coreográfica en nuestro continente presenta todavía un desarraigo penoso de nuestra atmósfera americana y, por otra, expresa la naciente inquietud por buscar caminos propios.

Lo primero es una manifestación del cosmopolitismo cultural característico de nuestra época agudizado en nuestros países dependientes, los cuales siguen servilmente las corrientes dictadas por los grandes centros culturales. Lo segundo es el reflejo del momento latinoamericano que vivimos en tantos aspectos y que significa redescubrir nuestras riquezas y tomar conciencia de la necesidad de luchar por ellas.

En este proceso general, es preciso que los coreógrafos también participemos.

Una temática riquísima y variada es la que espera dormida como fuente generosa de inspiración, tan espléndida y múltiple como nuestro paisaje, nuestro folklore, nuestra poesía, nuestra historia, nuestra formación racial y cultural.

Debemos volcar nuestros ojos y nuestro corazón en esas fuentes, pero nada haremos de valedero si ese interés no es genuino y si no nos adentramos en nuestra América con un impulso realmente inquisitivo, amante y creador. Para mí, el Canto General de Neruda no sólo marcó un vuelco importante en su poética, sino que señaló al artista americano una conducta. Ante la ruina muda e inmóvil de Macchu Picchu, siente el deber de roer la piedra, descubrir al hombre allí enterrado, interrogarlo, amarlo y renacer con él. Esa debe ser nuestra postura ante América. Sólo así nacerá un Ballet Americano.

Aquellos que elijamos esta meta, enfrentamos una tarea ardua y difícil, pues ante todo tendremos que discernir entre los elementos útiles que nos entrega la tradición mundial de la danza y aquellos que signifiquen un lastre para realizar una labor genuinamente creadora. Desde un comienzo tengamos conciencia clara de que necesitamos herramientas nuevas para cavar en este suelo de América. Guardémonos de pensar que se trata solamente de renovar la temática del Ballet, no creamos que para expresar este mundo diferente podremos usar el mismo lenguaje, aplicar las mismas fórmulas y soluciones que nacieron para otros fines. No caigamos en aquellos engaños y aberraciones estéticas ­desgraciadamente tan frecuentes en la historia del ballet­, que consiste en simular estilos o adoptar tendencias por la mera repetición o imitación de la apariencia de las formas, desconociendo su esencia originaria, su razón expresiva.

La meta no es la creación de "pastiches" americanos. El camino no es pedir elementos prestados ­sea de los distintos estilos predominantes o de la danza folklórica americana­ sin discernimiento, sin análisis y reelaboración previos.

En resumen, no afrontamos solamente la búsqueda de una temática americana, sino que a ella va aparejada necesariamente la formación de un lenguaje dancístico diferente.

De las consideraciones anteriores emana mi convicción de que el problema del Ballet Americano se liga indisolublemente al problema general de el movimiento como medio de expresión del hombre.

No me cansaré de repetir que antes de una discusión sobre estilos, escuelas o tendencias es imprescindible que volquemos nuestra atención en el movimiento natural, puro y simple, base de toda danza; que nos capacitemos para descubrir los elementos que lo definen y caracterizan, así como su motivación primaria. Sólo entonces se nos abrirá el mundo inagotable de belleza y expresión que el movimiento humano significa.

Todos nos hemos detenido a constatar, cuando miramos a nuestro alrededor, que la fuente de la danza está en nosotros mismos y frente a nuestros ojos, en cada segundo de la existencia. Conocemos el mundo, lo conquistamos y nos expresamos en él a través del movimiento y del sentido kinético. En la naturaleza todo fluye, todo se mueve, impulsado por una razón, desde algo hacia algo, en distintas trayectorias, con mayor o menor ímpetu, con mayor o menor urgencia. Al moverse, los seres crean un tiempo y un espacio junto con establecer una intención. El movimiento es un medio de comunicación del hombre y con él exterioriza su mundo interior, creando las relaciones con el mundo exterior.

Es por eso que afirmo que nuestro interés fundamental debiera residir en el análisis de aquellos elementos básicos que integran el movimiento y que determinan su significado y singularidad.

Desgraciadamente, en el mundo de la Danza ­mejor dicho, en el del Ballet­ bailarines, coreógrafos y hasta el público mismo, olvidan o no exigen como debieran el contenido emocional que fatalmente debe poseer todo movimiento, ya se esté en el plano del naturalismo absoluto o en el de la más alta estilización. Es por eso que nos ahogamos en toda suerte de academismos, en la repetición ad nauseam de modelos, conocidos y mal digeridos; se juega con formas vacías de todo contenido real o bien nos hundimos en lo puramente literario.

Es así como la coreografía se rebaja frecuentemente al nivel de un recetario y deja de ser un gran arte creador. El ámbito de la creación coreográfica queda reducido, por lo tanto, a los límites del gimnasio, el ballet se inspira en el ballet, alejándose cada vez más de la vida. Se manipulea con el cuerpo humano sin piedad, exigiéndole las más extrañas cosas, mientras más desusadas y difíciles, mejor. Vemos también cómo el espejo ­fiel enemigo del bailarín­ es testigo del diario progreso en estas complicadas contorsiones y proezas. Este juego muscular y tecnicista sería útil siempre que no lo desconectáramos de su intención expresiva y siempre que fuera posterior a la conquista de las más elementales funciones del cuerpo humano. Es triste comprobar que no siempre es así.

Hace algunos días meditaba sobre esto al ver a un caballo de raza escaparse corriendo del control de su dueño. Frente a tan hermoso espectáculo que todos, alguna vez, nos hemos detenido a contemplar, pensé cuánto me gustaría ver más a menudo a un bailarín capaz de correr con tanta gracia, con tanta vitalidad y libertad de movimientos, con esa coordinación y elegancia. Ayer mismo observaba en el Parque Forestal a un grupo de jóvenes gitanas retozando con ánimo de vacaciones. No pude dejar de admirar sus movimientos libres y simples, sin manerismos, sin escrúpulos, si se me permite la expresión. ¿Y ese vigor, ritmo y coordinación de los obreros que manejan el combo en las calles de Santiago?

Bastaría, tal vez, con que observáramos el infinito despliegue de los seres que nos rodean, pero no olvidemos las nubes, los astros, las plantas; escuchemos el canto del hombre, descubramos el ritmo, el color y la estructura en su obra poética, plástica y musical; adentrémonos en sus actitudes, en sus ideas, en su drama, en su comedia, en el sencillo rito del vivir cotidiano o en la resonancia de su gran historia.

Descubramos en todo esto el movimiento o su huella, tanto en lo que es dinámica rotunda como en lo que es aparentemente estático. Seamos capaces de absorberlo, de asir su esencia y devolvámoslo en movimiento humano, actuemos bajo estos estímulos y creemos la danza; el hombre frente al hombre, expresándose a través de relaciones de energía, tiempo y espacio. Para mí, eso es coreografía.

Todo esto podría parecer un mero llamado lírico a una danza libre natural, pero es algo más. Este es el espíritu que ha animado a todo el movimiento de reforma de la Danza que este siglo ha visto nacer y fructificar de mil maneras; liberándola de academismos estrechos, ampliando su lenguaje, dotando al bailarín y al coreógrafo de nuevos sistemas de trabajo que amplían su horizonte. De este espíritu han derivado las leyes de la armonía del espacio, de la dinámica corporal, de las implicaciones psicológicas del movimiento y, por consecuencia, se han ampliado enormemente las técnicas corporales; la imaginación y la observación de la naturaleza ha tomado su sitial como base de la creación coreográfica; se deducen leyes de la composición, se renueva el concepto de la danza teatral de acuerdo a las demandas del teatro contemporáneo y se profundiza en el análisis del movimiento al extremo de permitir la invención de una escritura válida para todo movimiento.

No creo, por lo tanto, que podamos abocarnos a la tarea de crear un Ballet Americano ignorando esas conquistas que este siglo ha logrado en el campo de la ciencia y del arte del movimiento humano. Debemos apoyarnos en ellas para poder traducir nuestra realidad americana en forma de danza.

No será, entonces, ilusorio pensar que nuestra arquitectura, nuestra historia, nuestro folklore, nuestra idiosincrasia, nuestra poesía, la música, las costumbres, el arte plástico y el paisaje de América puedan penetrar en nuestra sangre para florecer luego en nuevas formas.

Estaremos en el camino de crear un lenguaje de danza propio, el del Ballet Americano.


*Artículo publicado en Revista Musical Chilena, Año XV, enero-marzo, 1961, N° 75, pp. 44-47.         [ Links ]