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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.55 n.195 Santiago ene. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902001019500022 

Compositores chilenos. CD digital. Obras para violín de Andrés Alcalde, Roberto Falabella, Gabriel Brncic, Alejandro Guarello, Pablo Aranda y Gustavo Becerra. Interpreta Isidro Rodríguez. Santiago: Ministerio de Educación, Fondo de Desarrollo de las Artes y la Cultura (FONDART), 1999.

En medio de una creciente producción fonográfica de música chilena, gracias al apoyo del FONDART, llama la atención este CD dedicado exclusivamente a música para violín. Si bien pueden haber razones prácticas y económicas que favorecieron la producción, hay razones superiores de orden netamente artísticas. En piano y en guitarra es habitual encontrar discos con obras solistas, pero en violín (u otros instrumentos) es tan difícil que, con toda seguridad, esta es la primera vez que se hace en Chile.

En la década de 1980, con los aportes que realizó la Agrupación Musical ANACRUSA, se crearon espacios de encuentro entre los compositores y los intérpretes como pocas veces antes habían ocurrido en el país. Ello generó un ambiente propicio para que surgieran solistas y músicos de cámara interesados en hacer repertorio contemporáneo, más allá del trabajo rutinario de las orquestas decimonónicas y sus temporadas oficiales. En dicha década, sin duda, sobresalió el trabajo de Cecilia Plaza como solista e intérprete en piano. En la década de 1990 sobresalió Isidro Rodríguez en el violín, junto a otros músicos en diversos instrumentos.

Rodríguez no surgió por arte de magia ni por oportunismo, sino por una clara vocación musical vinculada a la época contemporánea que nos toca vivir. Ya el año 1983, como miembro de la Orquesta Filarmónica del Teatro Municipal de Santiago, participó en las Cinco piezas para orquesta (Op. 10) de Anton Webern, bajo la dirección de Juan Pablo Izquierdo. En la ocasión, por falta de un músico especializado, Isidro Rodríguez se animó a ejecutar la mandolina que, si bien se afina igual que el violín, requiere de una técnica muy diferente. Más allá de la anécdota, sin duda que es dicho espíritu abierto y aventurero lo que se necesita para poder explorar la música actual. A partir de 1987, Rodríguez se unió a trabajar sistemáticamente con el compositor Andrés Alcalde, en un taller de creación e interpretación musical. De este modo, su apertura, interés y práctica permanente de la música contemporánea ­manifiesta en su participación en conciertos,encuentros y festivales­ le permitieron realizar con toda familiaridad y autoridad el fonograma de Compositores Chilenos. Al tratarse de un instrumento solo, la música se ofrece al desnudo, para que el auditor se acerque y compenetre de ella a través de las cuatro cuerdas del violín, con sus diferentes espesores y texturas, junto a la diversidad de ataques y frotados que permite el arco y los dedos. Tal acercamiento está insinuado en la carátula del disco, con el violín en primer plano y el rostro del músico a continuación, unidos en un solo cuerpo. Mas, no se trata aquí de un simple intérprete, sino de un (re)creador de la música escrita en la partitura. Con ello, el violín pasa a ser un mero objeto ­"un instrumento"­ que sirve de mediador para hacer y transmitir la música. Por cierto que su sonoridad y timbres característicos están presentes, pero cada compositor ­en complicidad con la (re)creación que hace Rodríguez­ amplía el espectro y nos lleva a nuevas regiones del universo musical.

A excepción de Roberto Falabella, los otros cinco compositores tienen una relación muy directa con la vida musical europea. Gustavo Becerra y Gabriel Brncic están radicados en el viejo continente, y Andrés Alcalde, Alejandro Guarello y Pablo Aranda realizaron estudios de postgrado con maestros europeos, tal cual se indica en el folleto del CD. De este modo, el disco trasciende de un valor meramente local al de la música planetaria ­hecha en el planeta Tierra­ indistintamente de las coordenadas en que vivan los compositores. Debido a ello, seguramente, esta música no resulta muy novedosa para Europa, pero sí para Chile. En nuestro país se difunde muy poca música contemporánea, razón por la cual el presente fonograma es un valioso documento que nos permite actualizar nuestro oído a nuevos procedimientos composicionales y a sonoridades jamás escuchadas en el violín clásico. Esto corrobora el hecho de que es la música la que hace al instrumento y no al revés. En otras palabras, el violín del siglo XX suena diferente.

Las obras incluidas en el fonograma fueron escritas entre 1958 y el año 2000, cubriendo casi medio siglo de historia.

El Tema con variaciones de Roberto Falabella (1958) y la Partita N 3 (1973) de Gustavo Becerra dan cuenta de nuestra tradición musical, con obras de un formato clásico cuyo resultado deja en evidencia la vitalidad y creatividad de ambos compositores. Ninguno de los dos se queda en el mero plano del neoclasismo; ambos buscan, experimentan, crean y recrean desbordando y pujando hacia adelante. Son compositores ávidos de explorar y avanzar hacia regiones desconocidas del universo musical, como verdaderos eslabones de una cadena que prepara el camino a las siguientes generaciones.

La obra de Gabriel Brncic Laía (1993) da cuenta de su conocimiento de la viola ­el compositor es violista­ a través de una recogedora monodia que transcurre con ciertos elementos cíclicos y que poco a poco va expandiendo su ámbito, hasta derivar hacia el final en una textura polifónica, incluyendo diferentes ataques de arco (varias cuerdas, pizzicatos y glisandos). Dentro del disco constituye un remanso que contrasta con las demás obras y contribuye a la variedad del total. En las obras de Andrés Alcalde (Aria, 1988), Alejandro Guarello (Solitario IV, 1991) y Pablo Aranda (Oir-d, 2000), es el gesto elemental el que alimenta el transcurso de la música. Melotipos, células rítmicas o sonoras que se expanden o contraen y, como un cristal que se lee y relee desde diferentes ángulos y planos, nos invitan a descubrir otras dimensiones de la polifonía. Ya no son las clásicas melodías, armonías, contrapuntos o frases, sino procesos que fluyen en distintas direcciones, dando lugar a "figuras y vectores musicales" que convergen y divergen hacia ciertos ejes que a su vez giran, aparecen y desaparecen, llevando al auditor a sentirse viajando dentro de un prisma, con sus diversas caras, ángulos, aristas, texturas, brillos y espejos. Con ello, necesariamente el violín se expande al límite de sus posibilidades, y ya no importa si son cuatro u ocho las cuerdas que suenan. Se trata de música fresca, no exenta de un sentido lúdico, que hace repensar y (re)sentir la polifonía, la tradición y la música en general, desde la perspectiva de los siglos XX-XXI.

Algo de esto se insinúa en el diseño gráfico del librillo (a cargo de Paula Mujica), en que la imagen de la carátula se forma y deforma, se desdobla y multiplica, gracias a la presencia implícita de un espejo. En diferentes tonalidades de blanco y negro aparece el rojo, en una suerte de intriga que invita a descubrir los colores y planos que se escuchan en la música del disco. En síntesis, Isidro Rodríguez demuestra su experiencia con maestría y nos invita a viajar y a aventurarnos desprejuiciadamente por nuevas y diversas regiones del universo musical, descubriendo también nuevas dimensiones del violín. Ojalá que este sea el primer disco de varios más, junto a otros músicos y otros instrumentos solistas.

Gabriel Matthey Correa

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