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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.51 n.187 Santiago ene. 1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27901997018700007 

Veinte años en mis recuerdos

Tengo razones poderosas para pensar que la década de los 40 posee una importancia histórica en los acontecimientos musicales de Chile. Pienso, adem s que estos hechos influyeron en el desarrollo cultural de una generación de músicos que entregaron lo mejor de sus actividades artísticas y humanas.
       Veamos como estos lapsos de tiempo hicieron lo suyo: el 7 de enero de 1941 se inicia a la vida oficial del país la Orquesta Sinfónica de Chile bajo la dirección del maestro Armando Carvajal. El Instituto de Extensión Musical cumplía así su más importante postulado al mismo tiempo que terminaba con la inseguridad laboral de un gremio que, a las puertas del Teatro Municipal, se congregaba en espera de actuaciones y conciertos espor dicos.
       Ese mismo año soy aceptado como alumno regular en el Conservatorio Nacional de Música. Asisto a clases de instrumento con el profesor Werner Fischer, donde me encuentro con Agustín Cullell, alumno destacado pese a su corta edad. Tengo oportunidad de conocer a Gustavo Becerra, a Pedro D'Andurain entre otros, menores en edad. Al cabo de un par de años estamos empeñados en arduos ensayos: la Sinfonía concertante de Mozart interpretada por Cullel, Becerra y yo en la viola. Por esos lados de la Plaza Ñuñoa Gustavo nos hace cantar motetes. Escuchamos Vida de un héroe de Strauss en una sesión memorable con Daniel Quiroga, Becerra, un servidor y otros músicos jóvenes.
      El Conservatorio es un hervidero. La sala que don Samuel Negrete, -mi profesor de armonía y director del plantel educacional- admite discusiones acaloradas sobre estética y tendencias musicales, al mismo tiempo que ensayan las pequeñas orquestas del Conjunto Instrumental que dirige el maestro Carvajal y la Orquesta del Centro de Alumnos. Y es que el Centro de Alumnos ha programado un concierto en uno de los teatros más importantes de la capital. Dirigir  Mario Baeza Marambio, actuando en cello Juan Matteucci.
      Pero no se detienen los proyectos del Centro. Decidimos irradiar cultura, encontrarnos con el público. Edita, por lo tanto, la revista musical Pauta, en cuyo primer número publico un artículo sobre el músico Edgar Varèse. Este escrito me proporciona la amistad y camaradería de un músico consagrado: Pablo Garrido.
      No termina aún la d‚cada de los 40 cuando ocurren dos hechos importantes: aparece Euphonia, que coincide con la llegada de un músico holandés, el maestro Fré Focke. Es el año 1947.
      Tengo ante mis ojos un programa de Euphonia, de su primer concierto, efectuado en la Sala del Ministerio de Educación, lugar de cultura que se encontraba en la Alameda, entre las calles de Estado y Ahumada. Viejos tiempos que no respetaron el comercio o el llamado progreso. Ese y otros lugares fueron usados por Euphonia.
      Del maestro Focke tengo en el recuerdo una muy vívida reunión en casa de Pablo Garrido. Interpreta algunos de sus trabajos pianísticos; acompaña a D'Andurain en obras de Garrido y mías, un ensayo de sonata para violín que se quedó a mitad de camino. Conversamos largo, departimos agradables momentos de amistad y camaradería profesional.
      En el intertanto las actuaciones de Euphonia cobran inusitado interés. Sus programas y publicidad la anuncian como Sociedad Internacional de Música, dadas sus conexiones con grupos de vanguardia continentales y algunas relaciones con Europa y América del Norte. Tenemos críticas encomiásticas de nuestros conciertos como asimismo por actuaciones radiofónicas. ¡Música moderna, atonal, difundida por radio!
      Pero la década toca a su fin. Euphonia muere por inanición, quiz  por incuria. El maestro Focke se ha relacionado con lo que dio por llamarse pomposamente oficialismo, aunque él sabrá conservar su independencia. Estrena algunas obras orquestales en versiones de la Orquesta Sinfónica y monta obras de cámara con elencos del Instituto de Extensión Musical. Pero se supone que el maestro está ajeno a todo partidismo, y así lo hace saber en una entrevista. Dedicado a la enseñanza, logra reunir en clases particulares a lo más selecto de la juventud chilena, la mayor parte renuentes a las disciplinas del Conservatorio.
      Desde Buenos Aires nos anuncia su llegada el compositor y virtuoso flautista Esteban Eitler. La nuestra era una relación antigua, razón por la cual me correspondió recibirlo y acomodarlo en algún lugar de la capital. El primum vivere latino estaba más o menos resuelto: tocar  la flauta en una de las orquestas de una emisora radial. Por mi parte me dedico a copiar música profesionalmente. En estos días termino con un Cuarteto de cuerdas de Becerra. Pero nos reunimos a planificar. A organizar un grupo de ejecutantes. No pocos desvelos y sí un golpe de suerte fue el que nos deparó su nombre: TONUS, así, con mayúsculas de ese momento en adelante.
      Largas temporadas de conciertos, no solamente en la capital, sino también en provincias; charlas sobre música dodecafónica y tendencias modernas. Recuerdo una intervención en la sala de la revista Pro-Arte en que Agustín Cullell y yo ejecutamos una obra de George Perle, músico norteamericano, para violín y viola. Se programa para todo público con un cierto sentido pedagógico. Los conciertos son eclécticos. Todas son voces generosas de un auténtico despegue cultural. Porque es ciertamente un extraño caso esta cruzada que hace exclamar peyorativamente a Gustavo Becerra: "¡Ah, son cosas de los 'dodecagónicos'¡". ¿Becerra, quizá  opacado por la experiencia sonora, él, un maestro consagrado a tan temprana edad, logró espantarse frente a la pujanza del grupo y a la tendencia que él mismo adscribiría en alguna oportunidad?
      TONUS se proyecta hacia el futuro. Quedan los programas con los nombres de los autores que han sido ejecutados. Todos significan algo y poseen su respectivo lugar en la cultura de un pueblo. Y es que TONUS ha sembrado en tierra fértil, así lo han reconocido los críticos musicales de la época, así lo reconocemos nosotros. Si, nosotros que hemos sido un eslabón de la cadena. A la distancia y los años, que no han pasado en vano, agradecemos a la suerte que nos puso en esa senda, el camino de TONUS, vivo en el tiempo y en la historia de mi país, la historia que, digo yo, mantiene su continuidad cuando el maestro Cullell dirige una de mis obras o el cantante Hanns Stein y otros cantan mis canciones. Programas recientes así lo confirman.

Eduardo Maturana

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