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Revista chilena de infectología

versión impresa ISSN 0716-1018

Rev. chil. infectol. vol.29 no.2 Santiago abr. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-10182012000200019 

Rev Chil Infect 2012; 29 (2): 229-233

NOTA HISTÓRICA

 

Sobre el "Informe médico-legal de la epidemia de viruela reinante en Valparaíso en 1865", del Doctor Manuel Antonio Carmona

Comment on the "medical-legal report of the 1865 smallpox epidemic in Valparaiso" by Doctor Manuel Antonio Carmona

 

Enrique Laval

Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago. Facultad de Medicina Programa de Estudios Médicos Humanísticos.

Dirección para correspondencia


We transcribe and comment on the report about the smallpox epidemic in Valparaiso in 1865, developed by Dr. Manuel Antonio Carmona. At that time, it was considered as an important contribution to epidemiology and clinical prevention of the disease. It gave rules about the management "of smallpox at home", highlighting mechanisms of transmission of this eruptive infectious disease.

Key words: Smallpox, Valparaiso, epidemic, transmission, prophylaxis.


Resumen

Se transcribe y comenta el informe sobre la epidemia de viruela en Valparaíso en 1865, elaborado por el doctor Manuel Antonio Carmona, considerándosele como un importante aporte, en aquella época, para la epidemiología, prevención y clínica de dicha enfermedad, con normas acerca del manejo "de la viruela en domicilio", destacando conceptos sobre el contagio en general y de esta grave enfermedad infecciosa eruptiva.

Palabras clave: Viruela, epidemia en Valparaíso, contagio, normas de profilaxis.


Datos biográficos del Doctor Manuel Antonio Carmona

Al decir de Laval Manrique, "fue sin disputa una de las figuras de perfiles más destacados entre los alumnos del primer curso de la Escuela de Medicina de 1833. A esta posición lo condujeron su inteligencia, su cultura y una efusión arrolladora de su personalidad exaltada, siempre amplificada por un grupo numeroso de admiradores".

Nació en Santiago en 1810; cursó sus estudios secundarios en el Instituto Nacional, iniciando aquí con brillo los de Medicina en 1833, año de la inauguración de la primera Escuela de Medicina de la era republicana. Les puso término anticipado cuando el 7 de mayo de 1837 fue designado cirujano de primera clase del Ejercito Restaurador del Perú y se dirigió a prestar sus servicios a Quillota donde debían concentrarse parte de las tropas expedicionarias. Aun cuando jamás logró su título profesional, caminó constantemente con suerte varia por los campos de la medicina. Su intromisión en la política no le permitió dedicarse por entero a la ciencia, que fue su vocación primera y, por cierto, su derrotero más acariciado.

El 3 de junio de 1837 se consumó en Quillota la innoble traición del coronel Vidaurre al apresar al ministro don Diego Portales y para justificarla, la oficialidad firmó al día siguiente un manifiesto conocido con el nombre de "acta de Quillota" redactada por Carmona, que en su segundo acápite dice: "considerando al mismo tiempo que el proyecto de expedicionar sobre el Perú y, por consiguiente, la guerra abierta contra esta república, es una obraforjada mas bien por la intriga y tiranía... hemos resuelto a nombre de nuestra patria suspender por ahora la campaña dirigida al Perú, a que nos quería conducir un hombre, que no ha consultado otros intereses que los que halagaban sus fines particulares y su ambición sin límites..." Carmona se excusó de firmar el acta, quedando en libertad de plegarse al partido que resultara vencedor.

Portada Revista Sucesos. Valparaíso, año 1905. Cortesía de Biblioteca Nacional.

Cabe mencionar que al incorporarse al cargo de cirujano militar ya mencionado, Carmona fue autorizado por el Presidente de la Republica, para ejercer la medicina en virtud de las disposiciones de la ley de 31 de enero de 1837.

En 1838 Carmona fue designado para atender a los heridos del Batallón Voluntarios de Aconcagua, en un hospital instalado en el cantón de Curimón.

En 1839 apareció viruela en San Felipe, Los Andes, Putaendo, siendo Carmona encargado de atender a los variolosos. Durante dos años prestó sus servicios gratuitamente en el Hospital San Camilo de San Felipe y en julio de 1843 fue nombrado rector interino del Liceo de Hombres, profesando ahí las cátedras de higiene, moral y urbanidad, además de latín y filosofía. Más tarde en 1840 asumió como alcalde de la ciudad.

El año 1850 se trasladó a Santiago, desempeñando diversos cargos: médico del Lazareto de variolosos, de la sección maternidad de la Casa de Expósitos y del Dispensario de Quinta Normal y en 1857 profesor de higiene de las escuelas de la Sociedad de Instrucción Primaria. Fundó en 1853 la Revista Médica de la cual sólo se publicó un número.

El 1 de enero de 1861 se le nombró médico del Hospital San Juan de Dios de Valparaíso (Carlos Van Buren) y a partir de noviembre, cirujano de guarnición en el Puerto.

Jubiló el año 1883, falleciendo en Valparaíso el 29 de junio de 1886, a los 76 años.

Entre sus publicaciones sobresale el "Informe médico-legal relativo a la epidemia de viruela reinante en Valparaíso el año 1865".

Es muy probable que este escrito del doctor Manuel Antonio Carmona constituya, naturalmente teniendo en cuenta la época, el más completo documento acerca del contagio, clínica, epidemiología y normas de prevención de la "espantosa" viruela, en aquellos años pre-microbianos, y que ahora transcribimos (1, 2 y 3).

La enfermedad. Importancia del contagio, del aire y de la constitución atmosférica. Refutación de dudas filosóficas del Doctor Valentín Saldías. La vacunación

En primer lugar: "La enfermedad conocida como viruela no solo es eminentemente contagiosa, sino también una fiebre eruptiva de naturaleza pútrida y pestilencial.

Si las autoridades y los habitantes no adoptasen de concierto y sin pérdida de tiempo las medidas preventivas y curativas más adecuadas y eficaces, la que

reina actualmente en esta ciudad que es de carácter benigno pero por el incremento que va tomando, al paso que constituye una verdadera epidemia, multiplicaría sus estragos y degeneraría luego en peste maligna y mortal".

En seguida, el doctor Carmona "considera indispensable el anticipar ciertos prenotandos de medicina legal y práctica, además de algunas reflexiones sobre la verdadera acepción de las voces técnicas de que no se puede prescindir; tanto para evitar equivocaciones perjudiciales, como para que se comprenda más fácilmente la naturaleza y la oportunidad de las medidas higiénicas y legales, que propongo indicar".

El contagio "es un humor o un vapor esencialmente dañoso, producido directa u originalmente del cuerpo de un ser viviente atacado de una enfermedad particular y que produce, por medio del aire o de las cosas que se relacionan íntimamente, el mismo género de enfermedad en los que están expuestos a su acción, bajo ciertas condiciones, a veces personales y a veces del aire".

Con arreglo a esta definición, "deduce dos observaciones principales: la primera es que hay contagios trasmisibles por el cuerpo de un enfermo, por el ambiente que transpira y respira o por los objetos materiales que le rodean y la segunda es que una enfermedad verdaderamente contagiosa, puede reproducirse en otros, propagarse indefinidamente, de un modo epidémico y aun permanecer o aparecer periódicamente en una población, como las endémicas; mientras tales focos o cosas, en que reside el virus contagioso, estén en cierta relación condicional de causa y efecto con los pobladores de un lugar o ciudad cualquiera.

Felizmente la experiencia ha acreditado que aunque son fundadas ambas observaciones, tienen bastante poder la naturaleza y el arte del hombre para resistir, modificar, anular y no ser siempre víctima de la acción maléfica de los focos contagiosos" (Nótese que en esta últimas líneas están esbozados importantes conceptos posteriores sobre inmunidad y enfermedades infecciosas).

"Baste, por ahora, insinuar que aislando, destruyendo o evitando los focos de infección, cesa por el mismo hecho el contacto y la incubación contagiosa y que para librarse de la viruela hay seguros preservativos en la inoculación de la vacuna, en cierto estado de vigor y sanidad del cuerpo humano, en la pureza del aire y en varios otros arbitrios higiénicos".

Reafirma el doctor Carmona lo señalado acerca del contagio, diciendo que "esta es una verdad práctica confirmada por la experiencia diaria; pero, sin embargo, no es fuera de propósito inculcarla ya que por el vulgo de la gente y aun ciertos profesores de medicina, no están bien persuadidos de ella, porque interesa sobremanera el popularizar las ideas médicas, sobre las circunstancias y los casos en que se aumentan la violencia de una infección como las probabilidades y susceptibilidades de contagiarse".

Refiriéndose ahora al aire atmosférico, manifiesta "que es uno de los vehículos difusivos de los contagios, como lo demuestra la ciencia médica. Es oportuno decir que todas las cualidades del aire se pueden reducir a sensibles o físicas, en que se comprenden su pesadez, frialdad, calor, etc., las cuales modifican a las epidemias, sin poder jamás producir un contagio particular como la viruela; ya a insensible o anormales, verbi gracia, cuando el aire está alterado, conteniendo además de sus elementos constitutivos algún contagio específico particular, como el que engendra la viruela o los miasmas pantanosos y pestilenciales, que son considerados como contagiosos comunes y generales, por cuanto ocasionan uniformemente, según su modo de ser o por las diátesis e idiosincrasias, disentería maligna yfiebres intermitentes, pútridas y atáxicas".

A propósito decía Sydenham "los contagios, ya sean comunes o particulares, deben principalmente su origen a las cualidades insensibles del aire". Y desde el inmortal Hipócrates hasta el día, todos los médicos filósofos han sostenido: que enfermedades que al mismo tiempo atacan a muchas personas, sin variar esencialmente de carácter, suponen un contagio y únicamente las pueden producir causas continentes entre los enfermos, tales como el aire, los alimentos y el contacto recíproco mediato o inmediato.

No cabe duda que el aire sirve a la vez de conductor del contagio de que se trata; pero esta doctrina no es absoluta, porque es susceptible de varias excepciones; pues que ellas han de servir para refutar algunas dudas filosóficas, expresadas en una Memoria académica del doctor Saldías, propaladas en un "estilo brillantes y seductor", tienden a preconizar una hipótesis original, en que se confunde la causa con el efecto, tomando la diátesis o predisposición general del sistema por la enfermedad misma; aunque sea específica y más fácil concebir y admitir que el resultado más o menos inmediato de un virus o un contagio trascendental a la organización, puede ser muy bien esa alteración en la célula, en la sangre, en el sistema nervioso y en las funciones o fuerzas radicales, que da por causa única y matriz el doctor Saldías a las diversas epidemias de una época dada.

El menor inconveniente de semejante teoría sería introducir el escepticismo y hacer desconfiar de la posibilidad y eficacia de los medios preservativos contra las epidemias y los contagios.

No se cuestiona que una enfermedad infecciosa sea trasmisible, hasta cierto punto y en algunos casos, mediante el contacto directo de la persona que la padece, o de la ropa, muebles u otros objetos materiales de su uso. (Importantes instancias epidemiológicas proporcionadas hace más o menos 150 años, por el doctor Carmona).

Disposiciones relativas a medidas preventivas en la salubridad pública.

Más sobre la importancia de la vacunación. Dificultades en su aplicación. Respuesta a consultas de la municipalidad de Valparaíso sobre la atención domiciliaria o en otros lugares de los variolosos.

Todas las disposiciones legales -continúa el doctor Carmona- relativas a medidas preventivas y preservativas en la salubridad pública, a lazaretos, cordones sanitarios y cuarentenas, están fundadas en el contagio y transmisibilidad. ¿Y quién podrá contradecir que la mayor o menor actividad y facilidad de la propagación de cualquier contagio, está siempre en relación directa de la mayor o menor distancia entre las personas vivas y los centros de contagio? Los historiadores han referido como una lección para los gobiernos y los pueblos: "que la viruela entró en la América y despobló rápidamente una colonia de negros, por una colcha; que los que desliaron los fardos en que se introdujo la terrible peste en Marsellafueron mucho más cruelmente atacados que los otros moradores y que durante el estío de 1750 reinó en Londres una calentura mortal, tan intensa y peligrosa por el solo contacto de los vestidos".

Réstame explicar los diferentes modos y circunstancias, frecuentes como excepcionales, en que se actúa o desvirtúa el contagio de la viruela: la fisiología médica, así como la observación empírica enseñan:

Que el humor, vapor, virus, etc., de que resulta la viruela, puede introducirse en el cuerpo humano vivo por tres vías: la piel, el conducto respiratorio y el tubo de la digestión.
La introducción del virus contagioso (la que puede traducirse técnicamente en absorción, etc.) suele verificarse, por emanación inmediata del principio contagioso de un enfermo a otro individuo o por intermedio del aire en que está circulando tal emanación o por la impresión mecánica de alguna cosa impregnada de dicha emanación.

Para que los efluvios morbíficos o humores que se desprenden de un enfermo de viruela, causen esta misma afección en otro, por medio del ambiente exclusivamente, sin haber habido impresión contáctil, ni antecedentes preservativos, es preciso que sean retenidos y acumulados cierto tiempo desconocido en un mismo paraje, hasta adquirir una virulencia singular sin ser difundidos o neutralizados en su acción nociva (o patológica, etc.) en virtud de las propiedadespurificadoras y disolventes del aire libre o de otros agentes químicos artificiales, como son los cloruros alcalinos.

Para que un individuo, que ha recibido de otro el contagio potencial de la viruela, por cualquier vía, directa o indirecta, no padezca en seguida esa en fermedad, se requiere: que de antemano haya sido bien vacunado o hubiese padecido la viruela o que su sistema nervioso y sobre todo el sensorio común, no se halle en atonía, sino en aquel grado de energía que es capaz de resistir y reaccionar victoriosamente contra una infección contagiosa. Si la presente proposición no fuese la expresión de una verdad especulativa y práctica a la vez, no se podría explicar racionalmente por qué todos los que han sido expuestos al contagio, unos son víctimas de él y otros quedan ilesos, como si no los hubiese alcanzado o poseyesen alguna virtud aisladora o repelente. (Aquí estaría hablando de formas clínicas leves, moderadas o graves de las enfermedades infecciosas).

Hay algunas predisposiciones y estados particulares en los individuos que, al mismo tiempo que aumentan su aptitud para contagiarse, disminuyen la energía vital que podría evitarlos y les acarrean complicaciones más o menos peligrosas. Los que llevan un régimen vicioso de vida, si no les favorecen otras condiciones preservativas, son generalmente contagiados y tal es también la razón porque en las estaciones ardientes o cuando ha reinado una complicación atmosférica de esas que influyen en las afecciones inflamatorias, sobreviven la viruela, el sarampión y la mayor parte de las enfermedades miasmáticas, malignas y eruptivas.

Un aforismo de Hipócrates dice: el tifu (sic) invade durante la canícula siempre que la bilis adquiere cierta acritud por la influencia de un gran calor". Boerhave agregó veinte siglos después: "que toda fiebre es más pútrida, cuanto más cálida o ardiente".

También es verdad (como ejemplo en la epidemia actual), que aparecen esas mismas enfermedades en algunas comarcas y estaciones frías; pero son fenómenos excepcionales, que lejos de falsear la observación anterior, la fortifican; pues no es menos cierto que distintas influencias suscitan en nuestra economía una misma tendencia y hasta una igual dolencia, precediendo a la viruela que ahora experimentamos, el tráfico sin restricción con los apestados de Santiago e Illapel, y además una temperatura alternativamente cálida y húmeda y fría-húmeda, propias para debilitar los cuerpos y concentrar el contagio y los miasmas.

Lo que influye sobre manera en la propagación de la viruela es el "populacho"; es decir ese gran número de gente sumamente pobre, desaseada e ignorante, que acostumbra a usar todo lo que ha servido al enfermo, sin precaución de lavarlo ni de exponerlo al aire. Las personas inteligentes y acomodadas evitan o modifican la infección, aplicando las reglas de la higiene; pues los vapores que levantan del cuerpo de un varioloso y los que circulan en el espacio, solo son peligrosos cuando están acumulados en parajes malsanos, en que no se tiene el cuidado de renovar el aire ni de mantener una gran limpieza; porque esos cuidados solos pueden bastar para liberar de las enfermedades más pestíferas y para atajar los estragos del contagio.

Con el fin de satisfacer los deseos de la Municipalidad y al tenor de ellos -dice el doctor Carmona- voy a formular otras tantas respuestas directas y categóricas".

El primer punto consultado es: "si la peste viruela es contagiosa". Ya he afirmado y demostrado, que no solo es contagiosa de persona a persona, sino también por medio del aire y de otras cosas conectadas con el enfermo, por lo que pertenece al grupo de las enfermedades pestilenciales.

El segundo punto es: "si puede permitirse su curación en la ciudad o en alguna parte de ella, con tales precauciones que no dejen duda alguna de su eficacia para impedir el contagio". El permiso para curarse cada enfermo en donde el quiera o sus deudos lo deseen, debería otorgarse siempre bajo ciertas condiciones y garantías indispensables.

Por más preciosas y sagradas que sean el derecho natural de la propia conservación y las garantías individuales sobre la libertad, igualdad y seguridad de las personas, consignadas en nuestra Constitución política, la salud o conservación del pueblo, desde los primeros romanos, es una ley suprema a que se subordinan las demás, fuera de que, todo derecho y garantía de una persona en sociedad no son absolutas, sino que reconocen por límite los legítimos intereses de los demás y con mayor razón los de la comunidad entera. Estos principios generales están sancionados por la práctica de todos los tiempos y por los gobiernos cultos, sobre todo en las épocas calamitosas de epidemia, hambre o guerra. Son lícitas y autorizadas entre nosotros las ordenanzas relativas a imponer cuarentenas, cordones sanitarios, conducir de un modo determinado los cadáveres e impedir toda causa de infección pública. Siempre que existan las mismas razones, deben regir idénticas disposiciones y estando prevenido en las leyes que en los casos no previstos por ellas, puede aplicarse las sanciones y disposiciones análogas.

Medidas higiénicas y viruela. Traslado y conducción de los enfermos. Los cadáveres y ropa mortuoria. Problemas en el Lazareto de Playa Ancha.

¿Cuáles serían las precauciones referidas a las personas enfermas, a sus cuidadores, demás habitantes de la casa y a la misma habitación?

El doctor Carmona enumera aquí una serie de medidas higiénicas y gubernativas capaces de extirpar la epidemia de viruela y la de fiebre tifoidea, "no menos temible, que principia a invadir" (recordemos que estamos en el Chile de 1865 y que la epidemia a la que Carmona se refiere como fiebre tifoidea, fue en realidad de tifus exantemático y en ella falleció el doctor Lorenzo Sazie).

La más segura y más fácil medida es que se vacunen y revacunen los sanos que no hayan padecido la viruela. La vacunación, como se está practicando hoy día, por dos empleados solamente, no corresponde a las necesidades urgentes del caso, por lo que sería mejor aumentar el número de vacunadores y acordarles un sobresueldo o premio, ordenándoles auxiliares que vacunen a domicilio. A falta de vacunadores, suplirán con ventaja algunos médicos, advirtiendo que el que habla está encargado de vacunar a los militares de línea.
No se permitirá a ningún enfermo de viruela medicinarse en su casa, ni en otro punto dentro de la ciudad, a no ser que se sujete y cumpla con las condiciones siguientes: estar asistido por personas preservadas del contagio, como los "envacunados y los que ya han sido apestados"; que tanto el varioloso como los cuidadores no salgan a la calle a juntarse con otras personas, hasta pasados los 25 días contados desde que principió el mal y después de haber depurado su cuerpo y sus vestidos; que desde el primer día en que se conozca la viruela, hasta que pueda salir a la luz el enfermo, se ponga en la puerta de la calle una cruz, para avisar a los de afuera que solo es permitido a los médicos, sacerdotes y autoridades entrar al domicilio; que la ropa y los utensilios no han de sacarse a la calle ni mezclarse con otros ajenos. En contravención de toda o parte de tales normas, el infractor incurrirá en multa que no bajará de cien centavos ni pasará de mil, aplicada al lazareto y conmutable en arresto. Si las condiciones anteriores no se cumplen, sería lo más conveniente que se traslade el apestado al lazareto o a otro lugar del campo, fuera de la ciudad.
Se prohíbe bajo la misma multa, el conducir apestados en carruajes a flete, a menos que sea con licencia del comandante de policía, sometiéndose a las precauciones que se les impongan, siendo mejor que se destine solo algún carruaje marcado.
Dispóngase que los epidemiados que se llevan al lazareto, que sus conductores no se detengan en ninguna vivienda, ni se rocen con los transeúntes.
Mándese quemar el cadáver y la ropa mortuoria de todo apestado, en el mismo lugar que haya de enterrársele; exceptuando a aquellos que paguen, por vía de multa y de oblación al lazareto, quinientos centavos y con que el entierro se haga a doble profundidad de la acostumbrada.
Prevéngase, a los encargados del lazareto, así como a los cuidadores de los enfermos en sus domicilios, que hagan aspersiones en el pavimento y en las veredas con una solución de agua y cloruro de cal, o bien con el agua de Labarraque (solución de hiposulfito de sodio, ácido carbólico y otros antisépticos); que echen sobre los cadáveres y las inmundicias del apestado capas de cal viva o de cloruros de cal seca.

Cree el doctor Carmona que el no seguir las normas de la higiene pública y privada, produce tan graves inconvenientes, que esas faltas deben haber influido en el incremento de la epidemia.

Finalmente, reseña los problemas que existen en el Lazareto de Playa Ancha. En primer lugar, la asistencia profesional se halla a cargo de un facultativo y de un practicante, insuficientes para las exigencias de la situación de ese establecimiento con 200 enfermos. Además las salas son estrechas y desaseadas; las camas de los enfermos están en el suelo. Hay carencia de recursos necesarios y de suficientes empleados para hacer efectivas las precauciones con las personas y con los útiles expuestos al contagio. (En 1860 empezó a edificarse el Lazareto de Playa Ancha. Desde 1865 a 1874 fueron atendidos 7.163 enfermos con viruela, falleciendo 2.223 (31%). A fines del siglo XIX, empezó a recibir pacientes con tuberculosis y otros con difteria, transformándose paulatinamente en un hospital de enfermedades infecciosas y tisiológico. A principios de 1918, recibió el nombre de Hospital Salvador de Playa Ancha)4,5,6.

 

Referencias

1.- Laval M E. Noticias sobre los médicos en Chile. Siglo XIX (C, D, E). Ed. Historia Médica. Santiago de Chile. 1972.         [ Links ]

2.- Encina F A. Historia de Chile. Tomo XI. Ed. Nascimento. Santiago de Chile. 1948.         [ Links ]

3.- Galdames B. Estudio de la Historia de Chile. 2a edición. Impta. Universitaria. Santiago de Chile. 1911.         [ Links ]

4.- Carmona M A. Informe médico-legal de la epidemia de viruela reinante en Valparaíso en 1865. AUCH. 1865. 2° semestre.         [ Links ]

5.- Saldías V. Causa de las epidemias. Discurso de incorporación a la Facultad de Medicina. Leído el 21 de Julio de 1865. AUCH. 2° semestre.         [ Links ]

6.- Laval R E. El Lazareto de Playa Ancha. Rev Chil Infectol 1988-89; 5-6: 121-2.         [ Links ]

 

Recibido: 20 de diciembre de 2011

Correspondencia a: Enrique Laval Román revinf@sochinf.cl