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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.78 n.5 Santiago oct. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062007000500001 

 

Rev Chil Pediatr 2007; 78 (5): 459-460

EDITORIAL

 

Aequanimitas

 

WALTER LEDERMANN D.1

1. Médico Pediatra, Hospital Luis Calvo Mackenna.

Dirección para correspondencia


Probablemente la inmensa mayoría de los pediatras chilenos nunca haya oído hablar de Osler. Sin embargo, sus enseñanzas nos llegan, matizadas, decantadas en el tiempo y a veces deformadas, en las conferencias de célebres profesores invitados o a través de las publicaciones de estos mismos maestros norteamericanos. En los países de habla inglesa su nombre sigue vigente casi cien años después de su muerte y sus certeros aforismos están a diario disponibles en Internet, porque podrán cambiar los programas de docencia médica, avanzar la ciencia y la técnica a pasos agigantados y los medios de comunicación actuales divulgar el conocimiento a increíble velocidad, pero el principio básico de Osler sigue inamovible y constituye el pilar fundamental de nuestra formación médica: la enseñanza al lado del enfermo, guiada por la figura casi extinguida del sabio mentor, de quien decía Shiga que era preciso "seguir el espíritu y no los pasos"1; disciplina basada en la observación directa, el raciocinio y la acumulación de experiencia, lo que en el lenguaje diario solemos llamar "la clínica". En palabras de Osler: El arte de la práctica de la medicina se aprende sólo por experiencia; no se hereda ni puede ser revelado... Aprende a ver, aprende a escuchar, aprende a sentir, aprende a oler, y sabrás que sólo practicando puedes llegar a ser un experto, porque la medicina se aprende al lado de la cama del enfermo y no en la sala de clases...2.

William Osler nació el 12 de julio de 1849 en una zona rural de Ontario, Canadá, llamada Bond Head. Era uno de los nueve hijos de un clérigo y siempre quiso seguir la carrera de su padre, pero en el colegio Trinity se encontró con el reverendo A. W. Johnson quien le enseñó el maravilloso mundo del microscopio, inclinando su voluntad hacia el estudio de la medicina. Graduado de médico en 1872 en la Universidad Me Gill de Montreal, comprendió que su formación estaba incompleta sin conocer la medicina europea, por lo cual pasó dos años puliéndola en Londres, Madrid y Viena, para volver luego a Me Gill, donde en un año llegó a profesor. Pero su carrera está ligada al John Hopkins, donde desarrolló sus ideas de la enseñanza al lado del enfermo, sin olvidar una pasadita por el laboratorio, sosteniendo que los alumnos debían aprender por fuerza bacteriología, e insistiendo, una y otra vez en algo que vamos paulatinamente perdiendo en Chile: el respeto por los colegas, de todos los cuales, por poco documentados o especializados que nos parezcan, siempre podemos aprender algo.

Más tarde se estableció en Inglaterra, siendo designado Regius Profesor en la Universidad de Oxford, cosechando una larga lista de honores, que culminó con el título de baronet. Fue un gran clínico, figura relevante y decisiva en la medicina de habla inglesa, historiador, bibliófilo y filósofo. Falleció en Oxford el 29 de diciembre de 1919, cuando un Haemophilus influenzae vengó a sus congéneres, ultimados por el sabio a lo largo de tan exitosa carrera médica, causándole una bronconeumonía con empiema pleural3.

Aunque su obra capital fue el texto clásico de enseñanza The Principles and Practice of Medicine, cuya primera edición es de 1892, hoy día sobresale -y sobrevive en numerosas citaciones- el libro que escribió para sus alumnos: Aequanimitas, with other addresses to medical students, nurses and practitioners of medicine, del cual basta rescatar una sola frase para apreciar su actualidad: The greater the ignorance, the greater the dogmatism (Cuanto mayor la ignorancia, mayor es el dogmatismo)4.

Bajo el término aequanimitas, que no puede traducirse simplemente por "ecuanimidad", Sir William Osier expresaba la cualidad fundamental exigible a un médico, y que definía como imperturbabilidad, frialdad y presencia de ánimo en todas circunstancias, que quien se muestra azorado y nervioso en emergencias ordinarias pierde rápidamente la confianza de sus pacientes2. En nuestro medio escuchamos una vez al neurocirujano Luciano Basauri una definición más escueta, pero igualmente certera y que nunca hemos olvidado: El médico debe tener la cabeza fría. Modestamente, hemos intentado en este soneto una interpretación poética, enunciando otras de sus máximas docentes en los versos cortos del estrambote.

Sir William Osier decía junto al lecho del enfermo dictando sus lecciones: "Aequanimitas, muchacho, que emociones perturben tu juicio no permitas".

Filósofo y maestro, en pocas citas el buen galeno fijó las condiciones: "Calmo y sereno en todas ocasiones, indecisión, preocupación, no admitas ni te traicionen cuando al mal atiendas: no vea en la tormenta tu paciente que pierdes, confuso, calma y riendas.

De la vacilación huirá tu cliente buscando otro auditor para sus cuitas por no mostrar, doctor, aequanimitas".

"Respeta a tus colegas
de la palabra cuida
y aprende de otros siempre.
No pierdas tiempo en danza
que una templada vida
ni impide ser alegre
ni excusa la tardanza.
¡Aequanimitas, doctor, aequanimitas,
que el arte es largo y es muy breve vitas!

 

Referencias

1.- Trofa A, Ueno-Olsen H, OiwaR, Yoshikawa M: Doctor Kiyoshi Shiga, discoverer of the dysentery bacillus. Clin Infect Dis 1999; 29: 1303-06.

2.- Barondess J: Is Osier dead? Persp Biol Med 2002; 45: 65-84.

3.- BlissM, Osier W: A life in medicine. Oxford University Press, New York 1999.

4.- McCallN: ed. The Portrait Collection of Johns Hopkins Medicine: A Catalog of Paintings and Photographs at The Johns Hopkins University School of Medicine and The Johns Hopkins Hospital. The Johns Hopkins University School of Medicine. Baltimore 1993.

 

Correspondencia a: Walter Ledermann E-mail: nmayor11@hotmail.com