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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.72 n.6 Santiago nov. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062001000600001 

Vigencia del juramento hipocrático en nuestros días

Walter Ledermann D.1

1 Hospital Luis Calvo Mackenna, Unidad de Infecciosos y Segunda Infancia.

Año a año, promociones de flamantes médicos se reúnen en un gran auditorio y, en solemne ceremonia, pronuncian a coro el juramento hipocrático. A dos mil cuatrocientos años de su formulación, cabe preguntarse si esta declaración de principios médicos sigue vigente.

Constituye una constante del pensar humano, a medida que pasan los años, suponer que el mundo cambia para mal, que se van perdiendo en el camino los antiguos valores y que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, aunque las costumbres experimenten una continua variación, liberalizándose hasta extremos que otrora se hubieran juzgado escandalosos, y aunque parezca que el hombre actual procede con mayor ligereza, el viejo imperativo ético permanece agazapado en la conciencia de unos, dormido en la de otros y muy vivo, felizmente, en la mayoría. Que a veces no escuchemos, voluntariamente, esta voz ética, porque nos plantea dilemas y renunciaciones, entraba el ejercicio del arte médico y atenta contra intereses más inmediatos o mundanos, es algo propio de nuestra humana debilidad.

Tendemos a recordar y a conservar vivos los mejores ejemplos de las épocas antiguas, y así devienen clásicos los manifiestos, textos y aforismos más selectos, de la misma manera que olvidamos o ignoramos los que quizás prevalecían en aquellos viejos tiempos gratuitamente idealizados: las expresiones indignas, quizás mayoritarias, que traducían la realidad de entonces. Es probable que el juramento hipocrático fuera la excepción y no la norma del ejercicio médico en la antigüedad, representando la rebeldía de un hombre sabio ante un estado de cosas aberrante, sin eco entre sus pares, conservándose hasta hoy como un anhelo imposible de perfección.

Ahora que la humanidad ha evolucionado con un progresivo crecimiento ético, pese a las islas de barbarie que a diario conocemos a través de la prensa, uno se pregunta si ha llegado el momento en que esa utopía de Hipócrates pueda cumplirse, si es que alguna vez se aplicó plenamente. A mi juicio, los principios fundamentales conservan toda su vigencia, como valores irrenunciables, pero la forma ya no es aceptable y requiere una adecuación a los tiempos en que vivimos, y a los cambios profundos que ha experimentado la medicina occidental a lo largo de casi dos y medio milenios.

Por cierto que no podemos jurar por Apolo y por todos los dioses y diosas, cuando profesamos creencias monoteistas, de una espiritualidad que largamente supera el politeísmo antropomórfico del olvidado Olimpo, de manera que la primera invocación debe desaparecer y cada uno será libre de jurar según su personal creencia.

También se extingue el maestro único a quien poder considerar como a nuestro padre, en una medicina que está reduciendo los márgenes para la acción individual, dando paso cada vez más al trabajo en equipo, debido a la amplitud y diversidad de los conocimientos. Esto hace imposible la existencia del "Gran Maestro" y en la sola enseñanza de pediatría intervienen múltiples subespecialistas, entre los cuales el director de orquesta suele brillar por su ausencia. Aun así, el profundo sentido del párrafo referente al maestro mantiene su total vigencia si lo reformulamos de acuerdo a la realidad actual. Hoy nuestro maestro es todo el cuerpo profesional que, de una u otra manera, tanto en pre como en post grado, ha ido formando y condicionando el médico que finalmente somos. Y es cierto que a sus hijos, entendidos no en el sentido filial, sino como las nuevas generaciones, la inmensa mayoría de nosotros, los que colaboramos graciosamente en la docencia, enseñaremos el arte sin remuneración ni contrato. Todos los médicos, en mayor o menor grado, tendemos a comunicar nuestros conocimientos y por eso con naturalidad se nos llama doctores, del latín docere, que significa enseñar. Damos lecciones de puericultura a las madres en la consulta y de medicina a los más jóvenes en la sala de hospital y amortizamos, de esta manera, nuestra deuda formativa con la sociedad y con el maestro.

Es difícil considerar obsoletos a los puntos restantes del legado hipocrático ¿Por qué la insoluble pugna desatada entre el gremio en relación a "la píldora del día después"?. Porque nos asiste una duda científica que nos hace recordar, insistentemente, el imperativo ético expuesto claramente en el juramento: tampoco daré a ninguna mujer un supositorio para hacerla abortar. Ni daremos venenos, ni caeremos tampoco, voluntariamente, en la iatrogenia. Y si la complejidad de los pacientes que a menudo enfrentamos en la medicina moderna nos dificulta delimitar estos términos, la angustia que de esta situación deriva se refleja en el auge de los comités de ética en los hospitales.

Este último aspecto, referente a situaciones nuevas, imposibles de anticipar en tiempos de Hipócrates, debiera ir traduciéndose en ampliaciones constantes al viejo texto. Quizás de esos mismos comités debieran surgir las recomendaciones que regulen las acciones en enfermos terminales, normalicen la investigación clínica y definan las maniobras extraordinarias, por citar algunos ejemplos relevantes.

Deberemos también eliminar el párrafo negativo dedicado a la cirugía, que se ha querido atenuar reinterpretando el texto original, pero que es inaceptable en boca de quien se gradúa de médico-cirujano.

Y, por último, habrá que reforzar, en negrita y en mayúsculas, las palabras relativas al secreto profesional, hoy que con tanta frecuencia aparecemos comentando nuestros pacientes frente a los periodistas, y que empresas de salud, en su ánimo de controlar y evitar costos exagerados, tienden a romper al discutir aspectos administrativos y contractuales.

Mantengamos el fondo y adecuemos la forma, conservando los valores perennes, pero si esta reformulación resultara muy extensa, la alternativa radical sería redactar, a un nivel superior, como la Organización Mundial de Salud, un documento ético, preciso y moderno, que refleje la problemática del nuevo milenio, dejando al juramento hipocrático donde debe estar y donde su presencia no generaría controversia alguna: en el museo.