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Revista chilena de pediatría

versión impresa ISSN 0370-4106

Rev. chil. pediatr. v.72 n.5 Santiago set. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0370-41062001000500001 

Reflexiones de un pediatra

Augusto Winter E.

Dr. Ignacio Sánchez
Jefe Departamento de Pediatría
Pontificia Universidad Católica de Chile

Con motivo de cumplirse 30 años de la creación del Departamento de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile y del Programa de Postítulo en Pediatría, se organizó el Primer Encuentro de ex Residentes Becarios de Pediatría. El viernes 17 de agosto de 2001 fue un día muy especial para todos nosotros y será recordado durante mucho tiempo.

Entre otros homenajes, el Rector, Dr. Pedro Rosso, hizo entrega del Grado Académico de Profesor Honorario al Dr. Augusto Winter Elizalde, quien agradeció este reconocimiento con reflexiones que quisimos compartir con todos los pediatras.

Palabras de agradecimiento
Dr. Augusto Winter Elizalde

Hace un mes recibí en mi hogar la grata visita del Dr. Ignacio Sánchez. Luego de los saludos de rigor, me entregó una carta del Sr. Decano en la cual me informaba que había sido nombrado Miembro Honorario de la Facultad de Medicina de esta, MI UNIVERSIDAD.

No les voy a negar que después de la emoción y la alegría inicial he estado sufriendo pensando en el día de hoy, temiendo no encontrar palabras adecuadas para agradecer tan preciado galardón. O peor aún, entusiasmarme recordando mi carrera profesional y mis años en la Católica y –como en los mejores tiempos– poner a dormir a alguno de mis ex alumnos. Para evitar tal posibilidad, prefiero compartir con ustedes hoy algunas ideas que me han impactado profundamente en el último tiempo.

"Tomar conciencia de lo que hemos recibido y agradecer siempre a Dios"

Lo primero es tomar conciencia de algo aparentemente tan trivial como estar vivo y agradecerle a Dios cada día por ello. Es una bendición seguir lleno de energía a mis 80 años y poder disfrutar plenamente de momentos como este. No esperen hasta cumplir mi edad para empezar a agradecer y valorar lo que tienen.

En segundo lugar, darse cuenta de la tremenda bendición que es tener una familia unida en la cual apoyarse. En mi caso, agradecer una familia maravillosa: 8 hijos honestos, nueras y yernos, quienes en conjunto me han regalado 36 nietos y 2 bisnietos. Todos los logros profesionales que haya podido realizar en mi vida no pueden compararse con el potencial de lo que podrá aportar a la sociedad esta descendencia.

En tercer lugar, agradecer la compañía, el apoyo y la comprensión constante de 2 mujeres maravillosas. Mi primera esposa, que recorrió a mi lado los primeros y duros pasos de mi carrera, y la segunda, que supo consolar a este viudo con 6 hijos y que durante los últimos 35 años me ha apoyado fiel, abnegada y pacientemente. Chepita, muchas gracias por tu amor y comprensión.

En cuarto lugar, agradecer la oportunidad de haberme realizado plenamente ejerciendo la Medicina como pediatra, jefe de departamento, de servicio y profesor durante tantos años, lo cual no hubiera sido posible sin los alumnos y colaboradores que me ayudaron a superarme en cada paso que di.

"Qué significa realmente ser un médico"

Ejercí activamente la Medicina por más de 50 años, incluyendo 20 años como profesor de pediatría. Hoy, al mirar hacia atrás, no puedo dejar de reflexionar sobre las innumerables horas de docencia que dediqué a los aspectos "técnicos" de la Medicina y la Biología, y compararlas con las horas que podría haber dedicado –pero no siempre dediqué– a crecer junto a mis alumnos como persona; a ver más allá del caso médico y descubrir al ser humano –a veces asustado y muchas veces sufriendo– que uno tenía la oportunidad de confortar, aliviar y, Dios mediante, curar de sus dolencias. Siempre di por supuesto que un buen médico debía ser cálido, tener sensibilidad social y amor por cada uno de sus pacientes, pero tal vez por temor a ser cursi o sensiblero, no aproveché todas las oportunidades que me dio la vida y la docencia para educar estas virtudes en mis alumnos y en mí mismo.

Hoy que me ha tocado la otra cara de la moneda –por un cáncer al hígado que afortunadamente parece estar bajo control– he tenido la oportunidad de apreciar y valorar a aquellos médicos que son capaces de tomarse unos minutos de más y preocuparse de la persona, conjuntamente con la enfermedad que padece. Agradezco también en forma muy especial la dedicación y amor con que muchas enfermeras y otros profesionales de la salud cuidan a sus pacientes, tema que en ocasiones, desafortunadamente, nosotros los médicos, no valoramos en su total magnitud.

Asimismo, no puedo dejar de hacer una invitación, especialmente a los médicos jóvenes, a no dejar de lado el altruismo. Vivimos en un mundo que muchas veces valora más el "tener" que el "ser", por lo que hace falta verdadero coraje y generosidad para salirse de este esquema y saber dedicar una parte importante del tiempo y conocimiento de cada uno, a los más necesitados. Se los digo por experiencia propia, al apagar las velas del cumpleaños número 80 no se les vendrán a la cabeza los bienes materiales que se acumularon, los autos que compraron, ni lo llena que tuvieron su consulta privada. Por el contrario, pasarán ante sus ojos las imágenes de aquellos a quienes más ayudaron, las vidas que más afectaron, y que en general son también las de los que menos tenían. A los 80 años, la satisfacción del "ser" hace casi irrelevante el "tener".

Por otra parte, permítanme una súplica a todos mis colegas. Sin perjuicio de que mantengan los más altos estándares de exigencia, prolijidad y dedicación a la profesión, no descuiden a sus familias. Con mucho dolor veo cada día más familias destruidas, porque siendo gente buena y bienintencionada no le entregan a los suyos la misma dedicación que a su profesión. Les digo yo, que vengo de vuelta, al final la familia es lo único que realmente queda. Vean crecer a sus hijos y acompáñenlos.

"A mis colegas y a mi historia médica"

No tengo palabras ni tiempo suficiente para agradecer y elogiar a tantos y tantos médicos, hombres y mujeres, que trabajaron junto a mí durante los períodos de mi vida y de los cuales mantengo un vivo recuerdo por la dedicación con que abrazaron la Medicina y los desafíos que enfrentamos juntos.

El Dr. Hernán Taboada, el Dr. Sergio Ibáñez, el Dr. Rafael Ducos, el Dr. Rubén Puentes, el Dr. Arturo Gallo, mi primera becada, la leal e inteligente Dra. Edda Lagomarsino y tantos otros colegas que, como dije, por razones de tiempo no puedo mencionar.

Asimismo, agradezco a los ilustres profesores doctores Barahona, Croxatto, Vargas Fernández, Ismael Mena, Fernando Huidobro y Aníbal Ariztía. Gracias a su exigencia y profesionalismo pude convertirme en el médico que fui.

Agradezco también a los colegas y profesores que fueron los catalizadores de grandes logros personales que llevo con gran cariño en mi corazón: la creación y formación del Servicio y Departamento de Pediatría, primero en el Hospital El Peral, que luego se llamó Sótero del Río, y posteriormente en el Hospital Josefina Martínez, y la elaboración de los Apuntes de Pediatría, luego el Manual de Pediatría y finalmente la Medicina Infantil, que con el Dr. Rubén Puentes y más de 150 colaboradores elaboramos en los años 1978, 84 y 91, respectivamente.

Estimada familia, amigos, doctores y personalidades, no quiero abusar más de lo debido de su tiempo y paciencia. Después de haber agradecido, lo más resumido que pude, a personas que me han acompañado y especialmente a Dios que tanto me ha dado, quiero dejarles como últimas palabras una invitación a soñar: soñar en grande, soñar que el mundo puede ser mejor y luego soñar llevar a cabo esos sueños y convertirlos en realidad, ya que solo así serán felices y verán realmente un mundo mejor para sus hijos y descendientes.

Muchas gracias