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EURE (Santiago)

versão impressa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) vol.43 no.130 Santiago set. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/s0250-71612017000300097 

ARTÍCULOS

La producción social del espacio público en manifestaciones conmemorativas, Santiago de Chile, 1990-20101

Roberto Fernández-Droguett1 

1Universidad de Chile, Santiago, Chile

RESUMEN

Desde el año 2011, en Chile se han venido desarrollando manifestaciones políticas caracterizadas por un uso intensivo del espacio público. Estas intervenciones tienen diversos antecedentes, entre los cuales se encuentran las acciones conmemorativas que diversos movimientos sociales han realizado desde el regreso a la democracia. En el presente artículo nos proponemos analizar estas manifestaciones en términos de identificar cómo participan de la producción social del espacio público. Siguiendo una metodología cualitativa, los resultados obtenidos dan cuenta de la historia y características de cada conmemoración, del espacio público como espacio en pugna, de la importancia de tomarse y ganarse los espacios públicos, y de cómo los cuerpos de los manifestantes se constituyen en ciudadanos y orgullosos. Estos resultados dan cuenta de la vigencia del espacio público como espacio político de manifestación ciudadana y de la contribución de estas manifestaciones al fortalecimiento y democratización de ese espacio.

PALABRAS CLAVE conflicto social; espacio público; sociología urbana

ABSTRACT

Since 2011, political demonstrations have taken place in Chile and have been characterized by an intensive use of public space. These demonstrations have different backgrounds, among which are the commemorative events that various social movements have been developing since the return to democracy. In this article we propose to analyze these events in terms of identifying how they participate in the social production of public space. Following a qualitative methodology, the results realize the history and characteristics of each commemoration, the public space as a space in conflict, the importance of the attainment of public spaces, and how the bodies of protesters assume the position of citizens and pride. These results show the effectiveness of public space as a political space for citizen expression and the contribution of these demonstrations to its strengthening and democratization.

KEYWORDS social conflict; public space; urban sociology

Introducción

El año 2011 será recordado en Chile como aquel en que la ciudadanía volvió a salir masivamente a protestar a las calles. Como señalaron los medios de prensa, algunas de las manifestaciones de ese año fueron las más concurridas desde el regreso de la democracia (Fernández, 2013). A través de ellas se ha dado cuenta no solamente del descontento social imperante (Garcés, 2012; Mayol & Azócar, 2011; Segovia & Gamboa, 2012) y de un proceso de mayor politización de la sociedad chilena (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2015), sino también de que el espacio público sigue siendo el escenario principal de la protesta ciudadana. Este fenómeno de ocupación política masiva del espacio público por parte de la ciudadanía se dio ese mismo año en diferentes partes del mundo, lo que llevó a la revista Times a declarar al manifestante como el personaje del año (Fernández, 2012). Para Butler (2012), las manifestaciones que tuvieron lugar en ciudades de diferentes países durante el año 2011 pueden entenderse no solamente como luchas en el espacio público, sino como luchas por el carácter público de las calles y plazas donde se desarrollaron. Este carácter público se define por la utilización del espacio urbano como un lugar para la palabra y la acción colectiva; siguiendo a Arendt (2005), como espacio de aparición en el cual se impugna el orden establecido y se buscan transformaciones democratizadoras. “Muchas de las manifestaciones públicas de estos últimos meses no han sido contra dictaduras militares o regímenes tiránicos. Han sido contra el capitalismo monopolista, el neoliberalismo y la supresión de derechos políticos, en nombre de aquellos que son abandonados por las reformas neoliberales” (Butler, 2012, p. 12). Visto desde los planteamientos de Henri Lefebvre sobre la producción social del espacio (Lefebvre, 2000), las manifestaciones políticas contemporáneas pueden considerarse como luchas contra los modos de producción capitalista de la vida cotidiana y del espacio social (Elden, 2007; Mitchell, 2016). Con un enfoque similar, Butler (2012) señala que “se congregan cuerpos, que se mueven y hablan juntos y reivindican un determinado espacio como espacio público” (p. 1). En estas luchas, puntualiza la autora, los cuerpos de los manifestantes, actuando conjuntamente, en alianza, ponen en tensión las políticas que regulan qué cuerpos pueden aparecer en el espacio público y de qué manera.

En Chile, la masividad e impacto de las manifestaciones de 2011 tuvieron su expresión más visible en el movimiento por la educación pública, pero también se desarrollaron acciones vinculadas a demandas de grupos regionalistas, homosexuales e indígenas, entre otras (Fernández, 2013; Garcés, 2012), la mayor parte inscritas en el descontento social y mayor politización ciudadana anteriormente señalados. Sin embargo, la movilización social no comenzó el año 2011. Con el regreso a la democracia se había iniciado una seguidilla de manifestaciones políticas de diverso tipo, que mantuvieron el espacio público como un escenario activo en términos ciudadanos, aunque no con la misma fuerza que cobrarían desde 2011 en adelante. Entre 1990 y 2010, diversos actores sociales se habían movilizado pública y masivamente por sus derechos y reivindicaciones, muchas veces sin mayor cobertura mediática y con escasa recepción por parte de las instituciones políticas. Pese a ello, dichas manifestaciones permitieron la expresión pública de sectores excluidos o en pugna con los poderes políticos y económicos; entre ellos, además de los estudiantes, colectivos sociales como las mujeres, los trabajadores, las minorías sexuales y los pueblos indígenas (Fernández, 2012). Factor común a todos ellos era y sigue siendo la existencia de importantes debilidades en términos del reconocimiento y vigencia de sus derechos, en el marco de lo que Garretón y Garretón (2010) han definido como una “democracia incompleta”.

El objetivo del presente artículo es abordar un tipo de manifestaciones particulares, específicamente las manifestaciones conmemorativas. Como señala Delgado (2007), puede distinguirse la manifestación reivindicativa de la manifestación conmemorativa. La reivindicativa es aquella que se realiza por una situación puntual, mientras que la conmemorativa tiene un carácter permanente y recurrente año a año, y su propósito no es solamente poner en escena determinadas reivindicaciones, sino también recordar hechos históricamente significativos y hacerlos visibles a los ciudadanos que se identifican en torno a ellos. Delgado (2007) define este tipo de manifestación como “una especie de monumento dramatúrgico en que un grupo reunido se arroga la representación de colectivos humanos víctimas de un determinado agravio histórico que, en la medida en que no se ha reparado, ha de ver recordada cada año su situación de pendiente de resolución. Los congregados evocan una herida infligida, una derrota injusta, una ofensa crónica, pero no se presentan como una colectividad contingente, sino como la epifanía de un sector de ciudadanos habitualmente invisibilizados en su identidad y que tienen en común algo más que sus vindicaciones” (p. 171). En este sentido, las manifestaciones conmemorativas pueden concebirse como una forma específica de ocupación política del espacio público, en la cual “a través de la acción simbólica, una multiplicidad de grupos desarrolla distintas puestas en escena de lo que son, de lo que han sido y de lo quieren ser” (Cruces, 1998, p. 27).

En el contexto posdictatorial de la sociedad chilena, caracterizado por importantes enclaves autoritarios (Rovira, 2007) y el control de la conflictividad social (Del Campo, 2004; Lechner & Guell, 2006), las manifestaciones conmemorativas se constituyeron en un espacio de encuentro y expresión de sectores descontentos, articulados no solamente en torno a sus reivindicaciones, sino también a sus memorias colectivas (Fernández, 2012).

Entendiendo la memoria colectiva como una acción social donde las sociedades y los grupos construyen significados sobre el pasado y símbolos que los representan, la memoria requiere de instancias que la produzcan y la reproduzcan, como es el caso de las conmemoraciones (Piper, Fernández & Iñiguez, 2013). Desde esta perspectiva, la de construcción de una memoria colectiva, las conmemoraciones son instancias rituales para hacer memoria juntos, que pueden adoptar diversos formatos; entre ellos, la manifestación conmemorativa (Fernández, 2012). Toda conmemoración supone una puesta en escena de las formas en que los grupos humanos elaboran el pasado desde el presente y de este modo proyectan su futuro. Como señala Del Campo (2004), “la memoria de una sociedad está inscrita teatralmente entonces en una serie de elementos espaciales, discursivos, visuales y rituales. Cada acto de conmemoración constituye, en su manejo espectacular, una nueva propuesta de versión oficial/pública de ese pasado histórico que intenta —desde el Estado o desde los grupos subalternos— redefinir el accionar futuro a partir de este constante proceso de construcción y reconstrucción de imágenes, de resemantización de los símbolos ya cargados con una historia de prácticas tradicionales” (p. 70).

Es en este marco que en el presente artículo se analizan las manifestaciones conmemorativas desarrolladas en Santiago de Chile entre 1990 y 2010, explorando en las dimensiones que participan de la producción del espacio público en esas manifestaciones. Para ello, el estudio se centra en el uso del espacio urbano que tiene lugar en cada manifestación, y en los significados que sus participantes les atribuyen tanto a la conflictividad propia de la ocupación política del espacio público que desarrollan como a los modos de aparición de los cuerpos en lucha. Específicamente, serán objeto de este trabajo el Día Internacional de la Mujer (8 de marzo), el Día Internacional del Trabajador (1 de mayo), el Día del Orgullo Gay (en ese entonces, a fines de septiembre) y la manifestación contraconmemorativa del descubrimiento de América (12 de octubre).2

Marco teórico

Más allá de la definición genérica, que lo entiende como un espacio urbano de libre circulación, el espacio público puede definirse como un espacio político, donde los ciudadanos frecuentemente se congregan para manifestarse, interpelar a los poderes e incidir políticamente (Borja, 2003; Cruces, 1998). En este sentido, y siguiendo los planteamientos de Arendt (2005, los ciudadanos se constituyen en tales al convertirse en actores políticos cuyo escenario no son las instituciones sino la calle, lugar donde se encuentran y dialogan y actúan juntos. Relevando la dimensión de la palabra y la acción en la concepción de espacio de Arendt, Tassin (2014) propone redefinir al actor político como un sujeto que se compromete y se expone en la escena pública para incidir sobre los asuntos de la polis, aunque muchas veces esa incidencia supone no solamente diálogo y acuerdos, sino también luchas y confrontaciones.

Desde esta perspectiva, el espacio público no es un espacio dado e inerte, sino más bien uno socialmente producido, resultado dinámico de la acción humana (Lefebvre, 2000). Es decir, una entidad material, relacional y simbólica que se produce, reproduce y transforma a través de prácticas sociales históricamente situadas, como lo son —en este caso— las manifestaciones conmemorativas. Para efectos de esta investigación, el aporte de Lefebvre (2000) se sitúa en la consideración de que el espacio una parte constitutiva e inseparable de lo social, y no un mero escenario en que lo social se despliega. Ello implica, así, que la transformación de lo social está indisolublemente ligada a la transformación del espacio y de las prácticas que se desarrollan en él y lo configuran como tal. Como señala Elden (2007) respecto de los planteamientos de Lefebvre, en la medida en que la vida cotidiana ha sido colonizada por el capitalismo, esta colonización está localizada en el espacio social y, por lo tanto, este espacio reproduce las estructuras de clase propias del capitalismo. Desde este modo, la lucha de clases también está inscrita en el espacio, por lo este es un lugar crucial de lucha política (Elden, 2007; Mitchell, 2016).

Para Lefebvre (2000), la producción del espacio adopta dos modalidades: una reproductiva, donde se repiten las formas establecidas del uso del espacio; y otra productiva, donde se alteran o incluso transforman los usos esperados. En términos urbanos, estas dos formas de ocupación del espacio público pueden considerarse conductas colectivas, entre las que Delgado (2007) distingue movilidad y movilización. La movilidad vendría a responder a un uso reproductivo de las lógicas dominantes de ocupación del espacio público, mientras que la movilización correspondería a una forma productiva y, por lo tanto, potencialmente transformadora. Mientras la movilidad remite a los desplazamientos cotidianos, “en el caso de las movilizaciones, ese personaje central de la vida urbana, el simple peatón, alcanza niveles de protagonismo, en tanto se apropia, con otros como él, de calles, plazas, paseos, avenidas, para convertirlos en proscenio de dramaturgias colectivas que son al mismo tiempo ordinarias y excepcionales” (Delgado, 2007, p. 155). Las manifestaciones conmemorativas estudiadas en esta investigación, entendidas como instancias de memoria colectiva que ponen en juego no solamente la elaboración del pasado, sino también una determinada forma de concebir el presente, marcado por exclusiones históricas de ciertos sectores sociales, son, según Delgado (2007), formas de movilización social que no solamente transgreden los usos establecidos del espacio público, sino también los modos de aparición que permiten o imposibilitan la presencia en el espacio público de sujetos sociales considerados como indeseables. Para Mitchell (2016), en función de los planteamientos de Lefebvre solamente es posible concebir la creación de espacios y de modos de vida diferentes a partir de prácticas anticapitalistas, las cuales, si bien pueden ser variadas, incluyen de manera fundamental la acción política de las minorías contra la exclusión.

Para Sennett (2010), la exclusión de ciertos sujetos sociales de su estatus ciudadano y, por lo tanto, de su plena integración a la ciudad y a sus espacios público tiene un carácter histórico (ha existido de diversas formas en todas las sociedades) y se fundamenta en lo que el autor llama “política del cuerpo”; es decir, la forma en que se ha regulado el espacio urbano a partir de un determinada concepción del cuerpo y de su relación con la ciudad. En cada momento histórico, la sociedad creó sus espacios urbanos a partir de una imagen prototípica del cuerpo, imponiendo posibilidades y restricciones a los cuerpos a partir de las concepciones dominantes del mismo. “La política del cuerpo basa las normas de la sociedad en la imagen imperante del cuerpo” (Sennett, 2010, p. 27). Así, cada ciudad ha incluido ciertos cuerpos a partir de una valoración positiva de los mismos y ha excluido otros. Continúa Sennett señalando que “la política del cuerpo ejerce el poder y crea la forma urbana al hablar ese lenguaje genérico del cuerpo, un lenguaje que reprime por exclusión” (p. 27). Sin embargo, el carácter histórico de las exclusiones y las políticas del cuerpo que las sostienen son diferentes en cada contexto. En su análisis del espacio público de la ciudad de Los Ángeles en Estados Unidos, Crawford (1995) argumenta cómo en ese contexto se han excluido sujetos como los vendedores ambulantes y los sin casa, los cuales, pese a esta exclusión, han luchado por apropiarse del espacio que les ha sido negado. En el marco de las conmemoraciones que son el objeto de estudio de esta investigación, también existen diferencias en este punto. La exclusión histórica de los trabajadores que se denuncia para el 1 de mayo no tiene el mismo carácter que pueden tener otros tipos de exclusiones, como las de género (8 de marzo) o de identidad sexual (marcha gay) y étnica (12 de octubre). Así, mientras la primera refiere a aspectos centrados en lo económico y político, en los otros casos se introduce variables culturales e identitarias, las que durante mucho tiempo no fueron consideradas como reivindicaciones pertinentes, por ser vistas como más propias de la vida privada que de la pública (Cruces, 1998).

El carácter excluyente de las políticas del cuerpo supone también que el ejercicio del poder sobre el cuerpo no ha sido absoluto, sino que se ha visto combatido y limitado por la diversidad y complejidad de las sociedades urbanas. Como señala Sennett (2010),

en el curso del desarrollo occidental, las imágenes dominantes del cuerpo se han resquebrajado en el proceso de dejar su impronta sobre la ciudad. Una imagen paradigmática del cuerpo de forma inherente concita ambivalencia entre las personas a las que gobierna, porque todo cuerpo humano posee una idiosincrasia física y todo ser humano siente deseos físicos contradictorios. Las contradicciones y ambivalencias corporales provocadas por la imagen prototípica colectiva, se han expresado en las ciudades occidentales en alteraciones y borrones de la forma urbana y en usos subversivos del espacio urbano. Y es este carácter necesariamente contradictorio y fragmentario del “cuerpo humano” en el espacio urbano lo que ha contribuido a crear los derechos de los diferentes cuerpos humanos y a dignificarlos. (pp. 27-28)

Estas imágenes dominantes del cuerpo se dan no solamente a nivel urbano, sino también a otras escalas, como la nacional y la internacional. Según señala Sharp (2005), en el contexto geopolítico internacional contemporáneo, particularmente después del atentado a las Torres Gemelas en Estados Unidos, los discursos y prácticas en torno a la seguridad nacional e internacional visibilizan ciertos cuerpos, el de hombres heroicos que combaten el terrorismo y defienden a la ciudadanía, e invisibilizan otros, como el de las mujeres, las cuales no aparecen en los análisis geopolíticos o, si lo hacen, es desde representaciones donde no tienen agencia y/o no son más que víctimas que deben ser protegidas.

¿Por qué hablar de cuerpos y no de sujetos, en un sentido más general, al referirnos a actores sociales que se hacen visibles en el espacio público? Siguiendo a Lefebvre (2000), el sujeto está ligado al espacio social a través del cuerpo, tanto mediante las determinaciones que el espacio ejerce sobre el cuerpo como por las acciones que el cuerpo desarrolla sobre el espacio. La composición corporal “se liga ella misma a la constitución (organización) espacial” (p. 2263). En las ciudades contemporáneas, se ha hecho prevalecer las determinaciones del espacio por sobre las potencialidades del cuerpo para transformarse a sí mismo y satisfacer sus necesidades y deseos. De este modo, el cuerpo ha sido “desapropiado”, en palabras del autor; solamente se rige por las determinaciones del espacio, limitando sus posibilidades de acción. Como señala Elden (2007) respecto de los planteamientos de Lefebvre, la descorporalización del espacio se constituye en otra dimensión de la alienación que impone el capitalismo. De este modo, la noción de “cuerpo” resalta la dimensión espacial de la acción humana y permite establecer de forma específica la mutua estructuración entre sujetos y espacios, y tiene la potencialidad de constituirlos en un lugar de resistencia.

La política del cuerpo en las ciudades contemporáneas supone, entonces, un cuerpo ideal que debe adaptarse a un espacio social que lo regula y lo normaliza. Según Sennett (2010), este proceso produce cuerpos pasivos; cuerpos esclavizados por las tecnologías del movimiento que van limitando la experiencia corporal con la ciudad, y sometidos al alejamiento del contacto con otros cuerpos que no sean iguales al propio. Foucault (2009), por otra parte, conceptualiza los cuerpos propios de las sociedades actuales como cuerpos dóciles o disciplinados; es decir, cuerpos controlados a través de dispositivos panópticos que van incorporando las lógicas de control y sometimiento corporal como un hecho natural.

No obstante lo anterior, tal como estos autores reconocen la dimensión normativa y restrictiva de la vida urbana, también destacan las posibilidades de resistencia y transformación propias de todo espacio social. Como señala Sennett (2010) respecto de la ciudad,

esta ha sido un enclave de poder, sus espacios han adquirido coherencia y plenitud a imagen del hombre mismo. La ciudad también ha sido el espacio en que estas imágenes prototípicas se han resquebrajado. La ciudad reúne a personas distintas, intensifica la complejidad de la vida social, presenta a las personas como extrañas. Todos estos aspectos de la experiencia urbana —diferencia, complejidad, extrañeza— permiten la resistencia a la dominación. (p. 29)

La aceptación de esta alteridad y diferencia de los cuerpos supone un encuentro con el cuerpo de los otros, los que deben hacerse de un lugar en la ciudad para poder ser reconocidos como tales (Butler, 2009). Esta búsqueda de reconocimiento tiene una dimensión conflictiva en la medida en que supone confrontarse a las exclusiones propias de las políticas del cuerpo señaladas por Sennett (2010), por lo que puede considerarse los cuerpos que buscan dicho reconocimiento como cuerpos en lucha. Esta dimensión de la lucha por el reconocimiento en un contexto de visibilidad mutua generalizada propio de los espacios urbanos (Delgado, 2007) es lo que Arendt (2005) llamó la “aparición ante otros”. La idea de aparecer para hacerse reconocible ante otros, propuesta por Judith Butler (2009, 2012) a partir de los postulados de Arendt, parte de la base según la cual existen sujetos que no son reconocidos o validados como tales, lo cual les impide aparecer en el espacio público tal como son. En tales circunstancias, las manifestaciones vendrían a ser justamente un espacio que subvierte esa realidad. “De la posición de Arendt se deduce que para actuar y hablar políticamente hay que ‘aparecer’ a otros de alguna manera, es decir, que aparecer es siempre aparecer a otro, lo que significa que para que el cuerpo exista políticamente debe asumir una dimensión social, ir más allá de sí mismo y hacia los demás, siguiendo vías que no pueden rubricar y no rubrican el individualismo. Asumiendo que somos organismos vivos y hechos carne, al hablar y actuar el organismo asume una forma política y social en el espacio de aparición” (Butler, 2012, p. 9). En la medida en que lo que define una manifestación es su carácter colectivo, continúa Butler, los cuerpos aparecen en tanto pertenecientes o adscritos a una imagen o un conjunto de imágenes que los reúne como tales. De este modo, cuando el sujeto aparece ante otros y es reconocido como tal es que se constituye como sujeto legítimo, socialmente reconocido.

Metodología

La experiencia de los actores sociales en el espacio de la ciudad resulta fundamental para la comprensión de cualquier fenómeno urbano. Siguiendo estos planteamientos, la presente investigación se ha desarrollado desde una aproximación cualitativa (Alonso, 1998; Strauss & Corbin, 2003), donde se conjugan con la misma importancia las prácticas y significados de los actores sociales, y los espacios urbanos donde se desarrollan esas prácticas y se construyen esos significados. Para diversos autores (Borja, 2003; Delgado, 2007), justamente por la importancia de la acción humana en la configuración de los espacios urbanos, la ciudad y su análisis no puede reducirse a sus dimensiones estructurales, sino que debe incorporar el modo como los habitantes de la misma la utilizan, se apropian de ella, la modifican y la transforman, dándole un carácter dinámico y permanentemente inacabado. En este sentido, la propuesta metodológica de esta investigación busca poner el foco en las prácticas y significados relativos al uso del espacio público del centro de Santiago en manifestaciones conmemorativas.

El trabajo de campo de esta investigación se desarrolló entre los años 2008 y 2010, y las técnicas de producción de datos utilizadas fueron la observación de tipo etnográfica de las manifestaciones conmemorativas, entrevistas en profundidad a participantes de estas, análisis de fotografías obtenidas en las observaciones, recopilación de archivos e información de prensa. Sin embargo, debido a la extensión de los resultados, en este artículo se presentan únicamente resultados obtenidos en las entrevistas, la revisión de archivos y las observaciones en terreno.

Para la investigación de fenómenos urbanos como las manifestaciones conmemorativas, el carácter significativo de las prácticas rituales que se desarrollan en estas manifestaciones requiere una indagación de tipo etnográfico (Cruces, 1998; Delgado, 2007), donde el investigador se involucre en el campo de estudio, de modo de acceder a las lógicas internas que orientan y dan sentido a las acciones que los sujetos desarrollan en ese contexto. En esta línea se realizaron entrevistas a catorce participantes de las manifestaciones conmemorativas en estudio, quienes fueron escogidos siguiendo los criterios de participación recurrente en estas manifestaciones y conocimiento exhaustivo de ellas. En algunos casos, la participación y conocimiento de las manifestaciones no se restringía a un solo caso, ya que algunos entrevistados participaban frecuentemente en varias de las manifestaciones estudiadas. El objetivo de las entrevistas fue obtener información sobre las conmemoraciones y sus características, así como la visión de los informantes respecto de las mismas. Para Delgado (2007), “la entrevista también nos permite conocer qué se afirma de la dimensión conflictiva de esos paisajes públicos y cómo argumentan individuos o grupos involucrados los derechos territoriales que reclaman. Todo ello permite determinar cuáles son los imaginarios colectivos que intervienen en la manera como los usuarios emplean un determinado espacio urbano, en función de atributos simbólicos, evocadores, sentimentales o pragmáticos” (p. 148).

Considerando el carácter cualitativo de la investigación, el análisis consiste en la elaboración de categorías o conceptos centrales (Strauss & Corbin 2003), que dan cuenta del sentido de los datos desde la mirada interpretativa del investigador (Alonso, 1998). En la medida en que el análisis cualitativo se desarrolla en el diálogo entre los datos obtenidos y las preguntas que orientan la investigación —en este caso, cómo se desarrollan y significan las dimensiones centrales que participan de la producción del espacio público—, las cuatro categorías obtenidas son: (i) historia y características de cada conmemoración, (ii) el espacio público como espacio en pugna, (iii) tomarse y ganarse los espacios públicos, y (iv) cuerpos ciudadanos y orgullosos. La primera refiere a cómo y dónde se han desarrollado las manifestaciones en cuestión, relevando su centralidad urbana y su relación con las memorias colectivas; a diferencia de las siguientes, que se basan principalmente en la información obtenida en las entrevistas, se sustenta en datos obtenidos en observaciones y archivos de prensa. La segunda remite a los conflictos asociados al uso político del espacio público en estas manifestaciones, y particularmente a las limitaciones tanto administrativas como policiales a las que se ven enfrentados los manifestantes. La tercera categoría da cuenta de cómo los participantes afrontan estas limitaciones y se sobreponen a ellas. Finalmente, la cuarta categoría da cuenta de cómo los manifestantes aparecen y se visibilizan en las manifestaciones conmemorativas.

Resultados

Historia y características de cada conmemoración

Cada manifestación conmemorativa que incluye esta investigación tiene un carácter diferente. Tanto el Día Internacional de la Mujer como el Día Internacional del Trabajador son conmemoraciones internacionales y se han realizado de modo sistemático en Chile desde las primeras décadas del siglo xx. Además, fueron conmemoraciones que operaron como jornadas de protesta durante la dictadura militar. En el caso de la manifestación contraconmemorativa del 12 de octubre, ella comenzó a desarrollarse con el regreso a la democracia el año 1991, cobrando particularmente relevancia el año 1992, con ocasión de los 500 años de la llegada de los españoles a América. Desde entonces se ha venido desarrollando año a año, principalmente bajo la organización de agrupaciones mapuche. En el caso del Orgullo Gay, se ha producido un fenómeno de apropiación de la conmemoración, ya que a nivel internacional se desarrolla el 28 de junio; y si bien la primera vez que se realizó, el año 1998, se hizo en dicha fecha, posteriormente los organizadores prefirieron trasladarla a septiembre, en el marco de la estrategia de visibilización que denominan Mes de la Patria Gay. Uno de los argumentos para este desplazamiento fue el deseo de articular la conmemoración internacional con la del incendio de la discoteca gay Divine, de Valparaíso, ocurrido el 4 de septiembre de 1993, con un saldo de una veintena de fallecidos. Desde entonces, la manifestación conmemorativa se desarrolla el último sábado de cada septiembre, aunque en la actualidad se ha producido la tendencia a recuperar la fecha original.

El desarrollo de cada conmemoración también es bastante diferente. En el caso del Día Internacional de la Mujer se realizan distintos actos, que responden a las diversas sensibilidades asociadas a la fecha. Así, por ejemplo, en la observación de campo desarrollada los años 2008, 2009 y 2010 se pudo constatar la realización de un acto más bien de carácter institucional, con organizaciones feministas, de mujeres y de partidos políticos y organizaciones sociales como la Central Unitaria de Trabajadores (CUT); una marcha convocada por organizaciones feministas autónomas, de carácter políticamente más radical; y un acto convocado por organizaciones feministas lesbianas. En la actualidad, esta dispersión se ha reducido y se realiza una marcha donde participa la mayor parte de las organizaciones ligadas al tema. En el caso del Día Internacional del Trabajador, la marcha y el acto organizado por la CUT suelen ser la actividad central, aunque frecuentemente se realizan actividades en paralelo por parte de sectores disidentes de dicha organización. La mayoría de las veces, la conmemoración termina en enfrentamientos entre un sector más radicalizado de manifestantes y las fuerzas policiales. En cuanto a la marcha del Orgullo Gay, tiene la particularidad de presentar un carácter bastante festivo y carnavalesco. De hecho, la marcha va acompañada de camiones pertenecientes a las distintas organizaciones convocantes, los cuales van adornados con globos y banderas, con música y personas bailando y cantando para motivar y animar a los asistentes. Sin embargo, este mismo carácter ha sido criticado por diversas organizaciones que durante algunos años desarrollaron La Otra Marcha, la cual se ubicaba al final de la marcha oficial y presentaba un discurso mucho más contestatario y menos festivo que la marcha oficial. Finalmente, la marcha contraconmemorativa del 12 de octubre presenta una serie de actividades propias del mundo mapuche: comienza con una rogativa, durante la marcha misma se desarrolla el juego de palín, uno de los principales deportes mapuches, y en el acto final tienen lugar diversas actividades y rituales propios de la cultura mapuche.

Un elemento distintivo que tienen en común estas manifestaciones conmemorativas es que después de un ciclo de convocatorias y visibilidad pública bastante bajas durante los años noventa, durante la década del 2000 han presentado un sostenido aumento de participantes e impacto social. Otro elemento relevante es que todas se realizan en el centro de Santiago. En una ciudad en la que se han desarrollado nuevas centralidades, la centralidad política del centro físico de la capital confirma lo que plantean Greene y Soler (2004); esto es, que “a diferencia de lo que sucede en otras grandes ciudades latinoamericanas, el centro o triángulo fundacional aún mantiene un alto grado de vigencia y vitalidad” (p. 72). Esta vigencia y vitalidad no solamente remiten a la concentración de instituciones públicas, financieras y comerciales y al alto grado de heterogeneidad social de Santiago centro (Greene & Soler, 2004), sino también al hecho de que los movimientos sociales y la ciudadanía en general reconocen este entorno como un espacio político fundamental. Como sostiene Tabilo (2009) en su investigación sobre las solicitudes a la Intendencia de Santiago para realizar actos públicos y eventos masivos, entre los años 2004 y 2006, un 83,7% de ellos se desarrolló en el centro, siendo las actividades artístico-culturales y las políticas las más frecuentes. Asimismo, tal como señalaron diversos entrevistados y lo demuestra la evidencia cotidiana, la ciudadanía tiende a reunirse en el centro de Santiago, tanto para manifestarse políticamente como para otro tipo de expresiones, como las artísticas, culturales y deportivas. Esta situación se corresponde con el carácter histórico del centro de la ciudad, y particularmente con la función política –en tanto espacio de manifestación ciudadana– que han adquirido la Alameda y, particularmente, el entorno de La Moneda o Barrio Cívico desde la segunda mitad del siglo xx. Por otra parte, el haber sido escenario de hechos históricos tan importantes como el bombardeo de La Moneda el 11 de septiembre de 1973 y un lugar de protesta fundamental contra la dictadura militar durante los años ochenta fortalece la relevancia histórico-política y simbólica del centro de la ciudad y en parte justifica la mantención de su relevancia para la ciudadanía (Fernández, 2012).

El espacio público como espacio en pugna

Si bien los disturbios no son frecuentes en la mayoría de las conmemoraciones estudiadas, la ocupación política del centro de Santiago en las manifestaciones conmemorativas no está libre de enfrentamientos. En todas las conmemoraciones estudiadas existe una fuerte presencia policial, la cual es percibida por los participantes de modo negativo, por su carácter intimidatorio y a la vez por aparecer como una provocación que favorece la ocurrencia de enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas policiales. Además, cuando ocurren estos enfrentamientos, la represión no suele ser selectiva a la hora de discernir entre quienes generan disturbios y quienes no lo hacen.

Asimismo, existe una serie de restricciones a las manifestaciones que son percibidas por los participantes como elementos que dificultan su normal desarrollo. Por una parte, está la necesidad de solicitar el permiso de la Intendencia, el cual suele demorarse y contener trabas de carácter administrativo. Cabe destacar que el instrumento legal que rige las solicitudes de permiso para manifestarse es el Decreto 1086, el cual fue instaurado por la dictadura militar el año 1983 para controlar las protestas contra el régimen, y no ha sido modificado desde entonces. Por otra parte, se tiene la labor policial durante las manifestaciones mismas, que muchas veces entorpece las actividades previstas o intenta cambiar los recorridos pactados, lo cual frecuentemente genera roces con los organizadores.

Uno de los sujetos entrevistados, perteneciente a una organización mapuche, haciendo referencia a las dificultades para manifestarse y a la frecuente represión por parte de Carabineros, plantea que vivimos en una pseudodemocracia, donde las fuerzas policiales actúan de forma no muy diferente a como lo hacían en dictadura a la hora de reprimir las protestas en la calle.

Yo creo que sigue igual y peor el tema de la ocupación de los espacios. O sea, el tema de la democracia, porque estamos en democracia… Yo creo que todo el mundo que está en un ámbito social se da cuenta que eso no ha variado, que eso no ha variado, que todas las manifestaciones de expresión… por ejemplo, si tú quieres expresar algo, todas se reprimen y todas se reprimen con la misma fuerza también, desde el tipo que, no sé, que tal vez se desnuda en La Moneda, por ejemplo; no sé, o hasta ya masividad absoluta, pacífica, o más con un tema de violencia, se reprimen igual, de la misma manera (…). O sea, el nivel de brutalidad y de violencia aplicada así a destajo y solamente porque hay que resguardar el orden público, demasiado desproporcionado, considerando que estamos en democracia (…). Ese es el tema también, que este es el tema de la democracia: qué es la democracia, cómo se ha dado esta democracia, esta pseudodemocracia. Entonces viene todo este tema de que al final, yo igual obviamente viví manifestaciones en la dictadura militar, por mi edad obviamente, cuando estaba en el colegio y después, después, después, pero yo lo veo que es igual, que los pacos tienen el mismo dispositivo puesto en la cabeza, que para ellos no varía el tema si son mujeres, son niños, son hombres, son violentos, no son violentos, manifestación pacífica, manifestación violenta, es la misma: tiene que ver con la misma aplicación de la violencia y ni siquiera importando el tipo de espacio que se ocupe, si es el paseo Ahumada, si es una plaza, si es La Moneda, nada.

La idea de falta de democracia como marco político del espacio actual y de sus usos se repite en otros actores sociales entrevistados. Por ejemplo, en el caso de un entrevistado vinculado al mundo sindical, señala que la represión policial no permite una expresión libre, lo cual genera un alto nivel de rabia y un no sentirse actor social importante.

Con la misma mierda y enojo, de que cuando llegan los pacos, de la represión que se siente directamente, que no es una expresión libre para nada una marcha, de que no te sentís acompañado por el carabinero, si no que te sentís reprimido. Y después que al mínimo esfuerzo llegan y retienen, y hay niños y hay de todo. Es una rabia, a mí en lo personal, siempre termino con el sentimiento de querer sacarle la cresta a los pacos, o de decir “puta que lata”. No hay una expresión de goce (…) entonces no te sentís en una democracia, para nada.

Esta idea de falta de democracia coincide con el planteamiento de diversos autores que se han referido a las debilidades e insuficiencias de la consolidación democrática posdictatorial, dada la persistencia de importantes enclaves autoritarios que permiten definirla como una democracia defectuosa (Rovira, 2007) o incompleta (Garretón & Garretón 2010). Según Rovira (2007),

la transición chilena ha sido un proceso paradójico: por un lado, ha posibilitado un cambio gradual y pacífico desde el autoritarismo hacia la democracia y, por otro lado, esta última ha terminado siendo de baja calidad debido a su débil capacidad de aumentar la autodeterminación colectiva de la sociedad. En otras palabras, el resultado de la transición chilena ha sido una democracia defectuosa que no solo ha hecho frente a sus enclaves autoritarios de manera dificultosa y lenta, sino que además ha causado una desmovilización y despolitización de la sociedad. (p. 366)

Para Garretón y Garretón (2010), que definen la democracia chilena como una democracia incompleta, existirían en la actualidad importantes debilidades en términos de derechos específicos de la mujer, de las minorías sexuales y los pueblos indígenas, así como profundas desigualdades en el ámbito laboral y de derechos de los trabajadores, todos sectores que se expresan en las manifestaciones conmemorativas estudiadas. Esta pseudodemocracia ha sido el resultado, según Lechner y Guell (2006), de una transición pactada que redujo y mantuvo controlada la conflictividad social bajo una política del consenso, pacto que –en la visión de estos autores— se estructuró en torno al miedo a los conflictos del pasado más que a partir de acuerdos respecto de un futuro compartido. Del Campo (2004), por su parte, se refiere a esta transición y su modo de gestionar y sobre todo limitar la conflictividad social heredada de la dictadura en términos de un modelo cultural que define como orientado a la pacificación nacional. La mayor parte de rituales y ceremonias vinculados a la política han estado permeados de este modelo, el cual, entre otros elementos, se ha caracterizado por la promoción de una ciudadanía pasiva, capaz de aplacar en sí misma toda la crítica y el descontento.

Tomarse y ganarse los espacios públicos

Pese a las restricciones e intentos de neutralización de la acción política en el espacio público, la mayor parte de los entrevistados reconoce que ha habido un proceso de empoderamiento y fortalecimiento de sectores de la ciudanía tradicionalmente excluidos o discriminados. Como señala el dirigente de una organización gay, en Chile no ha habido una cultura de manifestarse, pero considera que los activistas se han empoderado y que esto ha tenido como efecto, por ejemplo, una mayor tendencia a no dejarse pasar a llevar.

Yo creo que en Chile nosotros no tenemos una cultura de manifestarnos por nada, por nada. Yo creo que uno lo ve también porque llama la atención cuando uno ya se ha empoderado, se ha empoderado de la cosa gay como más activista; entonces uno anda con la oreja parada y no aguanta que te pasen a llevar. A mí no me gritan en la calle “maricón”, pero si me gritaran, los pararía.

Según este dirigente, el proceso de empoderamiento al que se refiere se ha dado a lo largo de diez años, con posterioridad a un periodo de mucha represión y de nulas posibilidades de manifestarse (“había que callarse, guardarse todo”, señala). Hoy día las personas se toman el espacio para manifestarse por sus derechos.

Nosotros hemos llegado a convocar 15.000 personas, eso después de diez años; o sea, después de diez años, después de salir de un período de años de represión, donde uno no podía manifestarse por nada, donde había que callarse, guardarse todo, hoy día la gente se toma un espacio.

La idea de que los espacios públicos deben ocuparse para manifestarse, incluso sin contar con permiso para ello, se ve ratificada en la postura de una dirigente mapuche entrevistada. Señala al respecto que la ocupación de los espacios públicos resulta difícil y, por lo tanto, hay que ganárselos. Según las circunstancias, afirma, el uso del espacio público para manifestaciones políticas implica no pedir permiso, aun sabiendo que existe la posibilidad de ser reprimidos, tal como ha ocurrido en numerosas ocasiones.

Los espacios urbanos, citadinos —en este caso, Santiago—, hay que ganárselos y hay que ganárselos, y ocuparlos más que ganárselos también. Si no, no te van a dejar; o sea, si no, no te dejan usar espacios públicos y menos para manifestaciones. Nosotros, por ejemplo, ocupamos hartos espacios públicos (…) y sencillamente esos espacios no siempre se piden; no se piden, se ocupan no más.

Nociones como empoderamiento, tomarse los espacios, el espacio público, se va y se toma, ganárselos (los espacios), remiten en definitiva a la idea propuesta por Borja (2003) sobre la relación entre los espacios públicos de la ciudad y los ciudadanos: ser ciudadano no es un estado propio de vivir en la ciudad, sino una conquista cotidiana que se logra al hacerse efectivo el ejercicio de la ciudadanía, expresado en hacerse parte activa de la vida política de la ciudad; en este caso, mediante la ocupación de sus calles y plazas. En palabras del autor, hacerse partícipe de la conflictividad urbana.

Cuerpos ciudadanos y orgullosos

Pese a las limitaciones y dificultades que encuentran, las manifestaciones conmemorativas no solamente se han mantenido en el tiempo, sino que además han ido ampliando sus convocatorias. Si bien resulta evidente que los participantes en las conmemoraciones estudiadas pertenecen o adscriben a los movimientos y organizaciones que las convocan, resulta interesante analizar de qué forma aparecen como sujetos, siguiendo la noción de “aparición” de Arendt (2005); es decir, cómo se constituyen en ciudadanos que actúan juntos.

Si bien es una noción propia de la comunidad gay, la idea de orgullo resulta particularmente interesante, en la medida en que da cuenta de cómo aparece una multitud de sujetos en las manifestaciones estudiadas. No solamente se hacen visibles los rasgos identitarios propios, sino que se resaltan y se difunden para su registro y difusión, lo que opera como una fisura o transgresión respecto de los cuerpos que suelen aparecer en el espacio público. La idea de fisura y transgresión en torno a la ocupación política del espacio público en manifestaciones conmemorativas parece remitir, en definitiva, a la puesta en escena de cuerpos tradicionalmente excluidos de este espacio.

Para una activista feminista entrevistada, históricamente se le ha negado a la mujer su aparición en la calle (“la mujer pública es una puta”) y, por lo tanto, su ocupar la calle con fines políticos sería una transgresión del orden establecido, de corte patriarcal. Esta misma transgresión sucedería cuando las mujeres se reconocen como lesbianas o deciden no casarse, pero siempre en el ámbito público (“la calle no se puede perder”).

El salir a la calle para las mujeres, ni siquiera para las feministas, para las mujeres, es toda una apuesta de transgresión patriarcal, de transgredir al patriarcado, en el sentido de que la calle no sería de nosotras; la mujer pública es una puta, o sea, ocupar el ámbito público, la calle, para decir discursos políticos, para accionar políticamente, para manifestarte desde una postura ideológica determinada, que lo haga cualquier movimiento masculino o cualquier movimiento, que es digamos mixto… Es lo que hay, es lo esperable, no transgrede demasiado, excepto que el discurso sea muy transgresor ¿no? Pero si hacen eso mismo grupos feministas, grupos de mujeres que no sean feministas incluso, están transgrediendo claramente un orden establecido ¿no?, así como cuando las mujeres transgreden, y por eso es que muchas lesbianas dicen “el lesbianismo es político”. Yo estoy de acuerdo con ellas ¿no?, en el sentido de que cuando tú eres lesbianas, tú transgredís lo establecido; cuando tú sales a la calle a hacer política como mujer, tú transgredes; cuando tú no te casas, tú transgredes; pero sobre todo en el ámbito público, en esto de la calle, ese elemento es el que me parece que es súper importante y es súper valorable, y yo creo que la calle no se puede perder.

Esta transgresión también implica una revaloración de los cuerpos. Ya no son cuerpos excluidos, controlados o victimizados, sino que, por el contrario, son cuerpos que se despliegan desde el orgullo de ser como son. Buscan ser vistos y reconocidos, y en ese sentido cabe destacar que en la observación etnográfica es posible ver la forma en que los participantes aparecen en el espacio público, siguiendo la acepción de Arendt (2005). No solamente despliegan banderas, lienzos y carteles con consignas y símbolos relativos a sus demandas o sus pertenencias identitarias, sino que, además, muchos de ellos se visten de una forma que les permite hacer evidente dicha pertenencia. De este modo, vemos a sindicalistas con sus ropas de trabajo, a mapuches con sus trajes típicos, a transformistas con sus vestimentas de espectáculo, todo lo cual le otorga pluralidad al espacio público durante estas manifestaciones. Como señala un dirigente gay entrevistado, la aparición pública de la comunidad gay implica mostrar cuál es la realidad de esta comunidad, una realidad plural y diversa que ha sido históricamente sometida a reclusión en espacios privados. Para el entrevistado, el salir de esa reclusión, “a la luz del día”, contribuye a que la sociedad chilena sea más tolerante e inclusiva y se modernice.

Efectivamente, en un hito histórico, los homosexuales GLBT, gays, lesbianas, bisexuales, trans, transgénero y transexuales, salimos del gueto en que nos han instalado durante muchos años, que son particularmente las discoteques y los espacios privados, y nos tomamos los espacios públicos a la luz del día, y ahí humanizamos y modernizamos el espacio público chileno. Este es un espacio con rasgos no propiamente coloniales, pero —podríamos decir, caricaturizando— que tiene rasgos coloniales, premodernos. Una “Alameda de las Delicias” que todavía tiene que llegar la noche para que se convierta en Sodoma, en Gomorra, en otras cosas de lo que se llama la perversión. Pero en el día, a esta hora, es un lugar de familia, es un lugar de república. Y cuando nosotros pasamos por aquí, hacemos que este país sea más tolerante, más inclusivo, le damos colorido, y decimos que la realidad no es esta, la realidad patriarcal que aparece como lo formal y republicano, sino que la patria también es gay, lesbiana, transexual, y a la luz del día. Y nosotros los maricones, como las lesbianas en general, cuando andamos por la calle no estamos manifestando nuestra sexualidad íntima, sino que estamos manifestando nuestra realidad social, que es constitución de familia. Ese es el punto.

Conclusiones

En el marco de la creciente politización de la sociedad chilena, donde la manifestación política ha desempeñado un rol particularmente importante en las expresiones de descontento ciudadano (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2015), los resultados obtenidos en torno a las manifestaciones conmemorativas abordadas en esta investigación nos permiten visualizar su relevancia, en la medida en que articulan, en el espacio público, cuerpos en alianza en torno a memorias colectivas inscritas en un horizonte de crítica y transformación social. Por lo tanto, en este tipo de manifestaciones se desarrollan formas contestatarias de producción social del espacio público, con la particularidad de que esta producción se relaciona no solamente con este espacio, sino también con las memorias colectivas que se inscriben en él, asumiendo con ello que “la fuerza simbólica de la memoria está en su carácter productor de sujetos, relaciones e imaginarios sociales, poder que la convierte en potencial fuente de resistencias, inestabilidades y transformaciones” (Piper, Fernández & Iñiguez, 2013, p. 20).

En estas manifestaciones, los cuerpos en alianza –siguiendo la expresión de Butler (2012)–, son cuerpos orgullosos que actúan en conjunto y transgreden las políticas del cuerpo dominantes y normalizadoras que regulan los usos y modos de aparición en el espacio público (Sennett, 2010). Con ello ponen en tensión las lógicas del consenso y la limitación de la conflictividad social propia de la democracia en que vivimos, incompleta (Carretón & Carretón, 2010), defectuosa (Rovira, 2007) o “pseudodemocracia”, en palabras de una de las entrevistadas. Como señala Sharp (2005) en su conceptualización de una geopolítica feminista, la política se juega en diferentes escalas, donde el cuerpo encarna sus problemáticas y sus consecuencias: “la geopolítica no está limitada al discurso, sino que está corporeizada siempre y por todas partes” (p. 36). Pero el cuerpo también tiene la potencialidad de transformarse en un lugar de resistencia y acción conjunta (Butler, 2012), tal como ha sucedido en las manifestaciones conmemorativas y posteriormente, con mucho más fuerza e impacto social y político, en las manifestaciones de los año 2011 en adelante (Fernández, 2013). Como señala Tassin (2014), la aparición en la ciudad supone un compromiso político que restituye el carácter ciudadano del espacio público.

Cabe preguntarse, sin embargo, cuáles son las condiciones actuales de las políticas del cuerpo, y si las formas actuales de ocupación del espacio público siguen manteniendo el impacto que tuvieron recientemente o requieren nuevos modos de expresión y desarrollo. Y ello en el marco de un contexto en que se si bien parece mantenerse la politización de la sociedad chilena (PNUD, 2015), también hay señales de contención de la movilización ciudadana, como el incremento de la represión policial contra manifestantes denunciada por diversos organismos nacionales e internacionales desde hace ya varios años.

En síntesis, los resultados de esta investigación muestran que el espacio público no está muerto ni ha sido abandonado por la ciudadanía, como han señalado diversos autores (Crawford, 1995; Mitchell, 2016), sino que sigue en pugna, bajo nuevas configuraciones de los mecanismos de exclusión, represión e invisibilización de determinados sujetos sociales considerados como inadecuados o indeseables (Butler, 2009; Mitchell, 2016; Sharp, 2005). En este sentido, la noción de producción social del espacio construida por Lefebvre (2000) debe ayudar no solamente a comprender la dimensión histórica de la agencia humana en la producción del espacio social, sino también cómo dicha producción se inscribe en relaciones de poder que requieren ser cuestionadas y transformadas para poder cambiar las condiciones de vida contemporáneas que, en diferentes partes del mundo, y por cierto en Chile, vienen siendo impugnadas por la ciudadanía.

1Artículo financiado por el Programa de Apoyo a la Productividad Académica, PROA VID 2015; Universidad de Chile.

2Los resultados que aquí se presentan se basan en algunos de los hallazgos obtenidos en el desarrollo de mi tesis doctoral (Fernández, 2012), y en el seguimiento permanente de manifestaciones conmemorativas en el marco de mi participación en el equipo Psicología Social de la Memoria, del Departamento de Psicología de la Universidad de Chile.

3Traducción propia.

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Recibido: 15 de Julio de 2016; Aprobado: 06 de Octubre de 2016

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