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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) vol.37 no.112 Santiago set. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612011000300007 

EURE

I vol 37 I n° 112 | septiembre 2011 | pp. 141-143

|Reseñas |

Mitología de la seguridad: La ciudad biopolítica

Andrea Cavalletti. Traducción: María Teresa D'Meza

Ediciones Andrea Hidalgo | Buenos Aires (2010)


 

Si reseñar un libro se tratara solo de juzgar su título y su cubierta, este texto obtendría una calificación sobresaliente. En efecto, el enunciado "Mitología de la seguridad: la ciudad biopolítica" es altamente atractivo, pues sugiere indagar en las raíces ontológi-cas de los aspectos centrales del debate urbano en Latinoamérica en general y Chile en particular: cómo se gesta, qué esconde y a qué sentimientos apelan los discursos sobre la seguridad ciudadana. Si a eso le sumamos un cuidadoso trabajo de ilustración exterior, el resultado es un objeto de deseo en formato 13x19 cm, bastante cómodo por lo demás para lecturas en el metro.

Pero dejemos los aspectos formales y vayamos a aspectos más profundos. Lo primero que hay que saber es que este libro es el resultado del trabajo posdoctoral del autor en el Politécnico, trabajo que estuvo a cargo del profesor Giovanni Leoni. Esto es evidente tanto en la redacción (quizás en extremo) academicista del texto, como en la falta de mecanismos de cierre de las ideas desplegadas en cada capítulo, así como en la tematización un tanto arbitraria de cada sección.

Al comienzo del primer capítulo se expone la idea ordenadora del libro: "no existen ideas políticas sin espacio al cual sean referibles, ni espacios o principios espaciales a los que no correspondan ideas políticas". Esta, una frase de Carl Schmitt a la cual el autor adscribe completamente, es el puntapié inicial de una búsqueda extensa por desentrañar de qué manera la coimplicación entre el poder y espacio se ha desarrollado históricamente. Si bien Cavalletti sostiene que Foulcault es quien más claramente expone esta idea en su libro Vigilar y Castigar, donde analiza la perfecta coordinación entre el espacio y el poder al interior de una cárcel (el panóptico de Bantham), aclara que los orígenes de esta relación deben ser buscados mucho antes, en el surgimiento del concepto de biopolítica, que a su vez deriva de la idea de soberanía que surge a partir del siglo XVIII. Es ahí, entonces, donde el libro ubica su derrotero.

El segundo capítulo parte discutiendo uno de los textos fundamentales del urbanismo: La Teoría General de la Urbanización, de Idelfonso Cerdá. Cavalletti sostiene que la propuesta de Cerdá se sustenta en ver al territorio como el contenedor de una población particular, estudio que debe ser llevado a cabo en forma sistemática y rigurosa a través de una nueva disciplina, la estadística. Este proceso es para Cavalletti crucial para el desarrollo de la idea de seguridad.

El tercer capítulo (Principio de población) aborda en profundidad este asunto. Ahí Ca-valletti afirma que con el surgimiento de la estadística de finales del siglo XVII, el arte de gobernar mutó desde una actividad basada en la discrecionalidad del soberano a una actividad cuyo fin último era el bienestar de la población. Esto porque la nueva disciplina muestra que "descubre poco a poco que la población tiene sus propias regularidades" y que, por lo tanto, un buen gobierno puede (y debe) hacerse cargo de ellas. Surge así la idea de una aritmética política, o lo que Foucault llamó "tecnología política de los individuos", y que busca hacerse cargo de los desequilibrios de población en el territorio, tanto en lo rural como en lo urbano. En el fondo, la estadística hace nacer la idea de que existen en el territorio intensidades (fuerza-gente) capaces de hacer tambalear los hasta entonces frágiles Estados europeos.

El cuarto capítulo (Seis millones de habitantes), quizás el más interesante del libro, se aboca de lleno a entender el desarrollo de la idea de seguridad. Cavalletti sostiene que Hobbes es quien define por primera vez la relación intrínseca entre la idea de seguridad y la política (entendida esta como el arte de gobernar) en los Estados europeos. Para Hobbes, el Estado debía hacerse cargo de dos tendencias fundamentales del hombre: el deseo de autoconservación y la sed permanente de poder. Mientras el primero era garante de la convivencia, el segundo era la causa principal de los conflictos entre los Estados y las personas. Así, la seguridad estaba dirigida a un enemigo externo, de forma de "oponer una fuerza adecuada y desalentar una eventual amenaza enemiga, o sea, en todas sus formas, la teoría de la disuasión". Cavalletti afirma que detrás de la definición de Hobbes subyace una idea mítica de la naturaleza humana, por cuanto se afirma en la existencia de un enemigo interno (la sed de destrucción constante), cuya dominación sobrepasa las posibilidades de las personas. Entendido así, el deber del soberano es proteger al pueblo de sí mismo, de controlar sus apetitos autodestructivos. Se afirma entonces que los Estados modernos pasan a constituirse en sistemas de control, control que comienza a inundar la unidad básica de reproducción social, la familia. Al mismo tiempo, los Estados comienzan a preocuparse por la determinación de justa población en los territorios, "donde la máquina gubernamental consigue operar plenamente", y a evitar situaciones de subpoblación o sobrepoblación.

El quinto capítulo se centra en el surgimiento y desarrollo del concepto de policía. De acuerdo al autor, la palabra policía tuvo en sus orígenes (siglos XVI y XVII) el significado de "gobiernos de los hombres", para pasar, a mediados del siglo XVIII, a ser entendida como la "ciencia del buen gobierno". Se trataba en el fondo de una actitud preventiva de conductas viciosas en las personas, por sobre el castigo de estas conductas. Era así una práctica de gobierno más que una entidad destinada a la seguridad pública de las ciudades. Hacia finales del siglo XVIII y gracias a los aportes de La Mare, afirma Cavalletti, la definición de policía era el cuidado de "lo viviente", lo que trasladaba el foco de atención de la policía hacia donde se concentraban en pocos kilómetros una gran cantidad de habitantes: las ciudades. La policía debía así garantizar (o al menos intentar hacerlo) el bienestar de los habitantes de las ciudades.

Se sostiene que la idea hobbesiana de seguridad comienza a cambiar hacia finales del siglo XVIII. Cavalletti atribuye este cambio al trabajo de Sonnesfels, quien afirma que la sociedad es el resultado de una voluntad de muchos hombres en búsqueda de un objetivo común, y que éste, la voluntad de tener un fin común, es de por sí el objetivo último de una sociedad. Visto así, no existe un estado de bienestar final para una sociedad, sino que éste es siempre cambiante. "La seguridad y la comodidad componen el bien público, la pública felicidad" afirma Sonnesfels.

La consecuencia de lo anterior es que las sociedades, en su afán incesante de lograr un bien común, deben reducir todo aquello que lo amenace. Es lo que Cavalletti llama "el principio dinámico de la seguridad", donde la función del gobierno es garantizar un mínimo de estabilidad (o seguridad) dentro de un sistema inherentemente inestable (o inseguro). La seguridad se convierte así en el más alto concepto social de la sociedad civil pues busca preservar el balance social (no equilibrio, pues éste no existe, aunque sí existe el miedo de perderlo). Quien asume este rol es la policía, la que actuando "por razones de seguridad", adquiere un carácter omnipresente y espectral.

En el siguiente capítulo (Expel that pain) vuelve al concepto de policía y su desarrollo durante el siglo XVIII. De acuerdo a Cavalletti, en sus inicios el rol de la policía estuvo ligado a la expurgación de infecciones (era una policía médica), aunque a poco andar este concepto buscó hacerse cargo del mejoramiento del medio ambiente donde estas enfermedades eran más proclives a desarrollarse. Surge así la idea de seguridad asociada a la prevención de climas sociales malignos, concepto de carácter más universalista más cercano a la visión contemporánea de la seguridad. Junto a lo anterior, se sostiene que esta esfera de la seguridad ligada a una condición "climática" es también nostálgica, en el sentido de desear un lugar (ideal) en el que nunca se ha estado, una quimera.

Los dos últimos capítulos, quizás los más débiles del texto, abordan respectivamente el concepto de seguridad como garantía última de la civilización (en su acepción de estado continuo de refinamiento de costumbres y prácticas) y la idea de ciudad biopolítica, entendida esta como "la doble implicación que hace de todo concepto político un concepto espacial y de todo concepto espacial uno político". De esta manera, el libro concluye (en forma brusca, quizás) tal como comienza, esto es, afirmando la condición política y espacial de la idea de seguridad.

Interesante, aunque lejos de ser ameno, el libro posee la cualidad principal de trazar históricamente el surgimiento del concepto de seguridad y ubicarlo dentro del mar de ideas que dieron origen a los Estados modernos. En este sentido, cumple la función de proveer un marco interpretativo para entender los actuales discursos sobre seguridad en países como Chile, donde el tema ocupa los primeros lugares en la agenda pública. Su principal debilidad es lo (muchas veces) pedante de su prosa, y la recursividad y falta de claridad con que son abordados muchos conceptos. Con todo, Cavalletti hace un esfuerzo -que se agradece- para todos aquellos interesados en interpretar los discursos oficiales que marcan la agenda de nuestras ciudades.

Rodrigo Mora
MSc, PhD, University College London, UK.
Profesor Departamento de Arquitectura Universidad Técnica Federico Santa María,
Avenida España 1680, Valparaíso.
E-mail: rodri-go.mora@usm.cl