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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.29 n.86 Santiago mayo 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612003008600005 

Antonio Daher *

Regiones-commodities. Crisis y
contagio en Chile **

Abstract

The hypothesis of a new dualism between a sub-global capital city and its "commodities regions" underlies the study of the differential impact of the three last international crises on the regions of Chile. This impact is quantified through four indicators: product, employment, foreign investment and exports, and their variability allow the verification of the dissimilar vulnerability of each region and its dissimilar exposure to the risk of crisis contamination. The study is based on a conceptual frame that states that crisis continue to be more regional-like than global, and that there is a real geography of contamination. On the other hand, this study shows empirical evidence which makes it possible to verify: 1) the reproduction of an unbalance between the north and the south of Chile; 2) the double paradox of Santiago, whose economy is the most diversified and the most vulnerable, the most recessive and that with the biggest growth; 3) the emergence of Antofagasta as the second regional economy of Chile, displacing Valparaíso and Concepción; 4) the parallelism of Santiago and Antofagasta as regions with the mayor product, the mayor foreign investment and mayor imports; and 5) the "mercosurización" of Santiago, sub-global capital city, and the globalization of its "commodities-regions".

Key words: Crisis, contamination of crisis, regional economy, commodities.

Resumen

La hipótesis de un nuevo dualismo entre una capital subglobal y sus "regiones-commodities" subyace en el estudio del impacto diferencial de las tres últimas crisis internacionales en las regiones de Chile, cuantificado a través de cuatro indicadores: el producto, el empleo, la inversión externa y las exportaciones, cuya variación permite verificar la disímil vulnerabilidad de cada región y su desigual exposición al riesgo de contagio de crisis. Fundamentado en un marco conceptual que sostiene que las crisis siguen siendo más regionales que globales, y que existe una verdadera geografía del contagio, el estudio muestra evidencia empírica que permite constatar: 1) la reproducción de un desbalance norte-sur al interior de Chile; 2) la doble paradoja de Santiago, cuya economía es la más diversificada y la más vulnerable, la más recesiva y la de mayor crecimiento; 3) la emergencia de Antofagasta como segunda economía regional de Chile, desplazando a Valparaíso y Concepción; 4) el paralelismo de Santiago y Antofagasta como regiones con el mayor producto, la mayor inversión extranjera y mayores exportaciones; y 5) la "mercosurización" de Santiago, capital subglobal, y la globalización de sus "regiones-commodities".

Palabras Clave: Crisis, contagio de crisis, economía regional, commodities.

1. Crisis: Santiago - "resto de
Chile"

El modelo económico chileno, constituido sobre la base de una temprana apertura e inserción global, ha enfrentado desde su gestación tres grandes crisis internacionales (1975, 1981, 1997), las que han afectado diferencialmente a cada región subnacional, y más aún, de manera dicotómica a la capital y al así llamado "resto de Chile". Esta desigual vulnerabilidad revelaría un persistente centralismo y dualismo, a la vez que una desigual inserción de la capital y de las regiones en la economía global.

Este documento se propone dos objetivos centrales. El primero apunta a la verificación estadística de la desigual exposición al riesgo de la capital y del resto de Chile, y a los disímiles impactos del contagio de las crisis externas en uno y otro caso. El segundo objetivo, indagando más en las causas de tales efectos, busca comprobar una tendencia a una creciente subcontinentalización y más reciente "mercosurización" de Santiago, a la par con una renovada "commoditación" del resto de Chile. La región de Antofagasta, capital del cobre -el más importante entre los commodities nacionales- será un caso especial de estudio.

La hipótesis principal sostiene que, sin perjuicio de otras tipologías posibles, la dicotomía capital - regiones, o más dramáticamente aun, capital - "resto de Chile", sigue vigente, aunque con rasgos distintos de los perfilados por el tradicional dualismo estructural.

Esta dicotomía estaría asociada a una extremada asimetría en la inserción global de la capital y del resto de las regiones, al punto que la primera -industrial y terciaria- competiría en un mercado subcontinental y subglobal, mientras las demás -de base primaria- lo harían en un ámbito mundializado: por definición, este es el mercado de los commodities.

El impacto diferencial en cada región de Chile de las últimas crisis globales, la consiguiente evolución de la estructura económica de cada región y la incidencia de las variables relacionadas con la producción, el empleo, el comercio internacional y la inversión externa en la exposición al riesgo de cada región, permiten construir tipologías de vulnerabilidad regional subnacional frente a las crisis internacionales y a sus procesos de contagio.

Una Capital intensiva en capital, y un "resto de Chile" intensivo en recursos naturales, pareciera ser la fórmula de inserción en la economía global y subcontinental asociada a la apertura y al modelo de desarrollo de base exportadora. Esta misma fórmula dual explicaría que ante las crisis internacionales y sus procesos de contagio, la capital y el resto de Chile muestren respuestas disímiles, que sin embargo, están profundamente encadenadas en una interdependencia cuantitativa y cualitativamente asimétrica.

Dos situaciones singulares requerirán de una especial atención: de una parte, el comportamiento de las otras regiones con áreas metropolitanas y economías más complejas -la V de Valparaíso y la VIII del Bío-Bío- que podría confirmar el dualismo, si se asimila a uno de otro extremo, o diseñar una tipología transicional. De otra parte, el comportamiento ante las crisis de regiones productoras de uno o más commodities, dependientes a su vez de uno o más megamercados. Esta desagregación podría matizar algunas conclusiones.

En todo caso, la investigación descrita y sus conclusiones apuntan en último término a sugerir medidas de política orientadas a prevenir y mitigar el impacto de las crisis internacionales en las regiones subnacionales incluyendo, en materia de política exterior, la desigual relevancia de los distintos tratados de libre comercio o uniones aduaneras para la capital y el resto de Chile.

La exposición al riesgo de las economías locales demanda una reformulación conceptual. La insuficiencia del concepto riesgo-país se acusa porque el riesgo y el impacto de las crisis es cada vez más diferencial en cada región subnacional, ya que además de su disímil estructura geográfico-productiva, la apertura económica y la globalización han condicionado una muy heterogénea inserción mundial de cada región, en función de su canasta y mercados de exportación y de su desigual dependencia de la inversión y el capital extranjeros.

En las crisis recesivas, el Producto Interno Bruto (PIB) cae más en unas regiones que en otras; sectorialmente presenta conductas muy variables en cada región, y las fluctuaciones intersectoriales pueden ser tan grandes como las interregionales. Hay regiones donde la cesantía se incrementa violentamente, en otras menos, y en algunas pocas las cifras pueden ser levemente positivas. Las exportaciones pueden contraerse en determinadas regiones y sectores y crecer en otros, alterándose en consecuencia la composición de la canasta exportadora y la contribución relativa de cada región a las exportaciones nacionales, entre otras causas también por la desigual conducta de los precios de los commodities y los términos de intercambio. El promedio nacional implícito en el riesgo-país resulta entonces escasamente representativo del riesgo regional (Daher, 2001).

El riesgo de contagio se asocia a la exposición o vulnerabilidad de cada región ante las crisis: ¿Qué variables -estructura sectorial de PIB, transabilidad económica regional, diversificación de la canasta exportadora, diversificación de los mercados de exportación, dependencia del capital extranjero, etc.- inciden más en la exposición regional al riesgo?

¿Qué tipologías de región -con economías más o menos diversificadas, más orientadas al mercado externo o interno, más del sector primario o terciario, etc.- aumentan la vulnerabilidad regional ante las crisis supranacionales?

Los canales de contagio en y entre el ámbito supranacional y el subnacional son principalmente los flujos financieros, en especial la inversión externa directa, y los flujos de comercio exterior, ambos vulnerables al riesgo cambiario que altera las paridades y los precios relativos de importaciones y exportaciones.

El sector financiero, radicalmente más globalizado, sensible y reactivo que el comercial, se revela como un medio de contagio altamente vulnerable. La geografía de los flujos financieros, y en especial de la inversión externa directa, indicará sin embargo que la propagación de las crisis sigue patrones territoriales específicos.

La relación entre el sector financiero y el comercial es sin duda estrecha. Como se sabe, la propia inversión externa directa es muchas veces sustitutiva del comercio exterior y este último está obviamente muy expuesto a las paridades cambiarias.

La prevención y mitigación de las crisis se asocia ciertamente al análisis de riesgo y a su capacidad predictiva. En efecto, el riesgo-país se relaciona con la probabilidad de que ocurran eventos que reduzcan la rentabilidad de hacer negocios en un determinado país, eventos que están en alguna medida bajo control de gobierno, pero definitivamente no bajo el control de alguna empresa privada o individuo. El concepto de riesgo-país se asocia muchas veces al de riesgo soberano, es decir, a la probabilidad de no pago de la deuda pública en la propia moneda de un país (Nagy, 1976).

Las "turbulencias financieras" y riesgos de mercado (Vilariño, 2001) y las crisis financieras en "países exitosos" (French-Davis, 2001) requieren de bases para un "blindaje eficaz", las que en parte se asocian a las medidas tendientes a una estabilidad macroeconómica -reduciendo el riesgo de una crisis-, y complementariamente, a la creación de las condiciones para progresar a tasas elevadas (Rosende, 2002). El blindaje preventivo pareciera ser en todo caso aconsejable ante la opción de la creación de un seguro catastrófico -hedging- para la economía ante las crisis (El Mercurio, miércoles 21 de agosto).

2. Geografía del contagio

Pero los fines de este trabajo, lejos de profundizar en estos aspectos, apuntan a discernir la vinculación entre riesgo y territorio, entre geografía y contagio de crisis.

En esta perspectiva, Nagy (1979), refiriéndose al riesgo-país, afirma que existe una localización geográfica del riesgo, y que el riesgo de un país puede incluir préstamos hechos en muchos otros países, por lo que el riesgo crediticio de uno puede concernir y afectar a otro.

Esquivel y Larraín (1999), citando a otros autores, señalan que algunos modelos de segunda generación explican las crisis como consecuencia de la simple especulación contra una moneda, sea por "comportamiento de manada", sea por "efectos de contagio" -drazen. En ese último caso, grupos de países pertenecientes a la misma región son percibidos con mayor riesgo cuando uno de los vecinos cae en crisis, lo que hacer huir al capital extranjero, colapsando el tipo de cambio y materializando así la predicción pesimista de los inversionistas.

De otro lado, Recabarren y Suárez (1999) sostienen, en relación al comercio exterior, que la distribución geográfica de las exportaciones, el grado de concentración y la relativa diversificación son un factor de riesgo.

A su vez, Ul Haque et al. (1996), analizando el contenido económico de los indicadores de solvencia crediticia de los países en desarrollo, verifican que entre éstos -razón reservas de divisas/importaciones, razón balance cuenta corriente/PIB, crecimiento e inflación-, la localización regional de un país es también importante. Estudiando 60 países en desarrollo en el período 1980-1993, los autores concluyen que las localizaciones regionales aparecen influyendo en los ratings de países independientemente de otros fundamentos económicos. Más aún, comprueban que los efectos regionales son evidentes en todos los ratings considerados, incluyendo los de Euromoney y The Economist Intellingence Unit.

Así pues, si la localización regional de un país es importante en los ratings de solvencia crediticia o de riesgo, incluso independientemente de otros fundamentos económicos, y si se afirma, desde el análisis económico y financiero, que existe una localización geográfica del riesgo, entonces la posibilidad de una "geografía del contagio" emerge con verosimilitud ante la evidencia del carácter regional de las crisis internacionales.

En la literatura especializada surgida de la observación de la reciente crisis asiática se constata -significativamente desde el análisis económico- la relevancia de la geografía no sólo en la expresión de los efectos de la crisis, sino también en su causalidad y contagio.

Kaminsky y Reinhart (1998), estudiando el contagio de las crisis a través de los vínculos comerciales y financieros, ponderan la incidencia de aquel a través de las regiones y del tiempo. Afirman haber encontrado evidencia de que, al menos históricamente, el contagio es más regional que global. Recuerdan que Calvo y Reinhart demostraron el "efecto gran vecino" en los flujos de capitales hacia América Latina, cuyos países pequeños eran sistemáticamente influenciados por los desarrollos de la cuenta de capitales de sus vecinos mayores. Strandberg (1999) ironizaba afirmando que Brasil es demasiado grande para ignorarlo y demasiado temperamental para amarlo, agregando que "cuando Sâo Paulo estornuda, Buenos Aires agarra neumonía".

Kaminsky y Reinhart (1998), buscando profundizar y cuantificar el efecto contagio en tres regiones, exponen que cuando la proporción de países infectados sube sobre el 25%, la probabilidad de crisis crece del 24% al 49% en Asia, se duplica en Europa y crece al 69% en América Latina si la mitad o más de sus países están infectados. En particular, en las relaciones bilaterales entre Mercosur y Chile, cuando dos países del grupo entran en crisis, las probabilidades de crisis para los otros sube al 85%, reconociéndose una situación de "crisis clusters".

Ahluwalia (2002) afirma que, entre otros factores, el pertenecer a una región común afecta la vulnerabilidad frente a una crisis, denominando "contagio discriminatorio" a esta modalidad de difusión de las crisis. Los "efectos vecindarios" son considerados canales relevantes de contagio también por Hernández y Valdés (2001) y por Hernández, Mellado y Valdés (2001). Estas modalidades de contagio geográfico relativizan el "efecto interdependencia" asociado a cierta correlación en el spread de los bonos soberanos de países geográficamente distantes (Valenzuela, 2002).

Glick y Rose (1998), usando información de cinco diferentes crisis monetarias (1971, 1973, 1992, 1994 y 1997), observan que éstas afectan a clusters de países ligados entre sí por el comercio internacional, concluyendo que las crisis tienden a ser regionales, ya que afectan a países con proximidad geográfica. Los países pueden ser atacados en las crisis por la acción (o inacción) de sus vecinos, que son sus partners comerciales simplemente por su vecindad geográfica. Esta "externalidad" -sugieren los autores- tendría importantes implicaciones para la formulación de políticas.

Giddens (1999), refiriéndose a la globalización, y contradiciendo el supuesto de una economía global en el que las estrategias domésticas de gestión económica nacional resultan irrelevantes, cita la posición de Hirst y Thomson, quienes afirman que la mayoría del comercio sigue siendo regional, es decir, dentro de y entre bloques económicos. Agrega Giddens que mientras gran parte del comercio continúa regionalizado, sí hay una economía plenamente global a nivel de mercados financieros que operan a tiempo real.

Kaminsky y Reinhart (1998) refieren, asimismo, a las conclusiones de Glick y Rose, quienes -basados en que naturalmente el comercio tiende a ser más intra que interregional- explican por qué el contagio tiende a ser más regional que global.

Larraín (2000), constatado que "el contagio probó ser un factor de proporción significativo en la reciente crisis asiática", afirma que el "efecto barrio" todavía cuenta, condicionando los flujos de capitales más allá de las condiciones económicas objetivas de uno u otro país y de la capacidad de los inversionistas de discriminar entre mercados.

Douglass (2002) ha verificado que como consecuencia de la crisis de 1997, la competencia interurbana en la región del Asia-Pacífico se ha incrementado en la perspectiva de obtener el rango de ciudades globales o mundiales, al que pueden acceder sólo algunas mega-regiones urbanas.

Ambrose y Pennington-Cross (2000) han considerado los factores de riesgo en las economías locales relacionándolos con los mercados hipotecarios primarios y secundarios, según la distribución espacial de los créditos.

Las referencias descritas son concluyentes. La denominación "efecto barrio" tiene, sin duda, una fuerte connotación geográfica y territorial. Otro tanto sucede con el concepto de externalidad. Y obviamente las alusiones a la vecindad geográfica y al efecto gran vecino hablan por sí mismas. No es casual entonces que se constate que las crisis afectan a clusters de países y tienden a ser regionales, y que el contagio sea más regional que global. Definitivamente las crisis, y su propagación más aún, no son sólo un fenómeno económico sino también territorial

3. Norte-Sur, también en Chile

¿Cómo han afectado las crisis internacionales a las regiones de Chile? Los resultados del análisis estadístico se exponen a continuación.

Entre las regiones-commodities, las cuatro del extremo norte incrementan su participación en el producto nacional sostenidamente. La I de Tarapacá, de 2,83% en 1975 a 3,9% en 1997. La II de Antofagasta, de 4,81% a 8,2% en los mismos años. La III de Atacama, de 1,86% a 2,5%, y la IV de Coquimbo, de 1,98 a 2,5% en el mismo período. Se trata de regiones predominantemente mineras, aunque la primera también es pesquera (harina de pescado) y la tercera y cuarta frutícolas en menor medida.

La VII del Maule, una región frutícola y en cierta medida forestal, también crece de 3,9% a 4,2% entre 1975 y 1997. En cambio, decrecen la VI de O’Higgins, de 6,1% a 4,4% a pesar de sus sectores minero y agrícola; la IX de la Araucanía de 3,5 a 2,4%, incorporada más tardía y parcialmente a las exportaciones forestales; y la X de Los Lagos de 5,14 a 4,2% entre 1975 y 1997, aun con el efecto positivo del cultivo de salmones de exportación en los ‘80 y principalmente en los ‘90 (Banco Central de Chile, 1983, 1991 y 1998; INE-MIDEPLAN, 2001).

La mayor economía terciaria de la VI, asociada a sus centros urbanos y a la contigüidad con Santiago; la agricultura de subsistencia, la mayor pobreza y los problemas étnicos en la IX Región de la Araucanía, y la agricultura y ganadería tradicionales de la X Región, además de su participación más tardía y parcial en la producción de commodities, contribuyen a explicar su menor crecimiento.

Así pues, exceptuada la VII Región, puede concluirse que en el último cuarto de siglo en Chile sólo incrementan su participación relativa en el producto nacional Santiago, en primerísimo lugar, y cuatro regiones predominantemente mineras del norte. Con la excepción de la V Región, de Santiago al norte el país crece más que la media y, con excepción de la VII, al sur de Santiago el país crece menos.

A pesar de la diversificación exportadora, las regiones mineras siguen a la vanguardia; y a pesar de los esfuerzos descentralizadores y de la regionalización, la capital es aún más capital. Frente a la mayor concentración económica, demográfica, cultural y política en Santiago, la expresión "resto de Chile" sigue siendo una cruda realidad.

De paso, el país se ha fragmentado, análogamente al mundo, en un norte más dinámico y un sur más rezagado y pobre. A otra escala, la desigualdad norte-sur se reproduce interiormente. La participación en el PIB nacional de las regiones al sur de Santiago sumaba 31,56% en 1975 y sólo 26,40% en 1997. A su vez, en los mismos años las regiones al norte de la capital incrementaban su aporte del 23,46% al 25,50%.

Las cuatro mayores economías regionales chilenas al inicio del tercer milenio -la Metropolitana, la de Valparaíso (V Región), la de Concepción (VIII Región del Bío-Bío) y la de Antofagasta (II Región)- fueron impactadas de manera disímil en las crisis de 1975 y 1981. En términos agregados, en la primera crisis fueron más afectados los sectores productores de commodities de las regiones II, VIII y Metropolitana -y la minería en la V Región-, mientras que en la segunda éstos fueron más sensibles en la V Región, con la excepción del silvoagropecuario, que acusó un impacto menor. En el período 1975-78 las mismas tres regiones que fueron afectadas en sus commodities también lo fueron en la mayoría de sus demás sectores: en Antofagasta, las excepciones fueron el sector electricidad, gas y agua y el agregado "otros" (servicios financieros, educación, salud administración pública y propiedad de la vivienda -esta última con un efecto anticíclico); en la VIII Región, la única excepción fue el mismo agregado, y en la Metropolitana, los sectores de electricidad, gas y agua, transporte y comunicaciones y "otros". Al contrario, en la misma crisis del ‘75 la V Región mostró mayor estabilidad en la mayoría de sus sectores, con la excepción de la minería, como ya se indicó, y la construcción.

La segunda crisis -1981-1985- sólo afectó con mayor fuerza a dos sectores de la Región de Antofagasta, pesca y construcción. En la V Región, en cambio, todos los sectores, aunque en menor medida el silvogropecuario y "otros", registraron fuertes variaciones.

En la VIII Región, los sectores con mayores fluctuaciones corresponden a pesca, industria, construcción, electricidad, gas y agua y comercio; los dos primeros relacionados con la producción de commodities. En la Metropolitana, los sectores más impactados en la crisis de los ‘80 son los mismos afectados en la del ’75, aunque esta vez el sector de electricidad, gas y aguas sustituye al agropecuario en términos de impacto (INE, 1999).

La Región Metropolitana, la segunda más afectada en la crisis del ’75 (con una caída del PIB regional de -15,2%) y la más afectada en la recesión del ’81 (-16,0%) muestra una persistente vulnerabilidad, tanto en términos absolutos como relativos. En efecto, en contraste con las otras dos regiones con áreas metropolitanas y economías más diversificadas, se revela con una mayor y más amplia exposición sectorial al riesgo de contagio. Esta vulnerabilidad se acentúa en relación a las demás regiones de Chile, más especializadas en sus economías locales. La falta de estadísticas de producción desagregadas regionalmente para la crisis de fines de los ‘90 impide completar este análisis comparado.

En el periodo 1975-97, las otras dos regiones con áreas metropolitanas acusan igualmente un fuerte impacto en las crisis, sumándose a Santiago en el conjunto de las más vulnerables, pero a diferencia de la capital, aquellas ven decrecer sostenidamente su participación en el producto nacional en los períodos intercrisis.

La V Región de Valparaíso representaba, en 1975, un 11,98% del producto nacional; en 1981 un 9,91%; en 1997, sólo un 8,4%, siendo la región con menor crecimiento relativo en todo el país. La VIII Región del Bío-Bío (Concepción) registraba, en iguales años, 10, 8,95 y 8,6%, con una tendencia igualmente decreciente aunque menos acentuada.

4. Santiago, dos paradojas: la
más diversificada y la más
vulnerable, la más recesiva y
la de mayor crecimiento

La Región Metropolitana de Santiago acusa un comportamiento paradójico frente a las tres últimas crisis globales: es la más afectada por ellas, la que detenta el mayor impacto negativo y muestra una mayor vulnerabilidad, y sin embargo, la que más crece en términos de producto en los períodos intercrisis. Esta conducta bipolar indica que, luego de sus depresiones agudas, se sobrepone decididamente con más dinamismo que el país.

La Región Metropolitana de Santiago participaba, en 1975, con el 41,76% del producto nacional. En la crisis de 1981 su aporte se había incrementado al 42,47%, aunque, como consecuencia de ella, bajaría al 40,72 en 1984. Sin embargo, en 1997, al inicio de la crisis asiática, su participación alcanzaba al 48,10%, casi la mitad del PIB nacional (Banco Central de Chile, 1983; INE-MIDEPLAN, 2001). Aunque parte de este significativo incremento podría adjudicarse a cierta absorción del producto no regionalizado (3,21% en 1975, 8,27% en 1981 y 0% en 1997), la tendencia a una mayor concentración económica en la capital, en desmedro del resto de Chile, es incuestionable. Ella se produce precisamente en el período de crecimiento más acentuado y sostenido de la economía nacional, luego de superada la recesión del primer quinquenio de los ’80, y a pesar del auge exportador de base regional en igual período. Las políticas de regionalización y sus supuestos éxitos encuentran en las cifras un desmentido categórico.

Entre 1985 y 1997, la Región Metropolitana aumentó su PIB en 2,57 veces, mientras el país en su conjunto lo hacía en 2,25 veces. Excluida aquella, el "resto de Chile" sólo creció 2 veces.

Contra lo que se creía y decía, en los ‘90 se cumplían quince años en que la economía metropolitana tenía un dinamismo inferior al del país. Santiago enfrentó un punto de inflexión a mediados de los ‘70 como consecuencia de la economía de mercado, no de las políticas de descentralización y regionalización. Las políticas macroeconómicas, formuladas a-espacialmente, generaron impactos urbanos y regionales fuertemente diferenciados, no pocas veces contradictorios con las propias políticas de desarrollo regional (Daher, 1990a y b). Una segunda inflexión, de mayor crecimiento concentrador en Santiago, se registra a partir de los ’90, relacionada con la reversión sobre la metrópoli de los beneficios del éxito económico nacional, la reindustrialización de la capital y los cambios en los precios relativos entre los sectores transable y no transable (Daher, 1996).

En la Región Metropolitana, cuatro sectores tuvieron incrementos sobre la media regional, liderando el dinamismo de su economía: transporte y comunicaciones, construcción, comercio y servicios financieros, los que crecieron respectivamente en 3,4, 3,2, 3,1 y 2,7 veces. La industria manufacturera estuvo levemente bajo la media de 2,5 veces (Banco Central de Chile, 2002a).

Las regiones V de Valparaíso y VIII del Bío-Bío, ambas con economías más diversificadas, muestran un crecimiento de 1,84 y 1,66 veces entre 1985 y 1997, con un dinamismo inferior a la media nacional (2,25 veces), sesgada al alza por la alta ponderación relativa de Santiago, pero superior al del "resto de Chile" (2 veces, excluido Santiago).

En ambas regiones, los sectores líderes corresponden a los mismos que explican el mayor dinamismo de la Región Metropolitana (construcción, comercio, transporte y comunicaciones y servicios financieros). A diferencia de esta última, la Región de Valparaíso agrega un quinto sector, el pesquero, que registra el mayor incremento (4,5 veces). Y la Región del Bío-Bío, además de destacar en segundo lugar este mismo sector (2,9 veces), se diferencia de Santiago porque el mayor dinamismo lo detentan los servicios financieros (3,4 versus 2,4 veces en la Metropolitana). Así pues, en estas dos regiones con economías urbanas y sectores productores de commodities, sólo el producto pesquero crece más que sus respectivas medias.

Entre 1985 y 1997, período intercrisis de mayor crecimiento de la economía nacional, sólo una región, la III de Atacama, crece más que la Metropolitana (3,24 versus 2,57 veces), seguida muy de cerca por la II Región de Antofagasta (2,52 veces). En el otro extremo, bajo la media del "resto de Chile" (2 veces, excluido Santiago), la región con menor crecimiento de su producto es la XII de Magallanes (1,33 veces), seguida por la VIII de Bío-Bío (1,66), la VI de O’Higgins (1,69) y la V de Valparaíso (1,84 veces) (Banco Central de Chile, 2002a). Dos de estas regiones son sedes de las mayores poblaciones y conurbaciones del país luego de Santiago (Valparaíso y Concepción), y dos de ellas son contiguas a la Región Metropolitana (Valparaíso y O’Higgins), sin por ello beneficiarse del dinamismo de la capital; antes bien, como se sostiene popularmente, Santiago sería su principal desafío y amenaza, una externalidad claramente negativa.

Una lectura sectorial del crecimiento económico entre 1985 y 1997 para el conjunto del país, revela que cinco sectores superan la media nacional (2,25 veces). De mayor a menor, ellos son la pesca, transporte y comunicaciones, comercio, servicios financieros y construcción (3,4, 3,2, 3,0, 2,9 y 2,8 veces, respectivamente). Llama la atención que sólo el sector pesquero -con una base absoluta inicial muy menor -sea el único entre los productores de commodities que sobresale por encima de los demás sectores líderes, todos de base urbana y en su mayoría productores de servicios. Los demás sectores exportadores, determinantes al menos en los primeros años del período analizado, no registran protagonismo alguno. En fin, la industria manufacturera, creciendo 2,1 veces, tampoco alcanza a la media del PIB.

5. Cambio en la geografía
económica: Antofagasta
desplaza a Valparaíso y
Concepción como segunda
mayor economía regional

La II Región de Antofagasta, principal centro minero de Chile -en 1985 representaba el 38,8% del PIB nacional de ese sector y en 1997, el 50,8%- es la tercera región de mayor crecimiento entre ambos años, precedida sólo por la III de Atacama y la Metropolitana.

Siendo una región altamente especializada, casi monoproductora, incrementa su participación en el producto nacional de 4,81% en 1975 a 5,04% en 1981 y 8,2% en 1997 (Banco Central de Chile, 1983; INE-MIDEPLAN, 2001). En la primera fecha, su aporte al PIB la señalaba en el quinto lugar nacional, precedida por las regiones Metropolitana (41,76%), V de Valparaíso, (11,98%), VIII del Bío-Bío (10%) y X de Los Lagos (5,14%). En 1981, la II Región ascendía al cuarto lugar, desplazando a la X e incrementando su aporte al 5,04%. En 1997 conserva la misma posición, pero su participación relativa llega al 8,2%, muy cercana al 8,6% de la VIII y al 8,4% de la V.

En 1998 (Banco Central de Chile, 2002a; Estrategia, lunes 14 de octubre de 2002), la II Región de Antofagasta se convierte en la segunda región del país en términos de producto económico, con un 8,8% del PIB nacional, superando a la VIII y a la V, cada una con un 8,4%. Esto cambia radicalmente la geografía económica de Chile, creando un polo en el norte del país, más dinámico, que desplaza al segundo polo central, Valparaíso, y al polo del centro-sur, Concepción.

Es importante destacar que este nuevo posicionamiento lo logra Antofagasta a pesar de precios del cobre -principal commodity de la región y del país- sustancialmente más bajos en el período de análisis que en los años precedentes. En efecto, Esquivel y Larraín (1999) constataban que Chile fue duramente golpeado, durante la crisis asiática, por los términos de intercambio, dada su alta exposición tanto al cobre como a la región asiática. Evaluando los efectos de la crisis asiática y brasileña en el comercio exterior de países latinoamericanos, Recabarren y Suárez (1999) verificaron que las exportaciones chilenas a Asia cayeron en un 33,5% en 1998 (producto de la menor demanda y de la caída del precio del cobre), lo que redujo la participación de Asia en las exportaciones chilenas.

Las exportaciones regionales chilenas en 1998 decrecían respecto del año anterior excepto en tres regiones: VII (13,9%), XI (10,6%) y X (6,3%). La mayor caída se registraba en la principal región exportadora y minera del país, la II, con un decrecimiento de -21,3%. En la RM, bajaba en -0,7% (MIDEPLAN, 1999a).

El precio del cobre -en moneda 2001- fue sólo de 81 y 76 centavos de dólar por libra en 1998 y 1999, respectivamente. En 1995 había alcanzado a 143 centavos. Comparativamente, en la crisis de 1975 cayó a 128 centavos, de 234 que detentaba el año anterior. De manera similar, en la crisis de 1981 bajó de 148 centavos en 1980 hasta sólo 81 centavos en 1984. Históricamente, la libra de cobre estuvo sobre los dos dólares en 1955, de 1965 a 1970 -en 1966 tuvo un máximo de US$2,79- y en 1973-1974 (Marshall & Silva, 2002).

El impacto de la minería en la II Región ha sido estudiado por Aroca (2002), quien, sobre la base de una matriz de insumo-producto para esa región calculó los efectos sobre el producto, el ingreso y el empleo y las interacciones productivas del sector minero con los demás sectores de la economía regional. Entre 1985 y 1997 los sectores que lideran el crecimiento económico de la Región de Antofagasta son el de electricidad, gas y agua (que crece 7 veces), la construcción (4 veces), los servicios financieros (3,4 veces), la minería (2,6 veces) y el comercio (2,5 veces). Estas proporciones permiten deducir en términos generales el efecto multiplicador del sector minero en la economía regional.

6.Santiago y Antofagasta: las
dos con mayor PIB, mayor
inversión extranjera y más
exportaciones

La inversión externa directa (IED), materializada a través del Decreto Ley 600 (D.L. 600), permite verificar un cambio sustantivo en la orientación geográfica de la misma entre 1981 y 1997. En efecto, en el primer año, las cinco regiones al norte de la Metropolitana captaban US$89,1 millones, equivalente al 36,8% de la IED en la región Capital. En 1997, esa cifra subía a US$1.726,9 millones, superando en 31,5% al total metropolitano. En contraste, las siete regiones al sur de Santiago, que en 1981 eran el destino de una IED equivalente al 23% de la Metropolitana, en 1997 sólo captaban un 18% de la misma (Comité de Inversiones Extranjeras, 1996; Estrategia, viernes 21 de junio de 2002).

La participación de las regiones V de Valparaíso y VIII del Bío-Bío en la IED, más allá de mostrar una inversión de tendencia entre 1981 y 1997, confirma sobre todo su muy marginal capacidad de atracción de capital foráneo en comparación con la Región Metropolitana. De hecho, en la primera fecha la V Región captaba el equivalente al 4,3% de la pertinente a Santiago, cayendo sólo al 1,4% en 1997. La VIII Región, en los mismos años, subía del 2,1% al 4,1%. Esta menor presencia de la inversión extranjera en ambas regiones es consistente con su decreciente participación en el PIB nacional en el período.

La II Región de Antofagasta, coherentemente con el destino minero de gran parte de la IED en Chile, incrementa su participación en la captación de los flujos de capital extranjero a través del D.L. 600, pasando de un monto equivalente al 4,6% de la inversión materializada en la Región Metropolitana en 1981 a un 24% en 1984, y luego de los años de bonanza intercrisis, a un 43,7% en 1997 y un 45,2% en 1998, en el inicio de la crisis en Asía, región esta última entre los principales destinos de las exportaciones cupríferas chilenas.

Sectorialmente, a fines de los ‘90 la IED en la II Región comienza a diversificarse en rubros complementarios a la minería, los que por lo demás muestran un crecimiento superior a la media regional. Mientras que en 1997 la minería antofagastina era el destino del 90,4% de la inversión extranjera regional y el transporte del 9,1% (INE, 1999), en 1999 el sector minero caía al 85,9%, la industria manufacturera captaba el 5,3%, el sector de electricidad, gas y agua el 8,8%, y el de transporte a su vez crecía al 12,1% del total regional (INE-MIDEPLAN, 2001).

En la Región Metropolitana, según las mismas fuentes y en iguales años, también se observa un cambio sectorial importante, previo a la caída absoluta de la IED desde el año 2000 en adelante, como consecuencia tardía de la crisis asiática, y principalmente, de las crisis argentina y brasileña. En efecto, entre los sectores más relevantes en la atracción de inversión extranjera en Santiago, el de servicios baja su participación del 56,0% en 1997 al 37,4% en 1999, y la industria manufacturera, por su parte, cae del 26,4% al 12,3% en el período. Al contrario, el sector de electricidad, gas y agua incrementa su participación desde el 10,9% al 28,1%, y la minería, desde el 0,4% al 18,5% en los mismos años.

Algunos indicadores laborales complementan el análisis del período. En 1976, el efecto en el empleo al año siguiente de la crisis registraba una variabilidad regional entre un 7,8 como tasa de desempleo en la XI Región de Aysén y 16,4% en la VI de O’Higgins, con una media nacional de 12,7%, que alcanza al 14,2% en 1978. En la crisis de 1981 el promedio estaba en 11,4%, subiendo a 19,6% al año siguiente. En 1982 las diferencias interregionales extremas correspondían a la VIII Región del Bío-Bío, con una tasa de desempleo de 13,8, y a la Metropolitana, con 23,8%, diez puntos porcentuales más (INE, 1985). En la crisis asiática, el país tenía un desempleo promedio del 6,1% en 1997, que creció al 10,1 en 2000 (INE, 1999 y 2001b), con indicadores extremos de 4,2% en la XI región de Aysén y 12,5% en la V de Valparaíso.

Al respecto, Shepherd y Dixon (2002), constatando que las variaciones en el desempleo regional reflejan el impacto tanto de shocks específicamente regionales cuanto de shocks que afectan a toda la economía, recuerdan que comparar las tasas regionales con las tasas nacionales de desempleo no tiene mayor sentido, ya que estas últimas no son más que el promedio de las regiones.

El análisis comparado de las regiones de Antofagasta y Metropolitana debe tener presente que la estructura del empleo por rama de actividad económica es ciertamente disímil en ambas regiones. Si bien se trata de casos prácticamente polares -una capital central de economía muy diversificada versus una región extrema y desértica de altísima especialización productiva-, los impactos en el empleo agregado son irregulares en cada crisis. En efecto, mientras que en 1976 la tasa de desempleo era 12,9% en Antofagasta y 13,2 % en Santiago, en 1978 era 23,3 y 13,4% en cada caso. En 1981, Antofagasta tenía una tasa de 11,9 y Santiago, 10,8%, las que subían en 1982 a 18,8 y 23,8%, respectivamente (INE, 1985). En fin, en 1997 la II Región detentaba un bajo 2,6% de desempleo y la Metropolitana un 7,1, mientras que en 2000 los mismos indicadores subían a 10,7 y 10,8 en cada caso (INE, 1999 y 2001b).

Así pues, mientras que en la crisis de 1975 hay una cierta simetría en la conducta del empleo en ambas regiones, y en la asiática un impacto final casi idéntico a pesar de la muy desigual base de comparación en 1997, en la crisis de 1981, en cambio, se verifica la mayor asimetría: las tasas base eran similares ese año, incrementándose sin embargo sólo cerca del 50% para Antofagasta y más que duplicándose en la Región Metropolitana en 1982. En este mismo año, las principales diferencias en la estructura de ocupados por rama de actividad en ambas regiones se concentraban en seis sectores: cuatro en los cuales la Metropolitana superaba ampliamente, en términos porcentuales, a la de Antofagasta: comercio, industria, servicios financieros y agricultura (19,0, 17,9, 5,3 y 5,3% versus 14,7, 9,4, 2,1 y 3,8% respectivamente), y dos donde, a la inversa, Antofagasta mostraba una mayor proporción de empleo que la Metropolitana: minería y transporte (16,9 y 5,8% versus 0,4 y 6,5%, respectivamente) (Raczynski, 1986).

Las exportaciones por región en Chile constituyen otra variable complementaria para efectos del análisis que se expone. Aunque sólo hay estadísticas regionalizadas desde 1990, las tendencias registradas en una década son en general consistentes con aquellas propias de la evolución del producto y la inversión externa en cada región. En términos agregados (INE-MIDEPLAN, 2001) las cinco regiones al norte de Santiago, predominantemente mineras aunque algunas también pesqueras y agrícolas, mantienen una significativa participación, en torno a la mitad (51,9% en 1990, 51,5% en 1997 y 49,6% en 2000) del total exportado nacional. En contraste, las siete regiones al sur de Santiago -agrícolas, forestales, pesqueras y en algunos casos mineras- aportan cerca de un tercio del total del país (31,3% en 1990, 29,7% en 1997, y 33,6% en 2000).

La Región Metropolitana representaba en 1990 sólo un 11,2% de las exportaciones nacionales. En 1997 su aporte crecía al 16,6%, pasando del cuarto lugar al inicio de la década -luego de la II, la VIII y la VI, en ese orden- al segundo, precedida siempre por la Región de Antofagasta.

Las otras dos regiones con mayor población, la de Valparaíso y la del Bío-Bío, detentan comportamientos opuestos en sus exportaciones entre 1990 y 1997. En el primer año, la V Región ocupaba el quinto lugar entre las regiones con mayores ventas al exterior, y en el último, el cuarto. Empero, su participación en el total exportado por el país caía, en los mismos años, del 10,4% a sólo el 7,7%. En cambio, la VIII Región, la segunda más exportadora en 1990, con el 12,4% del total del país, en 1997 aumenta su participación al 13,1%, pero pasando a un tercer lugar luego de la Metropolitana.

La Región de Antofagasta es siempre, durante toda la década de los ‘90, la región más exportadora de Chile. Su contribución relativa al total nacional crece de un 29,7% en 1990 al 30,6% en 1997, aunque decrece sólo al 24,9% en 2000, acusando el impacto de la crisis asiática en parte, y reflejando por otro lado la mayor participación de regiones exportadoras emergentes.

En efecto, junto también con la caída de la Región Metropolitana a un 14,6% en el año 2000 -siempre en el segundo lugar- y a continuación de las regiones del Bío-Bío (13,8%), de Valparaíso (8,4%), y de O’Higgins (7,6%), destacan ahora la I Región de Tarapacá, contigua a la de Antofagasta, con un 6,9% y la X de Los Lagos, con el 6,3% del total nacional. Tarapacá es una región que ha madurado sus inversiones mineras, y además, es de las más importantes productoras de harina de pescado. La Región de Los Lagos, a su vez, concentra en su relativamente reciente y pujante industria salmonera su principal ventaja competitiva exportadora.

La diferente relación exportación a producto en cada región, la mayor o menor diversificación de sus canastas exportadoras, los distintos commodities en los que cada una se especializa e incluso los diversos destinos geográficos de sus ventas externas permiten concluir que la inserción global de cada región es muy desigual, y su participación en los mercados internacionales muy asimétrica. Esta diferencia es particularmente importante en un país como Chile, que por su elongación latitudinal desde áreas subtropicales y desérticas hasta otras subpolares, presenta un abanico amplio de recursos naturales que marcan su geografía económica, y que además, por la alta y variada diversificación en los continentes y países de destino de sus exportaciones, exhibe una muy heterogénea exposición a las variaciones en los mercados y al riesgo de crisis internacionales. Esto último es de especial relevancia si se tiene presente que uno de los principales carriers (Calvo, 1999) de contagio de crisis es precisamente el comercio internacional.

La Región Metropolitana, capital nacional, y la Región de Antofagasta, capital del cobre, son las dos con mayores aportes al PIB nacional (suman el 56,6% en 1998), las dos más captadoras de inversión externa directa (54,2% en conjunto ese mismo año) y las dos con mayor participación en las exportaciones nacionales (45,5% entre ambas en igual fecha) (Estrategia, viernes 21 de junio de 2002; INE, 2001).

En relación a este liderazgo, Audretsch y Fritsch (2002), analizando los regímenes de crecimiento a través del tiempo y del espacio, comprueban que las regiones con más crecimiento son aquellas focalizadas en grandes o nuevas empresas, diferenciándose de otras más inertes o en declinación. Es el caso de Santiago y Antofagasta.

Ambas comparten estas primacías y rasgos. En todo lo demás se diferencian diametralmente. Aunque la Metropolitana también detenta importantes sectores primarios -en 1997 fue la mayor exportadora agrícola y frutícola de Chile, y la quinta tanto en exportaciones de cobre y hierro cuanto también en el resto de la minería metálica (INE-MIDEPLAN, 2001)-, no es menos cierto que la región capital, teniendo la canasta exportadora más diversificada del país, es asimismo la principal exportadora industrial, aunque en este sector la VIII Región del Bío-Bío es casi paritaria (US$2.161 millones versus US$2.250 millones de la Metropolitana en 1997). Por lo demás, la primacía industrial metropolitana en ventas al exterior es más bien reciente: en 1990, la Región del Bío-Bío la superaba, en ese sector, en un no menor 63%.

El paralelo Antofagasta-Santiago acusa un contraste más al desagregar sus respectivas canastas exportadoras. En efecto, mientras la del norte es una región que entre cátodos y minerales de cobre hacía el 87,3% del total de sus envíos externos en 1999, la región capital detentaba en el mismo año sólo un producto con una participación en la canasta superior a dos dígitos -vinos con denominación de origen, 10,5%-, seguido muy de lejos por los servicios considerados de exportación con apenas el 2,4% y el segundo lugar, y en el rubro "otros" se acumulaban casi tres cuartas partes de las exportaciones regionales -74,4%- aportadas por una infinidad de productos con participación inferior al 1% (Ministerio de Economía, 2002).

7. Capital subglobal y regiones-
commodities

La diversificación en el destino geográfico de las exportaciones es un factor relevante en términos de la inserción internacional del país y sus regiones, y de la desigual vulnerabilidad de estas frente a las crisis en ciertas áreas continentales o subcontinentales más o menos asociadas a su comercio exterior.

En 1997, inicio de la crisis asiática, los destinos más importantes para el país en su conjunto eran Asia (28,9%), la Unión Europea (22,6%), América Latina (16,8%) y América del Norte (15,1%) (MIDEPLAN, 1999b).

La Región Metropolitana, la segunda en monto exportado, difería sustancialmente del promedio nacional en dos destinos: Asia, mercado de colocación de sólo un 5,7% de sus ventas, y América Latina, su orientación más importante, con casi la mitad (47,9%) de sus exportaciones. Así, el continente de mayor relevancia para Chile, Asia, era el de menor interés para Santiago.

La Región de Antofagasta, primada en la jerarquía exportadora, colocaba en 1997 algo más de un tercio de sus ventas externas, más o menos paritariamente en Asia (34,3%) y en la Unión Europea (34,8%), mientras que América Latina era el destino sólo del 4,6% de aquellas.

En 1999, en medio de la crisis asiática, Antofagasta tenia tres países como destinos más relevantes para sus exportaciones: el Reino Unido, con 13,9% de las mismas; Japón, con el 12,2% y Estados Unidos, con 11,4%. Si bien en conjunto sumaban el 37,5%, esta alta cifra estaba orientada a tres continentes distintos. En oposición, la Región Metropolitana asociaba sus exportaciones en igual año a Estados Unidos (18,5%), Argentina (14,8%) y Brasil (7,5%) (Ministerio de Economía, 2002), acumulando el 40,8% en países, aunque diversos, todos de un mismo continente.

En 1997, las otras dos regiones con economías urbanas, Valparaíso y Bío-Bío, mostraban situaciones polares en términos del grado de diversificación de sus exportaciones. Mientras la V exhibía una de las mayores variedades de destinos -ninguno de los cuales acumulaba siquiera un cuarto de sus ventas externas-, la VIII detentaba una de las más altas concentraciones, con 41% de sus exportaciones orientadas al Asia. Al inicio de la crisis asiática, esta región, junto a las de Atacama, Los Lagos y Aysén, eran las que estaban más expuestas al riesgo de contagio vía comercio exterior.

Los efectos de la crisis asiática en el Mercosur, "exponenciados" por los problemas endógenos de Argentina y Brasil, han tenido -hasta 2002- impactos menores en Chile, tanto por sus fortalezas endógenas cuanto por su amplia diversificación de comercio exterior. De hecho, además de la Región Metropolitana, sólo otras dos contiguas a ella -las de Valparaíso y O’Higgins- concentraban en el Mercosur exportaciones superiores a dos dígitos: 18,1% la región capital, 14,8% y 15% las siguientes (en el período julio-septiembre de 2001) (INE, 2001a). Así pues, salvo la denominada macro-zona central de Chile, el resto del país está de espaldas al Mercosur, y su exposición al riesgo es enteramente otra. La alta concentración económica y demográfica en la macro-zona central, sin embargo, termina por afectar al conjunto de Chile.

Si la contigüidad geográfica incrementa el riesgo, las probabilidades de contagio se multiplican cuando, además de la condición de "barrio" o cluster, los países y regiones fronterizos han implementado acuerdos de integración económica, de libre mercado o uniones aduaneras, ampliando así los naturales vínculos comerciales y financieros entre áreas vecinas. Estos, que en los ciclos de auge benefician a las partes, en los momentos de crisis se convierten en los principales carriers de contagio.

Ciertamente, acuerdos como los logrados por Chile con la Unión Europea y el tratado de libre comercio con los Estados Unidos pueden ayudar a una mayor estabilidad futura de la política económica local y reducir el premio por riesgo país de Chile, contribuyendo así al crecimiento del producto nacional, del salario real, del consumo privado y de las exportaciones e importaciones, además de la inversión externa e interna (Larraín, 2002).

Recabarren y Suárez (1999) recordaban que países como Chile y México, cuyo comercio exterior representa más del 40% del PIB, están más expuestos al ciclo económico mundial, tanto en una u otra dirección. El crecimiento económico y el intercambio comercial de Chile han seguido la misma trayectoria cíclica en el último cuarto de siglo. En general, el intercambio comercial crece por encima del PIB, a excepción de las recesiones de 1975 y 1982-85.

El comercio exterior chileno, más diversificado internacionalmente, presenta sin embargo una mucho más alta participación del sector industrial -superior a un tercio- en sus exportaciones al Mercosur. En los mercados asiáticos y de la Unión Europea, cerca de 98% y 95% de las exportaciones chilenas, respectivamente, corresponden a recursos naturales sin procesar y procesados, con fuerte predominio de los primeros. Las exportaciones al NAFTA de los mismos recursos alcanzan al 87%, correspondiendo el 34% a los procesados, y el 13% restante a otros productos industriales. En América Latina, los recursos procesados y los productos industriales bordean el 35% de las exportaciones totales, cayendo los recursos naturales a menos del 27% (Meller & Sáez, 1995).

El sesgo industrial del comercio exterior chileno hacia América Latina, y en particular con el Mercosur, se acentúa a fines de los ‘90, mostrando una considerable concentración al momento de la crisis asiática.

La crisis argentina implicó una reducción de 25% de las exportaciones chilenas a ese país entre 1998 y 2001. Aunque Argentina sólo representa cerca del 3% del total exportado por Chile, su importancia radica en que ella concentra cerca de un quinto de las exportaciones chilenas de manufacturas, con una alta diversificación de más de 2000 artículos (Fazio, 2001). Esta característica se asocia fuertemente a la industria metropolitana chilena, y a la categórica mayor dependencia de la economía regional santiaguina respecto del mercado transandino. Además del comercio bilateral de bienes, se vieron afectados el intercambio de servicios, incluidos los financieros, los flujos de turismo y las utilidades de las empresas chilenas con filiales en Argentina. El Banco Central de Chile (2002b) estimó un impacto global de medio punto sobre el PIB, y de siete décimas sobre el ingreso nacional.

El riesgo-región en su especificidad subnacional y en su ámbito supranacional se encarna e ilustra en un caso particular: Santiago de Chile en el Mercosur. Esta unión aduanera, además de conformar un área de contigüidad geográfica entre países fronterizos, constituye una integración económica que intenta diluir las barreras y protecciones nacionales: el mayor beneficio esperado no está exento de un mayor riesgo de contagio de crisis, posibilitado por la simple vecindad e incrementado por la integración.

El riesgo en el Mercosur se relaciona con la marcada asimetría cuantitativa y cualitativa de las economías nacionales asociadas; el incremento desigual de la inversión externa directa y del comercio intrarregionales -ambos carriers preferenciales del contagio de crisis; la especialización y concentración del comercio intra-área en el sector industrial, y en especial, la complementación económica en el ámbito de los bienes intermedios. Todo esto redunda en una desigual interdependencia de países y sectores, y en una exposición diferencial al riesgo en situaciones de recesión y crisis (Daher, 2001).

El riesgo Santiago-Mercosur se inscribe en este contexto: la inversión chilena en el Mercosur -una de las mayores de un país en desarrollo en el exterior- prácticamente no tiene reciprocidad, constatándose así un flujo de capitales inversamente proporcional al tamaño de las economías en juego; las exportaciones chilenas al Mercosur tienen un fuerte sesgo industrial, constituyéndolo en el principal mercado sectorial. Santiago, a su vez, concentra mayoritariamente tanto al sector financiero como al industrial, y su producto económico equivale casi a la mitad del nacional. Un tercio de las exportaciones industriales se originan en Santiago, y casi la mitad de sus exportaciones totales se colocan en América Latina y particularmente en el Mercosur.

La tasa de crecimiento de las exportaciones entre 1991 y 1997 fue de 10,3% para Chile; sin duda, una tasa alta. Para la Región Metropolitana ella alcanzó al 16,3%, siendo superada sólo por la correspondiente a la X Región con 19% (MIDEPLAN, 1999b).

Santiago, la región con la segunda mayor tasa de crecimiento del sector exportador en el último decenio, resulta ser la única región-Mercosur de Chile: mientras el resto del país se orienta preferentemente a los mercados asiáticos y europeos, y en menor medida norteamericanos, Santiago concentra su comercio en el Mercosur. Y lo concentra en la industria, el mismo sector al que se orienta la mayor inversión externa chilena. Argentina, principal destino de la inversión externa directa chilena en los ’90, llegó a ser el más relevante de los "territorios de las transnacionales chilenas" (Daher, 1999).

El riesgo Santiago-Mercosur se asocia pues a una doble exposición: financiera y comercial. Y a una doble concentración: sectorial y territorial.

Santiago no es Chile, pero sí medio Chile, y su alta vulnerabilidad ante una crisis en el Mercosur constituye un riesgo latente. Económicamente, los carriers de contagio de crisis son el comercio exterior y los flujos financieros. Territorialmente, el carrier de contagio a Chile sería Santiago.

8. Conclusiones

Tres tipos de conclusiones se derivan de esta investigación. Unas están referidas al riesgo-país versus el riesgo-región. Otras al contagio geográfico de las crisis. Las últimas, a la verificación estadística del contagio de crisis y del riesgo regional en Chile.

En primer lugar, este estudio demuestra, sobre base empírica relativa al caso chileno, la insuficiencia del concepto de riesgo país frente a la real vulnerabilidad de las distintas economías subnacionales. Estas, aunque ciertamente coligadas macroeconómicamente entre sí y con las políticas nacionales, se insertan en la economía mundial de manera sustantivamente diversa según su canasta y mercados de exportación, dependientes en buena medida de su estructura geográfica-productiva, en especial en el caso de las regiones especializadas en exportar materias primas o commodities.

La exposición al riesgo, según se ha verificado, varía tratándose de regiones con economías más o menos diversificadas, más orientadas al sector externo o interno, a la producción de bienes transables o no-transables, de base más primaria o terciaria. En efecto, en el caso de una economía abierta y en desarrollo como la chilena, sus regiones acusan un impacto diferencial descrito por el comportamiento de variables como el producto, el empleo, la inversión externa y las exportaciones.

Si bien es cierto que los distintos tipos de crisis -en 1975, 1981 y 1997- se asocian a efectos regionales asimétricos en algunas regiones y más constantes en otras, es igualmente evidente que todas las crisis impactan en todas las regiones de manera muy desigual no sólo en términos económicos, sino también sociales.

El riesgo-región difiere así radicalmente del riesgo-país. En tiempos de crisis, las fluctuaciones intersectoriales son tan grandes como las interregionales, y no pocas veces están coludidas. La heterogénea conducta de los precios de los commodities y las variaciones en los términos de intercambio, junto a la especialización productiva y exportadora de algunas economías subnacionales, se expresan aquí, en términos analíticos, en el concepto de regiones-commodities.

Las regiones-commodities son, por definición, regiones insertas plenamente en la economía global, ya que el mercado de los commodities es un mercado mundial. A diferencia de otras regiones productoras de bienes y servicios orientados al mercado local o a ámbitos regionales subglobales, las regiones-commodities se comportan frente a las crisis internacionales de manera singular. En efecto, en ellas se constata las más de las veces un impacto de las crisis muy distinto al acusado por las regiones metropolitanas.

En segundo lugar, la investigación presentada permite concluir, sobre la base de antecedentes aportados por diversos autores con evidencia internacional, que las crisis siguen siendo más regionales que globales y que existe una verdadera geografía del contagio de crisis entre países y regiones.

La propagación de las crisis sigue patrones territoriales específicos, siendo los canales de contagio principalmente los flujos financieros y los de comercio exterior. Unos y otros, aunque crecientemente globales e interdependientes, no son en absoluto homogéneos en términos geográficos.

Se constata, incluso en los ratings especializados, una localización del riesgo. El riesgo país resulta condicionado por la localización geográfica de una cierta economía nacional. Los efectos barrio o vecindario, el efecto gran vecino y el concepto mismo de "crisis clusters" hacen explícita una verdadera externalidad territorial en el contagio de crisis. Más aun, la geografía no sólo registra el despliegue espacial de los efectos de las crisis, sino también actúa como causa del contagio y difusión de aquellas.

En tercer lugar, el estudio de caso realizado en torno a la experiencia chilena frente a las tres grandes crisis internacionales más recientes arroja evidencia suficiente para concluir que, de un lado, las regiones subnacionales presentan una heterogénea vulnerabilidad ante el contagio y los efectos de tales crisis, y de otro, que según sea su distinta inserción en la economía mundial se muestran más o menos propensas a los efectos recesivos en determinadas regiones supranacionales, como el sudeste asiático o el Mercosur.

Aunque obviamente las economías subnacionales no constituyen realidades autónomas, ni entre sí ni respecto del país como un todo, es asimismo cierto que la economía nacional no sólo incluye a la de las regiones, sino que además puede resultar más o menos determinada por el comportamiento de algunas de ellas. En la experiencia chilena, esto es bastante evidente en relación a las regiones-commodities.

En efecto, las regiones mineras del norte del país registran un dinamismo económico sostenidamente mayor a la media nacional, a pesar de los esfuerzos políticos por diversificar las exportaciones nacionales y desarrollar las demás regiones. El caso más emblemático corresponde a la II Región de Antofagasta, que en el período de análisis desplaza en la jerarquía nacional a las regiones de Valparaíso y del Bío-Bío (Concepción), que tradicionalmente se disputaban el segundo y tercer lugar luego de la Región Metropolitana de Santiago.

Antofagasta, la capital del cobre, emerge como la segunda economía regional más importante de Chile, trastocando radicalmente la geografía económica nacional y poniendo en entredicho las políticas de diversificación y de desarrollo regional tradicionales.

Antofagasta, luego de Santiago, se perfila como la región con mayor producto interno bruto, con mayores exportaciones y con más captación de inversión externa directa. Comparte con la capital estas primacías aunque, a diferencia de ella, es una región-conmmodity prácticamente monoproductora.

Santiago, en cambio, con una economía metropolitana altamente diversificada, equivalente a la mitad del producto nacional, presenta una doble paradoja en su comportamiento ante las crisis internacionales: por una parte, es la región recurrentemente más vulnerable, que acusa las recesiones más profundas, con los indicadores económicos, laborales y sociales más críticos. Todo ello a pesar de su mayor diversificación productiva, que en nada atenúa su alta exposición al contagio de crisis.

La segunda paradoja de la economía metropolitana radica en que ella, siendo la más recesiva en los períodos de crisis, es la que más crece económicamente a nivel nacional en los períodos intercrisis, acumulando una proporción cada vez mayor del producto nacional. Así pues, la Región Metropolitana pareciera asumir los mayores riesgos para obtener a la larga los mayores beneficios.

En fin, en el dualismo centralista Santiago versus regiones, o capital - resto de Chile, otra característica no menor acentúa las polaridades: mientras la capital metropolitana está profundamente orientada al Mercosur en su comercio exterior, el resto de Chile encuentra en Asia y Europa a sus principales socios comerciales. Así pues, las crisis internacionales originadas en el sudeste asiático o detonadas en el Mercosur repercuten de modo muy diferencial en el Chile metropolitano y en el resto del país, más allá de la inevitable contaminación intranacional en uno y otro caso.

Santiago, y no Chile, es el socio de Mercosur. En tanto tal, la metrópoli se erige como una capital inserta en un ámbito preferentemente subcontinental, mientras que el resto de Chile, y en particular sus regiones-conmmodities, se ligan claramente a los mercados más globales.

Ante este escenario real, las políticas públicas de prevención y mitigación de crisis no pueden ser homogéneas bajo el supuesto de que así no introducen distorsiones y son neutrales. Su homogeneidad puede resultar muy inequitativa e incluso ineficaz. Las crisis y su contagio tienen una evidente territorialidad, y las distintas regiones subnacionales muestran, consecuentemente, una muy desigual vulnerabilidad. La heterogénea exposición al riesgo de contagio confirma que el riesgo-país no es representativo del riesgo-región.

Otro tanto puede afirmarse de las políticas de comercio exterior, y muy particularmente, de los tratados de libre comercio. Estos últimos no sólo pueden resultar más o menos beneficiosos para ciertos sectores económicos, sino también para determinadas regiones subnacionales. En casos extremos, frente a algunos acuerdos o tratados comerciales podrá haber regiones ganadoras y perdedoras. En un país como Chile, con regiones-commodities, con una economía abierta y con una geografía cuyos recursos naturales varían dramáticamente desde los desiertos subtropicales del norte a los campos de hielo polares, toda homogeneidad resulta ser una simplificación irreal, y cualquier neutralidad calculada sobre promedios suele ser profundamente discriminatoria e inequitativa.

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* Antonio Daher, Profesor Titular de la Pontificia Universidad Católica de Chile. E-mail: adaher@puc.cl

** Esta investigación contó con el patrocinio del Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología (Proyecto FONDECYT 1010519). El autor agradece la valiosa colaboración de Jorge Inzulza y Matías Valdivieso.

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