SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.28 número84Transformaciones de frentes de agua: la forma urbana como producto estándar índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.28 n.84 Santiago sep. 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612002008400001 

El espacio público en el debate actual:
Una reflexión crítica sobre el urbanismo
post-moderno

Rodrigo Salcedo Hansen1

Abstract

Post-modern urbanists have argued that public space is disappearing. For them, public spaces, defined as places of citizen construction and social encounter, have been replaced by pseudo public spaces like the mall or the gated community. This nostalgic view of a modern mythical past does not consider a historically precedent and more representative characteristic of public space. As Foucault would argue; public spaces are places where power is expressed and exercised. However, Foucault certainly misses an aspect. This is, the possibility of social resistance to power, expressed in the replacement or at least alteration of the meanings of urban order. It is using this framework of power–resistance to power, that the concept of public space and the discourse that defines it as a place of citizen construction should be re-discussed.

Keywords: Public Space, Power, Resistance.

Resumen

En las últimas décadas, los urbanistas post-modernos han argumentado que el espacio público está desapareciendo. Para ellos los espacios públicos, definidos como lugares de construcción de ciudadanía y encuentro social, han sido al menos parcialmente reemplazados por espacios pseudo-públicos, como el mall o la comunidad enrejada. Esta nostálgica visión de un pasado moderno mítico no considera una característica más representativa e históricamente precedente del espacio público. Argumentando en una línea similar a la de Foucault, los espacios públicos son, ante todo, lugares donde el poder se expresa y ejerce. Sin embargo Foucault, pierde de vista un punto central. Este es la posibilidad de resistencia social al poder, expresada en la posibilidad de reemplazar –o al menos transformar– el significado del orden urbano. Es usando este nuevo marco "poder/resistencia al poder" que el concepto de espacio público, y el discurso que lo define como espacio de construcción de ciudadanía y encuentro social, debe ser rediscutido.

Palabras clave: Espacio Público, Poder, Resistencia.

1. El espacio público ha muerto

Es usual en la literatura de estudios urbanos, observando la realidad de segregación, ghettos y espacios enclávicos, hablar en forma nostálgica de un decaimiento e incluso de la desaparición del espacio público. Autores como Caldeira (2000), Davis (1990) o Sennett (1977 y 1990) contrastan la ciudad actual con un pasado mítico, ubicado en algún momento de la era moderna, en el cual las características propias del espacio público –multiplicidad de usos y encuentro social– no sólo se desarrollaban, sino además estaban en constante expansión. Este discurso es propio de los urbanistas post-modernos, los cuales idealizan conservadoramente el espacio público de la modernidad y cuestionan los recintos propiamente post-modernos, calificándolos de "pseudo" o "post" públicos. Usando este discurso, Davis (1990) argumenta: "La consecuencia universal e ineluctable de esta cruzada por hacer la ciudad segura es la destrucción del espacio público accesible (...) Para reducir el contacto con los indeseables, las políticas de reconstrucción urbana han convertido las alguna vez vitales calles peatonales en alcantarillas de tráfico, y transformado los parques en receptáculos temporarios para quienes no tienen casa".

Richard Sennett (1977) comenta que la atomización de la ciudad, de la cual los enclaves fragmentarios como los malls, las comunidades enrejadas o las burbujas turísticas son una expresión, "han puesto fin en la práctica a un componente esencial del espacio público: es la superposición de funciones en un mismo territorio lo que crea complejidad en la experiencia vivida en ese espacio". Esta superposición de funciones, expresada por ejemplo en los múltiples usos de una calle (Jacobs, 1992), sólo puede ser causada por la interacción de gente con diferentes propósitos, tratando de moldear el espacio y sus usos. Estas interacciones son las que los nuevos enclaves pseudo-públicos tratan de contener y controlar.

En ese sentido, los enclaves fortificados están "cambiando el paisaje de la ciudad, sus pautas de segregación espacial, el carácter del espacio público, y la interacción pública entre sectores sociales diversos" (Caldeira, 2000). Así, las restricciones, la sospecha y el miedo estarían, cada vez más, marcando las interacciones sociales. Sennett (1990) argumenta que en el nuevo paisaje urbano "hay un miedo constante a la exposición, pues todas las diferencias son potencialmente tan explosivas como las existentes entre un traficante de drogas y una persona común. Hay una neutralización: si algo me perturba o me toca, sólo debo seguir caminando y dejar de sentir. Aun más, sufro de abundancia, el prometido remedio de la Ilustración. Mis sentidos están cargados de imágenes, pero la diferencia valórica entre una imagen y otra se hace tan mutable como mi propio movimiento".

Esta frase nos lleva a discutir una segunda característica del espacio público que según estos autores ha desaparecido: la autenticidad. Desde un punto de vista teórico, Baudrillard (1983) señala que la realidad ha perdido su primacía. Hoy las simulaciones, las imágenes creadas del pasado, presente o futuro reemplazan la centralidad de lo real. Diferentes autores (Sorkin, 1992; Boyer, 1994 y 1996 y Gottdiener, 1997) han traducido este discurso al ámbito urbano, argumentando sobre una "eterialización de la geografía" (Soja, 2000).

Si el espacio público moderno significaba exposición, debate crítico, interacción entre clases y autenticidad, su existencia ha sido cuestionada por la nueva sociedad informacional y la ideología privatista que la acompaña: el habitar tradicional ha sido reemplazado por condominios y otras formas de comunidades enrejadas (McKenzie, 1994 y Judd, 1995) y el mercado ha sido completamente reemplazado por el mall, al menos en el imaginario colectivo.

En el caso de los espacios comerciales, mientras el mercado moderno satisfacía simultáneamente dos objetivos, el intercambio de bienes y el intercambio de ideas y experiencias sociales, el mall, fiel a su naturaleza privada, sólo se orienta hacia la adquisición de utilidades a través de efectivos mecanismos de control social, los que tienden a aumentar el deseo de consumir (Judd, 1996).

Malls y otros espacios pseudo-públicos aparecen no sólo como un inocente cambio en el paisaje urbano, sino además como un factor importante en la transformación de nuestras interacciones sociales y la tradición liberal moderna sobre cómo interpretar dicha interacción. Si la democracia liberal requiere el reconocimiento del otro como sujeto, entonces la exclusión y la sobrerregulación se convierten además en una amenaza política.

Así, Boggs (2000) sostiene que la privatización del espacio público y el decaimiento de la esfera de libertad existente entre el Estado y los privados conllevan una privatización de la esfera política, la que introduce nuevas reglas del juego para los actores públicos, no adecuadas plenamente a las instituciones democráticas. McKenzie (1994), por su parte, adapta este argumento teórico a la situación de los condominios enrejados y señala que en estos recintos, las normas de convivencia democrática como la libertad de expresión y asociación son restringidas por convenios privados entre desarrolladores y propietarios, los que en muchos casos los propietarios no están en condiciones de discutir.

2. ¿Existió alguna vez el espacio público?

En su excelente libro City Builders (1994), Susan Fainstein hace una crítica importante a la recién discutida noción post-moderna de espacio público como espacio de construcción de ciudadanía, que estaría siendo desplazado por espacios privatizados pseudo-públicos en los cuales la diversidad y la libertad se pierden.

De acuerdo con Fainstein, los urbanistas post-modernos basan su argumento sobre la declinación del espacio público en dos supuestos que no justifican convincentemente: (1) que la ciudad alguna vez aceptó la diversidad y el intercambio social más de lo que lo hace ahora, y (2) que la "ciudad deseable" sería más auténtica que la que se está creando actualmente. En su análisis de Londres y Nueva York ella se hace cargo de ambos supuestos.

Con relación al primer supuesto, Fainstein argumenta que la idea de un pasado mítico es desmentida por varias verdades históricas: (a) en Londres y Nueva York la gente considerada inaceptable por la sociedad en su conjunto era mantenida fuera de los sectores de la ciudad donde se congregaban las clases pudientes, y (b) en Nueva York la exclusión de la gente de color de espacios comerciales y el mercado habitacional era un hecho de la vida, y ni siquiera ilegal, hasta mediados de siglo. En efecto, si renunciamos a adoptar una perspectiva extremadamente negativa de la presente situación del espacio público, basada en el prejuicio político o un programa ideológico, el pasado aparece en toda su contradicción y no como una utopía incuestionada.

La utopía burguesa (Fishman, 1987), construida mayoritariamente en los suburbios, era extremadamente excluyente hacia los sectores más pobres de la sociedad. Si bien es posible argumentar que a mediados del siglo XX había un grado mayor de resistencia política, acompañada de una apropiación radical del espacio (protestas, marchas, etc.), no existía un espacio público absolutamente abierto o libre. Aun más, si el concepto de resistencia es modificado a fin de incluir un espectro más amplio de luchas o prácticas (racial, de género, ecológica, etc.), la ciudad y su espacio público aparecen hoy aun más diversos y abiertos que en el pasado. Hoy la ciudad es más tolerante con las minorías raciales y sexuales que hace cincuenta años, haciendo de la idea de un pasado mítico un inconcebible histórico.

Con relación a la segunda premisa de los post-modernos, Fainstein (1994) sostiene que ella posee un ideal ideológicamente cargado de lo que es "auténtico", quizá producto de una reminiscencia marxista que identifica lo real o auténtico con la producción: la fábrica y la habitación de los trabajadores. Así, de acuerdo con Fainstein, la evaluación de lo auténtico dependería en buena medida del gusto del observador, por lo que la convicción de que un barrio obrero es más auténtico que un McDonald’s es una reflexión normativa sin conexión alguna con la realidad social.

3. Integración y poder: Dos caras del espacio público burgués

Las dos posiciones previamente descritas representan, de una forma u otra, un debate mucho más amplio sobre lo que el espacio público realmente es. Esta discusión tiene un componente discursivo y filosófico, pero a la vez se expresa en los trabajos e ideas de diversos planificadores y arquitectos. Ellos ¾y los gobiernos que los han contratado¾ han tenido diversas motivaciones para construir espacios públicos, las que no siempre se relacionan con el fomento de la sociabilidad y el encuentro social, sino más bien con la expresión del poder en la sociedad. Esta dicotomía puede ser descrita utilizando los escritos y relatos históricos de Jürgen Habermas y Michel Foucault.

Curiosamente, la posición hegemónica en estudios urbanos, expresados por post-modernistas o post-estructuralistas como Soja (2000), Davis (1990), o Caldeira (2000), los que conciben el espacio público como un lugar de debate y encuentro social, puede fácilmente ligarse al trabajo de Habermas, un defensor de la modernidad y su legado; mientras, la crítica escéptica hecha por Fainstein es tributaria del pensamiento de Foucault, el padre del post-estructuralismo filosófico.

3.1. Espacio público como una promesa no cumplida de la modernidad A pesar de que Habermas nunca discute el concepto de espacio público o su desarrollo, su análisis histórico de la aparición de la esfera pública es útil para desarrollar el concepto de espacio público como lugar de formación de ciudadanía.

De acuerdo a Habermas (1991), la esfera pública aparece definitivamente alrededor del siglo XVII y puede concebirse como "la esfera de los privados juntándose como un público. Ellos pronto reclamaron la esfera pública regulada desde arriba contra las autoridades públicas mismas, para incluirlos en un debate sobre las reglas generales que gobiernan las relaciones en la básicamente privada pero públicamente relevante esfera del intercambio de mercancías y el trabajo societal. El medio de esta particular confrontación era peculiar y sin precedente histórico: el uso por parte de la gente de su racionalidad".

Esta visión enfatiza la idea de un espacio (metafórico) de libertad, el cual existe entre el Estado y los asuntos privados, y que constituye el punto de partida para un debate crítico-racional que presenta una pretensión para el ejercicio legítimo del poder. Este debate público, para no ser una simple simulación, requiere el uso de la racionalidad humana y el encuentro y diálogo de diversos grupos sociales.

Esta necesaria libertad se relaciona con los cambios sociales que la sociedad estaba viviendo: la transformación del orden feudal, con la aparición del capitalismo comercial y financiero temprano.

En la sociedad renacentista la idea de una esfera pública estaba incompleta. La burguesía estaba aún integrada a la estructura tradicional de poder y acomodaba sus demandas a las condiciones políticas de la sociedad. La aparición de la esfera pública requería el cuestionamiento burgués a la forma de gobierno. Una vez que este desafío se presenta, aparecen nuevas instituciones (y también espacios), que se convierten en centros de poder democrático y ciudadanía: conferencias, espectáculos públicos, salones y prensa escrita.

Todas estas instituciones ¾y el debate racional que generan¾ son, de acuerdo a Habermas, precondiciones necesarias para un régimen democrático. Sin embargo, hasta nuestros días la constitución de una esfera pública realmente libre de las arbitrariedades del poder constituye una promesa incumplida de la modernidad. En su Teoría de la acción comunicativa (1984), Habermas señala que la esfera pública ha sido de alguna forma colonizada por la racionalidad instrumental característica de los sistemas de intercambio de dinero y poder. El ideal histórico que está al centro del concepto de esfera pública es a la vez una utopía, pues nunca ha existido en la historia humana, y una parte fundamental de lo que es propiamente humano.

Esta promesa habermasiana de encuentros libres y diálogo racional entre diversos grupos sociales ha sido llevada al plano de la discusión espacial por muchos autores, y transformada en el pilar de la conceptualización urbanística post-moderna del espacio público. Sin embargo, para estos autores, y contrariamente a la visión de Habermas, el encuentro social y la yuxtaposición de usos en el espacio público no es una promesa no cumplida, sino la característica básica de la vida urbana moderna. Caldeira (2000), por ejemplo, señala: "La experiencia de la vida moderna incluye la primacía de la apertura de las calles, libre circulación, el encuentro impersonal y anónimo entre peatones, el espontáneo disfrute y congregación en las plazas, y la presencia de gente de diferentes orígenes sociales mirándose, observando las vitrinas, comprando, sentándose en cafés, uniéndose a manifestaciones políticas, apropiándose de las calles para sus festivales y demostraciones, y usando los espacios especialmente diseñados para la entretención de las masas".

El espacio público aparece materialmente entonces como un espacio propio de la era moderna, el cual se abre a diferentes motivaciones públicas y cuyo uso es discutido por visiones y propósitos igualmente legítimos. Pero al mismo tiempo es un espacio experimentado como tal por la ciudadanía, y por ende el comportamiento y acciones de los ciudadanos en dicho espacio tienden a reflejar apertura y libertad.

Pero aparte de glorificar la apertura del espacio público moderno, los autores post-modernos tienden en su discurso a adoptar una posición crítica frente a la sociedad burguesa y el capitalismo, por lo que describen el espacio público como un sitio de resistencia frente a la burguesía y el orden económico social que ella impulsa.

En este sentido, existe un reconocimiento respecto a que la segregación y la desigualdad siempre han existido en la ciudad, pero en la mítica modernidad, como afirma Caldeira, "las a veces violentas apropiaciones de los espacios públicos por diferentes grupos excluidos ¾siendo el más obvio ejemplo las barricadas construidas durante las rebeliones obreras¾ también constituían la esfera pública y contribuían a su expansión" (Caldeira, 2000).

Así, Caldeira termina argumentando, al menos implícitamente, que el espacio público fue creado por la burguesía en su lucha contra el orden anterior, pero éste se convierte, hasta cierto punto, en un arma utilizada por los excluidos para transformar el orden social burgués. Esta explicación parece tributaria de la concepción marxista sobre el rol del proletariado en la transformación de la sociedad, y del ideal habermasiano de rescatar la modernidad de la racionalidad instrumental, usando sus armas, la razón y en cierta forma la esfera pública. En este sentido, la lucha por la expansión del espacio público y por la democracia urbana es al mismo tiempo, para autores post-modernos y post-estructuralistas, una lucha por la transformación de la sociedad capitalista (Castells, 1977 y Harvey, 1973). Por el contrario, la acción social de los grupos privilegiados ha tendido a oponerse a la expansión de la esfera y el espacio público, como queda demostrado en las violentas represiones a las apropiaciones del espacio urbano por obreros organizados, y las luchas sociales por la extensión de los derechos civiles y políticos en los siglos XIX y XX.

La visión nostálgica del pasado es el producto de una evaluación político ideológica de la realidad: el conflicto social no se mueve en la dirección de favorecer a los excluidos, lo que lleva a la comparación con otros tiempos en los que las clases oprimidas se acercaban ineluctablemente hacia situaciones de poder social.

3.2. El espacio público como expresión de relaciones de poder Para los autores post-modernos, la diferencia central entre el espacio público moderno y los enclaves pseudo-públicos es que mientras el primero busca generar encuentro, diálogo y ciudadanía, los segundos buscan expresar y expandir el diferencial en las relaciones de poder entre distintos grupos sociales.

Sin embargo, al hacer la distinción público/pseudo-público, estos autores niegan una de las principales características del espacio público, que históricamente precede a la racionalidad habermasiana; tal es la conceptualización de este espacio como el lugar donde el poder se expresa y ejercita, la idea de que "una relación de poder sostiene la existencia del equipamiento colectivo y su funcionamiento" (Fourquet y Murard, 1976).

Respecto de las primeras ciudades, Soja (2000) señala que ellas eran diseñadas para "anunciar, ceremonializar, administrar, aculturar, disciplinar y controlar". De una forma foucaltiana, argumenta: "La ciudad continúa siendo organizada a través de dos procesos interactivos: vigilancia y adherencia; mirando desde y hacia el panóptico ojo del poder. Estar urbanizado significa ser un adherente, un creyente en una cultura e ideología colectiva enraizada en las extensiones de la polis".

Como Foucault señala, "aún no ha sido escrita una historia completa sobre los espacios, la cual será al mismo tiempo la historia de los poderes" (Foucault, 1980). Desde el foro romano, pasando por la plaza medieval ¾en la cual la realeza hacía públicos sus edictos y castigaba criminales¾ hasta el mall, la lógica es la misma: todos los espacios están sujetos al poder del príncipe (real o metafórico), y esos poderes sólo existen en público, lo cual niega la distinción post-moderna entre espacios públicos y pseudo-públicos.

A pesar de que, tal como se acaba de mencionar, el espacio siempre ha reflejado las relaciones de poder, su función específica ha cambiado. Existe una distinción entre espacios públicos pre-modernos y modernos, la cual está conectada con la distinción que hace Foucault entre poder negativo y poder disciplinario. Foucault defiende la idea de que el ejercicio del poder es, en última instancia, la motivación de la acción humana, y por ende su ejercicio no está confinado al Estado, sino que permea a todas las demás instituciones sociales: escuela, familia, etc. "En cualquier sociedad hay relaciones manifiestas de poder que permean, caracterizan y constituyen el cuerpo social, y esas relaciones de poder no pueden ser establecidas, consolidadas ni implementadas sin la producción, acumulación y funcionamiento de un discurso" (Foucault, 1980).

Lo que se transformó con la llegada de la modernidad no es la naturaleza humana y su vocación de poder, sino las características del discurso de este poder. En términos espaciales, y hablando sobre arquitectura, Foucault hace la siguiente distinción: "La arquitectura comienza a finales del siglo dieciocho a involucrarse en problemas de población, salud y la cuestión urbana. Previamente, el arte de construir correspondía a hacer manifiesto el poder temporal o divino. El palacio, la iglesia y el fuerte eran las grandes formas arquitectónicas. La arquitectura manifestaba el poder, el soberano, Dios. Su desarrollo había estado centrado en esos requerimientos. Entonces, a fines del siglo XVIII aparecen nuevos problemas: se convierte en una cuestión de usar el espacio para fines económico-políticos" (Foucault, 1980).

Mientras que con anterioridad a la era moderna los espacios públicos estaban destinados a expresar el poder del soberano, en el mundo moderno se orientan hacia prácticas disciplinarias, a obtener una completa docilidad del cuerpo. Los espacios públicos pasaron de ser el lugar del castigo real a un espacio de vigilancia.

En su Vigilar y Castigar, Foucault ejemplifica el cambio de poder negativo a poder disciplinario en la transformación del sistema penal: en tiempos pre-modernos, la ejecución pública (consumada en un espacio público) tenía una "función jurídico-política. Era un ceremonial mediante el cual un soberano momentáneamente herido se reconstituía. Restauraba su soberanía manifestándose en su forma más espectacular" (Foucault, 1977). Por el contrario, la modernidad requiere disciplinar al cuerpo; entonces, la ejecución pública y la tortura fueron eliminadas y reemplazadas por una industria carcelaria en la cual el "interno" era observado y finalmente transformado.

Este objetivo disciplinario requiere una nueva organización del espacio, "organizar un espacio analítico" (Foucault, 1977). Es necesario "eliminar los efectos de las distribuciones imprecisas, la desaparición de los individuos de forma incontrolada, su circulación difusa, su inservible y peligrosa coagulación. Es una táctica de anti-deserción, anti-vagabundaje y anti-concentración. Su finalidad es establecer presencia y ausencia, saber dónde y cómo localizar a los individuos, generar comunicación, interrumpir otras comunicaciones, ser capaz en cada momento de vigilar la conducta de todos los individuos, evaluar, juzgar para calcular sus cualidades o méritos" (Foucault, 1977). A veces requiere encierro, "la especificación de un espacio heterogéneo para el resto y cerrado sobre sí mismo" (Foucault, 1977).

La expresión más perfecta de este espacio disciplinario es para Foucault el panóptico, el cual "haría posible para una sola mirada ver todo constantemente. Un punto central sería al tiempo la fuente de luz que ilumina todo, y un espacio de convergencia de todo lo que debe ser sabido" (Foucault, 1977).

A primera vista parece difícil identificar el panóptico con el espacio público moderno. Parques públicos, amplios y abiertos bulevares y mercados parecen precisamente ser puntos de concentración y anti-disciplina. Pero si damos fe a la descripción que Engels (1969) hace de Manchester, el resultado de los cambios ocurridos en la ciudad industrial moderna no lleva a la mezcla social y el diálogo, sino que produce que "la separación entre clases y consecuentemente la ignorancia de los hábitos de los otros es más grande que en cualquier otro lugar de Inglaterra".

Así, el ejercicio del poder estaba al centro de toda la reconstrucción moderna de las ciudades: de la reforma decimonónica de las ciudades europeas (Barcelona, París, Viena), el hermoseamiento de la ciudad estadounidense de comienzos del siglo XX, o las ideas de reconstrucción de Roma, Berlín o Moscú durante los regímenes totalitarios de los años ‘30 y ‘40.

En París, la reforma dirigida por Eugene-Georges Haussmann "drásticamente alteró la geografía social de la ciudad. Los pobres, que no recibieron ninguna de las bendiciones que Haussmann prometió a la burguesía, hallaron sus barrios demolidos y fueron obligados por el gobierno a mudarse a las afueras de la ciudad" (Fishman, 1987). Estos resultados no fueron casuales para los sectores populares; existió una política deliberada cuya finalidad era mantener el orden público y debilitar los movimientos revolucionarios entre las clases populares. Tal como señala Cerdá (1996), el arquitecto de la reforma de Barcelona, "hay un imperativo en las ciudades modernas, uno que nunca se puede dejar de considerar, el cual es la defensa interior y el orden público, primera garantía de las naciones civilizadas. Esto hizo necesario para el emperador Napoleón abrir avenidas anchas, destruyendo el confuso laberinto del antiguo París".

La misma reflexión guió a Cerdá en la reforma de su propia ciudad. Señala: "Las calles no son sólo vías de circulación, son medios estratégicos, las cuales deben siempre ser tan largas y derechas como sea posible". Como "hoy es imposible destruir todo elemento perturbador, es fundamental para el gobierno poseer todos los medios para contener en sus orígenes todo intento de insurrección" (1996). Por esto Cerdá propone un modelo de calles abiertas conectadas a plazas, tal como se ve en la América hispana, en la cual "las luchas de barricada, tan frecuentes en nuestras laberínticas calles, son completamente desconocidas".

Los proyectos de reforma urbana llevados a cabo en la ciudad imperial del siglo XIX eran guiados desde el Estado, y su objetivo central nada tenía que ver con la construcción de ciudadanía o el diálogo social. El Emperador Francisco José I lo señala claramente en un edicto de 1857: "Es mi voluntad que se debe empezar lo antes posible el ensanche de la ciudad de Viena, para asegurar las conexiones con los suburbios y considerando el orden, regulación y embellecimiento de mi ciudad residencial y capital de mi imperio" (Braunfels, 1983).

Asimismo, los proyectos de embellecimiento y saneamiento de los sectores marginales en los EE.UU de comienzos del siglo XX parecen en principio más democráticos y menos guiados por los intereses del Estado que la reforma europea. Sin embargo, a pesar que los proyectos de inversión se materializaron sin aporte estatal, la mantención de ciertas relaciones de poder estaba en el centro de los proyectos. En este sentido, hablando de la reforma de Chicago llevada a cabo por Burham, un importante banquero y propietario de tierras de la ciudad señalaba: "La misión del urbanista es eliminar los lugares donde la enfermedad, la pobreza moral, la infelicidad y el socialismo crecen" (Hall, 1988).

Estas ideas reformistas implicaban la construcción de una ciudad segura para la clase media, ideal que fue mantenido incluso en los días gloriosos del espacio público, en las décadas del sesenta y setenta. Incluso Jane Jacobs (1961), una importante defensora de los espacios públicos, argumenta a favor del control y la vigilancia en dichos espacios para que ellos puedan ser apropiadamente disfrutados (¿por las clases medias y acomodadas?). Señala: "La seguridad en las calles, por vigilancia y mutuo control, suena mal en teoría; en la vida real no es un mal". Así, termina argumentando que la vigilancia es central para mantener la apertura y el uso público de las calles, y señalando que "el requisito básico para que esa vigilancia exista es una cantidad sustantiva de tiendas y otros espacios públicos a lo largo de las veredas de un distrito".

Finalmente, un análisis de la modernidad urbana no puede dejar de lado la referencia a los regímenes totalitarios de los años ‘30 y ‘40. En principio estos regímenes criticaban la vida urbana haciendo una apología de la vida simple del campesino (en especial la Alemania nazi). Sin embargo, en la práctica se preocupaban sobremanera por el desarrollo urbano, el cual, al igual que la ciudad imperial del siglo XIX, debía reflejar la grandeza del Estado. En este sentido, Mussolini señalaba: "Mis ideas están claras, mis órdenes precisas. En cinco años Roma debe ser vista bella por el mundo –grande, ordenada, poderosa–, como en los tiempos de Augusto (...) Crearán espacios que rodeen al teatro de Marcelo, la colina del Capitolio y el Panteón. Todo lo que ha crecido en estos siglos de decaimiento debe desaparecer" (Hall, 1988).

4. Anti-disciplina y hegemonía

"Una sociedad está compuesta de ciertas prácticas dominantes, las que organizan instituciones normativas; y otras prácticas que se mantienen menores, siempre allí pero no organizando discursos, preservando los comienzos o los remanentes de diferentes hipótesis (institucionales, científicas) para esa sociedad u otras" (De Certeau, 1984).

En las secciones previas han sido presentadas dos visiones contrapuestas del espacio público. Por un lado, los urbanistas post-modernos señalan que en los gloriosos tiempos de la modernidad urbana el espacio público era disputado en su uso y destinado a la formación de ciudadanía; y por otro, Foucault sostiene que el espacio (público o privado) es siempre disciplinario y expresión de relaciones de poder social. En esta sección, usando los escritos de Antonio Gramsci (1971) y especialmente de Michel De Certeau (1984), propondré una salida alternativa al problema del espacio social.

De Certeau señala que la posibilidad de disputar el espacio público es atemporal y sin limitaciones geográficas. El espacio (público o no público) es siempre discutido en su uso, y por ende nunca puede ser completamente apropiado por los poderes o discursos dominantes. La dominación se presenta así como hegemónica, en sentido gramsciano, nunca como absoluta (Gramsci, 1971).

El discurso de De Certeau (1984) es paralelo al de Foucault. Junto a él sostiene que el espacio es siempre expresión de relaciones de poder y de dominación por parte de los discursos dominantes, pero ¾cuestionando las conclusiones de este último¾ sostiene que cualquier espacio, sus usos y condiciones son discutidos por los discursos subordinados, lo han sido en el pasado y lo serán en el futuro.

En su Práctica de la vida cotidiana (1984), De Certeau expresa la misma preocupación de Foucault con las formas microscópicas que organizan a la sociedad, pero mientras la reflexión de Foucault se centra en la microfísica del poder (Foucault, 1977 y 1980), De Certeau se centra en la microfísica de la resistencia, la cual está presente en todo contexto social y por ende en todo espacio.

De Certeau argumenta: "Si es cierto que la malla disciplinaria se hace en todas partes más clara y extensa, es entonces más urgente descubrir cómo la sociedad en su conjunto resiste, qué procedimientos populares (también minúsculos y cotidianos) manipulan los mecanismos de la disciplina para ajustarse a ellos y al mismo tiempo evadirlos, y finalmente qué formas de operar utiliza la contraparte, los consumidores (¿los dominados?) en el silencioso procedimiento de configurar un orden socio económico. Estas formas de operar constituyen las innumerables prácticas a través de las cuales los usuarios se re-apropian del espacio organizado por las técnicas de producción sociocultural (...) Estos procedimientos y usos de los consumidores componen la red de una anti-disciplina, la que es el tema central de este libro".

En el argumento de De Certeau está implícita la existencia de una distinción entre dos grupos sociales: productores y consumidores o usuarios, dicotomía similar a la planteada por Bourdieu (1984) y que es tributaria de la idea marxista de la lucha de clases como motor del desarrollo histórico (y en este caso, también geográfico) Esta dicotomía viola una de las premisas centrales del discurso de Foucault, precisamente la negación de este tipo de distinciones. El poder viene de todas partes, argumentaría Foucault.

Ahora bien, las prácticas de resistencia no operan construyendo sistemas o estructuras alternativas de poder, o ignorando las reglas sociales imperantes, sino a través de una apropiación crítica y selectiva de las prácticas disciplinarias, transformando su sentido original y alterando su carácter represivo (De Certeau, 1984).

En términos espaciales, esta argumentación se traduce en una constatación del poder de los ciudadanos (¿dominados?) en cualquier situación social y estructural para transformar críticamente los usos y significados del espacio propuestos por los productores. Esta re-apropiación sería un continuo histórico y geográfico: en la modernidad se puede expresar en la protesta callejera ¾tal como por ejemplo la describe Caldeira (2000)¾, y en la post modernidad, en la constante apropiación de un enclave pseudo-público como es el mall por parte de grupos de adolescentes, o en la lucha entre mendigos y fuerzas de seguridad en las burbujas turísticas. A pesar de que se puede concordar con los urbanistas post-modernos que las condiciones de control y opresión en los tiempos actuales son mayores, al menos en estos enclaves pseudo-públicos, la resistencia y la discusión de los espacios siguen existiendo, eso sí, adaptadas a las nuevas circunstancias.

Las prácticas disciplinarias pueden no sólo ser evitadas alterando sus significados, sino además, y de forma más radical, abandonando los espacios represivos pseudo-públicos. Así, para el caso de los turistas, Judd (2003) sostiene que en algunos contextos, como el centro de Detroit o Atlantic City, puede ser difícil escapar los enclaves disciplinarios pseudo-públicos. Pero el escape es fácil y muchas veces promovido en la mayoría de las ciudades, las que buscan entregar al visitante una experiencia particular sólo obtenible al experimentar la urbe en su conjunto, tal como lo hacen en sus promociones la mayoría de las ciudades europeas.

Incluso un libro que glorifica la concepción del espacio urbano promovida por los urbanistas post-modernos ¾excluyente y fragmentado¾, como lo es el de Graham y Marvin (2001), Splintering urbanism: Networked, Infrastructure, Technological Mobilities and the Urban Condition, debe admitir, casi al concluir el libro, la existencia y trans-temporalidad de la resistencia.

"La vida de las grandes ciudades no puede ser simplemente programada como un computador por poderosas fuerzas socio-económicas o intereses políticos, incluso dentro de contextos capitalistas extremos y desiguales. La vida urbana es más diversa, variada e impredecible que lo que las distopias urbanas basadas en la situación de EE.UU. sugieren".

El argumento de De Certeau (1984) constata la existencia de prácticas alternativas, pero ciertamente les pone límite, así como también a la diversidad de usos que puede adoptar el espacio. La resistencia no está al nivel de las prácticas dominantes; aun más, ella está condicionada por éstas. Las distintas apropiaciones del espacio no deben entenderse en términos de una competencia entre dos proyectos alternativos, sino como el resultado de interacciones sociales que ocurren en el espacio vivido y que pueden dar lugar a diversos significados y propósitos.

Así, Gramsci (1971) sostiene que los sectores dominantes ejercen una hegemonía social sobre la vida y acciones de las personas, la que se traduce en un consentimiento espontáneo de las masas hacia la dirección de la vida social impuesta sobre ellos. Estas prácticas hegemónicas imponen ciertas regulaciones a la vida cotidiana de todos los miembros de la sociedad, mientras las prácticas dominadas o subalternas trabajan acomodándose, reemplazando significados, negociando ¾y en algunos casos¾, a través de una resistencia activa (a veces violenta) frente al orden espacial impuesto.

La hegemonía, en términos espaciales, significa entonces la naturalización de una dominación material a través de la imposición de ciertas percepciones (espacio percibido o imaginado) o representaciones de cómo el espacio debe ser apropiado, usado y vivido.

Tal como Foucault argumenta que los mecanismos del poder han cambiado históricamente, se puede sostener que las características de las prácticas dominantes y políticas de regulación espacial también cambian, dependiendo de los efectos internos de la distribución espacial y las condiciones sociales externas dadas por la correlación de fuerzas y las necesidades de los distintos programas e intereses. Entonces, la idea del espacio público integrador corresponde a un estado del desarrollo capitalista, tal como los enclaves pseudo-públicos y la ciudad fragmentada corresponder a otra fase. En términos espaciales, el cambio en las prácticas de dominación implica además la alteración de las prácticas de resistencia, lo que cambia la naturaleza de lo que muchas veces acríticamente llamamos espacio público.

5. Hacia una reconceptualización del espacio público

Para rediscutir el concepto de espacio público se requiere un análisis histórico y material. Como argumentaría Foucault (1977 y 1980), se necesita una arqueología del espacio público.

Una buena aproximación hacia la discusión sobre el espacio público, bajo el marco poder/resistencia al poder, consiste en hacer uso de la distinción propuesta por Soja (1996) entre los espacios percibidos, concebidos y vividos. Soja, construyendo sobre la argumentación de Lefebvre (1991), afirma que los procesos de producción del espacio son la expresión combinada de tres aspectos interrelacionados:

a) Espacio percibido (primer espacio): "Un conjunto de prácticas materiales que trabajan articuladamente para producir y reproducir las formas concretas de la vida urbana". Se refiere esencialmente a lo que es "real", a las "cosas en el espacio".

b) Espacio concebido (segundo espacio): Puede ser definido como los "pensamientos sobre el espacio", y se refiere a una representación del espacio imaginaria, reflexiva y simbólica.

c) Espacio vivido (tercer espacio): Incorpora los dos aspectos anteriores, pero abre las posibilidades para una mayor complejidad en el análisis. "El espacio, señala Soja, es simultáneamente real e imaginado, actual y virtual, lugar de estructuras individuales y de experiencia y acción colectivas".

Antes de la era moderna, el espacio percibido y el concebido trabajaban en conjunto para crear un espacio público cuya función central era expresar el poder del soberano, la Iglesia o el Estado. Incluso en la Grecia clásica, el lugar de nacimiento de la democracia, la Acrópolis era un enclave fortificado en el cual la elite dominante (ciudadanos atenienses) tomaba decisiones e imponía su poder sobre el resto de la población. El diálogo socrático, al tiempo que discursivamente democrático, era el privilegio de una minoría, y el espacio público estaba fundamentalmente orientado a proteger el derecho de esa minoría a gobernar. Usando la terminología de Foucault, podemos señalar que con anterioridad a la modernidad no se requería de discursos disciplinarios sobre el espacio público, dado que el poder del soberano y el uso que éste hiciera del espacio público no era disputado, al menos en el plano de las ideas.

El espacio público estaba destinado a expresar y ejercer el poder sobre grandes poblaciones, las cuales no cuestionaban este derecho, por lo que su comportamiento y acciones en dichos espacios se basaban en un profundo respeto –si no miedo– por el soberano, ya sea físico o metafórico.

Pero en la modernidad la clase revolucionaria, la burguesía, inició un cuestionamiento al poder del soberano, presionando por ser parte de las decisiones políticas que afectaban a la nación. Una manifestación de dicha presión fue la ocupación de los espacios públicos para comerciar, discutir o protestar, y la creación de una esfera de libertad entre el Estado y lo privado, la esfera pública, tal como es descrito por Habermas (1991). Este es el momento en que un discurso sobre el espacio público se hace necesario, cuando –de acuerdo con Foucault (1980)– la arquitectura se hace cargo de la seguridad, la salud y otras preocupaciones sociales; no para alterar las relaciones de poder, sino para mantenerlas.

A comienzos de la modernidad, con una burguesía no hegemónica, el discurso provino del soberano, con grandes reformas de la ciudad, la construcción de parques, caminos, avenidas, etc. Este es el periodo de los reyes ilustrados, los que entendieron la necesidad de construir instituciones sociales que les permitieran aumentar su base de apoyo al interior de las burguesías nacionales. El discurso comenzó a describir el espacio público como un espacio no controlado, o al menos mínimamente controlado, lo que hizo más visible la apropiación del espacio por los ciudadanos. El espacio público vivido se hizo entonces más democrático.

Una vez que la burguesía ganó control político y económico sobre la sociedad, ese discurso de un espacio público como lugar de construcción de ciudadanía se hizo hegemónico. El espacio público se convirtió entonces en el lugar para manifestar opiniones sin temor a la represión, el lugar donde la voluntad pública proclamada por Rousseau se manifestaba; todo ello a pesar de que al mismo tiempo, este espacio consideraba la seguridad, el control y el mantenimiento del orden público como requisito de viabilidad. Todo dependía de quién fuera el usuario del espacio y la forma en que éste se adscribía a los significados y propósitos propuestos por la burguesía dominante.

Sin embargo, años más tarde, la burguesía presenció la aparición de una nueva clase que amenazaba su hegemonía: el proletariado industrial. Para mantener dicha hegemonía, la burguesía, junto con la represión optó por la negociación (explícita o implícita) con la nueva clase y sus representantes (sindicatos o partidos populares), ampliando la esfera pública y abriendo los espacios públicos a los trabajadores. Con todo, el uso del espacio por los oprimidos no estuvo exento de conflicto, y muchas veces el discurso de la apertura fue abandonado y reemplazado por la represión directa.

Ahora bien, el acuerdo entre la elite dominante y los obreros industriales no incluía a otros segmentos de marginados, como brillantemente lo analiza Fainstein (1994). Minorías étnicas o sexuales y los segmentos más desposeídos de la población fueron excluidos del espacio público moderno, abierto y democrático. Estos grupos, que experimentaban el espacio público moderno sólo como lugares de ejercicio de poder, comenzaron prácticas espaciales de resistencia. Los pobres y marginales se apropiaron de los parques, los afro-americanos iniciaron revueltas callejeras, y las minorías sexuales comenzaron a crear sus propios enclaves para evitar la discriminación.

Una vez que el poder político y económico de los trabajadores industriales decae debido a las transformaciones tecnológicas y los cambios en la economía capitalista (Castells, 1996), el discurso y las características del espacio público también se modifican. La burguesía necesita menos de la legitimidad democrática dada por los trabajadores industriales para mantener el sistema en funcionamiento, por lo cual el acuerdo sobre el uso del espacio fue alterado.

Los grupos dominantes están siendo capaces, hoy en día, de excluir al resto de los actores sociales del uso de ciertos espacios, a través de la creación de enclaves en los que el discurso del espacio público como lugar de encuentro social y construcción de ciudadanía se mantiene, pero se restringe sólo a ciertos segmentos de la sociedad. Este es en parte el discurso de los espacios pseudo-públicos, de las nuevas comunidades enrejadas creadas por los neo-urbanistas como Andrés Duany, el de la industria del mall y el de los empresarios de la entretención. El espacio pseudo-público es entonces abierto pero seguro, atento a la comunidad pero comercial, libre y espontáneo pero al mismo tiempo controlado y producido. El espacio público post-moderno es un lugar de expresión y ejercicio del poder, pero es experimentado como tal sólo por los oprimidos; para el resto, tal como en la modernidad, es el espacio de construcción ciudadana y diálogo social.

Curiosamente, como la nueva economía funciona apelando a la distinción (Bourdieu, 1984) y a la creación de identidad a través del consumo, ciertos grupos excluidos del acuerdo entre burguesía y trabajadores industriales tienen hoy en día más oportunidades de incorporarse al espacio público social (Fainstein, 1994). Entonces, no es hoy extraño presenciar apropiaciones del espacio por las minorías raciales o sexuales, las cuales ¾se puede argumentar¾ se encuentran menos excluidas que hace cincuenta años. Esta apropiación es sólo aceptada, sin embargo, si los usuarios se atienen y respetan los límites planteados por el espacio post-moderno y el nuevo acuerdo sobre el uso social del espacio: comercialización, control y vigilancia.

6. Conclusiones

Definir el espacio público es ciertamente una tarea de enorme complejidad. Ella no está exenta de la intromisión de los programas políticos y razonamientos ideológicos del investigador. Sin embargo, estos proyectos personales o colectivos no pueden llevarnos a descripciones erradas o basadas en supuestos históricos falsos.

En este sentido, los hipercríticos urbanistas post-modernos, como una forma de cuestionar la ciudad y la individualista vida contemporánea, caen en la idealización conservadora y la mitificación del pasado. Renunciando a sus premisas teóricas de corte materialista, los urbanistas post-modernos acogen el idealismo habermasiano convirtiendo al espacio público de la modernidad en un ideal normativo ¾sin falencias¾ que debe ser adoptado acríticamente en cualquier circunstancia histórica. Así, el espacio público burgués se convierte no sólo en un espacio de construcción de ciudadanía, sino además en una herramienta imprescindible para derrotar el orden capitalista.

Por otra parte, esta corriente de pensamiento descarta como inauténticas y excluyentes todas las formas urbanas propiamente post-modernas (pseudo-públicas), como lo son los mall o las comunidades enrejadas, sin siquiera intentar explicarse su surgimiento ni proponer alternativas para transformar su funcionamiento o características. Así, el urbanismo post-moderno abandona la historicidad como criterio de análisis, convirtiéndose en una corriente estática que trabaja con categorías universales o trans-históricas, que sólo tienen realidad en la mente del investigador.

Así, mis desencuentros con el urbanismo post-moderno no están, en general, al nivel de su proyecto político, sino en los sacrificios teóricos y simplificaciones en el análisis que hace para reafirmarlo.

Pero este trabajo no sólo se proponía constatar las deficiencias en el análisis del urbanismo post- moderno. Además, buscaba entregar criterios orientadores que permitan a los académicos construir una definición de espacio público con la que sea posible entender los nuevos enclaves pseudo-públicos al tiempo que generar una crítica a su función y al modo de habitar que ellos proponen. Es este sentido aparecen como centrales al menos los siguientes puntos:

6.1. Una recuperación crítica de Foucault Desde mi perspectiva, el análisis del espacio público, ya sea moderno o post-moderno, debe incorporar el estudio del poder social y las formas como éste se expresa y ejerce, como categoría central de investigación. En este sentido, la matriz analítica de Foucault aparece especialmente relevante. Foucault nos propone un análisis material del espacio, es decir, conectado con las condiciones sociales en las que el poder es ejercido. Su distinción entre poder negativo y disciplinario es fundamental para la comprensión de las transformaciones espaciales de la modernidad.

Sin embargo, el uso que hagamos de Foucault ha de ser selectivo. Para él, los hombres estamos constituidos en relaciones de poder de las cuales no tenemos posibilidad de escapar. Su preocupación central, como ya lo señalé, es la microfísica del poder, dejando de lado el problema de la resistencia. Así, una apropiación dogmática de Foucault nos llevaría, al igual que el urbanismo post-moderno, a un análisis espacial basado en universales trans-históricos que no pueden ser alterados. El espacio es el lugar donde el poder sería ejercido, independiente de la voluntad de los hombres, y su transformación sólo se relacionaría con alteraciones en las necesidades sociales de éste.

6.2. La comprensión de la dialéctica hegemonía - resistencia El vacío que nos deja Foucault es llenado por autores como Gramsci o De Certeau, los que nos proponen entender la creación del espacio social como una dialéctica de conflicto constante entre fuerzas hegemónicas y discursos alternativos de resistencia. La hegemonía social naturaliza los usos espaciales propuestos por los grupos dominantes, generando conductas o modos de habitar inconscientes, al tiempo que las prácticas de resistencia proponen nuevos sentidos y usos para el espacio. Sin embargo, debe quedar en claro que las prácticas de resistencia no se encuentran al nivel de las prácticas socio-espaciales hegemónicas. Mientras el inconsciente espacial se hace equivalente a lo hegemónico, las prácticas de resistencia se dan en los márgenes, alterando los sentidos y usos espaciales pero sin constituir discursos totalizantes que nos propongan un conjunto de prácticas completamente diferente, basado en premisas y valores diferentes a los hegemónicos. 6.3. La valorización de la historicidad de los fenómenos sociales y de la construcción del espacio Finalmente, quiero dejar en claro la importancia de la historicidad. Muchos urbanistas post-modernos como Soja (1996 y 2000) han propuesto entregar más importancia a la espacialidad en desmedro de la temporalidad en el análisis social. Lo que yo planteo, por el contrario, es valorizar lo espacial sin renegar del análisis histórico.

Es así como para entender los espacios pseudo-públicos de la post-modernidad se requiere analizar con una perspectiva histórica los procesos socio-espaciales que les dieron origen, no sólo en su dimensión estética o urbanística, sino también con relación a la función social que ellos cumplen.

7. Referencias bibliográficas

Baudrillard, J. (1983). Simulations. New York: Semiotext.         [ Links ]

Boggs, C. (2000). The End of Politics. New York: The Guilford Press.         [ Links ]

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A social critique of the judgment of taste. Cambridge: Harvard University Press.         [ Links ]

Boyer, Ch. (1994). The city of collective memory. Cambridge: MIT Press.         [ Links ]

_____________(1996). Cybercities: Visual perception in the Age of Electronic Communication. New York: Princeton Architectural Press.         [ Links ]

Braunfels, W. (1983). Urbanismo Occidental. Madrid: Alianza Editorial.         [ Links ]

Caldeira, T. (2000). City of walls: Crime, segregation and citizenship in Sao Paulo. Berkeley: University of California Press.         [ Links ]

Castells, M. (1977). The Urban Question. London: Edward Arnold.         [ Links ]

_____________ (1996). The Information Age: Economy, Society and Culture (Vol I). Cambridge: Blackwell.         [ Links ]

Cerdá, I. (1996). Las cinco bases de la teoría general de la urbanización. Madrid: Electa [1859].         [ Links ]

Davis, M. (1990). City of Quartz: Excavating the future of Los Angeles. New York: Verso.         [ Links ]

De Certeau, M. (1984). The practice of everyday life. Berkeley: University of California Press.         [ Links ]

Engels, F. (1969). The condition of the working class in England: from personal observation and authentic sources. New York: Granada Publishers [1844].         [ Links ]

Fainstein, S. (1994). The city builders. Cambridge: Blackwell.         [ Links ]

Fishman, R. (1987). Bourgeios Utopias: The rise and fall of suburbia. New York: Basic Books.         [ Links ]

Foucault, M. (1977). Discipline and Punish: The birth of the prison. New York: Vintage Books.         [ Links ]

______________ (1980). Power Knowledge: Selected interviews and Writings 1972–1977. New York: Pantheon Books.         [ Links ]

Fourquet, F. y L. Murard (1976). Los equipamientos del Poder. Ciudades, territorios y equipamientos colectivos. Barcelona: Gustavo Gili Editores.         [ Links ]

Gottdiener, M. (1997). The theming of America: Dreams, visions, and commercial spaces. Boulder: Westview.         [ Links ]

Graham, S. y S. Marvin (2001). Splintering urbanism: Networked, Infrastructure, Technological Mobilities and the Urban Condition. New York: Routledge.         [ Links ]

Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. New York: International Publishers.         [ Links ]

Habermas, J. (1984). Theory of Communicative Action. Boston: Beacon Press.         [ Links ]

___________(1991). The Structural Transformation of the Public Sphere: An Inquiry into a category of Bourgeois Society. Cambridge: The MIT Press.         [ Links ]

Hall, P. (1988). Cities of tomorrow. Malden: Blackwell.         [ Links ]

Harvey, D. (1973). Social Justice and the City. Baltimore: John Hopkins University Press.         [ Links ]

___________(1990). The condition of postmodernity. Cambridge: Blackwell.         [ Links ]

Jacobs, J. (1992). The Death and Life of Great American Cities. New York: Vintage Books [1961].         [ Links ]

Judd, D. (1995). "The rise of the new walled cities", Ligget, H. y D. Perry (eds.), Spatial Practices. Thousand Oaks: Sage: 144-166.         [ Links ]

___________ (1996). "Enclosure, Community and Public Life". Research in Community Sociology 6: 217- 236.         [ Links ]

___________ (2003) "Visitors and the spatial ecology of the city". Hoffman, L.; Fainstein, S. y D. Judd, Cities and visitors: Regulating tourists, markets and city space. Cambridge: Blackwell (por publicarse).         [ Links ]

Lefebvre, H. (1991). The production of Space. Oxford: Blackwell.         [ Links ]

McKenzie, E. (1994). Privatopia: Homeowners associations and the rise of the private government. New Haven: Yale University Press.         [ Links ]

Sennett, R. (1977). The Fall of the Public Man. New York: WW Northon & Company.         [ Links ]

___________(1990). The conscience of the eye: The design and social life of cities. New York: WW Northon & Company.         [ Links ]

Soja, E. (1996). Thirdspace: Journeys to Los Angeles and other real and imagined places. Malden: Blackwell.         [ Links ]

___________ (2000). Postmetropolis: Critical studies of cities and regions. Malden: Blackwell.         [ Links ]

Sorkin, M. (1992). Variations on a theme park: The new American city and the end of public space. New York: Farrar, Straus and Giroux.         [ Links ]

1Sociólogo. PhD (c) University of Illinois, Chicago. Profesor de la Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile. rsalcedo@minsegpres.cl