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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  n.39 Valdivia sep. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132004003900016 

 

Estudios Filológicos, Nº 39, septiembre 2004, pp. 253-265

 

Lo lárico y la recuperación de la historia *

Laric and the recovery of history

 

Ana Traverso

Universidad Austral de Chile, Instituto de Lingüística y Literatura, Casilla 567, Valdivia, Chile. E-mail: anatraverso@uach.cl
* Este trabajo es parte del resultado de una investigación doctoral que contó con el apoyo de CONICYT.


 

El artículo problematiza el sentido de las categorías de lo lárico, el mito, la historia y utopía en las propuestas metatextuales de Jorge Teillier, considerando algunos artículos y ensayos del autor, poemas y una lectura de "Retrato de mi padre, militante comunista".

Palabras clave: poesía chilena actual, Jorge Teillier, lárico, mito, historia, utopía.

 

In this paper we discuss the meaning of the "laric" categories, the myth, the history and the utopia of Jorge Teillier's metatextual proposals, taking into account some of the author's writings and essays, poems and a reading of "A Portrait of my Father, a Communist Member".

Keywords: present chilean poetry, Jorge Teillier, laric, myth, history, utopia.


 

INTRODUCCIÓN

Una de las preocupaciones de Jorge Teillier durante los años 60 y 70 fue la responsabilidad social del escritor. A pesar de que provenía de una familia de comunistas, manifestó su distancia respecto de una literatura políticamente comprometida. Se identificó con el movimiento de la izquierda y apoyó el gobierno de la Unidad Popular. En 1970 tuvo a su cargo una columna semanal del diario Puro Chile, donde a propósito de comentarios literarios o idiosincrásicos ­los temas preferidos de su página­, instaba a votar por Salvador Allende, "el gobernante del pueblo". Este compromiso con la izquierda no le impidió sostener que la función de la poesía no era ni calmar el hambre de la población ni denunciar los males de la sociedad (1968-1969)1.

Muchos marxistas ortodoxos interpretaron su posición como evasiva, decadente, alienada, escéptica y conservadora (Loyola 1964; Atías 1967). Era difícil de aceptar un proyecto que, en lugar de sumarse a las iniciativas postuladas por el "realismo socialista", buscara en la poesía una vuelta al origen, a los mitos, al paraíso perdido: "Yo confío en un mundo mejor, mi poesía está apuntando hacia el paraíso perdido, hacia el retorno de la edad de oro, que no es sólo un mito enajenante, sino una realidad que el hombre puede alcanzar, pienso, dentro de sí primero (la toma de conciencia) y luego proyectada hacia los demás, hacia toda la sociedad" (Martínez 1966). Lo cual, si nos atenemos a la etimología, es la base de toda posición revolucionaria, entendiendo "revolución" como vuelta: vuelta al paraíso perdido.

En "Los poetas de los lares" (1965) había esbozado algunas de estas ideas, respondiendo a las críticas de aquellos que atacaban su posición ideológica. Proponía la aparición de una nueva corriente o sensibilidad poética, que rechazaba aspectos centrales de la modernidad y del capitalismo, y que buscaba recogerse en una forma de vida simple y comunitaria. La búsqueda de momentos "láricos", Teillier la comparaba con la repetición cíclica de los ritos que celebran los mitos de origen: el de la edad de oro o del paraíso perdido.

A partir de este momento, la "edad de oro", el "paraíso perdido" o el "mundo lárico" se han entendido como la "utopía" propuesta por Teillier, y desentrañar su sentido ha venido a ser la clave para comprender su poesía y su pensamiento ideológico. Por lo general, los estudios más importantes y detenidos respecto de esta obra se centran precisamente en el análisis de estos conceptos (Giordano, Binns, Schopf, Jones, Rodríguez, etc.) y proponen el "mundo lárico" como un ideal inalcanzable.

Coincido en la importancia que tienen estas proposiciones para entender tanto la poesía de Teillier como su postura ideológica (y con "postura ideológica" no estoy pensando en la posición política del autor, sino en las creencias que estructuran la visión del mundo, presentes en sus textos poéticos). Sin embargo, no comparto una lectura muy frecuente que propone el "mundo lárico" y la "edad de oro" situados en un lugar y en un tiempo históricos, por lo general, en la infancia del poeta. Creo necesario distinguir previamente la diferencia entre "mito" e "historia", que se implica del uso alegórico del "paraíso perdido" y, por tanto, de la postura que hay en la poesía de Teillier respecto de un cambio social.

Cuando Teillier habla del "paraíso perdido" no está pensando en el regreso al pasado comunitario de sus ancestros, ni en la reconstitución de un "tiempo verdadero" (o mítico) de la realidad histórica (Binns 2001: 37-39), ni en el advenimiento de la "utopía socialista". Creo que se trata de una metáfora que da cuenta de una actividad poética basada en la memoria testimonial que busca mantener a los miembros de su comunidad en relación con su pasado histórico y su tradición cultural. La poesía se homologa al mito en su movimiento ritual y cíclico en busca del pasado arquetípico. En estos orígenes sagrados brilla la ilusión de un momento pleno ­de armonía y comunidad entre el hombre y la naturaleza­, que debe inspirar la conducta de los hombres sobre la tierra: "(...) una realidad que el hombre puede alcanzar, pienso, dentro de sí primero (la toma de conciencia) y luego proyectada hacia los demás, hacia toda la sociedad" (Martínez 1966).

En el presente trabajo hago una lectura del poema "Retrato de mi padre, militante comunista" (Muertes y Maravillas 1971), porque creo ver una dualidad que se advierte en gran parte de los textos de Teillier: por una parte, la valoración de aquellas propuestas que aspiran a una igualdad social y a una forma de vida generosa y comunitaria, y, por otra, la mirada realista que observa estas proposiciones teóricas como "utópicas" y, por tanto, imposibles de realizarse o resistir a la modernidad. Existe el deseo de buscar alternativas al capitalismo ­no es casual que Teillier se haya convertido para muchos de sus lectores en un ícono antineoliberal­; incluso, plantea que es una obligación moral alejarse de sus ofrecimientos, pero asimismo sabe que la alternativa no es el "paraíso terrenal" socialista ­postulados "hermosos" pero ilusos­, sino, más modestamente, la afirmación de un modo de vida sencillo, humano y generoso.

Previamente a la lectura del poema, haré una revisión de su postura estética y una interpretación de la discutida noción de "poesía lárica", ya que, en el deseo de regresar poéticamente al pasado, creo ver contenidos muchos de los problemas que nos interesan: ¿se trata de una evasión, una idealización de lo que fue, "mitificación" o de una afirmación de la historia?, ¿a qué se llama "Edad de Oro"?, ¿la humanidad retrocede en términos valóricos?

Este trabajo es resultado de una larga investigación acerca de la poesía de Teillier, que incluye el estudio crítico de su poesía en el ámbito periodístico y académico a partir de 1956; también toma en cuenta el desarrollo y las transformaciones que hay en esta obra; y, además, trae como consecuencia la recopilación de los textos críticos y ensayísticos del autor, bajo el nombre de Prosas. Desde el análisis de su recepción ­tanto la crítica como los mismos ensayos de Teillier en respuesta a esa crítica­, entendemos esta poesía en su contexto cultural, social y político. La elección de la crítica citada, de los poemas y los ensayos de Teillier, obedecen, naturalmente, a la pertinencia que tienen con el problema aquí expuesto; aunque, por cierto, existen muchos otros textos poéticos y ensayísticos de Teillier ­así como una larga lista de críticas sobre este autor y entrevistas que aquí no se mencionan­, que apuntan también en la misma dirección y que por un asunto de extensión son excluidos.

Ciertamente es difícil creer que las propuestas de un autor, cuya obra la atraviesan grandes cambios, sobre todo a partir de Para un pueblo fantasma (1978) ­donde se incorpora el tema urbano y se van haciendo frecuentes recursos como la intertextualidad, el lenguaje coloquial, el humor negro y las referencias personales (Binns 1997; Sánchez 1997; O'Hara 1997, por ejemplo)­, puedan ser reducidas a un poema publicado en 1971. Pero creo que si bien comienza a ser dominante el escepticismo y la impotencia ante la escritura en su poesía última ­y se apoya en artículos como "A manera de prólogo" (1993), donde expone su dificultad para escribir­, se mantiene su crítica a la modernidad, por ejemplo, en la búsqueda de bares y edificios tradicionales que resisten a las multitiendas2. Pese o a causa de su pesimismo, Teillier mantiene una postura crítica respecto del capitalismo, que se observa, por ejemplo, en esta excelente entrevista que le hace Francisco Véjar poco antes de su muerte:

No es que añore ningún mundo antiguo, pero si la gente vive mejor materialmente ahora, yo creo que espiritualmente hay una sequedad de alma en el mercantilismo y en el consumismo. El feroz individualismo nos va a llevar a un mundo feliz pero que es tan desdichado como el mundo de la utopía socialista, que no ha fracasado a mi juicio. Socialismo significa solidaridad y eso lo tiene tanto la iglesia como el socialismo. No así el capitalismo que busca el individualismo, pero no el individualismo del hombre aislado, que se busca a sí mismo, sino el que aspira a atropellar a los demás (1996).

MITO E HISTORIA EN LA POESÍA DE TEILLIER

Me parece que una de las grandes dificultades en precisar el contenido del "mundo lárico" proviene de la lectura referencial que se ha hecho de este concepto. Por ejemplo, en muchas ocasiones3 Teillier habla de volver al origen, y asocia esta vuelta al pueblo natal y a la infancia. Pero, este regreso va más allá de lo personal, es un reencuentro con la comunidad, con el sentimiento de pertenencia: "De ahí también la nostalgia de los "poetas de los lares", su búsqueda del reencuentro con una edad de oro, que no se debe confundir sólo con la de la infancia, sino con la del paraíso perdido que alguna vez estuvo sobre la tierra" (1965a). Y aunque la gran mayoría de los críticos entiende que este origen es arquetípico en la medida en que rebasa la experiencia personal y pretende ser una lectura generalizable de la experiencia humana, terminan asociándolo a circunstancias biográficas.

Después de la publicación de "Los poetas de los lares" (1965a) y "Sobre el mundo donde verdaderamente habito" (1968-1969) ­sin duda, los dos ensayos más expresamente metatextuales­, muchas de las lecturas que se han hecho de su poesía dependen teóricamente de las ideas que expresó en ellos4, particularmente de la noción de "poesía lárica" y del uso que le dio al mito de la "edad de oro" o "paraíso perdido" como forma de explicar su regreso poético al pasado. El esfuerzo que implica identificar este supuesto "mundo lárico" o "edad de oro" en su poesía ha obligado a buscar explicaciones a lo que parecen contradicciones y paradojas, como, por ejemplo, aspirar al "paraíso perdido" para afirmar el futuro.

Para la mayor parte de los críticos, la representación de esa "edad de oro" o "paraíso perdido" teillieriano corresponde a la infancia del poeta en una aldea prototípica de La Frontera; otras versiones se remontan un poco más atrás en la historia, postulando el tiempo de la colonización de la zona o, incluso, previamente a esto, cuando aún no se producía el encuentro entre las tres culturas:

Mirada con frialdad, la edad de oro creada por Teillier (como todos los mitos, tal vez) es difícilmente sostenible: la intención mitificadora choca con la evidente temporalidad del espacio que el poeta procura intemporalizar. De todos modos, la ubicación del "tiempo verdadero" fluctúa de poema en poema: a veces hay una vuelta a la sociedad mapuche anterior a la pacificación de la "Araucanía"; otras veces, a la época heroica de la colonización de la Frontera, a finales del siglo XIX y al comienzo del XX; hay textos que intentan recuperar la convivencia idílica de los primeros pueblos de la Frontera, mientras que en otros la comunidad se vuelve más genérica y utópica; en algunos, se refiere a la infancia del propio hablante, y en otros a una infancia impersonal, más bien universalizada. En cada forma de manifestarse, sin embargo, la edad de oro termina esfumándose, burlando los esfuerzos recuperadores del poeta lárico, y dejando evidente la imposibilidad de su búsqueda y la futilidad de sus anhelos (Binns 2000: 39).

Como lo advierte el propio Binns, es una empresa difícil, incluso paradójica querer ponerle fecha al mito. ¿Habrá sido la intención del poeta idealizar la historia? Es al menos lo que piensa Federico Schopf, quien afirma que la "violencia sobre la que históricamente fue fundado el mundo de la Frontera no aparece en la poesía de Teillier. No creo que se trate de un descuido ­él mismo era un estudioso de la historia­ sino más bien de una condición necesaria para el ensueño de una comunidad en que están conciliadas la naturaleza y la cultura, el pasado y el presente" (1996).

Muchos de los críticos que relacionan el "lugar de origen" con el "pueblo y la comarca" (Schopf 1996) terminan vinculando esta poesía con los supuestos de la lírica pastoril (Jones 1980-1981) o con el romanticismo (Giordano 1966; Schopf 1996, 2003; Binns 2003), en tanto existe una idealización del tiempo anterior a la modernidad. Esto obliga necesariamente a entender la "poesía lárica" como fracasada (Schopf 1996, 2003) o "trágica" (Binns 2003), ya que si se quiere representar la historia de la Frontera como un espacio bucólico ­al convertir los acontecimientos reales en el mito de la edad de oro­ el resultado es evidentemente disparatado.

EL MITO DE LA EDAD DE ORO

Si bien en el mito de la edad de oro existe una vuelta a un origen idealizado, no me parece que deba entenderse como la reivindicación del pasado, ya que el momento pleno e idílico es anterior a cualquier tiempo histórico y, muy por el contrario, el mito se encarga de contar la progresiva decadencia de las edades después de la Creación (Eliade 2003); idea, por lo demás, inversa a la confianza moderna, que postula la superación de la humanidad en el tiempo cronológico5. En este sentido, el mito clásico exhibe una visión pesimista y desconfiada respecto de toda historia (presente y pasada), exceptuando los orígenes sagrados. Insisto en que estos orígenes no deben entenderse como un momento concreto en la línea temporal: sea el de la fundación de los pueblos de la Frontera, el pasado de nuestros ancestros mapuches o el de la infancia en la aldea natal.

Creo que el mito de la edad de oro podría entenderse como el regreso que realiza el poeta a los orígenes sagrados de su cultura. A través de este mito no se idealiza la historia, sino al movimiento de recuperarla ­a través de la memoria y la escritura­ movimiento cíclico que permite darle sentido al pasado y al presente. "El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores" (1968-1969), entendiendo la poesía como una forma más ­junto con el mito y lo sagrado­ de mirar la historia y la experiencia personal desde una óptica más iluminadora que tome en cuenta los mitos centrales de nuestra cultura. "Mitificar", entonces, no debe entenderse como sinónimo de "idealizar", sino como una búsqueda genealógica en la tradición.

Cuando Teillier dice que el poeta es un "médium", un cronista, un testigo, busca subrayar el sentido del "poeta-historiador", quien no está interesado en "narrar" su historia personal sino la de su comunidad. Relacionado con esto, Teillier escribió ­a propósito del proceso de creación de Crónica del forastero­ lo siguiente: "Y surgía, no mi historia (pues la visión se convirtió en narración), no mi historia, repito (pues detesto la literatura), sino algo que quiere ser arquetípico de una generación y el mito de la Frontera surgido por el enlace de sangre, fuego y trabajo de tres razas y de tres mundos distintos. Cronista o memorista de una historia y de una tierra" (1968c).

Siendo parte del mundo que describe, este "cronista" a menudo no se siente cómodo ni con las costumbres ni con los valores de ese tiempo. Precisamente por estos motivos el hablante de "Historia de un hijo pródigo" abandona su hogar:

No nos hallábamos aquí.
No nos hallábamos en ninguna parte.
El cuerpo de toda mujer era al fin una casa deshabitada.
Las palabras de los amigos
eran las mismas de los enemigos.
Nuestro rostro era el rostro de un desconocido.

Algo similar sucede en "Los conjuros", donde el poeta, después de describir la presencia de la magia en la víspera de la Noche de San Juan, termina cerciorándose de un doble duelo: el que sucede a la fiesta religiosa y el que le ocurre a él mismo cuando constata su falta de fe:

Ya no reconozco mi casa.
En ella caen luces de estrellas en ruinas
como puñados de tierra en una fosa.
Mi amiga vela frente a un espejo:
espera la llegada del desconocido
anunciado por las sombras más largas del año.

Al alba, anidan lechuzas en las higueras de luto.
En los rescoldos amanecen huellas de manos de brujos.
Despierto teniendo en mis manos hierbas y tierra
de un lugar en donde nunca estuve.

Ese lugar "en donde nunca estuvo" es el de la creencia y la fe. Mientras su entorno se empapa de las supersticiones de la región, el poeta "no reconoce su casa" pues, como en un espectáculo pirotécnico, se derrumba sobre ella el cielo de la magia.

No hay entonces idealización de un tiempo histórico anterior. Ello es perceptible en "Twilight", donde el hablante, a partir del encuentro del viejo tílburi, evoca el tiempo en que los abuelos se instalaron en el sur del país. En el recuerdo aparecen las enormes dificultades que tuvieron que vencer los fundadores de los primeros pueblos de la zona. Desde una óptica realista y desilusionada, Teillier interpreta y evalúa los costos y el fracaso de este esfuerzo fundacional. Los hombres mueren, las comunidades se transforman, y todo caería en el olvido si no fuera por el cronista, cuya misión es rescatar del olvido estos gigantescos esfuerzos del hombre.

Existe un sentido testimonial en la necesidad de volver al pasado, y en este regreso el hablante se encuentra con un tiempo de injusticias sociales y desigualdades, como en cualquier otro momento de la historia. Por ejemplo, en "Muerte y resurrección", se describe el sacrificio de un niño por parte de unas machis. El fin de este sacrificio es ayudar a calmar a aquellas fuerzas de la naturaleza que produjeron el terremoto de 1960 en Puerto Saavedra. La resurrección es doble: mítica e histórica. Por una parte, se regresa al tiempo de origen en que se da comienzo al pueblo mapuche, como resultado de la lucha entre Treng Treng y Kay Kay. Para bajar las aguas se sacrifica a un niño, al igual como se hizo en los tiempos de la Creación. Asimismo, se regresa al tiempo histórico en que se fundó la ciudad de Puerto Saavedra: la reconstrucción de la ciudad después del terremoto repite los actos de sus fundadores a comienzos del siglo XX. Esa vuelta en el tiempo histórico reitera las injusticias que caracteriza a la explotación de clases:

El pueblo nace de nuevo
de manos de los rústicos que fueron amenazados de fusilamiento
si reclamaban el pan que les pertenecía;
nace de nuevo de manos de aquellos
a quienes los poderosos condenan a pudrirse
como los jergones de paja en las cárceles.
Y la primavera que recorre las playas abandonadas
serena como una muchacha de otro tiempo
hace callar al oleaje
y escucha los lejanos cánticos de resurrección.

¿Cómo hay que entender, entonces, que el poeta espere la llegada de "tiempos mejores" y que afirme con seguridad: "Yo confío en un mundo mejor" cuando cada vez que se vuelve al pasado histórico descubre la inevitabilidad de la injusticia? ¿Hay una incompatibilidad entre esa visión del pasado y esa esperanza en un futuro mejor?

En el poema "Retrato de mi padre, militante comunista" encontramos dos perspectivas respecto de un "mundo mejor": hay la "esperanza hermosa" pero irreal de la justicia terrena (la visión del padre), y la comprobación real de poder disfrutar de la existencia (posición del hijo). Aunque opuestas en apariencia, estas dos visiones de la realidad y del movimiento de la historia se complementan. En un cierto sentido se puede decir que la desilusionada perspectiva histórica del hijo tiene la virtud de recoger la afirmación de la vida que hay en la visión del padre: se puede creer en la vida a pesar de que se sabe que todo esfuerzo tiende finalmente a la decadencia y a la muerte. En base a los mitos de nuestra cultura ­la edad de oro y el paraíso perdido­ construimos realidades posibles en nuestra cotidianidad: una pequeña tierra con "gansos y hortalizas" para compartir con los amigos y la familia.

 

0000Retrato de mi padre, militante comunista
   
1 En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas,
va mi padre en su Dodge 30
5 por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.
   
 

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,

10 para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.
   
 

Desde hace treinta años
grita "Viva la Reforma Agraria"

15 o canta "La Internacional"
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
20 maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.
   
 

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución

25 sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo ­su héroe de infancia­
luchaba por Perla White.
   
  Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
30 a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafertte
35 (a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).
   
 

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos

40 que ha destinado a sus nietos.
   
  Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.
   
  Que sus días lleguen a ser tranquilos
45 como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
   
 

de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

50

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
55 en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

 

Normalmente, en la poesía de Teillier, "los antepasados y los parientes aparecen (...) no en su condición de mero parentesco, sino elevados a la categoría de figuras míticas, transfigurados en ángeles guardianes" (1965a). En otras palabras, las escasas menciones a los padres, más que dar cuenta de una presencia concreta, estable y segura, implican la configuración de seres abstractos y arquetípicos que representan el deseo de protección del niño, también arquetípico. En este sentido, lo de "ángeles guardianes" no debe entenderse literalmente, sino en la función genealógica que conecta al niño con el pasado de sus raíces.

Muy excepcionalmente aparece representado el ámbito familiar del poeta textualizado, donde en lugar de "el padre" abstracto y arquetípico, tenemos al padre del hablante, cuyas marcas centrales son el ateísmo y la militancia política6.

(Por supuesto, prescindimos de los vínculos que pudieran existir entre la figura de este padre textual y el biográfico). Y la excepción es precisamente este "Retrato de mi padre, militante comunista", en que ­como su título lo anticipa­ se lo representa en el ámbito público, político e ideológico que lo tipifica como un "buen comunista": canta "La internacional", apoya la Reforma Agraria e instruye a los mapuches acerca de sus derechos de tierra. Incluso, el ser honrado, sencillo, generoso y leal son atributos que en el poema se asocian directamente a su comunismo. Sin embargo, estas cualidades aparecen sutilmente cuestionadas por el hablante, en tanto serían manifestaciones de ingenuidad y anacronismo, al mismo tiempo que ironiza cariñosa y compasivamente su valentía y lealtad al compararlo con un profeta o un héroe de las películas norteamericanas.

En cuanto a la primera comparación, se critica irónicamente la visión utópica del padre al mostrar sus discursos libertarios como paráfrasis de las proféticas palabras de Jesús (vs. 10-12). Detrás de la admiración que siente el hijo por la generosidad y abnegación del padre, aparece la ingenuidad con que pretende solucionar el problema de la propiedad privada: teniendo fe en los milagros. El candor con que asume la injusta realidad de los trabajadores se refuerza al compararlo, esta vez, con Eddie Polo, héroe de las primeras películas mudas hollywoodenses. Vemos cómo la ideología del padre descansa en la seguridad de que las acciones de los "súper héroes" ­cowboys que no esperan ninguna recompensa (v. 25)­ conduzcan a un "final feliz" (o "happy ending") y triunfen el Bien y la Justicia.

En la mirada del hijo conviven la admiración y la compasión. Envidia su disposición para creer en cosas bonitas ­en "ciruelos florecidos para siempre / a orillas de un camino" (vs. 29-30)­ y para mantener vivo al niño que gozaba con las aventuras de los héroes de las historietas. Asimismo, no puede sino advertir que tras esta ingenuidad y transparencia se hace visible su "anacronismo", su visión ilusa e irreal y el estancamiento del dirigente que lleva 30 años cantando, y pese a ello no logra aumentar el número de sus seguidores: "apenas un puñado" (v. 21) de campesinos, obreros, maestros primarios y estudiantes. El hablante implícitamente da cuenta del fracaso de las acciones de este hombre que "grita" por la Reforma Agraria (sin alcanzarla), canta un himno de partidarios que no consiguen imponer sus ideas y la defensa a favor de la Revolución y del Partido es una ficción extraída de un cine extemporáneo.

Como hemos visto, las cuatro primeras estrofas del poema son la descripción o prosopografía a cargo del hablante-hijo. Lo que sigue es la exposición de sus deseos respecto de la vida futura de su padre. El hablante, como un padre, imagina qué es lo que sería más beneficioso para éste y cómo debiera vivir para ser feliz, que no es otra cosa que la "vida campesina" que hasta el momento ha llevado. Pues aunque dice expresamente que pide "que llegue a vivir en el tiempo / que siempre ha esperado" (vs. 31-32)7 ­y el lector piensa inmediatamente en el triunfo de la revolución y el advenimiento de la dictadura del proletariado­ sólo imagina un cambio en la nominación de las calles con apellidos de figuras centrales del PC chileno, a quienes llama "héroes" y que en el contexto se contagia de elementos de 'fracaso', 'estancamiento' e 'imposibilidad'. El comentario entre paréntesis que expresa el descontento filial con el actual Partido ­antes "al Partido sólo entraban los héroes"­ introduce una mirada crítica que debilita el supuesto deseo de verlo viviendo en el tiempo que ha esperado.

Pero el hijo, al mismo tiempo que observa críticamente la situación actual del Partido Comunista, sus miembros y, por tanto, su lucha, afirma la vida del padre en sus bienintencionadas acciones políticas y, sobre todo, en las actividades rurales que realiza. El deseo del hijo es, precisamente, que la vida de campo que ha llevado el padre permanezca inalterable y que, por cierto, es la inversión de los sueños de éste. Los días del militante activo se transforman en una apacible "laguna cuando no hay viento" (v. 45); no canta "La Internacional" sino la Marsellesa ­el himno que adoptó la izquierda chilena, pero también la del triunfo de la burguesía francesa sobre el poder monárquico­; si apoyaba la Reforma Agraria, en el deseo del hijo es un campesino propietario de patos, gallinas y manzanos "que ha destinado a sus nietos" (vs. 39-40); y prefiere verlo riéndose con sus amigos (vs. 46-47) que rodeado de trabajadores. Todos estos cambios en la conducta del padre afirman la tranquilidad de la 'vida de la aldea' por sobre la revolución social.

El paralelismo entre la primera y la última estrofa hace visible la diferencia de hábitat del padre y el hijo. El hablante compara el "sol convaleciente", que ve asomarse en la "ciudad contaminada" en que vive, con el sol de invierno que debe iluminar el paisaje de la Frontera donde está el padre, ese "sol equivocado [que] busca a tientas / los aromos de primaveras perdidas". Es la nostalgia lo que mueve al hablante a evocar con tanto cariño la figura y vida del padre: la distancia física y anímica. Así, desde una ciudad contaminada, enferma y real, se rescata la pureza y hermosura de la vida del campo, y en esa nitidez e inocencia reluce también la equivocación del padre. En la personificación del "sol de invierno" como "equivocado" y que busca "a tientas", resalta el error, tal como los "aromos de primaveras perdidas" y como el padre, quien, ciego y equivocado, busca algo imposible.

En resumen, "Retrato de mi padre, militante comunista" describe las actividades de un campesino del sur de Chile que, con un desarrollado sentido social, dedica su vida a defender los derechos de los trabajadores e inculcarles optimismo respecto de un cambio social. El hijo admira el compromiso, la dedicación y la solidaridad del padre y se enternece no tanto por su perseverante optimismo, sino por sus utópicos anhelos respecto del futuro. La visión del padre ­desde la óptica del hijo­ es precisamente la de un socialista utópico agrario que habla "de la Revolución y el paraíso sobre la tierra" (v. 54), y las promesas que hace a sus seguidores corresponden a los sueños de un pequeño propietario con conciencia social que quisiera terminar con las injusticias socioeconómicas de las cuales son objeto los trabajadores del campo. En este sentido, su visión del mundo comienza y termina en el pequeño espacio de la aldea rural.

Pero es precisamente esta ingenuidad la que lo convierte, a los ojos del hijo, en un ser adorable que le despierta un profundo sentimiento "paternal". Así, cuando imagina verle realizados sus anhelos ­como forma de premiar su esfuerzo­, enfatiza la vida tranquila y provinciana que éste ha llevado, con sus pequeñas alegrías cotidianas: compartir las comidas y bebidas típicas del sur con los amigos, cuidar la tierra y los animales y mantener vivas las costumbres heredadas de los ancestros para, a su vez, transmitírselas a sus descendientes. Esa es la "utopía real" del hijo, quien ha abandonado esta forma de vida y la valora y recuerda nostálgicamente desde la "ciudad contaminada".

CONCLUSIÓN

Como vemos, la propuesta estética de Teillier es ética, social y política. En su crítica a la modernidad ­como buena parte de los poetas modernos­ rechaza las valoraciones de la sociedad capitalista y sus consecuencias (un consumismo que conlleva a una desigualdad social y a la pobreza espiritual) y propone excluirse en "comunidades" que, en su caso, afirman una forma de vida generosa y campesina. Cuando apoyó el gobierno de la Unidad Popular ­porque favorecía las necesidades de todos los trabajadores­ o cuando criticó a sus compañeros de generación por su elitismo y falta de compromiso con la cultura del país, aspiraba a un cambio social democrático que defendiera la igualdad de oportunidades (1966). Pensaba que mientras persistiera el capitalismo el poeta debía excluirse de las políticas culturales, pero también debía rechazar las del mundo socialista si en él se coartaba la libertad de expresión (1968b, 1970).

Teillier coincide con el hijo y el padre del poema en que el mundo tal como está hecho es injusto y esa injusticia no disminuye; por el contrario, las tierras de los mapuches "se achican día a día". Desde la óptica realista del hijo se hace difícil pensar en la llegada de un día en que la tierra sea "de verdad para todos" aunque sea ciertamente una "esperanza hermosa". Pero la "utopía" y el "sueño" que alimentan el pensamiento del padre no es sólo un ideal inalcanzable; es también esa imagen de "ciruelos florecidos para siempre", el "paraíso sobre la tierra" o el mito de la edad de oro que permite aspirar a un mundo mejor. Desde ese ideal se puede llevar una existencia plena de sentido, en armonía con la naturaleza y las tradiciones rurales ­para el caso del padre­, en una comunidad urbana que ofrecen los locales tradicionales, donde es posible estar vinculado al hombre del pueblo ­para el caso de Teillier. Esa parece ser la "comunidad lárica" que afirma Teillier: una existencia que se resiste a la alienación de la modernidad y que tiene ciertamente un sentido político en tanto se ofrece como una forma de vida real que puede imitarse. En este sentido, cuando leemos nuevamente las palabras de Teillier en su entrevista con Martínez, se aúnan la voz del padre y la del hijo: "Yo confío en un mundo mejor, mi poesía está apuntando hacia el paraíso perdido, hacia el retorno de la edad de oro, que no es sólo un mito enajenante, sino una realidad que el hombre puede alcanzar, pienso, dentro de sí primero (la toma de conciencia) y luego proyectada hacia los demás, hacia toda la sociedad".

NOTAS

1 En un artículo que publicó en Trilce el año 1968, "Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética" decía: "Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo, sentimentalmente, sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación, y mis primeros amigos poetas fueron los que en ese entonces seguían el ejemplo de Neruda y luchaban por la Paz y escribían poesía social o de "realismo socialista". Pero yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirme. Fácilmente podía ser entonces tratado de poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano (...) tiene derecho a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o de cemento. Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario" (1968-1969).

2 Recomiendo leer las crónicas publicadas en su columna "Confieso que he bebido" del diario El Mercurio, recopiladas en Prosas (1999).

3 En los artículos recién mencionados, en "Por un tiempo de arraigo" (1966), "La terrible infancia" (1965b) y en muchas reseñas de autores y obras preferidos por la innegable relación con su propia poesía.

4 Los ensayos más leídos son "Los poetas de los lares" (1965) y "Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética" (1968-1969), dos interesantes metatextos en donde se plantean sus principales ideas acerca de la poesía. Sin embargo, existe una gran cantidad de ensayos que complementan dichas ideas y que plantean otras igualmente importantes. Más de ciento setenta artículos, ensayos y reseñas compilados bajo el título de Prosas (1999), dan cuenta de su innegable interés por la labor crítica.

5 Teillier en varios ensayos expresó su profundo malestar hacia el progreso, el temor a la tecnología y la ciencia ­"que puede llevar finalmente al exterminio" (1965a)­, y propuso la poesía "como refugio contra el presente" (1965a) y al poeta como "el artesano [que] deberá conservar las cosas reales, en vías de extinción, frente a esta invasión de las irreales que nos son impuestas en serie". Una clara crítica a la cultura norteamericana y a la idea de progreso: "Progresamos. ¿Por qué no retroceder?", le gustaba decir citando a Rimbaud (1965a).

6 Las únicas menciones al padre del autor textual en toda la poesía de Jorge Teillier corresponden a los siguientes versos: el mencionado "Retrato de mi padre, militante comunista"; un poema largo titulado "Treinta años después" de Muertes y maravillas (1971), en que el padre le fomenta el gusto por el alcohol: "Mi padre me convida la espuma de su schop"; "Los años 40" de Para un pueblo fantasma (1978), en que le inculca el ateísmo: "Como mi padre creo no creer en Dios"; y en "Destierros" de El molino y la higuera (1993), donde se lo destaca como "padre comunista": "Mi padre sobre su infancia en Victoria y sigue cantando "La Internacional" bajo una bandera chilena / y piensa en la grandeza de Stalin, el vencedor de Hitler y los nazis".

7 Mediante el "pido" del v. 31, que en este contexto equivale a decir "rezo por", se entiende que el cumplimiento del deseo no depende de él y sitúa los sueños en el lugar que les corresponde: en la imaginación y en los votos.

OBRAS CITADAS

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