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Estudios filológicos

versión impresa ISSN 0071-1713

Estud. filol.  n.32 Valdivia  1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0071-17131997003200007 

 
Estudios Filológicos, N° 32, 1997, pp. 73-81

 

La espada rota o dividida: su función en el Amadís de Gaula

The broken or divided sword: its role in the Amadís de Gaula
 

Javier Roberto González


 

Estudiamos en el Amadís de Gaula la imagen recurrente de la espada rota o dividida. Puesto que la rotura o división en dos partes debe ser tenida por una norma estilística o un clisé formulístico dentro del Amadís, consideramos los dos únicos casos de una espada rota en tres partes como un desvío estilístico de importantes consecuencias en el plano semántico. Estudiamos después estos dos casos a la luz del simbolismo numérico tradicional y medieval y en sus relaciones con los contextos narrativos de cada episodio en que ocurran, y aportamos así nuevos elementos en apoyo de la tesis de un final feliz para el hasta hoy perdido Amadís primitivo.

 

The recurrent image of the broken or divided sword is studied in the Amadís de Gaula. Since the two-part breakage or division must be taken as a stylistic rule or a formulistic cliché within the Amadís, we consider the only two cases of a three-part broken sword as a stylistic deviation of important consequences at the semantic level. Later on, we study these two cases in the light of traditional and medieval number symbolism and in their relationships with narrative contexts of any episode in which they occur, and so we bring forward new elements in order to support the thesis of a happy end for the up to now primitive lost Ur-Amadís.


 

Vamos a ocuparnos de una imagen de cierta recurrencia en el Amadís de Gaula, la de la espada rota o dividida en partes, para inferir a partir de su análisis algunas consecuencias de índole estilística que, a su vez, nos permitan aportar ciertos indicios sobre el debatido problema del desenlace del hoy perdido Amadís primitivo. Para ello, y en homenaje tanto a la brevedad cuanto a los conocimientos del lector, omitiremos referirnos a los sin duda ya sabidos valores simbólicos de la espada y de las armas, en general y en el contexto de la caballería (Alfonso el Sabio, Código, II XXI iv 468ab; Biedermann, Diccionario, 176b-177b; Cirlot, Diccionario, 192-194; Chevalier, Diccionario, 471b-474a; Guénon, Símbolos, 149-170; Llull, Libro, 47-54), para tomar en cambio como punto de partida las más abarcativas categorías del simbolismo numérico.

Toda rotura implica una división, y ésta halla su expresión numérica arquetípica en el dos. El binario, en efecto, ha sido asociado por la mentalidad simbólica de todas las épocas a la primera y más radical escisión de la unidad primordial, aquella que genera la primera forma de descomposición del ser, la primera forma de movimiento y de multiplicidad (Chaignet, Pythagore, II 66; H. De S. Victore, Exegetica, 22; M.M.F. Capellae, De Nuptiis, 368). Puesto que la razón simbólica identifica la unidad con el origen y a éste con el estado óptimo del reposo metafísico, la dualidad, en cuanto tiene de ruptura y alejamiento de ese reposo inicial de la unidad, es valorada por la mentalidad tradicional del Medioevo como negativa e inclusive maléfica, como la representación de la discordia y del conflicto (M.M.F. Capellae, De Nuptiis, 368; S. Isidori, Liber numerorum, 181). Si encarnamos la abstracción numérica en un objeto concreto, cada cosa que se divide o se rompe en dos partes se erige en símbolo de aquella primordial y radical escisión del ser operada en el plano aritmético con el paso del uno al dos.

En el Amadís abundan las cosas rotas, y ya resulta sintomático que el narrador se muestre siempre preocupado por especificar, salvo poquísimas excepciones, que el objeto en cuestión se ha quebrado o roto "en dos partes". No cuadra embarcarnos aquí en teorizaciones sobre el posible uso consciente o no del símbolo por parte del autor; nos limitamos a advertir su presencia y su operatividad. En todo caso, debemos sí afirmar que la recurrencia de sintagmas como "en dos partes", "en dos pieças" o "en dos pedaços" postula la existencia de un rasgo de estilo, la opción por una fórmula que se erige claramente en clisé estilístico. Las cosas rotas en dos en el Amadís son varias: yelmos, cabezas, escudos, espadas; la índole misma de estos objetos nos está diciendo que las circunstancias de su rotura se relacionan, las más de las veces, con una situación de combate, y es precisamente este contexto el que nos permite establecer que los dos pedazos en que se quiebra el arma operan como índice simbólico de una próxima posible derrota1, en perfecto acuerdo con las connotaciones negativas del binario (Amadís, I xlii 340b; I xlii 343b; I xliii 347b; II lv 461b; II lviii 494b; III lxxxi 914a; IV cx 1101b; IV cxvii 1156a; et passim).

Hablamos de espadas rotas o quebradas en dos partes, pero la división binaria en relación con la espada puede ocurrir, y ocurre de hecho, en el Amadís, sin necesidad de que haya rotura. En los capítulos lvi y lvii del segundo libro de la novela, la corte del rey Lisuarte recibe la visita de un anciano escudero, Macandón, quien ha venido buscando por sesenta años al caballero y a la dama capaces de acreditar mediante el vencimiento de dos pruebas mágicas que son los más leales amantes, para recibir de ellos, finalmente, la orden de caballería. La primera prueba, destinada al caballero, consiste en la extracción de una espada de su vaina; ésta, por ser transparente, permite ver que el arma se presenta dividida en dos colores contrastantes, blanco y bermejo, por exactas mitades. Tras el intento fracasado de otros caballeros de la corte, Amadís, que ha llegado de incógnito tras su penitencia en Peña Pobre, acomete la prueba y logra extraer la espada, con lo cual "luego lo ardiente fue tan claro como la otra media, assí que toda parescía una" (II lxvii 478a). La segunda prueba, vencida por la enamorada de Amadís, Oriana, también de incógnito en la corte, repite para la esfera femenina el mismo mecanismo de regreso o recuperación de la unidad a partir de la dualidad; se trata de un tocado floral en cuyo seno la mitad de las flores está marchita y seca, y la otra mitad lozana y fresca; con sólo colocar Oriana la toca sobre su cabeza, "las flores secas se tornaron tan verdes y tan fermosas, de modo que no se podía conoscer quáles fueron las vnas ni las otras" (II lxvii 479a). En otros trabajos nos hemos ocupado de estas pruebas desde la perspectiva simbólica de la reabsorción de la multiplicidad por parte de la unidad que le dio origen, según una lectura metafísica autorizada por los sustratos míticos de nuestra historia ("La función literaria de la unidad", 100); aquí nos interesa sobre todo la primera de las pruebas, por cuanto combina la connotación simbólica negativa del dos con otra recurrente imagen legendaria tradicional, la de la extracción de la espada. En cuanto a lo primero, queda claro que el dos se erige en el índice numérico del fracaso de Macandón en sus deseos de ser armado caballero; la división binaria de la espada ­como asimismo la del tocado­ exterioriza la imposibilidad del anciano de recibir la orden, y por ello se carga de la habitual connotación negativa propia del binario. Al anular a éste mediante la extracción de la espada y la consecuente equiparación de sus colores, Amadís reconduce la dualidad a la unidad primordial, y al hacerlo opera ­en cabal ejercicio de su rol simbólico de principio metafísico analógico, tal como corresponde a todo héroe tradicional­ como una encarnación de la fuerza unitaria. Así, la negatividad y la adversidad del dos desaparecen, y surgen inmediatamente la positividad y la felicidad del uno: el viejo escudero será caballero finalmente. En cuanto al otro aspecto del símbolo, el de la extracción de la espada, baste recordar que la imagen reconoce sus fuentes en una amplia tradición europea que descubrimos en leyendas célticas y germánicas, así como en varias obras del ciclo artúrico, bajo las modalidades homologables de la espada clavada en la piedra, en el árbol o en cualquier otro objeto ­su propia vaina, como en este caso que analizamos­, predestinada para ser extraída solamente por un héroe superior (El baladro, I xvii 170-178; La Demanda, viii-xvii 166a-169b; Micha, "L'épreuve", 37-50; The Portuguese Book, 206-207; La Queste, 5-12). De este modo, la extracción de la espada es el signo externo que acredita al héroe como superior y destinado para la realización de las máximas hazañas, tal como en otro episodio del mismo Amadís ­pero concluido en su continuación, Las sergas de Esplandián­ ocurre en relación con la espada clavada en las puertas de la cámara del tesoro de la Doncella Encantadora, en cuya extracción y precisamente como índice de la inevitable suplantación generacional, fracasa Amadís y triunfa su hijo Esplandián, nuevo y mejor héroe que inaugurará una era superior en la caballería (Amadís IV cxxx 1285a-1311b; Las sergas, i-ii 403a-406a). En todo caso, y por encima de todas estas versiones de la imagen, sólo la prueba de la espada en la vaina traída por Macandón combina tan estrechamente los símbolos de la extracción y del binario, al punto de producir una perfecta identificación de las ideas dos = mal = espada incrustada = ausencia de héroe, opuestas a uno = bien = espada extraída = presencia de héroe.

Pero volvamos a las espadas rotas, quebradas. Dijimos más arriba que los sintagmas "dos partes" o "dos pedaços" se erigen en un clisé estilístico indicativo de una norma binaria en la consideración simbólica de las roturas; frente a esa casi totalidad de espadas quebradas en dos, advertimos la ocurrencia de apenas un par de casos en que las espadas se quiebran en tres, lo cual a todas luces constituye un desvío estilístico cuyas implicancias en el plano semántico debemos indagar. Para ello, se impone considerar ambas ocurrencias a la luz de dos contextos: a) el contexto extratextual-cultural del simbolismo numérico tradicional y medieval; b) los contextos textuales de los episodios que enmarcan ambas ocurrencias del desvío ­contextos textuales generales­ y de la novela en su totalidad ­contexto textual de la obra­ (vid. nota 1)2.

El simbolismo ternario es uno de los más ricos y complejos. No podemos agotar, ni siquiera intentar, su tratamiento aquí, pero a modo de síntesis digamos que el tres, tras la escisión de la unidad representada por el dos, significa el regreso o la recuperación de esa unidad en un resultado de síntesis de opuestos, o inclusive la vida íntima, interna de la unidad. De este principio fundante se desprenden otras connotaciones derivadas del tres, como su índole santa o incluso divina y por ende su carácter de perfección, plenitud o acabamiento: las múltiples tríadas divinas de las más diversas mitologías, o inclusive, en un plano teológico más evolucionado, las triples hipóstasis de dioses únicos, como las Trinidades del Hinduísmo y del Cristianismo, apelan a estos mismos valores del ternario. Es precisamente del dogma teológico trinitario de donde extraen los tratadistas medievales, que son los que más nos interesan a propósito de nuestras consideraciones, sus argumentos para identificar el ternario y la unidad en una única realidad. San Isidoro de Sevilla lo expone clara y escuetamente: "tres unum sunt" (Liber numerorum, 182), y Hugo de San Víctor identifica el tres, en razón precisamente de su asociación con la unidad, con los conceptos de indisolubilidad e incorruptibilidad (Exegetica, 22). Después, y siempre en relación con el básico significado de 3 = 1, vendrán las identificaciones del ternario con diversas realidades o conceptos tenidos por perfectos, y por ello agrupados en grupos de tres: las virtudes teologales, las tres vías místicas, las tres eras de la Revelación ­ante legem, in lege, post legem­, la triple división temporal en pasado, presente y futuro, las triples invocaciones de las fórmulas litúrgicas, la resurrección de Cristo al tercer día, y tantísimos otros elementos que colmarían un casi inacabable etcétera. En un paso más, algunos autores identifican los conceptos de tres y de totalidad, homologando el ternario al grado superlativo y al número plural indefinido, tras una dualidad que expresa la comparación y una pluralidad definida acotada. Así, podemos resumir todas estas identificaciones en la cadena 3 = 1 = divinidad o santidad = perfección = proceso acabado o completo = incorrupcción o regeneración = totalidad (Cirlot, Diccionario, 328-333; 433-435; Chevalier, Diccionario, 1016-1020; Guénon, La Gran Tríada, passim; Hopper, Medieval number, passim; M.M.F. Capellae De Nuptiis, 363-421).

Vayamos entonces a las dos ocurrencias de espadas rotas en tres, y situémoslas en los contextos textuales correspondientes. En el capítulo xxvii del libro primero, Amadís rompe su espada "en tres pieças" durante su combate contra Gasinán:

(...) Amadís fue muy sañudo, y quísolo ferir de toda su fuerça, y Gasinán se tiró afuera, y el golpe dio en el pilar, que de fuerte piedra era, assí que cortó vna pieça dél; mas el spada fue quebrada en tres pieças; quando él assí la vio ouo gran pesar, como quien estaua en peligro de muerte, y ál no tenía con que se defender (...). (I xxvii 233b).

La espada que acaba de quebrar el héroe tiene su historia, y es a la luz de esa historia que debemos desentrañar su significado. Se trata de la espada que le había regalado a Amadís la hermosa doncella Briolanja, cuyo reino, usurpado por su tío Abiseos, el héroe se ha comprometido a reconquistar. La princesa Briolanja, jovencísima y dominada por confusos sentimientos de gratitud y deslumbramiento para con su gallardo ayudador, se enamora de él. Amadís, empero, fidelísimo como es al amor de Oriana, no corresponde a sus requerimientos. Pese a ello, uno de sus vasallos, el enano Ardián, malinterpreta la corriente de cortesía establecida entre su amo y la princesa, y concluye erradamente que Amadís sí corresponde al amor de Briolanja. Tras la rotura de esta especial espada, Amadís pone gran celo en conservar los tres pedazos ­"(...) por su mandado fueron guardadas aquellas tres pieças de  la espada por Gandalín su escudero (...)" (I xl 312b)­, y llegado el momento de acudir a la batalla contra Abiseos en cumplimiento de la promesa hecha a Briolanja de ayudarla a recuperar su reino, envía a su enano para que le traiga esos tres pedazos, que había dejado olvidados en palacio (I xl 313b). Es entonces cuando se desata el gran malentendido: el enano es interceptado por Oriana, quien le pregunta la razón de su prisa, a lo cual responde aquél ­del todo ignorante de la relación amorosa que une a Amadís con Oriana, y del todo convencido de que en cambio sí existe una relación entre el héroe y Briolanja­ que su señor lo ha mandado a buscar los trozos de esa espada, a la que tiene en gran estima por haberle sido obsequiada por su enamorada. Terribles celos irrumpen ante esta respuesta en el corazón de Oriana, que decide romper con Amadís y le escribe una airada carta en que lo aparta de su amor. El héroe leerá la carta cuando ya haya recuperado el reino de Briolanja y ­atinadísima ironía del narrador­ apenas acabadas las pruebas mágicas de la Insula Firme, a comienzos del libro segundo, que lo acreditan como el más leal amador; ante el rechazo de Oriana, Amadís cae presa de desesperada melancolía, decide abandonar las armas e inicia una vida penitente y eremítica en Peña Pobre.

Juan Manuel Cacho Blecua ha deslizado al pasar la interpretación ­acertada­ de que la espada quebrada que, indirectamente, desencadena el episodio de los celos y la ruptura de la pareja es "símbolo de lo que sucederá después" (Amadís: heroísmo, 207), pero debemos nosotros avanzar algunos pasos para extraer de este símbolo toda su carga semántica. Muy cierto es que la rotura de la espada simboliza la consecuente ruptura de los amados y de Amadís con el ejercicio activo de la caballería, pero el análisis del signo sólo rinde acabados frutos si incorporamos el dato de los tres pedazos, mediante los cuales, a la vez que se anuncia simbólicamente esa ruptura, se anuncia igualmente que a tal ruptura sucederá una reconciliación, una recuperación de la unidad, un regreso al estado anterior. Tal el valor semántico del desvío estilístico supuesto por los tres pedazos respecto de la habitual norma de las dos partes en que se rompen la mayoría de las espadas y demás objetos: en el libro segundo, después del episodio de Peña Pobre y aclarado ya el malentendido que había causado los celos de Oriana, los amantes se reconcilian, se re-únen, vuelven a la unidad, y el héroe torna también, en consecuencia, a su vida de caballero. El tres implica la vida íntima de la unidad, hemos dicho, el regreso al uno después de la escisión encarnada por el dos; la espada rota lo está en tres pedazos, por tanto, porque anuncia una división ilusoria o transitoria, una ruptura momentánea que no destruye las bases de la unidad y que permite al cabo una recuperación de esa unidad. Las rupturas definitivas o absolutas son en dos partes; ésta en tres es ruptura de momento, de prueba, pero que encierra en sí la potestad de un regreso a la unión. De otro modo, no se explicaría que de las múltiples espadas rotas ­además de yelmos, escudos y cabezas­ sólo dos, y las dos de Amadís, se rompan en tres partes, con una clara voluntad por parte del narrador, además, de dejárnoslo bien en claro. Una de esas dos espadas quebradas en tres es la que acabamos de ver; la otra es la que Amadís rompe en su combate contra Ardán Canileo, más adelante en el libro segundo: "(...) como el golpe [de Amadís] fue tan grande y el yelmo [de Canileo] tan fuerte que quebrantó la spada en tres partes (...)". (II lxi 534ab).

Otra vez, no se trata de una espada cualquiera, sino de la antigua espada de Perión, padre de Amadís, con la que éste había sido abandonado en su arca sobre las aguas, de recién nacido, para que sirviera como índice de reconocimiento. Cacho Blecua interpreta esta rotura como una marca de la superación o liquidación que realiza Amadís de su existencia anterior a la dura experiencia del abandono y retiro en Peña Pobre3; por nuestra parte pensamos que, al igual que en el caso anterior, resulta imprescindible para toda interpretación simbólica de la imagen tomar en consideración el dato de los tres ­y no dos­ pedazos en que se quiebra el arma. Si en la otra espada los tres pedazos presagiaban la ruptura y posterior reconciliación de Amadís y Oriana, en ésta el presagio apunta a otra ruptura ­y a otra reconciliación­ de mayor peso aún dentro del acontecer del relato, puesto que constituye la anécdota fundamental de la novela: nos referimos, claro está, al distanciamiento y a la posterior guerra de la monarquía ­encarnada en el rey Lisuarte­ y la caballería ­encarnada en Amadís­, más la siguiente y final recomposición de relaciones que configura el desenlace de la actual versión de Garci Rodríguez de Montalvo, y que se discute si corresponde o no al final de la perdida e hipotética versión primitiva del Amadís4.

En efecto, basta recapitular el encadenamiento de los hechos a partir de la rotura de la espada para confirmar la relación simbólicamente causal existente entre ésta y el posterior distanciamiento entre Amadís y Lisuarte. Amadís rompe la espada en combate contra Ardán Canileo, combate que Madasima había propuesto al rey Lisuarte para que en él se decidiera la suerte de la ínsula de Mongaça que ella posee y que el rey reclama: si vence Canileo ella conservará la ínsula, y la dará a Lisuarte si el vencedor es Amadís. Pese a romper su espada, Amadís mata a Canileo y vence, en razón de lo cual la ínsula debe pasar al rey, pero Galvanes sin Tierra, enamorado de Madasima, solicita del monarca que no la despoje de su posesión. Amadís intercede ante Lisuarte en favor de esta petición, pero el rey, que entretanto ha prestado oídos a unos malos consejeros cizañeros y envidiosos de Amadís, rechaza los ruegos de Galvanes y del héroe, y en un cruce de palabras de progresiva intensidad acaba por echar a Amadís de su corte. Vemos, por tanto, que los tres pedazos de la espada se generan en el seno del primer episodio de esta trabada cadena de hechos, aquel que opera como causa inicial del enfrentamiento entre el monarca y el caballero. El quiebre de la espada anuncia pues esta ruptura, pero como no se trata de un quiebre en dos sino en tres partes, a la vez que presagia la ruptura sugiere también una posterior reconciliación. Consumado el distanciamiento, el otrora justo y mesurado rey Lisuarte se precipita en una serie de actos impropios y desmedidos: hace la guerra a Madasima por la posesión de Mongaça, anuda una desventajosa alianza con los soberbios romanos del emperador Patín, y acaba acordando con éste la entrega en matrimonio de su hija Oriana, quien queda implícitamente desheredada del trono británico. Oriana no puede casarse con Patín por la sencilla razón de que ya está casada, en secreto, con Amadís; enterado éste de los propósitos reales, acude en  rescate de su esposa, la rapta de las naves romanas que la conducían al prometido Patín, y la refugia en su Insula Firme, ante todo lo cual la reacción de Lisuarte no puede ser otra que la guerra: dos grandes bloques se constituyen inmediatamente en torno a Lisuarte y los romanos por un lado, y a Amadís y sus caballeros amigos por el otro, que chocan en dos cruentas batallas que favorecen a la parte de Amadís. Prácticamente vencido Lisuarte, el malvado encantador Arcaláus y su aliado el rey Arábigo deciden atacarlo, pero el noble Amadís no duda en acudir en socorro de su hasta entonces enemigo. Conmovido por este gesto y merced a la intercesión del ermitaño Nasciano, quien le revela el matrimonio secreto entre Oriana y Amadís y la existencia de un hijo de ambos, Esplandián, el rey Lisuarte reconoce públicamente todos sus errores y accede a celebrar las bodas públicas de su hija con el héroe.

Tal la historia de Amadís como hoy se lee en la refundición de Montalvo, pero no toda la crítica acuerda en apostar por este mismo final para la perdida versión primitiva. María Rosa Lida de Malkiel ("El desenlace", 185-194) y Juan Bautista Avalle Arce (Amadís de Gaula, 101-132 et passim) optan por postular un final trágico; Avalle Arce es quien con mayor detalle se ha adentrado en la reconstrucción de ese original desenlace catastrófico, que incluiría, en el transcurso de las grandes batallas entre Amadís y Lisuarte, la muerte de éste a manos de algún amigo de Amadís y la de Galaor ­hermano del héroe­ a manos de éste; después, Amadís moriría en combate singular por mano de su hijo Esplandián, y ante tanta desgracia la infeliz Oriana no vería otra solución que el suicidio.

Ya hemos sentado en otras ocasiones nuestra discrepancia con esta reconstrucción ("Amadís/ Galaor", 53-71; El diálogo, II 86-264; 392-409; El estilo profético, passim; "Profecías extratextuales", 121-141); no vamos a repetir aquí todas nuestras argumentaciones al respecto, pero sí aportaremos un argumento más en contra del final trágico: el símbolo de la espada rota en tres partes. Su precisa ocurrencia en el contexto del combate contra Canileo, y su lectura a la luz del contexto extratextual de la tradición del simbolismo numérico medieval, no pueden dejar lugar a dudas acerca del cometido funcional de esos tres pedazos, signos inequívocos de una ruptura seguida de re-unión, de reconciliación, de recomposición, esto es, de final feliz, de un desenlace que, mutatis mutandis, debió coincidir en el Amadís primitivo con el actual de Montalvo, quien no hizo otra cosa que restituir el lieto fine original y descartar el trágico que había sido introducido, en una abierta operación contra natura, en ocasión de alguna refundición intermedia.

Cabe, empero, una objeción: ¿por qué no suponer que la rotura en tres de la espada no pertenece al texto primitivo, sino que es obra del mismo refundidor ­Montalvo­ que, según los defensores de la tesis del final trágico, "inventó" la reconciliación del rey y Amadís para posibilitar las bodas y el desenlace feliz? No lo creemos posible. La rotura de la espada ocurre en el combate contra Ardán Canileo y éste debió forzosamente existir en el Amadís primitivo, ya que, según establecimos líneas arriba, consiste en el primer eslabón en la cadena fáctica que conduce naturalmente a la ruptura entre Lisuarte y Amadís, ruptura que, por su parte ­y esto no se discute­, se hallaba ya en el texto original, del cual constituía sin duda, como en el actual, la idea central. Ciertamente, no pretendemos fundar toda una reconstrucción del Amadís primitivo sobre el detalle único y aislado de los tres pedazos de la espada; simplemente aportamos el dato y lo añadimos a otros que, estudiados oportunamente (vid. supra), abonan idéntica hipótesis.

NOTAS

1 En anteriores trabajos hemos establecido una serie de siete leyes que rigen el funcionamiento literario de los numerales en el Amadís; la segunda de esas leyes estipula que "La real existencia de función literaria en un numeral determinado no depende exclusivamente de éste, sino de la unión y relación de éste con un contexto textual inmediato, mediato o general apto". ("La función literaria de los numerales", 53).

2 Otras dos clases de contextos textuales son los contextos inmediatos o referentes ­el sustantivo o la frase nominal modificados por el numeral; en este caso, "pedazos de espada"­ y los contextos mediatos o secuencias breves de texto en que se inserta la ocurrencia del numeral.

3 "La pelea [de Amadís con Ardán Canileo] se desarrolla con bastantes obstáculos para el héroe: una doncella le roba la espada ganada en la prueba amorosa. Debe combatir con la antigua arma de su padre y durante el combate se le parte en tres pedazos y está a punto de ser vencido (...). Son dos objetos representativos [la espada vieja y la nueva] de momentos de su vida: el abandono en el mar y la recuperación de su identidad amorosa tras la prueba de Macandón. La primera (...) representaba la vida anterior a la Peña Pobre (...). Su ruptura en tres pedazos connota, a nuestro juicio, la liquidación de su antigua existencia" (Cacho Blecua. Amadís: heroísmo, 259).

4 Recordemos que el único Amadís que hoy conocemos en forma completa es el refundido en cuatro libros por Garci Rodríguez de Montalvo a fines del siglo XV, y dado a la estampa en sucesivas ediciones de las cuales la más antigua llegada a nosotros es la de Zaragoza de 1508. Unos pocos fragmentos manuscritos descubiertos y publicados en la década del cincuenta poco aportan para la reconstrucción del perdido Amadís original, por cuanto han sido datados no más allá de circa 1420, lo cual los descarta como pertenecientes a la versión primitiva, ya que ésta debió gestarse, según sabemos por diversas menciones contenidas en obras medievales, antes de 1350. (RodrIguez Moñino. "El primer manuscrito", 199-216).

 

Universidad Católica Argentina
Facultad de Filosofía y Letras
Bartolomé Mitre 1869
(1039) Buenos Aires, Argentina

 

OBRAS CITADAS

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