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Revista médica de Chile

versión impresa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile v.130 n.5 Santiago mayo 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872002000500015 

Formación profesional
y su acreditación en medicina,
un paradigma en garantía
de la fe pública

Eduardo Rosselot J, Colomba Norero V, Christel Hanne A,
Ester Mateluna G.

Professional training and
accreditation in medicine.
A paradigm to sustain public
confidence

Sustaining quality control of learning programs for health professions has become a central issue in university systems, under the pressure of an unexpected merging of new medical schools in Chile, during the last decade, and the massive arrival of other Latin American physicians. Accreditation of institutions and programs represents valid safeguards used in most countries where professional training processes take place. Due guarantee of its quality is required to assure proper health care to people. The authors provide specific arguments to support systematic evaluation and accreditation processes, as those introduced in our country to fulfill the requirements of a high level medical practice (Rev Méd Chile 2002; 130: 585-89).
(Key Words: Accreditation; Certification; Education, medical; Schools, medical)

Recibido el 20 de marzo, 2002. Aceptado el 21 de marzo, 2002.
Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Escuela de Medicina.
Departamento de Educación en Ciencias de la Salud. Santiago de Chile.
Parte de este trabajo fue presentado en el XV Congreso Nacional de la
Sociedad Española de Educación Médica (SEDEM), en Granada, 24-26, octubre, 2001.

Quizás si sea debido esencialmente a los vertiginosos cambios que las ciencias de la salud, en sus contenidos y en su práctica, han experimentado en los últimos años, o porque ahora hay una mayor conciencia entre los beneficiarios de las acciones sanitarias, de sus derechos y de la posibilidad de reivindicarlos, el hecho es que la enseñanza de la medicina se ve forzada, ética y formalmente, a dar cuentas a la sociedad de la pertinencia, la relevancia y la calidad de los programas con que se enfrentan las demandas de profesionales para el ejercicio práctico de estas disciplinas1-6.

También esto proviene de que hoy se adviertan mejor los riesgos que, para los mismos destinatarios o para la sociedad en su conjunto, plantean la multiplicidad de ofertas, tanto para formar a los prestadores como para mejor usar los medios que la sociedad proporciona a quienes intentan proveer con ellos salud. Sin duda que no siempre ha existido un aval solvente para los servicios y recursos utilizables en las acciones de la medicina.

Por razones sin duda culturales, la paulatina implementación de medidas de control de calidad que han tenido los países del hemisferio norte durante el siglo XX, se ha expresado en forma explosiva y drástica en el sur, especialmente en el continente latinoamericano, sólo a partir de las postrimerías del período. Ahora se esboza como un tema de extraordinaria relevancia al ser acogido por las instituciones comprometidas, no más tarde que en la próxima década, si no queremos experimentar una situación de anarquía y descalificaciones inusitadas ¾aunque sean en diversos casos justificables¾ de personas e instituciones, con grave detrimento para la sanidad comunitaria.

Detonantes. Lo que ha despertado una especial preocupación local es, sin duda, la irrupción desproporcionada, en comparación con el curso que la instalación de escuelas de medicina solía tener en nuestro país, de este tipo de instituciones en los últimos diez años y, más que nada, en la actualidad misma. De seis escuelas funcionando hasta 1990, la última (Universidad de La Frontera, de Temuco) había nacido en 1970. En los últimos doce años han surgido nueve7, y llegarán a más de 20, con toda probabilidad, en los próximos cinco.

La clave en estas nuevas opciones está dada por:

1. La liberalidad dispuesta por la normativa legal para la apertura de estas escuelas;

2. La presunta solvencia financiera de las instituciones emergentes capaces, por ello, de crear estructuras docentes funcionales, incluyendo aulas, facilidades de campus, laboratorios, bibliotecas, recursos informáticos, etc;

3. La posibilidad de las mismas de ofrecer estímulos pecuniarios sino importantes, atrayentes, al lado de la reducida capacidad de pago de las instituciones tradicionales, para reclutar académicos dispuestos a asumir responsabilidades emergentes;

4. La condescendencia, o más bien, la complacencia de los servicios públicos de salud y de los centros de salud privados, dispuestos a asociarse a las nuevas empresas educativas, a cambio de mejoras en sus recursos asistenciales o en su prestigio dentro de una economía de mercado que les abre, a través de estas alianzas, valor agregado a sus actividades más propias;

5. El dar satisfacción a un impulso "atávico" esencial de las universidades cual es que no encuentran su verdadero "status" mientras no completan la triada de programas en filosofía, derecho y medicina, como si carentes de alguna de estas áreas de erudición no pudieran reclamar estabilidad ni trascendencia. Más aún si se estima, todavía, por más que sea excepción y no regla, que la profesión médica provee consistente lucro para quienes la ejercen y, por lo tanto, es permanente demandadora de capacidad de formación.

Objetivamente, resulta indispensable mencionar otros factores que introducen presión en el sistema para que aparezcan nuevas escuelas de medicina.

En nuestra cultura social, altamente medicalizada, en que problemas básicos de las relaciones humanas y del sentido de la vida tienden a resolverse, o al menos a racionalizarse, con explicaciones o prácticas médicas, formar profesionales de la salud -y el médico sigue siendo "socialmente" el ejemplar más acabado- que profesen predilectas posiciones religiosas, filosóficas y aun políticas puede parecer una alternativa de adhesión, de influencia o de poder no renunciable. En nuestro país como en otras latitudes, las escuelas confesionales, "comprometidas" con determinadas posiciones ideológicas o que incluyen claros programas de adoctrinamiento no han estado proscritas ni dejarán de aparecer mientras exista esperanza de influir (o acoger), a través de ellas, el pensamiento y las decisiones de quienes ejercen las profesiones sanitarias.

En otra perspectiva, la propuesta de una escuela puede estar sustentada en la legítima necesidad de procurar profesionales para satisfacer los requerimientos de salud del país o de una de sus regiones, o de un tipo de profesional que se estime poseedor de capacidades de mayor pertinencia para llevar a cabo acciones beneficiosas en un determinado sistema de salud. Sabido es que existe una amplia variedad de criterios o tasas para definir el número de profesionales que un país requiere8,9. Influyen en ello circunstancias aleatorias a veces poco ponderables, como la distribución de los mismos y sus especialidades, la dispersión geográfica de las poblaciones, la accesibilidad de diverso orden de los pacientes a la atención, las políticas oficiales de salud, la mayor o menor propensión o adhesión de los beneficiarios a la asistencia médica o a "medicinas alternativas", la culturización de la comunidad respecto a las acciones médicas, su oportunidad y sus beneficios, etc. Es indiscutible que las necesidades de salud (incluyendo lo que significa en cuanto número de profesionales) pueden ser infinitas si no hay una delimitación de su sentido y hasta dónde la sociedad (o el Estado, según cual sea la organización del sistema y su capacidad y entes de regulación) puede proveerlas. De modo que, al menos en teoría, el número de profesionales puede variar con gran tolerancia mientras se adapte a las condiciones generales y específicas del sistema y no sobrepase los índices de saturación que un determinado modelo en aplicación permita10.

Nadie puede decir que las muy diferentes tasas de Estados Unidos o Cuba, por ejemplo, no sean las apropiadas para cada circunstancia o no puedan ser modificadas para mejorar determinados aspectos de distribución y accesibilidad. Tal vez el más grave problema sea la latencia de cualquier modificación en la producción de médicos que, principalmente, por razones de duración de la carrera no resulta en cambios antes de siete años (y se puede soslayar sólo con planificación oportuna o con la migración programada de profesionales). En Chile, la relación de un médico por cada entre 890 y 610 habitantes8-10, prevista para que fluctúe su número en los próximos 10 años, con la incidencia supuesta de nuevas escuelas de medicina y tasas estables de profesionales inmigrantes, como se expone en la Tabla 1, no debiera determinar su plétora ni, lo que a menudo preocupa más, situaciones de cesantía médica. Menos aún si se dan las condiciones para un sistema de salud que cubra los distintos niveles de atención, considerados pertinentes para solucionar las variantes epidemiológicas que prevalecen.


Nos parece legítimo, por lo tanto, y aun deseable, que se establezcan escuelas con el ánimo de subvenir a las necesidades regionales, lo que sin duda elevará simultáneamente el nivel general de la educación superior en el área, siempre que se cautelen todos los aspectos indispensables para la instalación de instituciones de alta jerarquía, con recursos, capacidades y programas consistentes con las responsabilidades académicas comprometidas. Debe tenerse en cuenta el círculo virtuoso derivado de la implementación de una institución educativa de excelencia junto a un centro asistencial de correspondiente categoría, los que se potencian mutuamente. El riesgo que debe evitarse es, obviamente, el de un mutuo detrimento si es que cualquiera de ambos términos fracasa en desarrollarse apropiadamente y arrastra al otro en una degradación incontrovertible.

Razones y respaldo a la acreditación. Siendo de tal diversidad las motivaciones y tan variados los recursos dispuestos para desarrollar escuelas de medicina, cabe preguntarse si en el libre juego del mercado se puede producir la adecuada selección de capacidades como para garantizar la confianza pública en los servicios educacionales ofrecidos por tales instituciones. Habiendo sido factible y eficaz ese mecanismo, probablemente cuando su número no pasaba de media docena, su doble o triplicada cantidad dificulta toda apreciación objetiva a través del producto o de los mismos programas; tanto más cuanto que sus diferentes versiones adolecen de fortalezas y debilidades que puedan apreciarse a simple vista o, inversamente, pueden ocultarse con facilidad, en un medio ávido de llenar los cupos en oferta para una profesión supuesta de élite y de atractivo social no cuestionado.

Este factor, junto a la responsabilidad de garantizar la calidad de los servicios y la idoneidad de las prestaciones, explica que en los Estados Unidos de Norteamérica se hayan impuesto, hace ya casi un siglo, los sistemas de acreditación institucional para definir no sólo los cupos y la duración de los programas, que bien pueden obedecer a normativas precisas, sino que el cumplimiento de estándares y criterios consensuados para determinar los mínimos exigibles a todas las instituciones y programas, en orden a desarrollar planes de estudio eficaces para la formación de los profesionales11. Este fue un elemento esencial para que las instituciones de educación superior en salud adquirieran, en ese país, la solidez y el prestigio que les ha hecho liderar, en el intertanto, la educación médica mundial. Ese modelo ha sido seguido por la mayor parte de los países anglosajones y de Europa, y se ha convertido en inspirador de las disposiciones contenidas y aprobadas por la World Federation on Medical Education (WFME)12 y definidas en Granada en 2001 como paso indispensable para estimular y evaluar la calidad de la educación en ciencias de la salud13.

En esa vía se inscribe la iniciativa que la Asociación de Facultad de Medicina de Chile (ASOFAMECH) ha venido desarrollando desde la pasada década y que se concretó, al coincidir con el proceso propuesto por el Consejo Superior de Educación, en un convenio de acreditación para sus Escuelas de Medicina cuya primera fase ha terminado a inicios de 20023,4,14. De continuar esta dinámica que da plenas garantías a los postulantes a médicos de adscribirse a programas que satisfacen el estado del arte y de llegar a ser profesionales con capacidades objetivas, de acuerdo a las necesidades de una medicina actual y efectiva, no debiera haber posibilidad que aparezcan o persistan instituciones cuyos estándares de calidad no sean equivalentes a los más rigurosos del mundo y que no cumplan con los mínimos requisitos para aprobar sus propuestas educativas.

Pero este sistema no tendría soporte racional ni consistencia si no se considerara como una expresión visible, pero tan sólo un epifenómeno, de un proceso cuya finalidad es, sin eufemismos, el progreso en calidad y su sustentación, de cada uno de los programas de educación en medicina y las restantes ciencias de la salud. De ahí el énfasis que debe darse y verificarse, en la autoevaluación o análisis interno de la condiciones iniciales en que se asienta el proceso de formación profesional, donde hay una mirada objetiva, crítica y prospectiva de la misión, de los recursos, de los participantes y de los resultados a que conducen los programas y que desarrollan las instituciones14.

En ausencia de una cultura institucional y personal adepta a la evaluación sistemática de sus acciones y de sus productos, como es la nacional, no puede extrañar que la adopción de procesos con tal intencionalidad no sea fácilmente apreciada ni conseguida. En este sentido es que creemos que la iniciativa de las Escuelas de Medicina integrantes de ASOFAMECH pasa a ser un modelo estimulante e indispensable de seguir, para las unidades académicas en ciernes y una vara expectable para medir, no sólo las capacidades requeridas sino que determinar nichos o niveles de superación, áreas susceptibles de innovación o aportes originales, y focos debilitados que tienen que ser protegidos, reforzados o para los cuales se busque ayuda y colaboración externa plausible.

La autoevaluación, más que la acreditación que formaliza su acto, sus diagnósticos y sus efectos, deviene la máxima expresión de la preocupación y el cuidado institucional por el cumplimiento de sus propósitos y transformada en un instrumento fundamental de gestión, debiera ser aval seguro de que se logran los productos que se pretenden y, desde el punto de vista del alumno usuario del programa, que se conseguirá obtener las capacidades que se buscan.

REFERENCIAS

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Correspondencia a: Dr. Eduardo Rosselot J. Dirección de Educación en Ciencias de la Salud (Ditecis). Facultad de Medicina. Universidad de Chile. Independencia 1027, 2° piso. Fono: 6786520.