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Revista médica de Chile

versión impresa ISSN 0034-9887

Rev. méd. Chile v.129 n.12 Santiago dic. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872001001200008 

Maltrato infantil en la ciudad de
Temuco. Estudio de prevalencia
y factores asociados

Child abuse in Temuco, Chile.
Prevalence and risk factors

María Beatriz Vizcarra L1, Julia Cortés M1,
Luis Bustos M2, Marina Alarcón E1, Sergio Muñoz N. PhD3

Correspondencia a: María Beatriz Vizcarra, Departamento de Psicología. Universidad de La Frontera, Casilla 54-D Temuco. vizcarra@ufro.cl.

Background: Child maltreatment is recognised as a significant health problem in developed countries. There is increasing awareness on family violence in Chile, becoming a health priority in the last five years, but there is scant information about its prevalence. Aim: Determine prevalence of child abuse, and associated factors in a population sample from Temuco, Chile. Material and methods: A standardised questionnaire was applied to a sample of 422 women at their homes. Instrument had questions about disciplinary practices by caretakers, a standardised questionnaire to assess mental health, as measures of risk and protective factors for violence Results: The prevalence of psychological aggression delivered by mothers or fathers was 17.5% and 6.8 % respectively. The figures for corporal punishment delivered by mother or fathers were 42.3% and 17% respectively. Three percent of mothers and 1.2% of fathers recognised severe physical abuse. Associated factors were mother impaired mental health, antecedents of child abuse in both parents, parents alcohol abuse and child emotional/behavioral problem. Conclusion: Child abuse is a extended significant problem in Temuco that requires multidisciplinary intervention programs (Rev Méd Chile 2001; 129: 1425-32).
(Key Words: Aggression; Battered child syndrome; Mandatory reporting; Violence)

Recibido el 6 de junio, 2001. Aceptado en versión corregida el 9 de octubre, 2001.
Trabajo financiado por International Networks of Clinical Epidemiology
(Inclen Grant 1004-97-5204 bRC#5), DIDUFRO Ex 99/108.
Departamento de Psicología, Facultad de Educación y Humanidades,
Universidad de La Frontera. Unidad de Capacitación, Investigación y Gestión en Salud.
Facultad de Medicina, Universidad de la Frontera, Temuco, Chile.
1 Psicóloga
2 Bioestadístico
3 Doctor en Ciencias (Bioestadístico)

El maltrato infantil ha sido reconocido como un problema de Salud Pública en nuestro país en los últimos años, llegando a constituirse en un tema prioritario en la agenda de salud para el período 1997-2000. (Ministerio de Salud 1998)1. Este reconocimiento se relaciona tanto con la magnitud como con las consecuencias del maltrato sobre la salud física y mental de los niños. Desde Kempe en 1960, diversos estudios han señalado el impacto sobre la salud física del niño describiéndose lesiones que significan daño tanto a corto como a largo plazo, como fracturas, daño ocular, quemaduras y daño al sistema nervioso central, entre otros, hasta la muerte como lo establecen cifras de la OMS (1999) que señalan que aproximadamente 281.000 niños < 14 años mueren en el mundo a causa de daños intencionales2-5. Por otra parte, existe abundante evidencia sobre el daño psicológico causado por el maltrato que se traduce en problemas de salud mental tales como fracaso escolar, deterioro de la autoestima, embarazo adolescente, abuso de drogas y suicidio6-8.

A pesar de la preocupación por el tema no existe acuerdo sobre el concepto del Maltrato Infantil, existiendo una multiplicidad de definiciones, que se diferencian en su énfasis, algunas resaltan aspectos legales; otras desde una perspectiva psicosocial destacan los factores de riesgo o bien el impacto de la violencia en el desarrollo integral de la víctima9.

En Chile el Grupo de Trabajo sobre el Maltrato Infantil dependiente del Ministerio de Salud describió el maltrato como: "Agresión física, emocional o sexual contra un niño (menor de 18 años) o la falta en proporcionar los cuidados necesarios para la expresión de su potencial de crecimiento y desarrollo, contando con los elementos mínimos para ello, que excedan los límites culturalmente aceptables para esa comunidad o que transgreda el respeto a los derechos del niño"10.

Esta definición reconoce 4 formas de maltrato: Maltrato físico, considerado como "toda lesión física no accidental, producto de castigo único o repetido y de magnitud y características variables". Maltrato emocional, entendido como "hostigamiento verbal, habitual de un niño a través de insultos, críticas, descréditos y ridiculización, así como la indiferencia o rechazo explícito o implícito". Abandono o negligencia considerado como "falta de protección y cuidados físicos al niño de parte de sus figuras de custodia, así como el abandono de sus necesidades evolutivas por falta de estimulación cognitiva, que no se debe a carencia extrema de recursos socioeconómicos". Por último se define Abuso sexual "toda forma de actividad sexual entre un niño y un adulto, aguda o crónica, incluida la explotación sexual".

Los primeros intentos en nuestro país orientados a establecer la prevalencia han utilizado como fuente, las consultas hospitalarias, denuncias realizadas en comisarías y datos del Servicio Nacional de Menores11-13. Si bien a partir de estas cifras se demostró que éste era un problema significativo, presentaban la limitación de no ser generalizables a la población.

A partir del año 1990 algunos hechos tales como la ratificación de la Convención de los Derechos del Niño, la creación de la Comisión de Maltrato Infantil del Ministerio de Salud en 1991 y la promulgación de la ley de Violencia Intrafamiliar en el año 199414 dieron un nuevo impulso para la realización de estudios poblacionales destinados a establecer la real magnitud de este fenómeno y los factores de riesgo asociados.

Es así como en el año 1992 en un estudio para estimar la prevalencia de abuso sexual en una muestra de 1.192 estudiantes de enseñanza media de la IX Región, se encontró que 5% de los estudiantes presentaban antecedentes de abuso sexual, estas cifras se distribuían en 80% de niñas y 20% de varones15. Otro estudio realizado en la Región Metropolitana con 2.058 alumnos de 10 a 19 años16 mostró una tasa de maltrato físico de 13,9% y 9,3% de abuso sexual (14,4% niñas y 2,1% niños).

Por otra parte Haz (1997), en un estudio sobre una muestra de 1.000 mujeres de la Región Metropolitana, en el cual se preguntó a las madres sobre violencia ejercida hacia los niños, encontró que, de acuerdo al nivel socioeconómico, 50% de los niños del sector alto, 66% de los niños en el sector medio y 62% de los niños en el nivel bajo son golpeados por uno o ambos padres17.

Por último un estudio con alumnos de octavo año de educación básica realizado por Larraín, Vega y Delgado en el año 1994, en algunas regiones, encontró que 14,5% de los niños sufre violencia psicológica, 28,7% de los menores es víctima de violencia física leve y 34,3% sufre violencia física grave.

A pesar de lo señalado, existe una carencia importante de estudios a nivel regional especialmente en lo que se refiere a los factores de riesgo por lo que el presente estudio que forma parte de un estudio multinacional orientado a conocer la magnitud de la violencia intrafamiliar y los factores asociados en las distintas culturas, tuvo como objetivo explorar la prevalencia y factores de riesgo asociados al maltrato infantil en la ciudad de Temuco.

MATERIAL Y MÉTODO

Muestra. La población objetivo fue una comunidad urbana de nivel socioeconómico medio bajo de la ciudad de Temuco. La unidad de observación fue la familia compuesta por una mujer de 15 a 49 años de edad, con al menos un niño < 18 años. La mujer con esas características se le denominó "mujer índice". Una muestra probabilística de hogares-familias fue seleccionada en el sector Santa Rosa, usando un mapa oficial de la comunidad para la selección de la muestra. La comunidad fue dividida en 119 conglomerados de aproximadamente 70 a 80 hogares, seleccionándose una muestra aleatoria de 8 de tales conglomerados.

Cada hogar en los conglomerados seleccionados fue visitado (609 hogares) para evaluar la elegibilidad de éstos, resultando un total de 439 hogares de los cuales 17 (4%) rechazaron la encuesta, siendo la razón más frecuente la falta de tiempo. Considerando el criterio de inclusión todos los hogares elegibles del conglomerado seleccionado fueron incluidos en la muestra. Esto permitió asegurar que cada hogar/familia tuviera la misma probabilidad de ser elegido.

La muestra efectiva total fue de 422 hogares. Este tamaño se determinó asumiendo una prevalencia de 20%, con un error de muestreo de 20%, y un efecto de diseño de 5%.

Instrumento. Para la estimación del Maltrato Infantil se usó una adaptación de la escala, "Conflict Tactic Scale" (CTS), instrumento creado por M Strauss en 1995 el que ha sido usado en numerosos estudios tanto nacionales como internacionales18. La escala está formada por 24 ítemes con respuestas de frecuencia de nunca, una o dos y tres o más veces. Los ítemes se refieren a estrategias de resolución de conflicto, usadas por los padres en los últimos 12 meses, los cuales están ordenados de menor a mayor violencia, constituyendo 4 sub-escalas: Resolución no violenta de conflictos, Agresión psicológica, Agresión física leve y Agresión física grave.

En el presente estudio se definió presencia de Maltrato a la respuesta positiva de la madre a cualquiera de los ítemes que constituían las 3 últimas escalas cuando éstos se daban en la frecuencia 3 o más veces en los últimos doce meses.

Para el establecimiento de los factores de riesgo asociados se utilizaron las secciones del cuestionario(*) referentes a la historia de violencia conyugal en los padres, antecedentes de violencia en la infancia de ambos padres, nivel de salud mental de la madre, evaluado a través del Cuestionario de Autorreporte de Síntomas (SRQ), así como el consumo de alcohol de ambos padres, y la presencia de redes de apoyo familiar y comunitario19.

Procedimiento. Las entrevistadoras fueron estudiantes de quinto año de Psicología, las cuales previo a la recolección de datos tuvieron una semana de entrenamiento sistemático estandarizado, al final de la cual aplicaron 10 entrevistas piloto supervisadas por los investigadores. Las entrevistadoras realizaron una primera visita a los hogares de los conglomerados seleccionados para establecer la elegibilidad de ellos.

En aquellos hogares en que habitaba más de una mujer entre 15 y 49 años con un hijo < 18 años, las entrevistadoras procedieron a la selección de una de ellas en forma aleatoria. Una vez seleccionada la mujer índice se le explicó los objetivos del estudio, y se solicitó su consentimiento, garantizando la confidencialidad de la información. Asegurada la privacidad, se procedió a aplicar el cuestionario. Para la sección relacionada con las prácticas disciplinarias, se seleccionó en forma aleatoria a uno de los hijos de la mujer índice en caso de tener más de uno en edad elegible.

En aquellos hogares en que se detectó violencia hacia la mujer o al niño índice, la entrevistadora hizo entrega de un listado de instituciones a las cuales consultar para recibir orientación y ayuda. Como una forma de proteger la integridad de la mujer, las entrevistadoras contaban con un cuestionario alternativo, cuando no fuera posible asegurar la privacidad de la entrevista.

RESULTADOS

La edad promedio de las madres fue de 34 años y el nivel de escolaridad promedio fue de 9,5 años. En relación al estado civil 69% casadas, 11,6% solteras, 10,9 convivientes y 6,9% separadas. Aproximadamente 35% de ellas trabajaban fuera de la casa. En cuanto a los niños 52% correspondió a varones y 48% a mujeres, con un promedio de edad de 7,4 años.

De acuerdo a las respuestas de las madres a la escala CTS, 17,5% reconoce ejercer violencia psicológica y 6,8% de los padres presentan esa misma conducta hacia los niños. En relación a la violencia física leve 42,3% de las madres y 17,1% de los padres, declara practicar estas conductas. Por último 2,6% de las madres y 1,2% de los padres reconocen ejercer violencia grave (Tabla 1). En relación al uso de estrategias no violentas de resolución de conflictos basada en la comunicación verbal, de parte de ambos padres, éstas alcanzan alrededor del 70%.


Se encontró que los factores de riesgo variaron dependiendo de los tipos de maltrato, así también de quien los ejerce. Como factores de riesgo de las madres se encontraron los problemas de salud mental (41%) el consumo excesivo de alcohol (6,2%) los antecedentes de maltrato en su infancia y haber sido testigo de violencia entre sus padres.

En cuanto a las variables del padre se encontró que la presencia de castigo físico severo en la infancia y un nivel más bajo de escolaridad fueron factores predisponentes para el ejercicio de la violencia psicológica, mientras que el consumo excesivo de alcohol se relacionó con la presencia de violencia física severa. En relación a las características de los niños, los resultados indicaron que la edad es un factor de riesgo encontrándose mayor prevalencia de agresión psicológica en niños en edad escolar. También con relación a las características de los niños la presencia de problemas conductuales o emocionales surgió como un factor de riesgo para la ocurrencia del maltrato, no así el género ni la presencia de enfermedades físicas (Tabla 2).


Variables como la educación de la madre, el estar trabajando fuera del hogar, y la presencia de redes de apoyo vecinal, no resultaron significativas para ningún tipo de violencia. En cuanto a la violencia ejercida por el padre no resultaron significativos, el tipo de empleo de éste, ni haber sido testigo de violencia en la infancia.

DISCUSIÓN

En primer lugar llama la atención la alta prevalencia comunicada por las madres, considerando la influencia de la deseabilidad social, se podría esperar cifras menores por efecto de la minimización. Comparado con los resultados presentados por Larraín, en una muestra de jóvenes a nivel nacional las cifras de la agresión psicológica y la agresión física leve, son más altas en el presente estudio, no así para la violencia grave donde los jóvenes señalan tasas significativamente más altas. Esta diferencia puede deberse a que en el presente estudio, se utilizó una definición de violencia más estricta que la utilizada en estudios similares, y/o que las madres refieren conductas cuya sanción social es menor, pero no aquellas de mayor daño para el niño.

Por otra parte, la menor prevalencia de violencia de parte del padre es consistente con lo comunicado por Alvarez20, lo que podría ser explicado en función del menor tiempo que éstos están a cargo de los niños, y/o la menor demanda que los niños ejercen sobre los padres basados en pautas culturales que prescriben la crianza como una responsabilidad fundamentalmente de las madres. Esta hipótesis se ve reafirmada por el hecho que éstas también comunican mayor uso de estrategias de resolución no violentas.

Las altas frecuencias para las estrategias no violentas de resolución indicaría por otra parte que padres y madres utilizan una combinación de estilos que incluyen prácticas violentas y no violentas en la socialización de sus hijos.

Dentro de los factores de riesgo, el deterioro de la salud mental de la madre aparece como un factor altamente significativo, lo que ha sido señalado por diferentes autores, dado que las madres que presentan altos niveles de estrés son menos tolerantes y pierden el control más fácilmente frente a la conducta disruptiva del niño, usando más violencia física y psicológica frente a lo que consideran conductas provocadoras de parte de éstos21,22.

En cuanto al consumo excesivo de alcohol, si bien el número de madres que lo refieren es relativamente bajo (6,2%) se encontró una alta asociación con la presencia de síntomas ansiosos y depresivos, siendo el consumo probablemente una expresión de trastornos emocionales, los que estarían a la base de una mayor predisposición a la conducta violenta de tipo verbal.

La presencia de antecedentes de castigo en la infancia de la madre, asociada con la presencia actual de violencia hacia los niños reafirma la hipótesis de la transmisión generacional del daño, ya que en estas familias los niños aprenden que el amor y la violencia pueden coexistir y que ésta es un modo aceptado de resolver los conflictos, desarrollando por tanto una mayor tolerancia a ésta. Llama la atención sin embargo que esta relación no se dio en el caso de los padres, y podría estar relacionada con el hecho de ser la madre quien reporta los datos respecto del progenitor con la consiguiente distorsión de la información, por lo que se sugiere ahondar en este punto en futuros estudios (Barudy, Aracena)23,24.

La experiencia de haber sido testigo de violencia entre los padres en la infancia no se correlacionó con el ejercicio actual de violencia contra los niños, pero sí con violencia actual del padre a la madre. Esto sugeriría el aprendizaje de un patrón genérico frente a la conducta violenta, en el que la mujer internaliza un modelo de victimización y el hombre un rol agresor al identificarse con el progenitor que ejerce violencia.

El bajo nivel educacional de los padres ha sido señalado como un factor de riesgo importante en estudios anteriores, en la presente investigación se encontró solo relación con violencia psicológica ejercida por el padre lo que podría explicarse en función de la homogeneidad de la muestra en la que el promedio de escolaridad de las madres es de 9,4 años y el de los padres es de 10 años de escolaridad. En cuanto al consumo de alcohol éste se relacionó con la violencia psicológica de la madre y la violencia física grave de parte del padre. Una explicación posible frente a este hallazgo sería que el alcohol actúa como factor mediador que gatillaría conductas de violencia las cuales adoptan un estilo propio dependiendo del género del progenitor.

En relación a los factores de riesgo de los niños, la mayor vulnerabilidad en la edad escolar coincide con la literatura y se explicaría en función de un mayor nivel de actividad motora, característica de este período evolutivo y a las dificultades de algunos niños de responder a las demandas del sistema familiar y escolar25. La variable género no resultó significativa para la ocurrencia del maltrato, lo que indicaría que en nuestro país no existiría una valoración cultural diferencial de niños o niñas, ni tampoco una percepción rígida de los roles de género, por parte de los padres, que legitimen mayor castigo a los varones9.

Por otra parte, la presencia de problemas conductuales y emocionales en los niños, también ha sido planteada como factor de riesgo considerando que estos niños generan más estrés y demandan más atención de sus padres, quienes les atribuyen responsabilidad por su conducta, a diferencia de los niños con problemas físicos quienes en nuestro país son percibidos por sus padres como más vulnerables y por lo tanto más necesitados de protección, constituyéndose la enfermedad en un factor protector del maltrato26.

Por último nos parece importante concluir a partir de este estudio que el maltrato infantil es un problema relevante en nuestra región y considerando la fuerte asociación de este fenómeno con el nivel de salud mental de la madre y con la historia de violencia familiar en la infancia de los padres, se hace imperativo realizar acciones preventivas en relación a la salud mental de las madres, así como acciones educativas a los padres que favorezcan el desarrollo de habilidades parentales, interrumpiendo de este modo la transmisión transgeneracional de la violencia.

Asimismo, considerando la tendencia encontrada en este estudio a develar de parte de las madres el maltrato leve, se estima necesario generar estrategias diferenciadas para la detección del maltrato grave ya que son estos niños quienes se encontrarían en situación de mayor riesgo físico y emocional.

*World SAFE Steering Committee. World Studies of Abuse in the Family Environment (World SAFE) Core Questionnaire US Copyright 2000.

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