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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe v.14 n.1 Santiago mayo 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22282005000100001 

 

PSYKHE 2005, Vol. 14, Nº 1, 3 -16

ARTICULO

Estilos de Personalidad y Desadaptación Social Durante la Adolescencia

Personality Styles and Adjustment Problems in Adolescence

Paula Alarcón, Eugenia Vinet y Sonia Salvo
Universidad de La Frontera

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

El presente estudio tuvo por objetivo identificar características de personalidad en adolescentes reincidentes en conductas antisociales. Con ese propósito se administró el Inventario Clínico para Adolescentes de Millon MACI (Millon, 1993) a una muestra de 86 adolescentes varones chilenos infractores de Ley. Los datos obtenidos fueron analizados mediante la combinación de un análisis de conglomerados y un análisis multivariado HJ-Biplot, resultando en la detección de las siguientes cinco agrupaciones de perfiles de personalidad: a) el tipo Transgresor Delictual "T-D", b) el tipo Oposicionista-Autodestructivo "O-A", c) el tipo Inhibido-Evitativo "I-E", d) el tipo Dependiente-Ansioso "D-A" y e) el tipo Subclínico "Sub". Estos resultados se discuten en términos de la importancia que pueden tener la evaluación psicológica de adolescentes en contextos judiciales y los perfiles de personalidad en interacción con factores contextuales, los que pueden constituir un factor de riesgo relevante para una mayor reincidencia y peligrosidad en los delitos cometidos por adolescentes.

Palabras Clave: adolescentes, personalidad, conducta antisocial.


ABSTRACT

The present study was aimed at identifying personality traits in adolescent offenders. With this purpose, Millon's Adolescent Clinical Inventory (MACI) was administered to a sample of 86 Chilean male adolescents who had broken de law. Data obtained were analyzed by a combination of an HJ-Biplot multivariate analysis and an analysis by conglomerates. These analyses yielded five groupings of personality profiles: (a) Transgressor-Delictual type "T-D", (b) the Opossitionistic-Selfdestructive type "O-A", (c) the Inhibited-Avoiding type "I-E", (d) the Anxious-Dependent type "D-A", and (e) the Subclinical type "Sub". These results are discussed in terms of the tentative importance that personality profiles may have as predictors of a greater probability of recursiveness and harmfulness of crimes committed by adolescents, as well as in terms of the relevance gained by personality assessment in adolescents, particularly in the context of judicial work.

Keywords: adolescents, personality, antisocial behavior.



Antecedentes

La adolescencia es reconocida en la sociedad occidental como una fase de transición en el desarrollo de la personalidad, en donde se abandona el mundo infantil buscando un espacio psicológico y social en el mundo adulto (Alarcón, 1997). La psicología evolutiva ha descrito como eje motivador de esta etapa la búsqueda y delimitación de la identidad (Erikson, 1969). No obstante, se discute aún, si esta fase del desarrollo sigue una evolución continua y predecible desde los años intermedios o irrumpen transformaciones de tal intensidad que dan origen a una fase de crisis, inestabilidad y fragilidad emocional (Crockett & Crouter, 1995; Rice, 2000).

Diversas investigaciones han dejado en evidencia una mayor vulnerabilidad durante el proceso adolescente para iniciar conductas de riesgo en salud mental y adaptación social tales como: consumo de drogas ilícitas, embarazo precoz, deserción escolar, violencia y conductas antisociales (Ávila, Jiménez-Gómez & González, 1996; Florenzano, 1998; Organización Mundial de la salud [OMS],1995). Estas manifestaciones se presentan como un fenómeno emergente, amenazando la convivencia social y reduciendo en estos adolescentes las posibilidades de ajuste psicológico y social futuro.

Especial atención merecen las conductas antisociales y violentas realizadas por jóvenes, las que se han incrementado significativamente en la última década en diferentes partes del mundo. En EE.UU. los delitos violentos perpetrados por jóvenes aumentaron un 154% en los últimos 10 años y en España los delitos cometidos por menores de 16 años se incrementaron en un 34% en la década del 90 (Urra & Clemente, 1997). En Latinoamérica, en particular en Chile, si bien los contextos vinculados a la pobreza pueden favorecer el desarrollo de conductas delictivas en niños y jóvenes como estrategias de sobrevivencia, se reporta un aumento de éstas en los diferentes sectores socioeconómicos y no sólo en poblaciones empobrecidas y más vulnerables a al control policial y sanción legal. Paz Ciudadana (Werth & Sepúlveda, 2003) reporta que las aprehensiones de menores de 18 años en conductas delictivas en el país aumentó en un 398% entre los años 1986 y 2002 y las condenas de jóvenes entre 16 y 18 años aumentó también en un 67%, lo que contrasta en el mismo tramo de años con un aumento de sólo un 13% en adultos. Esta realidad no se aleja de la tendencia observada en otros países sobre desadaptación social, donde las mayores cifras de incidencia y prevalencia de la conducta delictiva se alcanzan durante la adolescencia y adultez temprana, siendo un predictor de delincuencia adulta, la aparición de conductas antisociales antes de los 15 años (Garrido, Stangeland & Redondo, 1999; Rutter & Giller, 1985).

Desde la criminología se han investigado los procesos asociados a la desadaptación social en jóvenes, dando especial atención a las escaladas o carreras delictivas, donde se observa un aumento progresivo de la gravedad y frecuencia de las conductas antisociales a partir de la edad de inicio (Farrington, 1987), observándose también la interacción entre variables personales y oportunidades del entorno (Gottfredson & Hirschi, 1990). Estos hechos reafirman la necesidad de detectar y estudiar tempranamente las conductas de riesgo antisocial en adolescentes y evaluar los factores psicológicos que pueden intervenir en el desarrollo de éstas.

Asumiendo este desafío se busca fortalecer la investigación en estrategias e instrumentos de evaluación psicológica adolescente, creados y/o adaptados en esta población y que cuenten con un modelo teórico aplicable a la realidad latinoamericana.

Los instrumentos de evaluación de personalidad especialmente desarrollados para población adolescente no son abundantes en publicaciones científicas, menos aún adaptaciones o estudios en grupos más complejos de riesgo como pueden ser adolescentes con problemas de adaptación social.

Entre los instrumentos más citados en la literatura científica en evaluación de adolescentes están los desarrollados por el modelo multidimensional de Achenbach Child Behavior Checklist (CBCL), Teacher Report Form (TRF) y Youth Self -Report (YSF), este último de autoreporte (Achenbach & Edelbrock, 1993), y el Inventario Multifásico de la Personalidad de Minnesota para Adolescentes (MMPI-A; Butcher et al., 1992; Gumbiner, Arriaga & Stevens, 1999). Ambos modelos de evaluación adolescente resultan un interesante aporte en la detección y evaluación de sintomatología; no obstante, el no contar con un modelo teórico de personalidad, limita la interpretación de los indicadores observados así como la capacidad de predecir comportamientos en este grupo.

En la presente investigación se optó por el modelo evolutivo de personalidad desarrollado por Theodor Millon (1969, 1990) ya que se sustenta desde una perspectiva teórica y empírica, además de aportar una mirada integradora e innovadora para comprender la adolescencia en múltiples dimensiones a través del Inventario Clínico para Adolescentes MACI (Millon, 1993), instrumento en proceso de validación y estandarización en Chile (Vinet, González, Alarcón, Pérez & Díaz, 2001).

El principal objetivo de esta investigación es identificar y describir perfiles de personalidad, en un grupo de adolescentes varones que presentan reincidencia en conductas delictivas, aportando a la discusión y reflexión sobre variables de personalidad como riesgo para avanzar en la escalada de desadaptación social.

Modelo Evolutivo de la Personalidad de Millon

Este modelo define la personalidad como:

"un patrón complejo de características psicológicas profundamente arraigadas, que son en su mayor parte inconscientes y difíciles de cambiar, se expresan automáticamente en casi todas las áreas del funcionamiento del individuo. Estos rasgos intrínsecos y generales surgen de una complicada matriz de determinantes biológicos y aprendizajes, comprenden el modo idiosincrático de percibir, sentir, pensar, afrontar y comportarse de un individuo". (Millon & Davis, 1998, p. 4)

Millon y Davis (1998) plantean una hipótesis de continuidad del desarrollo psicológico, por tanto, las características del funcionamiento del adolescente estarían determinadas tempranamente a partir de la interacción entre dos dimensiones de funcionamiento del ser humano. La Dimensión I, anclada biológicamente pero modulada a través del aprendizaje, distingue dos modalidades básicas de obtención de reforzamiento instrumental y afrontamiento de situaciones que utilizaría el adolescente para maximizar el placer y evitar el dolor. Estos modos son a) activo, cuando muestra una actitud atenta y alerta, interviniendo y modificando los acontecimientos; y b) pasivo, cuando por el contrario, aparecen apáticos e inhibidos y permiten que los sucesos se desarrollen fuera de su control o regulación personal.

La Dimensión II define cinco categorías para caracterizar el tipo de vínculo que puede haber establecido el joven a través de su historia de vida con la fuente primaria a partir de la cual obtuvo u obtiene placer y satisfacción o intenta evitar el dolor y el sufrimiento. Estas categorías son: a) desvinculación, cuando el joven evita el establecimiento de vínculos; b) dependencia, cuando el establecimiento de vínculos con otros es lo primordial para obtener placer y evitar el dolor; c) independencia, cuando se puede prescindir de vínculos externos pues la gratificación se obtiene internamente, a partir de los propios valores y deseos; d) ambivalencia, cuando el joven oscila y experimenta conflictos entre ser guiado por otros o por los propios deseos en la obtención de satisfacción; y e) discordancia, cuando en el joven se ha trastocado la naturaleza del vínculo interpersonal y vivencia lo negativo como positivo sustituyendo el dolor por el placer.

La combinación de las dimensiones I y II genera una matriz de 10 (2 x 5) patrones básicos de personalidad que incluyen tanto estrategias normales de funcionamiento personal como trastornos leves o severos de la personalidad. Estas estrategias, conceptualizadas como modos preferentes de percibir, sentir, pensar, actuar y relacionarse con otros, son evaluadas en el Inventario Clínico para Adolescentes de Millon, MACI (Millon, 1993).

MACI y Conductas Antisociales

El MACI permite una adecuada descripción del funcionamiento psicológico y conductual diferenciando trastornos específicos como depresión (Hiatt & Cornell, 1999) y trastornos por uso de alcohol y drogas (McCann, 1997; Grilo, Fehon, Walter & Martino, 1996; Romm, Bockian & Harvey, 1999). Particularmente, Loper, Hoffschmidt y Ash (2000), reportan puntuaciones elevadas en escalas Transgresor, Tendencia al Abuso de Sustancias y Discordia Familiar, en jóvenes encarcelados que cometieron delitos violentos. Estas puntuaciones correlacionaron positivamente con baja empatía, motivación instrumental y escasos sentimientos de culpa observados en este grupo.

Murrie y Cornell (2000), al estudiar la capacidad del MACI para evaluar psicopatía en jóvenes privados de libertad, encontraron que las escalas Tendencia al Abuso de Sustancias y Transgresor correlacionan significativa y positivamente con una escala para medir personalidad psicopática Psychopathy Checklist, PCR-L (Hare, 1991). Otro hallazgo interesante es la capacidad de discriminación mostrada por el MACI para diferenciar entre adolescentes abusadores sexuales de los que cometen otros tipos de delitos, observándose puntuaciones elevadas y con diferencias significativas entre las escalas Desaprobación Corporal, Disconformidad Sexual y Abuso de Sustancias (Mattingly, 2000).

Romm, Bockian y Harvey (1999), detectaron en un análisis factorial cinco factores o prototipos clínicos a través del MACI, en adolescentes consultantes, ellos son: un primer factor denominado Exteriorizador-Desafiante, un segundo factor descrito como Autodestructivo, un tercer factor definido como Inadecuación Evitativa, un cuarto factor denominado Depresivo de Baja Autoestima y un último factor llamado Reactivo a Experiencias Abusivas.

En Chile, el MACI ha demostrado adecuados niveles de confiabilidad para muestras normales, clínicas y de adolescentes con desadaptación social (Vinet & Alarcón, 2003). En un estudio con adolescentes chilenos infractores de Ley se demuestra la capacidad de discriminar del MACI entre un grupo normal y un grupo con conductas delictivas, reportando diferencias significativas en el 93% de las 28 escalas. Además, se evidencia una acentuación importante de tres escalas de síndromes clínicos: Predisposición Delictual, Tendencia al Abuso de Substancias e Impulsividad (Alarcón, 2001).

A partir de estos antecedentes se concluye que el inventario de personalidad MACI constituye un adecuado instrumento para describir características de personalidad en adolescentes chilenos que inician una escalada delictiva.

Adolescencia y Desadaptación Social

Existe una amplia diversidad de orientaciones conceptuales que, bajo el paradigma científico, intentan estudiar y describir las conductas agresivas y antisociales que surgen en la niñez y adolescencia. No se pretende realizar aquí una revisión exhaustiva, sino resaltar aquellas variables empíricamente reportadas en torno al concepto de personalidad y su evolución durante la adolescencia.

Una de las aproximaciones clásicas ha sido la de Rutter y Giller (1985) quienes describen a los adolescentes infractores a través de dos amplias agrupaciones. Por una parte el grupo socializado que pertenece a una subcultura delictual o pandilla; ellos de algún modo aprenden valores propios de esa cultura y cometen delitos vinculados a sus grupos de referencia sin graves trastornos psicopatológicos. En cambio el segundo grupo, no socializado, lo constituyen adolescentes que no pertenecen a ningún grupo social, presentan problemas en las relaciones interpersonales y tienen una mayor prevalencia de trastornos psicopatológicos.

Himshaw, Lahey y Hart (1993) separan los trastornos disociales infanto-juveniles en dos categorías, según su momento de inicio: a) inicio precoz, antes de los 13 años, caracterizado por comportamientos delictivos y agresivos que tienden a mantenerse a lo largo de la vida y b) inicio tardío, con predominio de comportamientos delictivos, no agresivos (Garrido, Stangeland & Redondo, 1999; Moffit, 1993).

Recientemente, Farrington (1996) reagrupa los factores y procesos que intervienen en el desarrollo de propensiones antisociales en niños y jóvenes según la interrelación de tres dimensiones: a) grado de tendencia antisocial, b) decisión de cometer el delito, y c) inicio, persistencia y desistimiento de la delincuencia. Esta aproximación permite reflexionar acerca del impacto de las variables psicológicas en estas tres dimensiones que intervienen en el fenómeno delictivo, y también sobre los criterios clínicos con los que cuenta la psicología clínica y la psiquiatría para explicar o describir el comportamiento antisocial. Desde esta perspectiva los criterios diagnósticos más utilizados para describir alteraciones del comportamiento antisocial en la niñez y adolescencia son el trastorno Negativista Desafiante y el Trastorno Disocial. En el primero, basta la presencia por más de seis meses de desobediencia, hostilidad y desafíos a la autoridad. El segundo requiere de un patrón persistente, repetitivo y clínicamente significativo de conductas que violan los derechos básicos de otras personas y las principales normas sociales adecuadas a la edad del sujeto (American Psychiatric Association [APA], 1997).

La evidencia empírica resalta la impulsividad como uno de los factores más importantes en el desarrollo de comportamientos disruptivos en la niñez y adolescencia, destacándose su naturaleza bidimensional que considera: un factor conductual referido a desinhibición e inquietud motora, y un factor cognitivo que implica la falta de previsión y planificación de la conducta (White et al., 1994). Otros factores psicológicos de importancia son el estilo de afrontamiento pasivo, la baja autoestima, la desesperanza aprendida y la ausencia de proyecto vital (Bender, Bliesener & Lösel, 1996; Smith & Stern, 1997; Vladislav, Eisemann & Hägglöf, 1999).

Desde una perspectiva comprensiva-evolutiva se ha descrito la importancia del apego y la vinculación afectiva en los primeros años de vida (Bowlby, 1990; Winnicott, 1991), así como la protección y la supervisión familiar. El estudio del maltrato infantil y el abuso sexual en la infancia aporta antecedentes psicógenos asociados a la aparición de conductas antisociales. En algunos casos de trastorno de estrés post-traumático (TEP), el trauma puede jugar un rol crítico en la perpetuación del crimen y ciclo de violencia. Los jóvenes pueden verse impelidos a revivir experiencias traumáticas a través de la perpetuación de actos similares, donde ellos someten a los otros a la condición de víctimas (Cashel, Ovaert & Holliman, 2000; Steiner, García & Mathews, 1997).

Por otra parte, en etapas más avanzadas del desarrollo y con mayor consolidación de la personalidad, una de las dimensiones más estudiadas es la desviación psicopática o trastorno antisocial de personalidad. Se define psicopatía, como una alteración en la relación con los demás, tendencia a violar los derechos de otros, falta de conciencia moral o estilo antisocial (Oldano, 1998). Hare (1991) describe dos variantes de expresión de este trastorno, una narcisista-egocéntrica y otra centrada en conductas antisociales y baja tolerancia a la frustración. Ambos aspectos son corroborados por Kernberg (1989) y por Millon y Davis (1998) como parte de un estilo de personalidad psicopático. Millon considera que las personalidades antisociales y narcisista se encuentran en un mismo continuo, en la normalidad ambos patrones están orientados a la satisfacción de sus propias necesidades y deseos, cuando se traspasa hacia un plano patológico, satisfacen sus propias necesidades y deseos excluyendo al otro o a expensas de los demás. La diferencia entre ambos se debe al estilo de afrontamiento pasivo para las personalidades narcicistas y activo en la personalidad antisocial (Millon & Davis, 2001).

Método

Participantes

De la población de adolescentes con desadaptación social de la Novena Región de Chile se extrajo una muestra de 104 adolescentes infractores de Ley que cumplieron con los requisitos de: a) registro de causa y antecedentes de desadaptación social en Juzgado de Menores; b) escolaridad compatible; y c) consentimiento informado.

Ellos accedieron voluntariamente a responder el MACI en forma individual o en grupos pequeños de hasta cinco personas en las instituciones en las que ellos se encontraban (centros de rehabilitación, sección menores de la cárcel CCP y Juzgado de Menores) o como parte de un proceso de evaluación en dichos centros. Al aplicar las escalas de validez del instrumento se eliminaron 18 protocolos con respuestas inconsistentes o con más de cinco ítems en blanco, finalmente la muestra quedó constituida por 86 adolescentes varones infractores de Ley como grupo de estudio.

De modo adicional, se consideró una muestra de 225 adolescentes varones no consultantes de la Novena Región adaptados al sistema escolar, evaluados a través del proyecto marco FONDECYT Nº 1010514 (Vinet, González, Alarcón, Pérez & Díaz, 2001) en el cual se inserta este estudio.

Instrumento

Inventario Clínico para Adolescentes de Millon (MACI). Este instrumento, dirigido a jóvenes entre trece y diecinueve años, está compuesto por 160 ítems con formato verdadero o falso que pueden ser respondidos en aproximadamente 30 a 45 minutos. La estructura de la prueba es la siguiente: 12 escalas de patrones de personalidad, a saber, Introvertido (1), Inhibido (2A), Afligido (2B), Sumiso (3), Dramatizador (4), Egoísta (5), Transgresor (6A), Poderoso (6B), Conformista (7), Oposicionista (8A), Autodegradante (8B) y Tendencia Limítrofe (9). Ocho escalas de preocupaciones expresadas: Difusión de Identidad (A), Autodevaluación (B), Desaprobación Corporal (C), Disconformidad Sexual (D), Inseguridad Grupal (E), Insensibilidad Social (F), Discordia Familiar (G) y Abuso Sexual (H). Siete escalas de síndromes clínicos: Disfunciones Alimentarias (AA), Tendencia al Abuso de Sustancias (BB), Predisposición Delictual (CC), Tendencia a la Impulsividad (DD), Sentimientos Ansiosos (EE), Afecto Depresivo (FF) y Tendencia Suicida (GG). Además existen tres escalas modificadoras: Revelación (X), Deseabilidad (Y) y Depreciación (Z), y una escala de validez (V) de sólo dos ítems.

La fiabilidad de las escalas ha sido probada en reiteradas oportunidades en muestras chilenas, revelando índices de consistencia interna similares a los obtenidos por Millon (1993). Estos oscilan entre 0.54 (D) y 0.90 (8B) en las muestras de no-pacientes y entre 0.51 (D) y 0.91 (8B y B) en las muestras de sujetos con problemas psicológicos, con medianas de 0.79 y 0.81 respectivamente (Vinet & Alarcón, 2003; Vinet et al., 2001). Su estabilidad en períodos cortos (siete a diez días) muestra correlaciones test-retest entre 0.64 (CC) y 0.90 (GG) en adolescentes del ámbito escolar (Vinet et al., 2001). Asimismo, el instrumento ha demostrado ser una prueba válida, con una adecuada capacidad de discriminación entre adolescentes normales y grupos con problemas psicológicos (Vinet & Alarcón, 2003; Vinet et al., 2001).

En la presente investigación se empleó una versión chilena del MACI (Vinet et al., 1999). A partir de esta versión se desarrolló un formato de respuestas especial para este grupo de estudio, cuyos tamaños de letra y presentación otorgan mayor facilidad de comprensión del test al poder responder en el mismo protocolo de preguntas (versión amigable).

Resultados

En primer lugar se realizó un análisis de conglomerado jerárquico a la matriz de 86 individuos medidos en las 27 variables clínicas del MACI, donde la semejanza entre individuos se calculó en función de los valores de las variables en las escalas de personalidad, detectándose cinco agrupaciones claramente diferenciadas. A estas agrupaciones se le aplicó un análisis HJ-Biplot (Gabriel, 1971), técnica gráfica multidimensional que permite una buena calidad de representación de las variables involucradas en el análisis a través de la longitud de sus vectores (escalas de personalidad). Las variables cuyos vectores son más largos, se corresponden con mayor varianza intersujetos y por ende están ayudando a describir mejor al grupo con el cual están asociadas en el plano. Las variables que están más juntas (en un menor ángulo) son las que están más correlacionadas entre sí. A partir de este análisis se obtienen las variables eje responsables de las agrupaciones, dando origen a perfiles de personalidad en base a escalas de patrones, preocupaciones y síndromes clínicos (Salvo, Alarcón & Vinet, 2003).

Caracterización de la Muestra

Los sujetos de la muestra presentan una edad promedio de 15.8 años en un rango de 13 a 18 años. La escolaridad presenta una alta dispersión (4 a 11 años). La edad de inicio de la escalada de desadaptación social corresponde a los 12 años y el tiempo promedio con conductas de desadaptación detectadas equivale a 3.8 años.

Las conductas desadaptativas de mayor incidencia fueron los delitos contra la propiedad (70%). De estos delitos, el 30% se asocia con conductas de daño a las personas (intimidación y/o asalto) y un 50% corresponde sólo a robos. Al interior de la muestra 11.6 % de los adolescentes presentan como delito homicidio y sólo un 2% delitos sexuales.

La tendencia de desadaptación social de acuerdo a la edad muestra un importante incremento a los trece años, decayendo al año siguiente para luego aumentar progresivamente alcanzando su punto máximo a los 17 años.

Perfiles de Personalidad a Través del MACI

A través del análisis de conglomerado jerárquico, se detectan cinco agrupaciones significativas, las que se describen en la Tabla 1 en términos de sus medias y desviaciones estándares en las variables MACI.

Tabla 1
Datos descriptivos según conglomerados

El análisis HJ-Biplot permitió identificar las escalas mejor representadas al interior de las agrupaciones y las distancias entre ellas, dando origen a una distribución de posibles perfiles de personalidad al interior del grupo estudiado. Éste se presenta a continuación en la Figura 1.

Figura 1. Cluster HJ-Biplot, planos 1 y 2.



Al interior de los cinco conglomerados, se detectaron los siguientes perfiles de personalidad: (I) Transgresor Delictual "T-D", (II) Oposicionistas-Autodestructivos "O-A", (III) Inhibidos-Evitativos "I-E", (IV) Dependientes-Ansiosos "D-A" y (V) Subclínicos "Sub". Estos se presentan a través de la Figura 2, en tanto resultados del análisis HJ-Biplot, y en la Tabla 2, en términos de las variables MACI.

Tabla 2
Perfiles de personalidad (MACI) por agrupaciones (cluster HJ-Biplot) (n = 86)




Figura 2. Agrupaciones de personalidad de acuerdo a MACI.

El grupo I, estilo Transgresor-Delictual "T-D" está representado por un 33.7% de la muestra; el grupo II, estilo Oposicionista-Autodestructivo representa el 18.6% de la muestra; el grupo III, estilo Inhibido-Evitativo alcanza al 14% de la muestra; y el grupo IV, estilo Dependientes-Ansiosos equivale al 14% de la muestra. Finalmente se identificó un grupo V cuyo perfil no logra ser descrito exhaustivamente a través del MACI ya que no presentaría sintomatología clínica, siendo parte de sus estrategias de afrontamiento al entorno un estilo conformista y de mayor preocupación por la valoración externa, este grupo representa al 15% de la muestra estudiada.

El grupo I, "T-D", está definido principalmente por la escala de patrón de personalidad Transgresor (6A) y por Predisposición Delictual (CC) como Síndrome Clínico. Además forman parte de este perfil las escalas de patrones Egoísta (5) y Dramatizador (4); los síndromes Tendencia a la Impulsividad (DD) y Tendencia al Abuso de Sustancias (BB); y la escala de preocupaciones Insensibilidad Social (F), única de este grupo que aparece representada.

Esta agrupación se caracterizaría por adolescentes con un funcionamiento que los predispone a comportamientos disruptivos que transgreden las normas y derechos de los demás, centrado en sus necesidades y con especial interés por captar la atención a través del estrés que generan en el entorno; su actitud es de indiferencia ante las necesidades de su grupo social. A continuación se puede observar en la Figura 3 el perfil de este grupo en comparación con el perfil de un grupo de adolescentes sin desadaptación social.

Figura 3. Gráfico del conglomerado Tipo I (T-D).


El grupo II, Oposicionistas-Autodestructivos "O-A", estuvo conformada principalmente por las escalas de patrones Oposicionista (8A), Poderoso (6B) y Afligido (2B), y por dos escalas de síndromes clínicos, Abuso de Sustancias (BB) e Impulsividad (DD), y en preocupaciones las escalas Abuso Infantil (H) y Discordia Familiar (G). Estos adolescentes muestran una importante sintomatología y desajuste psicopatológico, presentan un estilo oposicionista que puede oscilar entre reacciones de obediencia y desafío, buscan ejercer poder en las relaciones interpersonales, pero se enfrentan a un intenso conflicto consigo mismo y los demás. Se caracterizan por la sensación de daño interno (depresión), probablemente asociada a una historia de vida deprivada o traumática y que en la actualidad se exterioriza a través de un actuar impulsivo y alta desorganización emocional (escala Borderline). En la Figura 4 se presenta el Tipo O-A, en contraste con los adolescentes sin problemas de adaptación social.

Figura 4. Gráfico del conglomerado Tipo II (O-A).

El grupo III, se ha denominado Inhibidos-Evitativos "I-E" en el contacto Interpersonal. Este perfil comparte con el O-A la elevación en las escalas de Afligido (2B), Autodegradante (8B) y Autodevaluación (B) junto a un estilo de personalidad Introvertido (I) y síndrome clínico de tipo ansioso. Se caracterizan por un patrón de aislamiento, sentimientos depresivos, desvalorización personal y especial sensibilidad para experimentar el rechazo o dolor del abandono de otros (ver el Tipo I-E en la Figura 5).

Figura 5. Gráfico del Tipo III (I-E).

El grupo IV, Dependientes-Ansiosos "D-A", presenta un mayor grado de conformismo y se encuentra fuertemente determinado por las escalas Sumiso (3), Síntomas de Ansiedad (EE) y Conformista (7) y en menor medida por Disconformidad Sexual (D). Los adolescentes de este grupo se caracterizan por un estilo de personalidad sumiso, mostrando sentimientos de ansiedad e incomodidad ante sus impulsos sexuales. Han aprendido que sus fuentes de gratificación responden al apoyo afectivo que proviene de los otros y por tanto están dispuestos a acatar reglas o desafíos que les imponen los demás, aún cuando no compartan estas motivaciones. En la Figura 6 se presenta el perfil del tipo D-A.

Figura 6. Gráfico del Tipo IV (D-A).

El grupo V no logra ser descrito a través de un perfil de personalidad, sólo se evidencia limitado en sus extremos por dos escalas de personalidad que suelen aparecer elevadas en población adolescente ajustada o normal: éstas son la escala Conformista (7), ajustado a las reglas del grupo, combinada con la escala Dramatizador (4). Estos adolescentes, denominados Subclínicos, al no presentar sintomatología sólo se involucrarían en conductas antisociales como una búsqueda de aceptación y fuente de gratificación afectiva o social. Esto se observa claramente en la Figura 7, donde el perfil del grupo es muy similar al obtenido por un grupo normal no consultante.

Figura 7. Gráfico del Tipo V (Sub).

Discusión

A través de la presente investigación se logró delimitar cinco perfiles de personalidad en adolescentes varones en conflicto con la justicia. Se evidencian dos agrupaciones con una mayor predisposición personal a involucrase en conductas delictivas: el grupo T-D estilo de personalidad Transgresor Disruptivo en su entorno y un grupo O-A con una clara sintomatología clínica, desorganización emocional, comportamiento impredecible y de un rango de mayor peligrosidad en los delitos. El grupo I o T-D presenta un estilo de personalidad Transgresor, cuya estrategia para afrontar la vida se acerca a la insensibilidad social, sin preocupación por las consecuencias de sus actos en otros (McCann, 1997). Este estilo de personalidad puede consolidarse en un trastorno de personalidad antisocial, a través de dos posibles formas de expresión, una orientada a la manipulación y seducción en busca de la satisfacción de sus propios intereses o deseos, buscará excesivas expresiones de afecto y aprobación del grupo -estilo histriónico y dramatizador- y una segunda forma más pasiva narcisista, centrada en el logro de sus propias metas, que alcanza menos visualización en los grupos (Millon & Davis, 1998). El grupo I sólo representa el 33,7% de los adolescentes reincidentes en conductas delictivas en este estudio, lo que contrasta con una vasta revisión teórica en psicología sobre "desviación psicopática "donde se le da un especial protagonismo como estilo de personalidad de riesgo (Hare, 1991; Kernberg, 1989; Oldano, 1998; Simourd & Hoge, 2000).

Los adolescentes pertenecientes al grupo II, O-A, despliegan un patrón errático de rabia explosiva, testarudez, culpa y vergüenza, dan cuenta de una gran inestabilidad emocional, probablemente asociada a experiencias de carácter traumático en su infancia, abuso sexual o maltrato físico. Esta agrupación puede presentar dos formas de exteriorización: en la primera predomina un funcionamiento más impulsivo y activo que gusta de ejercer poder y control sobre otros, con gran descontrol emocional, un alto consumo de drogas y riesgo suicida.

El grupo II también puede expresarse a través de estilos de afrontamiento pasivo, de afecto depresivo y baja autoestima, con un alto riesgo de conductas autodestructivas orientadas a la obtención de castigo o sanción externa. El análisis de este perfil puede ser compatible con un patrón sádico-masoquista descrito en la literatura clínica tradicional. En el extremo del nivel de desorganización de esta agrupación se encontrarían estilos cercanos a personalidades borderline. El perfil O-A, desde una aproximación clínica, concuerda con lo reportado por Steiner, García y Mathews (1997), en jóvenes que han sufrido experiencias de vida de carácter traumático y a modo de acting-out buscan reactivar dicha experiencia sometiendo a otros a la condición de víctimas.

Los perfiles de personalidad T-D y O-A, son descritos por Moffit (1993) y Farrington (1996) desde una perspectiva evolutiva, de inicio precoz, agresivo y de mayor estabilidad a lo largo de la vida, no sólo durante la adolescencia. Por tanto, estos grupos pueden ser detectados más tempranamente en el desarrollo y los servicios de atención a menores podrían implementar estrategias de intervención especializadas y diferenciadas para cada uno de ellos.

El grupo III, Inhibidos-Evitativos, es más pasivo y distante de su realidad. Se aíslan tempranamente en su vida o evitan involucrarse en experiencias placenteras de intercambio social o afectivo. La exteriorización es a través de una actitud indiferente evitativa o bien depresivo-ansiosa, marcada por desesperanza hacia el entorno. Sus estrategias suelen ser más bien pasivas y no disfrutan del contacto interpersonal con sus amigos, al contrario se sienten inseguros y con desconfianza hacia los demás. Este estilo puede manifestarse en afecto depresivo, alta exigencia consigo mismo, baja autoestima, preocupación por su cuerpo y apariencia personal, así como una marcada tendencia al aislamiento en un mundo personal y desconectado de la realidad. El adolescente con perfil I-E, no buscará problemas conductuales, no obstante, si se encuentra en contextos que ofrecen oportunidades su estilo de afrontamiento de bajo compromiso emocional y social, facilitará conductas muy arriesgadas y sin límites. Este perfil se aprecia escasamente descrito en los reportes de investigación sobre desadaptación social, sólo Romm, Bockian y Harvey (1999) han detectado, a través de análisis factorial, la dimensión denominada inadecuación evitativa, que correspondería a una exacerbada inhibición emocional y desconfianza hacia los demás, estilo retraído que resulta interesante de profundizar en futuras investigaciones. El grupo III que está representado sólo en el 14% de la muestra junto al Grupo II manifiestan síndromes clínicos de tipo depresivo, trastornos que potencialmente podrían responder a intervenciones psicoterapéuticas especializadas en esta población.

Las dos últimas agrupaciones identificadas comparten como característica central un estilo sensible a la valoración externa, especialmente al grupo de pares. Las estrategias de afrontamiento predominantes son más sumisas, conformistas y dependientes de la valoración de los otros, con menor desorganización psicopatológica pero más vulnerables a factores de riesgo en su entorno.

El grupo IV, Dependientes-Ansiosos, muestran un estilo inseguro y pueden vivenciar sus comportamientos delictivos con gran ansiedad y preocupación. Este perfil de personalidad presenta una muy baja autoestima y sentimientos de ineficacia, se perciben a sí mismos como no importantes y valorarán de modo especial el ser aceptado por su grupo de referencia. En algunos de ellos la sexualidad emergente puede ser fuente de conflicto acrecentando el deseo de ser aceptado, y de acuerdo a Mattingly (2000), pueden ser potencialmente de mayor riesgo en conductas de abuso sexual, sin embargo se requiere de mayores estudios para explorar esta hipótesis.

El grupo V, Subclínico, presenta un funcionamiento ajustado y normal, encontrándose los ejes motivadores de su comportamiento delictual, probablemente en oportunidades y condiciones de sobrevivencia del contexto social donde se desarrollan; aquí la valoración y la necesidad de adaptarse a su medio juegan un rol central como factor de riesgo.

Estos dos último perfiles (D-A y Subclínico) podrían corresponder a la descripción de la subcultura delictual, de tipo socializado o de funcionamiento en pandillas referido por otros autores en variadas investigaciones, donde las variables familiares y de interacción con los pares elevan el riesgo de iniciar o mantenerse en la escalada delictiva (Farrington, 1986; Quay, 1986; Rutter & Giller, 1985). En estas agrupaciones la personalidad juega un rol pasivo; sin embargo, los conflictos característicos de la adolescencia pueden acentuar una mayor vulnerabilidad. Se puede inferir que este tipo de jóvenes inicia conductas delictivas tardíamente durante la adolescencia y resultan de menor agresividad o peligrosidad futura. Desde una perspectiva preventiva, sus estrategias de afrontamiento características garantizarían un resultado positivo en aquellos modelos de intervención rehabilitadores donde se trabaja a través de pares y/o centros juveniles. Cabe mencionar aquí, que una de las principales limitaciones de este estudio, fue acotar la evaluación a estilos de personalidad dejando fuera variables muy importantes de contexto como la dinámica familiar o sucesos de vida, entre otras, que intervienen como factores de riesgo, protección o mediatizadores en la interpretación de las experiencias. Otra importante y evidente limitación es que se trabajó con una muestra de sólo 86 adolescentes, constituida exclusivamente por varones, lo cual restringe la generalización de sus resultados y abre interrogantes acerca de las diferencias de género que pueden evidenciarse en adolescentes con desadaptación social.

La presente investigación, al identificar cuatro tipos de personalidad como condicionantes de riesgo, permite comprobar nuevamente que el fenómeno de la desadaptación social durante la adolescencia es un fenómeno multidimensional, no se reduce a una sola variable que permita predecir el comportamiento, menos aún en una etapa de desafíos constantes y alta vulnerabilidad a las oportunidades del contexto. Sin embargo, al intentar aislar esta variable en el presente estudio, se constata a su vez una interesante heterogeneidad, que debe ser atendida por los profesionales que trabajan con estos jóvenes, así como por las instituciones que diseñan estrategias y modelos de intervención.

Para la emergente psicología forense en Chile, es urgente fortalecer la validación y estandarización de instrumentos de evaluación psicológica en contextos judiciales, particularmente en adolescentes, por una parte, por la implementación de la nueva Ley de responsabilidad penal, donde se requiere conocer indicadores psicológicos que permitan predecir con mayor probabilidad el riesgo de reincidencia y peligrosidad en los delitos, y por otra parte, focalizar los recursos en estrategias de intervención más eficaces, preventivas y de mayor impacto en la rehabilitación y re-inserción de los jóvenes.

El estudio descrito sólo pretende esbozar los inicios de una interesante línea de investigación de perfiles de personalidad que pueden ser detectados, ya durante el proceso adolescente, y que debe proyectarse a futuro explorando las potenciales interacciones con variables del entorno, donde aproximaciones multidimensionales como las desarrolladas en Canadá (Hoge,1999), basadas en factores de riesgos, necesidades y variables personales pueden constituir un espacio fructífero de investigación, obtención de indicadores empíricos acerca de la predicción del comportamientos en adolescentes infractores y sin duda permitirá avanzar aún más en la comprensión del fenómeno de las conductas antisociales y violencia en las sociedades contemporáneas.

Notas

Paula Alarcón y Eugenia Vinet, Departamento de Psicología. Universidad de La Frontera, Chile.
Sonia Salvo, Departamento de Matemática y Estadística. Universidad de La Frontera, Chile.


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Correspondencia a: La correspondencia relativa a este artículo deberá ser dirigida a Paula Alarcón, Departamento de Psicología, Universidad de La Frontera, Casilla 54-D, Temuco-Chile. E-mail: paulandr@ufro.cl

Fecha de recepción: Marzo de 2004.

Fecha de aceptación: Diciembre de 2004.

Esta investigación se realizó gracias al aporte del Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Proyecto FONDECYT Nº 1010514).