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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  n.22 Osorno jul. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012006000100013 

 

ALPHA Nº 22 Julio 2006

NOTAS

 

EL SÍMBOLO DEL CABALLO EN LA POESÍA DE
GONZALO ROJAS

Marcelo Coddou*
Drew University*
Department of Spanish
USA

Dirección para Correspondencia


Quisiera en este breve trabajo aproximarme a los poemas de Gonzalo Rojas en que se hace presente la figura de un caballo y considerarlo en sus posibles significaciones simbólicas. El mismo poeta, siempre lúcido frente a lo suyo, ha dicho algo que resulta orientador para empezar a entender lo que el caballo representa en su poesía. Junto con narrar la anécdota —que le sirve para ilustrar lo que piensa como su personal búsqueda del padre— comenta de modo grandemente iluminador lo que estima el significado del caballo como símbolo, aunque éste, según veremos, parece situarse en dimensiones distintas, aunque cercanas, de las que sus poemas más decisivos proponen. Cito primero in extenso lo dicho por el autor; luego veremos los textos líricos:

“la búsqueda del padre es importante porque si lees Pedro Páramo, de Juan Rulfo, en el fondo cuando uno sale, sale siempre en busca del padre. Pero el padre es uno mismo; uno va en busca de sí mismo, a la siga de una especie de absoluto y, a la vez, a la siga del padre que es uno y que se está autoengendrando, porque el hijo es el padre. Uno está buscándose, buscando el mundo, dándole su sentido a la cosa (enfatizo yo: ya se verá por qué) (...) La búsqueda no termina nunca... No tanto pasa con la madre, es curioso. Mi padre, tal vez, porque murió tan joven, es una figura más mítica todavía, y eso tiene que ver con mi proyecto de pensar genealógicamente. Mi padre al morir nos dejó distintas cosas a los ocho hermanos. A mí me tocó un caballo, un potro colorado; y cuando muere el padre, todos lloraban; yo no lloré, estaría muy nervioso, pero mi padre me había regalado un caballo y ese caballo estaba pastando en un potrero frente al mar, ahí en Lebu. Cada vez que pasaba frente a él me sentía bien, porque era como su presencia, como una reencarnación del padre en ese animal. Después, me roban el caballo y yo caigo en el desamparo total, y ahí sí que entra para mí lo que se podría llamar, más que el desamparo, la mutilación. Ahí entendí lo que era la muerte... El caballo entra en mi mente y yo hago del caballo un símbolo y ese símbolo aparece a lo largo de mi poesía más adelante. (Poó 1999: 8).

Una relectura rápida de la obra del poeta de Oscuro nos permite identificar 24 textos donde se menciona explícitamente el caballo. En tan sólo 3 de ellos es elemento central del cosmos poético; en los otros, su aparición no por fugaz, deja de ser también importante, aunque no en todos ellos con unívoca valencia semántica.

Juan Eduardo Cirlot, en su siempre útil Diccionario reconoce el carácter complejo y escasamente determinado del símbolo del caballo, muy lejos, así, de esos simbolismos “inmanentes”, como son el agua o el Árbol de la Vida que ha estudiado con acuciosidad Mircea Eliade. Jung —lo recuerda Cirlot— llega a preguntarse sobre la posibilidad de que simbolice a la madre, “y no duda de que exprese el lado mágico del hombre, la ‘madre en nosotros’, la intuición del inconsciente” (1974:111)1 . Si aceptamos tal interpretación se hace posible comprender de modo más apropiado los versos que cito de “Conjuro” y de “Al fondo de todo esto duerme un caballo”2 textos en los que el símbolo que nos preocupa es resaltante y lo es en direcciones un tanto diversas, aunque de algún modo complementarias, a la que el poeta nos proponía. De “Conjuro”, en el primero de sus 9 movimientos se expresa que

Espíritu del caballo que sangra es lo que oigo ahora entre el galope
del automóvil y el relincho, pasado el puente
de los tablones amenazantes: agua, agua,
lúgubre agua
de nadie: las tres
en lo alto de la torre de ninguna iglesia, y abajo
el río que me llama: Lebu, Lebu
muerto de mi muerte;
niño, mi niño
¿Y esto
soy yo por último en la velocidad
equívoca de unas ruedas, madre, de una calle
más del mundo? (56-57)

Al inicio del texto se da eso que Rojas indicaba como desamparo, mutilación (término que aparecerá en el movimiento 4 del poema), entendimiento de la muerte. La asociación es entre el padre y el caballo, reencarnación suya —efectivamente, en ese instante— cuyo espíritu sangra en el ámbito de tablones amenazantes y aguas lúgubres de la existencia (ese alazán/que sangra en mí). En el movimiento 2 del poema es donde se produce la identificación del padre y el yo, tal como Rojas lo señalara. Pero, aquí, el hablante entabla un diálogo con la madre invocada, quien, en gesto protector, lo llama “niño”, “mi niño”. Ese caballo —encarnación del padre muerto y, por extensión, de la conciencia de la finitud humana— atrae de inmediato la aparición de la figura materna. Vale decir, si repetimos a Jung, ese lado mágico del hombre, la intuición del inconsciente que, en el pensamiento de Rojas, es inicio clave del crear poético. Por ello, en el movimiento 5 se dirá:

espíritu del caballo que sangra, ese uno soy yo
el adivino. (58)

Magia, adivinación, alumbramiento, términos todos que, en el “diccionario privado” de Rojas, aluden a la creación poética.3 En “Conjuro” se hablará también, hacia el fin del poema, de un escribir lo invisible:

lo que le dictan
los dioses
a punto de estallar escribe, la hermosura,
la figura de la Eternidad
en la tormenta. (59)

El poema titulado con su primer verso “Al fondo de todo esto duerme un caballo” (84-85) se presta —como es frecuente en Rojas— para múltiples interpretaciones, posibles cada una de ellas de sustentarse en la modalidad de lectura que de él se emprenda. Descrito inicialmente en su prosopografía —con notas de etopeya4 — el caballo es blanco, viejo, largo de oído; estrecho de entendederas y preocupado por la situación; va asumiendo paulatinamente, pero en el rapidísimo movimiento rítmico del poema, rasgos que culminan en su consideración como rey: un caballo que sabe de su superior jerarquía. Alguien en quien, y esto debe estimarse fundamental, el pulso de la velocidad es la madre que lo habita.5

Para entender a este caballo bajo tutela materna —lo que equivale a decir el lado mágico del hombre, la intuición del inconsciente que leíamos en Jung y que ya apreciábamos en “Conjuro” con respecto al yo lírico— debe atenderse a las palabras de apertura del poema: “Al fondo de todo esto...” ¿A qué se refiere el pronombre demostrativo neutro esto? Es equivalente a lo que afirmaba el escritor en el primer texto suyo aquí citado, el de la entrevista: “uno está buscándose, buscando el mundo, dándole un sentido a la cosa”. Esto es, la cosa: algo indeterminado, inefable, impedido de aprehensiones totales y definitivas, enigmático. El ámbito en el cual, según Rojas, se mueven el pensamiento y la palabra de la poesía:

Me gusta –ha reconocido– la idea de la vacilación, que yo enlazo con la idea de aproximación, que emplea en algunos de los fragmentos el gran Heráclito, al aludir a la amplitud, a la ambigüedad literaria. No somos más que eso, nos aproximamos a descifrar la cifra de lo real o de lo terrestre. Es un ejercicio de mera aproximación y por eso nos resulta tan absurdo que ella [la poesía] pudiera conceptualizarse. (Sefamí 1996).

Mas, esa certeza de que el poeta no alcanza a decir lo que quiere decir, no le resta a su empeño, a su búsqueda del sentido del mundo, una certidumbre esencial. Al hablar de la génesis y composición de su conocido poema “Al silencio”, (48) Rojas se refiere siempre a lo que llama el trabajo de intuición —subrayo yo, que sigo pensando en Jung— que va dentro de ese texto. Por ello ese escarnecido, fantasmagórico y desamparado caballo, con facha de loco, no sólo lo oye todo, sino que “sabe/ que es el rey”. (85)

Repitamos que Rojas ha reconocido que del caballo —ése que le dejara su padre al morir— ha hecho un símbolo. Simbolizante y simbolizado ofrecen una relación motivada: el caballo recibido como regalo del padre muerto y luego robado, con el consiguiente sentimiento de mutilación sufrido por el niño, que así se enfrenta a la muerte. Relación motivada pero no necesaria: el caballo existe y tiene su propia función al margen de la idea de conciencia del perecer del hombre6 . Pero, debemos pensar, también, que todo símbolo, en cuanto signo, evoca una realidad que trasciende el objeto simbolizante y comporta un sentido oculto y misterioso que apela al fondo irracional del inconsciente, del sentimiento y la emoción. Por ello, en el término simbolizante no se percibe —ni tan siquiera Rojas, pensando sobre el caballo, lo percibe— el verdadero término o concepto simbolizado. Como ha reflexionado Bousoño: todo símbolo es “siempre un foco de indeterminaciones y entrevistas penumbras” (1970). Éstas, a su vez, tocan con el intento de la poesía —en la concepción que de ella tiene Rojas— y es así como se produce un enlace de la figura del caballo con la madre, la madre en nosotros, la intuición del inconsciente; ese operar del lado mágico del hombre que, para el poeta de Cinco visiones, constituye a la poesía en toda su ambigüedad y que le permite , al mismo autor, hablar del poeta como el “adivino” (así en el poema considerado), o como el “alumbrado”, según hace en otras ocasiones.

La búsqueda del padre, que es en definitiva búsqueda de uno mismo, constituye —lo señalaba Rojas— la siga de una especie de absoluto. El padre, reencarnado en el caballo, le es desde muy temprano encuentro irrealizable; pero allí está la madre que, en su ofrecer las opciones de la magia, la adivinanza, el alumbramiento, representa tanto el poder como las limitaciones de la poesía. Es el poeta quien lo intuye (ahí están sus textos para demostrarlo) pero el hombre —Gonzalo Rojas— sólo entiende a medias: es curioso, recordemos que ha dicho, que no suceda con la madre lo que pasa con el padre, en cuya búsqueda siempre se está.7

Desde esta interpretación posible del símbolo del caballo atendamos, en revisión velocísima, a otros poemas de Rojas donde también está presente. En “Rimbaud” (32), los poetas sin talento —a lo sumo— oyen voces y, si es que es así, si es que en sus estrechos límites alguna vez hubo caballos, fue al galope, más fugaz aún que el centelleo o el parpadeo. En “Oficio mayor” (80), poema que tematiza la variedad existente de poetas, algunos parecen caballos y relinchan. En “No haya corrupción” (41-42) quien es consciente de no haber dado con el hallazgo, se ve incapacitado de avanzar un metro lerdo de burro. En “Diáspora 60" (79-80), texto lírico del horror del exilio, se nos dice que “cuando llovió largo el 73 un año / sucio, agujero / sangriento al sol, comimos / caballo muerto”. Y si en “Rimbaud” el galope de los caballos resulta negativo, por la fugacidad de su paso, en “Acta del suicidio”, el caballo galopando todos los galopes constituye una instancia de realización posible en el más allá. Cuando en “Mariposas para Juan Rulfo” (158-159) aparece ese caballo único tan invisible en que el narrador corrió tan lejos más allá de Comala, no se refiere —claro— al que jineteara Pedro Páramo, sino a la obra excelsa del escritor mexicano. Los caballos en “Otros semáforos” (163) son ráfagas de realidad, con sus aparejos / a la velocidad del sonido”, nuevamente surge, aquí, la apreciación de lo veloz que, cuando se hace instantáneo, deviene ese símbolo mayor en la poesía de Rojas que es el relámpago. En “Carbón”, (172-173) una de las cumbres iniciales en la obra del poeta, el padre, figura central enaltecida en la elegía, “es un olor a caballo mojado, es Juan Antonio / Rojas sobre un caballo atravesando un río”. (172) El hablante, que se imagina niño, pide a la madre que lo deje recibir al padre antes que sus hermanos y quiere ofrecerle “un buen vaso de vino / para que se reponga”. Es ella la que otorga la posibilidad de entregarle algo enaltecedor Una estrofa decisiva de ese otro gran poema que se titula “Crecimiento de Rodrigo Tomás” se inicia así:

Me veo galopando en mi caballo a la siga de las nubes (175)

Verso que puede leerse a la luz de lo que sugerimos sobre el símbolo del caballo. Igual acontece en “Aparición”, (180-181) donde encontramos una imagen clave: “por un Gonzalo veloz [nuevamente veloz] hay otro que salta encima del caballo”, poema éste sobre la continuidad infinita de la estirpe de los poetas: “por el que sale / hay otro que entra”. Blake, poeta de tanta predilección de Rojas, es designado como “ese caballo / riente bajo el sauce”, en texto sugestivamente titulado “Trotando a Blake” (181). De Cyril Connolly, cuyo nombre da título al poema que le dedica, dice:

apuesto que quiso ser caballo
en el hipódromo de Chagal, un bonito caballo
que echara espuma de loco volando a diez mil entre un
sentido y otro sentido. (187)

En “Materia de testamento” (187-188) da como legado a su infancia ese potro colorado, el mismo de la anécdota que sabemos, por supuesto. Pero no deja de ser sugerente —siempre en la línea de lectura que hemos emprendido— que Rojas, rilkeana y mistralianamente, repita que la infancia es la patria de los poetas. Otro poema elegíaco –como “Carbón”, “Celia”, (177-178), “Mariposas para Juan Rulfo”, entre los que recordábamos recién–, el titulado “Cuerdas inmóviles”, (225) ve al novelista Carlos Droguett —ácrata, de voz singularísima en la narrativa chilena— como puro caballo sin hueso corriendo en ninguna dirección.
Según puede desprenderse de nuestras apostillas, en la poesía de Gonzalo Rojas hay un todo complejo de significaciones simbólicas tras la figura del caballo. Apuntar a una interpretación posible de ellas ha sido el propósito de estas notas.

NOTAS

1 Rojas, ha dicho de Carl Gustav Jung que " es una figura preciosa. Es un hombre con el cual nos entendemos nosotros muy bien". Poó, Ximena.1999. “Gonzalo Rojas y los chilenos. Blancuseados y arribistas irremediables”. Santiago de Chile. Rocinante, año II, núm. 10, agosto. 7-8.

2 Gonzalo Rojas. 1997. Obra Selecta. Caracas: Ayacucho. Edición de Marcelo Coddou. Todas las citas proceden de esta edición.

3 Fabienne Bradú ha propuesto hablar de un “diccionario privado” de Rojas. Cfr. “La ‘otra voz’ de Gonzalo Rojas”. La Gaceta del FCE (México), núm. 347, nov. 1999: 5-10.

4 Etopeya: descripción del carácter y costumbres de una persona, de sus virtudes o cualidades morales, vicios y otras formas de conducta. Pertenece a las figuras de pensamiento por desarrollo. Cfr. P. Fontanier. 1968. Les figures du discours (1830). Paris: Flammarion.

5 En “Oigan a ese niño”, a éste lo que más le gusta es el caballo para pintar la velocidad. Una imagen similar une a ambos textos.

6 Cfr. T.O. Ducrot y T. Todorov. 1974. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje. (1972). Buenos Aires: Siglo XXI.

7 Esa madre que, como lo indica el yo poético de “Celia”, "entre otras cosas supo / oír en el silencio de mi niñez el signo / el Signo / sigiloso / sin decirme / nunca / nada. (177).

 

BIBLIOGRAFÍA

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Correspondencia a:
Madison, NJ 07940 USA
mcoddou@drew.edu