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Aisthesis

versión On-line ISSN 0718-7181

Aisthesis  n.45 Santiago jul. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-71812009000100011 

AISTHESIS N°45 (2009): 167-180 - ISSN 0558-3939
© Instituto de Estética - Pontificia Universidad Católica de Chile

Sloterdijk y el imaginario de la Globalización; mundo sincrónico y conciertos de transferencia1

Sloterdijk and the imaginary of Globalization; Synchronous World and Concerts of Transference

 

Adolfo Vásquez Rocca

Universidad Andrés Bello,
Departamento de Artes y Humanidades. Santiago, Chile
adolfovrocca@gmail.com


Resumen A partir de la descripción de los sucesivos procesos de globalización se muestra cómo este fenómeno —la globalización— tiene lugar mediante operaciones con efectos de lejanía e implicaciones psico-morfológicas. Se examina cómo el motivo épico de la inclusividad del globo da lugar a la locura expansionista europea, transformada en una razón de lucro, desencadenante de las energías visionarias que desembocan en aventuras náuticas. La globalización electrónica posterior da lugar al fenómeno del provincialismo global, esto es, a un proceso de densificación que implica una probabilidad cada vez más elevada de encuentros entre los agentes que actúan en el espacio, ya sea bajo la forma de transacciones o en la de colisiones.

Palabras clave: globalización, mundo, comunicaciones, capital, imágenes.

Abstract From the description of the successive processes of globalization, it is portrayed how this phenomenon —globalization— takes place from operations with remote effects and psycho-morphological implications. It considers how the epic motif of inclusiveness in the globe leads to the expansionist madness of Europe, transformed into profitable meanings. This triggers energetic visions which lead to nautical adventures. The posterior electronic Globalization gives rise to the phenomenon of global provincialism, e.g. a process of densification that implies a higher probability of encounters between the acting-agents of this space, whether in the form of transactions or collisions.

Keywords: globalization, world, communications, capital, images.


 

SLOTERDIJK Y EL IMAGINARIO DE LA GLOBALIZACIÓN: ORIGEN FILOSÓFICO DEL «MOTIVO-GLOBO»

La teoría de las «Esferas» desarrollada por Sloterdijk es un instrumento morfológico que permite reconstruir el éxodo del ser humano desde la simbiosis primitiva al tráfico histó-rico-universal en imperios y sistemas globales como una historia coherente de extraversiones; ella reconstruye el fenómeno de la gran cultura como la novela de la transferencia de esferas desde el mínimo íntimo, el de la burbuja dual, hasta el máximo imperial, que había que representar como cosmos monádico redondo. Si la exclusividad de la burbuja es un motivo lírico, el de la inclusividad del globo es uno épico (Sloterdijk, 2003: 71).

«Burbujas», «Globos» y «Espumas» son los títulos de los tres volúmenes que integran «Esferas» I, II Y III. El discurso de Sloterdijk se abre en múltiples direcciones, explorando los caminos más excéntricos y sugerentes hasta nuestros días para ocuparse de cuestiones tan inmediatas como la globalización.

En Esferas IIGlobos— Sloterdijk (2004: cap. 8) describe el proceso expansivo del mundo a partir del siglo XVI. Allí dedica un amplio capítulo titulado «La última esfera», a esta época incipiente del descubrimiento de la globalización de la Tierra.

La globalización terrestre (prácticamente consumada con la navegación cristiano-capitalista y políticamente implantada por el colonialismo de los Estados nacionales de la vieja Europa) constituye la parte media, plenamente abarcable a simple vista de un proceso en tres faces, de cuyos inicios Sloterdijk trata pormenorizadamente en Esferas II.

Allí, en el segundo tomo de su trilogía Esferas Globos— Sloterdijk orienta su investigación hacia la macroesferología o historia de las globalizaciones. Sloterdijk narra una historia de dos mil años que se extiende desde Platón y Aristóteles hasta Leibniz y que abarca toda la estructura del cosmos, así como la forma de representación de Dios; aquí el motivo del globo asume el cariz de una narración metafísico-cosmológica:

En un amanecer que duró siglos, fue apareciendo la Tierra como el globo único y real, fundamento de todos los contextos de vida, mientras casi todo lo que hasta entonces valía como el cielo acompañante, lleno de sentido, se fue vaciando. Este hado fatal de la Tierra, generado por prácticas humanas, acompañado de una des-realización simultánea de las esferas numinosas, antes vitales, no proporciona sólo el mero trasfondo del acontecer que hoy se llama «globalización», sino que constituye el drama mismo de la globalización. Su núcleo está en la observación de que las condiciones de inmunidad humana se transforman de raíz en la tierra descubierta, redificada, singularizada (2007: 21-2).

Como se ha indicado, Sloterdijk distingue tres fases en ese acontecimiento que es la globalización: la primera, la fase metafísico-cosmológica, a la que ya hemos referido (la globalización morfológica); la segunda, la marítimo-terrestre —en la que España ocupa un lugar relevante, como protagonista de «la conquista del mundo» a través de la colonización—, globalización náutica que durante un periodo de 400 años fue decisiva, con un foco en España y otro en el Reino Unido. Tan sólo al final de este periodo de la historia, se produce lo que consideramos la mundialización o globalización electrónica, la de las telecomunicaciones. Es así como en el relato de Sloterdijk se transita de la «apertura de la globalización metafísica, que se había extendido durante el intervalo de dos mil años entre Aristóteles y Copérnico, hacia la globalización terrestre y marítima que ocupa el contenido principal de los últimos quinientos años» (Sloterdijk y Heinrichs, 2004: 235).

La hegemonía científica y cultural occidental2 fue la realidad intelectual de los últimos quinientos años de globalización, desde el principio de la expansión colonial europea hasta el final del proyecto modernizador soviético (Buck-Morss, 2005: 145).

Este periodo intermedio de quinientos años de la secuencia ha entrado en los libros de historia bajo el epígrafe de «era de la expansión europea». A la mayoría de los historiadores les resulta fácil considerar el espacio de tiempo entre 1492 y 1945 como un complejo cerrado de acontecimientos: se trata de la era en la que se perfiló el actual sistema de mundo (Buck-Morss, 2005: 145). La precedió, como se ha apuntado, la globalización cósmico-urania, aquel imponente primer estadio del pensamiento de la esfera, que, en honor a la predilección de la doctrina clásica del ser por las figuras esféricas, se podría llamar la globalización onto-morfológica(Sloterdijk, 2007: 27). Le sigue la globalización electrónica con la que se las tienen y tendrán que ver las gentes de hoy y sus herederos. Los tres grandes estadios de la globalización se distinguen, pues, en primer término, por sus medios simbólicos y técnicos: constituye una diferencia epocal que se mida con líneas y cortes una esfera idealizada, que se dé la vuelta con barcos a una esfera real o que se hagan circular aviones y señales de radio en torno a la envoltura atmosférica del planeta. Constituye una diferencia ontológica que se piense en un cosmos que alberga en sí el mundo de esencias en su totalidad, o en una Tierra que sirve como soporte de configuraciones diversas de mundo.

Es el viaje de Colón y la consiguiente reconfiguración de las dimensiones extraterres-tres lo que da lugar a estas nuevas configuraciones de mundo, con sus diversos imaginarios e implicaciones geopolíticas y psicológico-existenciales, es a partir de aquí y del prodigio técnico del «globo terráqueo» que el pensamiento y representación del espacio experimenta un cambio radical de sentido. El «globo terráqueo» informa a los seres humanos modernos, mejor que cualquier otra imagen, de su localización relativa en el mundo, dando inicio a un incipiente proceso de descentramiento antropológico —de superación del etnocentrismo europeo— mediante la constatación de que en el «espacio redondo» circundado, todos los puntos valen lo mismo. Las colonias más remotas —de los mortales apegados al suelo autóctono— pierden también su privilegio inmemorial de ser cada una para sí el centro del mundo (Sloterdijk, 2007: 49).

Los ciudadanos de la época moderna habrían así de acomodarse a una nueva situación en la que, con la ilusión de la posición central de su patria en el universo, desapareció también la imagen consoladora de que la Tierra estaba envuelta por bóvedas esféricas a modo de cálidos abrigos celestes. Desde entonces, los seres humanos de la época moderna tuvieron que aprender a arreglárselas para existir a la intemperie, expuestos al nuevo aliento frío de fuera. El ser humano descascarado desarrolla su psicosis epocal respondiendo al enfriamiento exterior con el desarrollo de curiosas políticas de climatización.

Así, el monopolio compartido con los grandes mapas y planisferios, por lo que se refiere a las vistas generales de la superficie terrestre, sólo se ha roto en el último cuarto de siglo XX con las fotografías por satélite. Sloterfijk afirma que:

En su época de dominio, el globo terráqueo no sólo se convierte en el instrumento rector de la nueva localización homogeneizadora; en el instrumento imprescindible de la cosmo-visión, en manos de todos los que en el Viejo Mundo y en sus dependencias llegaron al poder y al conocimiento. Protocoliza o consigna, además gracias a continuas y progresivas enmiendas de las imágenes de los mapas, la permanente ofensiva de los descubrimientos, conquistas, colonizaciones y denominaciones, con los que los europeos en avance marítimo y terrestre se establecen en el exterior universal (2007: 46).

El tradicional «vivir, tejer y ser» de los seres humanos entre atracciones, marcas y orientaciones regionales es superado por un sistema de localizaciones de puntos discrecionales en un espacio de representación homogéneo y divisible arbitrariamente (Sloter-dijk, 2007: 45). Cuando el pensamiento moderno, remitido al lugar espacial, domina la situación, los seres humanos ya no pueden permanecer —como si estuvieran en casa— en sus tradicionales espacios interiores de mundo y en sus fantasmáticas dilataciones y redondeos.

De este modo, como se ve a lo largo de su curso, la globalización va explosionando capa a capa las envolturas ilusas de la vida colectiva apegada al suelo patrio, enclaustrada, orientada hacia sí misma y pretendidamente salvadora de sí con medios propios: esa vida que hasta el momento la mayoría de las veces nunca estuvo con otra parte más que en ella misma y en sus paisajes natales (Sloterdijk, 2007: 49).

Ahora bien, dada la monopolización del discurso de la globalización por politólogos y científicos sociales, así como el uso amateur de tales conceptos por parte del periodismo con las consiguientes sugestiones y tergiversaciones de sentido, se hace del todo necesario recordar el origen filosófico del «motivo-globo», origen del discurso y el imaginario de la globalización. Éste podría comenzar con la frugal indicación de que «globo» es un sustantivo que representa una idea simple, la tesis del cosmos, y un doble objeto cartográfico, el Cielo de los antiguos y la Tierra de los modernos; de este nombre se siguen las derivaciones adjetivas al uso sobre estados de cosas «globales», que sólo últimamente han sido elevadas a rango nominal a través del verbo anglosajón to globalize (Sloterdijk, 2007: 24). De ahí procede la híbrida figura de la «globalización». De todos modos, dicha expresión tiene la ventaja de acentuar el matiz activo del acontecer actual del mundo: si sucede la globalización es siempre por operaciones con efectos en la lejanía.

PROVINCIANISMO GLOBAL Y SOCIEDAD DE PAREDES FINAS

Luego del recorrido analítico que hace Sloterdijk sobre los distintos fenómenos espaciales hasta llegar a la actual globalización, anuncia el fin del cosmopolitismo y plantea el surgimiento del «provincianismo global». Esta instalación del provincianismo global caracterizado por un mundo sincronizado se caracteriza por la eliminación de la lejanía y la reconfiguración de las culturas locales.

Aquí Sloterdijk establece una correlación entre el proceso de expansión espacial de la época moderna y el principio del movimiento del capital.

La globalización económica neoliberal se mantiene fundamentalmente sobre la base del fenómeno «nuevo», natural y homogéneo de la globalización económica, financiera y tecnológica, que parece conducirnos, de la mano invisible de la economía de libre mercado, a un seductor progreso económico y a un desarrollo universal sin límites y para todos... (Fariñas, 2005: 31-6).

La locura expansionista se transforma en una razón de lucro, de modo que el desencadenamiento de estas energías visionarias desemboca en aventuras náuticas, y de los protocolos extáticos surgen los «libros de viajes». Es aquí donde ve la luz una nueva interpretación del concepto de «descubrimiento» como revelación de lo hasta ese momento oculto en lo patente. Esto tiene que ver con la interpretación heideggeriana de la edad moderna como una época en la que el mundo se convierte en imagen y se conquista como imagen.

El sustento que permitió esta globalización fue la enciclopedia que elimina la sensación de des-ubicación del ser humano y la necesidad de sentirse seguro, tranquilo, contemplativo.

El baldaquín bajo el que se reúnen todas las soledades de los exploradores tenía que ser un fantástico libro integral: un libro de los «récords cognitivos» en el que no se olvidara a nadie que hubiese destacado como aportador de experiencia y como contribuyente al gran texto de la colonización del mundo (Sloterdijk, 2004: 843).

A lo que se refiere es a la Enciclopedia, «la biblioteca de la globalización», como Sloterdijk la llama.

En este devenir del ser humano se plantea la tarea de expandir ese conocimiento que ordena y abarca todo el saber, entonces la misión de lingüistas y etnólogos fue la de confeccionar y lograr encuentros con lenguas extranjeras, situación que inicialmente estaba impidiendo la expansión del saber de la época a los distintos espacios de la tierra. Desde esta perspectiva existían dos opciones: la imposición por medio de la fuerza y de las lenguas de los señores de los feudos y a través de la penetración de cada una de las lenguas concretas por el habla traducida de los nuevos señores.

En un tercer y actual momento nos encontramos ante una sociedad de paredes finas como la denomina Sloterdijk. En «La última esfera, historia de la globalización terrestre» (2004, cap. 8), Sloterdijk pone de manifiesto su interpretación del desarrollo de estos procesos desde la época de la colonización hasta lo que él denomina sociedades de paredes finas(863) y que no es otra cosa que el escenario de la época actual marcada por la globalización, que debe ser entendida más allá del sentido clásico de la eliminación de fronteras, como un proceso de desterritorialización, un movimiento de descentramiento donde se produce una combinación entre lo geográfico, lo simbólico y lo disciplinario. Las fronteras se vuelven móviles, cambian dependiendo del espacio en el cual se encuentra el individuo. Este proceso marcado por el desarrollo de las nuevas tecnologías y el avance de los medios de comunicación, sobre todo lo que se refiere a Internet y las posibilidades de conexiones que esta herramienta provoca, hace que el mundo se vuelva sincrónico, haciendo que se viva un presente común, la era de la llegada generalizada.

La globalización no es, pues, ni nunca ha sido, algo único. Globalizaciones han sido la extensión del uso del latín y, ahora, del inglés; los sistemas de comunicación; los lenguajes científicos; los sistemas de navegación; los sistemas de transporte —carreteras, ferrocarriles, rutas marítimas y, ahora, vías aéreas.

La historia de la globalización es la historia de una doble conquista, la conquista de la tierra por vía marítima y la conquista de la subjetividad. Según Sloterdijk, ha llegado el momento en que ambas expansiones se han encontrado y se han fusionado en un gran espacio denominado mercado (2007: 29). Después de la toma del medio metafísico y del medio terrestre la tercera globalización se nos aparece como la colonización del territorio interior. El mundo ha perdido la noche porque la luna y el sol ya no son los vectores del tiempo. En el mundo interior del capital siempre es de día.

Esta idea es expresada por Sloterdijka través de la imagen del Palacio de cristal, acuñada por Dostoievski en Memorias del subsuelo, refiriéndose al famoso recinto de la Exposición Universal de Londres de 1851. Metáfora voyeurista de la absorción de realidad desde unas condiciones inmunológicas perfectamente estudiadas.3

El camino hacia las sociedades de paredes finas parece inevitable. Cae así la primacía de la unilateralidad y con ella la de la globalización terrestre. Los lugares se entrelazan a la vez que confunden su propia identidad mientras las identidades se desplazan perdiendo su lugar natural. Nace lo que Sloterdijk denomina, la posthistorie, conjunto de relatos que matizan la absorción interna que nos permite la climatización artificial.

Lo que antes era historia de expediciones, aventuras e intrusiones, ahora es descubrimiento de las facultades ajenas y reacoplamiento de los flujos generados en las dos globa-lizaciones anteriores. Hemos pasado de un reino de la necesidad a un reino de la libertad donde la tele-comunicación ya no es una herramienta sino un constitutivo ontológico de las relaciones sociales, un medio de descarga generalizada sobre la base del bienestar en un parlamento ficticio.

ONTOLOGÍA DE LAS COMUNICACIONES: ACTIO INDISTANS

El concepto de telecomunicaciones tiene una gran seriedad ontológica, en tanto que designa la forma procesual de la densificación. La elevada densidad implica, a su vez, una probabilidad cada vez más elevada de encuentros entre los agentes, ya sea bajo la forma de transacciones, o en la de colisiones.

Lo que ahora cuenta es una «transferencia de pensamientos»4 des-regulada de cierta manera, y mixta, en dirección horizontal y vertical, a través de medios simultáneamente comunicativos e informativos. En este proceso, la verticalidad es desplazada cada vez más por la horizontalidad, hasta que se llega a un punto desde el cual los participantes comprenden en los juegos de sociedad que son comunicativos e informativos, que ya nada les llega desde arriba y que están, con sus cerebros, sus medios, sus equivocaciones y sus ilusiones, solos en este mundo decantado (Sloterdijk, 2008: 22-33). Están condenados a una ciudadanía mundial electrónica, cuyas categorías son dadas mediante los hechos de la densificación del mundo y de la tele-vecindad de todos con todos. Lo que, de hecho, se define con la palabra telecomunicación, implica una forma de mundo tele-operativa, que es a su vez definida por actiones in distans de toda naturaleza. A ella le corresponde una conciencia que debe convencerse cada vez más de sus tareas tele-morales y políticas.

Las telecomunicaciones producen una forma de mundo cuya actualización requiere diez millones de e-mail por minuto y transacciones en dinero electrónico por un monto de un billón de dólares diarios, transacciones a distancia. Tan sólo este concepto fuerte de las telecomunicaciones como forma capitalista de la actio in distans es el adecuado para describir el tono y el modo de existencia en el Palacio de Cristal5 ampliado. Gracias a las telecomunicaciones, parece haberse realizado por medios técnicos el viejo sueño de los moralistas de un mundo en el que la inhibición se imponga a la desinhibición. Sin embargo grandes regiones, los perdedores del juego de la globalización, se separan, en huelgas latentes o manifiestas, del dictado mundial del capital globalizado, dando lugar a destempladas reacciones desinhibitorias. Igualmente, como es posible constatar en muchas regiones, que sectores de población dignos de ser tomados en cuenta le vuelven la espalda al sistema político con una indiferencia enemiga. Así, la elevada densidad de la «convivencia» mal avenida genera la resistencia de la periferia contra la expansión unilateral de los negocios, maquillada de intercambios y acuerdos políticos bilaterales de libre comercio.

La transformación global de la cultura y los negocios no es progresista ni está marcada por los equilibrios. Las posibilidades tecnológicas de los nuevos media se inscriben en un marco de relaciones globales que son violentamente desiguales respecto a las capacidades de producción y distribución. Su desarrollo está sesgado por intereses económicos y militares que nada tienen que ver con la cultura en un sentido global, humano.

LA METÁFORA DEL PALACIO DE CRISTAL: CAPITALISMO Y GLOBALIZACIÓN

Así, la densidad generada por las cercanías artificiales y artificiosas de la globalización, conduce indefectiblemente a la fase en que la praxis unilateral desinhibida se manifieste bajo una posible secuela violenta y es que dichos actores, los perdedores de la historia, han sido expulsados del jardín de Edén en el que se prometía la salvación incluso a los desplazados unilateralmente.

Precisamente esta reflexión acerca del impacto que producen los influjos inhibitorios y los influjos desinhibitorios en el funcionamiento de nuestro mundo globalizado —bajo la forma de un mercado mundial— es desarrollada por Sloterdijk en su conferencia «El Palacio de Cristal», pronunciada en el marco del debate «Traumas urbanos: la ciudad y los desastres», que tuvo lugar en Barcelona, en el año 2004. En esta conferencia, Sloterdijk establece una articulación entre ambos tipos de influjo y otros temas que forman parte de la meditación contemporánea en torno al capitalismo, la globalización y el terrorismo.

El Palacio de Cristal de los británicos, ese invernadero gigante y lujoso construido en Londres en 1850 para la Exposición Universal, convertido por Sloterdijk en la gran metáfora y el emblema de las ambiciones últimas de la Modernidad, alcanza su concreción en las sociedades que componen el primer mundo (Europa y Estados Unidos); el objetivo es resguardarlas de las amenazas provenientes del exterior. El Palacio de Cristal occidental ha reemplazado al mundo de los metafísicos por un gran espacio interior organizado por el poder adquisitivo. El capitalismo liberal encarna la voluntad de excluir el mundo exterior, de retirarse en un interior absoluto, confortable, decorado, suficientemente grande como para que no nos sintamos encerrados. La transparencia del Palacio genera la ilusión en los habitantes de los márgenes de poder participar de su confort y seguridad. El palacio se hace desear, se propone como ideal de desarrollo para los «perdedores de la Historia» ocultando las fronteras que los dividen, invisibilizando sus rigurosas medidas de control.

Pero la distancia que media entre el Palacio de Cristal y las sociedades periféricas permite adoptar una perspectiva abierta, que en algunos puntos se asemeja a la exigida por Oswald Spengler para el estudio de las ciudades. Ubicarse fuera de los muros y meditar el fenómeno de las ciudades como si no participáramos de su poder cobijante y de su seducción. Experimentar una angustia espacial iniciática que permita testimoniar el éxtasis que produce la sensación de seguridad y cobijo. Pensar el Palacio de Cristal desde ese éxtasis libera la mirada, ofreciendo amplias posibilidades de análisis.

Ahora bien, problematizar el Palacio de Cristal desde una perspectiva tercermundista, la latinoamericana por ejemplo, no tiene por objeto actualizar una filosofía del resentimiento, sino servir como estrategia de apropiación del pensamiento de Sloterdijk, en la medida que su filosofía emerge desde un espacio específico que no puede ser ignorado al momento de interpretarlo.

En esta filosofía de la Historia propuesta en el texto, el capitalismo liberal busca retirarse en un interior absoluto, confortable y decorado que excluye el mundo exterior. Ahora bien, en ese trabajo de exclusión, no solo queda afuera todo lo que la naturaleza tenga de ingobernable, sorpresiva y demoledora, sino también aquella enorme masa de individuos que tras el Fin de la Historia fueron declarados como perdedores para siempre.

De este modo, según Sloterdijk, enormes masas desespiritualizadas se encuentran a la intemperie:

sin que jamás se les haya aclarado correctamente el sentido de su destierro. Decepcionadas, resfriadas y huérfanas se cobijan en sucedáneos de antiguas imágenes de mundo, mientras éstas parezcan conservar todavía un hálito de la calidez de las viejas ilusiones humanas de circundación (2004: 35).

Las paradojas termopolíticas en las que se incurren durante la construcción del gran invernadero global, instauran un nuevo diseño cartográfico que ubica al Lercer Mundo muy lejos del Palacio de Cristal y de sus fabulosos parques posthistóricos.6

Pero los perdedores de la Historia no se resisten a permanecer estáticos, iniciando un tenaz asedio al Palacio de Cristal. Por los intersticios que la macroestrucutra deja entrever, hordas de inmigrantes ingresan al Palacio en busca de una anhelada tranquilidad. Se trata del arca más vulnerable y al mismo tiempo más esperanzada.7 Y de todas aquellas virtudes de las cuales se jactan los habitantes del Palacio, ellos buscan el plácido cobijo de la densidad y su carga inhibitoria. Maltrechos por el despliegue constante de praxis unilaterales desinhibidas y la vertiginosa mutación de escenarios, ven con muy buenos ojos la total cristalización de las condiciones de vida en el Palacio. La generalización normativa del tedio emerge como un escenario utópico tanto para los refugiados de las especulaciones financieras como para los habitantes de las miserables poblaciones urbanas de todo el continente. Se trata de un fenómeno similar al de los bárbaros que fueron permeabilizando las fronteras del Imperio Romano. Dispuestos siempre a empuñar las armas del Imperio, van a morir orgullosos con tal de acceder algún día a la «ciudadanía». Paradoja sólo comprensible si se considera la hiperbólica propaganda del Palacio y su way of life.

Así, en la era de la globalización, el terrorismo, como forma organizada de desinhibición agresiva, avanza con pasos silenciosos por las fisuras abiertas del abrumador entorno circundante. El «terrorismo» no es otra cosa que la consumación de una especie de justicia imaginaria o —si se prefiere— ajusticiamiento. Un modo de sobre-reacción que encuentra en el 11 de septiembre de 2001 una de sus más potentes manifestaciones. Este hecho es, para Sloterdijk, indicativo de que el motivo de la desinhibición agresiva cayó en manos de perdedores activos, procedentes del bando antioccidental. Una nueva ola de perdedores de la «historia» descubrió para sí los placeres de la unilateralidad, de la agresión «espontánea» (Sloterdijk, 2007: 215). No imitan, como anteriores movimientos surgidos de los perdedores, ningún modelo de «revolución»; imitan directamente el impulso originario de las expansiones europeas: la superación de la inercia mediante el ataque arbitrario, la asimetría euforizante garantizada por la agresión pura, la superioridad indiscutible del que llega primero a un lugar y planta su estandarte antes de que los demás lo hagan. La clara primacía de la violencia agresora hiere de nuevo al mundo, pero esta vez desde el otro lado, desde el lado no occidental. Los terroristas islámicos ocupan zonas cada vez más amplias en el espacio abierto de las noticias del mundo. En él infiltran los sistemas, violan el espacio aéreo y estrellan aviones centellantes sobre las torres de Cristal que cobijan el centro del comercio mundial (Vásquez Rocca, 2008c: 212). El hecho de que los autores de estos graves atentados reciban la consideración de héroes en extensas zonas del mundo no controladas por Occidente constituye tan sólo un aspecto secundario de su triunfo, la eficacia que ostentan y la marca que les enorgullece dice relación, más bien, con la gestión de la catástrofe (Vásquez Rocca, 2008: 159-68). Con la generación del pánico global.

Sloterdijk sostiene que el terror no es más que el intento de crear molestias dentro del sistema que puedan afectar al consumismo (el terrorismo islámico sería un ejemplo de ello):

El fenómeno de la globalización nos lleva a la generalización del confort y hacia la idea de un palacio de cristal —concepto utilizado por Dostoievski para denominar el mundo occidental— que representa la vida que nos gustaría vivir, aunque mantiene una mirada hacia fuera para saber quién es su enemigo (2007: 203).

GLOBALIZACIÓN; CONCENTRACIÓN DEL CAPITAL Y SECUESTRO DE LAS IMÁGENES

Entre los elementos más globalizados está la circulación del dinero en tiempo real —bajo todas sus formas— y la circulación de las imágenes —iconos y objetos de representación—. El dinero y las imágenes son, probablemente, las dos cosas que circulan de manera más masiva, a mayor velocidad y que tocan más puntos en el mundo. Pero, si uno compara los resultados de la circulación de las imágenes, se encuentra con una tendencia radicalmente asimétrica o paradójica. El dinero circula concentrándose. Es decir, la hipercirculación del dinero, tanto metálico como virtual: acciones, cheques, transferencias, bonos, bonos de deudas, y todo lo que en virtud de su valor financiero es transable. Los intereses del capital tienen como fin primordial eliminar todas las trabas que dificulten sus movimientos y ganancias. Para este globalismo, el mundo es un indiviso de transacciones comerciales. Un gran mercado donde priman los flujos financieros y —en apariencia— todo circula, pero late en su interior, en el mundo interior del capital, una innegable tendencia a la concentración, la que, en gran medida, es responsable de los obscenos procesos de concentración de la riqueza a escala global. Concentración no sólo de unos países frente a otros, sino también la que tiene lugar en la creciente brecha de la distribución de los ingresos entre grupos sociales al interior de un mismo país o Estado.

Nos encontramos ante una creciente interconexión entre las culturas mundiales y los mercados comunes, lo que determina, según el crítico cultural norteamericano Fredric Jameson que «el capital internacional vaya mermando la autoridad de los Estados-nación y nos encamine hacia niveles de normalización y homogeneización global cada vez mayores» (1998: 54-77). Las actividades de unas pocas grandes corporaciones multinacionales sin escrúpulos crean condiciones que llegan a ser tan intolerables que llegará el día en que se rechacen universalmente los valores capitalistas y se produzca una vuelta al socialismo. A pesar de los no escasos méritos de esta teoría que, aparentemente, demuestra la cada vez mayor interdependencia de los mercados financieros y las cada vez más monopólicas actividades del capital internacional —cambios que han provocado efectos desastrosos en la economía global—.

Ahora bien, uno podría sostener que con la circulación de las imágenes pasa exactamente lo contrario, es decir que los bites de información, de imágenes, de símbolos, de iconos, etc., se distribuyen de manera equitativa, esto es, que llegan a todos lados y en forma simultánea.

Bajo este supuesto se podría sostener que el acceso a la imagen en tiempo real hace que este mundo, el mundo de lo simbólico, sea hoy un mundo que se distribuye con una racionalidad radicalmente distinta al mundo del dinero. Por supuesto, ambos operarían con la lógica de la ganancia, es decir detrás de la distribución de los objetos simbólicos de las imágenes habría personas que estarían lucrando, traficando a distancia con las imágenes de otros lugares, lo que, por lo demás, es lo propio de la Globalización (Ho-penhayn, 2007: 85).

De este modo, parece haber una curiosa asincronía, entre democratización de las imágenes y concentración de la riqueza, donde lo simbólico se distribuye y lo material se concentra.

Uno podría pensar, entonces, que una bomba de tiempo de la Globalización tiene que ver con esto porque, a medida que se distribuyen los referentes simbólicos, a medida que se distribuye la información de la imagen hacia todo el mundo, la gente también quiere participar en el tipo de mundo al cual los símbolos e imágenes hacen referencia. Y, sin embargo, a medida que se concentra la riqueza, más difícil se les hace satisfacer sus expectativas a aquellos que hoy día sí poseen información y que generan aspiraciones vinculadas con esa información. Más grande se hace la brecha entre expectativas y logros, entre aspiraciones simbólicas y posibilidades de realizarlas materialmente.

Entonces, parece ser que uno de los puntos más amenazantes, inquietantes, conflicti-vos de la Globalización tiene que ver con esta creciente brecha entre acceso a lo simbólico y acceso a lo material.

Hoy las imágenes circulan alrededor del mundo en órbitas descentradas que facilitan un acceso sin precedentes, deslizándose casi sin fricción a través de barreras idiomáticas y fronteras nacionales. Este hecho básico, tan evidente como profundo, en apariencia garantiza el potencial democrático de la producción y distribución de la imagen —en contraste con la situación económica o del flujo del capital—. La globalización ha originado imágenes de paz mundial, justicia global y desarrollo económico sostenido que no todos los habitantes del globo podrían suscribir, al menos no sin sentirse esquizoidemente escindidos entre lo que los medios testifican y lo que su realidad a escala humana puede constatar. Pese a todo el mundo-imagen es la superficie de la globalización. Es nuestro mundo compartido. Esta imagen-superficie manipulada parece ser la condición de toda experiencia compartida posible.

El cerrado ajuste entre imagen e interés político-financiero dentro de la burbuja narrativa engendra el autismo colectivo de las noticias televisivas. Los significados no se negocian; se imponen. Y la imagen que se resiste a quedarse en el contexto de esa narración es inquietante, es un dibujo y una escritura desde el borde, signada por la disidencia que será rápidamente moderada.

Sin embargo, existe una posibilidad de re-negociar los significados, signándolos de un modo diferente a partir de la centralidad que debiera ocupar la Estética —en la organización del saber y la administración de las humanidades—, esto es, a partir del desarrollo de competencias específicas en las personas marginadas e impotentes, de modo tal que dispongan de las herramientas para hacer frente a la grave situación que vivencian, que puedan desarrollar respuestas inmunológicas, simbólicas e icónicas para intervenir las cargas psico-espirituales que comportan las imágenes en el contexto de la mercantiliza-ción, lo que abre la estética, la semiótica y todas las instancias de estudio de lo visual a una dimensión ética, de dignificación, de recomposición psico-social e identitaria, desde donde las imágenes mediáticas que se nos presenten como válidas —revestidas de falsa inocencia— puedan ser no sólo interpretadas, sino develadas en su sentido ideológico y mercantil latente, esto es, como una compleja interrelación entre visualidad, discurso y sistemas de seducción, de modo que a partir de este des-encubrimiento podamos desarticular su dispositivo retórico mediante el instrumental semiótico que constituyen las prácticas del ver y mostrar.

Es así como esta tesis de la asincronía, con todas sus implicaciones éticas y estéticas, se torna problemática o al menos discutible, sobre todo si se tiene en cuenta el fenómeno comunicacional de la manipulación de las imágenes, o la de su privatización en una operación político-gubernamental operada por países como Estados Unidos, que bajo alianza estratégica con bancos de datos tan potentes y monopólicos como los de Microsoft, no dejan circular ciertas imágenes que comprometen su imagen en el concierto internacional.8

CIBERCULTURA, GLOBALIZACIÓN Y DECONSTRUCCIÓN DEL PROYECTO DE MUSEO ILUSTRADO

En la ciudad global, en la megalopolis hiper-conectada y sus carreteras de la información —entre el flujo y la densidad de las unidades de datos— nos desplazamos entre figuras y entidades híbridas, espectros de una cultura post humana, capturadas y encapsuladas en bloques de bits.

Las nuevas mega-ciudades con sus sofisticados proyectos de desarrollo urbano, basados en su prioritaria preocupación por la conexión inmediata a otras ciudades globales y el desarrollo de megaestructuras arquitectónicas multifuncionales y autosuficientes, han provocado la desertificación del entorno y gestionado el habitat sofocado de los nuevos centros comerciales, recintos feriales y estadios cubiertos. Son los nuevos invernaderos, caparazones para una vida que apunta —en la era del capitalismo integral— a la total absorción del mundo exterior en un interior planificado en su integridad.9

Ahora bien, en las sociedades informatizadas y globalizadas el museo ha sido desplazado en su rol hegemónico de administrador del régimen de visibilidad de una cultura, de dispositivo de verdad, para dar paso a nuevas prácticas artísticas —asociadas a la digitalización y virtualidad— de la producción simbólica de imágenes y relatos; de estrategias de reconocimiento siempre provisionales, propios de las identidades en fuga, y del tránsito constante del animal que se desplaza en asentamientos nómadas. Este activismo a la vez político y medial que propician los dispositivos digitales de interacción social genera modos de comunicación directa entre los ciudadanos, no mediados por el interés de las industrias de la cultura o los aparatos del Estado.

La introducción en el imaginario colectivo del ciberespacio abre nuevos horizontes políticos y nuevas relaciones de poder. Espacios de redefinición constante de las prácticas discursivas y ensayo de nuevas subjetividades.

Así, en ausencia de patrias los hombres fijan sus huellas, y gestan imaginarios tribales —en los que reconocen filiaciones acotadas y pertenencias locales a determinados nichos comunitarios. De modo que nuestros desplazamientos en la web debieran propiciar nodos capaces de introducir en nuestra experiencia interconectada, reflexividad, interacción y diálogos mínimos en el gueto de nuestra ciudadanía internaútica.

No estamos, por tanto, ante la idea de un todo simultáneo y su representación correspondiente. La idea de redes refiere a múltiples trayectos individuales —que se entrecruzan, a menudo chocan, y otras se interrelacionan— más que a la pertenencia a un conjunto homogéneo y estable. Aquí se subraya sobre todo el carácter constructivista que asume la navegación por la red.

En la era digital el museo ha sido —también— objeto de una desterritorialización; con la emergencia de las galerías virtuales y la desmaterialización del arte, el tránsito y circulación de bienes culturales ha asumido nuevas formas, desarticulando el hegemóni-co circuito de exhibiciones, dando paso a una nueva escena artística, donde el arte puede estar en todas partes a la vez, sin centro y sin periferia.

El museo es heredero del mismo programa ilustrado de la Enciclopedia. Caracteriza a los conocimientos el hecho de que se acumulen como un capital: un capital que pertenece a una humanidad ilustrada en su conjunto y que adquiere el «sentido de verdad» por obra de teóricos y privatizadores del saber, sobre todo, por las clases gobernantes y sus portadores de secretos. Las ciencias empíricas —con sus géneros literarios filiales se registran en el gran libro de la teoría neo-europea; fueron los franceses ilustrados los que con su característico genio práctico, ya a mediados del siglo XVIII, llevaron a cabo el proyecto de la Enciclopedia (Sloterdijk, 2004: 841). Del mismo modo, la concepción moderna del museo es un hecho relativamente reciente, también surgido con caracteres precisos de autoconciencia y de voluntad programática a partir de la mitad del siglo XVIII como parte de la afirmación y difusión de la cultura ilustrada. El paso de privado a público de las colecciones de arte transcurre de diversos modos en la Europa del siglo XVIII, relacionado con la consolidación del concepto del patrimonio artístico, como bien de la colectividad. El decreto por el cual la Asamblea Nacional transformaba las colecciones reales del Louvre en el Musee Central des Arts asume el valor de inicio de una nueva era en la historia del museo (Vásquez Rocca, 2008b: 122-7).


Notas:

1 Este artículo forma parte del Proyecto de Investigación N° DI-10-09/JM-UNAB «Ontología de las distancias en Sloterdijk, hacia una teoría antropotécnica de las comunicaciones». Dirección de Investigación, Universidad Andrés Bello-Fondo Jorge Millas 2009, Facultad de Humanidades y Educación UNAB.

2 Esta hegemonía —muy probablemente— no se mantenga en nuestro nuevo milenio. La era globalizada en que nos encontramos, en que la comunicación ha sustituido a la moneda como valor de cambio, impulsa a la tecnología hacia la transformación de las relaciones sociales de producción y difusión del conocimiento.

3 Este recinto ha encontrado recientemente su homólogo en la sociedad china. Es el caso del Water Cube de Pekín, un cubo de 6.700 toneladas de acero forrado de burbujas elásticas por las que penetra la luz solar.

4 Transferencia de pensamientos entendida como actio in distans, esto es como acciones tele-comunicativas.

5 El Palacio de Cristal, el de Londres en 1850, que primero albergó las Exposiciones Universales y luego un centro lúdico consagrado a la «educación del pueblo», y aun más, el que aparece en un texto de Dostoievsky y que hacía de toda la sociedad un «objeto de exposición» ante sí misma, apuntaba mucho más allá que la arquitectura de los pasajes; Benjamin lo cita a menudo, pero lo considera tan sólo como la versión ampliada de un pasaje. Aquí, su admirable capacidad fisonómica lo abandonó. Porque, aun cuando el pasaje contribuyera a glorificar y hacer confortable el capitalismo, el Palacio de Cristal —la estructura arquitectónica más imponente del siglo XIX— apunta ya a un capitalismo integral, en el que se produce nada menos que la total absorción del mundo exterior en un interior planificado en su integridad.

6 «...los estadounidenses, paradigmáticos expatriados de la <historia>, que contribuyeron con los parques posthistóricos al palacio de cristal» (Sloterdijk, 2004b).

7 El arca no es tanto una estructura material cuanto una forma simbólica de cobijo de la vida rescatada, un receptáculo de esperanza.

8 Es el caso de la intervención militar en Irak, en Afganistán o los campos de prisioneros en las bases militares de Guantánamo; aquí se ha producido, en el decir del artista visual Alfredo Jaar, un secuestro de las imágenes. Las mismas que él ha intentado recuperar, mediante su prolífico trabajo de documentación de catástrofes y genocidios como el acontecido en Ruanda. Jaar trabaja con la idea de la desaparición de las imágenes. En esta misma instalación encontramos la idea de la manipulación de las imágenes, su privatización y posterior desaparición. Esto obedecería a la convicción de los gobiernos acerca del poder de las imágenes, tesis refrendada históricamente por el caso de Vietnam, donde las imágenes detuvieron una guerra, jugando allí un rol preponderante los corresponsales de guerra que lograron sensibilizar a gran parte de la población civil. A esto se le teme, por ello no se deja a las imágenes circular y más bien se les secuestra. A esta lógica, esto es al aprendizaje de la lección de Vietnam, corresponde el así denominado efecto CNN, donde por medio de una gran operación mediática de maquillaje se presentó una —aparente— guerra aséptica e indolora.

La Guerra del Golfo, con su hipocresía medial al operar la mascarada de una retransmisión de una guerra «limpia» e indolora, sin sufrimiento y en directo, inauguró una nueva época en cuanto al tratamiento de los conflictos por parte de los medios de comunicación, preparando el terreno de lo que luego sería otra operación mediática maquillada: Somalia. Desde entonces se habla del llamado «efecto CNN», para describir la existencia de un tremendo poder de influencia de la televisión para desencadenar respuestas políticas ante determinados escenarios conflictivos, en los que el sufrimiento de las personas es retransmitido en directo. La guerra del Golfo sería el ejemplo de ello.

9 Particularmente en las artes se observa un refuerzo del papel de las instituciones directamente ligado a programas de promoción de las ciudades, como la implantación de grandes museos que albergan exposiciones internacionales, inmensas edificaciones que contribuyen a la espectacularización de las ciudades y el turismo cultural, lo que conduce, a su vez, a un redimensionamiento de la producción artística concebida para esos espacios.

REFERENCIAS

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Recepción: marzo de 2009 Aceptación: abril de 2009

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