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Ultima década

versión On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.14 n.25 Santiago dic. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362006000200004 

 

Última Década, 25, 2006:65-90

GÉNERO, GENERACIONES, EDADES Y JUVENTUDES



Discursos Masculinos sobre el Poder de las Mujeres en Chile.
Sujetos y Subjetividades


Discursos Masculinos sobre o Poder das Mulheres no Chile.
Sujeitos e Subjetividades


Male Discourses over Female Power in Chile.
Subjects and Subjectiveness

Paulina Salinas Meruane*
Susana Arancibia Carvajal**

* Trabajadora social chilena, doctora en ciencias sociales, Freie Universität Berlín, Alemania. Académica Escuela de Periodismo, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.

** Psicóloga chilena, magíster en psicología social, Universidad Católica de Chile. Académica Escuela de Psicología, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.



Dirección para correspondencia


RESUMEN

En el artículo se exponen algunos de los antecedentes centrales del proyecto de investigación «Poder, participación ciudadana y género: significado del liderazgo femenino desde una construcción masculina».1 Utilizando un enfoque cualitativo, se desarrollaron entrevistas abiertas con el objetivo de comprender el significado que le asignan los hombres al liderazgo femenino. Los discursos fueron analizados en base a la Teoría Fundamentada de StraussCorbin (2003). Los resultados muestran que los varones coinciden en términos generales respecto a los cambios que ha habido en los roles de género, en que las mujeres tienen y deben tener más oportunidades, en que hay una mayor incorporación de éstas en el mercado laboral y en la necesidad de tener relaciones más equitativas al interior de la familia. Así, emergen tensiones que configuran el malestar de la masculinidad traspasando la esfera íntima y cuestionando las relaciones de intergénero actuales. También hay discursos más progresistas en los varones, que se aventuran hacia un reconocimiento de las capacidades y roles que han ido asumiendo las mujeres en el espacio público, aunque se trata de un reconocimiento vigilante, ambivalente, mediatizado por una percepción de confianza/desconfianza, eficiencia/in-competencia, hacia lo que ellas son capaces de lograr.

Palabras clave: Empoderamiento, Transformaciones, Género


RESUMO

No presente artigo são expostos alguns dos antecedentes centrais do projeto de pesquisa «Poder, participação, cidadania e gênero: significado da liderança feminina a partir de construções masculinas». Utilizando um enfoque qualitativo, foram feitas entrevistas abertas com o objetivo de compreender o significado que os homens atribuem à liderança feminina. Os discursos foram analisados com base na Teoria Fundamentada de Strauss/Corbin (2003). Os resultados mostram que, em termos gerais, os homens concordam no que diz respeito às mudanças ocorridas nos papéis de gênero, de que as mulheres têm e devem ter mais oportunidades, de que existe uma maior incorporação delas no mercado de trabalho e sobre a necessidade de relações mais eqüitativas dentro da família. Do mesmo modo, emergem tensões que configuram o mal-estar da masculinidade transcendendo a esfera íntima e questionando as relações inter-gênero atuais. Existem também discursos mais progressistas dos homens, que se aventuram a um reconhecimento das capacidades e dos papéis que as mulheres estão assumindo no espaço público, ainda que se trate de um reconhecimento vigilante, ambivalente, mediado por uma percepção de confiança/desconfiança, eficiência/incompetência em relação ao que elas são capazes de conseguir.

Palavras chave: Empoderamento, Transformações, Gênero


ABSTRACT

The present contribution deals with the meaning of the feminine leadership from a masculine perspective. By using a qualitative approach, opened interviews were developed to understand the meaning that men assign to the feminine leadership. The speeches were analyzed on the basis of the Strauss/Corbin-theory (2003). The results show that men agree with the changes experienced by the gender rolls. In a specific way men agree that women need to have more societal-economic opportunities, that it is necessary to have more equitable relationship inside the family. However within this positive framework, emerging tensions configure a dissatisfaction of the masculinity that in turn impact the intimate sphere questioning the present day inter-gender relationship. Finally, there is a men group with more progressive speeches which venture towards a positive evaluation of the women capacities and their assumed public space-rolls. However this positive evaluation is vigilant, ambivalent, and influenced by a perception of confidence/uncertainty, efficiency/inefficiency of the effective societal contribution that women are able to reach.

Key words: Power, Societal Changes, Gender


1.    Introducción


En los últimos años Chile registra avances importantes en materia de indicadores sociales, lo que ha permitido que el país alcance un destacado posicionamiento en cuanto al Desarrollo Humano en el contexto latinoamericano (Pnud, 2004:21). Junto a lo anterior, se vislumbra también un mejoramiento en la búsqueda de un mayor equilibrio en las relaciones entre hombres y mujeres, producto de las transformaciones económicas, sociales y culturales de la sociedad chilena y del mundo en general. Tanto la globalización como los cambios de la economía han potenciado demandas de modernización en el espacio íntimo, cuestionándose las bases de la masculinidad autoritaria y la familia nuclear patriarcal, por perpetuar esta última la inequidad, limitar la autonomía, la diversidad y las relaciones democráticas al interior de la familia (Olavarría, 2001:24).

Por consiguiente, mejorar los niveles de Desarrollo Humano exige, entre otros elementos, más poder para cada uno y para la sociedad en su conjunto. En este sentido, el quinto Informe sobre Desarrollo Humano en Chile concluye que hay dos elementos que frenan un mayor y mejor aprovechamiento de las oportunidades que el país ofrece y que se relacionan con la insuficiente disposición de poder social y una desigual distribución del poder de acción personal (Pnud, 2004:87).

Además existe una serie de amenazas que aunque son menos perceptibles, son gravitantes para lograr robustecer la democracia institucional y el ejercicio de la ciudadanía, ambos objetivos que se ha propuesto el Gobierno de Chile en conjunto con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Por un lado, está la permanencia del status quo de parte de quienes no quieren ceder poder y, por otra parte, está también el temor a entregar más poder a las personas —especialmente a las mujeres— y a las organizaciones.

Con respecto a las organizaciones, existe acuerdo en la necesidad de fortalecer la acción colectiva. De hecho, los desafíos actuales que enfrenta el país en un contexto de globalización mundial sobrepasan las capacidades que tiene el Estado y la actuación individual de las personas, es decir, se requieren mayores niveles de cooperación entre actores diversos (Pnud, 2004:89).

En cambio, en lo que concierne a las mujeres existe desconfianza sobre la capacidad de éstas (Pnud, 2004:22). Es relevante considerar que histórica y culturalmente se ha dado una diferencia intergénero e intragénero (entre sujetos pertenecientes al mismo sexo), construida en relación con las diferencias sexuales y las características atribuidas a éstas, lo que ha ido conformando un ordenamiento social con asignación de roles, oportunidades y espacios distintos para hombres y mujeres (Fuller, en Valdés y Olavarría, 1998:258). Esto ha repercutido en la construcción de identidades y subjetividades tanto de lo masculino como de lo femenino. El varón se configura como padre, autoridad en el hogar, trabajador/proveedor, con dominio en lo público. En cambio las mujeres se construyen centradas en la maternidad, protegidas por los varones, dedicadas al hogar y a la crianza y con dominio en lo privado (Olavarría, 2001:41). Los hombres actúan en relación con el mundo exterior a la familia y con la comunidad, en cambio las mujeres se desenvuelven en el mundo interior en el hogar (Fuller, 1998:258).

Sin embargo, se observan transformaciones importantes en el ejercicio de roles de género, aumentando gradualmente la participación femenina en los diferentes ámbitos sociales, culturales, económicos y laborales del país. Por ejemplo, en el sector laboral, la incorporación de las mujeres experimentó durante la década de los noventa un incremento significativo desde un 28,06% en 1992 a un 35,5% en el año 2002, lo cual implica un aumento superior a 7 puntos porcentuales (Ine, 2002), aunque estas cifras siguen siendo bajas respecto al promedio latinoamericano, lo que precisamos más adelante.

En la actividad política, la subrepresentación de las mujeres, pese a los avances experimentados en la última elección presidencial y la conformación paritaria del gabinete de la presidenta, es evidente, siendo un fenómeno que se fortalece en un sistema político caracterizado por la permanencia de una institucionalidad, actores y problemáticas heredadas de la dictadura militar —que han sido levemente corregidos por los gobiernos democráticos— y que son efectivamente inadecuados al tipo de país que los chilenos quisieran construir para insertarse autónomamente en el mundo globalizado (Garretón, 2004).

En el ámbito de la participación política, las organizaciones sindicales están controladas por los varones que son quienes articulan los espacios y redes de homo sociabilidad. Lo mismo se evidencia en los puestos de mayor jerarquía pública (Olavarría 2001:31).

Algunas investigaciones desarrolladas en los últimos años en el país sobre participación femenina (Valdés/Weinstein, 1993; Ruiz y otras, 1998; gim, 2002; Valdés, 2001; Salinas 2002; Sernam, 2004), reflejan lo expuesto y entregan cifras que fundamentan lo señalado. Estos estudios forman parte de una fructífera corriente interdisciplinaria de estudios de género que se ha desarrollado en Europa y en los ee.uu. desde la década del 50 en adelante, con los aportes de Money y Stoller (1960), quienes distinguieron los conceptos de sexo y género hasta los estudios de Teresita de Barbieri (1994) que definió el sistema de sexo-género como un conjunto de prácticas símbolos y representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia anatomo-fisiológica y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana, y en general, a los relacionamientos entre personas.

Este largo recorrido ha llevado, por una parte, a mostrar que existen diversas teorías de género y, por otra, se ha enfatizado en investigaciones que denuncian la condición de discriminación y subordinación de las mujeres, cuestión que ha sido importante, pero no suficiente, ya que se ha invisibilizado muchas veces que el género es un constructo sociocultural que alude a las relaciones de poder en las que participan hombres y mujeres (Bonder, 1999:36). Es decir, esta lógica binaria sigue presente en muchos de los estudios de participación y liderazgo femenino, en los cuales se reproduce la polarización en el análisis sobre la realidad femenina, excluyendo las diferentes perspectivas masculinas, en torno de las cuales precisamente se ha instituido el ejercicio del poder, además de no entregarse conocimiento acabado acerca de las relaciones entre los géneros (López/Güida, 2006).

En este sentido, la tendencia ha sido más bien a no reconocer que la identidad masculina, al igual que la identidad femenina, depende más de las cualidades sociales que biológicas, y que pasa por etapas marcadamente distintas según el momento del ciclo vital en que se encuentre la persona (Fuller, 1998:259-260).

Este estudio se propuso algunos avances en este sentido, ya que se planteó la comprensión de los aspectos subjetivos relacionados a la conformación del liderazgo femenino, utilizando el género como una categoría de análisis de todos los procesos y fenómenos sociales, en lugar de reducirlo a una cuestión de identidades y roles. En este sentido, en palabras de Gloria Bonder (1999:35), implicó pensar el proceso de subjetivación en términos de una trama de posiciones de los sujetos, inscritas en relaciones de fuerza en permanente juego de complicidades y resistencias. Develando la compleja interrelación de identificaciones heterogéneas situadas en una red de diferencias desiguales.

Surge entonces la pregunta sobre la percepción que poseen los varones, desde su subjetividad respecto al empoderamiento femenino, ya que algunos antecedentes dan cuenta de lo complejo que resulta para ellos vivenciar cambios en el ejercicio del poder. El último informe del Pnud (2004) acusa inicialmente este proceso; donde se indica que: «Los hombres resienten el acceso de las mujeres al poder, pero no logran elaborar un discurso propio sobre su situación» (Pnud, 2004). Uno de los cambios importantes que arrojan las últimas investigaciones, se relaciona con el cuestionamiento que comienzan a hacer los varones acerca de las demandas que les plantea la masculinidad. Son manifestaciones de malestar que se extienden más allá de la esfera íntima y que llevan a muchos hombres a cuestionarse sobre lo que hicieron como varones, padres, parejas, a cuestionarse sobre lo que actualmente hacen y a no tener claro cómo lo harán en el futuro (Olavarría 2001:33).

Precisamente, estudiar y profundizar en las dimensiones de esta tensión ha sido el propósito de la presente investigación, lo que implicó desarrollar un abordaje distinto a lo que hasta ahora se ha realizado desde una perspectiva de género —léase mujeres—. Es decir, nos interesó responder algunas interrogantes tales como: ¿cómo significan y organizan el poder los varones?, ¿cómo perciben los cambios que han experimentado las mujeres en el ejercicio del poder?, ¿qué fortalezas y debilidades ven en esta nueva forma de ejercer el poder? y ¿cómo perciben y experimentan estos cambios?


2.    Antecedentes metodológicos


El estudio tuvo un carácter exploratorio, con fines descriptivos e interpretativos. De acuerdo a los objetivos, se utilizó un enfoque cualitativo, es decir, se asumió una concepción investigativa que parte del supuesto de que la realidad social es subjetiva, múltiple y cambiante, es el resultado de una construcción de los sujetos participantes que se encuentran en interacción con otros miembros de la sociedad (Gil, 1994; Ruiz, 1996; Valle, 2000). De este modo, la investigación se realizó desde una perspectiva holística, buscando comprender los significados que le asignan los hombres al liderazgo femenino en un sentido global y no centrado en variables particulares. El interés estuvo en la comprensión de las experiencias individuales y subjetivas de cada uno de los entrevistados.

Se aplicaron entrevistas abiertas de carácter individual, ya que la característica dialógica de esta técnica de investigación posibilitó acceder a los significados de los actores participantes del estudio. Las entrevistas se desarrollaron en forma secuencial (comparación constante), de tal manera que una vez que la primera entrevista fue realizada se procedió a su trascripción y análisis preliminar; de este modo la segunda entrevista incorporó los aportes de la primera y así sucesivamente, desarrollándose la fase de recopilación de los datos hasta lograr la saturación de la información.

Las entrevistas giraron en torno a los siguientes ejes temáticos: significado del poder, ejercicio del poder, poder y relaciones familiares, organización del poder, mujeres y poder, ejercicio del poder femenino, aspectos históricos del poder femenino, cambios en el ejercicio del poder entre hombres y mujeres, percepción de los cambios entre hombres y mujeres, fortalezas y debilidades del ejercicio del poder femenino, percepción del liderazgo y participación femenina, comparación entre hombres y mujeres en el ejercicio del liderazgo.

De acuerdo a las preguntas y objetivos de la investigación se utilizó un muestreo cualitativo intencional (Ruiz, 1999:64). Para tal efecto, se estimó un universo de veinte varones de la ciudad de Antofagasta, con distintos niveles educacionales, nueve de los entrevistados son profesionales universitarios, cinco cuentan con formación técnica, tres son estudiantes universitarios y tres poseen cuarto año medio rendido. Las edades fluctuaron entre los 19 y los 63, con una edad promedio de 40 años.

La validez del estudio intentamos garantizarla a través de la aplicación de los siguientes criterios: i) credibilidad, por medio de una triangulación teórica; ii) transferibilidad, criterio que contempló descripciones espesas, para lo cual se planificaron entrevistas abiertas que posibilitaron a los sujetos explayarse libremente por los temas, y iii) saturación, criterio que guió la recolección de información, de tal modo que cuando hubo una reiteración de los temas de investigación y un nuevo entrevistado no aportó nuevos antecedentes se finalizó la recopilación de los datos.

El análisis de los discursos obtenidos se realizó según la Teoría Fundamentada de Strauss/Corbin (2003) y complementada con las propuestas de análisis de Ian Dey (1993), que le otorga relevancia a la vinculación de los datos con la teoría. Estas perspectivas metodológicas fueron consideradas apropiadas para la investigación, ya que generan resultados que describen el fenómeno y permiten establecer relaciones teóricas. Se trató de situar los discursos no sólo en consideración al marco situacional, sino también a los propios sujetos y sus subjetividades (Alonso, 2003:204).

Una vez hecha la codificación de los discursos, se segmentó el análisis en dos partes a fin de identificar, en una primera instancia, los aspectos que giraban en torno a los significados que le otorgan al poder los hombres y sus percepciones sobre los cambios que han experimentado las mujeres. Posteriormente se exponen las fortalezas y/o debilidades que esgrimen ellos sobre el empoderamiento femenino.



3.    Resultados


En Chile, las investigaciones sobre los hombres y la masculinidad comienzan con mayor énfasis en la década del 90, siguiendo los avances teóricos que se habían iniciado quince años antes en Norteamérica y Europa. Los distintos autores coinciden respecto a las transformaciones de la masculinidad, que ha implicado, entre otros fenómenos, una disminución en la exclusividad de los espacios de poder que históricamente eran asignados a los hombres, tanto en el ámbito público como en el privado, configurándose nuevas formas de relación en la familia, en el trabajo y en las distintas esferas de sociabilidad.

En un mundo mucho más interrelacionado y comprimido que en épocas anteriores, donde los avances de los movimientos de mujeres, los cambios en los mercados laborales y financieros, las migraciones masivas, la emergencia de nacionalismos en distintas partes del mundo, entre otros, han modificado los equilibrios previos, emergiendo nuevos órdenes de género en los que se cuestionan algunos valores como la masculinidad hegemónica y emergen otros en el seno de la globalización (Moreno, 2001:37).

Araujo y Rogers (2000:60) se refieren a este proceso de transformación como ruptura de ciertos sustentos estructurales que se acompañan por la pérdida de los significados de la masculinidad, develando distintas masculinidades, que diferencian las identidades y amplían las formas de construir lo masculino.

Dicho esto y teniendo presente el proceso de cambio que están experimentando las sociedades latinoamericanas, en el presente artículo interesa profundizar en un ámbito más específico sobre las construcciones que tienen los hombres respecto al empoderamiento femenino.


a)    El empoderamiento femenino, entre avances y retrocesos


Los discursos de poder y empoderamiento han alcanzado gran relevancia en círculos internacionales, desde funcionarios de Naciones Unidas hasta del Banco Mundial, se refieren a la necesidad de empoderamiento, especialmente de las mujeres. Asimismo, en las Ciencias Sociales los debates sobre el poder y sus dimensiones ocupan una centralidad creciente (Young, 2000; León, 2000). Hay preocupación por la inclusión y exclusión, por la gama heterogénea de sujetos que luchan por participar y los desafíos que tienen las mujeres por revertir las estructuras que las marginan del poder y produce inequidades. Pese a esto, no existe una definición acotada del empoderamiento, éste está especialmente referido a los estudios sobre las mujeres, educación popular y desarrollo (Schuler, 2000:30).

En el marco de esta investigación se concibió el empoderamiento en estrecha vinculación con la distribución, circulación y ejercicio del poder y en ese sentido, es la capacidad de las personas de tomar control sobre sus propias vidas, lograr habilidades para hacer cosas, sentar sus propias agendas, es decir, es la capacidad de alterar los procesos y estructuras que reproducen la posición subordinada de las mujeres (Young, 2000; Deere/León, 2002, Foucault, 1992). Al respecto uno de los entrevistados acota,


Hay distintas maneras de ejercer el poder. El poder que te entrega un cargo por ejemplo, y tú ejerces el poder que ese cargo ostenta. Otra forma de ejercer poder es por tu capacidad, tu conocimiento y que los demás te legitimen, en ese sentido a lo mejor no tienes el cargo o la autoridad formal, pero si el resto ve que tú eres capaz te van a seguir; entonces en ese sentido vas a tener poder para influenciar en la conducta del otro.2







El empoderamiento se relaciona con el poder como relación social. Las sociedades están atravesadas por relaciones de poder que funcionan a través de la acumulación, circulación y funcionamiento de un «discurso de verdad», relaciones de poder que se transforman en relaciones de dominación bajo formas de derechos (leyes, aparatos, instituciones, reglamentos, etc.) (Foucault 1992:157). Adoptan la forma de técnica o instrumento de intervención. Así, Foucault precisa, «entre un hombre y una mujer, en una familia, entre un maestro y un alumno, entre el que sabe y el que no sabe, pasan relaciones de poder».


El poder es lo que permite en un momento dado ordenar, administrar, mandar y satisfacer necesidades, se me ocurre que el poder antes estaba en la fuerza, hoy día el poder está en el conocimiento. Hoy día yo creo que el gran cambio que ha habido en la humanidad, es que el poder ya no viene del dinero, no viene de la fuerza, si no que del conocimiento, el que más sabe es el que puede mandar a los demás.3






Las relaciones de poder pueden significar dominación, pero también resistencia a fuentes existentes de poder (Deere /León, 2002; Foucault, 1992). En los discursos analizados hay coincidencia en las configuraciones que hacen del poder los hombres, atribuyéndole algunos una connotación positiva de acuerdo a cómo se utiliza. Sindican el dinero, la clase social, el conocimiento y la información como fuentes centrales de poder; en cambio disminuye la importancia que le asignan a las relaciones de fuerza y coacción. Esto evidencia un cambio no menor en la ciudadanía, ya que estas formas de ejercer el poder marcaron las relaciones sociales en Chile bajo la dictadura militar entre los años 70 y 80, desencadenando un proceso sistemático en el país de atropellos a los derechos humanos.

En los discursos, la resignificación de las formas de relación da cuenta de los avances del proceso de democratización que se ha construido en los últimos años en el país, y cómo éste ha plasmado los discursos y representaciones sociales de la ciudadanía.


Nuestra sociedad ha cambiado, desde el momento en que las mujeres empiezan a votar; era obvio que iban a exigir más participación y les encuentro toda la razón, nuestra sociedad también va cambiando porque se va globalizando, va adquiriendo influencias de otros lados, entonces también las mujeres van demostrando día a día que son capaces.4

Antes de llegar a la democracia, era muy difícil ver a una mujer figurando en algún ámbito. Con la llegada de la democracia creo que se ha abierto un poco más. Ya ahora estamos abiertamente en un matriarcado, obviamente la mujer de hoy está mucho más empoderada.5









El poder, como una dimensión fundamental e ineludible en toda relación social, adquiere múltiples formas y se transforma históricamente. Legrand (1989:27) reconoce tres tipos de poder: el poder-fuerza, el poder-seducción y el poder-dirección. Cada uno de estos tipos de poder se ejerce de distintas formas. El poder-fuerza hace referencia no sólo a la fuerza física, sino al poder que tiene el lenguaje como instrumento para forzar a alguien. Dentro de este tipo de poder se encuentra la violencia, la coacción, la coerción o represión, modalidades del poder-fuerza que suscitan una resistencia.

En los discursos de los hombres se constata que las referencias al poder se vinculan con los tipos de poder denominados fuerza o dirección, no siendo sindicado por ellos explícitamente la seducción como una modalidad del poder, lo que no implica que no exista, ya que reconocen en el trato más amable y cordial empleado por algunas mujeres, condiciones para ejercer poder.

Los hombres le asignan al poder la capacidad de permitir ordenar, administrar, dirigir, mandar, influir o manipular a las personas, de hacer y de acceder a las cosas, dicen:


El poder es como tener el poder absoluto, atribuciones sobre las demás personas que puedan influir en el desarrollo de las demás personas, o sea, es como quitarles su individualidad a las personas, como forma autoritaria.6


El poder tiene que ver con lo que yo puedo hacer [...] las cosas a las que yo puedo acceder, y las cosas que yo puedo dirigir, y en el fondo si yo dirijo, quiero que me salga como yo quiero, como yo me las imagino.7









En cambio el poder-seducción es en el fondo una forma que se disimula o se oculta, el poder está enmascarado. Este poder-seducción es el que se denomina en ocasiones manipulación. Manipular a alguien es utilizarlo, pero sin que esa persona lo sepa, sin que se dé bien cuenta, de manera que la acción le parezca que viene de sí misma. Con respecto, al poder-dirección, es aquella modalidad que se refiere al poder que procede del contrato, es decir, cuando los individuos se reúnen en una acción común y se ponen de acuerdo para delegar en alguno de ellos, de acuerdo a su competencia, en este caso la competencia es el medio por esencia del poder-dirección (Ibídem, 28).

Así, la posición de poder de los individuos y las instituciones depende de la relación que se establece entre diferentes factores de clase, estatus, ocupación.


Muchas veces hasta las secretarias tienen un cierto poder, porque si tú le caes bien cual es premio que es atenderte o decirte que el jefe está, si no, te lo va a rehusar, es un poder también interesante el poder de premiar, se dice que muchas veces hay personas que premian con una sonrisa o que te premian con una palabra, pero es un premio.8


Significa, a lo mejor, que una persona con clase alta, con bastante influencia, puede tomar decisiones, que puede tener a lo mejor influencia en la sociedad, en una persona o un estatuto [...] que tiene influencia, donde él puede tomar decisiones sin consultarle a nadie. Eso significa poder, como el presidente que tiene ciertos poderes, como el papá que tiene cierto poder o la mamá que tiene cierto poder en su grupo familiar [...] y toman decisiones.9












De esta forma, las relaciones entre hombres y mujeres están atravesadas por mecanismos de poder, que constituyen relaciones de fuerza que condicionan el posicionamiento social y cultural de cada género en los distintos ámbitos de la vida social.

Aunque los hombres entrevistados pertenecen a distintas generaciones, muestran discursos similares respecto al empoderamiento femenino, coinciden de un modo global en que ha habido cambios en los roles de género, que las mujeres tienen y deben tener más oportunidades, que hay una mayor incorporación de éstas en el mercado laboral, en la necesidad de tener relaciones más equitativas al interior de la familia. Junto a esto también percibido por los varones la vigencia de las estructuras de clase, las jerarquías sociales y la autoridad como mecanismos que condicionan las relaciones interpersonales de los sujetos y que se amalgaman con las diferencias de género.

Acá en el norte en donde somos descendientes directos o indirectos de una cultura pampina, en donde la virilidad masculina se medía con un poder absoluto, o sea, aquí en la pampa el hombre [...] lo que el hombre decía era ley, la mujer era una sometida, tenía que hacer lo que el hombre decía, y esto se fue abriendo a través del tiempo, tiene que abrirse más todavía, todavía nos falta harto por avanzar.10






La construcción de género que se ha desarrollado en las zonas mineras ha sido compleja y se han establecido relaciones de subordinación y exclusión de las mujeres. En un estudio realizado en la mina de cobre El Teniente en Rancagua permite hacer un paralelo con los procesos experimentados en el norte de Chile. Se expone que las mujeres casadas, para mantener su precaria posición económica y defenderse del domino de sus parejas, recurrían a la ideología de la domesticidad y a los derechos que les concedía su condición de mujeres casadas y madres de familia. Era en el interior de la familia nuclear donde se vivenciaban los códigos culturales dominantes y se plasmaban las instituciones sociales en las que se reproducía el régimen de género característico de las zonas mineras, hombre proveedor y mujer dueña de casa (Klubock, 1998:113).

Yo creo que es un cambio social, un cambio en la mentalidad que la gente está enfrentando, o sea, hoy en día la mujer es [...] una fuerza laboral que ya está en todas partes, digamos [...] se ganó el lugar, ya se lo está ganando, yo creo que hoy día todo el mundo reconoce que la mujer forma parte del ámbito laboral, muchas colegas mujeres en todas partes, de todas las áreas, por lo tanto, yo no sé si todavía habrá discriminación.11







Aunque los testimonios dan cuenta de los cambios percibidos por los hombres en relación al posicionamiento de las mujeres en la sociedad, cabe destacar que estas afirmaciones se limitan a modificaciones en los discursos, pero no en los mandatos de género, ya que son los hombres los que ejercen el poder y los que han posibilitado el acceso de las mujeres, cuando ellas han mostrado capacidad. En consecuencia, el riesgo está en que con estos discursos se crean representaciones sociales, que hacen sospechar, incluso, la vigencia de los discursos sobre la discriminación de género. Contrariamente es en esta ambivalencia en la que se plasman los laberintos del poder y se encubren relaciones de micromachismo, como lo denomina Bonino (citado por Celedón, 2001:147). Esto es, pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder naturalizados por los hombres, que restringen el poder personal y la autonomía, afectando la democratización real de las relaciones intergénero (Ibídem:147).

Las expresiones de micromachismo lleva a que en sectores por ejemplo universitarios de la sociedad, en los que la población tiene mayor nivel de instrucción los discursos sobre las diferencias de género se han vuelto más sutiles y por momentos casi imperceptibles; allí la sutileza del dominio se torna un obstáculo difícil de desmontar (Güida, 2001).

En síntesis, el empoderamiento femenino ha sido un proceso zigzagueante y estrechamente condicionado a las condiciones de clase, etnia, edad y género de las mujeres, por lo tanto no es posible establecer un criterio de homogeneidad en una sociedad como la chilena donde la fragmentación y exclusión social constituyen una problemática transversal e insoslayable a cualquier análisis que se haga desde las ciencias sociales.


b)    El malestar de la masculinidad


Como mencionamos, por una parte los hombres valoran positivamente los avances y cambios socioculturales que ha tenido el país y el mundo en general, lo que ha permitido una mayor participación de las mujeres en el ámbito público. Sin embargo, simultáneamente en los discursos se develan las tensiones que estarían configurando el malestar de la denominada masculinidad. Este no siempre es consciente, por parte de los hombres e incluso resulta difícil su verbalización por parte de ellos, lo que se concreta en que hay aspectos en la transformación de roles de género que les incomoda y que los llena de incertidumbre, ya que este nuevo escenario implica nuevas demandas y ajustes en las relaciones de género.

En otras palabras, el cuestionamiento que se hacen los varones sobre las demandas de la masculinidad hegemónica aprendida, son manifestaciones de una tensión que traspasa la esfera íntima (Olavarría, 1998:26), alcanzando la esfera laboral, política y social en general, espacios en los que las mujeres, aunque lentamente, han ido accediendo en los últimos años.


Creo que la mujer está preparada, creo que ha avanzado mucho, creo que ha ganado mucho terreno, y la mujer está preparada para hacer lo que quiera, lo que quiera [...] me incomoda sí. Prefiero un mundo de hombres, creo que el poder se ha hecho para que lo administren los hombres, pero me he comenzado a adaptar a los nuevos tiempos y acostumbrar a la idea de que la mujer también puede administrar el poder, pero en la actualidad no está claramente demostrado que la mujer puede administrar el poder.12







Estos discursos interpelan no sólo a las mujeres, sino a la sociedad en su conjunto, ya que constatamos que, junto con aumentar la participación de las mujeres en los distintos ámbitos del quehacer nacional, alcanzando éstas mayor autonomía, también se han incrementado gravemente problemáticas tan agudas como la violencia doméstica. Las cifras indican que, por ejemplo en Argentina, una de cada cinco mujeres que vive en pareja sufre malos tratos y la mayoría de ellas ya lleva 20 años soportando estos abusos. En México, el 70% de las mujeres aseguran sufrir malos tratos. En España, según fuentes oficiales, el año 2001 murieron más de 35 mujeres de manos de sus maridos o novios (Utopía, 2001). En Chile la situación es similar, con cifras que indican que el 38,8% de las mujeres ubicadas en estratos socioeconómicos alto y medio-alto de la Región Metropolitana ha vivido situaciones de violencia en la pareja. En las de sectores medios, el porcentaje alcanza a un 44,8%, mientras que en sectores bajos asciende a un 59,4% (Sernam, 2003). Si se analizara país por país, las cifras y porcentajes resultantes de la violencia doméstica son impresentables; cabe preguntarse cuál es el delito que han cometido estas personas para ser tratadas así, ¿ser mujeres?

La violencia doméstica es una manifestación de una reacción irracional de defensa contra el reto que representa la liberación femenina y la irrupción de las mujeres en el espacio público, es un intento por proteger los privilegios masculinos que han perdido legitimidad (Fuller, 1998:265).

Los discursos sociales que actúan como basamento de la masculinidad hegemónica y que son determinantes en la construcción de la identidad/es de los hombres, se observa que los varones se encuentran atrapados en una lógica en la que trabajo-dignidad y capacidad se relacionan en un círculo vicioso, que condiciona la idealización de la identidad masculina adulta. El trabajo es un instrumento de realización para los hombres y es lo que se espera de ellos; a través de éste constituyen un hogar, son proveedores y de esta manera cumplen los mandatos de ser jefes de hogar y autoridad en la familia (Olavaría, 2000:13). La pérdida del trabajo por tiempos prolongados, produce muchas veces quiebres biográficos complejos de superar, no sólo por el hombre que sufre la experiencia, sino también por el resto de la familia que reproduce estos mandatos de género.

Connell (1998:85), refiriéndose a este fenómeno precisa que las políticas neoliberales han producido una reducción del Estado como generador de empleo y lo mismo ha sucedido con el tamaño de las empresas, provocando que el desempleo sea una problemática que atraviesa a los países más y menos industrializados, fenómeno que trae aparejado por una parte la precarización de la salud mental de los hombres, y por otra una mayor participación femenina en el mercado laboral, ya que producto de esta misma precarización, se privilegia la mano de obra barata, lo que favorece la inclusión marginal de las mujeres al trabajo. Los entrevistados dicen:


El desempleo, en algunas carreras, en las cuales las mujeres se están metiendo es muy fuerte y ahora están intruseando en otras carreras y no sé si el mercado dará para tanto, que sea capaz de adaptarse a la misma velocidad, es una cuestión de recursos y activos fijos la irrupción de la mujer en el trabajo, si este fenómeno no se hubiese producido a lo mejor los impactos serían menores.13






El trabajo como un componente central en la configuración identitaria de los hombres constituye una territorialidad en la que se han desempeñado con total autonomía y libertad, por lo tanto la incursión de las mujeres, sobre todo en aquellos nichos laborales definidos tradicionalmente como espacios masculinos, produce mucho temor por parte de ellos ya que se fragmentan las certezas, la seguridad con la que han contado por generaciones.

Aunque, como decíamos, la incorporación de las mujeres al empleo es precaria, de hecho las cifras muestran que en el país las mujeres representan sólo un 36% de la fuerza laboral, mientras que en el resto de América Latina el porcentaje asciende al 44%, y se mantiene la brecha salarial que permite que ellas reciban remuneraciones que están entre un 30% y un 40% menos que las remuneraciones de los varones desempeñando iguales funciones (Katanella y otras, 2005:2).


Mi profesión es demasiada cerrada al varón. Las mujeres que han entrado en mi profesión, les ha costado bastante en ingeniería civil, parten cerrándoles las puertas [...] parten enseñándonos mal, nos hablan mal de las mujeres, nos hablan mal de las profesoras mujeres, las ponen por debajo de ellos. Entonces van creando como una mentalidad de represión. Por lo menos en mi carrera le veo un futuro difícil.14

Yo siento que no estamos todavía preparados para eso [empoderamiento femenino], para mí es un cambio muy radical. Todos los empresarios son varones y varones viejos a la antigua y no van, yo creo que no van a querer que una mujer venga a guiarles su destino.15

Los hombres ya estamos quedando atrás, en todas partes, si es obvio, es que yo digo una cosa por ejemplo yo creo que en el mundo o en este país el hombre está acostumbrado a mandar, entonces el hombre era como un monumento nacional que no se podía tocar porque era el que mandaba.16


 










Con los cambios globales que se han producido, como mencionamos, el ordenamiento de género tradicional en el espacio privado comienza a debilitarse y con ello también las relaciones de poder binarias hombre-activo/mujer-pasiva. Actualmente las mujeres/madres salen del hogar y su incorporación al mundo laboral les ha traído mayor autonomía, como decíamos, y una participación directa en la mantención de la unidad doméstica. Proceso que no ha estado exento de dificultades, pues los quiebres de las relaciones de pareja, la violencia doméstica y la incapacidad del varón para proveer a su familia, son algunos de los factores desencadenantes de la crisis que vive actualmente la familia nuclear patriarcal.

Más aún, este proceso transformador no ha traído aparejado una ocupación real y sistemática de los hombres del espacio doméstico dejado por las mujeres. En aquellos casos que así ha sido, es el resultado más bien de un arreglo parcial, de algunos grupos familiares que no poseen los medios económicos para contar con servicio doméstico u otro medio, lo que constituye un caldo de cultivo para que se generen conflictos intrafamiliares, debido a la presión que genera compatibilizar las demandas del trabajo y la familia.

En cambio en los sectores medios-altos el espacio dejado por las mujeres/madres que trabajan es cubierto por personal de servicio que participa en el acompañamiento, crianza de los hijos y mantención del trabajo doméstico. Realidad que es compartida por el grupo minoritario de la fuerza laboral femenina.


c)    Fortalezas y debilidades en el ejercicio del poder femenino


La creciente, aunque dificultosa, incorporación de las mujeres a la esfera pública ejerciendo cargos de poder y un aumento de su participación en distintos ámbitos ha sido de dulce y de agraz. Por un lado, ha implicado el reconocimiento de la legitimidad de sus derechos civiles y ciudadanos, más allá del campo doméstico, con una incipiente apertura de las estructuras societales que la validan como sujeto en igualdad de derechos, pero que no ha estado exenta de inequidades. Por otro lado, estos cambios no han venido aparejados necesariamente a una reconfiguración en el ejercicio de los roles. Las mujeres se ven impelidas a ejercer una multiplicidad de papeles, exigiéndoseles y autoexigiéndose eficiencia en todos y cada uno de ellos, lo que deviene en un lógico deterioro de su calidad de vida, con todo el costo social que ello involucra.


Para una mujer debe ser súper difícil, por ejemplo trabajar en un ambiente en donde casi todos sus compañeros son hombres, y lo he podido leer, y lo he podido ver en varios reportajes, en donde muchas empresas, de repente no tienen ni siquiera baños para mujeres, o camarines para mujeres, y en algunas partes inclusive, han tenido que ducharse juntos, o han tenido que habilitar alguna parte, en donde la compañera mujer pueda estar tranquila.17


El hombre tiene más derecho, hay algunas leyes que benefician más al hombre que a la mujer, por ejemplo la Isapre discrimina a la mujer en período fértil, es una discriminación hacia la mujer.18


Y aquí viene el reconocimiento mío hacia la mujer porque asume varios roles, que no sé si son secundarios o primarios, que es el rol de ser madre [...] no me veo yo siendo ser madre [...] sí puedo ayudarla en ese rol, puedo acompañarla en ese rol, pero no veo bajo ningún punto de vista en el poder ser madre [...] en el rol de mantener un hogar. No sé con qué facilidad lo hacen las mujeres de que llegan de su trabajo, se preocupan de los niños, se preocupan de la casa y al otro día salen como lechuga.19
















Con base en las diferencias sexuales y las características culturales e históricamente atribuidas a éstas, el ejercicio de poder de parte de las mujeres es significado por los varones entrevistados desde dos ópticas diametralmente opuestas. En primer lugar, existe una idealización de las competencias que pueden demostrar las mujeres cuando ejercen el rol de líderes, las cuales facilitarían su desempeño y serían el resultado de factores innatos que interactuarían con los de crianza. Dando cuenta del proceso de socialización diferenciado en los que participan hombres y mujeres, que ha incidido en la construcción de identidades y subjetividades masculino/femeninas. No obstante, se visualizan características como inherentes, es decir, asociadas a un enfoque escencialistas sobre la condición de ser mujer que desde la perspectiva de los varones entrevistados, serían inmodificables.


El liderazgo femenino se tendría que ejercer desde la perspectiva que ellas desarrollan, que es la sensibilidad y esta sensibilidad se traduce en que ellas, tal vez porque no soy mujer no te podría decir, pero siento yo que hay una diferencia por algo de género.20


Y ellas siempre, intrínsecamente, están muy ligadas a prevenir o a prepararse para cualquier tipo de contingencias y es a lo mejor que es algo muy propio de ellas. Igual que los detalles, el asunto de los detalles, el ojo de una mujer es mucho más crítico ante cualquier situación que el de un hombre.21


De repente a lo mejor una sede social, o hacer un proyecto, la mujer es como más sensible en ese aspecto, por lo tanto, perfectamente puede hacer un proyecto, que va más enfocado a lo mejor al mundo infantil, la mujer tiene la sensibilidad de haber traído al mundo los hijos.22
















Pese a lo anterior, hay algunos discursos que dan cuenta de importantes cambios que se han experimentado hacia un ejercicio igualitario de la participación de hombres y mujeres.


Lo encuentro quizás bastante bien porque no necesariamente los hombres somos capaces en desempeñarnos como las mujeres, a lo mejor sí las mujeres tienen mayor capacidad que los hombres y me parece bastante bien, me parece que si están ahí por sus capacidades [...] muy bien e indiferentes del sexo de que sean, hombres o mujeres, sino lo importante es la capacidad de la persona, cómo se han desempeñado.23


Bueno, ellas se han ganado un espacio, por lo tanto [...] no es que estén dejando atrás a los hombres, sino que se ha visto la calidad, lo inteligente que son para hacer cosas: negocios, liderar empresas y en cada área [...] ventas, bueno, si lo han hecho es porque lo han hecho bien, creo que lo han hecho bien.24













En segundo lugar, el ejercicio del poder femenino, conforme al discurso de los entrevistados, se ve obstaculizado no sólo por variables culturales, sino también por limitaciones físicas (menos fuerza) y biológicas (el ciclo menstrual). Se reconoce que aún no se han generado las condiciones suficientes y necesarias ni para la participación femenina en el quehacer público ni para el ejercicio de su liderazgo.


Pero hay cargos donde no podrían ejercerlo de igual manera, porque físicamente la mujer no es igual que el hombre, y hay ciertos días en el mes donde la mujeres no actúan de la misma manera que actúan el resto del mes.25


En este momento tienen más desventajas, por todas las razones que yo te esgrimí antes, tienen más desventajas porque tienen que cambiar de rol, se tienen que masculinizar muchas veces, se tienen que olvidar de esa parte que es esencial en ella, entonces tienen más dificultades.26


Y yo creo que lo mejor ahí pueda haber una debilidad en la mujer, porque le cuesta mucho golpear la mesa, o sea, Eva Perón, la mujer de hierro, la Margaret Thatcher, mujeres muy fuertes, dentro de nuestro propio país, la Mónica Madariaga, mujeres que eran capaces de golpear la mesa, y por eso que llegaron y lograron liderar y fueron fuertes ¿te das cuenta? La mujer en general que no es fuerte, todavía creo yo que le costaría ser buen líder, porque al final tiene que tener todas las cualidades.27
















Las dificultades que enfrenta el mundo femenino al momento de insertarse en la actividad social pública, a juicio de los entrevistados, dicen relación con las resistencias y los temores que emergen en algunos varones, quienes se sentirían amenazados por el accionar de las mujeres, intentando invalidar sus capacidades. Aun más, se tendría la creencia de que no existe un número suficiente de mujeres que puedan desempeñarse en cargos de alta responsabilidad, y aquellas que han logrado posicionarse en espacios de decisión han tenido que asumir los mandatos masculinos del poder.


Cuesta a lo mejor al principio cuando llega una jefa de que se le tenga respeto, necesita ella cada vez que llega, necesita demostrar que sabe. Y a lo mejor puede llegar un jefe ah no por ser hombre: «ah no el compadre debe saber, le debe pegar…», en cambio si llega una jefa: «no, si parece que no cacha na’ [...] si llegó ahí con pituto». Entonces siempre necesita estar demostrando algo, es capaz de hacerlo [...] siempre se la va a estar cuestionando.28


No es que tienen más ventajas, yo creo que los hombre, quizás los hombres estamos hiriendo a la gente, probando a las mujeres en todo ámbito de cosas. No sé si tratar de bajarla o poco menos que de aserrucharle el piso, pero siempre estamos pendiente de lo que las mujeres hacen, quizás es un tema, es un tema cultural no más, que muestren debilidad, estamos siempre como pendiente de eso, eso hace que tengan más dificultades.29


Es como lo lógico, de que hay una resistencia si te están desplazando y eso genera resistencia [...] y una amenaza podría ser, como dificultad, es que se está esperando mucho de ellas [...] a lo mejor a la primera que se caiga: «ah es que es mujer», ¿te fijas?, y a lo mejor vamos a ser como sociedad injustamente más estrictos a la hora de evaluar.30



















La participación femenina estaría marcada por el constante esfuerzo que deben desplegar las mujeres por validarse frente al mundo masculino e incluso frente a las mismas mujeres. Es decir, para los entrevistados, las transformaciones deben ser generadas desde las diversas esferas de la sociedad.



Hay algunas mujeres que tienen desconfianza de las mujeres, confían mucho más en los hombres para que realicen las mismas tareas. Entonces todavía hay mujeres que todavía le aportillan el suelo a las otras mujeres que están tratando de surgir. Y no son sólo algunos hombres, sino también hay otras mujeres con pensamientos antiguos que tratan [...] que desconfían de la capacidad de la mujer.31






4.    Conclusiones


Las preguntas que orientaron la búsqueda investigativa giraron en torno al poder, al empoderamiento femenino y a las transformaciones percibidas por los hombres respecto a los roles de las mujeres en la sociedad.

En este sentido, la percepción de las transformaciones experimentadas por las mujeres son importantes, pero consideradas insuficientes, ya que los alcances que han logrado éstas con una mayor presencia en el espacio público, cuentan con un reconocimiento que se circunscribe fundamentalmente al plano privado, entre «cuatro paredes», es decir, no se han producido discursos sociales que permeen la agenda pública. Los cambios son vivenciados por los ciudadanos en la vida cotidiana, en términos personales; los hombres y mujeres son quienes vivencian frustraciones, desconcierto y agobio en sus relaciones por no contar con recursos personales (cognitivos y socioemocionales), culturales y/o sociales para entender las complejidades existenciales que imponen estas modificaciones.

Los discursos sociales y políticos no acogen ni tampoco se hacen cargo de estas nuevas construcciones personales y sociales de los sujetos. A menudo los temas vinculados a la maternidad, cuidado y crianza de los hijos, discriminación laboral, violencia intrafamiliar, acoso sexual, precarización del empleo, entre otros, son tratados como temas de mujeres y circunscritos a las organizaciones o comisiones femeninas, no alcanzando estas instancias organizacionales una proyección y protagonismo social real.

Estamos presenciando un proceso dinámico y transformador que evidencia elementos de ruptura y continuidad en las relaciones entre los géneros. Por una parte en los discursos masculinos se constata la vigencia de la perspectiva esencialista, que circunscribe a las mujeres en su condición de mujer pasiva y sensible, en correspondencia con una identidad femenina homogénea, construida desde la estructura patriarcal que retrotrae a las mujeres al espacio privado como principales responsables de las tareas domésticas y reproductivas, con una marcada distribución sexual de los roles.

Junto con esto también hay discursos más progresistas en los varones que se aventuran hacia un reconocimiento de las capacidades y nuevos roles que han ido asumiendo las mujeres en el espacio público, aunque se trata de un reconocimiento vigilante, ambivalente, mediatizado por una percepción de confianza/desconfianza, eficiencia/incom-petencia, hacia lo que ellas son capaces de lograr.

La complejidad de este proceso denota las dificultades que están vivenciando los hombres para desmontar las estructuras del poder en las que ellos han sido protagonistas centrales. Las resistencias y avances que se han experimentado se conjugan en la experiencia chilena con la elección de la primera presidenta mujer, ya que este avance real, está atravesado por la permanencia de los mandatos masculinos en el ejercicio del poder.

Ligado a este reconocimiento ambivalente que se plasma en los discursos de los hombres, está el hecho real que no se han producido cambios sustantivos en el espacio privado, ya que pese a la incorporación de las mujeres al mundo laboral, siguen siendo construidas como las principales responsables de la crianza y cuidado de los hijos, de la organización y distribución del trabajo doméstico y, en general, de las tareas que permiten la mantención del mundo privado. Todo lo cual actúa en las mujeres, en términos personales, como mandatos de géneros enquistados en la configuración de su identidad femenina.

La coexistencia de estos discursos develan espacios de contradicciones y tensiones; más aún, ocultan que los hombres estarían más bien viviendo un proceso de reciclaje de su masculinidad, lo que Gomensoro (en Güida, 2001) se refiere a cambiar algo, como una manera que quede todo tal cual está, como una forma de mantener el statu quo.

En definitiva, estaríamos presenciando un «neomachismo», en el que cohabitan hombres y mujeres, estableciendo relaciones de poder que trasuntan los espacios públicos y privados, generando mecanismos sutiles de control poco aprehensibles, donde las tensiones coexisten en cada persona, produciendo un deterioro real en la calidad de vida de cada una de ellas y de la familia en su conjunto.

Antofagasta (Chile), mayo 2006


NOTAS

1 Investigación realizada entre el 2005 y 2006 y que contó con el financiamiento de la Dirección General de Investigación y Postgrado de la Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile.


2 Hombre, 38 años, ingeniero comercial, casado, dos hijos.


3 hombre, 63 años, constructor civil, casado, dos hijos.


4 Hombre, 27 años, periodista, soltero.


5 Hombre, 29 años, abogado, casado, un hijo.


6 Hombre, 29 años, técnico en computación, casado, un hijo.


7 Hombre, 55 años, ingeniero eléctrico, casado, dos hijos.


8 Hombre, 63 años, constructor civil, casado, dos hijos.


9 Hombre, 30 años, analista computacional, casado, dos hijos.


10 Hombre, 43 años, administrativo municipal, casado, un hijo.


11 Hombre, 46 años, arquitecto, casado, tres hijos.


12 Hombre, 30 años, ingeniero civil, soltero, sin hijos.


13 Hombre, 38 años, ingeniero comercial, casado, dos hijos.


14 Hombre, 30 años, ingeniero civil, soltero, sin hijos.


15 Hombre, 30 años, ingeniero civil, soltero, sin hijos.


16 Hombre, 54 años, cuarto año medio, estafeta, casado, sin hijos.


17 Hombre, 30 años, sexto año de ingeniería civil, soltero, sin hijos.


18 Hombre, 31 años, comerciante, casado, dos hijas.


19 Hombre, 49 años, prevencionista de riesgos, casado, cuatro hijos.


20 Hombre, 28 años, periodista, soltero, sin hijos.


21 Hombre, 33 años, soltero, sin hijos.


22 Hombre, 30 años, sexto año de ingeniería civil, soltero, sin hijos.


23 Hombre, 30 años, casado, dos hijos.


24 Hombre, 53 años, casado, tres hijos.


25 Hombre, 55 años, ingeniero electrónico, casado, dos hijos.


26 Hombre, 28 años, periodista, soltero, sin hijos.


27 Hombre, 46 años, arquitecto, casado, tres hijos.


28 Hombre, 30 años, casado, un hijo.


29 Hombre, 25 años, soltero, sin hijos.


30 Hombre, 38 años, casado, dos hijos.


31 Hombre, 30 años, soltero, sin hijos.




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Dirección para correspondencia
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saranci@ucn.cl

 

Recibido: mayo 2006
Aceptado: julio 2006

 

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