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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe v.14 n.2 Santiago nov. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22282005000200002 

 

PSYKHE 2005, Vol.14, Nº 2, 19 -32

ARTICULO

La Identidad de Género en Tiempos de Cambio: Una Aproximación Desde los Relatos de Vida

Gender Identity in Times of Change: A Life Stories Approach

Dariela Sharim Kovalskys
Pontificia Universidad Católica de Chile

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

Este artículo, basado en una investigación de tipo cualitativo sobre la identidad de género, da cuenta de la manera en que se están produciendo las transformaciones subjetivas en este ámbito a través del análisis de los relatos de vida de ocho mujeres y hombres chilenos. La discusión de los resultados se centra en la doble connotación, de cambio y continuidad, que expresan estas historias en torno a la dimensión de género de la identidad.

También se desarrollan aspectos del enfoque biográfico y de la metodología utilizada, los que dan cuenta de una aproximación clínica de investigación.

Palabras Clave: género, relatos de vida, identidad.


ABSTRACT

Based on a qualitative type research on gender identity this article attempts to explain the way subjective change takes place. Eight life stories of Chilean men and women are analyzed. The discussion focussed on the double connotation of change and continuity, that is expressed in theses life stories about the identity gender dimension. This article also develops some issues about biographical approach and qualitative methodology wich are relevant from a clinical research view point.

Keywords: gender, life stories, identity.


Hace ya algunas décadas, se puede constatar un nuevo escenario respecto a la condición de los géneros en la sociedad chilena.

El mayor acceso de las mujeres al mercado laboral, condiciones más equitativas en el nivel educacional y una participación masculina más activa en la crianza de los niños, constituyen expresiones contundentes de los nuevos tiempos.

Sin embargo, el análisis de estos cambios no resulta tan claro, pues forman parte de un proceso difícil de evaluar. Los indicadores que hasta hace poco se consideraban reveladores directos de la condición de género (como el nivel educacional o la inserción laboral), ya no parecen ser suficientes para dar cuenta de ella en toda su complejidad. Hay otro tipo de variables -ligadas a la subjetividad- que también es necesario incorporar para acercarse a un análisis más completo de la dimensión y cualidad de estos cambios.

La dificultad para caracterizar dichas transformaciones también se relaciona con la gran cantidad de contradicciones presentes tanto en las prácticas como en los discursos relativos al género. Al mismo tiempo que se incorporan elementos modernos, menos estereotipados respecto a lo femenino y masculino, se siguen dictámenes ancestrales que continúan moldeando rígidamente las conductas y actitudes en tanto hombres o mujeres. Parece generarse así una importante distancia entre las prácticas y los discursos. A veces, las prácticas son más modernas que los discursos y, otras, la distancia se produce en el sentido contrario.

Es precisamente este desfase uno de los factores que estimula a redimensionar el plano de la subjetividad en relación a la categoría de género, en el sentido que ésta no sólo refiere a las condiciones "objetivas" de desigualdad.

El presente artículo está basado en una investigación1 cuyo objetivo general es la aproximación a la condición de género a través de su dimensión identitaria, preguntándose sobre la manera en que los sujetos están hoy día enfrentando y haciendo propios los referentes socioculturales disponibles. Pregunta que se formula en el contexto de un escenario social en el que ya no parecen predominar los viejos ordenamientos que equiparaban el sexo al género. Pero que tampoco ofrece un único ordenamiento alternativo, sino más bien una multiplicidad de referentes que coexisten y que no necesariamente son susceptibles de integrar entre sí. El escenario se complejiza al considerar que la identidad de género constituye uno de los diálogos centrales de la vida humana, de los significados asociados a lo femenino y lo masculino.

Los estudios en este ámbito permiten pensar que los nuevos mensajes culturales respecto al género emergen y comienzan a instalarse en convivencia con el modelo tradicional, que pareciera no perder su fuerza y seguir vigente en muchos planos sociales y de la vida cotidiana. Estos cambios de los roles de género parecen masificarse no en el sentido de una transformación ideológica, sino más bien con un énfasis en lo pragmático, en la necesidad de adaptación a realidades nuevas asociadas a las modernizaciones sociales que ha conocido nuestro país. Nuevas realidades que exigen mayor flexibilidad de los comportamientos. Esto se traduce en que gran parte de las personas tiende a diversificar y a compartir más sus responsabilidades cotidianas (Sharim & Silva, 1992, 1998).

Se hace evidente que hoy se está en un contexto de tensiones y conflictos sociales relativos tanto al ejercicio de roles de género como a la definición identitaria de género. No se trata por tanto solamente de cambios superficiales. Aquí se juegan aspectos muy fundamentales de la definición de una persona. Los elementos de género han tenido históricamente un poder ordenador y de sentido muy importante. Si este orden aparece debilitado -en relación a las contradicciones sociales y al declive de las instituciones- y no asumido plenamente a nivel de lo social, es posible que su expresión individual esté interfiriendo la capacidad de los sujetos de definir ámbitos importantes en relación a lo femenino y lo masculino.

Por esto la opción en esta investigación es abordar las transformaciones de género preguntándose por el lugar del sujeto. Si estas transformaciones implican o no una posición diferente respecto a estas determinantes. Si los individuos pueden apropiarse de los nuevos y múltiples referentes y de qué manera lo hacen. Por tanto, la intención principal no es el profundizar sobre la vasta teoría sociológica que se ha desarrollado en torno al tema de género. El aporte que se visualiza es desde las experiencias particulares que, paradojalmente, pueden iluminar la dimensión más universal de dicha problemática.

Antecedentes

La problemática de género enmarca el problema específico de esta investigación, proporcionando un contexto que da cuenta de la manera en que históricamente se ha instalado la significación de una diferencia fundamental entre los seres humanos -la de los sexos- como desigualdad y jerarquía, generando así relaciones de inequidad, bajo la lógica de la complementariedad genérica.

Desde las Ciencias Sociales, el enfoque de género se ha constituido en un verdadero prisma para la comprensión de las distintas expresiones e implicancias de lo que se denomina el "sexo social" (Dio-Bleichmar, 1992). Desde su conceptualización, a mediados de los años cincuenta, se ha acumulado un cuerpo teórico que permite el análisis de la condición de los géneros a nivel macro y microsocial. En menor escala, pero no menos importantes, también se cuenta con significativos estudios en el nivel individual y subjetivo (Badinter, 1986; Burín, 1987; Burín & Dio-Bleichmar, 1996).

Desde este conocimiento, puede identificarse en Chile, por un lado, en las últimas tres décadas, un proceso de cambio principalmente a nivel de la flexibilización de los roles de género y de la emergencia de políticas públicas que incorporan la perspectiva de género (Valdés & Gomariz, 1993). Transformaciones cuyo alcance ha sido, por otro lado, cuestionado desde estudios que develan la continuidad de las relaciones de inequidad asociadas al género (Hola & Todaro, 1992). Lo que sí parece producir consenso entre los investigadores es que se trata de un ámbito que provoca tensiones y cuyo abordaje no es evidente. Prescindir de las condicionantes de género pareciera ser impensable, en tanto históricamente han proporcionado los significados de una diferencia tan natural como es el sexo. Esta homologación de género y sexo, y su correspondiente adscripción como un todo al orden natural de las cosas, dificulta enormemente el poder pensar la diferencia y la relación entre los sexos con una lógica distinta a la de la binariedad o dualismo (Bourdieu, 1990).

Este es un primer elemento de contexto a considerar en la problematización que aquí nos ocupa. Un contexto de contradicciones y tensiones que no permite afirmar con claridad los alcances de las transformaciones de la condición de género.

Una segunda consideración, dice relación con las características que hoy adquieren los procesos identitarios en la gran mayoría de las sociedades occidentales. Si bien el concepto de género es principalmente de orden cultural, ideológico y social, también tiene una dimensión subjetiva en tanto es constituyente de la identidad. Y es precisamente en este nivel donde es posible pensar también en un poderoso arraigo del género, en tanto permanece fundido con el sexo. El interés por esta dimensión aumenta si se entiende que la identidad está hoy día al centro del trabajo subjetivo, como una gran posibilidad de crear los propios significados y sentidos de la existencia, pero también como una gran obligación de inventarse a si mismo, en tanto las instituciones ya no funcionan como una maquinaria única que genera normativas universales. Es decir, la posibilidad social de tener nuevos referentes, contiene al mismo tiempo el riesgo de perderlos (Kaufmann, 2004).

La hipótesis que aquí se plantea es que la multiplicidad de referentes de género, puede dar pie a la confusión y al conflicto y, por tanto, experimentarse como un riesgo de perder la identidad propia y sus referentes. Es frente a esta potencial amenaza identitaria, que los sujetos intentarían resoluciones particulares, individuales, las que adoptarían la forma de un proceso de negociación interno. Se utilizará el concepto de estrategia identitaria de género para denominar a este proceso, ya que éste da cuenta precisamente del carácter de intento de resolución de una tensión y, por otro lado, no invisibiliza la dimensión social del género, pues se trata de un concepto acuñado justamente en el estudio de relaciones sociales de dominación (Camilleri, 1990).

De la revisión teórica realizada, también se desprende, como un segundo nivel de la hipótesis de trabajo, que a pesar de desarrollar estrategias identitarias, los individuos no están probablemente pudiendo resolver la tensión asociada al género. Su(s) resolución(es), requiere asumir la tensión como conflicto y a partir de éste buscar maneras de apropiarse y de ubicarse en la dialéctica entre lo igual y lo diferente. Resolver en este terreno, en otros términos, no apela sólo a ampliar comportamientos o a diversificar roles, sino que a la capacidad de poder pensarse a si mismo en el enfrentamiento de un conflicto. El solo proceso interno de negociación, estaría de cierta manera enmascarando la dimensión social de la tensión asociada al género. De esta manera, se completa la hipótesis, planteando que las eventuales estrategias identitarias de género, estarían funcionando más bien en el sentido de evadir el conflicto, más que de resolverlo. A pesar que puedan surgir en el marco de una búsqueda de resolución, ésta se distorsiona, probablemente porque el carácter del intento no da visibilidad suficiente a la dimensión social del problema, con lo que se dificulta el asumir su connotación conflictiva. Puede hipotetizarse además, que esto se ve influido por una tendencia general a la evitación de los conflictos, en un contexto social en el cual su enfrentamiento cada vez más se asocia a rupturas dramáticas y a pérdidas significativas.

La construcción identitaria de género puede conllevar una tensión compleja, pues implica un conflicto entre la conservación de la individualidad y la confrontación ante referentes culturales que, en proceso de cambio, se han vuelto difusos y múltiples. Surgiría la necesidad de ubicarse como individuo único, en un escenario de amplios y variados referentes que se intentarían adoptar articulados bajo un disfraz que protege la identidad: el rol de género. Esta suerte de fachada permitiría su incorporación a lo propio, sin, aparentemente, mayores conflictos. Se lograría mantener un equilibrio, pero no la profundidad e integración de una definición identitaria, que conserve la individualidad, a la vez, que se apropie de la cultura y del momento histórico de la sociedad en la que se vive.

Si se considera lo social como la música de fondo disponible, en tanto referentes que cruzan la construcción de identidad, cada individuo se vería enfrentado a múltiples tonalidades que arriesgan anularse entre ellas ya que no parecen estar en una relación definida. Como se ha planteado, podría postularse que un intento de apropiación de la cultura, y en ella de las variables que cruzan el proceso identitario como lo es el género, se haría riesgoso, pues lo difuso amenaza la construcción identitaria individual. Podría parecer entonces más seguro no exponerla e intentar mantenerla ilusoriamente aislada, relacionándose con lo social sólo a través del rol. Sin embargo, este intento de resolución, por más efectivo que parezca, pudiera terminar simplemente escondiendo un conflicto que permanece latente, pues se ubica en una tensión invisible y paradojal.

Sin referentes sociales claros, el sujeto, en su intento de apropiación de la cultura, intentaría así dar solución a un conflicto social a nivel puramente individual, intentando desempeñar roles diversos que respondan a distintas melodías. Se confundiría así la música de fondo con la composición propia. Esta última se vería desprovista de significados y sentidos subjetivos, por lo que el individuo adoptaría como una suerte de fachada de lo propio un rol social, en un intento de proteger la identidad individual. Sin embargo el rol social, de género en este caso, no daría cuenta plenamente de esta identidad. El conflicto entonces, sólo se mantendría. No podrían aprovecharse los distintos tonos de la música de fondo para crear algo propio, ni podría encontrarse un lugar en esta música de fondo para la composición propia.

La intención de este trabajo es dar cuenta entonces de las formas particulares en que se producen estas composiciones propias. Profundizar en esta complejidad puede aportar a la comprensión más amplia de los procesos de subjetivación frente a referentes sociales de la identidad que comportan fuertes contradicciones.

Enfoque Teórico-Metodológico

Esta opción requiere entonces de un enfoque que permita adentrarse en pleno en la singularidad. El trabajo con relatos de vida resulta en este sentido una posibilidad privilegiada. Como instrumento paradigmático del Enfoque Biográfico, los relatos son enormemente fecundos para explorar la construcción identitaria. La identidad es el relato que hacemos sobre nosotros mismos… Los relatos entregan la posibilidad de mirar la doble relación de un individuo con su historia, en tanto determinado por ésta, pero también en cuanto a su capacidad de actuar sobre ella.

El Enfoque Biográfico visualiza, a partir de la profundización y conocimiento de los casos individuales, la posibilidad de acceso a una dimensión más universal. Se trata de una metodología cualitativa que considera que la singularidad y la heterogeneidad de las situaciones individuales, permiten la aparición progresiva de elementos que permiten analizar los procesos comunes que estructuran las conductas y organizan estas situaciones.

Este enfoque se inscribe en lo que se ha denominado Ciencias Humanas Clínicas (Legrand, 1993), usando lo clínico como metáfora. Esto, porque se trata de una propuesta de investigación que alude a situaciones singulares, pero entendidas como parte de conflictos sociales que sugieren un sujeto en crisis. También lo clínico alude a la implicación del investigador, en tanto sujeto y objeto al mismo tiempo de su trabajo. La subjetividad entonces no sólo no constituye aquí un elemento a neutralizar, sino que se trata de un material privilegiado a investigar.

Se trata así de un enfoque teórico-metodológico que posibilita una perspectiva que intente la articulación de la dimensión social e individual, dimensiones claves para el estudio de la identidad de género. La manera en que se articulan las transformaciones macro-sociales de las figuras masculina y femenina; la dimensión subjetiva de la identidad de género y las particularidades históricas de cada sujeto, constituye la inquietud central de esta investigación.

Permite abordar la identidad desde la narración de la propia historia, narración en si misma comprendida como una expresión identitaria, ya que implica un trabajo de construcción y reflexión sobre si mismo. Es en esta acción del sujeto, en la cual puede observarse la articulación de lo social y de lo individual, espacio central para la discusión de las hipótesis que aquí se manejan sobre la identidad de género.

Se trata entonces de un enfoque coherente con las variables centrales que se han identificado en la discusión teórica sobre el tema de la identidad de género, en tanto incorpora la dimensión biográfica de la identidad, la articulación de lo social y lo individual para la comprensión de la identidad y la dimensión del sujeto en el centro del análisis.

Los Relatos de Vida

El método del relato de vida, plantea M. Legrand (1993), es por excelencia el método de la investigación biográfica, dado que la vida y la historia no dejan de constituirse en y a través de su relato.

La reconstrucción de la experiencia biográfica a través del relato de vida permite reconocer, como lo señala G. de Villers (1989, en Pineau & Jobert, 1989), al menos dos vertientes de la historia. Una de ellas hace referencia a los hechos objetivos que se han sucedido y en los cuales el individuo ha estado inmerso. Y una segunda, corresponde a la vivencia personal, es decir a la historia interior, al mundo de sensaciones, emociones y representaciones. Esta última implica reconocer la capacidad del individuo de autorreflexión, susceptible de traducirse de acuerdo a los códigos simbólicos de su contexto social. Sin duda, el acento en una u otra vertiente marca importantes diferencias a nivel del enfoque y de la práctica. Interesa aquí particularmente el relato de vida en tanto expresión de la vivencia personal de una persona concreta.

El relato de vida es susceptible de ser definido desde las formas más extensivas hasta aquéllas más restrictivas y limitadas. En su acepción más amplia, el relato de vida es "la expresión genérica donde una persona cuenta su vida o una parte de ella" (Le Grand, citado en Pineau & Jobert, 1989). Una versión más restringida la encontramos en D. Bertaux, quien puntualiza que el relato es privilegiadamente una expresión enunciada en el contexto de una interlocución directa, se trata del relato que una persona hace a otra sobre su experiencia de vida en una interacción cara a cara (Bertaux, en Pineau & Jobert, 1989).

La utilización del relato de vida es diversa, pudiendo hoy reconocerse en el ámbito de la investigación, de la formación y como relato de vida de intervención clínica. Para efectos de esta investigación, se trabajará el relato de vida en tanto dispositivo de investigación, dado que constituye el instrumento principal del estudio. En esta medida, permite el conocimiento de un tema específico que adquiere su sentido en relación a la experiencia de vida de un individuo singular.

Si bien en el campo de la Psicología no ha habido una tradición significativa en esta línea, el relato de vida aparece como un método apropiado para abordar la historia de vida singular, así como innumerables fenómenos individuales pueden ser aclarados y profundizados bajo el prisma de esta historia, abriendo de este modo una vía de acceso al conocimiento universal. Se trata de un método que restituye al sujeto, a lo cotidiano, a la singularidad, un espacio que la ciencia de los grandes números no podía sino anular (de Villers, en Pineau & Jobert, 1989).

Puede concluirse entonces, que el uso de relatos de vida en el marco de un Enfoque Biográfico no es una sola opción metodológica, sino que, de manera más amplia, implica un abordaje teórico-metodológico, un enfoque biográfico de la identidad. Es inherente a este enfoque la comprensión de la identidad como un proceso que se construye a lo largo de una historia singular. Y, más aún, se entiende aquí que la narración de la propia historia expresa la capacidad de un individuo de tener una palabra propia, singular, lo que hace de su narración, aunque sea en su mínima expresión, el relato de un sujeto. El relato se constituye así en una herramienta de reflexión sobre si mismo. Este efecto identitario de la narración biográfica, indica que ésta dice de la subjetividad y no de un simple relato de datos anónimos y formales, desprovistos de sentido.

Por estas razones, parece relevante abordar la condición de género actual a través de relatos de vida, de cuya narración es posible desprenden los contenidos que le otorgan sentido. Es en el ámbito de la experiencia personal y de la construcción de la identidad, desde donde se pretende aportar en esta investigación. Esto, en la medida que la problemática de género parece perpetuarse a través de imbricados mecanismos asentados en la identidad que da sentido a hombres y mujeres en tanto tales. En un mundo cada vez menos institucionalizado, cobra mayor relevancia el estudio del sujeto, el cual parece vivir con la ilusión y el peso al mismo tiempo de poder resolver por la vía de individual problemáticas que, como la de género, tienen una historia y un sentido sociocultural.

Método

Cuántos Relatos y de Quiénes

Un primer criterio para elegir a los narradores, dado el marco de género de la investigación, fue la distribución homogénea por sexo. La edad fue segundo criterio para la selección. Se eligió a adultos, mayores de 25 años, ya que suelen tener una experiencia de vida que amplía, en relación a los más jóvenes, los espacios de interacción donde es posible observar el desempeño de roles sexuales. Se limitó el rango de edad a considerar hasta los 45 años, ya que se quiere conocer la vivencia de un grupo relativamente homogéneo en cuanto a período vital, durante el cual los hijos aún viven con sus padres.

Un tercer criterio, lo constituye la elección de personas que tengan o hubiesen tenido una relación de pareja de convivencia de más de 18 meses y que tuvieran al menos un hijo. Interesa investigar en la vida de esas personas, que han organizado su cotidianeidad de la manera más frecuente y aún más legitimada como modelo básico de familia.

Un cuarto criterio, se relaciona con la experiencia laboral remunerada. El trabajo como eje identitario y el desafío de conjugarlo con la vida familiar, parecen ejes insoslayables para un estudio de género actual. De este modo, todas las personas entrevistadas en este estudio, tienen o han tenido una experiencia de trabajo formal sistemática. Y, por último, se consideró a personas que pertenezcan a los sectores medios del país, ya que las investigaciones muestran que éstos expresarían con mayor nitidez el impacto de los cambios culturales de las últimas décadas.

En el marco del enfoque biográfico, el interés no está puesto en las grandes muestras ni en el criterio de representatividad clásico. Lo singular adquiere todo su valor en tanto caso único y no por las regularidades o recurrencias que se encuentren en la cantidad de casos investigados. El acento está entonces puesto en la profundización de cada relato, en develar las distintas maneras en que las personas, a lo largo de su recorrido de vida en pareja, han ido desarrollando trayectorias que incorporan de distintas maneras las determinantes de género.

El criterio para determinar el número de relatos se inscribe en lo que Isabelle Bertaux-Wiame (en Léomant, 1992) propone como "paradigma índice". Este orienta a realizar análisis en profundidad que permitan develar más bien las irregularidades que lo recurrente; más los detalles que las miradas globalizadoras; más los quiebres que las continuidades. En esta perspectiva, se decidió recoger un número suficientemente reducido de relatos, de modo de hacer viable un estudio en profundidad, pero al mismo tiempo una cantidad de casos suficiente como para asegurar una cierta diversidad de experiencias. Se fijó así un número de ocho relatos.

Dispositivo Metodológico

El contacto con los entrevistados se hizo en forma personal y de manera "artesanal", a través de otras personas vinculadas a sus lugares de trabajo o que les conocieran más personalmente. Esta forma de acceder a los entrevistados fue una opción que aseguraba que ellos correspondiesen, en términos generales, a los criterios de selección y, al mismo tiempo, generar una cierta confianza a personas que desconocían totalmente a la investigadora.

Además de los criterios ya descritos, se consideró el que no existiera ninguna relación anterior entre la investigadora y el entrevistado. Hubo un primer contacto telefónico en que se explicó el marco de la entrevista, sus fines y sus condiciones. El lugar del encuentro fue elegido por los propios entrevistados.

Con cada persona se acordó una suerte de contrato, estableciendo las reglas respecto a su colaboración, al rol de la entrevistadora y al uso del material.

La consigna que se dio fue pedir que contaran su historia de pareja. Esta decisión se basó en el supuesto que es en el espacio de las relaciones de pareja en el cual se expresan con mayor claridad aquellos aspectos identitarios y de roles ligados a la variable de género. Como lo señala Kaufmann (2004), "...la pareja constituye un dominio por excelencia de producción de sentido y de construcción identitaria..." (p. 94).

Antes de comenzar a recoger los relatos, en el momento de diseñar el dispositivo metodológico, se pensó que el relato incluiría sólo algunos aspectos de la historia, enfatizando algunas áreas temáticas consideradas más relevantes para el tema investigado. Sin embargo, en la práctica fue mucho más espontáneo; cada entrevistado recorrió las áreas que él mismo priorizó en función de la petición de la investigadora de conocer su historia en tanto hombre o mujer que tiene una experiencia de convivir en pareja. De este modo, los temas y las áreas que cada entrevistado decidió abordar, la secuencia y la forma narrativa, fueron también parte constitutiva del material de análisis.

Reconstrucción y Análisis de los Relatos

El análisis del material recogido ha seguido una secuencia de pasos metodológicos para cada relato, generando primeramente una visión de cada caso en profundidad la que luego da lugar a una mirada transversal de todos los relatos.

1. Transcripción y elaboración de cuadros. El trabajo de reconstrucción de los relatos ha requerido, a su vez, de varios pasos. El primero es la trascripción completa de las entrevistas, lo que significa pasar de lo oral a lo escrito. Luego, para cada caso, se realiza una lectura total de la trascripción, de manera de poder familiarizarse con el material y lograr una primera impresión global. Desde este inicio, ya hay una lógica de lectura que es interpretativa al incorporar la mirada subjetiva de la investigadora. Es por esto que se habla de una "reconstrucción" del relato, ya que desde el momento en que hay un otro en la escucha, en este caso la investigadora que va a dar cuenta de éste, el relato ya no es el mismo y no es así susceptible de reproducirlo sin que se vea teñido con esta escucha. Luego, para poder distinguir los ejes temáticos y temporales de cada relato, se reordenaron los hechos narrados en un cuadro de doble entrada, que permite tener una visión de la sucesión temporal y, al mismo tiempo, de los contenidos en las áreas temáticas abordadas por el narrador. Estas áreas fueron parecidas para cada uno de los relatos, pero no necesariamente las mismas, ya que se construyeron de acuerdo a las categorías que se identificaron en cada caso. Los contenidos refirieron a áreas como la trayectoria laboral; la de pareja; de participación política; la formación profesional y la familia de origen. En este mismo cuadro se incluyen las representaciones o reflexiones que hace el narrador, tanto referidas al momento de los hechos como las que surgen en el momento del relato. Así también, en el cuadro se van ya incorporando las primeras reflexiones interpretativas que hace la investigadora en la medida que va leyendo el texto2.

La decisión de utilizar un cuadro de ordenamiento de los datos, no está exenta de dificultades. Su connotación de método "objetivo" entra en contradicción con el carácter interpretativo de la metodología elegida. Sin embargo, la opción de trabajar con estos cuadros facilita no sólo el ordenamiento del material, sino que permite tener una visión general de los contenidos recogidos en cada relato en su relación temporal. Esto refiere concretamente al manejo visual del material recogido, lo que facilitó, en un sentido práctico, el trabajo.

2. Reconstrucción del relato. La reconstrucción del relato se efectúa tanto en base a los ejes temporales, es decir al encadenamiento temporal de los períodos y etapas, como en relación a los ejes temáticos que organizan la narración, atravesando los distintos períodos biográficos. Más que en la descripción precisa de la cronología de los hechos, el énfasis está puesto en la significación e impacto subjetivo de éstos, de acuerdo a la interpretación que ya realiza la investigadora. De este modo, surge un nuevo texto para cada relato, el cual pretende dar a conocer la historia que se ha recogido. Este texto recoge entonces toda la historia narrada, pero organizada de acuerdo a los ejes de sentido que se han identificado en un primer análisis a través del cuadro elaborado anteriormente.

3. Análisis e interpretación. El siguiente paso metodológico da lugar a una lectura más analítica del material. Se trata aquí de organizar, en relación a cada historia, las reflexiones que fueron apareciendo libremente en la elaboración del cuadro. En esta estructuración del análisis se van incorporando referentes teóricos que puedan iluminar el análisis que cada historia permite en relación a la temática investigada.

Las significaciones y sentidos se van despejando así por medio de sucesivas lecturas de cada narración, las que, en un primer nivel, se plasman en el cuadro de ordenamiento y luego se organizan en esta etapa más interpretativa y analítica del proceso de investigación. De este modo, la interpretación de los diversos sentidos contenidos en un relato, va abriendo nuevas lecturas y miradas de cada narración, que sucesivamente permiten llegar a un análisis más completo del material. El análisis de cada narración pretende identificar, por un lado, las prácticas cotidianas que dan cuenta de la manera de desempeñar los roles de género. Y, por otro, el énfasis del análisis está en entender estas prácticas en el marco del sentido general del relato. El análisis se realiza desde preguntas tales como: cuáles son los contenidos que elicita la pregunta por la historia de pareja; desde dónde se inicia la narración; cuáles son los ejes que la articulan, encadenación de los acontecimientos, momentos biográficos, énfasis temáticos. El análisis contempla, de este modo, la identificación de prácticas y sentidos al mismo tiempo. Más concretamente, si se piensa en el concepto de estrategia identitaria, se analizan las maneras y sentidos particulares en que aparecen los conflictos vividos. Particularmente, en torno a la relación de pareja, a la división del trabajo doméstico, al trabajo remunerado y a la paternidad/maternidad. Una mirada más transversal, intra-relato, se centra en la manera como aparece lo femenino y lo masculino; al grado de reflexividad sobre si mismo y al proyecto vital que subyace en el relato.

El análisis de cada relato permite generar hipótesis respecto a la temática de investigación. Hipótesis que son retomadas en la última etapa metodológica, que se orienta a una mirada transversal de todo el material recogido y producido a lo largo del trabajo. Este paso permite avanzar a una discusión de las interpretaciones del material; a la formulación de aspectos claves de la problemática en cuestión y a la explicitación de nuevas categorías de análisis que resulten pertinentes y que abren a nuevas búsquedas e investigación.

Discusión

Los resultados que se discuten a continuación provienen, en su mayor parte, del análisis transversal de los relatos, el que se elaboró en forma posterior al análisis de cada uno de ellos. Se ha tomado esta opción, si bien en desmedro de la riqueza y claridad que entrega cada relato, privilegiando el poder transmitir en este formato una visión más general de los resultados. La extensión del análisis de cada uno de los ocho relatos recogidos no permite aquí su consideración. Tampoco se integran viñetas, ya que el material de un relato no constituye ilustración de un resultado, sino que es el análisis de los sentidos contenidos en cada narración el que permite, en este enfoque, elaborar los resultados y conclusiones de una investigación.

Los Referentes de la Identidad de Género en Conflicto

En todos los relatos recogidos puede observarse la fuerte presencia de los referentes de género a la hora de contar la historia de pareja. La distinción social entre lo femenino y lo masculino parece seguir teniendo un peso importante en el sentido que se otorga a la relación entre hombres y mujeres y, más en general, al sentido que tiene la manera establecida de desempeñarse en los ámbitos público y privado. Estos sentidos parecen relacionados con un ordenamiento de la vida y de los proyectos personales que trascienden las diferencias biológicas entre los sexos. Más bien, a partir de ellas se extrapolan características psicológicas y sociales que quedan en un ordenamiento binario, poco flexible (Héritier, 2002). Esto, en tanto las distinciones están siempre marcadas por una relación jerárquica, no se encuentra una ética de la diferencia, sino una lógica de poder, donde las distinciones entre uno y otro sexo, se significan desde la jerarquización de éstas.

Sin embargo, esta dualidad de lo femenino y lo masculino aparece aquí en una forma particular. Podría denominarse una "doble dualidad", en tanto está asociada a lo tradicional y a lo emergente o moderno. Es decir, las referencias a lo femenino y masculino están al mismo tiempo presentes en una doble expresión en relación a nuevos y viejos modelos de género.

Desde esta doble distinción puede identificarse el conflicto o tensión que atraviesa los relatos recogidos.

Feminidades. Los indicadores de feminidad que aparecen en los relatos dan efectivamente cuenta de esta doble referencia. Por un lado, las distinciones con lo masculino aparecen desde el análisis más general de la forma en que se estructuran los relatos. Incluso allí, los referentes más tradicionales muestran su fuerte presencia. Así, las mujeres entrevistadas tendieron a organizar la narración de su historia en torno a la trayectoria de pareja. Y en función de ella, dieron cuenta de otros ámbitos de su vida. En sus relatos, de este modo, es posible conocer los detalles de la historia de su pareja; la experiencia actual e incluso aspectos personales de su marido. A diferencia de los hombres, que organizan sus historias en torno a sus recorridos profesionales, laborales o políticos. Sólo cuando ese contexto está instalado en la narración, incluyen la pareja en la historia.

Las mujeres contaron así su historia de una manera muy "femenina", ubicando a su pareja en el corazón de su narración. A ellas, el mundo de los afectos, del hogar, de la reproducción…, dice E. Badinter (1992), frase que parece traer todo el peso de una visión de mundo tradicional, con un arraigo que se expresa hasta en la forma de representarnos nuestra propia historia. Las mujeres que aquí se han entrevistado, no son la excepción. No sólo en la forma en que organizan sus relatos, sino también en muchos de sus contenidos, puede reconocerse una visión de lo femenino que contiene los viejos referentes de los que habla Badinter. La responsabilidad y cuidado de los hijos; la armonía de la pareja; la reproducción de la vida cotidiana a través de la asunción de las responsabilidades domésticas; el cuidado afectivo de la pareja, son contenidos o temas que inundan cada uno de sus relatos.

Esta dimensión tradicional de la feminidad aparece principalmente vinculada a la posibilidad de experienciar más aliviadamente la maternidad. En este marco, las mujeres entrevistadas encuentran el espacio y la validación para el cuidado y la dedicación a los hijos. Así también, les proporciona un marco de certezas desde el cual vivir la relación de pareja, tanto en su dimensión cotidiana como en aquélla más idealizada, asociada al amor romántico. Del mismo modo, los hombres apelan a este modelo tradicional de la feminidad, valorando el espacio para la crianza de los hijos y como lugar de referencia afectiva que permite la estabilidad.

Sin embargo, se trata de un espacio que también es vivido de manera ambivalente, especialmente para las mujeres. En ellas, esto se expresa en un abanico que se extiende desde la culpa, en tanto perciben que se trata de un espacio poco validado, asociado a falta de desarrollo personal, hasta un discurso radical de rechazo a la dependencia que implica este modelo para la mujer. Es decir, al mismo tiempo que el ejercicio de la feminidad tradicional les significa un eje central de sus vidas, asociado a la vivencia de los planos más valorados, como la maternidad y la pareja, expresan un discurso muy crítico, en ocasiones portador de intensa queja y rabia, en relación a la posición de la mujer tradicional. Lo asocian a importantes renuncias personales, desde aspectos muy concretos como la falta de tiempo personal hasta aspectos más globales, como la restricción del desarrollo laboral o profesional. Este cuestionamiento no aparece ligado a una postura de develar una discriminación social, sino más bien se ubican en el discurso moderno que valora a la mujer por su participación en lo público, especialmente en lo laboral. Si bien identifican la falta de valor social de los roles femeninos en lo privado, su postura no es buscar esta legitimidad, sino encontrarla en los espacios que ya están validados en la lógica que se denomina masculina.

Junto a los referentes tradicionales de la feminidad, en los relatos analizados puede también identificarse la presencia de una dimensión distinta de la feminidad. Esta tiene que ver principalmente con la apertura de la mujer hacia el espacio de lo público.

Las mujeres expresan esta dimensión a través de una búsqueda de reconocimiento social expresada en su desenvolvimiento en el mundo laboral. La capacidad proveedora que de aquí se desprende es también una motivación importante para ellas.

Incluso para aquéllas que están en un momento en el cual no tienen necesidad ni motivación para trabajar fuera de la casa, la inserción laboral constituye una suerte de valor de gran importancia. "Quiero tener un rol social", dice una de las entrevistadas, quien a pesar de expresar un gran alivio por no estar trabajando, siente una suerte de invisibilidad en relación a la valoración que percibe que los otros tienen de ella.

Esta otra faceta de la feminidad se presenta así, desde las mujeres, asociada a la legitimidad social de la inserción laboral. Junto a esto, lo femenino se liga también a la capacidad de gestión, a la función proveedora, al pragmatismo para resolver dificultades y a una mayor ingerencia y control de los ingresos familiares. Asimismo, puede observarse una demanda hacia los cónyuges de mayor participación en el trabajo doméstico y en las responsabilidades familiares. Esta demanda suele adoptar la forma de una petición de ayuda en este plano. La expresión más radical se da sólo en una de las entrevistadas, quien sostiene un discurso de igualdad que se expresa en la expectativa que su pareja realice las mismas tareas domésticas que ella y de la misma forma, es decir bajo su control.

Desde el relato de los hombres, esta faceta emergente de la feminidad es percibida como un empoderamiento de las mujeres. Por un lado, esto es valorado en términos de admiración, pues lo identifican como un cambio que requiere de esfuerzo y que no está exento de dificultades en tanto deben compatibilizar con los roles familiares. En el mismo sentido, la mayor independencia de las mujeres es vista como aliviadora del peso de la responsabilidad asociada tradicionalmente a los hombres en términos de hacerse cargo económicamente de la familia.

Pero, de otra parte, esta faceta les preocupa, ya que perciben implícita una cierta amenaza que les involucra. Una de estas preocupaciones dice relación con el cuidado de la familia, lo que se dificulta cuando ambos miembros de la pareja trabajan fuera de la casa. Así también, les inquieta que el empoderamiento de las mujeres signifique un mayor control sobre ellos, tanto en términos económicos como respecto al uso del tiempo. Las exigencias de apoyo en las tareas domésticas, si bien las consideran necesarias, al mismo tiempo son percibidas como restrictivas de su tiempo y de su manera propia de desempeñarse en este terreno.

Las mujeres perciben esta nueva expresión de la feminidad, como una ampliación de sus roles tradicionales. No aparece como un modelo alternativo, que ponga en juego el anterior, sino que se vivencian de manera paralela, con las consecuentes ambivalencias que esto implica. Para ellas, lo que se pone en juego es el esfuerzo. Para los hombres, esto constituye una tensión amenazante, pues parecen visualizar consecuencias negativas que las mujeres no consideran, como es, por ejemplo, el cuidado de la familia.

En otros términos, los nuevos roles de las mujeres, son percibidos por los hombres más cercanamente a la idea de un cambio de modelo de lo femenino. Mientras que para ellas, éstos corresponden más bien a una ampliación de los espacios de desarrollo, sin que ello conlleve a una modificación sustantiva de lo que perciben como central de la feminidad, la maternidad y su rol de cuidadora de la familia.

Masculinidades. Lo masculino también aparece identificado con claridad, asignando a los hombres características de género comunes. Al igual que en el caso de lo femenino, la manera de estructurar sus narraciones, muestra un patrón común en los hombres que contaron sus historias que expresa aspectos de gran arraigo, característicos de la manera en que tradicionalmente se ha significado la masculinidad. Nuestros entrevistados contaron sus historias en torno al trabajo, su formación profesional o a la participación política. Incluso uno de ellos fue explícito: "...no entenderías mi historia de pareja, si no conoces 'mi historia'...". No hay aquí la lógica romántica que sí se encuentra, en mayor o menor grado, en las mujeres. A todos se les hizo necesario establecer un contexto de su ubicación social, para poder hablar de sus parejas. Si se piensa en términos identitarios, los ejes centrales que se reconocen en las historias masculinas tienen que ver con la dimensión de la trayectoria laboral o un equivalente. No así las mujeres que, aun cuando varias integraron con fuerza esta dimensión, organizaron su relato en torno a la historia afectiva. Vieja distinción que todavía guarda importante vigencia en relación a las identidades de género.

Como se planteara respecto a lo femenino, no sólo se trata de una distinción entre los géneros, sino que la significación de lo masculino aparece también en una doble dimensión. La faceta tradicional da cuenta, a su vez, de las dos vertientes en que se ha expresado la masculinidad latinoamericana, como lo ilustra tan claramente el estudio colombiano que distingue entre "quebradores" -transgresión y seducción irresponsable- y "cumplidores" -autoridad y responsabilidad- (Viveros, 2002).

En esta línea, desde la mirada de las mujeres, lo masculino tiene un sentido de autoridad, por lo que le atribuyen a los hombres un carácter dominante asociado al desarrollo intelectual y a la función proveedora. A lo masculino se le percibe así con una mayor fortaleza, constituyéndose en un referente tanto emocional como económico para el proyecto vital de las mujeres.

Dentro de esta faceta más tradicional de lo masculino, las mujeres asocian paralelamente lo masculino a la imagen de una suerte de niño necesitado de cuidado. Esta imagen tiene que ver principalmente con el ámbito doméstico, donde los hombres son percibidos como inhábiles o pasivos, que requieren de enseñanza para poder desenvolverse. Allí, las mujeres los ven desprovistos de "don de mando" y necesitados por tanto del apoyo femenino en este ámbito.

En esta dimensión tradicional de la masculinidad, las mujeres se sienten expuestas tanto a un potencial sometimiento de los hombres como al abandono, a propósito de su autoridad y descentramiento del ámbito privado. Los ven tan fuertemente concentrados en sus proyectos personales, que sienten más frágil su compromiso afectivo, razón por la cual ellas ven posible un eventual sometimiento a sus condiciones para evitar rupturas o abandonos de sus parejas.

Los hombres, por su lado, dan cuenta de un referente tradicional de la masculinidad centrado en el poder. Este se expresa tanto en la seducción, ilustrada en la imagen del hombre conquistador de mujeres, con la capacidad de definir las relaciones en este ámbito. Imagen que puede asociarse, como ya se mencionara, a lo que se denomina el "macho quebrador". Como también el poder asociado a la racionalidad, la capacidad de trabajo y de proveer y al control de los afectos. Imagen esta última asociada al estereotipo del "macho cumplidor".

En sus relatos, algunos de los hombres dejan traslucir un sentimiento de orgullo respecto a su capacidad de seducción y, por otra parte, un sentimiento de obligación y exigencia respecto al control de afectos, que sienten necesario para un buen desempeño en el mundo laboral. La experiencia que transmiten es de una responsabilidad que pesa y de un logro al mismo tiempo.

Entre el sentimiento de presión y logro a la vez, los hombres expresan también una dimensión distinta de la masculinidad. Esta tiene que ver básicamente con el mundo afectivo y la experiencia de la paternidad. Se valoriza una experiencia más cercana y de mayor implicación en la crianza de los hijos. En este sentido, aunque con menor fuerza, también se expresa una preocupación por la vida de pareja, especialmente a que ésta no se vea fundida con la parentalidad. Hay un esfuerzo así por mantener una cierta independencia de esta relación, diferenciándola de los espacios familiares que incluyen a los hijos.

Si bien esta "ganancia" en afectividad es valorada, los nuevos aspectos de la masculinidad son percibidos por los hombres como una pérdida de poder. Esto, en el sentido que el desarrollo de la dimensión afectiva puede significar el debilitamiento de su imagen más pública. Una eventual mayor dedicación a los hijos, por ejemplo, la ven asociada a una potencial crítica especialmente desde su entorno laboral.

Esta percepción tiene coherencia con algunos de los contenidos que las mujeres incluyen en su visión de estos nuevos aspectos de la masculinidad. Ellas visualizan una tendencia a la igualación en el ámbito del reparto de responsabilidades familiares. Sin embargo, algunas sostienen este nuevo panorama en una cierta desvalorización de lo masculino, en tanto inhábiles en este terreno. La desvalorización aquí implica entonces una posición de sometimiento de lo masculino, en tanto para alcanzar este ideal de igualdad, los hombres debieran someterse a los criterios femeninos para el buen desempeño de nuevas tareas.

Otras mujeres, ven menos radicalmente estos cambios, pensando en equidad más que en la imposición de igualdad respecto a la distribución de las tareas domésticas. Resaltan lo no autoritario como un nuevo valor asociado a la masculinidad, así como la mayor dedicación de tiempo a la familia y a la pareja.

Así entonces, la referencia a nuevas facetas de la masculinidad, se extiende para las mujeres en un abanico que va desde la expectativa de mayor compañía y apoyo cotidiano, hasta la inversión del poder, ubicando a los hombres en lugar más cercano al sometimiento. Abanico coherente con la amenaza que perciben los hombres respecto a que el desarrollo de la afectividad les signifique también la pérdida de un lugar legitimado.

El Conflicto

La coexistencia de referentes de género aparece asociada en todas las historias a un conflicto. Este está relacionado, en términos gruesos, con la dificultad de integrar esta diversidad, de poder realizar una síntesis propia. Esta constatación trae a colación las palabras de Silvia Tubert (en Burín & Dio-Bleichmar, 1996) respecto a que se sabe más de las transformaciones de los roles de género que del grado de reflexividad y distancia crítica que ha acompañado a estos procesos. De este modo, los conflictos que se desprenden de las narraciones recogidas, si bien se expresan en la dimensión del ejercicio de roles, los trascienden, apuntando más bien a la dificultad de articulación de los referentes identitarios de género.

Lo medular de los conflictos de la identidad de género parece referirse a la relación entre la permanencia y la integración de lo nuevo. Como dice C. Camilleri (1991), el sentimiento de constancia de la identidad no implica adherir a un contenido fijo, sino que el desafío es que la integración de nuevos elementos no impida el sentimiento de coherencia. Si bien el autor está describiendo aquí características generales para los procesos identitarios, parece totalmente válido para la dimensión de género de la identidad. Y es precisamente en este punto donde se encuentran las mayores dificultades en las historias recogidas. La coexistencia de referentes de género que se observa, no aparece en una relación de integración fluida. Los nuevos modelos de género son connotados positivamente, pero también con incertidumbre. Lo emergente en el género se presenta como un discurso validado socialmente en términos generales, pero no se asocia a una práctica específica establecida, sino a una idea general de flexibilización. Cada uno de los entrevistados ha debido buscar una forma para darles una expresión concreta. Y es en esta búsqueda, donde aparece la dificultad. No es claro para ninguno, la forma en que pueden apropiarse de estos emergentes. En todos puede reconocerse una sensación de amenaza que tiene que ver con el miedo a la eventual pérdida de los marcos conocidos y establecidos que dan certezas para las relaciones humanas, de pareja más específicamente.

Probablemente, es a causa de esta falta de certezas que acompaña a los emergentes de género que también se pone aquí en juego el reconocimiento desde los otros como uno de los factores del conflicto identitario que se está planteando. Reconocimiento que constituye uno de los vértices centrales de todo proceso identitario (Barbier, 1996; Camilleri, 1991; Tap, 1980). Es decir, el sentimiento de ser uno mismo, de unicidad y continuidad, requiere del reconocimiento, validación y legitimación desde el otro para instalarse como tal. En las historias analizadas, el tema de la legitimación adquiere gran fuerza. Ya sea en relación al cuestionamiento que se percibe por el ejercicio de nuevos roles de género, particularmente en el caso de los hombres, o bien el acento está puesto en la desvalorización que sienten que acompaña a ser percibidas como "abandonadoras" de los roles tradicionales, como lo es especialmente para las mujeres. De esta manera, siguiendo a P. Tap (1980), no basta el sentido que para cada uno tenga la incorporación o no de nuevos roles de género, sino también juega un rol relevante el grado de aceptación y reconocimiento que se percibe que los otros tengan de estas opciones.

El conflicto entonces puede entenderse utilizando lo propuesto por C. Camilleri (1991) respecto a las funciones de la identidad. La integración de referentes más flexibles de género no sólo requiere que éstos tengan sentido para cada persona -función ontológica-, sino que esta función no es posible si no tiene algún grado de concordancia con la función pragmática de la identidad, que es la que vela por la relación con el entorno. El conflicto parece instalarse precisamente en el espacio de negociación interna entre ambas funciones. De la manera de cada persona de resolver las discordancias que percibe respecto a lo que parece ser un nuevo escenario de género.

La dificultad en esta relación de negociación entre ambas funciones, se expresa en la fragilidad con que se presentan los polos de la identidad, de género en este caso, en cada una de las historias (Camilleri, 1991). Tanto los elementos que dan sentido, como la valoración y legitimidad desde los otros y, muy ejemplarmente, la jerarquización de los múltiples referentes de género en función de los sentidos que cada uno se reconoce a si mismo, se ven muy desdibujados en la narración que cada entrevistado hace de su historia.

El problema para cada uno no parece estar centrado en el ejercicio mismo de nuevas prácticas, sino en el reconocimiento que perciben que éstas tienen y que permiten, o no, devolver una imagen coherente y legitimada de si mismo.

Una cierta noción de "nuevos tiempos" en relación a los roles de género puede deslizarse de todos los relatos analizados. Más explícita en unos que en otros, ésta da cuenta de nuevas prácticas en relación a las condicionantes de género. Pero, como se decía anteriormente, esta adopción de nuevos roles no está exenta de conflictos. El mandato de cambio es percibido por todos, pero parece tratarse de un mensaje que no es unívoco. La idea que circula es de flexibilización, pero sus términos no son suficientemente claros ni precisos. Gran oportunidad entonces para mayores grados de libertad y singularidad. Pero, a la vez, gran exigencia de encontrar un modo de responder a un modelo emergente que no explicita con claridad sus parámetros de valoración. En esta búsqueda, aparece el ejercicio de nuevas prácticas, sin un sentido muy sólido que las sostenga. La sensación de incertidumbre empuja a retomar lo conocido. Nuevos roles terminan conviviendo con viejos sentidos. Así, por ejemplo, un proyecto laboral de una mujer se presenta sostenido en el mandato de entrega y cuidado a la familia. La flexibilización de los roles parece bienvenida. Pero la manera en que éstos se articulan a la identidad de género, parece constituir el núcleo del conflicto. No hay que olvidar que la definición de lo masculino y lo femenino ha estado anclada culturalmente a los designios de la naturaleza. No se trata de una tarea menor su redefinición. Desde allí que resulta comprensible la confusión y sentimiento de amenaza que se entrevé en los relatos. Si se pudiera plantear una pregunta transversal que interprete las interrogantes comunes en los relatos, ésta aludiría a cómo encontrar una manera de integrar o de dar un sentido articulado a las nuevas prácticas de género, sin que ello arriesgue un claro y validado sentimiento de ser hombre o mujer.

La Autonegociación

Con mayor o menor conciencia, en todos los relatos aparece un intento de resolver dicho conflicto. Maneras individuales que no apelan a la dimensión de lo colectivo. Maneras que impresionan como defensivas, en el sentido de autoprotección, pues dan cuenta de un cierto temor a la confusión en la definición de si mismos en tanto género. Estos intentos están movilizados por el querer incorporar nuevas formas a nivel de los roles, pero también por no arriesgar la definición identitaria de género, aunque ésta se sostenga en referentes incongruentes con estas prácticas.

Esta incorporación de nuevos roles es la que da cuenta de una dimensión de la transformación de género. Un cambio contradictorio en tanto comporta la defensa de una definición de género tradicional, que es la que subjetivamente asegura un lugar social validado. Parece tratarse de un cambio que no identifica "enemigo", no hay nada explícito que combatir, nadie ni nada externo contra quien negociar. El debate se torna básicamente interno.

Negociar parece ser un buen concepto para entender la manera en que se enfrenta la actual diversidad de referentes de género (Coria, 1994). Sin embargo, un matiz es necesario de incorporar. El conflicto, como se decía anteriormente, tiene en este caso una apariencia de conflicto individual. La negociación se desarrolla frente a si mismo. En forma más precisa, autonegociación seria el término ajustado para dar cuenta de los fenómenos que aquí se abordan.

Entender como autonegociación los intentos de resolución de los conflictos ligados a la condición de género, es coherente con una suerte de invisibilización de la dimensión social que se observa en las nuevas formas que adopta hoy esta condición. Como dice Kaufmann (2004), la gran diversidad de referentes identitarios dispares disponibles hoy en día, tiene el riesgo de que éstos se anulen entre ellos. A esto precisamente se quiere aludir al plantear la invisibilidad de lo social. A una suerte de anulación, que favorece que el problema se traslade casi exclusivamente al individuo. Lo social se flexibiliza y deja en manos de cada individuo la resolución identitaria. Un gran espacio, aparentemente, para la acción del sujeto.

Y es desde esta multiplicidad de posibles modos de ser disponibles, que cada uno intenta articular un sentido de identidad de género integrado y coherente. Este intento parece adoptar la forma de una negociación interna en función de la necesaria adaptación al contexto social en el que se vive y la continuidad de un sentido único de identidad personal. Cada uno encuentra un modo particular de negociar su propia identidad intentando encontrar un espacio social desde el cual expresarse.

En los relatos, puede observase que esta autonegociación toma también un carácter defensivo, en el que algunos se aferran al estereotipo genérico y en los que otros entran en abierta lucha con la expectativa externa de lo que es ser hombre o mujer. La dificultad se hace presente en la articulación de discursos y prácticas incongruentes. Discursos apegados a la flexibilidad de la modernidad se acompañan de prácticas tradicionales, así como censurados discursos tradicionales, se traducen en prácticas modernas que buscan fines tradicionales, los que quedan encubiertos en la negación de lo que se busca realmente.

El conflicto propio de esta negociación hace difícil encontrar verdaderas coherencias pues se lidia con referentes sociales que se hacen pasar por individuales. Todos buscan un lugar de validez social a la vez que la conservación de su propia subjetividad. La dificultad común se configura en torno a la imposibilidad de apropiarse de dichos referentes en conjunto con la individualidad que surge de la historia vital de cada uno. Mujeres y hombres se encuentran atrapados en la confrontación con referentes sociales invisibilizados, con una enorme dificultad para apropiarse de la posición que han adoptado frente a los mismos.

Podría pensarse que los modelos tradicionales, claros y rígidos en relación a la identidad de género, ejercían la función de dar estructura y sólidos lineamientos generales desde los cuales construir individualidad y sentido identitario. Existía entonces un discurso social explícito y claro al cual someterse o contra el cual rebelarse.

El desdibujamiento de dichos referentes en la actualidad, a través de su diversificación y multiplicación, está marcado por el debilitamiento de las instituciones en las que se sostenían, dejando a cada persona enfrentada a su propia individualidad. Es de este modo, que el camino de definición de la identidad de género ha sido forzosamente llevado al plano de lo íntimo, individualizando un conflicto que involucra tanto la dimensión subjetiva como la social y que, hasta hace un tiempo, podía buscar solución sosteniéndose en lo externo. Se ha transformado así en un aparente conflicto personal, lo que lleva consigo la vivencia de la amenaza como un ataque al núcleo de la identidad y ya no sólo a una de sus dimensiones centrales, como lo es el género.

Conclusiones

El sentimiento de temor que se desprende de cada historia recogida, y que se ha entendido aquí en el marco de las estrategias identitarias de género o autonegociación, cuestiona la aparente amplitud de posibilidades que hoy día ofrecería el escenario social para el desarrollo de la subjetividad, en términos de la libertad para dar significaciones y sentidos diversos a la propia existencia.

La diversidad de referentes culturales disponible, que va aparejada al declive de las instituciones homogeneizantes, haría pues pensar en un abanico mayor de posibilidades para el trabajo reflexivo y creativo del sujeto. Sin embargo, las historias que hemos analizado transmiten un sentimiento de miedo que expresa la limitación de dichas posibilidades. Los nuevos significados de género no son muy claros; sólo se sabe que hablan de flexibilización. Más pareciera saberse sobre los eventuales riesgos que comportan, aludiendo a un imaginario sobre la desaparición de las diferencias; la desprotección de lo afectivo en un supuesto nuevo escenario donde predominaría la competitividad y la "guerra entre los sexos". Frente a esta incertidumbre, el refugio en los modelos tradicionales es claro. Entregan certezas que, aún insuficientes, no amenazan los espacios identitarios ya definidos para hombres y mujeres.

Mediante las estrategias identitarias de género puede, al mismo tiempo, incorporarse nuevos roles que dan la ilusión de un cambio. El problema parece que se circunscribe al ámbito personal, a las fórmulas que cada uno pueda desarrollar en este complejo escenario. Parece así que un problema del orden social, se transforma en uno principalmente individual. Si antes se denunciaba la naturalización del género, hoy día habría que develar su "individualización", mecanismo que vuelve a esconder las relaciones de desigualdad que parecen seguir siendo predominantes en nuestra sociedad.

Pero no sólo miedo hemos encontrado en estos relatos. También se nos ha transmitido un fuerte orgullo. Sentimiento potente que no podemos dejar de considerar y que nos lleva a matizar los resultados.

Orgullo por todo el esfuerzo que implica, aunque no siempre lo expliciten de esta forma, la incorporación de nuevos roles de género. Por ser capaces, sin sentir ayuda alguna, de resolver esta magna tarea en forma solitaria y discreta. Efectivamente, se vive como un desafío muy personal. Responder a las exigencias de los nuevos tiempos. Más aún, a las dobles exigencias de estos tiempos. Cambiar sin cambiar; conciliar lo nuevo con lo viejo; adentrarse en áreas desconocidas sin descuidar lo conocido....Y, por sobretodo, mantener los equilibrios; no generando rupturas ni conflictos importantes. La tarea es, sin duda, ardua. Requiere, como hemos visto, complejos mecanismos adaptativos y defensivos. Pero el orgullo es señal que no se trata tan simplemente de adaptaciones defensivas poco significativas. La experiencia de desenvolverse en nuevos ámbitos -aunque sea en forma disociada- parece dar cuenta de una relación distinta con lo emergente del género. La experiencia de una paternidad más activa en los hombres y la inserción laboral permanente, en el caso de las mujeres, son experiencias tremendamente marcadoras. No se puede decir de ellas simplemente que son expresión de estrategias adaptativas. Son también una manifestación de una manera de apropiarse de este nuevo escenario social. Todavía su impacto no es definitorio de una menor determinación de las variables de género. Pero promete serlo.

La hipótesis sobre el desarrollo de estrategias identitarias de género queda así matizada. Si bien su predominio es claro en todos los casos analizados, no es tan claro, por otra parte, que se contraponga tan radicalmente a la idea de cambio identitario.

De este modo, la comprensión de las estrategias identitarias de género como expresión de un bloqueo de la posibilidad de cambio, debe abrirse a la posibilidad de entenderse más bien como una expresión de transición en este ámbito. El cambio entendido no como una eliminación de la tensión entre lo individual y lo social, sino como la posibilidad real de los individuos de hacerse sujetos de esta tensión.

Notas

1 Este artículo está basado en la tesis presentada para obtener el grado de Doctor en Ciencias Psicológicas en la Universidad católica de Lovaina, Bélgica en abril de 2005.

2 Este cuadro es propuesto por Guy de Villers, quien, inspirado en los principios del análisis estructural de Greimas, lo plantea como una herramienta para el trabajo con relatos de vida (en Desmarais & Pilon, 1994, p.107).

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Correspondencia a: La correspondencia relativa al artículo debe enviarse a la autora a: Escuela de Psicología. Pontificia Universidad Católica de Chile. Av. Vicuña Mackenna 4860 -Macul- Santiago de Chile.Tel: (56-2) 3544632 / 5933 E-mail: dsharim@uc.cl

Fecha de recepción: Marzo de 2005.
Fecha de aceptación: Octubre de 2005.

Dariela Sharim Kovalskys. Escuela de Psicología, Pontificia Universidad Católica de Chile.