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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe v.13 n.1 Santiago mayo 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22282004000100007 

 

PSYKHE 2004, Vol.13, Nº 1, 79-89

ARTICULO

Factores Asociados al Bienestar Subjetivo en el Adulto Mayor1

Factors Associated With Subjetive Well-Being in Older People

Rafael Mella, Luis González, Jorge D'Appolonio, Ivonne Maldonado, Alfredo Fuenzalida y Andrea Díaz
Universidad San Sebastián

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

La presente investigación explora la relación entre los distintos factores asociados a la salud mental y el bienestar subjetivo en el adulto mayor. Específicamente, considera bienestar subjetivo, edad, depresión, salud percibida, apoyo social percibido, género y nivel socioeconómico. El análisis bivariado arroja correlaciones significativas entre bienestar sujetivo y depresión (r = -0.634), apoyo social percibido y bienestar subjetivo (r = 0.665) y bienestar subjetivo y salud percibida (r = 0.278). También aparecen como significativas las correlaciones entre salud percibida y depresión (r = -0.454), depresión y apoyo social percibido (r = -0.601) y entre salud percibida y apoyo social percibido (r = 0.305). En el análisis de regresión lineal múltiple, el bienestar subjetivo está determinado principalmente por apoyo social percibido, género y por la ausencia de depresión.


ABSTRACT

The present research explores the relationship between different factors associated to the mental health and subjetive well-being in older people: subjetive well-being, age, depression, perceived health, perceived social support and socio-economic status. Bivariate analysis shows significant correlations between subjetive well-being and depressión (r = -0.634), subjetive well-being and perceived social support (r = 0.665), and subjetive well-being and perceived health (r = 0.278). There are also significant correlations between perceived health and depression (r = -0.454), depression and perceived social support (r = -0.601), and perceived health and perceived social support (r = 0.305). In the multiple linear regression analysis, subjetive well-being is determinated by perceived social support, gender and absence of depression.


Introducción

En los últimos años se ha generado un especial interés por la investigación relacionada con la tercera edad. Este interés se debe principalmente al aumento de las expectativas de vida de la población mayor en los países desarrollados, lo que obliga a una preocupación por la calidad de vida de estas personas. Así por ejemplo, durante los últimos cien años, en los Estados Unidos se ha triplicado la población mayor de 65 años (Volz, 2000), siendo en nuestro país esta tendencia también observable. Esta situación es reflejo de las mejoras socioeconómicas registradas en el último tiempo, y plantea necesidades de conocimiento específico sobre el grupo de la población con mayor edad, para diversos fines de investigación y programación (Hernández, 1997).

Producto del considerable aumento de personas que viven esta realidad, surge el interés a nivel mundial por sus condiciones de vida y las necesidades específicas de este grupo, cobrando relevancia en los últimos años las investigaciones relacionadas con el bienestar subjetivo del adulto mayor y las variables específicas que influyen en él.

Sin duda, las cifras que dan cuenta del proceso de envejecimiento de la población chilena traerán consecuencias y efectos en las distintas actividades y sectores de la sociedad.

Así para Pereira (1999), el envejecimiento poblacional conlleva una creciente demanda de servicios y atenciones que son propios de las necesidades que generan los adultos mayores, las que se enmarcan en áreas diversas como la economía, vivienda y urbanismo, salud, participación social y educación.

Dentro de la investigación relacionada con el adulto mayor, surge el interés por conocer los factores que inciden en la percepción de bienestar en este grupo etáreo.

Marco Teórico

Bienestar Subjetivo

Actualmente se considera que una de las principales barreras entre la vejez y un estado de bienestar, lo constituye una evaluación negativa de la ancianidad hecha por algunos miembros de las sociedades occidentales, lo que disminuye la oportunidad de aceptar otros hallazgos importantes de la gerontología moderna, los cuales destacan el incremento de la variabilidad interindividual en relación con el funcionamiento y el ajuste en la vejez y el hecho de que la mayor parte de las personas se ubicarían en el rango normal de esta variabilidad (Thomae, 1982).

Para los fines de esta investigación, el bienestar subjetivo será definido de acuerdo a los planteamientos de Ryff (1989). Este autor, quién tiene una abundante investigación al respecto, plantea que las diversas perspectivas que existen respecto al bienestar subjetivo pueden ser integradas, en la medida que muchos teóricos coinciden en ciertas características de este. Ryff operacionaliza el bienestar subjetivo en las siguientes dimensiones:

Autoaceptación. Es el criterio más utilizado para definir bienestar, y es conceptualizado como la figura central de la salud mental, como una característica de madurez, realización personal y funcionamiento óptimo.

Relaciones positivas con los demás. La importancia de la calidez y confianza en las relaciones interpersonales, así como la capacidad de amar, son vistas como uno de los principales componentes de la salud mental, siendo a la vez un criterio de madurez.

Autonomía. Enfatiza la autodeterminación, la independencia y la regulación de la conducta.

Dominio del ambiente. La habilidad de elegir o crear ambientes acordes a las propias condiciones físicas es definida como una característica de la salud mental. Implica la capacidad de manipular y controlar los entornos o ambientes complejos contando con la participación del medio.

Propósito en la vida. Destaca la comprensión de un propósito o significado de la vida, un sentido de dirección o intencionalidad. Quién funciona positivamente tiene objetivos, intenciones y un sentido de dirección.

Crecimiento personal. El funcionamiento psicológico óptimo requiere no solo desarrollar las características anteriores, sino también continuar el desarrollo de su propio potencial, crecer y expandirse como persona.

Los procesos de envejecimiento y el cúmulo de pérdidas psicosociales que acontecen durante la vejez parecen determinar en algunos ancianos su incapacidad para percibir sus competencias y habilidades y, desde luego, los aspectos positivos del entorno que les rodea y de la vida en general. En este sentido, existen hallazgos empíricos que demuestran que la autoestima decrece con la edad. Esta autoestima o autosatisfacción puede considerarse, según Schwart (1975 en Fernández-Ballesteros, 1999), como el eje de la calidad de vida de los ancianos.

Mroczek y Kolarz (1998), señalan la importancia de algunas variables sociodemográficas contextuales y de personalidad en la relación edad-bienestar. En particular, estos autores encuentran que se presentan mejores índices de bienestar en los adultos mayores casados y extrovertidos, en detrimento de los solteros e introvertidos, no encontrándose relaciones lineales en el caso de las mujeres.

Sin embargo, la investigación básica en psicología gerontológica ha demostrado que consideraciones como las descritas anteriormente pueden estar basadas en situaciones poco objetivas. Así Madox (1982 en Fernández Ballesteros, 1999) basado en investigaciones realizadas durante los años 70, señalaba que la mayoría de los adultos mayores permanecen socialmente integrados, son competentes y las posibilidades de que presenten deficiencias en algunos aspectos pueden ser modificables. Más aun, recientes investigaciones como la recopiladas por Mroczek y Kolarz (1998) han llegado incluso a conclusiones tales como que el afecto negativo (infelicidad) es más alto entre los adultos jóvenes que entre los adultos mayores.

Producto de estas y otras investigaciones recientes se ha concluido que existen múltiples diferencias individuales en el bienestar percibido en la vejez (Stanley & Cheek, 2003; Hagberg, Hagberg & Saveman, 2002) y, en definitiva, existen también múltiples investigaciones que ponen de relieve que no es exactamente cierto que a medida que envejecen las personas se sientan más insatisfechas (Ormel, Kempen, Deg, Brilman, Van Sonderen & Relyveld, 1998; Fernández-Ballesteros, 1999).

Dentro de las variables sociodemográficas destaca lo señalado por Bromley (1990 en Fernández-Ballesteros, 1999), quien indica que la edad cronológica no parece explicar sino una pequeña porción de la varianza en el grado de bienestar del sujeto.

Por otra parte, integrando la descripción hecha por Ryff (1989) en torno al concepto de bienestar nos podemos dar cuenta de que al menos la autoaceptación, la autoestima y el propósito en la vida tienen que ver con muchos de los síntomas asociados comúnmente a depresión, así como el dominio del ambiente y las relaciones positivas con los demás se relacionan con el concepto de apoyo social percibido.

Depresión

En cuanto a la depresión en el adulto mayor, se debe partir por señalar que los problemas afectivos en los ancianos son importantes por su frecuencia, por su impacto sobre el estado mental y por su potencial influencia sobre la evolución de las enfermedades físicas. Los investigadores señalan una prevalencia de trastornos mentales severos que oscila entre un 15 a 25% en los ancianos que viven en comunidad, y hasta el orden del 40 a 75% en contextos residenciales de atención especial (Kermis, 1986). En nuestro país, se ha reportado una prevalencia de hasta un 47% de depresión en una muestra de adultos mayores (Hoyl, Valenzuela & Marín, 2000).

Para Calderón (1990), la vejez es una etapa especial, en la que el individuo debe hacer un gran esfuerzo por adaptarse a los múltiples cambios en diversas dimensiones que debe enfrentar. Esta perspectiva es bastante coherente con una visión de proceso de envejecimiento más que de una distinción entre lo normal y lo patológico del tipo DSM IV o CIE 10. En virtud de esto último, la depresión sería un continuo y la descripción de esta debería basarse más en criterios cuantitativos que cualitativos.

Sin embargo, en términos diagnósticos, existe en el DSM-IV, una gran variedad de síndromes que cursan con síntomas depresivos, siendo el común denominador en todos ellos la modificación profunda del estado anímico, con predominio de la tristeza y el sufrimiento, o la preocupación excesiva. A menudo, en el uso corriente, se confunde este común demoninador con una entidad única y global, confundiendo más que aclarando el diagnóstico.

Así, debido a que el término depresión hace referencia tanto a un constructo como a un conjunto de síntomas, se produce una utilización ambigua del mismo, estando frecuentemente presentes ambos significados. De hecho, con frecuencia en el paciente mayor, la depresión se presenta en forma atípica y clínicamente no cumple con los criterios de una depresión mayor. Estos síndromes incompletos, denominados trastorno depresivo no específicado, trastorno del estado de ánimo no especificado, depresión menor o depresión por el DSM-IV, pudieran tener la misma repercusión en cuanto a morbimortalidad que la depresión mayor (Hoyl, Valenzuela & Marín, 2000).

Como respuesta al problema conceptual de la depresión, se ha intentado establecer una mejor delimitación y diagnóstico de la depresión en personas mayores, destacándose la propuesta de Gallagher y Thompson (1983), quienes consideran la depresión como un producto final, que refleja una serie de problemas relacionados con distintas áreas psicológicas, sociales y biológicas. Es importante destacar que Gallagher y Thompson no incluyen otros síntomas regularmente contemplados en el diagnóstico de la depresión que discriminan escasamente en este grupo de edad, como son los sentimientos excesivos de culpabilidad, inadecuación, preocupación excesiva y quejas hipocondríacas.

El bienestar emocional de los adultos mayores declina con niveles más bajos de ejercicio y salud física. Se ha observado que entre los mayores, la depresión se correlaciona fuertemente con limitaciones tales como dificultad para preparar alimentos, comprar, salir, bañarse, etc. Más aún un bajo sentido de control sobre la propia vida aumenta la depresión. Un ajuste de las funciones físicas y sentido de control, eliminaría algunas de las apariciones de depresión asociadas con esta edad (Mirowsky & Ross, 1992).

Ahora bien, en este contexto y en resumen, sería necesario hacer al menos dos observaciones básicas: que los criterios diagnósticos tipo DSM IV se vuelven insuficientes para la conceptualización de los trastornos del ánimo en esta población, y segundo, que muchos de los estresores que podrían estar causando reacciones adaptativas que cursen con síntomas depresivos en los adultos mayores, se relacionan con la capacidad funcional del adulto mayor.

Salud Física

En esta línea, la salud física, es otro de los elementos a considerar como relevantes. Se ha reportado que los ancianos refieren, por lo general, pocas preocupaciones a excepción de las que tienen que ver con el área de la salud (Fernández-Ballesteros, 1994). De hecho, no sería extraño pensar que la salud fuera la preocupación más importante, en las personas de mayor edad, a partir de que lo que caracteriza esta etapa de la vida es el declive biológico, en definitiva, el deterioro físico (Majos, 1995)2, que a menudo se traduce en hospitalizaciones en clínicas geriátricas u hospitales generales.

Aún cuando partamos de una concepción global de la salud, entendida como "un estado completo de bienestar físico, mental y social y no simplemente como ausencia de enfermedad" (Postel, 1996, p. 726), se hace necesaria la multidimensionalidad del concepto en sus distintos componentes que, en términos de definición, la forman: el funcionamiento físico, mental y social. Una evaluación integral de la salud respondería a una evaluación conjunta de estos tres aspectos.

Dos investigaciones realizadas en los Estados Unidos y Finlandia demuestran una correlación positiva entre nivel socioeconómico y salud autorreportada. En ambos estudios, los factores psicológicos positivos como mayor apoyo social, menor rabia, menor depresión y menor estrés percibido, y prácticas de salud beneficiosa como no fumar, no beber, y hacer ejercicios moderados, fueron asociados con un nivel alto de estatus socioeconómico y mejor salud autorreportada (Cohen, Kaplan & Jukka, 1999).

En relación al vínculo entre salud y depresión, se debe señalar al menos, que las enfermedades somáticas pueden causar síntomas depresivos y que ambos trastornos pueden coexistir (Martínez, s/f). Entre el 30 y el 70% de los ancianos ingresados en un hospital general presentan trastornos psiquiátricos, y un 20 a 30% manifiestan sintomatología depresiva evidente, mientras que sólo en un 2% de los pacientes ancianos se realiza consulta a psiquiatría (Padierna et al., 1994 en Martínez, s/f). Esta contradicción se puede explicar entre otras cosas por los errores médicos en la identificación de trastornos psiquiátricos, la menor prioridad de las enfermedades psiquiátricas comparadas con las médicas, y el difícil acceso de los ancianos a los servicios psiquiátricos.

En ocasiones es factible encontrarse con pacientes que presentan síntomas depresivos que preceden a una enfermedad somática no diagnosticada. Sin embargo, lo más frecuente será enfrentarse con pacientes ya diagnosticados de alguna enfermedad somática que presentan síntomas depresivos. En estos casos se debe plantear, entre las posibilidades diagnósticas el trastorno afectivo debido a enfermedad médica y las depresiones somatizadas (Martínez, s/f).

Así, la salud autorreportada, que entraña claramente un concepto psicológico y es un excelente predictor de la salud física del individuo y aún de su morbi-mortalidad, está fuertemente asociada a otras condiciones psicológicas como la satisfacción en la vida, la autoestima, las habilidades funcionales, las actividades de la vida diaria, la depresión y aún el funcionamiento intelectual (Fernández-Ballesteros, Izal, Montorio, González & Díaz, 1992).

Apoyo Social

En cuanto al apoyo social, los gerontólogos que intentan explorar esta variable en la vejez han visto obstaculizados sus esfuerzos por la falta de una base conceptual unificada, lo cual hace difícil identificarlo en la investigación (Turner & Helms, 1994). En concreto, existen múltiples definiciones de apoyo social. Por ejemplo en Peiró y Salvador (1993), se enumeran diversas definiciones, como la de Caplan (1975) que lo define como la presencia o ausencia relativa de recursos de apoyo psicológico provenientes de otras personas significativas, Cobb (1976) lo considera como la información que permite a las personas creer que: a) se preocupan de ellos y les quieren; b) son estimados y valorados y c) pertenecen a una red de comunicación y de obligaciones mutuas. Posteriormente, House (1981) plantea que el apoyo social es la disponibilidad de ayuda proveniente de otras personas y Thoits (1982) como el grado en que las necesidades sociales básicas se satisfacen a través de la interacción con otros.

Aún cuando la intención no es abordar el tema del apoyo social en toda su complejidad, se puede decir que este es un concepto multidimensional que incluye apoyo social percibido, apoyo en términos de información, apoyo emocional, existencia de redes, entre otros. Por supuesto, la investigación en torno al tema estará en gran medida definida por cual sea la definición operacional de apoyo social que se utilice para encauzarla (Weber, 1998).

Por otra parte existe una polémica con respecto a las distintas formas como el apoyo social podría modular las experiencias de estrés. Entre ellas, se cuenta el cambio en la apreciación subjetiva del estresor, la modificación en las estrategias de afrontamiento, el incremento de la motivación y/o la autoestima, y por último, la alteración del estado de ánimo, contribuyendo a que el estresor afecte menos (Peiró & Salvador, 1993).

Más allá de todas las definiciones, el estudio del impacto del apoyo social en la vejez, tiene ciertas peculiaridades producto de las características distintivas de este grupo etáreo, como por la mayor probabilidad de que este grupo pierda relaciones sociales, producto de sucesos característicos de esta edad (jubilación, viudez, institucionalización, etc.), o por características personales (salud o escasos recursos educativos), lo que haría pensar que los adultos mayores cuentan con menores posibilidades de recibir el apoyo social necesario para afrontar los diversos acontecimientos estresantes (Fernández-Ballesteros et. al, 1992), hecho alarmante en la medida que lo necesitan para hacer frente al deterioro propio de esta edad (Barros, 1996a).

Complementando lo anterior, habrían razones para suponer que la experiencia de la jubilación afecte mayormente a los varones, en la medida que es este subgrupo el que mayoritariamente deja de trabajar remuneradamente, enfrentando más intensamente esta pérdida (Meyer, Muñoz, Ortiz & Parada, 2002), y contando además con menos redes de apoyo (Weber, 1998).

Sin embargo, a pesar de estar comprobada una disminución en la actividad social de los adultos mayores producto en muchas ocasiones de la pérdida de relaciones sociales importantes (viudez por ejemplo), diversos estudios realizados en países distintos culturalmente demuestran lo escaso del sector de adultos mayores que no cuenta con alguna persona que le preste ayuda diaria, aún cuando hay diferencias en cuanto a quién se recurre: en Estados Unidos acuden más a los vecinos, mientras que los europeos buscan más apoyo emocional en sus hijos que sus contrapartes africanos o asiáticos (Fleishman & Shmueli, 1984). En general, tiende a pensarse que producto de las pérdidas sufridas, los adultos mayores cuentan con redes sociales integradas por un número menor de miembros que los individuos más jóvenes (Minkler, 1985 en Fernández-Ballesteros et al., 1992). Una investigación realizada por Antonucci y Akiyama (1987), llegó a la conclusión de que no existen diferencias entre los distintos grupos de edad en el número de relaciones sociales mantenidas. Se encontró que la familia es la fuente de apoyo más común en todos los grupos etáreos, pero los adultos mayores informaron contar con un número mayor de amigos en su red social en comparación con los demás grupos más jóvenes. Finalmente, así como para los adultos mayores en otros países cobran especial importancia los amigos en Chile este sitial estaría ocupado por la familia (Barros, 1996b).

Objetivo

Determinar la relación existente entre la variable bienestar subjetivo en el adulto mayor y las variables depresión, salud autorreportada, apoyo social percibido, género y edad, en una muestra de beneficiarios del Sistema de Salud Municipal de Talcahuano.

Hipótesis

1. Los adultos mayores que presentan una mejor salud física percibida tienden a presentar un mejor bienestar subjetivo.

2. Los adultos mayores que presentan un mayor apoyo social percibido tienden a percibir menos síntomas depresivos.

3. Los adultos mayores que presentan una mejor salud física percibida tienden a presentar menos síntomas depresivos.

4. Los adultos mayores que tienen un mayor apoyo social percibido tienden a presentar un mejor bienestar subjetivo.

5. Los adultos mayores que presentan un mayor apoyo social percibido, tienden a presentar una mejor percepción de salud.

6. Los adultos mayores que presentan un mayor bienestar subjetivo tienden a presentar menos síntomas depresivos.

7. El bienestar subjetivo está determinado por la percepción de salud, el apoyo social, la ausencia de síntomas depresivos y el género.

Método

Esta investigación es de tipo explicativo, ya que pretende predecir el cambio en una variable dependiente, a partir de la variación en una o varias independientes.

Población

La población estuvo constituida por "todos los Adultos Mayores beneficiarios del sistema Municipal de Salud de Talcahuano (DISAM)". La DISAM de Talcahuano incluye cinco Centros de Salud, estos son, "Los Cerros", "Hualpencillo", "San Vicente", "Talcahuano Sur" y "Centro de Salud Las Higueras".

El tamaño de la población fue de 15576 personas, el cual corresponde al total de Adultos Mayores beneficiarios del Sistema Municipal de Salud de Talcahuano. El total se desglosa de la siguiente manera. Al Centro de Salud Higueras corresponde el subtotal de 5481 beneficiarios, al consultorio Los Cerros corresponden 1582 beneficiarios, al consultorio Hualpencillo corresponden 6115 beneficiarios y, por último, el consultorio San Vicente tiene 2398 beneficiarios. El Centro de Salud Talcahuano Sur no fue incluido en la presente investigación.

Muestra

La muestra a seleccionar fue de tipo no probabilística e intencionada, ya que solo se encuestó a aquellas personas que se atienden por enfermedad o por controles preventivos y se dejó fuera a aquellas personas que aún siendo beneficiarios del sistema, no asisten a los consultorios de su comuna.

El tamaño estimativo de la muestra se estableció en 150 personas, siendo esta selección intencionada, puesto que se realizó con aquellas personas que asistieron a los consultorios en los días en que se acudió a encuestar.

La muestra se seleccionó de acuerdo a la proporción de beneficiaros de cada consultorio. En porcentaje cada consultorio posee la siguiente cantidad de beneficiarios: Hualpencillo 39%, San Vicente 16%, Higueras 35% y Los Cerros 10%. Al utilizar 150 personas como muestra, a cada consultorio le correspondió la siguiente cantidad de personas: Hualpencillo 58 personas, San Vicente 24 personas, Higueras 53 personas y Los Cerros 15 personas.

De la muestra original de 150 sujetos quedó una muestra válida de 145 sujetos eliminando datos incompletos, de los cuales 48 (33.11%) fueron hombres y 97 mujeres (66.89%). En cuanto a la distribución por tramo FONASA3 (Fondo Nacional de Salud), 29 personas correspondieron al tramo A, 72 al tramo B, 12 al tramo C, 31 al tramo D, y 1 fue particular.

Finalmente, aún cuando el Ministerio de Salud considera como adulto mayor a toda persona con más de 65 años, para los fines del presente estudio el límite inferior del rango de edad se fijó en 58 años.

Instrumentos

Para el presente estudio se utilizaron cuatro escalas.

1. Escala de Autoreporte en Salud, adaptada y traducida de Mui (1996). Esta escala está compuesta por 12 itemes, cuya alternativa de respuesta es cerrada y dicotómica.

2. Escala de Depresión Geriátrica, adaptada de acuerdo a la "Geriatric Depression Scale" (Olin et al., 1992, en Mui, 1996) y compuesta por 30 itemes4, con escalamiento tipo Likert de tres alternativas.

3. Escala de Bienestar Subjetivo. La escala de satisfacción vital de Diener (Arce,1994), posee un gran prestigio internacional y salvo inconvenientes transculturales dispone de una gran confiabilidad. La Escala original de Diener está compuesta por 5 itemes con escalamiento tipo Likert de tres alternativas.

4. Escala de Apoyo Social Percibido, adaptada de la "Perceived Social Support Scale" (Zimet y cols s/f, en Blumenthal, Burg, Barefoot, Williams, Haney & Zimet, 1987). Esta escala fue estandarizada en la Universidad de Duke (EE.UU.), con 269 estudiantes. Originalmente está constituida por 12 itemes y tres subescalas: personas significativas, familiares y amigos, con escalamiento tipo Likert de tres alternativas.

Para todas las escalas se llevó a cabo una aplicación piloto, donde se obtuvieron datos de confiabilidad y validez para la población en estudio, además de identificar posibles dificultades en la aplicación. La validez de criterio fue medida verificando la correlación entre el instrumento a aplicar y pruebas análogas utilizadas en nuestro país. La confiabilidad fue medida con Alpha de Cronbach.

En la Tabla 1 se presenta un cuadro resumen con estos datos, así como los itemes que fueron recodificados.

Tabla 1
Valores de confiabilidad y validez de las escalas utilizadas

Recolección de Datos

Se aplicaron las cuatro escalas descritas a los adultos mayores que se presentaron en los consultorios detallados, al examen de salud preventiva para el adulto mayor. En algunos casos, solicitaron ser asistidos por un acompañante en la aplicación.

Resultados

Estadísticos Descriptivos

A continuación se presentan los estadísticos descriptivos de las variables que se consideraron en el presente estudio. Para su mayor claridad, se presentarán los descriptivos promedio, desviación estándar y valores mínimo y máximo encontrados, para cada una de las variables (Tabla 2).

Tabla 2
Descriptivos para las variables en estudio

Estadística Bivariada

A continuación se muestran las correlaciones entre las variables numéricas que se utilizaron en la fase inicial del análisis. Como se puede observar en la Tabla 3, las correlaciones estadísticamente significativas se encuentran entre la variable bienestar subjetivo, y las variables salud (r = 0.278, p = 0.001), depresión (r = -0.634, p = 0.000) y apoyo (r = 0.665, p = 0.000) respectivamente. No existe correlación significativa entre la variable bienestar subjetivo y edad (r = 0.096, p = 0.253), lo que confirma las aseveraciones de Bromley (1990, en Fernández-Ballesteros, 1999).

También existen correlaciones significativas entre las variables salud, con depresión (r = -0.454, p = 0.000) y apoyo social percibido (r = 0.305, p = 0.000), y entre depresión y apoyo social percibido (r = 0.601, p = 0.000).

En la Tabla 3 siguiente se observan con claridad estos resultados.

Tabla 3
Correlaciones producto momento de Pearson

En forma adicional se llevó a cabo un análisis, para determinar si existían diferencias de género en el bienestar subjetivo. Esto fue realizado mediante la prueba t de Student, encontrando que las mujeres presentan, en forma significativa, mayores niveles de bienestar subjetivo que los varones: t = -1.984, g.l = 143, p = 0.0245 (p < 0.05).

Análisis de Regresión Lineal Múltiple

Para especificar un modelo predictivo para la variable bienestar subjetivo, a partir de análisis multivariado, se llevó a cabo un análisis de regresión a partir de las variables salud percibida, apoyo social percibido, sexo y depresión. La capacidad de predicción del modelo resultante fue alta, explicando el 54.3% de la variación total de la variable (R cuadrado). El coeficiente de correlación múltiple fue de 0.737.

El valor de ANOVA, como se observa en la Tabla 4, en relación con el modelo en su totalidad, arrojó un valor F de 41.603, para 4 y 140 grados de libertad, y con un valor p = 0.000, lo cual es estadísticamente significativo.

Tabla 4
Análisis de Varianza para la significación del ajuste en el modelo de regresión

A continuación se muestran los coeficientes para el modelo de regresión descrito hasta aquí.

Tabla 5
Coeficientes y niveles de significación para las variables incluidas en el modelo

Debido a la baja significancia que la variable salud obtuvo en el modelo, se procedió a hacer un segundo análisis de regresión, sin incorporar la variable salud. Esta nuevo modelo obtuvo un R equivalente al modelo original, con un poder de predicción también de 54.3%.

Análisis y Discusión

Se debe comenzar por señalar que las hipótesis planteadas en el presente estudio en lo referido al análisis bivariado, fueron comprobadas en su totalidad. Muchas de estas relaciones han sido señaladas ya con anterioridad en forma parcial por la literatura.

Así, Kastembaum (1981, en Fernandez Ballesteros, 1999), plantea directamente que un decremento notable en la salud física tiene inmediatas repercusiones en el funcionamiento psicológico, producto de que estos conceptos constituyen una unidad inseparable. En cuanto a la relación salud autorreportada y apoyo social percibido, ésta ya ha sido subrayada a partir de la situación en la que se encuentran los adultos mayores quienes presentan un deterioro de salud significativo, ya que éstos y sus familias quedan abandonados o semiabandonados a nivel afectivo y de cuidados físicos al vivenciar la carencia de redes de apoyo (Majos, 1995). Existen estudios, como el realizado por Kiecolt-Glaser et al., (1985) quienes señalan que las alteraciones inmunológicas asociadas a disminuciones de contactos sociales pueden ayudar a explicar los mecanismos de actuación del apoyo social. La correlación existente entre estas variables apoyaría la tesis de Barros (1996), quién señala que el apoyo social es pieza clave en la adaptabilidad del adulto mayor al deterioro biológico propio de este grupo etáreo. Así mismo, Seeman, Kaplan, Knudsen, Cohen y Guralnik (1987), descubrieron que los ancianos que poseían un mayor grado de contactos sociales sobrevivieron más tiempo que aquellos que tenían menos recursos sociales, sobre todo a partir de los 60 años.

En cuanto a la relación existente entre salud autorreportada y depresión, la cual fue negativa, se debe tener en cuenta que el estado de salud física tiene relación estadística con el comienzo de cuadros depresivos en los ancianos, ya que con frecuencia dos o tres meses después de una enfermedad importante suele aparecer el síndrome depresivo. Esto lo deben tener presente los médicos generales y especialistas, ya que la posibilidad de lograr la recuperación de un enfermo con un buen tratamiento antidepresivo, va a mejorar al paciente no sólo en relación con su estado emocional, sino que también le permitirá utilizar todos sus recursos biológicos (Calderón, 1990).

El bienestar emocional puede declinar junto con la salud. Los síntomas de enfermedades físicas usualmente coinciden con la angustia emocional. La confusión, olvido, problemas de concentración, pérdida de la continuidad del pensamiento, palpitaciones, mareos, bochornos, entre otros, a menudo acompañan a los sentimientos de tristeza, depresión, melancolía o suicidio (Mirowsky & Ross, 1992). Las enfermedades aumentan la depresión, y el bienestar emocional declina con niveles más bajos de ejercicio y salud física (Hayes & Ross, 1986 en Mirowsky & Ross, 1992).

Al respecto Martínez (s/f), plantea que es importante siempre tener presente que la depresión puede cursar con síntomas somáticos, que las enfermedades somáticas pueden causar síntomas depresivos, y que ambos trastornos pueden coexistir. Por el contrario Post y Kay (en Calderón, 1990) señalan que los ancianos deprimidos no están más expuestos que los sanos a sufrir un deterioro orgánico.

Otro aspecto que cabe señalar se relaciona con lo planteado por Fernández Ballesteros et al. (1992), quienes mencionan que síntomas tales como la tristeza o la fatiga, surgen como respuesta ante la toma de conciencia de que se sufre una enfermedad, o bien como reacción al dolor o impacto de la enfermedad sobre la vida diaria. En cuanto a la relación existente entre las variables depresión y apoyo social percibido, esta concuerda con los estudios realizados por Krause, Liang, y Gu (1998), quienes plantean que en la etapa evolutiva a la que pertenecen los adultos mayores es posible que surjan dificultades financieras que pueden obligar al anciano a cambiar de hábitos, de domicilio y de ritmo de vida, lo cual acentúa los sentimientos de inseguridad y minusvalía social, aumentando a su vez la percepción subjetiva de necesidad de utilización de los servicios de asistencia estatal, de forma recursiva.

En lo referente a los resultados encontrados al analizar las variables depresión y bienestar subjetivo, se concluyó que existe una correlación negativa. Estos resultados tienen directa relación con lo señalado por Liang, 1985 y Stok, Okun y Benin, 1986 (en Fernández Ballesteros et al., 1992), quienes en sus investigaciones concluyeron que existían tres componentes en el bienestar psicológico que son: la presencia de humor positivo, la ausencia de humor negativo y por último la valoración cognitiva de lo que uno significa para sí mismo y para los demás. Esto indicaría que en presencia de humor negativo (síntomas depresivos), las personas tenderán a presentar un nivel más bajo de bienestar subjetivo.

Este estudio proporcionó, en forma complementaria, información importante acerca de las diferencias de género en la variable bienestar subjetivo que presentó la muestra encuestada, donde las mujeres presentaron un mejor nivel de bienestar subjetivo en comparación con los hombres. Queda abierta la posibilidad de realizar estudios en este sentido, confirmando la importancia de incluir la variable género en estudios de este tipo (Huenchuán, 2003).

El análisis multivariado realizado, y el hecho de que el modelo prediga en gran medida el grado de cambio en la variable dependiente, confirma muchas de las afirmaciones señaladas en la literatura.

El bienestar subjetivo está determinado por el grado de apoyo que el individuo siente que tiene por parte de su entorno, por el género y por la ausencia de síntomas depresivos, comprobándose así parcialmente la hipótesis 7. El hecho de que el primer predictor sea el apoyo social, concuerda con lo planteado por Scott y Roberto (1985), para quienes la mayor integración a una red de apoyo está asociada con menores problemas de salud física y mental, menor incidencia en hospitalizaciones y admisiones psiquiátricas y mejores resultados al enfrentar sucesos estresantes. De acuerdo a lo establecido por Fernández Ballesteros et al. (1992), las relaciones positivas y el poseer redes de apoyo, influyen en la mantención de una autoimagen positiva y una autoestima elevada, aspectos centrales del bienestar subjetivo. Además, en las funciones del apoyo social señaladas por House (1981, en Peiró, 1993), destacan la influencia del apoyo social en la salud mental, satisfaciendo necesidades psicológicas, reduciendo las experiencias de estrés y amortiguando los efectos negativos de este último. Todo lo anterior confirma los resultados encontrados en el presente estudio.

Se debe señalar que el presente trabajo no logró explorar con propiedad el impacto del nivel socioeconómico, otra de las variables mencionadas en el marco teórico. Esto debido a no contar con un indicador apropiado y por otra parte, por el hecho de que la muestra se haya caracterizado por su bajo nivel socioeconómico. Por lo tanto sería interesante realizar este mismo estudio en una muestra donde efectivamente el nivel socioeconómico fuera una variable con una distribución normal y que fuera explorada con un instrumento adecuado, por ejemplo, la escala Graffar (Alvarez, Muzzo & Ivanovic, 1985).

Otro hallazgo interesante es que efectivamente la variable género contribuye a predecir la variación en la variable bienestar subjetivo. Sumado a los hallazgos obtenidos en el análisis bivariado, contribuye a apoyar la idea de que el bienestar subjetivo de las mujeres es mejor que el de los varones, a partir de la experiencia de la jubilación a la que ellos están expuestos. Los autores de la presente investigación consideran que la diferencia no se muestra más acusada porque precisamente aquellos varones que llegan a consultar a su Centro de Salud, poseen por definición un recurso externo adicional en relación a aquellos que no lo hacen y por lo tanto, un mayor apoyo social percibido y un mayor bienestar subjetivo. En este punto se debe señalar que más allá de que se pudiera anticipar en torno a estas relaciones, el vínculo que existe entre género, vejez y pobreza, es complejo, y está lleno de aristas, en la medida que puede, por ejemplo, comparar la salud de las mujeres con la de los ancianos en general, siendo estos ancianos "tipo", al fin y al cabo, varones. Esto debería discutirse más en detalle en otra investigación (Huenchuán, 2003).

Para terminar, dos hallazgos relevantes. El primero, que la salud percibida, no contribuye significativamente a predecir el bienestar subjetivo. Esto puede deberse, a que el poder predictivo de la variable salud percibida se ve atenuado por el hecho de que la muestra está constituida por adultos que precisamente, asisten a controles preventivos de salud en su centro de salud. El rol de esta variable debería investigarse en otras poblaciones y con indicadores más complejos que incorporen más variables biomédicas (e.g. sintomatología, condiciones diagnosticadas, utilización de servicios de salud, medidas de incapacidad y niveles de actividad, etc.).

El segundo, que es simple pero muy importante para quienes trabajan en esta área, es que la edad no afecta directamente, por sí misma, el bienestar subjetivo del adulto mayor.

Conclusiones

El análisis bivariado arroja correlaciones significativas entre bienestar sujetivo y depresión (r = -0.634, p = 0.000), apoyo social percibido y bienestar subjetivo (r = 0.665, p = 0.000) y bienestar subjetivo y salud percibida (r = 0.278, p = 0.001). También aparecen como significativas las correlaciones entre salud percibida y depresión (r = -0.454, p = 0.000), depresión y apoyo social percibido (r = -0.601, p = 0.000) y entre salud percibida y apoyo social percibido (r = 0.305, p = 0.000).

En el análisis de regresión lineal múltiple, el bienestar subjetivo está determinado en un 54.3% por apoyo social percibido, género y por la ausencia de depresión.

Finalmente, se sugiere realizar estudios con indicadores que combinen indicadores como los utilizados en esta investigación, con otros que midan con mayor precisión variables biomédicas.

Notas

Rafael Mella, Unidad de Promoción Social, Programa para el Adulto Mayor, Dirección de Desarrollo Comunitario, Municipalidad de Talcahuano.

Luis González, Carrera Psicología, Facultad de Ciencias Empresariales y del Comportamiento, Universidad San Sebastián.

1 Este artículo fue realizado, en parte, a partir de la Tesis de Grado para optar al título de licenciado en Psicología, "Factores asociados a la salud mental en el adulto mayor", de Rafael Mella, Jorge D'Appolonio, Ivonne Maldonado, Alfredo Fuenzalida y Andrea Díaz, en el año 2000, y complementado posteriormente por análisis realizados por los autores de la presente investigación. Esta no habría sido posible sin la ilimitada colaboración de la Ilustre Municipalidad de Talcahuano, a través de su Dirección de Salud y de nuestro asesor metodológico, el profesor Roberto Melipillán a quién debemos nuestros sinceros agradecimientos.

2 La O.M.S define al adulto mayor saludable como "aquel individuo cuyo estado de salud se considera no en términos de déficit, sino de mantenimiento de capacidades funcionales" (Isern, 1999, p. 74).

3 La distribución por tramo FONASA permite clasificar a los usuarios del sistema de salud según los ingresos percibidos. Para mayor detalle, consultar la ley 18.469, artículo 29.

4 Con el propósito de maximizar la claridad en la exposición, los puntajes arrojados por la escala de depresión fueron recodificados de tal forma de que un puntaje más alto en la escala de depresión indique mayor depresión. Originalmente, un mayor puntaje significaba menor depresión.

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Correspondencia a: La correspondencia relacionada con el presente artículo debe ser dirigida a los autores a la Unidad de Promoción Social, Programa para el Adulto Mayor, Dirección de Desarrollo Comunitario, Municipalidad de Talcahuano, en Aníbal Pinto 68,Talcahuano. Fono: 546060, anexo 327. E-mail: lugobra@hotmail.com o a la Universidad San Sebastián, Cruz 1577, Cuarto Piso, Concepción. Fono: 400174. E-mail: lgonzale@uss.cl