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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.38 Osorno jul. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012014000100009 

 

ARTÍCULO

 

TRADICIÓN Y NOVEDAD EN EL LÉXICO DEL LITORAL (BÍO-BÍO Y LA ARAUCANÍA)1

Lexical Tradition and Novelty in a Coastal Area (Bío-Bío) and Araucania Regions

 

Constantino Contreras Oyarzún

Mario Bernales Lillo

Universidad de La Frontera, Departamento de Lenguas, Literatura y Comunicación, Temuco, Chile.

Dirección para correspondencia


Resumen

Este artículo contiene los resultados de una investigación dialectológica desarrollada en un área costera del sur de Chile (las regiones del Bío-Bío y La Araucanía). El análisis permite observar una mayor estabilidad del léxico tradicional de raíz hispana referente a embarcaciones y navegación. Más innovaciones y variaciones geográficas se observan en el léxico de la pesca, debido a los cambios ocurridos en ese ámbito referencial en las últimas décadas. El estudio verifica también unos pocos indigenismos procedentes del mapudungun, lengua que en esta área ha perdido bastante vitalidad.

Palabras clave: Léxico Tradicional, Variación Geográfica o Dialectal, Innovación Léxica, Indigenismo.


Abstract

This paper presents the conclusions of a dialectological research developed in a coastal area in the south of Chile (Bío-Bío and Araucania Regions). The analysis of the material shows remarkable traditional lexical stability derived from Hispanic roots related to navigation and small fishing vessels. More changes and geographical variations are observed with respect to the fishing terminology as a result of the changes in that referential domain during the last decades. Some indigenous terms from Mapudungun, language that has lost much vitality in this area of the country, are also recognized in this study.

Key words: Traditional terminology, Geographical or Dialectological variation, Lexical innovation, Indigenous terminology.


1. INTRODUCCIÓN

El tema de este artículo forma parte del proyecto de investigación titulado “Habla y textualidad oral en un espacio geográfico de contactos interlingüísticos e interculturales (área costera de las Regiones del Bío-Bío y de La Araucanía)”, llevado adelante con el respaldo académico y financiero de la Dirección de Investigación de la Universidad de La Frontera. En lo específico, este trabajo aborda el estudio del léxico relativo a embarcaciones de pesca y las especies marinas de la fauna y de la flora. Su objetivo central es describir cómo está organizado dicho léxico, que funcionalmente está vinculado a ámbitos y actividades vitales propias del litoral, espacio en que las comunidades que lo habitan desarrollan una economía de subsistencia. Interesa conocer también cómo han obrado en este léxico las dos fuerzas propias de los hechos socio-culturales: la conservación y la innovación; en otras palabras, qué señales han dejado en él la tradición y los cambios.

Valga decir que con respecto al territorio elegido no se registran estudios previos sobre el tema en cuestión. Solo hay constancia de estudios similares realizados hace ya varias décadas en otros espacios del litoral chileno, de más al sur o de más al norte, algunos ejemplos son: el de Contreras (1966), de Cautín a Chiloé; el de Arancibia (1967), de Valparaíso; el de Ruggeri (1974), que es un extenso cuestionario para ser aplicado a pescadores de la Península de Tumbes; y el de Muñoz (1978), que lo aplica, y analiza parte de sus resultados en un estudio léxico-etnográfico de las embarcaciones y la pesca en dicha península.

La metodología empleada para abordar el objeto de estudio señalado en este trabajo tiene su base en la geografía lingüística que, como se sabe, está destinada a verificar fundamentalmente las variaciones dialectales o diatópicas de una lengua hablada en un territorio determinado. En este caso particular el territorio elegido es relativamente pequeño, pero, por lo mismo, se ha podido registrar el léxico vivo con bastante detención en cada una de las localidades visitadas, las del borde costero de la provincia de Arauco, en la región del Bío-Bío: Tubul (incluyendo Caleta Llico) y Caleta Lavapié (en el norte, o sea, golfo de Arauco), el puerto de Lebu (hacia el centro occidental) y Quidico y Tirúa (en el sur); más las de la provincia de Cautín, en la región de La Araucanía: Nehuentúe y Puerto Saavedra (vid. Mapa anexo).

Instrumento imprescindible de esta metodología es el cuestionario. El utilizado, en este caso, para el léxico marítimo tiene una extensión de 105 ítemes y está basado en varios trabajos precedentes, como el de Araya (1968), el de Ruggeri (1974) y el de Wagner (2004).

Las hipótesis de trabajo tienen que ver con la necesidad de verificar si este léxico, esencialmente conservador, ha admitido innovaciones, en la medida en que en las últimas décadas se han modificado algunas técnicas de construcción de embarcaciones y de navegación y se han introducido también nuevos materiales y nuevas técnicas en los trabajos pesqueros. Se espera que en un puerto con mayor desarrollo e historia, como es Lebu (Pizarro, 1994), el léxico del mar presente mayor proporción de innovaciones que en los otros lugares. Igualmente, la presencia de algunos indigenismos puede indicar variaciones diatópicas, aunque se espera encontrar muy pocos, porque la población autóctona calificada como lafkenche(gente de la costa) o fue desplazada por la llamada “Pacificación de La Araucanía” o no había desarrollado una cultura marítima muy relevante.

2. LÉXICO MÁS ESTRUCTURADO Y ESTABLE

Importante observación es la que pone en primer plano la mantención de un conjunto de términos que la lengua ha consagrado como especializados en torno a las embarcaciones y, en parte, a la navegación, por su reiterado uso tanto por los técnicos en construcción naval como por los maestros formados en la práctica tradicional de la carpintería de ribera y, asimismo, por pescadores y marineros, o sea, por los hombres de mar. Voces como casco, quilla, verduguete, castillo, cabina, banco o banca(d)a, timón, ancla, remo, chumacera (variante chumancera, en Tirúa y en Nehuentúe), tolete, bita, calafatear [kalafatjár], etc., son familiares a todos los que laboran en actividades relacionadas con el mar. En general, este léxico es bastante estable. Particularmente interesantes son algunas distinciones léxicas también generalizadas y establecidas como inequívocas oposiciones, en cuanto contienen significados opuestos: proa “parte delantera de una embarcación” / popa “parte trasera de una embarcación” y correlativamente el “madero grueso, curvo e inclinado que va unido a la parte delantera de la quilla para dar firmeza a la proa” es la roda / y el “madero grueso y vertical que va unido a la parte trasera de la quilla para dar consistencia a la popa” es el codaste; en Tubul se ha registrado la variante fónica reforzada codastre [kodáhtre]. También correlativamente, es común que se establezca el contraste entre contrarroda y contracodaste, términos que se refieren a las piezas que sirven de refuerzo interior a la roda y al codaste, respectivamente. En este mismo ítem, el informante de Tubul entrega una innovación al usar metafóricamente la denominación zapato con referencia al “contracodaste”. “La oposición de significado ––sostienen varios especialistas–– es una relación semántica muy frecuente en los léxicos de las lenguas humanas y aparece en diferentes variedades” (Radford, 2000:281). Otra distinción importante es la que se establece en el sentido de la verticalidad del casco de una embarcación: la línea de flotación marca la frontera entre la “parte del casco que va bajo el agua” y la “parte del casco que va sobre el agua”: la primera se llama calado y la segunda obra muerta. Un informante de Tubul, de oficio carpintero de ribera, emplea una variante menos técnica en la que han intervenido seguramente la semejanza fónica y la analogía. Él ha reemplazado la oposición técnica obra viva / obra muerta por otra que le ha parecido tal vez más familiar: ola viva “parte del casco que va bajo el agua”, o sea, el fondo / ola muerta “parte del casco que va sobre el agua”. Y agrega que algunas embarcaciones, sobre todo las de mayor tamaño, que constan de cubierta, tienen sobre su borda una baranda. Es común reconocer la palabra específica borda con referencia al “borde de una embarcación”. Y como equivalente a baranda se ha registrado en Quidico la voz pasamanos, aunque el diccionario la defina como “listón sobre las barandillas” (RAE, 2001:1691).

Como es fácil advertir, las distinciones léxicas no siempre son binarias y las hay también de tres o más términos. Las dimensiones de una embarcación, o sea, su “largo”, su “ancho” y su “alto”, son llamadas eslora / manga / y puntal, respectivamente. Y estos son términos especializados en cuanto se circunscriben a las dimensiones de las embarcaciones y no son aplicables a ningún otro referente. Distinciones como las señaladas están revelando que al menos una parte de este léxico está estructurado basándose en el significado, aunque seguramente en proporción mayoritaria está articulado por su relación directa con las cosas, o sea, con el plano extraverbal o referencial, como sucede con amplias zonas de toda terminología (Coseriu, 1977:95-107). En lo pertinente a las clases de popa, por ejemplo, en Tubul se mencionan básicamente tres formas léxicas que tienen carácter terminológico: popa de espejo / popa redonda / y popa en ve [pópa em bé]. Se entiende que la primera es una denominación de base metafórica, ya que se funda en la semejanza con el objeto espejo y es tradicionalmente usada en marinería. Así, la Real Academia Española consigna espejo de popa con el sentido de “fachada que presenta la popa desde la bovedilla hasta el coronamiento” (RAE, 2001:977). La denominación popa redonda alude a la que presenta forma redondeada, o mejor, semicircular, en perspectiva aérea, y parece más reciente. Al mismo tiempo, se percibe como una mención innovadora en cuanto el nombre tradicional equivalente (popa de gambota) no se emplea. Por su parte, la denominación popa en ve es igualmente innovadora y se basa en la semejanza de esa parte de la embarcación (forma angular) con la forma de la letra uve (V), que popularmente en Chile es llamada ve corta.

El mismo informante de Tubul, ya aludido, da señales de que no es imposible que convivan denominaciones nuevas con denominaciones de viejo cuño. Por ejemplo, emplea la antigua voz alefriz (aunque pronunciada sin la consonante final [alefrí]), de ascendencia hispano-árabe, que se refiere a la “ranura hecha tanto a los lados de la quilla para encajar los cantos de los tablones de base, como a los lados de la roda para encajar las cabezas de los tablones que conforman el casco” (RAE, 2001:99). Esta misma voz, en su forma plena, ha sido señalada por un informante de Lebu. Otra voz de larga tradición es imbornal (del cat. embornal), que se refiere a “cada uno de los agujeros ubicados en los costados de una embarcación para que se escurra el agua acumulada en la cubierta” (RAE, 2001:1251). Pero esta voz aparece registrada en su forma plena y plural imbornales solo en Lebu; en los demás puntos aparecen variantes diatópicas: así, en Tirúa se usa la variante fónica, con aféresis, bornales; en Quidico aparece la innovación léxica botamar; y en Caleta Lavapié el informante asegura que el nombre que corresponde es cuadernas. Este término acusa un desplazamiento, pues las cuadernas son esencialmente los “maderos curvos que constituyen la armazón de una embarcación”. Con este sentido aparece usado en todos los lugares, aunque hay algunas diferencias. Por ejemplo, en Lebu el término cuadernas se refiere únicamente a “piezas curvas de hierro que forman la armazón de las embarcaciones mayores”; las “piezas curvas de madera que forman la armazón de las embarcaciones menores” reciben el nombre de ligazones o simplemente curvas, como en Nehuentúe. Si, sobre todo en Lebu, la distinción señalada parece importante, en Tirúa los términos cuaderna y curva se usan como equivalentes, o sea, como sinónimos. En la vecina caleta de Quidico, en cambio, se hace otra distinción: las curvas o costillas (que es el otro nombre que aquí reciben) son dobladas a vapor y se utilizan solo para botes; a diferencia de estas, las cuadernas son de curvatura natural y se utilizan solo para embarcaciones grandes. En Tubul se dice que ambos términos son equivalentes, pero que curva es término más popular entre los pescadores de esta caleta y que cuaderna es voz usada preferentemente por los marinos, entendiendo que estos son los tripulantes de naves mayores. En todo caso, los constructores de embarcaciones o carpinteros de ribera tienen que dar forma definitiva a la curvatura de cada una de esas piezas mediante su ajuste a cada plantilla previamente diseñada, cuyo nombre técnico es escantillón. Por eso, en Nehuentúe se menciona el cantillón [kantiyón] de los botes, nombre con pérdida de la primera sílaba (o aféresis), hecho no extraño en palabras poco comunes o que pasan de un campo muy especializado a personas que tienen solo un conocimiento práctico.

La pieza que va sobre la quilla para dar forma y reforzar la cuaderna, en ninguna localidad es llamada varenga, que es el nombre técnico; en cambio, se ha registrado el término planero, derivado de plano, obedeciendo al lugar que ocupa el objeto dentro de la armazón total. Cuando esta pieza sirve de refuerzo a las cuadernas delanteras requiere una curvatura bastante pronunciada, similar a una cornamenta. Ello explica por qué en Tubul y en Quidico se le llame algo jocosamente chivato, mediante un juego metafórico-metonímico. En los botes, los tablones dispuestos de lado a lado para que sirvan de asiento a los remeros son las bancadas; en cambio, en las embarcaciones de mayor eslora, las piezas similares de madera o de hierro tienen otra función: la de servir de soporte a la cubierta y su nombre también es otro: se llaman baos, voz que pasó del francés bau al castellano (RAE, 2001:284). Tal vez por inseguridad, un informante de Puerto Saavedra sostuvo que los baos son “palos que sujetan el fondo de una embarcación”. En cambio, el mismo sujeto es más preciso cuando menciona otras piezas de las embarcaciones menores que conoce bien: trancaniles, que son maderos dispuestos a ambos costados internos de la embarcación y que sirven para afirmar las bancadas (RAE, 2001:2209), trancanil, de origen incierto; la regala, que es el tablón que cubre las cabezas de las cuadernas y conforma la borda, el nombre regala viene del catalán (RAE, 2001:1927); y el verduguete, que es una cinta de madera que refuerza la parte superior externa del casco, cercana a la borda, y que sirve de defensa para choques (Academia Chilena de la Lengua, 1978:244). Este nombre es seguramente un derivado de verdugo, en su acepción de “renuevo o vástago del árbol”.

La distinción embarcaciones mayores / embarcaciones menores, según los informantes entrevistados, se basa en los metros de eslora de cada una de ellas y en la utilización funcional de las mismas. Así, una embarcación será menor si tiene menos de 12 metros de eslora y sirve fundamentalmente para la pesca artesanal; una embarcación será mayor si tiene más de 12 metros de eslora y sirve para la pesca industrial o para largos recorridos de cabotaje. La información recogida en Tubul difiere de estos datos, pues ahí se estima que el límite entre ambas clases de embarcaciones está en los 18 metros de eslora. Algunos nombres de determinadas partes de una embarcación se acomodan a esta distinción básica. Así, por ejemplo, el lugar donde los marinos pueden descansar es un camarote cuando se trata de una embarcación mayor; en cambio, es un cuchete cuando se trata de una embarcación menor. Esta distinción fue recogida en Quidico. El nombre cuchete es variante de la voz consagrada cucheta, que ha sido definida como “litera de los barcos, ferrocarriles, etc.” (RAE, 2001:703). En Puerto Saavedra se dice que tienen cuchete solo las lanchas que pescan y navegan en alta mar.

Algunos términos ofrecen curiosas novedades. Así sucede, por ejemplo, con sentina. Esta voz no es aplicable a las embarcaciones con motor fuera de borda; sólo las embarcaciones con motor interno tienen esta “cavidad ubicada sobre la quilla, donde se reúnen las aguas sucias y restos de aceite y combustible”. A propósito de la denominación tradicional sentina, se han registrado algunas variantes, como bomba sentina (en Quidico), sertina (en Tubul) y aceitina (en Lebu). En esta última encontramos un caso típico de etimología popular, pues el hablante ha establecido una relación de significante y significado entre dos palabras de etimologías muy distintas: sentina, que ya en su origen latino significaba “sentina de nave”, “poso, desecho” (Corominas, 1990:531) y aceite, que es de origen árabe. También se dice que es aplicable a las embarcaciones de motor interno y, en general, a embarcaciones grandes algunas partes características, como el puente, donde va el capitán y timonel de la embarcación, la sala de máquinas, la bodega para la carga, la cocina-comedor, el baño y la bodega de proa, para materiales, denominada también racel (en Tubul), nombre que se debe seguramente a su ubicación, pues racel es un término más especializado que primariamente alude a “cada una de las partes de los extremos de popa y de proa en las cuales se estrecha el fondo del casco” (RAE, 2001:1888).

Las clases de embarcaciones y los materiales usados en su construcción presentan un léxico bastante estable, pero no rígido, pues las formas tradicionales siempre han dado paso a algunas formas nuevas. Las embarcaciones más mencionadas, de menor a mayor son: el bote a remo, el bote a vela y el chalupón a vela (prácticamente hoy en desuso), el bote a motor fuera borda, el chalupón a motor, la lancha pesquera y el barco pesquero. En Quidico se menciona, además, el bote plano, con un mínimo de quilla y fondo recto y no curvo, especialmente apto para ríos, y el bote semiquilla, que se desplaza por medio de motor y lleva una vela como auxiliar. En Tubul se menciona la panga, pequeña embarcación utilizada como auxiliar para calar las redes. El nombre, usado en varios países hispanoamericanos como equivalente a “chalana” (Morínigo, 1966:453), al parecer se ha difundido desde Filipinas. Un informante de Lebu menciona otras embarcaciones que dejaron de circular en el río y puerto de este nombre hace ya unas tres o cuatro décadas, a raíz de la crisis de la actividad minera del carbón: la chata velera, que era una embarcación de fondo plano, apta para navegar por aguas poco profundas, y el falucho, que aquí no tenía vela y que tirado por un remolcador servía para trasladar carbón desde el muelle de carga hasta los grandes barcos mercantes.

Los materiales usados para las embarcaciones pesqueras son básicamente la madera y la fibra de vidrio. Los carpinteros de ribera en toda el área mantienen vivo su oficio y la cultura de la madera siempre es defendida por ellos. Las maderas más utilizadas son: el ciprés (muy resistente al mar), el aromo y el euca [éuka], forma abreviada de eucalipto, registrada en las caletas del golfo de Arauco. Las embarcaciones de fibra de vidrio, normalmente abiertas y con motor fuera de borda, son traídas de puertos de otras regiones. Alguna vez llegaron también a estas costas expertos carpinteros de ribera procedentes de otros puntos del país, como San Vicente, San Antonio o Calbuco. Y el oficio se fue consolidando, como se consolidaron en el pasado en todos los puertos y caletas del país las técnicas de navegación.

3. LÉXICO MENOS VITAL Y CAMBIOS

Es necesario recordar que la navegación a vela cumplió una importante función durante varios siglos en nuestro mar, especialmente en el rubro de la pesca artesanal. Ahora el uso de velas es algo esporádico. En la caleta Lavapié hemos encontrado el último bote velero de la región y en Quidico, velas auxiliares en botes de fibra de vidrio con motor fuera de borda. De todas maneras, permanece gran parte del léxico tradicional que en sus tiempos más vitales estuvo también abierto a algunas innovaciones. El léxico de la vida náutica es un legado cuyas raíces fundamentales están en la cultura de los primeros navegantes hispanos venidos a América. Ilustrativos son los pasajes de una carta del madrileño Eugenio de Salazar escrita en el siglo XVI, en la que comenta los términos náuticos que escuchaba en sus travesías y que le parecían constituir un idioma diferente (Alonso, 1961:52-55). Por eso, no es extraño que todo hombre de mar ––marinero o pescador–– conozca, por ejemplo, la oposición léxica babor / estribor, estructura distintiva que significa “lado izquierdo de una embarcación”/ “lado derecho de una embarcación”, en orientación de popa a proa de la nave, independientemente de la orientación de las personas. Pero es difícil que los más jóvenes estén al tanto de esta distinción.

Los informantes, cuyas edades se ubican entre los 45 y 70 años, se muestran muy enterados de los nombres relativos a las velas y cables que constituyen el aparejo de una embarcación. Distinguen los cables fijos, que son básicamente los dos que sostienen el mástil en sentido lateral, más un tercero que lo sostiene por delante y que va unido a la parte superior de la roda. Cada uno de estos cables es un estay; y el conjunto, naturalmente son los estayes. En Quidico se dan dos nombres como equivalentes: estayes y tirantes; y en la Caleta Lavapié al “estay de proa” se le llama simplemente grisa (variante de driza) y los “estayes laterales” son llamados burdas, término más técnico, pues proviene de la terminología aplicada a los grandes veleros. En efecto, el Diccionario de la Real Academia Española define burda como “brandal de los masteleros de juanete” (RAE, 2001:366). Según dicen los informantes de Quidico, los hablantes menos entendidos en asuntos marineros simplemente a los “estayes” les llaman tirantes. Los cables o cuerdas móviles y que sirven para izar y arriar las velas —como se sabe— son las drizas, pero este nombre es pronunciado regularmente con velarización de la consonante inicial: [grísah]. Estas cuerdas no han de confundirse con la que sirve para regular la presión del viento en las velas. Tradicionalmente esta cuerda se conoce con el nombre de escota y esta es la denominación que han conocido los pescadores de esta área geográfica. Los mayores recuerdan muy bien las dos maniobras básicas de la navegación a vela: soltar la escota / cazar la escota.

Respecto de las clases de velas, la oposición conceptual “vela mayor” / “vela menor” se realiza simplemente mediante los términos vela / foque. Ahora bien, se mencionan dos clases de “vela mayor”: la vela cuadra(d)a o vela cuadra (en Lebu), llamada también pandorga (en Lebu y caleta Lavapié) / y la vela de cuchillo o de cuchilla (en Quidico), llamada así por la forma puntiaguda de su ángulo superior. La denominación pandorga no pasa de ser una simple metáfora, pues en nuestra lengua una de sus acepciones es “vientre, barriga, panza” (RAE, 2001:1664). Relativas al velamen son también las voces relinga, garruchos y motón o roldana (variante rondana, en Lebu y Quidico), todas muy comunes en marinería (Contreras, 1966). Comunes son también los nombres dados a los dos maderos que sostienen una vela: el madero inferior es llamado de modo general botavara; y el superior, que en marinería se llama cangrejo (RAE, 2001:425), es denominado palo de pique, en Lebu; y en los demás puntos, gafe. La utilización de la voz gafe para este objeto obedece seguramente a una relación metafórica con la palabra gafo, cuyo significado es “que tiene encorvados y sin movimiento los dedos de manos y pies” (RAE, 2001:1105).

Menos común es la voz calinga [kalínga] señalada por un informante, carpintero de ribera de caleta Lavapié, quien demuestra que conoce muy bien su oficio. Según él, este nombre se refiere al “hueco hecho sobre la quilla para que encaje la base del mástil o árbol de una embarcación”. No hay duda de que se trata de una variante fónica de carlinga, palabra al parecer de origen nórdico que habría ingresado en el léxico español de la marina a través del francés, según el Diccionario de la Lengua Española, que la define como “hueco, generalmente cuadrado, en que se encaja la mecha de un árbol u otra pieza semejante” (RAE, 2001:456). Ante el desconocimiento de este nombre específico, en Quidico para el mismo concepto solo se emplea un término más general como es mortero.

Actualmente casi toda la pesca practicada en este litoral se realiza en embarcaciones motorizadas: botes con motor fuera de borda, donde priman las marcas Johnson, Suzuki y Yamaha, y embarcaciones de mayor calado, con motores internos también de distintas marcas y mucho más potentes. Las velas van quedando relegadas al pasado y, por consiguiente, el léxico relativo a ellas también; aunque seguramente perdurará, fuera de los límites de este territorio, en los planes instructivos del buque-escuela de la Armada y en los clubes de deportes náuticos. Pero hay un léxico más vital entre los pescadores, un léxico constituido tanto por los nombres básicos relativos a embarcaciones y a la vida marítima, en general, como por palabras nuevas, traídas de fuera o creadas localmente, y que remiten principalmente a algunos materiales y a ciertas prácticas de pesca y también a algunos instrumentos de navegación.

Los vientos que enfrenta constantemente el hombre de mar, según los informantes, son: norte, sur, noroeste, pronunciado [norgwéste], suroeste, pronunciado [surgwéste], travesía (viento del oeste) y puelche (viento helado del este). En Tubul se agrega el noreste [nordéste] y el sudeste. En la forma weste encontramos la influencia del inglés west, introducido seguramente por la brújula y otros instrumentos de navegación. Y en el conjunto de nombres de los vientos encontramos también un indigenismo: la voz puelche, que procede del mapudungun (Academia Chilena de la Lengua, 1978:188). El viento de sur muy fuerte es llamado en Nehuentúe la surá, reducción de la surada, por apócope o pérdida de la sílaba final. Un viento que sopla a intervalos y en forma repentina, o sea por “ráfagas”, es calificado de distintas formas: viento en remolinos (en Lebu), viento que sopla por rachas (en Tirúa), viento huracana(d)o (en Nehuentúe), viento enarracha(d)o (en Quidico), esta última, forma creada por parasíntesis sobre la base del lexema racha. La oposición “mar agitado” / “mar en calma” presenta distintas realizaciones: mar brava / calma, en Lebu y Tubul; braveza / está calmado [ta kalmáo], en Quidico y Tirúa; mar rizada / mansedumbre, en Puerto Saavedra. Otras expresiones registradas para “mar agitado” son: mar gruesa y mar riza(d)a (en Tirúa) y timbirimba (en caleta Lavapié), tal vez por la inestabilidad física que produce su impacto, similar a la incertidumbre del juego de azar así llamado. Para “mar en calma” también se han registrado otras expresiones: (es)tá bota(d)a la mar, (es)tá llana (en Tirúa); (es)tá mansito, (es)tá muerto, (es)tá taza de leche (en Quidico). El “golpe de mar” que recibe una embarcación es referido con varias expresiones. Es solo golpe de mar en Lebu; en los demás puntos se han registrado distintas variantes, como tumbo en Quidico, challazo en Tirúa y chancacazo en Puerto Saavedra. Si tumbo es palabra castellana, challazo parece tener relación con el verbo challar, de procedencia quechua, que significa “rociar el suelo con licor en homenaje a la madre tierra o Pachamama” (RAE, 2001:514); y chancacazo, con el verbo, igualmente quechua, chancay “moler, triturar” (Morínigo, 1966:174). En estos últimos casos la raíz indígena se ha integrado plenamente con el sufijo castellano -azo, que es muy popular en todo el país como ponderador de tamaño o calidad (Oroz, 1966:286). Para el concepto “golpe de mar” también se suelen emplear denominaciones metafóricas de referencia animal, como chancho (en Tubul) o cabrito y toro en Quidico, en las cuales el rasgo semejante implícito debe ser la fuerza del impacto de la ola comparada con la fuerza de una embestida bestial. Según opinión de un informante de esta última localidad, tales expresiones ya no son tan frecuentes como hace unas décadas.

El mismo hablante, que revela tener bastante conciencia de las variaciones en sentido temporal, las tiene también en la dimensión espacial, pues señala, a modo de ejemplo, que, por lo que conoce, en San Antonio (puerto de la Región de Valparaíso) al “golpe de mar” se le llama quintal de harina. Aquí la relación es claramente metafórica en la que los rasgos sémicos comunes son la fuerza del peso y el color blanco. En Quidico se menciona aun otro nombre para el concepto “golpe de mar”: el término cordonazo [kordonáso], que sugiere que es como un gran “golpe dado con un cordón”, lo cual no es ajeno al código náutico, pues entre marinos el cordonazo de San Francisco, por ejemplo, alude a una determinada borrasca que suele sobrevenir en la temporada otoñal.

No es extraño encontrar entre los informantes otros casos de conocedores de variaciones diatópicas e incluso diacrónicas. Así, el informante principal de Nehuentúe revela que posee clara conciencia de ciertas diferencias diatópicas del léxico al señalar, por ejemplo, que el término bayona, referente a una “clase de remo conformado por un solo madero” (y no por dos), lo ha escuchado solo entre pescadores chilotes. De modo similar, el informante básico de Puerto Saavedra opina que la forma de conducir un bote mediante un solo remo accionado desde la popa no es práctica común entre los pescadores de este lugar y que, en cambio, es algo que se puede observar en Chiloé, donde se conoce con el nombre de singar. Por su parte, el informante más avezado de caleta Lavapié señala que los botes veleros, que abundaban en el pasado en las costas de Arauco, Cautín y Valdivia eran generalmente embarcaciones de fondo plano que, cuando salían a la mar, tenían que utilizar necesariamente la machina, artilugio consistente de una plancha rectangular de hierro que, dentro de una estructura encajonada, traspasaba el fondo de la embarcación para funcionar como una quilla. Al caer en desuso los botes planos veleros, obviamente la voz machina, aunque en castellano común, que la tomó del francés machine, se mantenga con otras acepciones (RAE, 2001:1410), como término náutico de esta área geográfica ha quedado desplazado y solo algunos pescadores lo recuerdan.

4. LÉXICO MÁS VITAL E INNOVADOR

Las “provisiones que lleva el pescador para alimentarse cuando sale a sus faenas” reciben el nombre común víveres, en Tubul, Lebu y Tirúa. En este último lugar tal nombre alterna con pulpería, voz proveniente con seguridad del ámbito minero, donde es particularmente conocida con el sentido de “almacén de provisiones”. En Quidico consta que para tal concepto se emplea la palabra rokin, de origen mapuche; asimismo se dice que es frecuente usar la palabra mange, pronunciada [mánye] o [mánchi]. Es posible pensar que esta voz haya llegado desde la vecina colonia italiana de Capitán Pastene, donde seguramente se ha empleado el verbo mangiare “comer”. Elemento complementario de las provisiones del pescador suele ser el “litro de vino en envase de cartón”, al que jocosa y metafóricamente llaman un queso (Tubul).

Otro ítem que ofrece variedad de respuestas es el relativo a las clases de anclas utilizadas para las barcas y para las redes. Para las barcas se señalan dos clases: el ancla común y el ancla de patente, caracterizada por sus puntas móviles. Esta última denominación tal vez se deba a la calidad de objeto patentado por la industria como garantía de seguridad para embarcaciones mayores. Al ancla se le suele llamar también anclote, independientemente de su tamaño; y en Lebu se dice que un ancla muy grande puede ser llamada anclote torpedo, tal vez por semejanza de la palabra torpedo con arpeo, voz de marinería referente a un “instrumento de hierro con unos garfios que sirven para rastrear, o para aferrarse dos embarcaciones” (RAE, 2001:208). Según un informante de la caleta Lavapié, los barcos de la Armada usan anclotes de patente. Este mismo hablante distingue en un ancla cuatro partes inconfundibles: uña, tiro o larguero, cepo y argolla. Las partes que distinguen los pescadores de Quidico acusan leves diferencias: uña, largo o larguero, travesaño y argolla. En Tirúa se distinguen sólo tres partes: uña, cuerpo y mapa (el cepo). Si se establece un paralelo con los nombres de las partes del ancla señalados por la lexicografía —uña, brazo, cruz, caña, cepo y arganeo—, se pueden establecer las afinidades y diferencias. No aparecen nombres para el “brazo” ni para la “cruz”, la “caña” recibe el nombre de larguero u otros nombres afines, el “cepo” es denominado así, cepo, pero también travesaño o mapa; y el “arganeo” es mencionado generalmente como argolla, nombre más general; la excepción es un informante de Puerto Saavedra, quien utiliza el nombre específico arganeo, aunque con modificación fónica inicial, organeo, tal vez por asociación con la voz órgano. De todos modos, el término arganeo es interesante como palabra que el castellano tomó del francés arganeau y que implica el concepto de “ancla”, pues significa inequívocamente “argolla de hierro en el extremo superior del ancla” (Corominas, 1990:61).

Para fijar redes y espineles se suelen usar las arañas o anclas de araña, llamadas así porque tienen cuatro brazos dispuestos en cruz y uñas semejantes a las patas de un arácnido. Nadie utiliza el nombre rezón, que es el tradicional hispano para esta clase de anclas.

La acción de “anclar una barca por la proa y por la popa para evitar que sea arrastrada hacia la playa”, es llamada simplemente fondear [fondjár], pero varios informantes señalan también un término más específico: el verbo cuadrar, o expresiones más concretas que tienen que ver con este verbo, tales como: (es)tá cuadra(d)a, se cuadraba, anclar con cuaderas, etc. Lo que se ha producido aquí es la utilización de formas más familiares que tienen semejanza fónica con el término de marinería acoderar, que el diccionario define como “presentar en determinada dirección el costado de un buque fondeado, valiéndose de coderas” (RAE, 2001:31). Y las coderas —o cuaderas para los informantes— son los cabos gruesos utilizados en dicha operación.

Para levantar cargas pesadas las barcas pesqueras suelen utilizar un sencillo mecanismo integrado por un cabo o cordel deslizable por una roldana o “ruedecilla” suspendida de un madero ajustado al mástil. Es lo que algunos hombres de mar llaman pluma, pero la voz pluma remite aquí al referente “grúa” aun cuando su sentido primario es “mástil de una grúa” (RAE, 2001:1787). Quiere decir que el desplazamiento de este nombre es un caso típico de metonimia. Con respecto a las embarcaciones mayores, se dice que éstas utilizan mecanismos más complejos. Por ejemplo, en Tubul y Quidico los pescadores se refieren a un mecanismo llamado cheire, accionado por motor, y a otro, movido por fuerza hidráulica, al que nombran power. Si esta última voz es claramente un anglicismo, la procedencia de la anterior no es segura, aunque es muy probable que se trate también de un anglicismo, relativo tal vez a la marca de fábrica del objeto.

Las redes —o reses (en Tirúa) han sufrido algunos cambios y, en consecuencia, los nombres también. Antes el tejido de sus mallas era generalmente de cáñamo; ahora es de nailon [náilo], fibra sintética más liviana, pero más difícil de desenredar. Los plomos no han cambiado, pero sí las boyas, llamadas también flotadores, pues antes eran de corcho y ahora son boyas de fibra o de aluminio. El “arte de pesca formado por tres redes, de las cuales la central es más tupida” ha recibido tradicionalmente el nombre de trasmallo. Pero ninguno de los informantes ha empleado este término en sus respuestas. Las variantes registradas son: red de tres paños (en Lebu) y red de tres telas (también en Lebu y, en general, en los otros sitios pesqueros del área del Bío-Bío). En Nehuentúe (área de La Araucanía) se ha registrado la variante léxica troliwán, posiblemente de un anglicismo que habría que explicar de la siguiente manera: a) de toils in one, expresión que encierra la idea de “varias redes en una”; o b) de troll “pescar desde un bote en movimiento, arrastrando el anzuelo”, trolling “modo de pescar arrastrando el sedal y anzuelo casi a flor de agua desde un bote en movimiento” (Cuyás, 1972:624); pero la terminación -wan de esta voz no queda suficientemente esclarecida.

A la práctica de calar varias redes ––hasta diez–– en hilera, se le llama formar una hila(d)a. La forma embolsada que adopta la red cuando se recoge recibe el nombre de copo, término que no es nuevo, pues la lexicografía lo registra con el significado de “bolsa o saco de red con que terminan varias artes de pesca” (RAE, 2001:651). En cambio, sí es una innovación llamarle bolo a un “cardumen” y, por extensión y metáfora, a un “grupo de amigos” (según información recogida en Tubul).

En cuanto a la pesca con espinel, esta es una técnica que se emplea en la actualidad particularmente para la captura de reineta y bacalao. No recibe otras denominaciones, salvo que algunos pescadores omiten la primera sílaba del nombre: (es)pinel, según información registrada en Quidico. Como en el caso de las redes, también aquí los materiales han variado un poco. Por ejemplo, las cuerdecillas que conectan los anzuelos con la cuerda mayor han sido y son los reinales, pero su material que era el cáñamo ha sido sustituido por el nailon [náilo]. Un espinel de tamaño regular, de los usados en Lebu para la pesca de reinetas, puede llegar a tener unos cuatrocientos o quinientos anzuelos. Los informantes de Quidico cuentan que un espinel es calado generalmente a medio flote y que como señal se deja visible un flotador o boyante, que algunos pescadores llaman yoyó, por su forma redondeada y su color vistoso que lo hace semejante al objeto lúdico así denominado y que fue difundido internacionalmente, al parecer, desde la China (RAE, 2001:2330). Entre las boyas de material sintético es posible encontrar incluso algunas de plumavit. Este nombre se ha popularizado en el medio nacional seguramente por su promoción comercial, ya que como producto industrial corresponde al “poliestireno expandido”.

Otra técnica de pesca, mucho más sencilla, es la pesca con lienza y anzuelo, llamada también pesca a la soga (expresión registrada en Tubul). De este modo de pescar se conocen cuatro variedades: a) a pique, al pinche (en Tirúa y en Puerto Saavedra) o fondeado [fondjáo], apropiada para capturar principalmente congrio colorado, pero también corvina y sierra; b) al garete (o sea “a la deriva”), para la pesca de róbalo; c) a la vela o con lienza arrastra(d)a, para capturar corvinas, sierras y jureles; y d) pesca a pulso, que es la practicada desde la playa o desde la orilla de un río, para la carpa y otras especies ribereñas. Cuando el pescador tiene éxito en su faena, los comentarios son: tiene suerte, tiene cueva o tiene más cueva que un pirata (Tubul); y si no tiene éxito, se dice que vuelve en blanco o que es un palomo (Tubul). En general, el “cebo” usado en la pesca con espinel o con lienza es denominado carna(d)a y la clase de carnada depende de la clase de pez que se quiera coger. Así, para la reineta, la mejor será la sardina; para el bacalao o para el congrio, trocitos de jibia o de carne; a otros peces les atrae el chanchito de mar, que es un “dópodo de color plomizo de 1 a 1,5 cm de largo que vive habitualmente debajo de las piedras o de troncos” (Academia Chilena de la Lengua, 1978:87); a otros, la lombriz de tierra, según datos recogidos en Nehuentúe; o el camarón de mar, llamado en Tubul con la variante léxica nape, nombre seguramente mapuche, pues en esa lengua nape es un adjetivo que sirve para destacar la cualidad de “lerdo o perezoso” de un ser (Augusta, 1991:145).

Trabajo algo distinto es el del buzo, quien se dedica especialmente a la extracción de mariscos, actividad que se conoce con el verbo mariscar. Si un buzo se dedica a recolectar una clase determinada de mariscos, su trabajo puede recibir también una denominación más específica. Así, en Puerto Saavedra se ha registrado el verbo chorear, que significa “recoger choros”; y choro es nombre común en Chile de los mitílidos y, por lo tanto, equivalente a “mejillón”; es voz procedente del quechua churu (Buesa, 1965:62). Los implementos del buzo han experimentado en las últimas décadas algunos cambios que han tenido efectos en el léxico. Según se recuerda en Lebu y en la caleta Lavapié, el buzo tradicional vestía traje de caucho (forrado con lana), zapatos con planta de plomo, escafandra o cascoque se ajustaba a una coraza, etc. Y recibía oxígeno transmitido a través de una manguera por los impulsos de una máquina de dos o tres cilindros instalada en un bote. Necesitaba también un cabo de guía y una escala colgada de la borda mediante dos ganchos, compresor de aire (variante con metátesis: compersor, en Nehuentúe), etc. Este tipo de buzo ha sido reemplazado, desde hace unos treinta años, por el buzo rana u hombre rana. Según la información registrada en varios de los lugares visitados, las prendas e implementos que requiere este trabajador son: traje de goma, zapatos de goma con aletas, cinturón, lentes, mascarilla, regulador del aire, llamado también boquilla o pulmón (por metonimia), regulador de boca (en Nehuentúe), etc. Sus herramientas de trabajo son: un gancho metálico para desprender los moluscos que están adheridos a las rocas y una suerte de “malla en forma de cesto o bolsa” para guardarlos. Este objeto recibe el nombre de chinguillo en Lebu y otros lugares vecinos, en tanto que es llamado quiñe [kíñe] en Puerto Saavedra y quiño [kíño] en Quidico. Si el primer nombre es de procedencia mapuche (Academia Chilena de la Lengua, 1978:92), este último (incluyendo su variante) es de origen quechua (Id. 1978:193).

Los pescadores opinan que actualmente su trabajo ha mejorado, pero que siempre seguirá siendo riesgoso, porque está sujeto a las variaciones del tiempo y a las condiciones de comercialización del producto. Las embarcaciones son ahora más seguras y se les exige instrumentos que antes no se conocían. En el puerto de Lebu existe una empresa, la BASEMAR, que tiene un astillero destinado a la construcción y reparación de embarcaciones grandes para la pesca, de doce o más metros de eslora. Y en las caletas visitadas esos trabajos son asumidos por particulares que conocen bien las técnicas para ello. Cualquier pescador tiene que saber también algo de motores y de navegación. Algunos distinguen: motor fuera borda / motor estacionario o fijo (Lebu, Quidico), otros distinguen: motor marino / motor terrestre adaptado (con caja marina) (Caleta Lavapié, Tirúa). Las partes de un motor más mencionadas son: culata, bomba inyectora, bomba de agua, cilindro, pistones y motor de arranque o partida (Lebu), caja de cambio, hélice, pata de la hélice, caña y acelerador, carburadores y bujías (Quidico).

Asimismo, no son ajenos los nombres alusivos a determinados instrumentos de navegación, como los mencionados en Lebu: ecosonda (para medir la profundidad del mar), radar (para detectar objetos y embarcaciones) y navegador satelital (para la orientación en alta mar); o los mencionados en Quidico: compás (el más tradicional) y (el más reciente) navegador o gepeese (GPS), anglicismo correspondiente a “global position system” (o sea, “sistema de posicionamiento global”). También en Tubul se ha mencionado el sistema de ecosonda, para medir la profundidad en que se encuentra un determinado objeto, y el instrumento conocido con el nombre de sonar, con acento agudo [sonár], a pesar de tener acentuación fónica grave en inglés, de donde proviene, y de aparecer con tilde en la primera sílaba en el diccionario académico que ha acogido el término: sónar. También en este diccionario se encuentra explicado su origen: en inglés sonar es un acrónimo de sound navigation and ranging “navegación y localización por sonido” (RAE, 2001:2090).

5. LÉXICO MÁS VARIADO Y CON MÁS INDIGENISMOS

Los nombres de la fauna y de la flora que los informantes han entregado corresponden a las especies más conocidas que forman parte del ambiente natural en que se desarrollan los trabajos del pescador. Algunos de estos nombres también son comunes en otras regiones; otros son más propios del área estudiada. En este litoral, habitado históricamente por población mapuche (lafkenche), hay alguna presencia de nombres procedentes de la lengua vernácula, el mapudungun, como también la hay, aunque mucho más débil, de indigenismos de otro origen. En general, las palabras de procedencia mapuche no abundan tanto como se podría esperar, tratándose de un área de hondas raíces indígenas. Esto se debe seguramente al debilitamiento y desplazamiento que ha sufrido la población nativa por los hispano-chilenos radicados al sur del Bío-Bío como consecuencia del proceso llamado “Pacificación de la Araucanía”, extendido desde fines del siglo XIX (Cerda, 1996). De 133 denominaciones (tanto en forma de palabras simples como de lexías complejas) se pueden identificar 35 de ellas en que hay presencia de voces provenientes del mapudungun (26%), sin tomar en cuenta otras que son de origen quechua. Este indicador permite verificar que la lengua indígena regional deja sentir su mayor influencia léxica en los nombres de especies que por siglos han abundado en las costas y mares del sur y que corresponden a distintos géneros: peces, mariscos, algas, aves y otros animales marinos.2 En los demás campos léxicos estudiados, la influencia del mapudungun ha sido mínima.

Por otra parte, es efectivo que la lengua mapuche perdura de manera muy significativa en la toponimia regional. Sin embargo, en nombres que seguramente son más recientes y que han sido puestos por los mismos pescadores, no es tampoco muy abundante la utilización de términos nativos. Por ejemplo, de 26 nombres de pequeños lugares y accidentes costeros recogidos fundamentalmente en Lebu, solo unos seis o siete pueden tener su fuente en dicha lengua vernácula, lo que representa solo una cuarta parte del conjunto.

Pero la incorporación de indigenismos es solo una parte de la tendencia a la variación innovadora como fuerza que imprime mayor dinamismo al hablar. En este sentido, los hablantes utilizan diversos recursos para vitalizar sus actos de comunicación. Al respecto, se comentarán aquí unos pocos ejemplos, pero bastante ilustrativos. El primer caso es el que se refiere a los nombres de la “apancora”, crustáceo más conocido en Chile con el indigenismo jaiba, del taíno o arawaco de las Antillas (Morínigo, 1966:330). Pues bien, aparece el nombre pancora, sin la a- inicial, y como equivalente el tainismo jaiba. Hasta aquí no hay mayores novedades, pero luego se menciona la jaiba de güío [gwío], porque vive comúnmente bajo el gwiro; este nombre (escrito a veces huiro) se aplica en Chile a varias algas, entre ellas el “sargazo”, y parece de procedencia mapuche (Morínigo, 1966:316) o tal vez quechua (Grau, 1998:159). Luego se menciona la jaiba de río, llamada así también por el medio en que habitualmente vive, y su equivalente nombre mapuche llasca [yáska] (Augusta, 1991:121). Otro nombre es el de jaiba peluda, que atiende a una característica física de una variedad del crustáceo; por su parte, el nombre jaiba reina pone atención en el mayor tamaño de una variedad. Y hay ciertas denominaciones en que ha intervenido la metáfora jocosa basada en la semejanza de algunos rasgos o actitudes observadas en el crustáceo con algunos rasgos o actitudes de determinados seres humanos. Así, se menciona la jaiba remadora, que es una variedad de apancora que tiene las patas delanteras en forma de paletas que le facilitan su desplazamiento en el mar. Además, se menciona la jaiba mormona, llamada así por su hábito de desplazarse en parejas, como los mormones. Por la misma razón, o tal vez por su color verdoso, se habla de la jaiba paco, porque en Chile es popular la voz paco de origen quechua (Grau, 1998:243), para referirse en forma sustantiva al “carabinero”, porque la antigua policía del país usaba poncho de alpaca (o paco).

Otros nombres bastante descriptivos y variados se encuentran particularmente con referencia al alga llamada “luga” (Iridaea laminaroides), puesta de relieve en las últimas décadas por su comercialización para la industria japonesa. Los nombres comunes son luga o luga-luga, que provienen del mapuche lúa “cierta alga comestible del mar” (Augusta, 1991:117). Pero el nombre luga suele determinarse mediante otro sustantivo en aposición o claramente mediante un adjetivo que destaca alguna cualidad relevante de la variedad concreta: luga (a)chicoria, luga ancha o mantel, luga colora(d)a, luga cuchara, luga piedra, luga resbalosa [r’efalósa] y luga verde.

6. CONCLUSIONES

El léxico analizado presenta bastante homogeneidad dentro del territorio estudiado. Contiene pocas variaciones diatópicas. Esto se explica por el contacto que mantienen entre sí los hombres de mar de las distintas localidades visitadas. Muchos de ellos, especialmente los de mayor edad, han recorrido variados sitios de pesca y han entrado en contacto con sus vecinos en determinadas circunstancias.

Especialmente el léxico relativo a embarcaciones ––de fuerte herencia hispana–– se mantiene bastante estable y coherente, en gran medida porque la carpintería de ribera sigue siendo una actividad importante, tanto en lo referente a construcción de naves de pesca como a su reparación. Esto es observable especialmente en Lebu, pero también esa actividad tiene presencia en las caletas del golfo de Arauco, en Tirúa y en Nehuentúe. Asimismo, aunque la navegación a vela es una actividad en retirada, persisten los nombres fundamentales que aún la identifican como práctica que ha dejado huellas de trascendencia en las comunidades del litoral.

Actualmente las embarcaciones de fibra de vidrio pugnan por imponerse, pero la madera sigue teniendo uso preferente, en especial cuando se trata de embarcaciones de mayor capacidad de carga y de desplazamiento. En todo caso, el reemplazo de la vela por los motores marinos y el empleo de nuevos instrumentos de navegación y nuevos materiales de pesca han significado la introducción de algunas novedades léxicas. A diferencia de lo que pensábamos como hipótesis de trabajo, las innovaciones no son más abundantes en Lebu, puerto con mayor historia y tradición en los trabajos del mar. Más innovaciones léxicas hemos encontrado en las pequeñas caletas del golfo de Arauco o en Quidico o Tirúa. Esto tiene que ver seguramente con el mayor o menor conocimiento que se tenga del léxico específico de un determinado rubro o actividad humana. Por eso, cuando hay que nombrar algo y no se conoce bien el léxico específico, se nombra ese referente con otras palabras, comúnmente más familiares, por mediación de curiosas asociaciones de significante o de significado.

Los recursos para las innovaciones léxicas son seguramente los mismos que se utilizan dondequiera que haya necesidad de nombrar los objetos con los cuales se relaciona el ser humano, a menudo lejos del aprendizaje sistemático: a) se modifica algo del significante de una voz no familiar (un sonido, una sílaba), como en gafe en vez de gafo; b) se acorta una palabra demasiado larga, por economía verbal, como en el caso de euca en vez de eucalipto; c) se usa una palabra o expresión común parecida a la palabra o expresión más especializada, como, por ejemplo, ola muerta en vez de obra muerta, o a la sentina llamarle aceitina (caso típico de etimología popular);      d) por semejanza de rasgos referenciales se utiliza una metáfora, como llamarle toro o cabrito a un “golpe de mar”; e) por metonimia, como cuando se le llama corcho a una “boya de corcho”; f) cambio de función gramatical, como es el caso de un adjetivo que pasa a sustantivarse, ej.: llamarle flotador o boyante a una “boya”; g) formación de una palabra mediante los propios recursos lexicogenésicos de la lengua (lexemas, prefijos, sufijos), ej.: de chalupa + el sufijo aumentativo -on > chalupón; h) adopción de un indigenismo, como es el caso de rokin, del mapudungun, para referirse a las “provisiones para un viaje”; i) incorporación de un extranjerismo, ej.: el anglicismo sónar transformado en sonar.

La presencia de indigenismos provenientes de la lengua vernácula, el mapudungun, con la que el castellano ha estado en contacto en el área estudiada, sobre todo a partir de fines del siglo XIX, es escasísima en el léxico relativo a las actividades marítimas. Esto es explicable porque la población mapuche es aquí minoritaria, ya que históricamente fue presionada para desplazarse hacia el sur o hacia el interior de áreas vecinas y, además, porque ha sido minusvalorada. Por otra parte, la población lafkenche nunca desarrolló una actividad pesquera relevante, menos con fines comerciales, de modo que en ese campo poco pudo aportar. Sin embargo, en los nombres de especies marítimas (de la fauna y de la flora) hay una influencia más significativa, aunque no tan abundante como se podría esperar.

 

NOTAS

1 El proyecto ha sido dirigido por el profesor Mario Bernales y desarrollado con la participación de los co-investigadores Constantino Contreras y Luis de la Barra. Una versión resumida del presente trabajo fue expuesta en calidad de ponencia en el XVIII Congreso de la Sociedad Chilena de Lingüística (SOCHIL), celebrado en Santiago (Universidad de Chile), en noviembre de 2009. Asimismo, parte de este trabajo fue presentada en calidad de disertación en la Academia Chilena de la Lengua, en julio de 2010. Los materiales aquí analizados fueron registrados, en su mayor parte, antes del terremoto y maremoto del 27 de febrero de 2010, fenómenos naturales que afectaron profundamente a los habitantes del borde costero del centro y parte del sur del país, entre los que están los hombres de mar entrevistados. Vaya para ellos nuestra gratitud y nuestro deseo de resurgimiento. Su trabajo y sus palabras seguirán adelante.

2 Por razones de espacio se han omitido aquí las tablas con materiales léxicos referentes a especies de la flora y la fauna costeras del área estudiada, además de algunos topónimos.

 

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Correspondencia a:

Casilla 78, Castro (CHILE)
insulares@hotmail.com

Casilla 54-D., Temuco (CHILE)
bernales@ufro.cl

 

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