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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.30 n.41-42 Valparaíso  1997

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341997000100011 

161
 

Revista Signos 1997, 30(41–42), 161–166

LINGÜÍSTICA

El texto verbal, oral y escrito: limitaciones y posibilidadades*



Luis Gómez Macker

Universidad Católica de Valparaíso

Chile





Los textos verbales no se construyen ni se interpretan definitivamente. En otras palabras, los procesos de elaboración e interpretación sobre el mismo texto se pueden prolongar o reactualizar indefinidamente.
En las mentes de sus autores y usuarios, los textos persisten como acabados transitoriamente, pero abiertos a nuevas reelaboraciones e interpretaciones de acuerdo a otras perspectivas o circunstancias.
Exigencias más bien pragmáticas de la rutina comunicativa diaria y del sentido común obligan a los interlocutores a «iniciar» y a «concluir" detenninadas etapas del proceso comunicacional pennanente que implica la convivencia humana.
Al ritmo de las tradiciones culturales, los participantes viven, ejercen sus oficios y bajan el puente levadizo que constituye el texto verbal perceptible. Sin embargo en sus propias conciencias el trabajo continúa y ellos pueden, en cualquier instante, reactualizar lo que estaban «diciendo», «escribiendo» o «significando».
Es frecuente que tanto lo que se desea comunicar como el modo de hacerlo «ronden en la cabeza» del iniciador desde mucho antes, sobre todo si se trata de algo de relativa importancia.
Otro tanto ocurre cuando alguien, oyendo o leyendo, se esfuerza por comprender un texto verbal, particulannente si se trata ahora de una unidad extensa, densa e interesante.
Quien se propone, hablando o escribiendo, construir un texto verbal –por sencillo que éste sea– habrá de ejecutar una serie de procesos interiores sucesivos y envolventes. Por ejemplo, seleccionar en su mente, bosquejar cuanto antes lo que desea decir o escribir, decidir la manera de hacerlo, precisar el o los destinatarios, el tiempo, el lugar y las circunstancias más adecuados para concretar cada proyecto.
La construcción de un texto bien hecho, especialmente significativo para alguien, exige dedicación, tiempo de reflexión, reelaboración cuidadosa antes de ser divulgado e interpretado.
Así pues, todo texto elaborado permanece abierto. Es inconcluso por naturaleza. Se hace por lo menos, entre dos y para otros. Tarea de los lectores intérpretes es proponer un cierre parcial, completarlo provisoriamente. Con frecuencia, el autor mismo necesita un primer encuentro con algún lector –crítico, evaluador– que pondere los sentidos del texto y colabore con él en el afinamiento del mensaje intencionado. Otro tanto sucede cuando se trata de leer e interpretar un texto recomendado especialmente. Nadie se conforma con una simple lectura; intenta otras, más cuidadosas y reflexivas.
Ciertos cargos públicos exigen un especial dominio verbal expresivo y comprensivo, oral o escrito: abogado, legislador, político, consejero espiritual, maestro, sicólogo, consultor, periodista, comunicador social, vendedor, relacionador público, etc.
Opiniones frecuentes de quienes componen textos verbales y se ven precisados a divulgarlos coinciden en sostener que «todavía no estaba terminado»; «debe ser revisado una vez más», «necesita algunas correcciones», corroborando así sus aprensiones e inseguridades.
Existen personas, no muchas, que poseen destrezas para un manejo adecuado y hasta eficiente de los recursos de la comunicación verbal. Sin embargo, la mayoría están conscientes de sus deficiencias; les produce pánico hablar en público, son incapaces de hacerlo sin un texto o alguna pauta escrita, no se atreven a hablar ante personas de mayor jerarquía, afirman que cuando lo intentan dicen cosas sin importancia o tonterías, sufren de inseguridad cuando tienen que afrontar tales situaciones; nunca han escrito ni siquiera una carta personal; consideran que escribir un par de páginas con alguna coherencia y sin errores graves de redacción u ortografía es una gran hazaña; jamás soñarían con destacarse por su manera de escribir.
Muchos que leen mucho por entretención, ni siquiera sospechan cuán exigente es el oficio de lector–intérprete, pues desconocen la complejidad del proceso de re–creación textual y no sospechan de los requisitos de un desempeño satisfactorio como comprendedor eficiente.
La mayoría de las personas escribe, cuando lo hace, presionada por las circunstancias de sus oficios o estados, y lo hace con inseguridad, con la percepción extraña de no haber sabido expresar sus ideas; sin utilizar bien los recursos de la lengua ni sus propias potencialidades. Muchas personas no desean hablar en público ni verse compelidas a escribir siquiera un par de líneas. Quien posee tales habilidades puede ejercer algún liderazgo pues se considera que se trata de capacidades innatas y de excepción.

Las personas no conocen ni cultivan sus reales capacidades comunicativas; y, por lo tanto, no las ponderan, no saben cuánto se puede mejorar con algún adiestramiento adecuado y sistemático. Nada saben de clases de comportamientos verbales, de tipos de textos, de estilos o recursos de composición, de interpretación textual, de requisitos pragmáticos de su propia cultura, etc. Por lo tanto, no logran comportarse verbalmente de acuerdo a los estándares vigentes en las situaciones comunicativas de su medio.
No manejan –o no saben hacerlo– las estrategias comunicativas específicas, sea para hablar o escribir bien, sea para escuchar o leer exitosamente, esto es, comprendiendo, no prestan atención al hilo conductor del discurso o texto, no captan las estructuras semánticas profundas y, sobre todo, rara vez están seguros de la calidad de sus realizaciones e interpretaciones verbales.
¿Qué pasa, entonces? ¿Se trata acaso de un tipo de comportamientos que sobrepasa las posibilidades reales de la mayoría de las personas? ¿Está el hombre común subcapacitado para comunicarse satisfactoriamente con sus congéneres? ¿Juega en esto algún papel efectivo la educación sistemática?

Sin ahondar en los problemas, propongo, por ahora, dos temas de reflexión estrechamente vinculados:
1. El impacto que viene produciendo a través de los siglos una vieja tradición –en mi opinión, discutible– que subraya el carácter excepcional del dominio del lenguaje oral o escrito y considera que sólo los genios logran concretar tales habilidades en obras de creación artística, ¿es el dominio lingüístico asunto exclusivo del artista –orador, literato, poeta, dramaturgo– que se deja llevar por la fuerza de la improvisación, ajeno a toda disciplina?
2. El desconocimiento de las posibilidades extraordinarias de creación que poseen todos los hombres por el mero hecho de ser tales. Este rasgo marca la naturaleza misma de las lenguas como sistemas arbitrarios de significación o creación de sentidos y es particularmente importante para buscar metodologías adecuadas que apoyen el carácter constructivo de mundos culturales aptos para la sobre vivencia del espíritu. ¿Acaso el dominio de la lengua es un don de unos pocos seres excepcionales que la gran mayoría no puede alcanzar?
Algo pasa en la educación sistemática que luego de años de "adiestramiento" escolar apenas logra, en este campo, resultados tan pobres. Pocas personas educadas se sienten capacitadas para escribir con fluidez un texto relativamente extenso. Algunas lo consiguen presionadas por la obligación profesional. Muchas recurren a los servicios de secretarias, correctores de pruebas o redactores, especialmente habilitados para ello.
Tal vez nos encontremos en una verdadera encrucijada que requiere reflexión y, sobre todo, decisiones magistrales en el ámbito de la educación sistemática.

Es un hecho que coexisten algunas tradiciones poderosas, casi míticas, en relación con las lenguas humanas y las reales potencialidades comunicativas del hombre, junto a notables sugerencias emanadas de las ciencias del hombre que todavía no se encarnan en la nueva tradición escolar.
Dicho en pocas palabras, urge un cambio de actitudes entre los responsables de la enseñanza de las lenguas, los administradores de los medios de comunicación, los promotores de las modernas tecnologías comunicacionales y los culturólogos ante el carácter esencialmente antropológico del comportamiento comunicativo.
La comunicación humana, en su doble dimensión verbal y no verbal es, antes que nada, un rasgo sustantivo del hombre en cuanto ser espiritual, histórico y trascendente.
La propia experiencia, analizada cuidadosamente, nos advierte que un manejo textual adecuado exige el desarrollo de un conjunto de competencias. La comprensión de un texto, por ejemplo, es un trabajo dificultoso pero gratificante que bien monitoreado pronto muestra sus beneficios al propio usuario. Luego de unas primeras pre–experiencias comprensivas globales auto observadas se pueden iniciar procesos de comprensión más productivos, de tal manera que las nuevas experiencias y los nuevos conocimientos vayan contribuyendo a asentar la visión de mundo de la persona, sus saberes lingüístico s y sus competencias pragmáticas.
Un texto dado, como ya se dijo, no se termina de comprender cuando se lee la última palabra que lo compone. Entonces, sólo se completa una «fase». Una re–lectura suele ser provechosa y, en todo caso, normalmente enriquece la comprensión del mismo texto, pues de hecho, se lee con otros antecedentes y en otro estado de ánimo lo que, sin duda, influye en el nuevo intento de comprensión.
Un texto se está comprendiendo mientras se lee y relee. El proceso de re–creación comprensiva continúa mucho después, especialmente cuando se trata de un texto sugerente. Sin embargo, ello no debe entenderse como si fuera imposible comprender un texto cuya carga significativa no se haya agotado todavía.

Proponemos llamar pre–texto a todo esbozo, proyecto, borrador mental o material que un autor ensaya antes de dar por terminada, su obra; texto 1, al material impreso entregado por el autor al público, y texto 2, a la versión re–construida por el lector–intérprete. La etapa anterior a la emisión o edición de un texto concreto puede ser muy compleja y demorosa. Ella dependerá de las intenciones del autor, del tema elegido, del cuidado puesto en su presentación formal.
Normalmente, toda etapa de composición o pretextualización implica reflexión, reordenamiento, revisión de notas provisorias, cambios de planes, ajustes y alteraciones. Responde a la búsqueda creativa de lo que se quiere comunicar y a la manera más adecuada de hacerlo.
Es tarea del lector re–construir el contenido del texto 1 creando en su mente una unidad o texto 2, de sentido coherente.
Ambas etapas, pre y post textuales (texto 1) son complejas, exigentes, complementadas como las caras de una misma moneda. No se hacen espontáneamente. Deben ser estudiadas en forma sistemática y cuidadosa, reconocida la calidad suya de fundamento del hacer humano responsable.
Cualquier persona puede constatar cuándo dijo o empezó a escribir (crear) un mensaje, cuándo oyó o comenzó a leer (re–crear) tal texto, pero no podrá decir con certeza cuándo concluyó o concluirá su lectura comprensiva de ese texto. Si decide establecer algún tiempo de cierre se tratará de un corte artificial y provisorio pues los textos elaborados permanecen a disposición del mismo autor o de otros para ser releídos y re–interpretados.
Las dificultades para establecer límites precisos entre un pre–texto y el texto 1, entre un texto 1 y el texto 2 o entre el inicio y el término de un proceso de construcción o reconstrucción textual son reales. A pesar de que somos capaces de distinguir entre los borradores de un texto, el texto concreto editado (texto 1) y el texto reconstruido en la mente de un buen lector (texto 2), tales límites son arbitrarios. Quien produce un texto a menudo lo hace estimulado sobre la base de otros textos que conoce y supone conocidos por sus posibles interlocutores.
Todo nuevo texto es, en alguna medida, continuación de otros. Todo texto que se oye o se lee, se interpreta en función de experiencias alcanzadas mediante otras lecturas o vivencias anteriores.
Un texto especializado exige dominios más complejos no sólo en cuanto a habilidades lectoras sino también en cuanto a visiones de mundo localizadas, a conocimientos intertextualizados por notas, comentarios, datos bibliográficos, referencias cruzadas o combinaciones de niveles metalingüísticos, cuyo manejo no suele enseñarse.

Son notables las dificultades que plantea al hombre común la lectura comprensiva de, por ejemplo, un texto de crítica literaria, un ensayo filosófico o un tratado científico.
Un proceso de comunicación entre dos personas, según nuestras tradiciones observacionales, se inicia cuando una de ellas toma la iniciativa de emitir o enviar a otra un texto 1 y el interlocutor, en calidad de oyente o lector, lo interpreta construyendo un texto 2. El proceso comprensivo continúa hasta que se produzca, por lo menos, un primer cierre del circuito con la recepción de la reacción–respuesta del intérprete mediante la cual el iniciador puede calibrar los efectos significativos de su gestión intencionada.
Lo común es que el vaivén comunicativo se prolongue, de acuerdo a una serie de factores sicosociales y estilísticos regulables que los interlocutores diestros aprenden a manejar. El proceso concluye parcialmente cuando uno o ambos interrumpen o dan por tenninado el flujo dialógico. Pero ya hemos advertido que así también puede, por decisión de ambos, reiniciarse en cualquier momento. Normalmente, los procesos interiores de elaboración se gestan antes del inicio formal cuando la persona decide comunicarse y organiza lo que va a decir, selecciona a su interlocutor y busca la oportunidad de concretar su mensaje. Y los procesos de interpretación de textos continúan produciéndose o repercutiendo en la mente de el o los comprendedores según la naturaleza y el valor de lo comunicado. Así, los procesos de comunicación verbal se inician antes y concluyen, si concluyen, mucho después. Se entrecruzan, prolongan y matizan en la conciencia de las personas para formar parte de su visión del mundo y funcionan como filtro de sus conductas futuras.
Las palabras dichas o escritas por los hombres conforman la malla o ámbito cultural histórico donde las personas nacen, crecen y se realizan como tales. De su calidad ecológica depende la calidad de la sobrevivencia humana. Algún día habrá que tomar conciencia de la necesidad y del derecho de las personas a disponer de un hábitat verbalmente limpio, descontaminado, sano.
El hombre, en cuanto dotado de la capacidad de hablar, funciona como una máquina parlante productora–comprendedora personal de textos verbales. Toda su vida, lo que hace y no hace, lo que le sucede y no le sucede, lo que llega a ser en el tiempo y lo que pudo haber sido, gira en torno a la palabra y depende de ella; determina su modo de ser y su capacidad de comunicarse.
Como pocas conductas y productos suyos, el lenguaje humano, dada su trascendencia, merece ser estudiado en sus múltiples manifestaciones, en sus usos y en sus repercusiones.
El texto 1, en cuanto manifestación material perceptible entre los participantes de los procesos dialógicos, es apenas un punto de partida para estudios más acabados. Lo más contundente de la comunicación verbal humana está en los procesos sicosociales intra e interpersonales de la producción (pre–texto) y de la comprensión (post–texto) en cuya vinculación se revela la calidad espiritual del macroproceso comunicativo de encuentro y transacción personal.
El día en que entendamos que la comunicación humana está más allá de la materialidad perceptible de las palabras, habremos empezado a avanzar por el camino adecuado hacia el conocimiento del hombre y de sus lenguajes.
El hombre se comunica mediante las palabras y mediante otros recursos inventados por él. Se comunica por la palabra, en y con ella. Lo hace incluso a pesar de las palabras.
Interesante resulta reflexionar acerca de esta necesidad vital suya y de las notables limitaciones derivadas de todos los mecanismos de comunicación inventados por el hombre.
¿Qué sentido tiene, entonces, esta especie de insuficiencia de los recursos comunicativos creados por el hombre y la incontenible pretensión suya de comunicarse por su intennedio? Acaso se trata no sólo de una paradoja más sino de la más cruel de las paradojas humanas.
Con más frecuencia de lo imaginado, tanto el artista como el hombre de la calle se quejan con amargura de las limitaciones que afectan su lenguaje y perjudican la comunicación deseada. La palabra restringe y empequeñece el pensamiento que se anhela expresar; la palabra traiciona la idea, la palabra confunde al oyente o lector. Y, sin embargo, todavía no ha sido posible inventar un sistema de comunicación que libere al hombre de las ataduras y limitaciones de la palabra oral o escrita. ¿Acaso no será ésta una muestra más del carácter espiritual del hombre cuya fuerza creadora sobrepasa todo límite material, incluso el de las mismas materializaciones que él elige para aproximarse a lo que sólo se puede anunciar?
La cuestión de fondo estaría en precisar qué es y qué no es el lenguaje, qué se puede y qué no se puede hacer con él y, finalmente, averiguar en qué medida y a pesar de sus limitaciones, el lenguaje, invento suyo, permite al hombre balbucear acerca de cosas que lo superan con creces.
El hombre, mientras vive, no está hecho sino haciéndose y tiene la oportunidad, única entre los seres vivos, de ser gestor de su propia historia. Y allí está el lenguaje, para que recuerde su pasado, se conozca a sí mismo en el presente y proyecte sus anhelos de mañana.
Nada de ello podría realizar el hombre si careciera de su capacidad verbalizante.
El o los sentidos que un sujeto propone a sus interlocutores mediante pistas formales codificadas en sus mensajes, se gestan en su interioridad y se modelan a través de los sonidos orales o de las grafías.
Habrá comprensión verbal cuando hablante o escribiente y oyente o lector estén de acuerdo en que el proceso comunicativo se ha cumplido a pesar de las discrepancias, los desencuentros y las irreconciliaciones.
Lo primero y fundamental es saber si hemos entendido lo que quiere decimos nuestro interlocutor. Lo segundo, decidir si estamos de acuerdo con él o no lo estamos.
La comunicación humana exitosa es, en definitiva, un doble milagro del espíritu.
Lo importante es reconocer que, pase lo que pase, la comunicación entre personas es, por lo menos, posible y, por supuesto, debe ser estudiada cuidadosamente para hacer de ella un comportamiento exitoso y eficaz.
Las palabras tienen su razón de ser y valen tanto por lo que ellas son como por la capacidad que les atribuyen los hombres de significar y estar al servicio del espíritu en la construcción del mundo de los sentidos que todos vamos creando durante nuestras existencias.




*Apoyo FONDECYT. Proyecto Nº 1950888.