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Atenea (Concepción)
versión On-line ISSN 0718-0462
Atenea (Concepc.) n.493 Concepción 2006
doi: 10.4067/S0718-04622006000100006
| Atenea N° 493 - Primer Sem. 2006 ARTICULOS Alfonso de Toro RESUMEN
1. OBSERVACIONES PRELIMINARES En todo caso, dentro de mi concepción, el acto o estrategia translatológico pone de manifiesto la ‘transformación’ y recodificación de la enunciación que transporta sistemas culturales (lengua, códigos como religión, costumbres, saber, organización social, naturaleza, etc.), de donde nace un nuevo sistema cultural que se concretiza en un proceso semiótico de codificación, decodificación y recodificación, de deterritorialización y reterritorialización, de producción y de escenificación con nuevas ‘funciones’. Y aquí es donde yace el criterio más importante del acto de translación. El proceso de translación como proceso híbrido en sí incluye por cierto la transmedialidad y no tan sólo el acto de producción y recepción, sino también el de la inscripción de una mediación o trasfiguración en el acto de translación con una finalidad determinada. Además, el acto de translación es en su totalidad un proceso de escenificación basado en sus constituyentes tales como la representación, la imagen, la escritura, el gesto... Bajo escenificación no entendemos solamente la representación o concretización mediática de procesos de comunicación, sino a la vez aquello que queremos llamar plotting o ‘diegetización’ de lo representado, es decir, la remodelación de episodios en una acción coherente como se da, por ejemplo, en los cronistas del Descubrimiento y de la Conquista o en los historiadores del siglo XIX (por ejemplo en Prescott). En estos textos contamos con una teatralización/escenificación de parlamentos y acciones de los personajes que a su vez son refuncionalizados dramáticamente (como en las Cartas de Cortés o en la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España (1568) de Bernal Díaz del Castillo). Translación significa en nuestro contexto Pasajes de la otredad tanto como resultado de la observación y percepción de encuentros entre diversas culturas, etnias, religiones y sistemas del conocimiento y del saber, como así también de la producción de discursos que forman un conocimiento determinado que llevan a la construcción de lo ‘propio’ y de lo ‘extraño’ concerniente, por ejemplo, al conquistado y al conquistador.
2. FINALIDADES Tan sólo si comprendemos y aceptamos que todo tipo de comunicación o translación está construido por la representación de enunciados y sistemas culturales, y que está constituyéndose continuamente en un espacio nuevo, contradictorio y ambivalente, esto es, híbrido, entonces podemos constatar que la reclamada jerarquía y la ceguera cultural de una cultura dominante basada en una ‘pureza cultural y étnica’ es imposible de sostener y de afirmar que la cultura sometida sea solamente víctima de donde nada nuevo nace. Quisiera hoy pues continuar con mi tarea comenzada precisamente en una sección del pasado congreso de Hispanistas Alemanes en Ratisbona (“Hybriditätsdiskurse in Lateinamerika: Von der Eroberung bis zum 21. Jahrhundert”) y en las Ringvorlesungen en el Centro Iberoamericano de Investigación de Leipzig en el semestre de verano de 2003 y de 2004, donde también participaron los colegas, entre otros, Vittora Borsò y Michael Rössner, también ahora presentes. La construcción de lo ‘propio’ y de lo ‘extraño’ ha sido en los cronistas de la Conquista como un complejo proceso de translación desatendido por la investigación con la relativa excepción de Elliot (1970) y de Todorov (1982) en cuanto la facticidad de la destrucción de las culturas precolombinas cubrió el nivel de la representación y construcción del otro y del yo. Subirats (1994) representa la corriente que sostiene que el Descubrimiento y la Conquista se reducen a la codicia y evangelización por parte de los españoles, y en aras de éstos, a una mera destrucción. Subirats comparte con Todorov la opinión de que lo sucedido en América solamente puede ser denominado como el genocidio más grande en la historia de la humanidad. Sin embargo, Todorov sabe ver y describir la incipiente construcción de ese espacio intermedio como producto de la translación, algo que ya había adelantado Elliot. Greenblatt representa, como veremos, una línea similar, la de Subirats respecto a la incapacidad de los españoles de captar y digerir la otredad, planteada como un objeto deseado pero imposible de poseer, lo que impulsa a los españoles a la destrucción de Tenochtitlán como medio de compensación para satisfacer así ese deseo insaciable. Los investigadores, como los españoles en su tiempo, se han resistido a ver ese espacio intermedio, ya sea por las razones dadas o por la supuesta superioridad de la tradición humanista española de corte helénico latino y cristiano como nos los presenta Maravall (1966). Resumiendo: el complejo y largo proceso de hibridación (que es siempre un proceso de translación), como consecuencia del Descubrimiento y de la Conquista, fue oprimido a raíz de la focalización de muchas investigaciones en la destrucción y eliminación de los indios y su cultura, a raíz de la indignación moral y, finalmente, a razón de ideologías tales como las posiciones esencialistas en Latinoamérica o hegemónicas en Europa. Los unos reclaman la cultura precolombina como la base de la identidad de Latinoamérica generando un discurso de lo ‘propio’, los otros sostienen que los europeos solamente proyectaron sus normas en el nuevo mundo produciendo un discurso de su propia superioridad. Los primeros arriesgan dejar a Latinoamérica fuera del discurso histórico, los segundos la reducen al mero campo de experimentación europea, esto es, al campo de lo epígono.
Para poder describir el proceso de translación y de hibridación de la construcción de la otredad en los escritos de la Conquista hago hincapié en la necesidad de distinguir entre un nivel del acaecer de los hechos empíricos y de la representación de estos hechos: los españoles negaron a los indígenas en palabra y hecho la razón de ser cualquier traza de ser humano, negándoles la legitimación de la categoría ‘ser humano’ y, recordemos el debate de Las Casas contra Sepúlveda en el que este último argumenta con Aristóteles frente a Carlos V sobre si el predicado ‘ser humano’ es aplicable o no a los indios. Las Casas vence en esta primera batalla, pero poco o nada cambia en la mentalidad de la gran mayoría de los conquistadores. Naturalmente que nadie niega la destrucción casi total de los indios a través de guerras, enfermedades y explotación, la destrucción de sus templos, de sus dioses y de su organización socioeconómica. Pero sobre la base de la distinción propuesta podemos observar que paralelamente al proceso de destrucción se genera un discurso de la otredad a través de la descripción de este violento y destructivo encuentro. Un gran número de cronistas no consigue legitimar el discurso de la Conquista, éste se les escapa de su control, se les escurre generando una hibridación incipiente y, con ello, la construcción del otro y de sí mismo. Mi propósito radica en describir y demostrar los procesos de translación/hibridación y escenificación que se encuentran más allá de lo teleológico, más allá de un proceso consciente o intencional, un proceso asimétrico e indeterminado ya que difícilmente escuchamos la voz de los indígenas, poco sabemos de sus sentimientos y situación psicológica, a no ser en casos excepcionales y altamente mediatizados, escenificados. Pero sobre la base de las obras de Acosta, Alva Ixtlixóchitls, Bernal Díaz del Castillo, Durán, el Inca Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala, Landa, Las Casas, Núñez Cabeza de Vaca, Sahagún, Santa Cruz Pachacuti, Zorita, entre tantos otros, podemos percibir la voz indígena y constatar que el proceso de hibridación se da en el ejercicio de la religión, en la vida cotidiana y en el lenguaje. Tanto los indios como los españoles viven en los intersticios, en las intersecciones aunque en diversos grados. Intento emprender un camino ya iniciado por Albert Memmi en su Portrait du colonisateur précédé du Portrait du colonisé (1957), por Elliot en The Old World and the New (1970), por Said en Orientalism (1978), por Todorov en La Conquête de l’Amérique (1982), por Abdelkebir Khatibi en Maghreb Pluriel (1983) y por Carlos Fuentes en En esto creo (2002), que nos ponen un instrumentario, a disposición para analizar como los cronistas en el acto descriptivo y de percepción comienzan a abandonar sus estructuras mentales occidentales ya que su conocimiento y su lengua no les permite aprehender lo observado y experimentado con lo cual se les escapa la intención de un discurso y escenificación prefigurados, apareciendo así estructuras híbridas. Bajo escenificación entendemos en primer lugar el intento de los cronistas de visualizar lo observado para describirlo en toda su magnitud, para hacerlo accesible y, en segundo, el recurso a procedimientos retórico-discursivos tales como comparación, metáfora, analogía y equivalencia, intertextualidad y diversas estrategias textuales y de suspenso narrativo. El resultado no es una simple descripción de lo real, sino una sofisticada escenificación de lo real.
En la tradición de H. White, en la cual también se sitúa Todorov, quisiera advertir que mi interés en la descripción de formas de escenificación como resultado de procesos translatológicos de donde se desprende la hibridez, no radica en la constatación de la facticidad, en la veracidad o en la probabilidad de los sucesos descritos, ya que la mayoría de éstos no se pueden probar empíricamente, con lo cual no quiero tampoco clasificarlos como ‘ficcionales’, algo que tampoco representaría mayor problema ya que Aristóteles, al parecer, distinguió clarividentemente lo empírico de lo representacional en cuanto calificó al arte con mayor valor que lo meramente factible: “quamorem et res magis philosophica et melior poesis est quam historia: man poesis magis universalia, historia magis singularia dicit” (1451b, 5-7;159). Pero por eso la poesía (poiesis) es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general (ta kathólu), y la historia lo particular (ta kath’hékaston) (1451b, 5-7;158). Mi interés radica en las prácticas gestuales y escenográficas. Mi aproximación tampoco se basa en los grand récit que, rechazados por la Escuela de los Anales, ya habían caído mucho antes de que Lyotard lo anunciara. Me baso en aquella infinidad de petites histoires que principalmente construyen y constituyen lo histórico, lo que Deleuze denomina histoires mineures. En el sentido que Foucault le da al término de tradición discursiva, de discontinuidad de lo discursivo, me interesa no lo que se dice, sino cómo se dice y escenifica lo dicho, lo que se configura detrás de la palabra y que revela la escenificación. Esta es otra definición de translación cultural en nuestro contexto. Lo significativo no es el nivel del enunciado, sino de la enunciación, no el del inventio, sino el del elocutio como se formula en la retórica antigua. Lo principal es que algo se dice/representa sin evaluar si lo dicho o representado es falso o verdadero. Lo importante es que es parte de una red representacional de una época y cultura:
En vez de dedicarnos a la improductiva e ingrata tarea de investigar si un hecho ocurrió o no como ha sido representado, más satisfactorio y alentador es la investigación de las representaciones en un micronivel en el interior de cada texto y en un macronivel, es decir, en la comparación de diversos textos y autores sobre un objeto determinado. Estos niveles forman parte de esa red de translación. Por ejemplo, las representaciones de Bernal Díaz del Castillo vs. López de Gómara vs. Cortés vs. Sahagún compiten en el transcurso histórico unas con otras. En su trabajo, Todorov hace un aporte considerable al problema mencionado y no se contenta tan sólo con su indignación moral (“mon intérêt principal est moins celui d’un historien que d’un moraliste”/ “le plus grand génocide de l’histoire de l’humanité”. 1982: 12). Muy por el contrario: Todorov da un primer paso en la distinción entre el nivel de los hechos y de su representación, cuando distingue entre un “niveau axiologique” y un “niveau pratique” (Todorov 1982: 191). Además, analiza los textos bajo el aspecto de la hibridez aun cuando no emplee este termino, sino los usuales en la teoría francesa, el de altérité y el de métissage que tienen la misma extensión e intención que el de hibridez. Asimismo recurre a términos tales como ‘paradoja’ o a conceptos de la psicología como son los de “dédoublement de la personnalité” (Todorov 1982: 208), “l’ambigu” o “le contradictoire” (Todorov 1982: 223) y destaca el momento de la oscilación o ambivalencia en la perspectiva de los cronistas. Por esto considero el libro de Todorov un trabajo realmente fundador de un nuevo tipo de interpretación de las crónicas. Ya podemos adelantar que la opresión, la destrucción física y epistemológica de los indígenas va preñada con la construcción de un Nuevo Mundo, con lo cual la cruzada civilizadora de España se diferencia en forma fundamental de la británica y francesa. Concebimos las representaciones discursivas como testimonios o confesiones históricos donde los cronistas alegan narrar solamente la verdad de lo ocurrido. Importantes son las diversas estrategias de perspectiva narrativa, particularmente aquellas narraciones ‘desde abajo’ de los habitantes de la periferia, como son los casos de Bernal Díaz, de Alvar Núñez, de Guamán Poma de Ayala, de Juan Santa Cruz Pachacuti y, en parte, de la escenificación de una situación periférica del Inca Garcilaso. El cambio de perspectiva tiene un papel fundamental en la translación y en los procesos de hibridación que construyen el otro y el mismo.
4. REPRESENTACIONES HIBRIDAS Y ESCINIFICACIONES DE LA OTREDAD EN LA INVESTIGACION ACTUAL Carlos Rincón se manifiesta en los años ’90 muy escéptico en relación con este acto de translación en cuanto niega a los españoles y europeos la capacidad de captar y asumir la otredad, aun cuando reconoce que nuevas teorías hayan posibilitado “nuevas formulaciones de las relaciones con respecto al otro” (Rincón 1990: 221), lo cual nos permite, con un nuevo instrumentario, interpretar las crónicas de otra forma. Sin embargo, la tesis central de Carlos Rincón (1990: 221, 224) es que en el debate y descripción de la Otredad tanto Las Casas como su adversario Sepúlveda como Montaigne en sus ensayos “Des Coches” y “Des Cannibales” (Essays, vol. III) desarrollan un discurso etnocéntrico sobre las prácticas indígenas que lleva a una crítica interna del fracaso de las propias instituciones, a un debate de sus propios problemas y la creación de nuevas utopías y a idealizaciones de tipo exotizantes, pero no a una verdadera construcción del otro, ya que todos estos discursos estaban sometidos al dictado de expansión imperial y del cristianismo. Rincón (1990: 221, 224) describe la incapacidad de los españoles de aprender lo ‘extraño’ basándose en algunos ejemplos provenientes de Elliot y a raíz de que los españoles, como los demás europeos, partían de un conocimiento de la cartografía del mundo de Strabon, Ptolomeo y Pomponio Mela (Rincón 1990: 222), en donde reinaba la perfecta y natural ignorancia de un mundo que se estaba recién descubriendo y que, no obstante, no cambiaron la cartografía hasta mucho más tarde. La actitud de los españoles, sostiene Rincón, documenta el fracaso de una oportunidad que hubiera podido crear otra versión del mundo (al contrario de Gewecke 1986: 226 en sus pertinentes observaciones), el “conflictivo encuentro [...] no se emplea como punto de partida de un radical cuestionamiento” de Europa, donde se define al indígena según los parámetros de lo que significa civilización en una incipiente modernidad: medios de producción, alto desarrollo de la escritura, arte y ciencia, de la organización social y económica y poder militar (con estos criterios se evaluará, a partir de ese momento a Latinoamérica, en particular frente al desarrollo que más tarde tomará el capitalismo protestante en Estados Unidos) o se acusa los abusos y crueldades de los españoles, pero no existe ninguna reflexión sobre el nuevo mundo en sí. Por esto, para Rincón representan “la forzada introducción de lo europeo y la absorción de la formas culturales indígenas [...] dos caras de una misma medalla” (Rincón 1990: 230). Naturalmente que las consideraciones de Carlos Rincón son válidas para un gran número de escritos, quizás para la mayoría, y Subirats (1994) y Greenblatt (de este último nos ocuparemos en el curso del trabajo) parecen confirmar esta posición. Pero, a pesar de todo, en estos escritos se inscribe la ambivalencia impuesta por el lugar y la cultura encontrando ambas posiciones: la construcción etnocéntrica y la construcción de la otredad, que muchas veces queda encubierta por los métodos de descripción de la analogía, similitud, pero que a la vez son fuente del descubrimiento de la otredad, así en las obras de Las Casas, Alonzo de Zorita, Historia de la Nueva España, Fernando de Alva Ixtlixóchitl, Historia de la nación chichimeca, Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios, Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España.
Elliot muestra en forma maestra cómo una vez superado el impacto traumático del Descubrimiento los europeos comienzan a cristalizar un nuevo pensamiento en la segunda parte del siglo XVI después de casi un siglo de digerir el acontecimiento. Un hecho evidente es que los españoles naturalmente observan, perciben y describen desde su sistema normativo, ¿desde cuál otro podían partir? Debemos apuntar que los españoles, como los europeos, no disponían en aquel tiempo del instrumentario para confrontar la otredad en un territorio que ni siquiera existía en la cartografía de la época. Fuera de eso, los españoles disponían de malas condiciones para captar, entender y aceptar el Nuevo Mundo, ya que se estaban deshaciendo de la cultura judeomusulmana, y a pesar de que ésta les era conocida y familiar desde hacía siglos, pasaban sin intermedio a una cultura absolutamente extraña, donde los seres humanos no sólo andaban desnudos, sino que adoraban ídolos a los que les inmolaban víctimas humanas e incluso se realizaban prácticas de canibalismo dentro de rituales religiosos. Rincón (1990: 229) considera esta problemática agudamente como anteriormente Elliot en su diferenciada y erudita publicación.
Los españoles no desperdiciaron en su totalidad la oportunidad de aceptar la otredad en América, como con la expulsión de los musulmanes y judíos en 1492 que fue, por lo demás, una empresa europea, en la que España se decidió por Europa y por construir una raza “limpia de sangre”. Por ello no debe sorprendernos que los españoles percibieran el Descubrimiento y la Conquista de América como una nueva cruzada. Y a pesar de todo, el problemático encuentro no estuvo totalmente dominado por la evangelización y codicia, sino también por curiosidad, por elementos sociales y el deseo de conocimiento, como indica Elliot (1970). El problema fundamental del Descubrimiento y de la Conquista es el choque de dos culturas que se distinguían radicalmente en sus formas de comunicación. Los actores Moctezuma y Cortés personifican estas formas de comunicación: una dialogizante con los dioses como lo indican Hugh (1993/2000) y Todorov (1982) o una comunicación interior y dialogizante con la naturaleza y con un presente eterno como lo narra Saer en El entenado, y otra abierta y pragmática. Carlos Fuentes describe un aspecto en El naranjo basándose en la Conquista de México, que también es válido para toda la Conquista de América y que muestra cómo ésta es el resultado de un complejísimo y laborioso acto de comunicación cultural sin código común que se realiza en un duro y penoso acto de translación y en una negociación permanente. Mientras los aztecas (cfr. Todorov (1982) más abajo y Hugh (1993/2000) hablan con los dioses y de ellos esperan obtener respuestas para su conducta, los españoles se comunican en una forma interpersonal, hablan con individuos. La casta dirigente y el pueblo de los aztecas estaban dominados por las profecías divinas y por un mundo en su consumación, los españoles, por el contrario, estaban dominados por la precoz idea renacentista de un mundo dinámico proyectado hacia el futuro. Los aztecas estaban a la espera de señales para codificar el mundo y los españoles atribuían u ofrecían los resultados de sus actos a Dios. Carlos Fuentes, como Bernal Díaz, muestran cómo el poder radica principalmente en el dominio del código lingüístico y cultural y en la capacidad y habilidad de “traducir” de Jerónimo de Aguilar y, muy particularmente, de la Malinche. Se trata en un principio de un acto de translación descentrado, que pasa a través del Náhuatl y del Maya al español, luego directamente del Náhuatl al español. Igualmente se trata de una comunicación que se sitúa en un espacio o cartografía intermedia y que se manifiesta en la imposibilidad de almacenar y de transmitir numerosas y diversas informaciones, es decir, de un nuevo e inconcebible mundo como indica Carlos Rincón (1990: 222) en consenso con J. H. Elliot (1970/1992: 1, 19), un mundo tan nuevo para los españoles que no sabían dónde se encontraban (el narrador en Cien años de soledad de García Márquez dice que “el mundo era tan nuevo que a las cosas había que señalarlas con el dedo”) y de pronto también tan diferente para los aztecas. Translación y recepción exigen de los españoles lo que no pueden rendir ni abarcar:
En este contexto me parecen de principal importancia las observaciones de Rincón y Elliot (a este último retornaré en extenso más adelante) en cuanto abren nuevos caminos, por ejemplo, cuando Rincón (1990: 230), en su lectura de Relación de Yucatán de Diego de Landa, constata hibridación a través de la apropiación y translación de “formas externas de instituciones indígenas”, tales como el “sistema de tributo”, “estructuras de poder”, “métodos colectivos de trabajo” o “ceremonias religiosas de iniciación” (Rincón 1990: 230), a pesar de que Landa, ciego de rabia y desprecio, hace quemar toda la biblioteca de los mayas. También Rincón apunta en este proceso a una oscilación entre destrucción y apropiación:
Mi posición se basa en algunas premisas fundamentales. Quisiera recordar que si no fueron postuladas primero por Bhabha, sino por Frantz Fanon en Peau noire masques blancs (1952), por Memmi en el mencionado libro y también en los Écrits por Lacan (1966), Homi Bhabha (1994), en todo caso, las reformula con gran claridad y productividad.
Debería entre tanto existir un consenso, creo al menos, en que toda comunicación representa una doble anegación de una enunciación de un sujeto en cuanto en la metáfora del espejo de Lacan y su concepto de la castración como así también en la categoría de ‘mímicra’ que Bhabha toma de Lacan, el sujeto se experimenta como otro y su lengua como la de un tercero, como un infinito deslizamiento (glissement), como una continua metonimia. Por otra parte es válido decir que todo enunciado se relaciona en un acto de comunicación con otros enunciados y que semejantes enunciados desembocan en un espacio entre-medio, es decir, se proliferan autónomamente y establecen una infinidad de relaciones. Este hecho tiene serias consecuencias para los conceptos de cultura, de espacio cultural, de identidad y para la percepción y descripción de la otredad, ya que en este lugar podemos constatar que encuentros de culturas cuan hegemónicos, jerárquicos y asimétricos sean nunca se producen en forma estática y unilateral. Por esto diría que la hibridación y su proceso de translación son una evidencia y que negarlos es prácticamente imposible. El acto de enunciación cultural está acuñado por la diferencia que radica en el acto de enunciación mismo, de tal modo que en todo acto de comunicación actúan diferentes aspectos que son fundamentales para la codificación de la significación y para la diseminación. Por esto, un enunciado y sus enunciados no son nunca puros o transparentes sino que conllevan una disjunción antropológica lingüística básica entre sujeto y enunciación.
La deslocalización se produce como resultado de un funcionamiento metonímico cada vez que la mirada y las estrategias de percepciones son apareadas con la imaginación, un proceso translatológico e híbrido en sí. Greenblatt (1991: 130) menciona de la “autonomía” de Bernal Díaz como narrador, su ironía y la crítica contra Cortés respecto de acciones atroces que luego son justificadas por éste con argumentos religiosos. Sin embargo, Greenblatt le niega a su relato un estado híbrido, ya que según él el efecto de la ironía está limitado a raíz del ‘bloqueo’. Seguramente, el discurso de Bernal Díaz tiene sus límites, pero en la oscilación entre estrategias de legitimación, crítica y efecto irónico se genera la hibridez. A pesar de esa “strategy of mimetic blockage or exclusion” (Greenblatt 1991: 130) Bernal Díaz logra describir lo observado y vivido desde una perspectiva de abajo, marginal e interna y llena de rupturas y cambios que son fundamentales de considerar para valorar su discurso, ya que éstos son también mecanismos de donde resulta la ambivalencia, un fenómeno que nos es muy conocido en la teoría y práctica de la narratología. Bernal Díaz reconoce y describe las similitudes entre rituales religiosos aztecas y españoles, lo cual Greenblatt le niega. Este se pregunta cómo Bernal Díaz logra producir una insalvable diferencia entre ambos sistemas negando de esta forma las evidentes similitudes y equivalencias (Greenblatt 1991: 199-200) y cómo logra Bernal Díaz ignorar las ocultas y subterráneas similitudes. Naturalmente que en este caso la táctica juega un papel central. Reconocer a los aztecas significaría aceptarlos como iguales, lo cual contradiría los fines de la Conquista, ¡pero ésa no es la mentalidad de la época, sino una posición actual! Sin embargo, los muchísimos rituales religiosos se mezclan con prácticas cristianas y aztecas cambiando la perspectiva, más de lo que Greenblatt supone. De hecho la comparación es parte de la permeabilización y de la relación de ambos sistemas culturales. Algunas valorizaciones de Greenblatt son algo generales y resulta difícil seguirlas; por ejemplo, cuando él reprocha a Bernal Díaz el criticar la atrocidad de las prácticas religiosas de los aztecas sin mencionar las atrocidades cometidas por los españoles contra los judíos y musulmanes. La comparación es altamente problemática, ya que existe una diferencia fundamental entre la despiadada persecución y matanza de los judíos a finales de los siglos XIV y XV y de la persecución de los conversos en los siglos XVI y XVII y las inmolaciones de seres humanos y el canibalismo ritual de los aztecas. Estos últimos le sacaba el corazón a las víctimas aún vivas. Fuera de eso la tortura no era solamente un problema de los españoles. Montaigne en su ensayo “Des Cannibales” procede en forma muy diferenciada, hace pasar lista a las atrocidades de los europeos contra sus enemigos y las califica de peores que el canibalismo ritual donde al menos así Montaigne las personas estaban muertas.
El problema en la argumentación de Greenblatt es, por una parte, que para él la construcción y la comprensión del otro y, por otra la aceptación del otro es un mismo acto. Entendido así sería esta equivalencia, en el mejor de los casos, parte de una conciencia postcolonial en el sentido de la construcción de un tercer espacio donde los actores negocian conscientemente sus identidades construyendo un espacio híbrido en la segunda mitad del siglo XX. A partir de los siglos XV y XVI en adelante, construir al otro quiere decir solamente registrar al otro a través de la comparación, analogía y similitud en un acto de translación. Naturalmente que el acto de ‘registrar’ tiene sus límites, ya que siempre se encuentra de por medio el propio sistema normativo; otro no está disponible (lo cual también es válido para las estrategias de la hibridez del siglo XX y XXI). Además la lengua fracasa frente a la novedad y diversidad del mundo observado que tiene que ser codificado. Greenblatt ve una de las razones del aparente ‘bloqueo’ de Bernal Díaz, como representante de los españoles frente al otro y su exclusión, en la inmolación de víctimas humanas y en el canibalismo ritual, que son “perversiones” a las cuales se le suman un buen número de otras como alcoholismo, abusos y perversiones sexuales o sodomía que por lo demás también existían en el canon de perversiones de Europa desde la Antigüedad greco-latina, la similitud entre los rituales cristianos de inmolación (Cristo crucificado en vivo, el consumo de carne y la bebida de la sangre de Cristo en la misa). Pero la comparación de Greenblatt se encuentra también en este caso fuera de lugar y no es ésta la razón del supuesto ‘bloqueo’ de los españoles para construir o percibir al otro, sino que la inmolación de seres humanos y el canibalismo ritual constituyen un barrera insalvable/intraducible entre ambas culturas.
Greenblatt critica además el recurso a la comparación, analogía y similitud de Bernal cuando éste describe Tenochtitlán o el mercado de Tlatelolco poniéndolo por sobre famosas ciudades de la Antigüedad, de la Europa y España contemporáneas o cuando compara los edificios y artistas aztecas con los europeos. Todo esto es para Greenblatt una ficción en el contexto del género de lo maravilloso y de las novelas de caballerías2. Sin embargo, yo más bien argumentaría que estas comparaciones con lo deslumbrante es un topos típico de la Antigüedad para el reconocimiento de la grandeza del otro y no un acto de ceguera hegemónico. Precisamente el recurso a la similitud y a la analogía le permite a Bernal Díaz conectar lo extraño con lo propio y captar la otredad, de digerir la conmoción (shock) de lo extraño-maravilloso-horroroso, como también indica Elliot. Y hay muchos ejemplos: Durán inicia la descripción de un proceso de hibridación constatando las admirables analogías entre los actos y prácticas religiosos de los aztecas y cristianos donde se perfila un “tercer espacio” (Cfr. Todorov 1982: 213; y vid más abajo). Este recurso, a mi modo de ver exitoso, es calificado por Greenblatt como un perfecto fracaso de Bernal Díaz el primer narrador americano, como lo califica Carlos Fuentes (2002: 178) y de su completa incapacidad de captar al otro:
El rigorista dominicano Durán emplea los mismos métodos que Bernal Díaz. Queriendo captar los rituales y prácticas religiosas de los indígenas para así propagar en forma más eficaz el Evangelio (como también argumenta Sahagún) es invadido por la realidad de la otredad de los indígenas. Greenblatt deja no sólo estos aspectos fuera de su argumentación, sino que tampoco considera estrategias impuestas por la censura de la corte y de la Inquisición y en este contexto la analogía, la comparación y la similitud eran formas, por una parte, de protección y, por otra, de hacer asimilable, “digerible” y aceptable lo descrito. Otra razón del aparente bloqueo y de la exclusión del otro que según Greenblatt llevan a la destrucción de Tenochtitlán y la explican a pesar de la admiración que los españoles le tienen a esa fascinante ciudad es de tipo psicoanalítico: los españoles destruyen a raíz de un imperativo psicológico Tenochtitlán porque, como indescriptible maravilla, no la podían poseer. El estado absolutamente imaginario y por esto efímero de Tenochtitlán se les escapa de la aprehensión y en el terror de perder el objeto del deseo, lo destruyen para así no perderlo. Se trata pues de un acto pasional: “Only when it is violated, turned into a charnel house, can it be taken as a reality and appropriated” (Greenblatt 1991: 134)3. Los españoles no destruirían por razones de poder y de codicia, sino impulsados por un deseo monstruoso frente a una amante indomable que se les escurría constantemente. Impotencia y desesperación determinan la conducta de actores altamente esquizofrénicos, paranoicos, disturbados mentales, de delincuentes sexuales que reprimen una obsesión sexual aberrante que se descarga en una violación de tipo caníbal y que momentáneamente es satisfecha al devorar el objeto del deseo. En la destrucción-desaparición-engullimiento del otro se realiza la apropiación absoluta. Una última razón del ‘bloqueo’ y exclusión es lo que Greenblatt denomina el “transcendent design” (1991: 134). Una vez que los españoles penetran en Tenochtitlán irrumpe una profunda desilusión al registrar en la capilla del templo mayor el tipo de rituales sangrientos de los aztecas que Bernal Díaz del Castillo considera más terribles que los mataderos en España y que, como habíamos apuntado más arriba, es descrito por Bernal Díaz del Castillo como algo aparentemente único, jamás visto hasta la fecha, lo cual Greenblatt critica como bloqueo, ya que Bernal Díaz ignora intencionalmente las semejanzas con los rituales cristianos, a pesar de su evidencia: “That his own religion centred on expiatory sacrifice and upon the symbolic eating and drinking of his god’s body and blood” (1991: 134). También en este caso los españoles se comportan en forma esquizofrénica, que consiste en que quedan espantados al constatar las semejanzas de ambos ritos religiosos, es decir, que los aztecas llevan a cabo concretamente aquello que el rito cristiano realiza simbólicamente; esto impulsa a los españoles a eliminar a los aztecas para así deshacerse del horroroso espejo de sí mismo. Tenemos un acto de represión y sustitución que también son dos estrategias translatológicas: tanto lo encubierto y lo articulado:
La Conquista no fue para los españoles un simple juego de representaciones sino consistió en duros hechos, fue una misión que se trataba de vida o muerte. Por ello no es una sorpresa que frente a las vestimentas sangrientas de los papas, a los corazones colgados a granel, frente a la sangre escarchada y apestante era más que imposible traducir semejante horror en analogías y similitudes con el cristianismo. Más bien nuestra tarea es investigar en qué medida los españoles eran prisioneros de su situación cotidiana y en qué medida podían desarrollar al nivel de la representación discursiva una escenificación translatológica capaz de construir la otredad. Esto es simple de demostrar en un buen número de crónicas y escritos de diversa proveniencia, sin embargo, para ello debe tener lugar de una nueva aproximación a estos textos. La pregunta que sólo en una dirección Greenblatt hace es ¿cómo pudo Cortés creer por un momento que era posible reemplazar la cultura de los aztecas en forma completa por otra?: “that his culture’s symbols can simply replace the symbols of an entirely different culture?” (Greenblatt 1991: 137). La pregunta nos muestra la ideología subyacente que nos dice que Cortés como invasor no tenía ningún derecho a transformar el sistema. Por otra parte, es un error de Greenblatt sostener que la cultura azteca fuese completamente reemplazada. Más allá de lo que un conquistador crea o no crea, estaba fuera de su poder controlar la red de relaciones que se desarrolla en un acto de translación de semejante envergadura. Además, suponer otra alternativa nos revela un pensamiento iluminado y tolerante que se comienza a generar en el siglo XVIII, pero particularmente en la segunda mitad del siglo XX en Europa, lo que no quiere decir que un pensamiento hegemónico que dé la prioridad a la cultura propia haya dejado de existir; los acontecimientos en Irak y la política de los diversos gobiernos norteamericanos frente a Latinoamérica y en particular la política de la administración de Bush frente a Irak y al mundo árabe o también el último libro de Huntington, Who are we? que se lee como la cara teórica de la política exterior del régimen norteamericano, demuestran que las expectaciones de Greenblatt representan más bien una idealizada forma de las teorías postcoloniales. No tenemos que hacer gran esfuerzo para imaginarnos cómo el mundo actual reaccionaría frente al canibalismo y la tortura. Por otra parte, es sorprendente con qué impunidad la administración norteamericana se vale de la tortura sistemáticamente organizada en el nivel empresarial para alcanzar sus fines en Irak ignorando sus propias leyes. Es sorprendente cómo reacciona la administración norteamericana frente al escándalo de la tortura en Guantánamo, Afganistán y en Abu Ghraib. Rumsfeld acepta que “posiblemente se ha actuado contra la Convención de Ginebra”, y a la pregunta si es un acto inhumano el obligar a prisioneros a pasar horas inmóviles sobre un cajón, con una capucha sobre la cabeza, con un cable de electricidad alrededor del cuello, que en el caso de caerse lo electrocuta, responde Wolfowitz balbuceando, luego de haberse negado varias veces a responder la pregunta: “sí, él piensa que podría ser inhumano”. Los videos y grabaciones muestran un placer en la liquidación de seres humanos considerados inferiores, algo que es casi imposible comprender. Estos horrores son cometidos en el siglo XXI por una de las más ejemplares democracias que sólo quería aportar algo bueno a Irak, como en décadas anteriores en Vietnam. La comparación es necesaria, no para trocar un mal por otro o para legitimar un horror frente a otro, lo cual sería un gran error, sino para hacer consciente que Greenblatt exige implícitamente con su crítica a los españoles del siglo XV y XVI la conciencia ilustrada y postcolonial de un etnógrafo y no de monjes y conquistadores, de un etnógrafo que tiene la distancia frente al objeto analizado, una distancia que al mismo Greenblatt parece habérsele extraviado. En este contexto y frente a lo expuesto nos parece, al menos históricamente, problemático el empleo de términos tales como “crimen” o “genocidio” (como también los utiliza Todorov) que han sido empleados en contextos históricos determinados como el nazi, en la Modernidad. ¿Cómo deberíamos calificar las cruzadas, que hasta la fecha no han sido olvidadas en el mundo musulmán y que hasta la fecha son alabadas en el mundo cristiano, y son parte de la mitología cristiano-occidental? Greenblatt comprende muy bien el uso de la elipse con respecto a hechos bien conocidos que llevaron a la destrucción de Tenochtitlán. Por ejemplo, la creciente agresión contra los invasores por parte de la nobleza azteca en desacuerdo con el vacilante Moctezuma y la pérdidad de su autoridad; la prisión de Moctezuma, el lugar geoestratégico incierto de Tenochtitlán que representaba una desventaja logística para los españoles, ya que se les escapa del control, los hechos de la “Noche Triste”, etc. Las tesis de Greenblatt nos parecen en un primer momento altamente seductoras a raíz de su originalidad, pero como ya hemos indicado varias veces, éstas provienen de Elliot y en parte de Todorov y son el resultado de una lectura psicoanalítica de la Conquista de México basada en el sistema de la represión y deseo, con lo cual se abren las puertas a una especulación deliberada:
No es mi interés primordial demostrar la generación de hibridez donde no hay, pero en el encuentro y en la confrontación de culturas probar que no se genera un proceso de hibridación es prácticamente imposible. La hibridación es un resultado de translación dinámico de fenómenos históricos, políticos y culturales que se escapa al control normativo de sus actores. Mi posición se encuentra formulada en una primera instancia por Todorov (1982: 216) con respecto a Durán:
Un problema más representa la difusa descripción que Greenblatt hace del tiempo que toma el transcurso de los hechos. Nos da la impresión de que Cortés, en una sola acción, entra a Tenochtitlán, destruye los dioses, roba el oro y mata a los aztecas, quedando oculto que han pasado días y semanas en los que la situación se va agudizando, como lo describe Bernal Díaz del Castillo detalladamente. Esta reducción de la duración le permite a Greenblatt dar una visión fanática y sanguinaria de los españoles: “fanatically dedicated to swallowing the whole vast land mass and all of its peoples” (Greenblatt 1991: 136). Lógicamente, la Conquista de México y de Latinoamérica es para Greenblatt “the greatest experiment in political, economic, and cultural canibalism in the history of the Western World” (1991:136).
Por otra parte, Greenblatt (1991: 136-139) admite la precaria situación en que se encontraban los españoles: “Given who they were and where they found themselves, what else could they have felt?” (1991: 136), a lo cual Elliot también apunta constantemente. Por una parte, el canibalismo de los aztecas era un hecho y los españoles lo tenían como una amenaza constante, de tal modo que “a more detached, as it were anthropological, appreciation of the practice” (Greenblatt 1991: 136) no era posible. Por otra parte, propagar el acercamiento a las prácticas o a la mezcla de las prácticas religiosas de ambas culturas provocaba un conflicto con la iglesia y la inquisición, institución que con Torquemada estaba muy activa desde 1484. Un famoso ejemplo de los peligros que se corrían al entrar muy en detalle en la descripción de la cultura azteca lo representa Sahagún, a quien le confiscaron los libros, le hicieron un proceso y le quemaron la biblioteca. Por milagro se salvó el texto que hoy se llama código florentino. Greenblatt desperdicia la posibilidad de iluminar la diversidad y complejidad de la Conquista a través de su interpretación unilateral, aportando así argumentos que tienen una perspectiva hegemónica de Latinoamérica y que ven en ella una cartografía de experimentación y proyección europea. De esta forma Latinoamérica le sirve a Europa para la definición de su propia identidad. Con ello se califica a todos los europeos como incapaces de aprehender la otredad. Simultáneamente, la argumentación de Greenblatt se presta para un tipo de debate fundamental esencialista que reclama pequeñas comunidades autóctonas y una identidad precolombina que desde 1492 no existe más. En este contexto, Octavio Paz y Carlos Fuentes tienen una posición muy diferente a lo que fue la Conquista y lo que puede ser o es Latinoamérica hoy: ambos aceptan ese conflicto cultural como parte de la identidad latinoamericana. Paz, en su ensayo “Los hijos de la Malinche” de 1950 (Paz 1950/31973: 78), es un verdadero pionero con una mirada postcolonial e híbrida hacia el acontecimiento del Descubrimiento y de la Conquista. El “problema del origen” radica, según Paz, en la negación de la hibridez y agrega que los mexicanos no quieren ni provenir de los españoles ni de los indígenas, estas posiciones son más bien teorías de “unos cuantos extravagantes que ni siquiera son blancos” o de “criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios le hayan prestado atención” (Paz 1950/31973: 78).
Las tesis de Greenblatt representan un retraso frente a la discusión actual y quedan detrás de las renovadoras perspectivas de Paz, Elliot y Todorov, ya que no admiten que la conquista y destrucción de Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521 hayan significado una hora cero tanto para los españoles como para los aztecas. De allí la importancia que adquieren las observaciones de Paz cuando sostiene que el mexicano “no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. El empieza en sí mismo” (Paz 1950/31973: 79). Ese “en sí mismo” y la incorporación de la figura de la Malinche significan el punto de partida de una identidad y cultura híbrida en Latinoamérica4. De ese “en sí mismo” a la peyorativa evaluación que Greenblatt le da al proceso de hibridación volcado en los términos de “renaming, transformation, and appropriation” (Greenblatt 1991:135) o de la “articulation of radical differences” arranca precisamente la hibridez; en ese momento en el que Bernal Díaz construye la absoluta diferencia en la observación de los sacrificios en el templo es de donde se desprende la pregunta, ¿qué aporta la descripción de las diferencias absolutas traducida en similitud? Y a pesar de la crítica hecha a Greenblatt hay momentos reconciliadores y fascinantes en su trabajo, por ejemplo, cuando éste trata de definir ‘diferencia’ en el sentido de ‘diferancia’ al hablar de “violent substitution” (1991: 138), o cuando los españoles en la isla de Cozumel al comienzo de su viaje observan con admiración una especie de misa que los indígenas celebran y luego éstos a su vez ven la misa cristiana de los conquistadores. Estos traspasos no son en absoluto simétricos, sino resultado de un proceso de translación sin el cual no serían posibles. Realmente revolucionaria e innovadora para mis propias reflexiones es la mención de la idea de la “hermandad” por Greenblatt que realmente es la construcción de un mito, aun cuando Greenblatt saque al fin conclusiones negativas. Sobre esta base tratan Cortés y los españoles de convencer a los indígenas y a Moctezuma de abandonar sus ídolos según la fórmula de un “nostrum” común: “todos provenimos de Adán y Eva”. Greenblatt (1991: 138) valora esta estrategia como “cínica e hipócrita”, a pesar de que el solo hecho de considerar como hermanos a seres que adoraban dioses sanguinarios, que inmolaban seres humanos y cometían actos de canibalismo ritual era ya, aunque desde una perspectiva hegemónica, un acto osado:
Paradoja, figuras oximorónicas, oscilación, pasajes, rupturas, muerte, reconocimiento, destrucción y lamento, nostalgia y deseo como figuras de la translación forman la estrategia de la hibridez, lo cual equivale a nuestro concepto de hibridez en el sentido de “otra forma de acercarse a la razón y a la historia, como una lógica de la ‘suplementariedad’, del ‘pliegue’, ‘repliegue’ (‘reploiement’), ‘arruga’ (‘pli’), ‘injerto’ (‘greffe’), el rodar de unidades culturales que no se dejan reducir ni a un origen cultural o étnico único se trata de unidades que se resisten a ser asimiladas por estructuras superiores, ni a una diversificación sin identidad” (A. de Toro 2002: 36-37). Las tesis de Greenblatt como en gran parte de aquellas de la investigación internacional se quedan atrapadas dentro de un metadiscurso o pensamiento dicotómico en una perspectiva normativa eurocentrista de la Conquista. Además, Greenblatt casi no presta atención a la fundamental figura del intérprete, un factor esencial del acto de comunicación porque tiene el poder de la translación, como lo plantea Carlos Fuentes en las palabras de Jerónimo de Aguilar:
Cuando Bernal Díaz, en muchos de los episodios, narra parte de la traducción de la Malinche, la perspectiva no es sola y continuamente de Bernal Díaz, lo cual debe ser imprescindiblemente incluido en todo análisis narratológico (lo mismo es válido para la pluralidad de perspectivas en Historia general de las cosas de Nueva España de Sahagún). Greenblatt, sólo muy al final de su trabajo y al margen, se ocupa de la Malinche, quien como ya ha quedado establecido desde hace bastante tiempo, a más tardar después de Todorov (1982) es una figura central de la Conquista que se mueve en varios mundos indígenas y entre el mundo indígena y el español, perteneciendo a ambos. Greenblatt considera a la Malinche como una especie de topografía sobre la cual se desarrolla la hibridez en cuanto afirma, coincidiendo con Adelaida Castillo y con la descripción que Bernal Díaz hace de la Malinche, que “[...] the site of the strategic symbolic oscillation between self and other is the body of this woman” (Greenblatt 1991: 143), lo cual ya Todorov (1982) como primero había formulado. Quisiéramos indicar que a pesar de toda la valorización negativa del proceso de Conquista, Greenblatt le concede al fin a la lengua un papel importante en el acto de la Conquista, como luego Carlos Fuentes lo escenifica un año más tarde en su libro El naranjo. Si la lengua pues ocupa un lugar primordial, si la Conquista es según Greenblatt “an emblem of the vast process of cultural translation” o la puesta en marcha de un gigantesco proceso translatológico a raíz de que los “European adventurers not only depended upon go-betweens, but were themselves go-betweens, servants of the great representational machine” (Greenblatt 1991: 145); si la Conquista desata una cascada de textos “that professes to deliver the New World to the Old“ (1991:145), luego no podemos excluir de este proceso la hibridez porque todo acto de comunicación mimético implica un acto de translación y cada acto de translación implica hibridación. Translación significa necesariamente disponerse al otro:
Según Greenblatt, el famoso “bloqueo” psicológico intelectual de los españoles tiene dos razones: primero una razón consciente, no percibir al otro, ni pensar en reconocerlo, para poder así, más fácilmente, apoderarse de él. La segunda razón radica en la psicología profunda, es de orden psicoanalítico y opera al nivel de las perversiones psicológicas, de la represión del deseo y de la perversión: lo deseado y lo inconcebible/ increíble debe ser poseído a través de la subyugación y destrucción. Greenblatt confunde niveles elementales o presupone implicaciones recíprocas donde éstas son imposibles, como Todorov (1982: 191) lo indica al tratar la alteridad. El hecho de que Las Casas aprecie a los indígenas no significa que los entienda y los acepte mejor o que no los quiera asimilar, esto es, eliminar la diferencia. El hecho de que Cortés “a su manera” conozca bien a los indios no significa que éste los acepte o se identifique con ellos. De allí que la distinción que Todorov (1992: 191) hace en tres niveles sea determinante: uno “axiológico” (la forma de las relaciones con el otro según los criterios de igualdad o desigualdad); otro “praxseológico” (la forma de la relación con el otro según los criterios de identificación, asimilación, rechazo, reconocimiento o subyugación) y uno “epistemológico” (la forma de relación con el otro según los criterios de conocimiento o ignorancia frente al otro). Finalmente, vemos el problema de la argumentación de Greenblatt en una ideología que reclama una conciencia de los conquistadores españoles que se le puede exigir a la sociedad actual, pero si ni ésta es capaz de cumplir con semejantes exigencias, hace 500 años sería imposible y, así, se sigue tejiendo la hidra de “leyenda negra”. Greenblatt no aporta nada nuevo a los hechos; las partes más interesantes o provienen de Elliot o de Todorov o él mismo las desacredita con su juicio moralizante y de esta forma no abre nuevos caminos a la investigación. Más arriba hemos indicado cómo Elliot repetidamente apunta al difícil problema de la percepción y recepción de la Conquista y del encuentro con el otro, explicando cómo en el acto de descripción se produce una translación que cambia la perspectiva del español (Elliot 1970: 14-15) y cómo el Descubrimiento produce profundos cambios en todos los campos de la vida, del saber, de la política, economía, ética, teología, antropología, geografía, historia y filosofía (Elliot 1970: 6-7). Hasta ahora, con el término de hibridez como resultado de un acto de translación, hemos tratado de demostrar que la Conquista, a pesar de la destrucción, no fue solamente unilateral y que por el contrario the conquest wrote back. El reescribir el Descubrimiento y la Conquista ofrece una aproximación innovadora. Para ello, Elliot parte de la posición básica que la Conquista no fue un camino en sentido único, sino que Europa y América forman una inseparable estructura que no puede ser interpretada separadamente ya que ambas se han influenciado mutuamente: “Properly, their histories should constitute a continuous interplay of two distinctive themes” (1970: 7). Según Elliot, hasta la fecha se han investigado la presencia y los efectos del viejo mundo en el nuevo, pero no al revés, cómo el viejo mundo cambió radicalmente con el descubrimiento del nuevo, una tarea que, por lo demás, aún prácticamente no se ha llevado a cabo y representa el más grande desafío. No solamente los conquistadores estaban deslumbrados por el mundo descubierto y no sabían certeramente dónde se encontraban, de tal forma que no podían ordenar lo observado por falta de referencias y analogías correspondientes. Mientras los europeos tenían alguna idea de Africa y Asia, sus conocimientos de América eran nulos. América en sus comienzos (Colón, Vespucio) era un “apéndice de Asia” como sabemos, y allí radica una de las explicaciones de por qué los españoles y europeos tuvieron grandes dificultades de entender el Nuevo Mundo, de comprender y asimilar la dimensión del fenómeno del Descubrimiento (Elliot 1970: 8) y de describir su diferencia, de la cual resulta un “desplazamiento temporal” (Elliot 1970: 8) que durará cien años antes de digerir el descubrimiento (Elliot 1970: 29). Elliot reconoce, al contrario de Greenblatt, a pesar de “[t]he come down of the mental shutters” (1970: 14), que
Los cronistas tuvieron que lidiar con diversas dificultades: barreras lingüísticas, el fracaso de la propia lengua para registrar la otredad de un mundo enteramente nuevo y materialmente no codificado aún, la simultánea búsqueda de una mediación que permitiese además una posibilidad de entender para aquel que no estaba presente y no había tenido esa experiencia. Estos procesos translatológicos son exactamente los que desde un comienzo ponen la hibridación en marcha. Según Elliot (1970: 21), también la confrontación entre lo desconocido-horrorizante y lo conocido-familiar desenlaza un proceso de hibridación que genera cada vez más intensamente lo nuevo y lo otro. El recurso a la Antigüedad, el préstamo de monstruos y salvajes estereotípicos, no funciona en el Nuevo Mundo a raíz de la similitud entre españoles e indígenas; una experiencia que induce a los españoles a reflexionar sobre sus modelos. Además, el recurso a modelos familiares tiene un lado positivo que Greenblatt y Subirats desatienden completamente, pero no Elliot: estos modelos hacen posible la translación y la reducción a lo familiar; se trata de un procedimiento antropológico expandido e inherente a todas las culturas y, por ello, la analogía se puede incluso considerar como favorable en una primera etapa:
El problema de percibir y aceptar la otredad en el Nuevo Mundo no radicaba tan sólo en las dificultades de su registro y en la descripción de lo maravilloso, como afirma Greenblatt, sino más bien en la relación permeable entre similitud y diferencia, ya que al querer describir primordialmente la diferencia, chocan con la similitud. Los indígenas no son ni monstruos ni salvajes como la Antigüedad conocía, tampoco son monstruos del gabinete de la mitología cristiana (cfr. Plinius, Friedman y Gewecke), sino que son mis semejantes, tienen un gran conocimiento de las maravillas y están altamente organizados. En estas circunstancias falla el repertorio de lo fantástico. Aun cuando Elliot sostenga, con razón, que el deseo de saber y el utilitarismo, como así también el modelo clásico de la naturaleza de Plinius en su Naturalis Historia, poco ayudaron a registrar la otredad, o que el arte indígena, clasificado como arte bárbaro, no hubiese tenido ninguna influencia en el arte europeo, sino más bien sus objetos fueran parte de un parque exótico expuestos sin sistema como meros objetos y datos de colección de vitrina sin un aporte al conocimiento para calmar el ansia de posesión y de curiosidad, los europeos fueron también obligados, precisamente por el utilitarismo a pesar de todo “to widen their field of vision” y aún más importante “sometimes in spite of themselves [...] to organize and classify their findings within a coherent frame of thought” (Elliot 1970: 33). Así se agudiza la pregunta sobre la construcción de sentido de un comportamiento sin consideración de la otredad, de tal forma que la burocracia y la iglesia comienzan a captar la necesidad de que “the costums and tradition of the peoples entrusted to their charge” (Elliot 1970: 33). Recurriendo a Elliot quisiera dar dos ejemplos para lo expuesto. Uno proviene de la ocupación con la economía, el otro de la religión, lengua y cultura. Como sabemos, Moctezuma exigía tributo de sus súbditos y de los pueblos subyugados o aliados. Esta práctica es reapropiada por los españoles para sus propios fines:
Otro es el caso de Juan López de Velasco en su Geografía y descripción universal de las Indias, escrita entre 1571 y 1574, o el de José de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias del año 1590 (vid. “Proemio al Lector” 1590: 9). Ambos registran y describen la otredad, las similitudes y las diferencias en forma decisiva. Fray de Acosta escribe en el “Proemio al Lector”:
También el ardiente deseo de cristianizar a los indígenas obliga a algunos monjes a sumergirse en la nueva cultura y a revisar los principios de la propia. Así, Elliot constata:
Estas comparaciones fomentan la introducción de nuevos conceptos de coexistencia, que eran “sufficiently disparate, and sufficiently rich and varied in themselves, to have brought a large number of different, and often incompatible ideas, into uneasy coexistence within a single frame of thought” (Elliot 1970: 47). De esta forma comienzan poco a poco a cambiar los conceptos europeos y sus conceptos de lo bárbaro/salvaje y de lo civilizado. Es extraño el gran debate que produjo el libro de Todorov ya que al nivel del objeto, de los hechos a los que se refieren las crónicas, las tesis centrales del trabajo de Todorov están muy bien documentadas en la investigación hace ya mucho tiempo. También la base metodológica con respecto al tratamiento de las crónicas proviene como dijimos más arriba de Tropics of Discourse (1978) de Hayden White. Al fin, cierto tipo de interpretaciones y la consideración del nivel representacional son lo que hacen innovador a este libro en varios aspectos y lo que a la vez origina la polémica. Como indicábamos, Todorov ubica su método de análisis e interpretación de las crónicas entre la novela y la historia (Todorov 1982: 11-12); no le interesa su aspecto empírico, sino el representacional, esto es, en el contexto de la teoría del discurso de Foucault, su lugar de enunciación (Todorov 1982: 60). Semióticamente visto, el aspecto representacional no se puede separar de la perspectiva del narrador (o de los narradores) y forma parte constitutiva de la construcción del mensaje. Con ello, Todorov es el primero en establecer la prioridad de la enunciación y no la del enunciado (aunque no muy consecuentemente). Todorov también es uno de los primeros en reconocer el rol fundamental de la Malinche como una estructura autónoma en el proceso de la Conquista, y el primero, después de Octavio Paz, en relacionar a la Malinche con la encarnación del métissage, aun cuando incorrectamente asevere que sin la Malinche la conquista de México hubiese sido imposible, ya que olvida que los Tlaxcaltecas, como aliados de Cortés, jugaron un papel primordial:
Interesante es la aseveración de Todorov (1982: 115) que la limitada comunicación de los españoles con sus divinidades facilitó la Conquista ya que los aztecas estaban atrapados en su mitología:
También la ya mencionada admiración que expresan Cortés y Bernal Díaz frente a la cultura azteca son otro medio de comparación y analogía. Estas comparaciones constituyen frente a la destrucción la paradoja de un espacio híbrido: “Cette comparaison témoignent bien entendu du désir d’appréhender l’inconnu, mai elles contiennent aussi une distribution de valeurs systématique et révélatrice” (1982: 134). Pero Todorov cuestiona esta relación algunas líneas más abajo y la invierte en lo contrario en cuanto la admiración de Cortés no lleva a la aceptación de la diferencia del otro, sino de su aceptación como algo exótico que
Pero considerando los materiales de las crónicas no se puede sostener que los españoles hablaran sólo sobre los aztecas y no con ellos, al menos sabían que estaban hablando con un sujeto comparable a ellos mismos y del que eran altamente dependientes. Por esto, mi pregunta es si el reclamo tan absoluto de que el acto hermenéutico de comunicación debe ser equivalente con un ilimitado reconocimiento del otro como sujeto, con los mismo derechos, más bien obedece a una actitud moral que tiene que ver con un concepto moderno de los derechos humanos, sin que esto signifique la inexistencia de procesos de hibridación. La conclusión de Todorov, proveniente de Elliot, es que los españoles estaban dominados por una estrategia de la comunicación regida por intereses utilitaristas, una estrategia de comunicación y de translación con la finalidad de la apropiación de un territorio que luego conduce a la total destrucción, de esta forma coinciden las tesis de Todorov y de Greenblatt. Finalmente, según Todorov, la destrucción es además una consecuencia de “una sociedad de masacre” (de los españoles) frente a una “sociedad de sacrificio” (de los aztecas) que marcan el comienzo de la Edad Moderna y que son el instrumento primordial de las sociedades colonizadoras. El genocidio tiene siempre lugar a mucha distancia de las metrópolis colonizadoras, de un centro regido por leyes y moral que en los nuevos territorios no tienen vigencia. Todorov cree, recurriendo al psicoanálisis, que la obsesión sexual (Triebhaftigkeit) del individuo, la agresividad (Agressivitätstrieb), la obsesión de apoderarse de lo ajeno (Bemächtigungstrieb) y su deseo de la muerte (Todestrieb) quedan fuera de quicio, las barreras caen, domina el principio del placer abriéndose las puertas para los sadistas. Esta explicación nos parece plausible si consideramos que muchos de los conquistadores no son de alta alcurnia y su soldadesca aún menos, ya que fueron reclutadas en las clases bajas de la sociedad y en las cárceles. Mas, otra razón del genocidio es el estatus de animales y esclavos que se les dio a los indígenas (nos referimos sobre todo a Sepúlveda). No fue Victoria en sus Relecciones sobre los indios y el derecho de guerra quien determina esta atribución, sino Aristóteles en la Política:
5.1. La Malinche como figura histórico-epistemológica y encarnación de la hibridez El momento inicial de la historia de Malinche se da cuando de Aguilar no es capaz de traducir a Cortés lo que dicen los indios ya que mientras más se acercan a Tenochtitlán más se habla Náhuatl que de Aguilar no domina. Malinche osa intervenir sin pedir autorización en la conversación entre Cortés y el Cacique tomando el liderazgo de la negociación. Cortés la toma a su servicio, pero se la regala a Alonso Hernández Puerto Carrero y al retornar éste a España, Cortés la hace su amante; una relación de la que nace su primer Martín. Una vez terminada la relación, la casa con Joan Jaramillo, un soldado de su tropa. Malinche no fue según Bernal Díaz (como hemos visto según Todorov) una simple amante y una simple intérprete de Cortés, quien luego sin más la “bota” como afirma Greenblatt, sino una gran estratega que tenía una gran reputación, casi divina, en la población indígena y quien gozaba de autoridad y confianza por ambos lados. Malinche se construye como la intersección entre ambas culturas hablando las lenguas del poder: el náhuatl y el español. No había situación en la que ella no estuviese involucrada y en la que no ejerciese su autoridad. Se ve, por ejemplo, que ella es la que aconseja a Moctezuma cuando lo toman prisionero:
Cuando Guatemuz, por ejemplo, el sucesor de Moctezuma, es tomado prisionero, éste exige ser llevado frente a Malinche y dice:
Malinche representa una figura excepcional y con bastante autonomía en cuanto luchó por encontrar una posición en el incipiente Nuevo Mundo que ella misma está generando, de tal modo que es a la vez víctima y agente y su situación de servir a nuevos señores no es tan distinta a las anteriores. Por el contrario, ella no es solamente la amante del jefe supremo confundido en un principio con Quetzalcóatl, sino que también es su mano derecha e izquierda. Tiene una posición social y política que hasta allí era impensable. Malinche, la mujer en la intersección, era antes de la llegada de los españoles una migrante entre diversos mundos. Ahora aprovecha la oportunidad y conquista poder y prestigio. Malinche es como se constata en la investigación actual la “primera mujer emancipada” del Nuevo Mundo y en la historia moderna. Malinche no fue ni oportunista ni traidora, sino que sitúa y acomoda su interés en un mundo nuevo e irreversible, siendo la primera mestiza, pariendo al primer mestizo, bastardo y chingado, es decir, al primer híbrido. Frente a este contexto histórico innegable, que se presta como punto de partida para toda ideologización de la identidad y de lo nacional, las palabras de Octavio Paz, citadas más arriba, adquieren una dimensión hasta la fecha inesperada. Paz es el primer intelectual latinoamericano que conecta el término ‘chingado’ con la Malinche en un contexto histórico y en una forma constructiva, sin ponerla en un plano negativo. Por lo demás, Sor Juana Inés de la Cruz es, como Martín, una bastarda cuya madre ni siquiera se sabe bien quién es; por esto, Sor Juana es para Octavio Paz la encarnación de la hibridez. Es el primero en poner a la Malinche en un pedestal y reclamarla como la figura de la Conquista y como la base para la construcción de la historia y de la identificación de Latinoamérica, más allá de esencialismos y hegemonías. En este lugar no puedo entrar en detalle a las tan controvertidas tesis de Octavio Paz con respecto a México, pero basándome en algunas observaciones incito a una nueva lectura de Paz, quien con su posición se encuentra mucho más adelantado que las teorías culturales de la época y más bien encaja en los teoremas de la postcolonialidad y del principio de pluralidad postmoderna. La ‘soledad’ de la que habla Paz tiene su origen, por una parte, en la negación y en el encubrimiento de la propia historia e identidad, a través de la adopción de conceptos europeos y de la nostalgia de la cultura precolombina; por otra parte, bajo ‘soledad’ se puede entender otra denominación para hibridez, para un mundo de pasajes representado por la Malinche, personaje a quien se le atribuye el rol de la traicionera y de negación del mexicano a comienzos del siglo XX, como consecuencia de un nacionalismo esencialista que, según Paz, deja a México fuera de la historia. Malinche se transforma de pronto en malinchismo, en un término peyorativo, equivalente a extranjerizante y traicionero, que tiene como punto de partida el sangriento y difuso episodio de Cholula y la primera masacre cometida por Cortés en México. En el ensayo mencionado, Paz reintroduce a México en el proceso histórico con Malinche en el centro. Lo que Paz hace en el muy discutido ensayo es ofrecer una radiografía de las opiniones sobre un México que se hallaba en una calle sin salida para encontrar un alternativa. México según Paz se encuentra volcado y encerrado en sí mismo, con ello se excluye México no solamente del presente y del futuro, sino de su pasado y de allí la fórmula: “Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir encerrados al exterior, sí, pero sobre todo, cerrados frente al pasado” (Paz 1950: 78). La alternativa o solución la ve Paz en el reconocimiento del pasado acuñado por la Malinche, por la ‘chingada’, en breve, en la hibridez: “En ese grito condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo” (1950: 78). Ese ‘hibridismo’ que representan tanto Cortés como Malinche ha sido ‘tabuizado’ y silenciado, encubierto y negado y de esta forma las posibilidades de identidad, nación e historia: Este bloqueo es parte de una ideología esencialista o hegemónica propagada por indigenistas o por los europeizantes; ambos grupos son rechazados por Paz: Queremos completar nuestros ejemplos con algunos pasajes de las obras de Bernal Díaz del Castillo en Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España y de Las Casas en Apología e Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme. Otros autores serían Sahagún, Muñoz Camargo, Alvar Ixtilxóchitl, Bautista Pomar, Alvarado Tezozomoc, Pachacuti o el Inca Garcilaso. En Historia de Bernal Díaz encontramos un párrafo donde se compara a la Virgen María con las “teleciguatas”, esto es, con “mujeres famosas de la región”: En el campo lingüístico topológico encontramos una cantidad de nombres creados para designar regiones o ríos descubiertos, o la descripción de ritos religiosos, comidas y vestuario, etc. Los españoles crean la topografía a través de la palabra: “Como habían tantos caimanes le llamamos el río de los caimanes”. Detengámonos en las comidas que son parte de la maravilla: “treinta maneras de guisados”; “más de trescientos platos” y “más de mil para la gente de guarda” (ibíd.: 216). Este refinamiento se enturbia con la mención del canibalismo que también cometen los españoles ya que no son capaces de distinguir entre carne de pollo y de ser humano. Por esto, Cortés le ruega encarecidamente a Moctezuma que abandone semejantes prácticas y que prohíba la venta de carne humana en el mercado: Tanto Tenochtitlán como la figura de Moctezuma son motivo de una admiración sin límites. A Moctezuma se le describe como un verdadero soberano, una mezcla entre dios y rey y de apariencia sublimada: “de buena estatura e bien proporcionado” (Díaz del Castillo [1632]1997: 216). Su vestimenta, comportamiento e higiene producen un impacto en Bernal Díaz: “[...] bañábase cada día una vez, a la tarde, cambiaba constantemente de ropas” (Díaz del Castillo [1632]1997: 216). También su vida matrimonial es motivo de admiración y asombro ya que se trata de relaciones altamente ritualizadas, como también lo son sus comidas. La fórmula que Bernal Díaz aplica y que sintetiza toda su admiración es: “El gran Montezuma” (Díaz del Castillo [1632]1997: 216). Particularmente impresionante es la descripción de Bernal Díaz del primer rencuentro entre Cortés y Moctezuma en Coyoacán. Este va bajo un “palio adornado con oro, plata y piedras preciosas”, sus zapatillas (“cotaras”) están adornadas con joyas y tienen una suela de oro, sus vestimentas son de un arte refinado: “rica manera de vestidos a su usanza”. Bernal Díaz describe cómo los sirvientes van barriendo el suelo por donde ponen una alfombra por la que se desplaza Moctezuma, quien apoyado en sus brazos parece volar, nadie le puede mirar a los ojos y una infracción está penada a muerte (Díaz del Castillo [1632]1997: LXXXVIII: 210-211). Estos ejemplos revelan un proceso de hibridación que se escapa a las intenciones de evangelización y de subyugación o muerte; el proceso está en marcha y es inevitable. Otra escena singular es la descripción del tipo de relaciones entre Cortés y Moctezuma. Cortés debía conservar un espacio frente al rey azteca ya que de otra forma se “lo tenían por menosprecio” (ibíd.). Cortés luego de haber visitado el Templo Mayor quiere obligar a Moctezuma a abandonar los dioses sangrientos; Moctezuma, indignado, le responde que sus dioses son tan buenos como los del Señor Malinche y que con esto se acaba el problema. Cortés se calla y acepta el reto “cara alegre”, despidiéndose con una disculpa: Y Cortés le dijo: “Pues que ansí es, perdone, señor” (ibíd.: 227). Más tarde, cuando los españoles temen la subversión de los príncipes aztecas y toman preso a Moctezuma en su propio palacio, le dejan sus privilegios y libertades, como por ejemplo, jugar a la pelota o ir a orar a Vichilobos (ibíd.: 238-245ss.). Bernal Díaz subraya constantemente el intercambio de “cortesías” y de “amor” entre ambos señores. Su crónica contiene escenas realmente conmovedoras, cuya base empírica no podemos poner en duda ni confirmar, por ejemplo, cuando Bernal Díaz describe los sentimientos que ambos señores sienten recíprocamente (Díaz del Castillo [1632]1997: 237, 265). Aunque el texto de Bernal Díaz naturalmente está empeñado en describir a Cortés y a los españoles (como también a sí mismo) y en darle a la Conquista un rostro más humano, su discurso contiene una serie de pasajes que no mantienen esta línea. Por ejemplo, cuando Bernal describe los conflictos entre Cortés y los indígenas y la brutalidad de su proceder o cuando discute con Moctezuma, salen a luz los conflictos internos en los determinados grupos (Díaz del Castillo [1632]1997: 117, 119-122). Bernal Díaz nos informa cómo Cortés y Moctezuma saben usar para sus propios intereses los enemigos y las debilidades que cada uno tiene por su parte (Díaz del Castillo [1632]1997: 188). A pesar de la repulsión que le provocan los rituales y sacrificios religiosos de los aztecas, Bernal Díaz inicia un proceso de translación e hibridación sin par. Compara la incineración de resina para la adoración de los dioses aztecas con el incienso de los rituales cristianos, que también se da en otros textos y crónicas, como por ejemplo en Historia general de las cosas de Nueva España de Sahagún o en Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra firme de Durán, en Relación de Yucatán de Landa o en Naufragios de Alvar Núñez. Este último, un complejo ejemplo de hibridez, se encuentra entre Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar como esclavo de los indios de Florida por más de siete años, se transforma en una especie de chamán y Cristo que salva a enfermos y hace revivir a muertos (el caso de Lázaro) traduciendo, es decir, combinando o reemplazando los métodos indígenas de “unas sajas donde tiene el dolor” o “chúpanles alrededor de ellas. Dan cauterios de fuegos”, por “curamos antiguándonos y soplarlos y rezar un ‘Pater Noster’ y un ‘Ave María’, rogar lo mejor que podíamos [...] y luego que los santiguamos decían a los otros que estaban sanos y buenos”. Otro aspecto de la hibridación lo constituye el término “poblar”. En un sentido evangélico, “poblar” significa llevar la palabra de Cristo y aumentar la fama de Carlos V. Sin embargo, “vayan a poblar” experimenta una extensión en el sentido de mezcla étnica, es decir, implica el amancebamiento o matrimonio con mujeres indígenas. Cuando Cortés recibe de regalo veinte mujeres en Tabasco, Bernal Díaz las hace instruirse primero en el catecismo y luego las hace bautizar, finalmente se las da a los soldados para que las desposen y convivan con ellas: “Estas fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva España”, y los caciques “fueron los primeros vasallos que en la Nueva España dieron obediencia a Su Majestad” (ibíd.: 98). Cuando Las Casas, por ejemplo, reconoce en los indígenas un temperamento virtuoso y una disposición religiosa más ejemplar que la de los españoles para aceptar el cristianismo, esta descripción y admisión de los indígenas como criaturas dignas de Dios es, a pesar de su perspectiva unilateral, un primer paso a los derechos universales de los derechos del hombre, basándose en la dignidad indígena, concepto que no se habría dado sin el Descubrimiento. Tanto Bernal Díaz del Castillo como Alvar Núñez Cabeza de Vaca describen el Descubrimiento y la Conquista como el infierno para ambas culturas, pero también como una nueva civilización. De igual manera lo expresa Carlos Fuentes en boca de Jerónimo de Aguilar en El naranjo: Para poder apreciar la dimensión del conflicto civilizatorio y el aporte que hicieron los cronistas, tales como Sahagún, Oviedo, Durán y tantos otros españoles, esto es, conquistadores, monjes, aventureros, científicos, etnógrafos, que creyeron llegar a un paraíso, donde habían constantemente guerras, donde regía un régimen del terror, donde habían sacrificios humanos y hasta canibalismos rituales, pero a la vez una floreciente cultura, debemos abandonar la idea del imperio de un discurso hegemónico unilateral y más bien ubicar este discurso en una estrategia discursiva híbrida de la “no simultaneidad de lo simultáneo” (Rincón 1995). Solamente así se revelan los puntos de ruptura en las intersecciones de donde nace un nuevo modelo civilizatorio y el inicio de la modernidad. Futuras investigaciones deberán demostrar que los españoles, tan demonizados por las diversas leyendas negras, hicieron un aporte hercúleo al inicio de la época Moderna ya que con el Descubrimiento todas las categorías y todo el conocimiento hasta allí existentes pierden en parte su vigencia. El concepto de hibridez, como resultado de un proceso de translación basado en la comparación, similitud y analogía, se presta como un instrumento para investigar el Descubrimiento y la Conquista, más allá de conceptos binarios, en cuanto nos permite distinguir entre los hechos, la moral de los hechos y su nivel representacional, es decir, su escenificación sígnica. La permanente oscilación entre lo antiguo y lo nuevo, lo extraño y lo propio, la destrucción y la construcción, el rechazo y el reconocimiento, nos demuestra que el Descubrimiento y la Conquista de América no se pueden reducir solamente a su destrucción, como particularmente Greenblatt en Marvelous Possessions (1991) o Subirats en El continente vacío (1994) afirman. No solamente el mestizo Garcilaso el Inca fue un pasajero entre las culturas, sino también, entre otros, los cronistas de origen indígena o mestizos, Santacruz Pachacuti, Alva Ixtlixóchitl y muchos otros cronistas españoles; en la suma de los escritos se constata la construcción de un nuevo mundo. Los textos, por ejemplo, las crónicas o relaciones eran en sí de carácter híbrido: una mezcla entre autobiografía, testimonio, reportaje empírico, historia, etc. Estos textos y muchos otros hacen la primera contribución a un proceso de hibridación. La oportunidad de construir una sociedad transcultural en la Península Ibérica fue desperdiciada con la famosa Reconquista, que culmina con la expulsión de los “moros” y “judíos” en 1492 y que se desperdicia en parte en el Descubrimiento; pero solamente en parte ya que se genera una nueva cultura. La necesidad de releer las crónicas bajo el aspecto de la hibridez nos debe también demostrar cuáles fueron las carencias y las pérdidas del Descubrimiento y la Conquista. Comparar las carencias y las pérdidas de oportunidades de entonces con las de hoy en día frente a gigantescas migraciones que rompen con todas las categorías habituales hasta ahora, nos muestra que los españoles y los europeos se encontraban en 1492 en una situación similar a la de hoy, aunque en una dimensión muchísimo más compleja a la nuestra. 1 Semejante ‘bloqueo’ o la incapacidad de percibir al otro (o de aceptarlo, ya que de eso se trata al fin en el caso de Greenblatt como veremos) no es un fenómeno nuevo ni único ni tampoco fue tratado inauguralmente por Greenblatt, sino que anteriormente fue tratado por Elliot (1970: 14) refiriéndose a la recepción y consecuencias de la Conquista en el viejo mundo (vid. más abajo). 2 Esta central tesis de Greenblatt proviene también de Elliot quien a su vez reprochaba a Bernal Díaz que éste “still looks at the conquest of Mexiko throug the haze of romances of chivalry” (1970: 20). 3 También esta teoría de lo maravilloso y de la translación de lo inalcanzable recurriendo a John Mandeville y a Herodoto provienen de Elliot (1970: 31). 4 Ya desde Gyurko (1977); Castellanos (1975/1987); Corpi (1978) y Alarcón (1983/1989) se viene generando una nueva interpretación de la Malinche que luego recibe un impulso fulminante con Todorov (1982). Esta trayectoria la continúa Margo Glantz (1994) y alcanza un punto de culminación con los trabajos de Wurm (1996) y Drörscher/Rincón (2001). 5 No debe olvidarse que estas cartas también tienen un estatus estratégico: transmitir una imagen positiva de la misión y proteger a Cortés de que se le reprochen avaricia por el oro o la persecución de fines personales a cargo de la corona. Además, las cartas habrían de permitirle entrar a la historia como un caballero heroico. 6 Cfr. Glantz (1994), Dröscher/Rincón (2001). 7 Los “lienzos” de Tlaxcala fueron terminados alrededor de 1560. BIBLIOGRAFIA I. Textos Alva Ixtlixóchitl, Fernando de. ca. 1610-1650/2000. Historia de la nación chichimeca. Ed. de Germán Vázquez Chamorro. Madrid: Dastin. [ Links ] Aristoteles. 61986. Politik, München: DTV. [ Links ] Cortés, Hernán. 1770/1970/1993. Cartas de la Relación de la Conquista de México. Edición, introducción y notas de Angel Delgado Gómez. Madrid: Castalia. 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