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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.44 no.1 Santiago jun. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942011000100006 

HISTORIA N° 44, vol. I, enero-junio 2011: 191-193

RESEÑA

 

Alberto M. de Agostini, Andes Patagónicos. Viajes de Exploración a La Cordillera Patagónica Austral, Santiago, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile y Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Colección Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile, vols. 93 y 94, 2010, prólogo de Mateo Martinic.

 

La presente edición de los escritos de De Agostini sobre los Andes Patagónicos incluye las correcciones y agregados que el autor estaba preparando para la segunda edición de su obra, la que finalmente no fue publicada debido a la muerte de este sacerdote y expedicionario italiano. Esta nueva edición completada de acuerdo a sus intenciones, incluye además una generosa serie de fotografías mayoritaria-mente del propio De Agostini, quien alcanzó una gran competencia en la materia. Contiene, además, un breve e ilustrativo prólogo de Mateo Martinic, texto que el lector hubiese querido que fuese más largo e informativo, especialmente en varios de sus rasgos biográficos, que solo son mencionados o dejados sin referencia alguna. Lo que pudo faltar aquí, encuentra una compensación en una generosa cantidad de notas al pie de página que acompañan todo el texto. Se trata, en suma, de una muy bien lograda edición de esta obra fascinante que nos sumerge en lo más austral del planeta, tal como empezaba a ser percibido por quienes la recorrieron y describieron en la primera mitad del siglo XX.

El interés central de Alberto M. de Agostini fue la geografía de los Andes Patagónicos, en los que empezó a adentrarse a poco de llegar a Punta Arenas en el año 1910. Como varios de los salesianos que lo habían antecedido, lo suyo debió haber sido la educación y evangelización en los colegios que su congregación había levantado en las ciudades y a través de las misiones repartidas por el amplio territorio patagónico. Lo que resultó, en cambio, fue una serie constante de viajes, descripciones geográficas detalladas y de alta precisión de partes escasamente conocidas, así como de otras desconocidas del todo hasta que cayeron bajo su vista y su pluma. Lo suyo fue antes que nada el territorio, y su obra está llena de referencias a la organización de los viajes y su posterior realización, la llegada a los lagos, ríos, montañas, todo referido con la pasión propia de quien lleva adelante una actividad contando más que nada con su voluntad y la de aquellos que se fueron sumando a estas iniciativas. Tal como señala Mateo Martinic, De Agostini contaba con una escasa bibliografía de apoyo, las referencias de los otros salesianos que habían recorrido una parte de los lugares y las noticias que le entregaba la gente que habitaba el lugar y que se habían desplazado por él. Todo el resto estaba abierto para ser recorrido, conocido y explicado, en varios casos, por primera vez.

Como sucede ante este tipo de literatura descriptiva de lugares y viajes, carece de sentido el intento analítico o reasuntivo de los contenidos de la obra. Un primer valor está en su lectura directa con sus mil detalles y descripciones pormenorizadas, la que exige la consulta de mapas especializados que posibiliten la reproducción de las travesías, cartas que hasta el día de hoy no resultan fáciles de encontrar (una buena alternativa por lo que a la parte chilena se refiere es el Atlas de la República de Chile del Instituto Geográfico Militar de Chile del año, 2005). Un segundo aspecto destacable consiste en la presentación del territorio en un momento determinado, uno que a partir de ese momento no dejará de experimentar cambios en cuanto a su mayor conocimiento, poblamiento, cambios climáticos y su percepción como una tierra que contiene diversas posibilidades de uso y explotación, tal como se debate en el día de hoy, a cien años de las primeras referencias que al respecto hiciera De Agostini. En suma, quiero decir que nada puede reemplazar la lectura directa del texto, al como sucede con todo este tipo de obras herederas de la del antiguo Heródoto. Por último, estos Andes Patagónicos adquieren un valor en cuanto fuente indispensable para el estudio de la historia de un territorio en cada una de sus partes y aspectos.

El interés de De Agostini por el territorio se hace más visible al contrastarlo con las pocas, y a veces bastante escuetas, descripciones de los habitantes que encontró en sus recorridos. A este respecto el relato se detiene en los que viven en las ciudades de Punta Arenas y Puerto Natales, como también en aquella serie de "extraños" y "locos" personajes que llegaron a la Patagonia en busca de riqueza. Estos últimos son descritos de forma breve, contrastando con una visión que intenta ser más detenida y aguda en el caso de los pueblos autóctonos. Veamos unos y otros.

Los "extraños" y "locos" vivían desparramados en los lugares más distantes del territorio. Algunos, como el noruego Samsing que se instaló al final del seno Eyre, intentaron contra viento y marea explotar lugares que los expulsarían con toda su fuerza natural (tomo I, 101-102); al pie del Balmaceda describe la vida de un solitario suizo que buscaba hacer fortuna donde a nadie más se le ocurriría intentarlo y que tenía contacto con otros humanos cada cuatro meses y dedicaba sus horas a transportar su ganado en busca de alimento en una zona de gran humedad y pantanosa (tomo I, 138); en el Lago Puyerredón vivían dos italianas que habían logrado convertir en sendos vergeles las tierras del lugar (tomo II., p. 141). Estos personajes han nutrido la imaginación sobre este territorio y servido como argumento para la literatura y el cine.

Los alacalufe, así como los patagones o teheuelches, llamaron la atención de De Agostini y hay varias páginas dedicadas a su descripción. De particular interés para el análisis, comprensión del personaje y su época es lo dicho sobre los primeros. Es ahí donde se despliega con toda su fuerza su mirada europea, científica y civilizada sobre formas de vida tan diferentes. La descripción se encuentra entre las páginas 111 y 119 del tomo primero y se acompaña de una serie de fotos que ilustran de manera decidora las palabras escritas. La mirada del salesiano se detiene sobre un grupo que ya mantiene contactos comerciales con los loberos y ha adoptado de ellos su forma occidentalizada de vestir y comenzado a experimentar los efectos devastadores del consumo excesivo de alcoholes de ínfima calidad. La observación -estamos en los últimos días de diciembre del año 1928- no tiene ninguna consideración de lo que décadas más tarde se llamará la "percepción del otro" ni muestra una sensibilidad del tipo de la que predomina en los días actuales. Ya tuvimos oportunidad de evidenciar el valor de fuente histórica de los escritos de De Agostini. La mirada cambia cuando se refiere a los pulcros -y más civilizados-Patagones o Tehuelches, en el volumen II, páginas 309 y siguientes.

Lo suyo, como ya hemos tenido oportunidad de señalar, fue el territorio, que lo atraía y llamaba con más fuerza que las labores de evangelizador y educador y más que las de etnógrafo. En su vocación más profunda pudo sentirse satisfecho, como señala Mateo Martinic, "pues había hecho una notable contribución a la geografía de la parte austral de América, al dar a conocer la estructura orográfica y glacioló-gica de los Andes Patagónicos y Fueguinos, lo que, con excepción de algunas zonas limitadas, eran completamente desconocidos en su interior para la ciencia mundial al promediar la segunda década del siglo XX".

Nicolás Cruz
Pontificia Universidad Católica de Chile.