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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.40 n.1 Santiago jun. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942007000100019 

 

Instituto de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile
HISTORIA N° 40, Vol. I, enero-junio 2007: 220-223
ISSN 0073-2435

RESEÑA

 

ENRIQUE KRAUZE, La presencia del pasado, México y España, Tusquets Editores, 2005.

 


En este libro el connotado intelectual Enrique Krauze busca delucidar el papel de la historiografía mexicana en la construcción de la nación y la identidad cultural del país a partir de la independencia, culminando en un centenario que es a la vez el término de un proceso y el inicio de otro.

Luego de la Independencia hay una clara idea de que para construir la nación es necesaria la historia, pero no hay necesariamente consenso sobre cuáles son los hechos históricos más relevantes. De hecho, el período se caracteriza por el uso político del pasado, que más aporta a fomentar divisiones. Estas tienen que ver con 1) la evaluación del pasado prehispánico, 2) la evaluación del pasado colonial español, 3) la interpretación de la Independencia, y 4) la situación del indígena y del mestizo. Muchos de estos procesos se entrecruzan. Como señala Krauze, "quienes se interesaron en el tema [de reconstruir históricamente el pasado español] lo habían hecho para explicarse el origen de las luchas de la Independencia y entender las dificultades con que tropezaba el surgimiento de la nueva nación" (281).

México cuenta con una rica tradición historiográfica que se remonta a los orígenes mismos de la conquista. Son las crónicas del siglo XVI, junto a los escritos de los jesuítas exiliados del siglo XVIII, los que proporcionan una base para comprender el pasado indígena. Para personajes como Servando Teresa de Mier, "la historia antigua (sus héroes y cronistas) servía como bandera revolucionaria" (44). No era este, sin embargo, un estudio desinteresado o fuertemente documentado del pasado. En el siglo XIX, de hecho, uno de los primeros grandes estudios de la conquista es redactado por el historiador norteamericano William H. Prescott, quien, a pesar de su esfuerzo intelectual, no deja de revelar profundos prejuicios culturales respecto del escalafón al que supuestamente pertenecían las civilizaciones indígenas.

Es el liberal José Fernando Ramírez quien reacciona ante la perspectiva de Prescott sobre el pasado indígena. Según Krauze, la obra de Prescott "lo apasiona e indigna" (63). Ramírez considera que el "desapego de raza" de Prescott lo lleva a proporcionar una visión positiva de Hernán Cortés y negativa de los indios. También detecta un "inmoderado entusiasmo por Cortés" (187).

En la historiografía mexicana, ¿se exalta el pasado indígena para condenar la conquista? Tal es el caso de Lorenzo de Zavala, quien, sin embargo, no deja de repudiar la "barbarie" de los "jefes indios" (45). Para él el período colonial era de un "orden sistemático de opresión" (281). En el transcurso del siglo, lo antiespañol se encarna en los ataques contra Cortés, lo que es un fenómeno propio de la Independencia, puesto que los criollos del virreinato, incluyendo a Mier, lo elogiaban por destruir la barbarie e introducir la evangelización. Pero a partir de 1823, surgen llamados a destruir los vestigios de su memoria e incluso sus restos. Ignacio Manuel Altamirano lo considera "un capitán de bandoleros" y a Cuauhtemoc "el héroe verdadero de aquella guerra" (204).

Tal como en otras latitudes de Hispanoamérica, desde muy pronto se perfila en el México independiente un dilema fundamental: ¿se incorpora o se renuncia al legado político y religioso de España? Si se incorpora, ¿cómo se asimila la Independencia? Algunos, como Carlos María Bustamante, buscan impulsar un patriotismo unificador relacionado con el pasado prehispánico. En su caso, también hay contradicciones. Concebía a los insurgentes como encarnación del pasado antiguo, atacaba el dominio español y defendía la Independencia. Pero al mismo tiempo "era centralista, católico fervoroso y, sobre todo, defensor de la Iglesia" (48). Quería un México orgulloso del pasado indígena, pero también católico y centralista.

El gran historiador y estadista mexicano Lucas Alamán reacciona en contra de la idea de que México se defina como heredero del pasado indígena sin incluir su elemento español. Para él "no había necesidad ni razón en querer fundar la justicia de la independencia en la injusticia de la conquista" (182).

Otro de los grandes temas de la historiografía decimonónica es la evaluación del papel de indígenas y mestizos en la historia. Las claras heridas de la conquista se reabren en el debate nacional e historiográfico del siglo XIX. Cuauhtemoc se exalta como símbolo de resistencia. Las invasiones que sufre México en el siglo XIX por parte de Francia, España y Estados Unidos reviven el trauma. También lo ahondan las rebeliones indígenas contra criollos y Estado nacional, como es el caso de la guerra de Castas en Yucatán. Los historiadores abordan estos temas de diversos modos.

Manuel Orozco y Berra se identifica con los valerosos aztecas, pero se inclina a lo positivo de la conquista por haber derrotado al despotismo de Moctezuma. Al mismo tiempo, busca aunar las tradiciones indígenas y españolas. "Ninguna idealización del pasado indígena guiaba su filosófica pluma", indica Krauze (196). Ignacio Ramírez, también conocido como el Nigromante, declara que "los mexicanos no descendemos del indio ni de español: descendemos de Hidalgo", es decir, una identidad patriótica y no racial (362). Este historiador, nos dice el autor, "representó la negación del pasado en su versión extrema" (308). En esto no lo acompaña su discípulo Ignacio Manuel Altamirano, quien admiraba a los misioneros evangeliza-dores españoles.

Los liberales "puros" no muestran mayor apego al pasado prehispánico. Los caracteriza una ambigüedad fundamental de "atracción y repulsa" como la llama Krauze (87). La rebelión de los indios yucatecas, y el peligro que corren los criollos luego de la retirada estadounidense, les estremece por lo que consideran un deseo de venganza. Por lo tanto, apoyarán la supresión de las rebeliones indígenas. Promueven la educación y la desamortización, lo que hace que los "indios voltearan la espalda a los liberales" (142) y que apoyaran a Maximilano en contra de Benito Juárez.

Con los avatares del siglo "se fue desvaneciendo también el idealismo indigenista de los criollos" (116). La exaltaciones de Bustamante, a su vez, le parecen a Lucas Alamán un "delirio" (117). Joaquín García Icazbalceta deplora "el entusiasmo facticio por todo lo azteca" (222). A medida que avanza el siglo, surge una evaluación positiva del impacto del cristianismo en México, y una perspectiva más paternalista de las comunidades indígenas. En último término, "liberales o conservadores, mestizos y criollos convergirían en la misión de educar, salvar, proteger a los indios" (228).

En general, los intelectuales mexicanos terminan compartiendo un anhelo de unidad racial. Incluso el José María Luis Mora tardío desea "la fusión de todas las razas y colores que existen en la república, en una sola" (245). Para José Fernando Ramírez, hay un hecho ineludible del proceso histórico mexicano, que es el mestizaje. Justo Sierra también transforma al mestizo en "el héroe colectivo de la historia mexicana" (246). No deja de haber diversidad en las evaluaciones de los historiadores mexicanos a la hora de vincular a indígenas y mestizos al proceso histórico nacional. Andrés Molina Enríquez abogaba por una nacionalidad con raigambre indígena, pero de cultura hispánica y católica. Es tal la separación conceptual que se hace en relación a la identidad conquista-catolicismo, y España-mundo indígena, que Krauze concluye que para principios de siglo "el sentimiento adverso a España era ya... cosa del pasado" (270).

Esto lo demuestra el positivista Justo Sierra, para quien "la Conquista había sido un paso adelante en el sendero de la civilización" (95). Él termina estrechando los lazos con España, desde mucho antes de ser embajador en ese país. Como afirma Enrique Krauze, Sierra comparte con Rubén Darío y José Enrique Rodó el interés por "marcar las diferencias con la cultura anglosajona y propiciar un acercamiento con España" (333).

Todas las divisiones desplegadas en el siglo XIX parecen encontrar una reconciliación en el centenario de la independencia. Hasta Hernán Cortés, largamente despreciado y relegado, entra como figura principal en los actos de celebración del centenario. El mismo Sierra, como funcionario del gobierno de Porfirio Díaz, recluta al sacerdote Agustín Rivera para que haga lo impensable en el siglo XIX: dar su bendición a la Independencia. Sierra mismo "rendía tributo a España y a la Iglesia, y reconocía a los insurgentes como hijos de ambas" (343). El gran positivista termina reconciliándose con la fe del pueblo en la Virgen de Guadalupe.

Este libro, además de proporcionar un examen de los grandes debates políticos, es también un análisis de la formación del campo histórico en México, es decir, de la historia como disciplina del conocimiento. Krauze señala que es principalmente gracias a José Fernando Ramírez y Joaquín García Icazbalceta que México recobra un acervo documental en el siglo XIX. Manifestando un claro compromiso con la investigación histórica y la identificación y rescate de documentos, dice Ramírez que, "procuré acertar con [mi vocación], y hallé que no era la de escribir nada nuevo, sino acopiar materiales para que otros lo hicieran" (77). Es él quien "rescató en el siglo XIX el legado historiográfico del México antiguo" (96).

Este mismo afán caracteriza a Joaquín García Icazbalceta. Es una de las voces que "se alzaban contra el uso (abuso) político de la historia" (337). Es decir, historia al servicio del saber y no del poder. Krauze considera los exámenes históricos de Mora y Alamán como "matizados y serenos" y que a pesar de sus diferencias "ambos creían necesario conocer y dar a conocer ese pasado porque comprendían que estaba mal estudiado y reconocían su supervivencia en leyes, instituciones y hábitos" (282). Alamán era claramente más favorable al pasado hispano, que considera uno de paz, mientras que Mora condenaba la "perenne minoría de edad" (284) a la que el imperio había sometido a los criollos. El primero, además, defiende la monarquía, pero "ambos necesitaban explicarse y explicar las desventuras iniciales de la nación y proponer caminos de salvación" (284). El que lo hicieran utilizando elementos cada vez más sofisticados de la investigación histórica moderna demuestra la creciente autonomía del campo y su clara separación respecto de los usos políticos de la disciplina.

En suma, se trata de un libro informativo, bien estructurado, bellamente ilustrado, que destaca la importancia de los historiadores y de la disciplina histórica en la formación de las naciones.

IVAN JAKSIC
Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad de Stanford