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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.18 Santiago  2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112007000100002 

 

Literatura y Lingüística N°18 ISSN 0716-5811 /pp. 19-34

Literatura: artículos y monografías

¿Hay humor en Juan Montalvo?


Juan Valdano*


Resumen


Este ensayo analiza la prosa panfletaria de Juan Montalvo desde el punto de vista del humor. Montalvo, además de dedicar muchas páginas a disertar sobre la risa, buscó con frecuencia insertar efectos humorísticos en su estilo, encaminados a ridiculizar a sus enemigos políticos. ¿Hasta qué punto un autor eminentemente moralista, un libelista cáustico como Montalvo, que echa mano del insulto, la burla y el sarcasmo, puede considerarse un humorista? Para comprender esta ambigüedad entre un Montalvo solemne y otro burlón, entre un Montalvo austero y otro irónico se analizan aquí ciertos recursos literarios que utiliza este autor y con los que provoca efectos que lindan con lo humorístico.

Palabras clave: Humorismo, el chiste, la risa, la parodia, el discurso paródico, el insulto, el sarcasmo, la sátira, la ofensa.


Abstract

This work analyses Juan Montalvo's pamphlet prose from a humorous perspective. To what extent can an eminently caustic moralist author as Montalvo, who uses insult, mockery and sarcasm, be considered a humorist? In order to understand this ambiguity between a solemn Montalvo and a Mocking one, between an austere and an ironic one, certain resources used by the author are analysed, resources that border on humour.

Key words: Humorism, the joke, the laugh, the parody, the parodic speech, the insult, the sarcasm, the satire, the offense.


I

Antes que un aserto, este ensayo plantea de entrada, un interrogante. Juan Montalvo es uno de esos escritores que, luego de leerlo, nos deja ambiguas impresiones. Discurra o disienta de esto o de aquello se encarama siempre a la peana del moralizador. Aun en la diatriba toma aliento para elevarse al púlpito de los admonitores y, desde allí, condenar vicios, defectos y flaquezas humanas; y todo en un tono de Savonarola, y todo con la autoridad de un padre de concilio para, luego, y casi sin transición, resbalar a la befa, la burla, la ironía o el sarcasmo que restallan cual chasquidos de zurriago en la piel de sus enemigos. Su obra y su estilo no son sino un reflejo de su vida y su compleja personalidad jalonadas, ambas, por un impulso intelectual hacia un racionalismo de sabor dieciochesco y, por otra parte, por una tendencia, instintiva y romántica, a la desmesura pasional. El mensaje moralizante no es, en ningún momento, abandonado; machacón y con frecuencia farragoso se vierte en el ese lujoso recipiente de la prosa montalvina, una prosa medida siempre, rica en evocación castiza y ennoblecida por la tradición clásica. Sin embargo, no es por el contenido de sus prédicas, no es -desde luego- por su tendencia a un estoicismo melancólico, ni tampoco por su concepción pesimista del ser humano -fruto de experiencias propias y reflejo de amargas lecturas de pensadores franceses del siglo XVII: La Bruyère, La Rochefoucault y Vauvenarges sobre todo, quienes encontraron en la filosofía un tardío consuelo a sus fracasos- que Montalvo ocupa un lugar de privilegio en la historia literaria; lo es fundamentalmente por el arte implícito en su prosa. Si Montalvo permanece como un paradigma en las letras americanas no es tanto por sus ideas, hoy rezagadas para el gusto de las nuevas generaciones, sino por esa búsqueda suya, constante y no claudicada, de encontrar a cada paso nuevas resonancias al idioma castellano.

Estas consideraciones justificarían la pertinencia del interrogante planteado al inicio de este ensayo; en efecto, se trata de una pregunta que, en el fondo, entraña una duda: ¿es que el humor, entendido como esa disposición jovial del ánimo para descubrir el lado ridículo o jocoso de la vida, tiene realmente cabida en las páginas de Juan Montalvo? Y más aún: ese sarcasmo que, sin piedad, vierte el escritor sobre sus enemigos, ¿es, acaso, fruto de una visión humorística de los demás o es, quizás, otra cosa? ¿Es que se puede hablar de humor en las páginas de Las Catilinarias, de La Mercurial eclesiástica, El Cosmopolita o de Los capítulos que se le olvidaron a Cervantes? Además, que yo conozca, nadie se ha ocupado de tan peliagudo asunto en relación con la literatura de Montalvo. Digo "peliagudo" porque esto del "humor" es cosa muy seria de dilucidar.

Estas ambigüedades tan frecuentes en Montalvo han llevado, a no pocos de sus lectores, a catalogarlo como un autor que, no obstante el tono adusto que en él domina, se desahoga, de rato en rato, en humor; ese humor suyo que no parece desprenderse de la sana alegría sino, más bien, se asemeja a un regodeo en cierta opaca melancolía. Ante estas dubitaciones bien cabe, entonces, preguntarnos ¿qué clase de humor es éste de Montalvo? No es desde luego, ese humor que brota del desborde de lo vital y desemboca en la risa jocunda de un Arcipreste de Hita o de un Rabelais ¿Es, acaso, el humor de un Miguel de Cervantes que mira el mundo como una paradoja y enfrenta la vida con una alegría continua? ¿Es ese humor del Quijote que busca divertir a sus lectores, procurando -como su autor lo dijo-: "que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente"? Aunque cervantino por confesión y convicción, el humor de Montalvo está lejos de aquel de su modelo español, pues según todo parecería indicar, éste se desprendería más de la indignación que de la alegría. Satírico a lo Molière y desollador a la manera de Aristófanes, el autor de la Mercurial Eclesiástica practica un humor grotesco que linda con ese "vértigo de la hipérbole" del que un día habló Baudelaire. Lo suyo fue la sátira, la ironía, el esperpento y con ellos se divertió a costa de la vapuleada humanidad de sus adversarios: los presidentes García Moreno, Borrero, Veintemilla, el arzobispo Ordóñez a los que, en su odio, llama "sabandijas grandes" que él, para su mala suerte, ha debido despanzurrar, lamentando que no haya tenido el albur de enfrentar a enemigos de su talla, un Napoleón o un Bismarck. Y aunque la sátira comparte linderos con lo cómico, ésta tiene un carácter equívoco, pues si bien pertenece a la vida social no participa por entero de la vida del arte.

"Este hervor de la naturaleza que se llama risa -disertaba Montalvo-- tan saludable cuando viene en razón, es necesario para el buen temperamento del alma y del cuerpo." Y si bien reconoce que "el que dice gracias, buenas o malas, muchas o pocas, no es buscado ni para obispo, ni para oidor, ni para novio, ni para maldita de Dios la cosa;" sin embargo, reconocía que "el que las escribe, merece el aplauso de las gentes… Cervantes, Shakespeare, Molière son la admiración perpetua de los hombres." (Fisiología de la risa). Y entre esos lectores que lo han aplaudido se halla don Miguel de Unamuno quien confiesa haberse divertido con ciertas páginas del ambateño, sobre todo aquellas en las que éste da jabón -y de lo lindo- a sus enemigos.

Desde la antigüedad (Aristóteles, Hipócrates, Galeno) se ha entendido que esto del "humor" es cuestión del temperamento de las personas. Al "buen humor" se le ha visto como algo fisiológico que está relacionado con ciertos fluidos ("humores") corporales, algo con lo que se nace, que brota de dentro y se vierte por los poros, algo que simplemente se tiene o no se tiene y que nos permite descubrir ese rostro festivo o ridículo que con tanta frecuencia ofrece el mundo. Y quienes han leído a Juan Montalvo y cuantos le han juzgado no es precisamente por el "buen humor" que le admiran pues, desde ahora, debemos confesar que el ambateño careció de una innata capacidad de mirar el lado cómico de la vida. La adustez con la que juzgaba a sus semejantes le alejaba de ello. De esa severa actitud de moralista y corregidor que nunca la abandona brota, como lava quemante, su indignación ante las flaquezas o la ignorancia de los otros. Y al hacerlo, lo hace con sarcasmo, con burla, con ironía tal que, casi siempre, desembocan en la implacable humillación de la víctima, en la ofensa, en el insulto desmedido que linda en grosería. Y todo ello formulado de tal manera que llega a hacernos cómplices suyos pues, con frecuencia, tales erupciones de rabiosa pasión nos causan gracia y hasta pueden llegar a arrancarnos la risa. Y si la risa brota a costa de la degradación de la víctima, él la justifica por razones morales, a pretexto de corregir y castigar, pues ésta constituye su arma preferida.

Aquella forma de lo cómico literario que se nutre de la humillación del otro, encierra siempre un carácter ambiguo (uno más a las ya varias ambigüedades de Montalvo), pues -lo mencioné ya- no pertenece por entero ni al arte ni a la ética, aunque sí a una visión deshumanizante de la vida. Unamuno, escritor y lector apasionado como el autor de Las catilinarias, confesó paladinamente que él había disfrutado de esos mismos placeres, pues dijo: "iba desechando literatura erudita; iba esquivando artificio retórico. Iba buscando los insultos ¡sí! los insultos." Es la indignación lo que nutre su artillería retórica. Montalvo lo sabe; lo que buscaba con ello era el aplauso, la diversión del lector tendencioso. "Hay risa fila y penetrante que va a través del pecho como frío puñal -dice nuestro autor-, la malicia, la ironía, el sarcasmo suelen reírse pian piano y muy como nadie dice nada degüellan a la víctima. Esta risa es… un espíritu sutil que ciertos alquimistas infernales extraen del odio, la envidia, la malignidad para envenenar a sus semejantes; espíritu que cuando es elaborado por la moral y la virtud, con el fin de matar los vicios y conciliar vigor a las buenas costumbres, es preciso y resulta de operaciones más sabias que las que fueran menester para dar con la piedra filosofal… Al que ríe por vía de censurar vicios y defectos, apláudasele, anímesele; pero si es Aristófanes quien se ríe de Sócrates, que no halle sino silencio". (Fisiología…).

Está claro, Montalvo recurría al humor, lo buscaba como un medio eficaz para degradar a sus víctimas. Sin embargo, en ese castigo social, que toda broma entraña, hay que distinguir diversos grados de humillación, desde la más inocente y liviana hasta esa otra que raya en la grosería y la ofensa. Montalvo "alquimista infernal" -para usar su propia expresión- y a pretexto de "censurar vicios y defectos" del prójimo no se paraba en consideraciones (en "tiquismiquis", diría él), buscaba desollar a sus enemigos y al hacerlo, lo hacía con el puñal de su sarcasmo, de su terrible desprecio. Es evidente que Juan Montalvo, temperamental y romántico, no aprendió de su maestro, don Miguel de Cervantes, aquello del equilibrio y la mesura que debería guardar la sátira para no volverse agria y ofensiva. El autor del Quijote, que mucho sabía de bromas y parodias, dio una lección de moderación cuando observó: "no son burlas las que duelen ni hay pasatiempos que valgan, si son con daño de tercero." (Cap. LXII, Seg. Parte).

Hemos señalado que el don del chiste y de la gracia, si bien son virtualidades esencialmente intelectuales, están vinculadas a cierto temperamento de la persona, a un estado de ánimo que nos permite evocar circunstancias comunes de la vida humana que, por algún motivo, se hallan enfocadas por una luz de lo equívoco, de lo incoherente. El temperamento melancólico y solitario de don Juan Montalvo lo alejaba de una actitud jovial frente a la vida cotidiana. Aunque disertó de manera erudita sobre la risa, al leer su obra y adentrarnos en su biografía, -esa "intimidad desdichada" a la que se refiere un crítico- nos da la impresión que Juan Montalvo no era propenso a la expansión del ánimo, a la efusión espontánea de la alegría. Él mismo midió la distancia que mediaba entre el optimismo, nunca desmentido, de Miguel de Cervantes, su modelo y paradigma, y su personal forma de ser cuando habló de ese "temperamento casi melancólico del que está trazando estos renglones." (Fisiología…). Hombre de pocas pulgas, era más bien un misántropo, alguien que no soportaba con facilidad el contacto con sus semejantes; orgulloso y ególatra, le dolía el color de su piel, le dolía el aspecto de su cara picada de viruela, la voz que le chillaba aguda (una de las razones por las que declinó ser diputado al congreso de la República), odiaba el que le motejaran de "zambo" y peor de "zambito" -lo que equivalía a decir que era un mulato-, renegaba de la pobreza y de su condición de eterno necesitado en las que siempre vivió, renegaba de sus ancestros humildes por lo que se enmascaró en hidalguías imaginarias. "¡Qué hostilidad contra el mundo! -comenta Enrique Anderson Imbert-. Hasta las estrellas le parecían "asquerosos insectos que roen la bóveda celeste" (El Cosmopolita). Montalvo -continúa el crítico argentino- "no tenía sentido humorístico (esto es, simpatía con lo cómico de la naturaleza humana) sino más bien sarcasmos y sátiras para castigar debilidades ajenas." Pesimismo que le llevaba a aborrecer la existencia: "la vida es una enfermedad para mí" -llegó a decir. Y añade: "de buena gana clavaría un puñal en el género humano si fuera una sola persona." (Anderson Imbert).

Estas son, entre otras, esas ambiguas impresiones que se desprenden de la lectura de Montalvo y a las que me he referido. En síntesis, parece haber cierta unanimidad de criterio en esto de negarle al autor de Los siete tratados un franco sentido del humor, a pesar de que -lo reconocemos- hay páginas suyas en las que, si bien no rebosan de una jovialidad al estilo de un Arcipreste de Hita, de un Cervantes y, menos, de un Rabelais (autor que lo consideró plebeyo), nos inducen a la risa. Para entender esta ambigüedad entre un Montalvo solemne y otro burlón, entre un Montalvo austero y otro irónico adentrémonos en lo que modernamente se entiende por "humor" y tratemos de revisar las diversas formas de expresión de lo humorístico.

II

Quienes han reflexionado sobre el humor, su significado y sus formas, distinguen este concepto de otros que le son cercanos, tales como el chiste y lo cómico. Como sabemos, Sigmund Freud (El chiste en relación con lo inconsciente) se ocupó profundamente del tema. Él sostiene que el aparato psíquico tiende a reducir la excitación procurando mantenerla lo más baja posible, en una suerte de "estiaje". Toda obtención de placer es, en su opinión, un desahogo, una disminución de la presión excitativa, un "gasto psíquico economizado". Sentado este principio, Freud establece los rasgos propios del chiste, de lo cómico y del humor.

Un buen chiste lo festejamos todos, provoca un placer súbito en quien lo dice, lo oye o lo lee; es una gloriosa y momentánea desinhibición, ya que, para este autor, proviene de una economía de inhibición. Según lo explica Freud, lo cómico entraña, en cambio, una economía de un "gasto de representación" y, en el caso del humor, propiamente tal, el placer surge de la economía de un "gasto de sentimiento;" sentimiento que, por su variada gama, puede ir desde la irritación, a la piedad, del sufrimiento al enternecimiento, del asco al horror. Es el tipo de afecto el que conforma la variante del humor. Henry Morier (Dictionnaire de Poéthique et de la Rhétorique), a diferencia de aquellos que consideraban el humor como una simple "ironía de conciliación" de realidades contrarias, ya físicas o morales, opina que hay siempre en él un "resto de negatividad"; esto es, un "humor que carece de humor" y que él lo califica de "negro", un epíteto que ya lo había puesto en boga André Bretón.

El humor, opina Octavio Paz es "una invención del espíritu moderno." Y no deja de tener razón aunque, pienso yo, que eso de "invención" habría más bien que matizarlo por "descubrimiento". Y quienes lo descubrieron fueron los dramaturgos ingleses de la época isabelina. Fue hacia el año 1600 que la palabra humor adquirió un valor semántico nuevo, ya no como fluido corporal, sino como algo cerca no al ingenio, a esa capacidad de descubrir el lado, a veces, incongruente de las cosas cotidianas. Para los conceptistas del siglo XVII, el ingenio tuvo siempre un valor eminentemente intelectual; se manifestó en la agudeza mental para resaltar lo contradictorio de la realidad, la brevedad de las glorias del mundo, el triunfo de la muerte. Frente a ello, a los barrocos como Francisco de Quevedo no les quedó otro consuelo que el humor trágico. En 1714, Addison identificaba el humor con esa facultad de evocar las "circunstancias curiosas esclarecidas por una luz incongruente… El humorista es el que nos lanza frases inesperadas con la expresión más grave del mundo." (Sepectator. Citado por Jonathan Pollock: ¿Qué es el humor?). Al hablar del humor resulta un lugar común referirnos a ciertos rasgos que muchos consideran connaturales con el espíritu inglés; y ello es obvio, pues los anglosajones pasan por ser los "descubridores" modernos del sentido humorístico de las cosas. Charles Chaplin, uno de los más célebres cómicos ingleses del siglo XX, concibió el humor de esta manera: "A través del humor vemos lo irracional en lo que parece racional, lo intrascendente en lo que parece ser importante. El humor fortalece nuestro sentido de supervivencia y preserva nuestra salud mental. Gracias al humor somos menos abrumados por las vicisitudes de la vida. El humor activa nuestro sentido de proporción y nos enseña que tras la sobre valoración de lo serio, acecha el absurdo."

En efecto, parecería que es el sinsentido lo que nos hace reír; sin embargo -como lo anotara Bergson- lo absurdo no engendra lo cómico, sino que éste es efecto especialísimo de un absurdo concreto y visible que, luego de hacernos reír, pronto se lo admite, se lo corrige como aquel distraído que se ha chantado zapatos dispares. El sentido del humor conlleva un poder discreto en quien lo ejerce con oportunidad y sabiduría; es un poder sutil y eficiente que puede llegar a desequilibrar, al menos momentáneamente, las famas y las jerarquías, echar abajo aureolas y coronas, distorsionar las relaciones sociales y sacar a luz el carácter ridículo, cómico o absurdo de las personas. Igual que la pintura surrealista de un Magritte o un Chagall, un buen chiste o una broma nos despierta del letargo perceptivo de aquello que nos parece normal y cotidiano y nos instala, de repente, en la visión de lo incoherente o de lo simplemente ridículo que puede guardar la vida.

III

El instante de triunfo de un humorista se produce cuando, en el corrillo de aquellos que lo escuchan, explosiona la risa; ha logrado, con ello, no solo el regocijo del público, sino además, lo ha vuelto su cómplice, lo ha hecho partícipe de esa ligera maldad suya al burlarse de las miserias y flaquezas del prójimo. El humor por sí solo no funciona, necesita siempre de un referente social. El chiste implica a tres sujetos antropomórficos que están implícitos en su proceso: el emisor al que podríamos llamar humorista; el receptor del mismo o público festejante y el referente de la anécdota jocosa, esto es el protagonista de la supuesta historia. Dos cosas cabe destacar aquí acerca del humor y de la risa, aspectos que aclaran aquello de "sujeto antropomórfico": su exclusivo sentido humano y su correlación social. Una de las definiciones posibles del homo sápiens es el de "animal que ríe." Bergson afirmaba que "fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico." Además de ello, el humor y la risa buscan siempre compañía; no hay risa solitaria a no ser que, de por medio, exista insania moral o mental. Bien dicen: "quien a solas se ríe de sus fechorías se acuerda". El humor, al igual que el amor, necesita siempre de un "otro" para gozarlo o compartirlo.

Sin dejar de ser solemne, Montalvo quiere ser divertido y hasta chistoso, pero su humor, como ya lo dije, dista de ser jovial y sano. Aunque no es regla general, suele ocurrir que acierte en el uso de las técnicas del chiste y cuyos rasgos, entre otros, son la oportunidad y la brevedad. El estilo torrencial de Montalvo le aleja con frecuencia de lo segundo; tiende, como veremos luego, al discurso paródico. La estructura del chiste se funda en dos elementos: el mensaje implícito y la técnica para comunicarlo; es en ésta que reside la naturaleza propia de lo humorístico. Si es que al mensaje se le despoja de su artificio técnico, el sentido jocoso desaparece, queda reducido a una simple reconvención inoportuna, a una grosería o a un insulto. A este escollo resbala con frecuencia nuestro autor. Si el humor consiste "en decir con seriedad cosas absurdas o ridículas, con el fin de hacer éstas patentes," (Correa & Lázaro) Montalvo fue, desde este punto de vista, notable humorista. Resultará útil entonces saber cómo este autor utiliza los recursos técnicos de la expresión humorística.

Hemos dicho que Montalvo recurre al chiste con dedicatoria y que, por ello, guarda una intención determinada. Es el llamado "chiste tendencioso", género humorístico del que se ocupa Freud cuando señala que "solo aquellos chistes que poseen una tendencia corren peligro de tropezar con personas para las que sea desagradable escucharlos." El chiste se nutre del espectáculo de la vida humana cuando ésta se aleja de lo coherente y de lo armónico. En definitiva, cuando lo mecánico se instala en lo vivo y cuando la gracia del cuerpo o del espíritu es sustituida por la rigidez de los movimientos, lo petrificado de las ideas y lo inamovible de los hábitos surge lo absurdo o lo ridículo y de ello se alimenta lo cómico. En síntesis, lo risible se desprende más del anquilosamiento al que puede llegar lo humano que de la fealdad que, a veces, nos muestra el mundo. En el proceso de evolución de la sociedad, el humor actúa en el mismo sentido de las corrientes renovadoras; indirectamente desempeña un papel desacralizador de lo tradicional y desprestigiador de lo decrépito. Me refiero sobre todo a aquellas costumbres que se han quedado en las formas habiendo agotado su significado. En concordancia con esta función social, el humor adquiere, en ocasiones, un sutil poder político. Frente al despotismo y a la arbitrariedad de un tirano no queda, a veces, sino el humor para enfrentarlo; no pocos miran en él un recurso para conservar el equilibrio emocional. El humor es tónico ante la amenaza y el terror, promueve la irreverencia, aquella que carcome la vieja autoridad a la que nadie se atreve a desobedecer o discutir. En este sentido, los libelos montalvinos cumplieron, en su momento, una indispensable tarea histórica de desacralización del poder político arbitrario.

La ironía es una de las figuras retóricas preferidas por Montalvo para provocar el humor; la utiliza en sus famosos libelos ya que ésta, mejor que otras, se presta a la burla que él dedica a sus adversarios; una burla condimentada con la sal y el ají de su sarcasmo. La ironía es posible gracias a un proceso eminentemente intelectual, se sustenta en una discordancia o en una representación antinómica de aquello que es opuesto a una idea, persona u objeto. Al dar a entender que se está diciendo lo contrario de lo que se quiere decir, surge la ironía y la risa consiguiente. La ironía es celebrada cuando es espontánea y casual; es fundamentalmente un recurso oratorio y por ello tiende a ser oral. La ironía resulta así una forma de castigo que este polemista usa para condenar la rigidez o la insociabilidad de las personas, instituciones y costumbres sociales. Sin embargo, cuando el procedimiento se reitera demasiado deja de ser humorístico, pierde la jovialidad cuyo sustento no es otro que la naturalidad y la salud del ánimo y pasa a ser simple expresión del mal humor, de la crónica irritación del autor.

Para muestra de la ironía montalvina, vayan aquí estas perlas entresacadas de las páginas de Las catilinarias y de la Mercurial eclesiástica:
"Ignacio Veintimilla no ha sido ni será jamás tirano: la mengua de su cerebro es tal que no va gran trecho de él a un bruto…" (Cat. II)

"El ayuno, ¡oh, el ayuno! Esta es la ganga de los clérigos. Si no ayunan se enflaquecerían, se murieran de necesidad. Pero como ayunan, y con más gana en cuaresma, véanlos ustedes reventando de gordos... La saludable mortificación del ayuno les da esa barriga primogénita, esa papada de tres altos, esas mejillas que están echando rosas y claveles. Hay canónigo que es una buena moza; y capellán que, si le da la gana, se casa con el coronel del cuerpo, sin más que peinarse a lo María Estuardo." (Merc.)

La antífrasis, fórmula condensada en la que se expresa lo contrario de lo que se quiere decir, es otra forma de la ironía que halla también cabida en las páginas de Las catilinarias: "Jugar de noche, dormir de día, esa ha sido su carrera de cincuenta y ocho años cabales…" "No lloran porque se va, sino porque no se quiere ir ni morir el bruto…" "¿Y en España, Ignacio de los Palotes…? ¿Y en Madrid…? ¿Y en la calle del Arenal…? ¿Y en el Hotel de las Cuatro Naciones, no te saben apreciar, no conocen tus méritos, no te quieren?"

La sátira, como una expresión propia de la ironía, es la que lleva a Montalvo a escoger el nombre para su célebre libelo contra el clero y con el que pretendía dejar "nuevito" al arzobispo de Quito. En efecto, el titulo de Mercurial eclesiástica, entraña tremendo sarcasmo, pues con el nombre de mercurial se conoce en España a una planta herbácea de la familia de las euforbiáceas y cuyo zumo se lo emplea como poderoso purgante. ¡Imagínense, qué efecto no habrá producido su lectura en los clericales! Desde la primera página del libro la intención es clara: ridiculizar a un personaje en particular, el arzobispo Ignacio Ordóñez y, con él, a un grupo social muy influyente: el clero. Aun antes de abrirlo, desde el título, el mensaje se torna explícito. Pues sí, la mercurial montalvina, no solo quería ser mordaz, sino, además, actuar como un poderoso catártico. Para los destinatarios del escrito, cada capítulo constituyó, sin duda, un trago amargo. Es fácil deducir entonces que, luego de leerla, no pocos clerizontes, terroristas1 y curuchupas salieron escaldados.

Bajo la forma característica del chiste tendencioso abunda, en este mismo libro, la sátira. He aquí este fragmento: "Entre los trogloditas de mi tierra no hay sacristán que no sea monseñor: les gusta monseñorearse entre ellos, sin saber lo que es monseñor. Cuando el ilustrísimo y reverendísimo José Ignacio Veintemilla resolvió entregarse a los clérigos, empezó a tratar de monseñor hasta a las mujeres de los clericales. Este bruto, dijo una vez un famoso terrorista, habrá querido burlarse de mí, o lo hizo de tonto: ha tratado de monseñor a mi mujer durante toda la visita. De buena fe el pobre mudo quería quedar bien, y la llamaba monseñor."

La sátira, sí señor, la especialidad de Montalvo; y si de echar sátiras se trata, él las hace en ese buen castellano que él maneja; así sin duda, va a doler más y más va a ser festejada. "Sin delicadeza no puede haber donaire -decía-: la sátira ha de venir debajo de una alcorza dulce y fina para que sea grata al paladar; si ocurre que a lo grosero de la sátira agregamos lo ruin de la forma, el ceño de los lectores le advertirá al mal censor que sus ingeniosidades se han ido por el albañal." (Siete tratados).

La alusión irónica es frecuente en la Mercurial eclesiástica. En las breves páginas de esta obra, el autor regresa una y otra vez a un vergonzoso episodio protagonizado por el arzobispo Ordóñez en París, cuando éste -según dicen- quiso abusar del pudor de una señora que era la cocinera de la familia que le hospedó; pequeño escándalo del que, según Montalvo, se ocupó la prensa francesa. Para que una alusión sea chistosa debe producirse en un contexto tal que despierte correlaciones jocosas. Por ello se le cataloga como una representación humorística indirecta. Si bien en el libelo montalvino la alusión reiterada (auténtico leit-motv) a este episodio del arzobispo no suena muy chistosa, en cambio sí resulta humillante para el destinatario, dada su condición de clérigo de alta jerarquía.

Aunque el escritor ambateño no congenió con la risa vulgar y jocunda de un Rabelais, no obstante de ello trajinó, sin pretenderlo, por sus mismos senderos, sobre todo cuando usa la hipérbole en sus descripciones pantagruélicas. En efecto, a lo largo de la obra de Montalvo existe una evocación reiterada de comidas y alimentos, y más si éstos son suculentos y gustados con voracidad y exceso. Tales cuadros -barrocos, en sí mismos- evocan festines pantagruélicos protagonizados por desaforados comelones, por "trogloditas" -pues así, con primitivismo, son presentados sus enemigos- y a quienes, a través de tales imágenes, los mira como seres consumidos por los bajos instintos, dignos de su ironía y su desprecio. Ello ocurre, por ejemplo, con el siempre vapuleado Ignacio Veintemilla y, desde luego, con ese clero hipócrita que predicando el ayuno practica la gula:

"No comen otra cosa los eclesiásticos amigos de sus deberes: por casualidad condescienden con la longaniza cuatro o cinco veces a la semana. La morcilla ¡puf! No pasan de una cuarta; y como el chocolate es contra la pudicia, será mucho si toman una taza mediana, contraponiendo el casto queso a las propiedades lujuriantes de ese regalo de Satanás. Si espesan el chocolate con un terremoto de queso, el chocolate queda de pescado; no hace daño a la virtud: chocolate con carne, cosa mala!" (Merc.)

La parodia, esto es, la transposición del tono del discurso, de lo solemne a lo vulgar o viceversa, es otro de los recursos socorridos que usa Montalvo para conseguir efectos humorísticos. Su intención mordaz se manifiesta, por ejemplo, en el discurso paródico que lo maneja con maestría y del cual hace gala en Las catilinarias. Encaramado en el estrado del sabio y del magíster, imita el sermón del moralista a fin de ridiculizar a un personaje o a un grupo social que, de esta manera, se convierten en objetos de reprensión y de su sarcasmo. Esto se deduce del nombre ciceroneano y retórico de Las catilinarias. Con este título, su autor está indicando primero, que se trata de discursos acusatorios o libelos dirigidos contra alguien y segundo, que tienen un tono de vehemente reprensión. Pues bien, las catilinarias montalvinas se construyen bajo el esquema de una humorística transposición de tono, según la cual, el autor hace derroche de una retórica solemne, más acorde con el tratamiento de temas y personajes elevados, para ocuparse de la vida pedestre de tipos vulgares que vegetan en su grosería y sus vicios. De esta buscada inadecuación entre un estilo grave para abordar situaciones esperpénticas surge el humor. "El humorista -anotaba Henry Bergson- es un moralista que se encubre bajo el disfraz del sabio, algo así como un anatomista que solo hiciera disecciones para despertar nuestra repugnancia."

Al imitar el sermón moralista, Montalvo no solo consigue una transposición de tono (en este caso, de lo grave a lo fútil), característica propia de la parodia, sino que ésta se torna en exageración cómica cuando el procedimiento se prolonga de manera sistemática, como ocurre en la obra mencionada y en la Mercurial eclesiástica. Léase sino en la Catilinaria II todo un largo párrafo de casi dos páginas en el que el autor ironiza cuando, en plante de orador, se pregunta:

"Leyes ¿para qué las quiere Ignacio de la Cuchilla? ¿Con qué derecho habéis descendido armados a estas tierras que no son vuestras? -le dijo un romano a Breno que se presentaba en Italia blandiendo la pica de los galos. Nuestro derecho lo tenemos en la punta de nuestra espada, contestó el bárbaro. No le preguntemos a Ignacio de la Cuchilla con qué derecho está ahí mandando a su manera sin Dios ni ley…"

A partir de allí, Montalvo hace un derroche de retórica en la que la frase "con qué derecho…" se repite una y otra vez convertida en anáfora que si bien adquiere el tono solemne de una deixis litúrgica se va impregnando de humor negro, pues resuena como latigazos que caen sobre la víctima. Toda esta tramoya de oropel acabará, al final del párrafo, en burla, en risa:

"…no le preguntemos nada de esto porque él ha de responder: Mi derecho está en la punta de mi puñal; mi derecho está en las puntas de mis uñas, largas como veis, sucias y retorcidas; mi derecho está en la punta de mi nariz… mi derecho está en mi negadez… mi derecho está en mi zurrón de vicios y perversidades que escondo en ni negro pecho." Etc.

En Juan Montalvo la ironía también puede llegar a adquirir la forma del esperpento. Su visión de lo ridículo y el tratamiento literario que da a la representación de lo grotesco le permitieron anticiparse a esa forma que caracterizó la narrativa de Ramón de Valle-Inclán. En el escritor ecuatoriano encontramos ya todos los rasgos de la visión esperpéntica y según la cual se deforma la realidad recargando sus rasgos caricaturescos mediante un lenguaje desgarrado. Dígalo sino este párrafo:

"Memento Sardanapali, acuérdate de Sardanápalo; sí, no le olvidemos. A la una de la tarde aun no se ha levantado Ignacio de Ventemilla; levántase a las dos, con lo cual da a conocer que ha pulido su educación. En París se levantaba a las tres, ni un minuto antes; salía a las cuatro y que le busquen en Ginebra. Volvía a las cuatro de la mañana, se echaba y que se hunda el globo terrestre. A las doce del día sacaba la cabeza por entre las cortinas: mal despierto aún, los ojos están envueltos en una capa de pereza; el pelo caído hasta la frente; la nariz arremangada; el pescuezo al aire, semeja el de un buey desollado. Abre la boca; de ella sale una como voz humana; pide su pienso, come; pan sobe pan; manteca, mantequilla, con los dedos por las esquinas. El agua no es suya, ni para beber, ni para lavarse. He allí que cae sobre la almohada nuevamente; labios, dientes sucios; ya está roncando, abiertas las mandíbulas, que son la ratonera de la casa. Así el caimán se huelga orillas del Orinoco en los bancos de tierra; así acuden ciertos pájaros amigos suyos a arrancar las tiras de carne que se le han quedado en la dentadura." (Cat. V)

"El cabo Ordóñez pertenece a la categoría de clérigos flacos, galgos temibles que no se engordan con dos raciones por día, porque los pecados hambrientos que habitan en sus entrañas lo devoran todo en perjuicio de su estuche." (Merc.)

Mencionaré, por último, otro tipo de broma verbal que está presente en la prosa montalvina; ésta consiste en la aglutinación de fragmentos de dos palabras con el fin de formar una tercera que, gracias a este procedimiento, adquiere un valor semántico nuevo. Este arbitrio da lugar a auténticos neologismos que adquieren un evidente sentido humorístico. Esta forma de expresión cuya génesis está en la asociación de ideas, ya por rasgos semejantes (principio de lo metafórico) o por la contigüidad de éstos (principio de lo metonímico) y a la que llamaríamos aglutinación de fragmentos de palabras para formar una nueva con sentido jocoso, es común encontrarla en el chiste verbal.

En Las catilinarias nos toparnos con estos inventos léxicos cuyo sentido es revelado por el contexto en el que se hallan incluidos. He aquí algunos ejemplos:

"Mudista": el partido del "mudo" Veintemilla o sus seguidores.


"Papasean": palabra formada de la unión de un sustantivo: papá y la terminación de un verbo: manosean, para indicar que se sobrepasan en el trato de llamar "papá" a alguien. "Le papasean cuatro meses antes al que han resuelto entregar a la estricnina o al puñal nocturno".


"Bebitiva": neologismo con evidente intención sarcástica, sugiere un grupo de personas o comitiva que no hace otra cosa que beber.


En varios de estos casos, el proceso lingüístico de formación del chiste se da por la construcción de una palabra mixta y gracias a la condensación de un sustantivo con un verbo o por la adición del sufijo -ista que indica una adicción u oficio.

Una forma parecida a ésta es analizada por Sigmund Freud con el nombre de "condensación con formación de palabras."

Antes de concluir, vuelvo al interrogante planteado al inicio de este ensayo, no solo para afirmar y confirmar la presencia del humor en la literatura de Juan Montalvo, sino además y luego del análisis precedente, para resaltar el sentido y el trasfondo que ese humor tiene en su prosa, así como las formas a través de las cuales éste se expresa. El humor es una manifestación esencialmente subjetiva que se relaciona con la contextura fisiológica y emotiva del individuo; de ella se desprende un temperamento, una emotividad y una actitud frente a vida. El humor no siempre es un sinónimo de regocijo, satisfacción o expresión de un estar bien; al menos en el caso de Montalvo no lo es. Frente al espectáculo de la vida humana, este escritor siente profunda indignación, un malestar y estos son los sentimientos que están al origen de su especial sentido del humor.

Lejos de la risa jovial y distante de una visión optimista o liviana del mundo, lo suyo fue la risa amarga y hasta el humor negro. En esa gama de sentimientos que Montalvo despliega en sus sátiras, en sus ironías y en sus parodias están la irritación, la rabia, la repulsión o el asco y hasta el odio. Es un humor que no se reconcilia con el mundo, sino que lo fustiga y lo desprecia en nombre de principios de moralidad y honradez. No hay alegría en la risa de Montalvo; lo que hay en ella es melancolía y desengaño. Es mueca amarga. El suyo es un humor sin humor. Conoció el poder sutil que tiene quien es capaz de ejercer el humor con maestría y lo practicó a su manera, de acuerdo a su temperamento de eterno inconforme, lo practicó para combatir a tiranos, desprestigiar a beatos y desenmascarar a tartufos y para mostrarnos las formas de insociabilidad y rigidez a la que puede llegar la vida humana cuando ésta se aleja de la libertad.

Bibliografía

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Freud, Sigmund (1990) El chiste y su relación con lo inconsciente. Madrid. Alianza editorial.        [ Links ]

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_____ (1981) Juan Montalvo: Introducción y Selección de Textos. Quito. Biblioteca del Estudiante. Editorial Indoamérica.         [ Links ]

Notas

* Ecuatoriano. Crítico, ensayista, narrador y novelista. juanvaldano@access.net.ec Tef. (593 2) 23 70 310

1 Nombre con el que se les conocía a los partidarios de García Moreno, mandatario que utilizó métodos severos de represión a sus adversarios y en quienes infundía verdadero terror.