SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número13Guillermo Carrasco Notario, Amor y Laberinto, Cervantes y Cía. Editores, Santiago, 2001.Jaime Quezada, Nicanor Parra tiene la Palabra, Aguilar Chilena de Ediciones Ltda., Santiago de Chile, 1999 índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.13 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112001001300015 

 

Es posible, aún,
otra escritura

 
Subercaseaux, Bernardo:
Chile o una loca historia,
Editorial Lom, Colección Libros del Ciudadano, 1999.
 

Alejandro Alasevic H.
Estudiante de 3 año
Pedagogía en Castellano


En los cuatros ensayos que conforman el libro Chile o una loca historia ­«¿Es posible, aún, otro Chile?, «De la raza al mercado: constelaciones frágiles», «Identidad y destino (cambios interferidos: de lo político a lo cultural», «El sueño de la razón produce monstruos (y también su vigilia)»­ hay uno que llama particularmente la atención, no tanto por el razonamiento que pone en juego, como por la forma en la que está estructurado. Es el único capaz de soportar apartados con preguntas conmovedoras, que espera corresponder con un imaginario lamento cívico, en aparente digresión al hilván ensayístico. Imaginé, por un momento, al ciudadano anónimo del metro siendo violentado por tales preguntas, viendo interrumpida, en lo que dura el paso de una estación a otra, su «vaiveneada» intimidad. Aquella escena y la particularidad del texto, hicieron que esta reseña se centrara en el primer ensayo y no en el conjunto del libro.

Podríamos iniciar la reseña del ensayo de Bernardo Subercaseaux «¿Es posible aún otro Chile?», texto breve que funciona como «abrelatas» del libro Chile o una loca historia, hablando de sus modalidades discursivas, linealmente estructuradas, situadas en el intento ­tal vez profundo­ de proponernos la reformulación de algo que se nos escapa. Podríamos, entonces, centrarnos en el desajuste entre medios y fines éticos referido infatigablemente por el autor a lo largo del texto, y como el caso de la detención de Augusto Pinochet en Londres pone en evidencia este desfase. El mundo militar, señalaría Subercaseaux, en su sentido estratégico y geopolítico, tiende a productivizar la contradicción entre la defensa de fines emblemáticos (como la Patria, la libertad o la soberanía nacional) y el uso de todo tipo de métodos para conseguirlos o preservarlos. De este modo, se constituiría un discurso paradójico, en el cual tendrían cabida la tortura y la muerte para promocionar1 la vida.

Podríamos hablar de como la política, por su lado, está metamorfoseada en un afán exclusivamente pragmático, y de como se ha ido separando paulatinamente de la esfera ideológica para jugar todas sus cartas en el hacer, un hacer basado en la eficacia y los resultados inmediatos, dimensión operativa de una lógica cada vez más instrumental. Podríamos decir que esta lógica copa casi todos los ámbitos ­el político, el empresarial y los proyectos más individuales­: todo se ajusta perfectamente a la caja de herramientas de un sistema desencantado.

Podríamos, incluso, referirnos al tecnolecto que utiliza Subercaseaux para sistematizar la crítica: la macromoral, concepto pensado en analogía con la macroeconomía y referido principalmente al desfase valórico entre medios y fines, funciona de manera efectiva en la medida que nos permite visualizar el desprendimiento de un doble discurso: el imperio de la economía por sobre consideraciones humanas; la absolutización de distintas ideologías y la sacralización del mercado. Intentaríamos decir entonces que al tratar de establecer un paralelo entre los modos de producción del capitalismo tardío y una moral hegemónica globalizada, lo que se intenta hacer es poner de manifiesto una determinación espacial, un «rayado de cancha» para la maniobra de las distintas jerarquías de la vida moral. El autor señalaría, desde aquella grada, que América Latina ha sido, a la vez, sujeto y objeto de la macromoral. Citaría, como contrafuerte, algunos casos de intervenciones norteamericanas y soviéticas en las políticas locales de América latina. Su crítica alcanzaría también al caso cubano, y se fundaría en la configuración de la isla como proceso portador de contradicciones permanentes. Por un lado, existirían objetivos que tienen que ver con la igualdad de oportunidades (salud, deporte, educación) y, como correlato, estarían los medios para conseguirlos, con un altísimo costo en materia de derechos humanos y libertades públicas. Con estos elementos pragmáticos adheridos al hilván de la crítica, el autor concluiría que la macromoral ha repercutido a lo largo de todo el siglo XX y en todos los lugares, con una cuantía exagerada de infelicidad y rotura. Se hablaría, pues, de una macromoral que operaría tácitamente, aceptada tanto por el capitalismo tardío como por el reciclaje del socialismo real.

Existiría, en la radiografía practicada por Subercaseaux, un gran desafío ético para el siglo que se inicia: la instalación de una nueva macromoral, lo cual supone la reinscripción de la política en la moral, y para ello es necesario concebir a Chile no en «una tierra de nadie», discursivamente autárquica, sino dentro de un espacio macromoral desfronterizado. En este sentido, el autor se preguntaría por las razones de fondo que motivaron la tortura y las violaciones a las libertades y derechos humanos de manera tan brutal y sistemática. ¿Cuál es la inspiración, la justificación intelectual, para que el Estado actuara de esta forma? «La respuesta se encuentra, siempre, en la doctrina de seguridad nacional, y en el rol que ésta tuvo como instrumento de la guerra fría: como justificación intelectual para extirpar los 'tumores' que ponían en peligro la existencia y soberanía del Estado-nación. Allí reside el núcleo duro de la ausencia de culpa ( 'se hizo lo que había que hacer') y de la conciencia justificante ('¿pedir perdón?' '¿de qué?'); ahí yace también la convicción que autorizó a extirpar desde sus raíces el 'tumor' de la Unidad Popular». La libertad sería el fin último del golpe, su particular fundamentalismo, y la vía para lograrla es, paradójicamente, la amputación de todas las demás libertades, excepto la económica.

El autor, antes de situarse detalladamente en la escena nacional, se referiría a las raíces intelectuales de la macromoral operante: el maquiavelismo, y de cómo dicha filosofía, en la fiebre del Renacimiento, se constituye en el primer antecedente que explicita el carácter fáctico de la esfera política ( Realpolitik ). Esta corriente de pensamiento influiría en la construcción de los estados nacionales, actuando a través de una razón instrumentalizada de acuerdo al maniqueísmo emergente del Estado-nación.

El posicionamiento progresivo de la macromoral en los diferentes escenarios políticos, traería como consecuencia el desarrollo, también progresivo, de una conciencia crítica, asentada emblemáticamente en movimientos portadores de una nueva macromoral. Estos irían desde el pluralismo étnico hasta la lucha por los derechos de los homosexuales.

Algo más que un recuadro

No fue azaroso comenzar esta reseña utilizando el verbo poder en su modo condicional. Esto se debe al propósito de intervenir la linealidad lógico-discursiva del ensayo que abre con la pregunta «¿Es posible, aún, otro Chile?»

En las distintas hojas que conforman el texto de Subercaseaux existen cinco recuadros con una serie de preguntas tales como: ¿En qué momento nos extraviamos?, ¿Será posible volver a ser un país pequeño pero digno?, ¿En qué momento se nos perdieron las caras y las miradas?, ¿Por qué hubo esclavitud y espadas? Estas preguntas intentan funcionar como intersticio y desplazar el sentido denotativo del texto hacia nuevas fronteras de posibilidad. Cabría preguntarse entonces: ¿Por qué hacer preguntas tan ingenuas?, ¿Tienen un rol efectista, literario tal vez al interior del discurso? Lo cierto es que Subercaseaux trata de sensibilizar al lector con estos apartados, como si al sujeto que formula las preguntas no le importara mayormente el devenir del texto duro y apelara a un espíritu social extraviado, remecido tal vez por el desencanto que conllevan las mismas preguntas. Al interpelar el autor a una primera sensibilidad, estructurada metafóricamente ( «¿En qué momento se nos perdieron las caras y las miradas?» ), que no se entendería si no fuera parte de un contexto mayor ­la crítica a la sociedad nacional y las condiciones de posibilidad de un nuevo Chile­, cae invariablemente en el lugar común de una razón totalizante, que no considera el juego de las distintas subjetividades que moldean y constituyen ­por omisión, incluso, por ausencia­ toda escritura. De hecho, al hablar de grupos homosexuales o indígenas, o de los que luchan por la vida del niño al nacer, se los señala como grupos que traerían consigo una nueva macromoral, «aun cuando entre algunos de estos movimientos pueda haber contradicciones, o aun cuando puedan estar en uno u otro momento teñidos por visiones ideológicas, todos ellos dignifican al ser humano, y al sujeto en sus múltiples dimensiones». Subercaseaux evidentemente no reconoce en estos grupos a un ser diverso, porque es precisamente en la diferencia, en la hondura de las contradicciones, donde el ser humano desarrolla un sentido de pertenencia desde su realidad diferenciada. Hay, pues, una utilización del sujeto diferenciado para construir una nueva macromoral y llegar, casi sin ruido, a una hegemonía justa, incapaz de ser concebida sin recurrir a la idea de globalización. Se defiende, entonces, la soberanía del individuo, siempre y cuando sea partícipe de una orquesta global.

Subercaseaux, en cada uno de los apartados, nos deja la sensación, el gusto amargo, de una realidad negada al pronunciarse( «¿En qué momento nos extraviamos?» ), porque es inevitable, con su propuesta, no situarse en la relación entre lo social y lo estético. Pero aquí se asiste a una estética simplista, que concurre a gritos, incapaz de atender a más que a lo preconizado a voces, incapaz de sugerir nexos plurales o relaciones íntimas, por las mismas cacofonías de su coexistencia textual. La discriminación en Subercaseaux es una forma de escritura, enlutada tras un simplismo metafórico.

Resulta, como es apreciable, particularmente difícil definir en términos categóricos el límite entre literatura y ensayo. La frontera, asumiendo tal enclave, estaría en el contacto entre lenguaje y sentido. Mientras la literatura asume al lenguaje como un camino autónomo, poblado de cortapisas, el ensayo, por lo general, se encuentra comprometido con el sentido y, como podemos apreciar en el texto, está particularmente ligado a la defensa de ciertos valores, valores que tratan de ser una representación rigurosa del mundo. El filósofo desconstruccionista Jacques Derrida, critica a estos grandes marcos de representación; no existiría, para él, un género capaz de significar verdaderamente al mundo. Es por ello que interviene la posibilidad de profundizar en el ser de los entes por él representados. Todo esto involucra un pensar ensayístico distinto, convertido finalmente, en «el modelo de todo pensamiento del sujeto»2. Así, todo pensamiento en torno a lo social se concentrará en el tema del individuo, tema que, lamentablemente, Subercaseux no considera. Ana Pizarro en su libro De ostras y caníbales señala que «en literatura lo social, lo histórico, el espacio de lo político configuran su estructura. Que en la relación sociedad y literatura la dicotomía entre lo externo y lo interno es falsa porque lo social es interno, constitutivo, modelador de las tensiones que asume el discurso literario». En definitiva, las interrogantes de Subercaseaux en cada uno de los apartados, no pertenecen a un imaginario simbólico distinto al del texto ensayístico: ambos condicionan su espesor de totalidad. Son, en suma, preguntas efectistas, pirotécnicas, que no consideran al sujeto de tales inquisiciones.

Las imágenes literarias en un texto de esta naturaleza, que alude a temas tan emotivos como cruciales, deberían ser, sobre todo, precisas, para poder crear nuevos horizontes de acción, y replantear desde la escritura misma la fractura. Elaborar un verso o narrar, como diría un personaje de Piglia, es como jugar al póquer: todo el secreto consiste en fingir que se miente cuando se está diciendo la verdad.

1 Hablamos de «promocionar» la vida porque el concepto de «promoción» supone, además de dar impulso a una determinada acción, el hecho de que alguien mejore su situación, cargo o categoría. Lo que se produjo en Chile con la dictadura militar fue la oficialización de un tipo de vida en desmedro de otra.

2 Derrida Jaques, «Envío», en La deconstrucción de las fronteras de la filosofía, BB.AA., Barcelona, Editorial Paidós, 1989, pág. 98.