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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.63 n.211 Santiago jun. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902009000100004 

Revista Musical Chilena, Año LXIII, Enero-Junio, 2009, N° 211, pp. 25-28

EDITORIAL

 

Miguel Letelier Valdés: a tres décadas de haberlo conocido

 

por

Santiago Vera Rivera
Instituto de Chile, Academia Chilena de Bellas Artes, Santiago, Chile.
sverarivera@gmail.com


 

COMO ALUMNO

En 1977, siendo alumno libre de la Licenciatura en Composición, tuve mi primera clase de contrapunto con el compositor, organista y profesor universitario Miguel Letelier Valdés (1939), en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Fue una experiencia inolvidable y a la vez notable, pues mis conocimientos de contrapunto se limitaban a mi cultura musical como integrante y director de coros universitarios y de colegios y, por supuesto, a la audición de composiciones, particularmente, de Tomás Luis de Victoria y Giovanni Pierluigi da Palestrina. En este período, y de manera autodidacta, realicé ingentes esfuerzos por analizar algunas de las obras de estos maestros, simplemente por la curiosidad que me provocaba la forma natural de generar la independencia en sentido horizontal de las alturas de las voces. Obviamente, los primeros ejercicios que tuve que aprender a resolver distaban muchísimo de las obras de los maestros renacentistas, pero desde la primera clase mi profesor de contrapunto supo motivarme con sutileza y amenidad, llamándome la atención de inmediato su franqueza y la valoración que le daba a todo tipo de música. Su única premisa tenía que ver con los parámetros de calidad que la música debía tener, cuestión que me entusiasmó muchísimo, pues mi formación musical la había tenido en las áreas de la música popular y de la de proyección folclórica chilena y latinoamericana.

Otro aspecto importante que recuerdo era su sencillez en tratar temas de discusión académico-musical, que son habituales en la relación profesor-alumno. Cuando teníamos estos debates, Miguel Letelier siempre mantuvo una posición equilibrada, evitando una influencia reñida con la dialéctica académica. También, espontáneamente, me señaló en varias oportunidades que, en rigor, él no era pianista y que, por ignorancia, a veces se creía que la técnica pianística era igual a la de un organista. Por ello me pedía disculpas de antemano por la ejecución al piano de algunos ejercicios. Estas explicaciones nunca las entendí del todo. Si mi recuerdo es imborrable, se debe precisamente a su interpretación al piano de ejercicios simples a dos, tres y cuatro voces iguales y mixtas. La mayoría de las veces su interpretación estaba por sobre una lectura a primera vista y en sus sugerencias de correcciones se podía apreciar nítidamente la mano del compositor. Muchas veces quedé asombrado por su técnica pianística, la que le permitía abordar ejemplos de canciones de Violeta Parra, de música de cine y, especialmente, de obras para piano de Scriabin, compositor ruso (1872-1915) que le sorprendía por el desarrollo cromático que le imprimió a sus composiciones y por su vanguardia paramétrica, básicamente del timbre o color.

En la práctica, tuve una oportunidad -la que hoy, por razones que todos conocemos, es imposible de repetir- de tener un tratamiento personalizado (a la antigua) en una materia musical compleja. Por supuesto, aprendí con mucho agrado las bases del contrapunto con el maestro Miguel Letelier, lo que me permitió posteriormente y una vez que ingresé como alumno regular de composición, cumplir absolutamente con todos los objetivos del contrapunto aplicado a distintos estilos.

COMO SOCIO

En 19781 ingresé formalmente a la Asociación Nacional de Compositores de Chile (ANC). Allí, una vez más, me encontré con Miguel Letelier, pero ya no como profesor-alumno, sino como socios o colegas en una de las instituciones de su género más antiguas en Latinoamérica. En esa ocasión, Letelier formaba parte del directorio como consejero. En este marco se repitió la historia memorable de debates de altísimo nivel de materias que iban desde lo estético a la administración de los derechos autorales. Esto me permitió sumar cultura en temas a los que definitivamente no había tenido acceso en mi pasado. Participar tímidamente con los maestros Domingo Santa Cruz, Alfonso Letelier, Pedro Núñez Navarrete, Jorge Urrutia Blondel, Federico Heinlein, Juan Amenábar, Juan Lémann y Miguel Letelier, entre muchos otros prestigiosos compositores doctos chilenos, sencillamente fue para mí un acontecimiento extraordinario. Al año siguiente, asumió la presidencia la distinguida compositora y pianista Ida Vivado (1913-1989) y me solicitó la colaboración como secretario, y a mi ex profesor socio y colega, don Miguel Letelier2, como tesorero. Desde ese momento ambos cumplimos funciones al servicio de la ANC por espacio de nueve años. Trabajamos todo ese tiempo -tal vez es preciso aclarar que toda la labor en referencia era obviamente ad honorentr-con mucho empeño y con asistencia completa, ya que sesionábamos en la casa familiar de la presidenta Ida Vivado, quien había enviudado de don Marco Bontá en 1974. Doña Ida, en las reuniones, siempre nos preparaba con esmero, cuidado y con exquisiteces las "once" (hora del té). Tal vez ésta fue la verdadera causa de la atracción irresistible por estar presente en las sesiones de la ANC. Pero, bromas aparte, el cariño de doña Ida Vivado garantizaba la asistencia a tan encantadoras, fascinantes, amenas y fructíferas reuniones, en las cuales nos volvíamos a encontrar mi otrora profesor de contrapunto y yo.

En 1987 fui elegido como presidente de la ANC3 y, de inmediato, le solicité a Miguel Letelier su cooperación para que participara del nuevo directorio, quien, sin pensarlo dos veces, aceptó. Desde ese instante nos propusimos realizar un gran trabajo relacionado con la producción y edición de fonogramas de compositores chilenos a través de proyectos e, incluso, de aportes personales. El proyecto editorial de la ANC4 consistió en una serie de casetes y su primer volumen fue Música chilena contemporánea, para dos pianos, cuya grabación e interpretación estuvo a cargo de las reconocidas pianistas chilenas Margarita Herrera y Clara Luz Cárdenas. Las obras reunidas en el fonograma mencionado fueron la Suite Scapin (1962/rev. 1977) de Miguel Letelier (O-10); Tres acuareskas (1985-1986) de Santiago Vera Rivera e Introducción y allegro (1939) de Rene Amengual. La grabación se realizó en el Instituto Chileno-Alemán de Cultura (Goethe Instituí) y estuvo a cargo del ingeniero de sonido Ricardo Calvo. Desde esa época me quedé con la impresión, hasta el día de hoy, que la Suite Scapin (O-10) es una obra muy significativa para Letelier, considerando además que su duración, cerca de veinte minutos, no es menor. Además, tuvo una activa participación en todo el proceso de grabación, desde las primeras decodificaciones (en casa de Ida Vivado) hasta la edición final y definitiva, demostrando siempre su disfrute y alegría con el resultado final obtenido de su Suite. Tal vez lo único que conspiró en contra de este hermoso proyecto fue la imposibilidad de contar con dos pianos de la misma calidad, cuestión que aún hoy sigue siendo un problema. De cualquier manera, la labor de Miguel Letelier en la ANC como consejero y tesorero fue magnífica y significó un gran aporte para la institución que, en 1986, cumplió cincuenta años de vida.

COMO ACADÉMICO

El 27 de noviembre de 1989, Miguel Letelier, en la Academia Chilena de Bellas Artes del Instituto de Chile, leyó su discurso de incorporación: Armonías postwagnerianas: Regery Scriabin. Dos caminos divergentes5. Este trabajo incluyó a uno de sus compositores favoritos, Alexander Scriabin. Recuerdo que muchas veces, en clases, reflexionaba acerca de la armonía expandida empleada por el compositor ruso y que casi desbordaba los límites de la tonalidad. Estas consideraciones generaron en mí una necesidad urgente de investigar más acerca de este creador y de su gran imaginación tímbrica, su acorde místico, los colores y sus modulaciones cromáticas y enarmónicas, etc. Incorporado oficialmente como miembro de número de la Academia, nos volvimos a reencontrar ocho años más tarde a raíz de mi designación como miembro de número, bajo la presidencia del maestro Carlos Riesco (1925-2007).

En el inicio del nuevo siglo sucedieron hechos fundamentales para la Academia: recibió merecidamente el Premio Nacional de Arte, mención Música, año 2000, el maestro Riesco y se decidió crear la colección discográfica Música de concierto chilena, una de las más importantes realizadas en el país. Ese mismo año, la Academia editaba el volumen 5 de la colección señalada: Música de concierto chilena, Miguel Letelier, compositor chileno. El disco compacto reúne cinco de sus obras para solistas, cámara y orquesta. De ellas Letelier destaca su obra Pequeño libro para piano (1998) (0-34), compuesto en homenaje a su maestro, el organista y compositor argentino Julio Perceval (1903-1963), por quien sintió una especial admiración.

En el año 2000, el presidente de la Academia me solicitó la colaboración como secretario, cargo que desempeñé hasta el año 2007, en que fui elegido como presidente de la Academia Chilena de Bellas Artes. Reiterando hechos del pasado, solicité la colaboración -a estas alturas de la vida- a mi amigo Miguel Letelier, para que asumiera como Vicepresidente de la corporación, quien, como siempre, accedió de inmediato para trabajar (ad honorem) con la institución, particularmente, con los proyectos editoriales que se están realizando.

Han sido tres décadas en que nuestras vidas (como alumno, colega, académico y amigo) se han ido cruzando en diversas actividades, las que siempre fueron en beneficio de la Música Docta Chilena, que lejos es la que tiene menos difusión y reconocimiento en nuestro país.

En síntesis, Miguel Letelier Valdés fue mi primer profesor de contrapunto. Posteriormente fue un socio-colega compositor en la ANC, a continuación académico-vicepresidente en mi gestión presidencial de la Academia Chilena de Bellas Artes y, por sobre todo, un gran amigo que, merecidamente, recibió, en el año 2008, el Premio Nacional de Arte, mención Música, por la calidad de su obra, de su docencia y por sus dotes interpretativas de excelencia.

NOTAS

1Torres 1988: 28.

2Torres 1988: 31.

3Torresl988: 31.

4Vera Rivera 1988: 16, 22, 33.

5Letelier Valdés 2002: 107-116.

BIBLIOGRAFÍA

Letelier Valdés, Miguel 2002 "Armonías postwagnerianas, dos caminos divergentes: Scriabin y Reger", Boletín de la Academia Chilena de Bellas Artes del Instituto de Chile, N° 4, pp. 107-116.        [ Links ]

Torres Alvarado, Rodrigo 1988 Memorial de la Asociación Nacional de Compositores, 1936-1986". Santiago: Editorial Barcelona.        [ Links ]

Vera Rivera, Santiago 1999 "Producción fonográfica de música de concierto chilena en la década 1987-1997", RMCh, LIII/191 (enero-junio), pp. 16-45.        [ Links ]