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Revista musical chilena

versión impresa ISSN 0716-2790

Rev. music. chil. v.55 n.195 Santiago ene. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-27902001019500005 

La música en el norte de Chile

Todo atisbo de música, léanse cantos, bailes o instrumentos, tiene forzosamente que buscar sus raíces en los primeros pobladores, que para sus momentos de solaz y descanso, tristezas y alegrías, algo tenían que decir con los sonidos mágicos. Así, la música del pueblo llano, simple y vulgar ­la música folclórica­ halló su lugar permanente y vigente hasta nuestros días.

Y el encanto de lo suyo fue quedando y traspasando capas de cultura, hasta que la quena, el bombo y el charango, junto a la guitarra española, llegaron al poblado y muy pronto a la ciudad. Así, esos grupos de cantores ­precursores de los coros­ junto a los grupos de danzantes e instrumentistas, conformarían para nuestro gusto actual un "grupo artístico", suceso repetido, al parecer, en todo el orbe.

Cuando el progreso ­a todo nivel­ llegó a las principales ciudades nortinas, las famosas "oficinas salitreras" fueron centros vitales de trabajo. Por cientos se instalaron en los suelos nortinos, desierto inmenso a lo largo y ancho del mapa (Primera y Segunda Regiones), obteniendo del vientre de la tierra el preciado "oro blanco". Hoy, las "tortas", visibles desde los caminos, deben estar repletas de los sonidos de las fiestas que se realizaron en la Filarmónica de cada centro minero. Allí se daban cita, cada fin de semana, los grupos musicales, estudiantinas u orquestas que permitían la entretención bailable a tanta juventud trabajadora de la semana. En el caso de los puertos, como siempre, la diversión estaba en las tabernas, clubes y bares cercanos a sus navíos.

Entrando ya al siglo XX, la educación comenzó a tener su participación influyente, pues la "clase de música" organizó primero el canto y luego los bailes de la zona (folclóricos). Las tradicionales "veladas" de los colegios ­donde participaban padres, apoderados y vecinos del sector­ ofrecían escenas de recitadores, pequeñas obras de teatro infantil, coros, cantantes solistas y bailes folclóricos. En las ciudades (o pueblos) sólo existían una o dos orquestas para bailes populares, de tal manera que, cuando se contrataban orquestas de la capital para animar determinadas fechas, se generaba una gran expectación. Su actuación era todo un acontecimiento del que se hablaba hasta mucho tiempo después de cada evento.

Nos arriesgamos a decir que entre las décadas del 20 al 40 los profesores egresados de las Escuelas Normales ­con conocimientos válidos de la teoría musical y con dominio relativo de algún instrumento, preferentemente el violín­ se unieron a los instrumentistas de las bandas militares y comenzaron a conformar pequeñas orquestas, con insinuaciones y pretensiones de llegar a ser orquestas sinfónicas. Así ocurrió en Antofagasta y, en menor medida, está ocurriendo en Arica, Calama y Chuquicamata. Efectivamente, podemos afirmar ­con documentos en mano­ que ya en 1935 en Antofagasta existía una orquesta sinfónica con las características técnicas comentadas.

En seguida, en 1937, la Ilustre Municipalidad llamó a un concurso nacional para escribir los versos de un Himno a Antofagasta. El premio lo ganó el médico-poeta Antonio Rendic y luego el músico italiano avecindado en la ciudad, Juan Bautista Quagliotto, también mediante concurso público, se ganó el derecho de ponerle la música. Los antecedentes operísticos del maestro italiano lo llevaron a componer un himno de hermosa jerarquía y de gran vuelo técnico-musical. El estreno de este himno fue la noticia musical del año y fue cantado por un coro a cuatro voces en el Teatro Latorre.

La verdad es que cuando nuestro país tomó la responsabilidad ciudadana de las dos primeras regiones, éstas todavía tardaron un tiempo en hacerse notar en lo artístico. Luego del acontecimiento del himno oficial de Antofagasta, hubo que esperar prácticamente hasta los inicios de los años 50 para que la ciudad se levantara como una cierta potencia cultural. Fue la presencia de la Escuela Normal de Antofagasta, a fines de la década de 1940, cuando con los primeros egresados toda la Zona Norte comenzó a sentir la influencia de los maestros que, dotados de reales conocimientos técnicos básicos, se volcaron a servir a la comunidad nortina. Grupos instrumentales y vocales ­muchos coros de los colegios en especial­ fueron definiendo un panorama de cultura musical bastante auspicioso en la sociedad.

Ya en los años 60, los contactos establecidos con los países vecinos ­Perú, Bolivia y Argentina­ también contribuyeron a los esfuerzos por elevar nuestro nivel musical. El Coro Magisterio, fundado en 1957, con plena vigencia hoy, realizó la primera gira internacional a Salta, Argentina.

En 1960 se fundó la Asociación Coral de Antofagasta y, en 1963, esta institución organizó y realizó en la ciudad el Primer Festival Coral Internacional de América, con la presencia de 65 coros del continente y un total de 2.500 coralistas que compartieron la más grande Fiesta del Canto Coral de Paz y Música. Más tarde, Arica e Iquique también realizaron sus festivales corales nacionales y ya podemos decir que, desde entonces, el Norte comenzó a destacar positivamente a nivel nacional y, con cierta frecuencia, a nivel internacional. En 1968, el Coro Magisterio organizó y realizó el Primer Festival Coral de Profesores de América. Fue un suceso que traspasó las fronteras, pero, pese al buen deseo de sus organizadores, no logró tener continuidad en el continente. En todo caso, desde la década del 60 Antofagasta ha sido cuna y sede de importantes instituciones tales como la Sociedad Coral Universitaria, la Sociedad Coral de Profesores de Chile (SOCOPROCH) y la actual Asociación Coral de la región, que cuenta con más de 50 coros de diferentes tipos y niveles, destacándose en el último tiempo la creación de coros de adultos mayores. La presencia ahora del Consejo Chileno de la Música, con su Consejo Regional, ha completado nuestra organización artística.

En la actualidad, en Antofagasta existen tres universidades, una orquesta sinfónica y varios liceos experimentales (artístico-musicales). Calama y Chuquicamata también tienen coros de vida activa. En poblados más pequeños, como Baquedano, Sierra Gorda, Tocopilla, Taltal, también los hay y, gracias al esforzado trabajo del profesor Juan Jusakos, existe actividad coral en la cordillera misma, para que canten los niños de Caspana, San Pedro de Atacama, Chiu-Chiu, Oyahue, etc.

De esta manera, la actividad musical en el Norte se ha incrementado considerablemente. Recordemos que, por su especial situación geográfica, Arica ­con su Universidad fecunda­ constantemente está realizando seminarios y festivales internacionales. Por su parte, Iquique, con grandes posibilidades y recursos económicos, con frecuencia realiza eventos internacionales de música popular, destacándose las tunas y estudiantinas. La vida coral también es intensa y no faltan los creadores y profesores que han estrenado nuevas obras musicales, junto con editar libros y textos en favor del perfeccionamiento de los colegas y cultores.

Un somero balance en base a los últimos años del siglo XX permite establecer una rica y diversificada actividad musical en el Norte Grande de Chile, que sólo en el área coral abarca más de 500 presentaciones y conciertos anuales, cubriendo a las diferentes ciudades y pueblos existentes en la cordillera, el desierto, la pampa y la costa del Pacífico.

Gabriel Rojas Martorell

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