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EURE (Santiago)

versión impresa ISSN 0250-7161

EURE (Santiago) v.30 n.91 Santiago dic. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612004009100006 

 

Revista eure (vol.XXX, N°91), PP.87-96, Santiago de Chile, diciembre 2004

ARTICULO

¿Ciudad sin ciudadanos?
Fragmentación, segregación y temor en Santiago**

 

Lucía Dammert*

 

* Investigadora del Centro de Estudios en Seguridad Ciudadana de la Universidad de Chile. E-mail: luciad@terra.cl


ABSTRACT

The city´s image as space of diversity and as a celebration of difference, is under threat in Santiago. Alternative and dominant images depict the city as conflictive, unruly, disorderly and insecure; where difference became a dangerous element that should be excluded or segregated. In this way, a "city without citizens" is being built, a "no-city" in which people does not interact, just move in the space. The main objetive of this article is to analyze this situation by focusing on one of its elements: fear of crime. The result presents many questions that need to be addressed about the city that is being built and the social consequences of this process.

Key words: Fear of crime, spatial fragmentation, Santiago de Chile.


RESUMEN

La imagen de la ciudad como espacio de interacción y celebración de las diferencias está siendo amenazada en Santiago. Visiones alternativas la muestran como espacio de conflicto, desorden e inseguridad, donde la diferencia se convierte en un elemento peligroso que requiere ser excluido o segregado. De esta manera se desarrolla una ciudad sin ciudadanos, es decir, una no-ciudad, que sirve como espacio de movimiento pero no de interacción. El objetivo de este artículo es empezar a analizar esta problemática desde uno de sus elementos: la sensación de inseguridad. El resultado plantea interrogantes sobre la ciudad que se está construyendo y sus posibles consecuencias.

Palabras clave: temor, fragmentación, Santiago de Chile.


1. Introducción

La imagen clásica de la ciudad como espacio de interacción y celebración de las diferencias está siendo amenazada. Visiones alternativas la muestran como espacio de conflicto, desorden e inseguridad; donde la diferencia se convierte en un elemento peligroso que requiere ser excluido o segregado. Así, la imagen de ciudad que se consolida es expresión de la sensación de desprotección frente a lo desconocido, que inunda a la sociedad en la actualidad.

Sin duda, el aumento de la criminalidad y el temor o sensación de inseguridad frente a la posibilidad de ser víctima de un delito son elementos que opacan la vida urbana, atacando sus pilares económicos, sociales y políticos (Bannister y Fyfe, 2000). Ambos fenómenos pueden ser claves para interpretar el proceso de desaparición de la esencia misma de la ciudad, es decir, la presencia de la diferencia y del encuentro ciudadano.

Ahora bien, ¿cuáles son los factores que generan temor en la población urbana? Los intentos de explicar el temor al delito son variados y apelan a factores diversos; si bien no se cuenta con una respuesta única para los diferentes contextos, se puede afirmar que hay variables individuales, sociales y de contexto que juegan roles claves en este proceso. Con relación a las primeras, por ejemplo, las mujeres así como los adultos mayores presentan niveles de temor más altos debido a la preocupación por los hijos, en el primer caso, y por el aislamiento que viven cotidianamente, en el segundo. Las variables sociales por su parte, se vinculan por ejemplo con el rol de los medios de comunicación de masas, la confianza en las instituciones del Estado o la sensación de impunidad frente a los hechos delictuales, variables que impactan ectamente en la conformación de la percepción ciudadana. De igual forma, en el Informe de Desarrollo Humano 1998 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo se hace hincapié en la presencia del temor al delito como una expresión de la "anomia democrática" del Chile de los ‘90, donde la figura del delincuente se convierte en un chivo expiatorio que concentra otros temores relacionados con la precarización de la vida cotidiana (PNUD, 1998). Finalmente las variables de contexto, es decir la calidad del medio donde se vive, juegan un rol central tanto en el aumento de la criminalidad como del temor en la ciudad.

Si bien un importante número de estudios han interpretado la relación entre criminalidad y ciudad, el análisis del temor urbano es relativamente reciente en América Latina (algunas excepciones son Caldeira, 2000; Svampa, 2001; Dammert y Lunecke, 2003). Pese a ello, estudios desarrollados en Europa y en Estados Unidos, cuyos resultados en parte pueden ser extrapolados a nuestra realidad, concluyen que el temor tiende a aumentar la vulnerabilidad personal, y actúa como un elemento que segmenta a la población, reduciendo aún más su interés por participar en comunidad (Crawford, 1997).

Como telón de fondo encontramos que la ciudad latinoamericana se caracteriza hoy por un proceso de transformación dominado por nuevas modalidades de expansión metropolitana, como la suburbanización y la policentralización, la fragmentación de su estructura, así como por la polarización social y la segregación residencial, entre otros (De Mattos, 2004: 5). Estos procesos se expresan en su mayor dimensión en las áreas metropolitanas de la región, siendo Santiago1 una manifestación evidente de estos fenómenos que tienden a consolidarse. Situación que no sólo deteriora la calidad de vida, sino que también pone en duda el modelo mismo de ciudad que se está construyendo. En otras palabras, es evidente que una buena gestión, crecimiento e inversión en infraestructura no son elementos suficientes para crear ciudad. La integración de la ciudadanía, la existencia de espacios públicos de intercambio y la participación efectiva en los mismos, son elementos centrales para este proceso.

En este sentido, es posible que estemos construyendo ciudad sin ciudadanos. Si bien la afirmación parece retórica, el análisis de estos procesos, así como de sus consecuencias en el discurso y el accionar de los habitantes urbanos, establece este peligro como cierto. En este proceso aparece lo que se puede denominar la no-ciudad como elemento caracterizador del fenómeno de construcción urbana actual. Este concepto hace referencia a la definición de Auge (1993) de los "no-lugares", aquellos espacios que se caracterizan por ser carentes de identidad, de relaciones y de contenido histórico. Se puede afirmar que el proceso ha consolidado un modelo de no-ciudad cuya característica es la presencia de espacios de confluencia anónimos, que sólo permiten un furtivo cruce de miradas entre personas que nunca más se encuentran. Es así como los ciudadanos se convierten en meros elementos de conjuntos que se forman y deshacen al azar, y que por ende se convierten en usuarios que mantienen una relación esencialmente contractual.

A partir de esta transformación de la idea clásica de ciudad2 hacia la de no-ciudad, el presente artículo busca contribuir al análisis y discusión de estos cambios en nuestra ciudad capital, sin pretender dar cuenta del amplio debate académico existente en torno a los temas de fragmentación y segregación de la ciudad. Así, las principales interrogantes que orientan el presente análisis son las siguientes: ¿Cuál es el rol del temor al delito en la construcción urbana? ¿Cuál es la relación entre temor y fragmentación urbana? Y finalmente, ¿cómo ha calado este proceso en el discurso ciudadano sobre la vida en la ciudad?

Estas interrogantes deben formar parte de la investigación y definición de la ciudad que queremos construir para permitir enfrentarlos de forma sostenible y evitar así la amenaza de la no-ciudad.

2. Santiago: segregación y fragmentación territorial

Santiago actualmente se caracteriza por la presencia de altos niveles de segregación residencial y fragmentación. Si bien la segregación muestra una nítida tendencia al distanciamiento físico entre barrios de ricos y de pobres (Rodríguez y Winchester, 2001), este fenómeno no necesariamente lleva a consolidar un modelo urbano dual, sino más bien a interpretar la ciudad a partir de la presencia de escalas de segregación donde se evidencia "un retroceso de la segregación residencial en una escala espacial grande, y al mismo tiempo, una intensificación de la segregación a una escala espacial reducida" (Sabatini y Cáceres, 2004: 11). De hecho los procesos de metropolización y apertura al interior de la ciudad, ligados a la globalización, generan lógicas de separación y de construcción de nuevas fronteras urbanas (Smith y Williams, 1986). Esta situación se percibe en la mayoría de las grandes metrópolis latinoamericanas, donde los procesos de reconstrucción democrática y crecimiento económico de las últimas décadas, más que producir ciudad, han generado fragmentación.

En este camino, se puede hablar de un avance progresivo hacia la ciudad fractal o fragmentada (Soja, 2000), que supone que aquello que debería tener un funcionamiento global ha estallado en múltiples unidades; es decir, no existe una unificación del conjunto urbano. Peor aun, sumado a la carencia de unión territorial se evidencia una falta de sentido de identidad que integre a aquellos que habitan la ciudad.

Lo anterior es un fenómeno que atraviesa la ciudad entera, y que se manifiesta en la tendencia actual de amurallar y enrejar las áreas residenciales e incluso los espacios públicos, situación que ya no sólo se presenta en las comunas de altos ingresos, sino que también se observa en sectores habitados por población de bajos ingresos, cuyo espacio residencial tiene un origen asociado a la vivienda social y a la autoconstrucción (Sabatini, 2000), y donde el reducido tamaño de las viviendas obligaban al poblador a ocupar los espacios públicos. Y sin embargo hoy, incluso estos espacios se hallan cerrados y abandonados.

Esta fragmentación de la ciudad conlleva una fragmentación simbólica y falta de identidad general de la población, donde los pequeños reductos identitarios se vinculan con los más jóvenes que utilizan con más frecuencia los espacios públicos. Este proceso va de la mano con un complejo sentimiento de temor frente a los espacios no conocidos o no utilizados, e incluso expresa una percepción de desconfianza y amenaza frente al vecino que hoy se percibe como un "otro" ajeno. De esta forma, el temor al delito y la fragmentación urbana son dos fenómenos que se refuerzan mutuamente y van consolidando un modelo de no-ciudad donde los espacios de anonimato y temor son mayores que aquellos de intercambio y diferencia. Entre estos últimos se pueden resaltar los espacios públicos en general vinculados con las plazas, las multicanchas deportivas y la calle, cuando es utilizada como espacio de interacción.

3. La cotidianidad del temor

De acuerdo a lo analizado previamente, el temor se vincula con procesos sociales, políticos, económicos y culturales, así como con momentos históricos específicos. Es así como podemos decir que en las últimas décadas vivimos en una época marcada por el temor, principalmente debido a la pérdida de la llamada "seguridad ontológica" (Giddens, 1990). Es decir, la pérdida de la necesidad del ser humano de contar con un sustento básico para la construcción de su identidad y la integración de ésta con la sociedad, además de poder confiar en la fiabilidad de personas y cosas. Estas cuestiones son fundamentales para la mantención de sus sentimientos de seguridad, y su pérdida se vincula estrechamente con el surgimiento de las no-ciudades, analizadas previamente.

Por ende, la sensación de inseguridad se ha convertido en uno de los principales problemas que afronta la ciudadanía en la actualidad, y presenta una serie de complejidades a la hora de ser analizada y enfrentada. Si bien esta sensación se relaciona especialmente con la delincuencia, lo que inmediatamente se traduce en temor a convertirse en víctima de un delito, también es cierto que ella es una expresión más de la vulnerabilidad y el riesgo que inunda nuestra sociedad.

Así, vemos que el temor no necesariamente se relaciona con la probabilidad de ser víctima efectiva de algún delito, o con la existencia de victimización previa. De hecho, en muchos estudios3 se mencionan variables como la desconfianza en las instituciones de justicia criminal, el rol de los medios de comunicación o la presencia de una inseguridad social generalizada como motivos que influyen en la presencia del temor al delito. De esta forma, para disminuir la sensación de inseguridad se requieren políticas que integren y consideren los factores individuales, sociales y de contexto definidos en el acápite previo.

Es importante destacar que hablamos de un temor que se relaciona fuertemente con la ciudad; por ende, es una referencia a una problemática urbana general que afecta la forma como utilizamos la ciudad. En términos de Barbero (2000: 24), "los miedos son clave de los nuevos modos de habitar y de comunicar, son expresión de una angustia más honda, de una angustia cultural que proviene, en primer lugar, de la pérdida de arraigo colectivo de las ciudades". En esta cita se resalta el proceso de retroalimentación entre temor y ciudad, ya que ambos se definen y reconfiguran cotidianamente. Por esto, la calidad de las ciudades en que vivimos se convierte en un elemento central para interpretar el temor, entendido como una experiencia compartida y experimentada socialmente.

Ahora bien, el temor como concepto general puede referirse a diversos problemas sociales vinculados a la precariedad de la vida actual: por ejemplo, el temor frente a la cesantía, la falta de protección social, el futuro de los hijos, entre otros, marcan la vida en una "sociedad de riesgo" (Beck, 1984) donde nada parece seguro. En este marco, el temor al delito es aquel que permite una identificación clara del "otro" que genera inseguridad y que además puede ser identificado. Es así como el temor al delito se convierte en una forma de expresión simbólica del riesgo permanente que se vive cotidianamente en la ciudad.

Desafortunadamente, al igual que en las principales ciudades americanas y europeas, el temor urbano en América Latina está presente en ciudades tan diversas como Buenos Aires, Quito, San Pablo, El Salvador, entre otras. Ahora bien, en muchos casos el aumento de la actividad delictiva, la corrupción policial, la ineficiencia de la justicia, y el rol de los medios de comunicación masiva son elementos suficientes para explicar parte de este fenómeno, pero sin duda la configuración urbana juega un rol insoslayable.

En este marco, la ciudad de Santiago no escapa a la situación encontrada en las otras ciudades de la región. Por el contrario, puede ser caracterizada como una ciudad con una alta presencia de temor entre sus habitantes, cuya expresión central se evidencia en que la delincuencia en general, y el temor a ser víctima de un delito en particular, son las prioridades centrales de la agenda pública de la última década (Dammert y Lunecke, 2003).

Así, la primera encuesta nacional de seguridad ciudadana desarrollada a fines del año 2003 por el Ministerio del Interior4 muestra resultados interesantes. En primer lugar, cabe resaltar que el 46,8% de los hogares encuestados presentaron por lo menos una victimización en el último año, situación que por sí misma plantea un problema delictivo importante para el área metropolitana. Sin embargo, al analizarlo por victimización ecta, este porcentaje se reduce al 31,4% de los encuestados que fueron víctimas de algún delito, de los cuales casi el 9% presentó más de una victimización en el último año.

Cuando se analiza la percepción de los individuos encontramos niveles de sensación de inseguridad altos. Así, por ejemplo, 44,8% de los encuestados cree que será víctima de algún delito en los próximos 12 meses, mientras que 63% cree que es probable que sea víctima de algún delito en el mismo periodo. Finalmente, el 77% de los encuestados en la Región Metropolitana cree que la delincuencia aumentó en los últimos 12 meses, y un porcentaje similar cree que esta tendencia seguirá en el futuro, lo que refleja la inseguridad cotidiana que se presenta en niveles superiores a la victimización personal (31,4%).

Más específicamente, cuando se analiza la seguridad que tienen ciertos espacios para la población, resulta paradójico evidenciar que los centros comerciales son catalogados, en promedio, como los más seguros, incluso más que los mismos hogares; sólo 5% de los encuestados consideró que los primeros tenían una calificación de seguridad como insuficiente, porcentaje que sube al 9% para los hogares. Esta situación puede explicarse por la presencia de diversos mecanismos de vigilancia privada al interior de los centros comerciales, lo que establece cierta sensación de seguridad frente a lo desconocido. La situación de los espacios públicos es mucho más compleja, ya que 51% considera que la calle no tiene seguridad, y 27% lo hace para las plazas. Esta información muestra la reconfiguración del espacio público, entendido como el espacio de reunión de los ciudadanos, hacia los espacios privados (centros comerciales y el hogar), abandonándose las calles y plazas de la ciudad.

Aún más, el temor impacta sobre la utilización de la ciudad, lo que aumenta los abismos socioterritoriales, la segregación y la fragmentación de la ciudad. Así, por ejemplo, más de la mitad de la población entrevistada aseguró haber dejado de salir de noche para evitar ser víctima de un delito, mientras que 20% dijo haber dejado de usar transporte público con el mismo fin. Es de destacar que este proceso tiene impactos mayores sobre la población más vulnerable: los estratos socioeconómicos más bajos presentan los porcentajes más altos de abandono de la ciudad en la noche, 60,7%, mientras que este "auto-encierro" afecta al 23% de la población de los estratos más altos.

Además de estas medidas de comportamiento destinadas a disminuir la posible victimización, el tema de la seguridad ayuda a configurar un nuevo paisaje urbano caracterizado por la presencia de rejas, alarmas y otros elementos de seguridad. Esta misma fuente muestra que 36% de los encuestados tomó alguna medida para protegerse de la delincuencia, entre las que se destacan la compra de rejas y perros guardianes. Ambas medidas tienen una magnitud mayor en los estratos socioecómicos más bajos, debido al menor acceso que se tiene a las alarmas o a la seguridad privada, que se convierten en los mecanismos de encierro de aquellos con una mejor situación socioeconómica. Tal situación corrobora los grados de aislamiento, precariedad e inseguridad que enfrentan cotidianamente los ciudadanos más pobres de Santiago.

De esta forma, la presencia cada vez más visible de dispositivos que cierran (rejas, casetas de vigilancia, cercos), así como el desarrollo de sistemas de seguridad más complejos en los barrios privados y en los fraccionamientos populares, son demostraciones de este nuevo arreglo entre las diferentes zonas de la ciudad.

La situación expresada previamente esconde la profundización de un discurso ciudadano que tiende a la privatización de la vida, la estigmatización de algunos grupos poblacionales y el abandono del espacio público; es decir una profunda reconfiguración simbólica y espacial de la ciudad. A continuación se presentan los principales resultados de nuestra investigación cualitativa desarrollada en la Región Metropolitana de Santiago, con el objetivo de desentrañar los elementos que configuran esta forma de relacionarse en la ciudad.

4. Discurso ciudadano: elementos de una ciudad con temor

La ciudad de Santiago es apreciada en el mundo por sus cualidades para hacer negocios, instalar empresas y desarrollar iniciativas con seguridad económica, política y social. Por ello, la construcción de una capital de "clase mundial" con ventajas comparativas sobre las demás capitales de la región, es uno de los principales objetivos de las autoridades del país. Pero como se vio previamente, este proceso ha sido acompañado de la consolidación de un modelo caracterizado por la segregación, la fragmentación y el temor ciudadano, que puede desencadenar en la configuración del modelo de no-ciudad.

La paradoja es más que evidente; mientras revistas como "América Economía" definen a Santiago como la ciudad de mejor calidad para hacer negocios en la región, mejor incluso que Miami, sus habitantes perciben otra realidad. Así, un alto porcentaje de la población del Gran Santiago parece no estar destinado a vivir con calidad de "clase mundial", sino más bien con calidad de "no-ciudad".

Ahora bien, "las ciudades son las ideas sobre las ciudades" (Borja, 2003: 26), y por ende se hace más que urgente la necesidad de analizar cómo la segregación, la fragmentación y el temor se han instalado en el discurso ciudadano. A partir de esta evidencia se debe avanzar no sólo en el rediseño de políticas urbanas tan importantes como la estrategia de crecimiento, la vivienda social y la infraestructura urbana, entre otras, sino también sobre la recuperación del espacio público de la ciudad como elemento identitario y unificador de la experiencia real de vivir en un ciudad de calidad ciudadana.

Con este objetivo, en la investigación señalada se desarrollaron 18 grupos focales y 64 entrevistas en profundidad a diversos habitantes del Gran Santiago, tomando en cuenta las diferencias de género, edad y nivel socioeconómico. La información relevada muestra elementos centrales de lo que se considera la vida urbana, y los hallazgos se vinculan principalmente con los fenómenos descritos previamente, singularizados como el modelo de la no-ciudad. Pese a ello es necesario resaltar, como un aspecto positivo encontrado en ciertos sectores de la ciudad5, la presencia de grupos ciudadanos que participan activamente en la búsqueda de mejoras por la calidad de la vida urbana. Estas iniciativas han sido sistematizadas por Ducci (2004) y deben ser vistas a la luz de la necesidad de consolidarlas, en medio de una tendencia que parece estar ligada a la conformación de una no-ciudad habitada esencialmente por usuarios.

Los principales elementos que relevamos se pueden organizar en tres grupos. En primer lugar, el proceso de fragmentación socio-territorial que trae de la mano un sentimiento de foraneidad en sus habitantes (Carrión, 2003). En muchos casos, los diversos fragmentos de la ciudad se perciben como extraños, y por ende peligrosos o atemorizantes, para aquellos que no los utilizan cotidianamente. En segundo término, este extrañamiento que se siente sobre la ciudad se magnifica cuando se analiza la situación de los espacios públicos, los cuales son temidos, abandonados y privatizados. Estos efectos en el uso y carácter de los espacios públicos serán esbozados en la tercera sección.

Este triple proceso evidencia uno de los desafíos centrales de Santiago para lograr un desarrollo inclusivo y disminuir el estigma de ciudad segregada, dividida o fracturada (De Mattos, 2004; Rodríguez y Winchester, 2001; Greene y Soler, 2004).

4.1 Fragmentación urbana y foraneidad

La ciudad no puede ser abordada como unidad, sino más bien como la suma de muchos puntos de vista de sus habitantes, que generan una perspectiva específica sobre este espacio. De esta forma, la ciudad se constituye en la agregación de espacios públicos y privados que generan una identidad común para la población que la habita. Ahora bien, esto se refiere a una agregación de especial cualidad, que en el proceso de unidad genera modificaciones en ambos campos, y donde el espacio público es el elemento fundante, ya que es en él donde se articula el intercambio e interacción ciudadana.

Sin embargo, los procesos de cambio acaecidos en las últimas décadas han impactado en la construcción del imaginario sobre la ciudad, debido a la yuxtaposición de formas de vida tradicionales con aquellas surgidas como respuesta a la exclusión y con los nuevos comportamientos propios de la globalización, acentuándose la fragmentación del cuerpo social, del territorio e incluso de la gestión misma de la ciudad.

Esta suma de fragmentos –o en el caso de Santiago, de comunas y barrios- impacta sobre los sujetos que la habitan, convirtiéndolos en extranjeros en su propia ciudad. Esta sensación de foraneidad que se establece en la utilización de los espacios de la ciudad incluye una mirada negativa y distante frente a lo reconocido como ajeno, percibido muchas veces como atemorizante y violento. De esta forma, la foraneidad que antes podía ser una excepción en la ciudad (por ejemplo, el migrante que arriba a una ciudad), aparece como una regla en las grandes ciudades contemporáneas:

"A mí me da lata pasar por el Centro, yo lo encuentro muy inseguro, siempre que tengo que hacer prefiero venir acá a Providencia" (Femenino, ABC1).

Si bien la cita anterior demuestra este proceso de alejamiento de zonas específicas de la ciudad, resulta aún más compleja la "invisibilidad" de las mismas. Así, en muchas de las entrevistas se evidenció el desconocimiento de espacios e incluso de comunas de la Región Metropolitana, generándose imaginarios para las zonas de "ricos" como "los barrios de oriente" o "la zona de arriba", mientras que las zonas de "pobres" aparecen en la conversación como "el centro" o "las comunas del sur". Con relación a estas últimas, es notable destacar que los entrevistados no señalaron comuna alguna por su nombre, sino más bien por sus barrios populares representativos, como por ejemplo "La Legua"6.

Sin duda, el discurso sobre la fragmentación urbana manifiesta contenidos diferentes por estrato socioeconómico. Por ejemplo, Providencia es visto como peligroso para los entrevistados de los niveles más altos, pero no para los estratos socioeconómicos medios. Para éstos, el peligro está radicado en las poblaciones más pobres aledañas a sus barrios. Por su parte, para los entrevistados de los estratos socioeconómicos más bajos, dicha percepción configura la existencia de "barrios" o "sectores" marcados dentro/fuera de la población; es decir, siempre se ubica otro más peligroso y desconocido.

4.2. La presencia de Agorafobia Urbana

En el marco de esta ciudad fragmentada, con habitantes que se sienten ajenos a partes importantes de la misma, aparece la agorafobia, definida como el "temor al espacio público, que se intenta combatir con el automóvil y con el hábitat protegido por las fuerzas de orden" (Borja 2003: 206). Este temor al espacio público no se presenta en la vida urbana en general, sino que en aquellas ciudades donde la segregación es un fenómeno predominante.

En el discurso ciudadano se reconocen dos elementos que atraviesan los diferencias socioeconómicas, etarias y de género. El primero es la tendencia a privilegiar la utilización de los espacios privados por sobre los públicos, y el segundo es el reconocimiento del espacio público como peligroso:

"Yo te digo, estoy enclaustrada, ya de las seis para adelante evito salir, evito cualquier cosa […] Como que se está prisionera en su casa, en lugar de que tomen presos a los asaltantes y a los delincuentes son las personas que tenemos que estar prisioneras" (Femenino, C2-C3).

La cita anterior demuestra con claridad que este sentido de temor o ansiedad frente al espacio público surge cuando éste se clausura y deja de ser el sitio en que se visibiliza la sociedad (Carrión, 2003), para pasar a ser el lugar donde se ejerce la violencia. Tal situación impacta en cada sujeto, restringiéndolo a su esfera privada y generando un imaginario social del temor.

Ahora bien, la agorafobia ha sido definida como una enfermedad de clase, ya que impacta y es enfrentada de forma diversa de acuerdo a la pertenencia socioeconómica de los sujetos. En este contexto aparecen dos interrogantes centrales: ¿Qué se entiende por espacio público?, y ¿a qué se teme en concreto?

La definición del espacio público es un área de constante debate. Sin embargo, más allá de las diversas perspectivas, se puede afirmar que es el espacio donde uno aparece ante los otros y viceversa. Es decir, es un espacio de pluralidad, condición propia de la constitución de la política y de la construcción ciudadana (Borja, 2003). Desde esta perspectiva, la calle y las plazas serían los ejemplos clásicos del espacio público, concepción que se ha visto afectada por elementos como el temor; por ende, se ha generado un cambio en su conceptualización. Así, para los miembros de los estratos socioeconómicos altos y medios, hoy en día el espacio público por excelencia es el mall o el supermercado.

En este sentido, la presencia de temor o ansiedad sobre los espacios públicos tradicionales ha profundizado la mudanza hacia nuevos espacios "público-privados", que generan no sólo una aparente sensación de seguridad, sino también la tranquilidad de "compartir con iguales". Sin duda, la presencia de guardias privados, seguridad electrónica e incluso carteles donde se advierte que se reservan los derechos de admisión muestran un claro objetivo de diferenciación social. De hecho, los nuevos espacios públicos son accesibles sólo para ciertos ciudadanos, mientras que los demás deben resignarse al espacio del hogar.

En síntesis, si la agorafobia urbana es una enfermedad producida por la degradación o desaparición de los lugares públicos integradores, la solución a este problema se relaciona con el desarrollo y consolidación de verdaderos lugares de intercambio. La privatización de lo público afirma el proceso de conformación de la no-ciudad, donde los espacios públicos carecen de la posibilidad de intercambio, e incluso en muchos casos imposibilitan la diferencia.

4.3. El laberinto de la soledad: abandono y privatización de lo público

Los cambios que ha experimentado la mirada ciudadana sobre los espacios públicos, y su reconfiguración como espacios público-privados, obligan a indagar sobre el destino final de la calle y la plaza como espacios de socialización en Santiago. La respuesta puede ser caracterizada por un entrevistado que relaciona estos espacios con la violencia, donde el otro aparece como amenazante y por ende la pluralidad no puede desplegarse:

"De estas tres plazas, dos están botadas […] Se transformaron en un campo de batalla" (Masculino, C2-C3).

Cabe destacar la presencia de una variación en esta percepción sobre las plazas y calles, ya que la visión caótica y negativa se concentra en los sectores socioeconómicos más vulnerables (medios y bajos), mientras que los sectores altos rescatan su función principalmente de animación del diseño urbano. En este sentido, la caracterización de "linda", "cuidada", "ordenada", establece una mirada distante y de consumo visual más que de utilización.

El proceso de privatización del espacio público se establece en varios niveles. En primer lugar, como se mencionó previamente, a través de la aparición de nuevos espacios considerados públicos, como el mall, donde imperan lógicas privadas en lugares donde la población se siente protegida:

"Nuestros espacios públicos ahora son los mall, que no es un espacio público, que está cerrado, donde el acceso es más o menos restringido, o sea, pueden ir todos a comprar, pero hay seguridad, hay cámaras, no es la plaza, no es la calle, no es lo que antes se conocía como público, como de todos, que todos podíamos participar, algunos pueden participar de eso y no se si sé han dado cuenta, pero ahora los mall han sido cada vez más grandes, van creciendo y van llenando […] Van satisfaciendo todas nuestras necesidades, desde ir al médico o comprarnos lo que se nos ocurra, desde un auto o tener la guagua, entonces de todo, hay plazas dentro de los malls, hay juegos, hay de todo, nos hemos ido encerrando, encerrando, emburbujándonos y ya no tenemos espacios públicos" (Femenino, ABC1).

Por otro lado, se evidencia una privatización y precarización del espacio público en los sectores más carenciados de la ciudad. Este proceso se caracteriza por la utilización de rejas, alarmas y otros elementos que cierran espacios para la interacción. Un ejemplo de estas iniciativas se encuentra en los cités del centro de Santiago, que si bien históricamente surgen con rejas y cierres, en los últimos años evidencian un aumento de estos mecanismos de encierro considerados de seguridad. Por otro lado, la llamada "vivienda progresiva" ha avanzado en muchos casos sobre espacios públicos, generando en diversos proyectos de vivienda social una yuxtaposición de rejas que delimitan el avance del espacio privado sobre el público.

En otras palabras, del espacio público como lugar en que se visibiliza la sociedad y en que aparece la alteridad, se pasa a un espacio vacío donde el sujeto como tal se encuentra enfrentado con un laberinto signado esencialmente por su soledad. Esta situación se relaciona ectamente con la amenaza de la no-ciudad, construcción que a medida que analizamos el discurso ciudadano, va tomando cada vez más realidad en Santiago.

5. A modo de conclusión

La construcción de una ciudad sin ciudadanos es una amenaza cada vez más real. A partir de la información relevada en el presente artículo queda en evidencia que los procesos de segregación residencial y fragmentación han ido de la mano de un aumento de la percepción ciudadana sobre la ciudad, que pone el acento en la inseguridad. Ambos procesos muestran una constante y perjudicial retroalimentación, ya que la segregación aumenta la sensación de inseguridad al reconocer a "otros" que son potencialmente peligrosos. Paralelamente, este temor conlleva a la utilización cada vez más cotidiana de mecanismos de protección y encierro.

De esta manera, encontramos un mecanismo perverso que erosiona una de las cualidades centrales de la vida urbana. Es decir, la posibilidad de la alteridad, que permite construir un "nosotros" por encima de la división territorial y socioeconómica. En este sentido, la sensación de inseguridad es un elemento que debe considerarse en las políticas urbanas para de esta forma seguir construyendo ciudad.

Específicamente, los espacios públicos son los principales afectados de este proceso, debido al temor que generan y por ende a su abandono y privatización. Lamentablemente, en el discurso ciudadano esta agorafobia está presente de forma casi completa en la población de Santiago. Las respuestas son variadas de acuerdo principalmente a los estratos socioeconómicos; así, los más altos recurren a los centros comerciales como nuevos espacios públicos, mientras que los más pobres se recluyen en el espacio del hogar. Esta transformación pone en relieve al centro comercial, nuevo actor urbano que reconfigura la utilización del espacio y las posibilidades de intercambio.

El panorama descrito en este artículo tiene la intención de generar mayor debate e investigación sobre este tema que parece fundante en nuestra ciudad, pero que ha sido abordado de forma limitada. Es así como se reitera la necesidad de consolidar estudios que permitan mejorar y/o poner en duda las principales políticas urbanas desarrolladas en Santiago. Por ende, es un tema claramente polémico, donde por ejemplo el desarrollo de infraestructura vial privada, de inversiones inmobiliarias residenciales en las afueras de la ciudad, de construcción de centros comerciales, puede ser visto como una amenaza o como una oportunidad. Este es un debate que no puede ser dejado sólo a los especialistas y a los modelos matemáticos, y que requiere la incorporación de la mirada ciudadana. Así se podrá revertir el proceso iniciado hacia la no-ciudad, donde las anchas alamedas son cambiadas por carreteras privatizadas, y los ciudadanos por clientes frecuentes.

 

Notas

1En el presente artículo se hace referencia al Gran Santiago.

2En la Grecia clásica se concibió la idea de polis, definida como aquel ámbito específico de lo humano que posibilita el comportamiento ciudadano: un espacio donde las relaciones entre los individuos no se caracterizan por la necesidad o su orientación hacia la esfera doméstica, sino por su carácter público-político. De esta manera, es en la polis donde se juega la virtud, en tanto virtud pública, es decir, aquella que se preocupa de los asuntos de la ciudad

3En una investigación desarrollada por el CESC en el año 2003 se observó en el discurso de los ciudadanos que el temor estaba vinculado con procesos de deterioro de la confianza en las instituciones e interpersonal, con la pérdida de lazos comunitarios y con percepciones de riesgo y amenaza.

4Ver www.seguridadciudadana.gov.cl

5Especialmente en los sectores socioeconómicos de menores ingresos.

6La Legua es un barrio de Santiago, ubicado en la comuna de San Joaquín, donde se concentra la presencia de microtráfico de drogas. En los últimos años, el desarrollo de iniciativas gubernamentales contra el tráfico de drogas, acompañadas de importantes coberturas de los medios de comunicación, han aumentado la visión estigmatizada que se tiene sobre este barrio.

 

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** Recibido el 8 de noviembre de 2004, aprobado el 11 de noviembre de 2004.

 

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